jueves, 31 de marzo de 2016

Praetioso marmore - En precioso mármol

Sarcófago de Itacio en la Capilla de Nuestra Señora del Rey Casto de la catedral de Oviedo
Una de las piezas más relevantes de la Capilla de Nuestra Señora del Rey Casto, en la catedral de Oviedo, es un viejo sarcófago con una lauda o tapa de mármol profusamente decorada.
Se trata, en realidad, del único vestigio que se conserva del primitivo panteón de los reyes de Asturias. Perteneció, por tanto, a la iglesia prerrománica de Santa María, fundada por Alfonso II (791-842). Este templo estaba anexo a la catedral gótica de San Salvador y fue derruido a principios del siglo XVIII para edificar la actual capilla barroca.
La pieza es conocida como el "Sarcófago de Itacio" o "Ithacius", en alusión al ignoto personaje para el que originariamente fue confeccionado. Es un mármol blanco, de grano fino, con un sutil vetado marrón-rojizo. Su bello epitafio se desarrolla en dos líneas resaltadas que corren por la parte central:

INCLVSI TENERVM PRAETIOSO MARMORE CORPVS
AETERNAM IN SEDE NOMINIS ITHACII

Su traducción podría ser: “Encerré en precioso mármol para la mansión eterna el tierno cuerpo de nombre Itacio”.
Ambrosio de Morales quiso ver en esta pieza la sepultura de doña Jimena, mujer de Alfonso III, “que muriendo antes que el rey su marido, él le hizo hacer tan rica sepultura”. Otras tradiciones, sin base documental alguna, indican que procedería de Zamora y habría servido para contener los restos del propio rey.
El sarcófago de Itacio es uno de tantos vestigios de la Antigüedad reaprovechados por los hombres del Medievo, en este caso con fines funerarios. Ha venido interpretándose como una lauda paleocristiana, visigoda o bizantina de los siglos V o VI. A falta de otros datos, su datación y procedencia se ha basado en criterios estrictamente tipológicos. Para la mayoría de los autores sería una pieza importada, y se han sugerido los talleres de Aquitania o de Rávena como posibles centros de producción.
Sin embargo, un reciente estudio realizado por parte de técnicos del Museo Arqueológico Nacional de Madrid apunta a las canteras de Estremoz (Portugal) como origen de la materia prima para su confección. La clave está en su composición, verificada a partir de la toma de muestras y el análisis petrográfico.
Así pues, se trataría de una pieza netamente hispana, que habría que relacionar con otros sarcófagos y otros muchos elementos de mármol romanos y visigodos de la región de Mérida. Los resultados de esta investigación deberían obligar a revisar las clasificaciones de otros sarcófagos y relieves bajoimperiales tenidos habitualmente por importados, y replantear la posible existencia de talleres locales en la Península Ibérica capaces de producir obras de gran calidad.
Para el anónimo artífice de nuestro sarcófago el mármol era un material sublime, precioso: "praetioso marmore", digno de servir de relicario al querido cuerpo de Itacio. Su hermoso epitafio invita a hacer una reflexión sobre el papel desempeñado por este peculiar material en la arquitectura altomedieval y también sobre sus connotaciones ideológicas como parte de un programa político de reafirmación y legitimación del poder, tanto en los reinos cristianos como en al-Andalus.
El mármol tuvo un protagonismo destacado en la edilicia de la monarquía astur. Y no sólo como elemento constructivo, sino también como parte esencial de la decoración de templos y palacios. Esto es evidente a la vista de los edificios hoy conservados, pero también era resaltado por los propios contemporáneos, que daban al mármol un tratamiento especial a la hora de valorar la calidad de las edificaciones. La "Crónica Albeldense" dice a propósito de las construcciones de Alfonso II:

"Este construyó en Oviedo el admirable templo de San Salvador y los Doce Apóstoles, de piedra y cal, y la iglesia de Santa María con sus tres altares. También erigió la basílica de San Tirso, admirable edificación, con numerosos ángulos, y todas estas casas del Señor las adornó con arcos y con columnas de mármol, y con oro y plata, con la mayor diligencia y, junto con los regios palacios, las decoró con diversas pinturas".

Como se pone de manifiesto en la decoración de la iglesia de San Julián de los Prados, muchas de estas pinturas citadas no serían más que la emulación de los revestimientos marmóreos a través de los estucos, y lo mismo ocurría con el revoque de los paramentos exteriores, según se desprende de los pequeños fragmentos conservados en algunos edificios prerrománicos.
Respecto a Ramiro I, encontramos el siguiente pasaje en la Crónica Rotense: "Después de que descansó de las guerras civiles, edificó muchos edificios de piedra y mármol, sin vigas, con obra de abovedado, en la falda del monte Naranco, a sólo dos millas de Oviedo".
Sobre el uso del término "marmor" en las crónicas debe hacerse alguna precisión. Probablemente es una denominación genérica que incluye también a otras rocas ornamentales como calizas, pórfidos, alabastros o basaltos, esto es, aquellas rocas susceptibles de un pulido fino para conseguir acabados brillantes y, en ocasiones, translúcidos. En el mundo romano estas piedras eran ya muy apreciadas por su valor suntuario y se agrupaban bajo la denominación de "marmora".
En el reino asturleonés, una gran parte de estos materiales marmóreos fueron reaprovechados de edificios antiguos. Son infinidad los ejemplos que se podrían alegar. Basas, fustes, capiteles, placas, canceles, estelas. relieves, losas, etc., fueron expoliados de los lugares más insospechados, transportados en ocasiones hacia lugares remotos, readaptados, retallados, recortados o mutilados con mayor o menor fortuna, y por último integrados en los nuevos edificios en construcción o restaurados.
En la reutilización de estos elementos constructivos y ornamentales existiría una primera justificación eminentemente práctica. Suponía economizar recursos y dar nuevo uso a unas piezas de gran calidad que proliferarían en las viejas ciudades y villas hispanas. La unidad de estilo y el aspecto tan peculiar y ecléctico que ofrecen muchos de estos edificios altomedievales parecen no haber sido un inconveniente insalvable para los promotores y constructores.
Pero hay que valorar también un componente ideológico perceptible en muchas de estas empresas. Para el Regnum Asturorum, que se presentaba ante sus súbditos como continuador del Reino Visigodo, la recuperación de los mármoles romanos y visigodos y su exhibición en las nuevas basílicas y palacios erigidos bajo los auspicios de la monarquía era una forma de reivindicar el legado histórico de un pasado considerado prestigioso. Era la materialización plástica del proyecto político expresado en las crónicas del neogoticismo, que pretendía restaurar en Oviedo "todo el orden gótico de Toledo, tanto en la iglesia como en el palacio". Esto explicaría el acarreo y trasiego de piezas antiguas desde lugares muy alejados, incluso desde tierras musulmanas, cuyo esfuerzo y coste económico no se podría entender de otra manera.
El aprovechamiento de las piezas de mármol y el valor implícito que se concedía a estos elementos de la Antigüedad en los círculos de poder aparecen claramente reflejados en la llamada "Acta instaurationis ecclesie beati Iacobide". Se trata de un documento fechado en 899, probablemente interpolado, que da noticia de la consagración de la basílica de Santiago de Compostela por Alfonso III:

"Nosotros, impulsados ciertamente por la inspiración divina, con nuestros súbditos y familia trajimos al santo lugar de España por entre las muchedumbres de los moros las piedras de mármol que sacamos de la ciudad de Eabeca, que nuestros antepasados transportaron por mar en naves y con las que edificaron bellas casas, que permanecían destruidas por los enemigos. Por ello también se restauró con estos mismos mármoles la puerta principal".

Las excavaciones realizadas en la basílica en los años 1945-1955 confirmaron la presencia de restos de mármoles, basaltos y pórfiros de gran calidad, y probablemente importados de lugares lejanos.
De mármol era también el propio sepulcro del Apóstol, según recordaba el autor del "Liber peregrinationis": "Pues en esta venerable basílica, es tradición que descansa con todos los honores, el cuerpo venerado de Santiago, debajo del altar mayor que se ha levantado en su honor, guardado en un arca de mármol, en un magnífico sepulcro de bóveda, admirablemente ejecutado y de dignas proporciones". El edículo sepulcral primitvo estaría probablemente abovedado y decorado con mármoles. En los textos más antiguos relacionados con Santiago de Compostela se utilizan los topónimos "Arce Marmarica" y "Arca Marmarica" para designar el lugar donde yacía el cuerpo de Santiago.
Del testimonio del "Acta" atribuida a Alfonso III se deduce que el mármol podía constituir en determinadas ocasiones parte del botín arrancado al enemigo musulmán en las campañas militares. Esta misma circunstancia se producía en el otro bando, según sabemos por el relato de las campañas de Almanzor. Así en agosto de 988, durante la trigesimoprimera, la de Astorga se nos dice que "acampó ante ella y la destruyó, marchando hacia Córdoba, a donde llevó su mármol. Conquistó muchos castillos y regresó con botín y cautivos".
Rodrigo Jiménez de Rada, en su obra "De rebus Hispaniae", cuenta que Almanzor, una vez ocupada la ciudad de León, “ordenó que fueran demolidas hasta sus cimientos las puertas de la ciudad, que era una hermosa obra de mármol, el fortín central, la muralla de la puerta este y los demás torreones”. Sobre el uso del mármol en las puertas de la muralla de León también habla la "Crónica Najerense". El autor recuerda con gran admiración el pasado romano de la ciudad y alaba la labor constructiva de las legiones acampadas en su solar: "edificaron de sus piedras una ciudad hermosa y compacta entre los ríos Torío y Bernesga, a la que llamaron Legión por esas dos legiones y en sus cuatro puertas, en la oriental, la septentrional, la occidental y la meridional, pusieron piedras de mármol en las que estaban inscritos los nombres de aquéllos que estaban al frente de las legiones en caracteres romanos, en el año desde el comienzo del mundo 5264".
Desde época romana hay ya noticias de la explotación de canteras de mármol en la Península. Según Plinio: "Casi Hispania entera abunda en plomo, hierro, bronce, plata y oro. La provincia Citerior también en lapis specularis. En la Bética hay minio y canteras de mármol". (Plinio, NH. 3, 30).
En época visigoda contamos con una breve noticia proporcionada por Isidoro de Sevilla al afirmar en sus "Etimologías" que "la mina es el lugar al que se deporta a los exiliados para extraer minerales o cortar el mármol en placas". El obispo sevillano detalla en otro apartado de su obra como era el laborioso proceso del corte de la piedra:

"Llámanse crustae a las placas de mármol. Por ello, las paredes revestidas de mármol se califican de "crustadas". No tenemos constancia de quiénes fueron los primeros que concibieron la idea de cortar el mármol en placas. Esto lo hacen con arena y con hierro: con una sierra se va prensando la arena introducida por una delgada cortadura y con el movimiento mismo que se le imprime va cortando el mármol. La arena más gruesa es la que mejor lo sierra, mientras que la más fina es más apropiada para el pulimento".

No disponemos de referencias concretas sobre la explotación de canteras de mármol en los reinos cristianos, pero si en los territorios musulmanes. Mohamed Ben Ibrahim Ben Yahya Anzari Kotobi, geográfo e historiador árabe, cita en su "Enciclopedia de Ciencias Naturales y de Geografía" entre las minas más importantes, las de “Fichtala, entre Granada y Almería, célebre por sus mármoles blancos”. Igualmente señala Kotobi “la importancia y excelente calidad de los mármoles colorados de Bacares, en Almería”.
El mármol blanco de Macael (Almería) fue, sin duda, uno de los más apreciados en la Península desde los tiempos antiguos, pero será durante el Imperio Romano cuando se emplee de forma destacada en los grandes programas constructivos urbanos. De esta procedencia se suelen señalar los capiteles, columnas y mosaicos de Itálica. Los musulmanes mantuvieron el gusto por la particular textura y brillo de esta piedra, empleándola en sus construcciones civiles y religiosas. En Medina-Azahara el mármol de Macael se empleó particularmente en solerías, baños y capiteles, pero también lo encontramos en la Mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada.
El mármol blanco, cualquiera que fuera su procedencia, tenía una especial significación pues a la nobleza del material se añadía una tonalidad traslúcida y fascinadora que podía representar la pureza y la divinidad. Esto ya se intuye en la lectura de los versos del "Sarcófago de Itacio", pero contamos con algún testimonio más elocuente que incide sobre este extremo.
En las "Cantigas de Santa María" de Alfonso X, encontramos la narración de un milagro ambientado en la ciudad de Siena. El texto, al que dedica un estudio Laura Molina López, relata cómo el obispo de la ciudad mandó construir un púlpito "de mármol, rico y hermoso", desde el cual poder predicar. Con tal fin hizo venir a escultores "a los que encargó que esculpiesen en mármol blanquísimo una imagen de la virgen Santa María que nos ampara, sosteniendo en los brazos a su Hijo precioso. Mandó asimismo figurara en aquel mármol muchas otras escenas e historias, y ocurrió que, en una, aparecía el demonio, al que representaron en una figura muy deforme, como corresponde a su maldad. Pero como el mármol era de un blanco muy limpio, la figura del demonio no parecía tan repelente como si hubiese sido negra". Por este motivo, la Virgen obró el milagro, ennegreciendo la figura del demonio.
En otra de las obras capitales de Alfonso X, "La Partidas", se establecen sanciones para aquellas personas que extraen mármoles o piedras de las viviendas, aunque sean sus propietarios. Su título: "De cómo mármol, ó pila, ó piedra, ó perla ó otra cosa qualquier que sea asentada en la casa non se debe arrancar para venderla".

lunes, 22 de febrero de 2016

Perejón, un bufón del Conde de Benavente en la corte de Felipe II

Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba. Hacia 1560. Óleo sobre lienzo, 184,5 x 93,5 cm. Museo del Prado (Detalle del rostro)
El Museo del Prado de Madrid exhibe en su sala 56, en la zona central de la planta baja, un magnífico conjunto de pinturas cuyo nexo de unión es la familia de Felipe II. Son en total 19 cuadros, todos ellos de la segunda mitad del siglo XVI o principios del XVII. Representan a las esposas, hijos, tías, sobrinos, nuera, etc., del césar de aquel imperio en el que nunca se ponía el Sol. Fueron inmortalizados por los grandes pintores del momento, como Antonio Moro, Sofonisba Anguissola, Alonso Sánchez Coello o Juan Pantoja de la Cruz.
En esta colección de figuras relevantes de la España de los Austrias nos topamos con un intruso, alguien que no comparte lazos familiares con el monarca, aunque sí proximidad física a la corte. Se trata de un retrato, de cuerpo entero, salido de los pinceles del gran maestro holandés Antonio Moro (1519-1576). Su título: "Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba. Hacia 1560. Óleo sobre lienzo, 184,5 x 93,5 cm".
Nuestro cuadro perteneció al selecto grupo de pinturas que adornaron las estancias del desaparecido Alcázar de Madrid, concretamente en la "pieza segunda de la Casa del Tesoro" según un inventario de 1600, o en las "bóvedas que caen a la Priora-pasillos al pie de la escalera de la galería del Cierzo y la misma escalera". Allí compartía paredes con otras obras importantes de Tiziano, más retratos del propio Antonio Moro y algunas pinturas de El Bosco. Como obra valiosa aparece repetidamente registrada en los inventarios de las colecciones reales. Así en el inventario de bienes de Felipe II leemos: “Otro retrato entero, al ollio, sobre lienço, de Pejerón, loco del conde de Benavente, con calzas y jubón blanco y una baraja de naipes en la mano derecha; que tiene de alto dos baras y quarta y de ancho bara y quarta. Tasado en doze ducados”.
En 1857 se registra en el Real Museo como: "Retrato de cuerpo entero de Pejeron, bufon de los condes de Benavente. Es gafo y contraecho, tiene barba y pelo gris. Lleva una ropilla negra con mangas perdidas, abrochada con botones dorados. Las mangas del jubón, calzas afolladas, y zapatos acuchillados, son blancos. En la mano derecha tiene una baraja francesa, y la izquierda descansa sobre el puño de la espada". En el Catálogo del Museo del Prado lleva el número 1.483.
Desde los tiempos más remotos, reyes y grandes sintieron predilección por rodearse de un universo de personajes singulares o extravagantes: enanos, negros, locos, bobos, bufones o albardanes, truhanes, etc. Los hubo en Persia y Egipto, y luego en Grecia y Roma. En la España de los Austrias esta colección de seres pintorescos se agrupaba bajo la denominación de "hombres o gentes de placer", o como se decía en el siglo XVII: "sabandijas de palacio". Sólo a ellos les estaba permitido el exceso, la broma, la befa, la sinceridad en suma, estrictamente prohibida al resto de los súbditos. En palabras de Fernando Regueras Grande, su discapacidad, física o mental, se convertía así en fuente de subsistencia, cuando no de medro.
Los nobles españoles, a imitación de la realeza, también crearon sus propias cortes a la escala que sus medios económicos permitían. En ellas no faltaban estos personajes. En el siglo XV Fray Íñigo de Mendoza criticaba en uno de sus poemas lo que los nobles gastaban en sus bufones:

Traen truhanes vestidos
de brocados y de seda,
llámanlos locos perdidos,
mas quien les dá sus vestidos
por cierto más loco queda.

José Moreno Villa llegó a catalogar 123 locos o enanos en la corte española de los Austrias, lo que, haciendo un promedio del periodo, le permitió afirmar que "en la bóveda temporal de siglo y cuarto gastaron un loco o enano por año". Hoy seguramente habría que aumentar notablemente esta nómina, pero los retratados por los pintores de cámara, actualmente conservados, se reducen a quince o veinte.
El "bufón" retratado por Antonio Moro no sólo no oculta su condición, sino que exhibe sin complejos sus problemas físicos, secuelas probablemente de una hemiplejía. Su brazo derecho es presentado por el artista en un primer plano, con una mano en postura imposible que porta una baraja francesa con el seis de corazones a la vista. Los naipes simbolizan su ocupación principal en la corte: acompañar y entretener a la familia real.
Sobre la identidad de este personaje ha habido diversas propuestas a lo largo de las últimas décadas, Allende Salazar quiso ver en él a cierto Pedro de Santorbas o de San Terbas, truhán del emperador, pero en la actualidad parece que hay suficiente base documental para identificarlo con Pero o Pedro Hernández de la Cruz, uno de los privados del rey que aparece con relativa frecuencia citado en cartas, libros de cuentas y documentos relacionados con Felipe II y su corte. En Palacio, solían bautizar a la gentecilla de este calibre con nombres caprichosos o incluso con los apellidos de los reyes y príncipes. Como nos recuerda Fernando Bouza, "Pedro" es el nombre protagonista de los truhanes, bobos y locos en el siglo XVI. Es "Perico", con todos sus derivados: "Pejerón", "Perejón", "Perequín", "Perote" o "Periquillo".
Sabemos, por otras fuentes, que Pedro Hernández de la Cruz fue, efectivamente, una persona muy ligada a los Pimentel. Tenía casa en Benavente, su esposa era benaventana y varios de sus hijos eran nacidos y bautizados en la villa. Gozó del favor y la protección de los condes, sirvió como criado y fue recompensado con importantes rentas en el alfoz del concejo. Con todos estos datos es posible trazar algunas pinceladas sobre su trayectoria vital y la huella dejada por su figura en el panorama social y político de la época.
En la documentación privada de Felipe II encontramos varias cartas que identifican a nuestro Perejón con Pedro Hernández de la Cruz. Así de 1554 hay una misiva del entonces príncipe a Antonio de Rojas en la que le informa de que "Pero Hernández se vuelve con mi licencia y con harto miedo del Infante (Carlos) y para esto quiere esta carta; vos tendréis quidado de lo que le tocare y de mirar por él con condición que baya adonde yo estubiere quando le enbiare a llamar, que así queda concertado con él". El texto finaliza con la siguiente anotación: "En La Coruña ocho de Julio, sobre Perejón". Por tanto, esta carta y las peripecias de Perejón deben contextualizarse en el viaje del príncipe Felipe a Inglaterra para desposarse con María Tudor.
En el relato de este viaje que hizo Andrés Muñoz, Pedro Hernández aparece mencionado varias veces en Benavente con ocasión de la visita del príncipe a la villa, en compañía de su hijo el infante Carlos. La relación del viaje está dedicada a la condesa de Benavente, Luisa Enríquez, esposa del VI Conde, Antonio Alfonso Pimentel (1530-1575), y se publicó en este mismo año de 1554 bajo el título: "Sumario y verdadera relación del buen viaje que el invictíssimo Príncipe de las Españas don Felipe hizo a Inglaterra".
El cronista relata el recibimiento que se dio en la villa primero al infante Carlos, que venía adelantado, y posteriormente a su padre, el futuro Felipe II. Igualmente, describe con todo detalle las fiestas y agasajos que se dieron en honor de tan ilustres visitantes.
Cuando llega el infante Carlos es conducido desde la puerta principal de la villa (probablemente la puerta de Santa Cruz o de la Soledad) por una calle "que es una de las grandes y hermosas que señor tiene en Castilla, poblada de ambas partes de muchas y graciosas casas, entre las cuales estaban unas á la mano derecha muy bravosas, y en la frontera d́ellas están polidos y hermosos retratos á manera de medallas", y añade el cronista: "Esta casa es de Pero Hernández, criado y vasallo del conde de Benavente, y privado de los reyes como allí lo dice".
Pocos días después, cuando llega el príncipe, se nos dice que "se adelantó Pero Hernández á todo correr (qu'es cuyas son las casas que he dicho), y como privado suyo le suplicó que entrase por la puerta principal de la villa, por estar las calles más en órden que no por donde S.A. quería entrar, y ansí lo hizo".
La última mención de nuestro personaje se hace con ocasión de la celebración de un espectáculo taurino: "Otro día se corrieron en la plaza de abajo de la villa cinco toros harto extremados de buenos. Estuvieron Sus Altezas á vellos en las casas de Pero Hernández, las cuales tenía muy entapizadas y enramadas de mucha juncia y cañas y otras maneras de verduras, gran cantidad de claveles, albahacas y otras flores olorosas. Este día baptizó un hijo Pero Hernández; fue padrino el Duque de Alba y otros señores".
Los detalles que se nos dan sobre "esta plaza de abajo", junto con la cita anterior de la puerta principal de la villa y la "calle grande y hermosa", parecen situar las casas de Pedro Hernández en la actual plaza del Grano, también conocida en el siglo XVI como la Plaza del Mercado.
Algunos datos más podemos concretar sobre nuestro "Perejón" y su descendencia a partir de los expedientes de limpieza de Sangre. En ellos se nos indica que sirvió en las guerras de Alemania y Flandes. Había nacido en Toledo y su nombre completo era Pedro Hernández de la Cruz Alcoholado. Era hijo de Alonso Hernández Alcoholado y de Juana de la Cruz, ambos toledanos. Estuvo casado con Antonia de Losada, nacida en Benavente.
Uno de sus hijos fue Felipe de Losada, tal vez el niño bautizado en 1554, según el relato de Andrés Muñoz. Fue capitán de infantería en Portugal y ujier de cámara de Su Majestad. Casó con la benaventana Ana de Torquemada.
Conocemos el nombre de otra hija: Herminia de Losada, también benaventana, que casó con Pedro Marroquín de Montehermoso. Este matrimonio tuvo al menos un hijo, de nombre Tomás Marroquín de Montehermoso, nacido en 1577 en Arroyo del Puerco (hoy Arroyo de la Luz, en la provincia de Cáceres).
Como vemos, Pedro Hernández no era un simple criado del conde y privado para el entretenimiento del rey. Estaba muy bien relacionado con los grandes del reino, se le encomendaron algunas responsabilidades de relieve y poseía una de las casas principales de la villa de Benavente. Esta posición económica desahogada se debía, probablemente, a un patrimonio familiar previo y a las recompensas y mercedes que recibió a lo largo de su vida, tanto de los Pimentel como del propio monarca. Hay constancia también de la concesión de varios juros y regalos. José Luis Gonzalo Sánchez Molero refiere como en 1537 el príncipe Felipe le hizo entrega "de una medalla de oro con una figura de un niño que se está sacando una espina de un pie".
En el Archivo General de Simancas se conservan varios Juros en favor de Pero Hernández de la cruz, todos ellos de la primera mitad del siglo XVI. Uno de ellos, de 37.500 maravedís, especifica que es por sus servicios prestados en la Guerra de las Comunidades.
El 15 de marzo de 1545, Luisa Enríquez, condesa-duquesa de Benavente, otorgaba merced a favor de Pedro Hernández de la Cruz, en la que le cede el aprovechamiento de la pesca del río Tera, en el lugar de Santibáñez, por todos los días de su vida. Este derecho lo había disfrutado anteriormente Pedro de Quiñones, ya fallecido. Su tenor, según la transcripción de Luis Pardo, comienza así:

"Merced de la ribera de Tera
Yo doña Luysa Enrríquez, condesa de Benavente, por hazer bien y merced a vos Pero Hernández de la Cruz, mi criado, tengo por bien que ayáis y tengáis de mi por merced todos los días de vuestra vida la pesca del rrío de Tera desde el lugar de Santi Bañe para arriba que vaco por fin y muerte de Pedro de Quiñones, a quien el conde mi señor tenía hecha merced dello, para que podáis pescar y arrendar para que podáis pescar y arrendar y sea vuestro el aprovechamiento del dicho río desde el día de la fecha desta en adelante por todos los días de vuestra vida, la cual dicha merced vos hago en cuanto toca a la pesca del, rreservando como reservo para el conde mi señor y para mi los otros aprovechamientos que ay en el dicho rrío de molineras y sacar caminos de agua y todo lo demás que tenemos y que pertenesce al señorío y porque desta merced que yo vos hago no aveys de fozar mas de la pesca del y así mismo con que quede de libre al concejo justicia de esta mi villa de Benavente...".

En 1576 el conde Juan Alfonso Pimentel hizo concesión a favor de Hernando de Losada, y de su hijo Juan, del aprovechamiento de la pesca en este mismo lugar por muerte del anterior poseedor, Pedro Hernández de la Cruz.

Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba.
Detalle de la mano derecha con los naipes
Detalle de la mano izquierda sobre el pomo de la espada
La familia de Pedro Hernández de la Cruz

viernes, 8 de enero de 2016

El epígrafe de consagración de la iglesia del monasterio de San Pedro de Montes - En torno a sus fuentes literarias y sus fundamentos ideológicos y políticos


La célebre inscripción de San Pedro de Montes es uno de los testimonios más interesantes para el conocimiento, no sólo de la historia inicial de este importante cenobio berciano, sino de los pormenores de todo el proceso de repoblación monástica que se desarrolló en las tierras de la cuenca del Duero entre los siglos IX y XI.
Contamos ya con referencias a este monumento epigráfico en la bibliografía desde el siglo XVI. Ambrosio de Morales en su "Crónica general de España" atribuye su autoría a San Genadio, y dice que "habiendo edificado la iglesia que agora dura, lo dejó todo especificado en una gran piedra que mandó poner a la puerta por donde se entra desde el claustro" . 
El cronista de Felipe II vuelve a ocuparse del asunto en su “Viage”, concretamente al hablar de los orígenes del cenobio: “En el claustro a la entrada de la iglesia en una losa está escrito lo siguiente, fielmente sacado con sus malos latines de entonces”. A continuación, ofrece la primera lectura conocida del epígrafe . A partir de entonces el texto fue reproducido por numerosos autores, como Yepes, Sandoval, Gregorio de Argaiz, Rodríguez de Castro, Flórez, Quadrado, Hübner, Gómez Moreno, Fernández Pousa, etc .
El epígrafe se encuentra situado en el lado izquierdo de la portada románica, hoy cegada, que comunicaba la parte norte de la iglesia con el Claustro reglar o "Claustro de los arcos", reformado en el siglo XVII. La piedra está encastrada en el contrafuerte exterior a media altura.
Es un tablero rectangular de mármol blanco de 101 x 46 cm. El estado de conservación es bastante bueno, aunque se observan algunos desperfectos que no impiden su lectura completa. Su campo epigráfico está rebajado y delimitado por una moldura rota en el ángulo superior izquierdo y sobretodo en el superior derecho. En este último sector la rotura parece ser anterior a la preparación de la lápida, pues las tres primeras líneas del texto se alejan del comienzo de la moldura y terminan justo antes del corte de la piedra.
El texto ocupa todo el espacio disponible, con unos márgenes muy reducidos con respecto a la moldura. Consta de nueve líneas y está escrito en capitales de cuerpo estilizado y factura no muy regular. En palabras de Gómez Moreno sus caracteres son “desgarbados semimozárabes” y “poco elegantes del siglo X ”. 
Sus tipos se alejan de las líneas rectas propias del corte clásico. Por el contrario, las letras son algo curvadas y siguiendo la tradición de la escritura altomedieval varían de tamaño en función de las necesidades de espacio de su artífice. Además, se emplean con frecuencia las abreviaturas, las ligaduras y algunas letras están embebidas o ajustadas.
La caligrafía utilizada es muy variable, con el uso letras iguales bajo diferentes diseños. Entre los aspectos particulares hay que destacar la aparición de la “T” de tipo clásico, o con el bucle en su ápice izquierdo, rasgo que se ha venido identificando como característico de lo “mozárabe”. La “A” suele sustituir su ángulo superior por un rasgo recto horizontal. En la “N” el trazo oblicuo muere a media altura, mientras que hay alguna “N” coja, esto es con su trazo derecho que no apoya en la línea de la caja. La “P” en unos casos es cerrada y en otros tiene su parte curva ligeramente abierta. La “O” es generalmente de tendencia ovalada, pero alguna de ellas es de clara forma romboidal.
El lapicida se sirvió de renglones como ayuda y utilizó interpunción de dos puntos para separar algunas palabras. La línea central, la quinta, tiene un tratamiento especial, con un mayor cuerpo de letra y una caligrafía algo más esmerada. Esta línea actúa como eje de simetría, no sólo en lo material, sino también del contenido, pues se pretende así resaltar el acontecimiento central de todo el discurso narrativo: la construcción de un nuevo templo por el obispo Genadio.
El objeto principal de la inscripción es conmemorar la consagración de la nueva iglesia por cuatro obispos el 24 de octubre del año 919. Pero este acontecimiento está precedido por un largo preámbulo, en el que se hace una recapitulación de las diferentes fases constructivas del monasterio y el templo desde los tiempos de San Fructuoso, su primer fundador.
En la “narratio” se utiliza en todo momento la tercera persona y el pasado, y los verbos tocantes a las diferentes acciones constructivas se llevan a la parte final de cada uno de los versos: “condidit”, “dilatabit”, “restaurabit” y “erexit”. Cada una de las fases o momentos de la fundación, restauración y renovación del monasterio ocupan una o dos líneas completas, a excepción de la consagración que se extiende por las tres líneas finales.
Parece, por tanto, que hay una cierta cadencia rítmica. Esta circunstancia ya fue advertida por Maurilio Pérez González, para quien esta inscripción, junto con la de San Martín de Castañeda, "su prosa también parece tener carácter rítmico o, al menos, pretende tenerlo".

La transcripción y su traducción son las siguientes:

INSIGNE MERITIS BEATVS FRVCTUOSVS POSTQVAM COMPLVTENSE CONDIDIT /
CENOBIVM: ET N(omin)E S(anc)C(t)I PETRI BREBI OPERE IN HOC LOCO FECIT ORATORIVM:/
POST QVEM NON INPAR MERITIS VALERIVS S(an)C(tu)S OPVS AECLESIE DILATABIT/:
NOBISSIME GENNADIVS, PR(e)SB(i)T(e)R CVM XII FR(atr)IB(u)S RESTAURABIT ERA DCCCCXXX IIIA /
PONTIFEX EFFECTVS A FVNDAMENTIS MIRIFICE VT CERNITVR DENUO EREXIT/
N(on) OPPRESSIONE VVLGI SED LARGITATE PRETII ET SVDORE FR(atr)VM HUIS MONASTERII/
CONSECRATUM E(st) HOC TEMPLV(m) AB EPI(scopi)S IIIIOR: GENNADIO ASTORICENSE: SABARICO /
DVMIENSE: FRVNIMIO LEGIONENSE: ET DVLCIDIO SALAMANTICENSE: SVB ERA /
NOBIES CENTENA: DECIES QVINA: TERNA: ET QVATERNA: VIIIIO K(a)L(en)D(aru)M: N(o)B(e)MBR(u)M/

“El bienaventurado Fructuoso, insigne en méritos, después de fundar el cenobio Complutense, también hizo un oratorio pequeño en este sitio, con nombre de San Pedro. Después de ello, el no inferior en méritos y santo Valerio amplió el edificio de esta iglesia. Modernamente, Genadio, presbítero, con doce frades, lo restauró en el año 895. Una vez hecho obispo, erigiólo de nuevo desde sus cimientos admirablemente, como se echa de ver, no mediante opresión del pueblo, sino con grande costa y con sudor de los frades de este monasterio. Fue consagrado este templo por cuatro obispos: Genadio, astoricense; Sabarico, dumiense; Frunimio, legionense, y Dulcidio, salamanticense, en 24 de octubre del año 919".

El relato es muy interesante, porque permite acercarse a las fuentes utilizadas por los artífices de este documento epigráfico para componer su discurso. Varias de estas fuentes pueden ser identificadas de forma precisa, lo cual hace de esta lápida una pieza singular en comparación con otros epígrafes altomedievales. A través de ella podemos comprender mejor las motivaciones ideológicas y políticas presentes en las fundaciones y restauraciones de monasterios, tan frecuentes en el reino de León entre los siglos IX y XI. Los hitos principales de este relato serían los siguientes:

1. Fundación de un oratorio dedicado a San Pedro por San Fructuoso, después de haber fundado el monasterio de Compludo.
“Insigne meritis beatus Fructuosus postquam complutense condidit cenobium et nomine Sancto Petri brebi opere in hoc loco fecit oratorium”.

La información que nos suministra el comienzo de la inscripción (primera y segunda línea) está basada fundamentalmente en la “Vita Fructuosi”, uno de los grandes patriarcas del monacato visigodo del siglo VII. El relato se nos ha trasmitido en varios códices medievales incluido en la compilación hagiográfica hecha por Valerio del Bierzo. En un principio su autoría fue atribuida por casi todos los editores antiguos al propio Valerio, pero en la actualidad, gracias sobretodo a los estudios de Manuel C. Díaz y Díaz, la obra se considera de algún seguidor de Fructuoso, probablemente monje, y residente en alguna de sus fundaciones .
En la “Vita” se emplea repetidamente los tratamientos de “beatissimum” y “sanctissimus”para referirse a Fructuoso y, tal y como se recuerda en nuestra inscripción, se habla de esta fundación como hecha poco después de la de Compludo. Sin embargo, en la “Vita” no se indica la advocación de este “oratorio”, sino que se alude al monasterio “Rufianense”, donde Fructuoso vivía recluido en un edículo o “ergástula” . Para la mayoría de los autores este hecho se habría producido hacia el año 640, y la fundación primigenia tendría más un carácter de eremitorio, orientado al retiro y a la vida contemplativa, que de un monasterio propiamente dicho.
Sabemos, por otras fuentes, que Genadio conoció la "Vita Fructuosi" y los escritos de Valerio en su juventud, desde los mismos inicios de su formación como monje en el monasterio de Ageo . Es a través de la lectura de estos relatos hagiográficos como los monjes de Ageo se sienten atraídos por la tradición eremítica y cenobítica de las montañas del Bierzo, y proyectan la restauración del monasterio de San Pedro de Montes, fundado por San Fructuoso en el siglo VII.
En el documento conocido como “Testamento de San Genadio”, el obispo astorgano al recordar su juventud en el monasterio de Ageo, dice de San Pedro de Montes: "que primero fue habitado por San Fructuoso, y después por San Valerio, cuyas santas vidas y resplandor de sus virtudes y milagros, declaran las historias que de ellos hay escritas". Este importante documento, fundamental para el conocimiento de la vida de Genadio, suele fecharse en torno a los años 915, 919 ó 920, pero los detalles suministrados sobre su estancia en el monasterio de Ageo tienen que remontarse necesariamente antes del año 895. Frente al “insigne meritis con que es presentado Fructuoso en la inscripción, en el “Testamento” Genadio se autodefine como “pauper meritis, abundans scelirubus, indignus episcopus” .
En el monasterio de San Pedro de Montes se conservaron durante mucho tiempo una serie de libros atribuidos a la colección privada de Genadio. Ambrosio de Morales alcanzó a verlos en el siglo XVI, y los identifico con la biblioteca que el santo había donado en su “Testamento”a los monasterios bercianos de San Pedro, San Andrés, Santiago y Santo Tomás. En palabras de Morales: “todos son de letra gótica, tan antigua que manifiestamente muestran como son los mismo que el Santo dexó ... pues son como reliquias, en consideración que el Santo los trató mucho, y estudió en ellos”. Entre los ejemplares descritos se menciona una “Vita Patrum, deshojado, tienen las Vidas de San Paulino, Santo Agustín, San Gerónimo, y pocas más, fue gran volumen” . Independientemente de que este libro hubiera pertenecido o no al obispo astorgano hay que señalar que estas piezas hagiográficas son partes integrantes de la compilación de Valerio.

2. Ampliación de la iglesia por San Valerio.
“Post quem non inpar meritis Valerivs sanctus opus aeclesie dilatabit”.

El contenido de la tercera línea de la inscripción se fundamenta específicamente en los escritos autobiográficos de Valerio. En ellos el monje berciano ofrece pormenores de su llegada al monasterio y su estancia durante muchos años en la misma celda en la que había habitado antes San Fructuoso. En estos textos el monasterio es denominado "Rufianense", como ya se hacía en la "Vita Fructuosi".
El nombre de “Rufianense” haría alusión al poseedor de un antiguo “castillo” situado en las inmediaciones. Así en el "Ordo querimonie prefati discriminis" leemos: "En el límite del territorio del Bierzo, entre otros monasterios, junto a un castillo cuyo antiguo propietario le diera el nombre de Rufiana, hay un monasterio entre unos valles de elevados montes, fundado tiempo atrás por San Fructuoso de bendita memoria, en que la divina piedad me colocó para permanecer para siempre" .
Pero tanto Genadio, como sus compañeros, pudieron deducir la advocación del cenobio a los santos apóstoles Pedro y Pablo a través de la lectura de los textos de Valerio, pues en uno de los pasajes de sus obras dice que “celebraba el oficio ... en el santo altar de los apóstoles” y “de la construcción y obra allí junto al altar de los santos apóstoles, se ha escrito brevemente en la historia anterior”. Por otra parte, uno de sus poemas está dedicado expresamente a San Pedro y San Pablo: “Conversio deprecationis ad Sanctos Apostolos”  .
Respecto a la ampliación de la iglesia por Valerio no encontramos una referencia específica en sus obras, pero sí hay mención a obras de ampliación de las estancias monacales y del huerto inmediato construido en el atrio. En "Replicatio sermonum a prima conversione" se dice que su sobrino Juan "en aquel páramo plantó viñas, una huerta y muchos frutales de distintas clases, y puso los cimientos para unas habitaciones, y se ocupa de que todo lo que sea necesario en uno y otro lado vaya adelante". En cuanto al atrio: "...con la ayuda de Dios, poco a poco, se allanó gracias al trabajo de unos jornaleros un estrecho, pero suficiente espacio para un pequeño atrio" .
Por tanto, esta "ampliación" de la iglesia por Valerio, tal y como se registra en el epígrafe, pudo basarse en la lectura de estas fuentes. Pero también debe considerarse la interpretación de los restos constructivos que probablemente perduraban del antiguo monasterio visigodo a finales del siglo IX. A fin de cuentas, la ruinas que encontraron los monjes repobladores pertenecerían a los últimos edificios habitados por Valerio, cuya muerte suele fijarse en torno al año 695.
Varios restos constructivos altomedievales se conservan actualmente en el último cuerpo de la torre de la iglesia monacal. Su cronología no puede precisarse, pues se trata de fustes de columnas y capiteles de mármol que podrían haberse utilizado tanto en la fundación visigoda como en el monasterio repoblado por Genadio . A estas piezas deben añadirse otras que se reaprovecharon en la portada de la próxima ermita de la Santa Cruz, entre ellas un posible fragmento de cancel visigodo .

3. Restauración por el presbítero Genadio en el año 895.
“Nobissime Gennadius presbiter cum XII fratribus restaurabit era DCCCCXXX IIIa”.

Las acciones acometidas por el presbítero Genadio, con la colaboración de doce "fratres", son muy escuetas y se resumen a través del verbo «restaurar». Esta cuarta línea está precedida con la expresión “nobissime”, no habitual en los diccionarios del latín clásico. Con este término se quiere establecer una cesura temporal entre el pasado visigodo de San Pedro de Montes y las iniciativas repobladoras de los siglos IX y X.
Los detalles de esta "restauración" se corresponden nuevamente con el relato del llamado “Testamento de San Genadio”, en el que describe, efectivamente, como Genadio, en compañía de doce hermanos salió del monasterio de Ageo para “restaurar” las ruinas del antiguo monasterio de San Pedro de Montes: “viviendo en la obediencia de mi padre y abad Arandiselo en el monasterio de Ageo, ansioso de la vida solitaria, con otros doce hermanos, y la bendición de mi viejo abad, caminé al desierto de San Pedro, que primero fue habitado por San Fructuoso y después por San Valerio”.
El uso del verbo “restaurar” tiene en nuestra lápida un marcado componente ideológico que debe ser analizado. Desde que Astorga fue repoblada de una manera definitiva por Ordoño I, hacia el año 854, e integrada en los organigramas de la monarquía astur, debió crearse una circunscripción basada en la tradición romano-visigoda y en la organización eclesiástica. En consonancia con lo que se ha venido en llamar “neogoticismo” astur se restaura el obispado y se establece un marco político-territorial en el que el Bierzo tiene una personalidad propia muy definida.
Esta actividad restauradora es común a gran parte de los territorios del reino, donde los ejemplos se multiplican. La “Crónica Albeldense”, al referirse a las iniciativas políticas y religiosas de Alfonso III, dice: “Todos los templos del Señor son restaurados por este príncipe, y en Oviedo se edifica una ciudad con palacios reales” .
La repoblación de Astorga supuso la recuperación de los territorios del viejo obispado, donde, además de las labores de colonización agraria, se fundan o se restauran iglesias y monasterios. Todo este ambicioso programa político contó lógicamente con la dirección, impulso y apoyo de los reyes asturleoneses.
María Concepción Cosmen Alonso ha recopilado algunos testimonios de estas “restauraciones” localizadas dentro del territorio de la diócesis. El monasterio de San Dictino de Astorga, situado fuera de las murallas, fue rehabilitado como residencia episcopal y su templo “venerabilis ecclesia vetusto fundamine” restaurado y dotado por el obispo Fortis en torno al año 925. El mismo camino seguirá el monasterio de San Pedro de Forcellas, ubicado en la zona montañosa de La Cabrera, que fue donado por el rey Ramiro II en el año 935 al obispo Genadio para que “como estaba destruido» lo restaure y ponga en él una comunidad regular”. San Martín de Castañeda fue rehecho desde los cimientos, sobre un pequeño edificio anterior dedicado a San Martín. Al lado de estos ejemplos la iglesia de Villanueva de Valdueza fue “facta et restaurata” por el obispo Ranulfo a fines del siglo IX, el oratorio de Santa Cruz de Montes reedificado en el año 905 y el cenobio de Santa Leocadia de Castañeda, junto al Sil, rehecho en torno al 916.
Estas “restauraciones” se hicieron sobre la base de viejos edificios arruinados, de los que los “restauradores” conocen su pasado con mayor o menor precisión. Los nuevos templos y monasterios muy probablemente reaprovecharon elementos constructivos de las fundaciones anteriores. Como señala José Alberto Moráis Morán la reapropiación selectiva y particular de los restos materiales de las construcciones del pasado, con la voluntad expresa de reutilizarlas en los nuevos contextos materiales del medievo, posee un claro antecedente en la edilicia tardoantigua .
En este aspecto, y en otros, la lápida de San Pedro de Montes guarda importantes similitudes con los monumentos epigráficos de San Miguel de Escalada y San Martín de Castañeda, pues en los tres casos se acomete una "restauración" sobre la base de un asentamiento cristiano anterior. Sin embargo, en Castañeda y Escalada se restauran templos de los que apenas se recuerda su pasado, porque seguramente los monjes no disponen de información al respecto. Solamente se consigna su antigua advocación (San Martín o San Miguel). Pero en Montes hay un conocimiento mucho más detallado, y guiados por la tradición visigoda identifican las ruinas que encuentran los repobladores con una de las principales fundaciones fructuosianas: el monasterio Rufianense. Se quiere así recuperar, por motivos ideológicos, el pasado mítico y prestigioso del eremitismo y monasticismo del siglo VII y, de este modo, hacer realidad el proyecto político del “neogoticismo” del reino asturleonés”.
Gómez Moreno ya advirtió relaciones evidentes entre las tres fundaciones, en particular en el uso de expresiones equivalente como “brevi opere”, “miro opera a fundamine... erigitur”, “non oppresioni vulgo sed... fratrum instante vigilantia”, etc. Para el erudito granadino estás concordancias venían a confirmar sus teorías sobre el gran peso de lo “mozárabe” en el arte hispano altomedieval, sospechando si también andarían en la reconstrucción de San Pedro de Montes andaluces . A estos tres ejemplos habría que añadir el epígrafe del monasterio de San Salvador de Tábara, donde nuevamente encontramos expresiones equivalentes como: “non copia rerum fretus sed divino ubamine” .
En cualquier caso, esta parte del relato de nuestra inscripción se contradice con los primeros documentos del “Tumbo de San Pedro de Montes”. En ellos se otorga un gran protagonismo al obispo astorgano Ranulfo en la fundación o restauración del monasterio. Estos textos ofrecen algunas dudas sobre su cronología y autenticidad, pero como ya advirtió Mercedes Durany Castrillo, en ellos es Ranulfo quien entrega a los monjes los terrenos anexos de la nueva fundación, y ordena a Genadio abad de la comunidad monástica .
Uno de estos documentos está datado precisamente en el año 895, y en él el obispo astorgano dona a la comunidad de Montes la iglesia y concede unos términos que delimita: “Yo Ranulfo, obispo indigno, ... traté de edificar en honor de vuestra gloria, mi señor San Pedro, un monasterio de monjes [...] concedo y doy a San Pedro, la misma iglesia ya mencionada con todas sus inmediaciones la cual está dentro del término del Bierzo, junto al río Oza, entre los montes que llaman Aquilana, Rufiana y Peñalba” .

4. Renovación, desde los cimientos, por Genadio después de haber sido nombrado obispo.
“Pontifex effectus a fundamentis mirifice ut cernitur denuo erexit non oppressione vulgi sed largitate pretii et sudore fratrum huis. monasterii”.

La quinta y sexta líneas de la inscripción se detienen ahora en la construcción de un nuevo templo "a fundamentis", una obra de envergadura objeto de la admiración de los visitantes. Esta empresa habría sido acometida por Genadio tras ser nombrado obispo de Astorga. Este dato nos permite hacer alguna precisión cronológica, pues los biógrafos de Genadio suelen situar su episcopado entre los años 899 y 920.
Nuevamente, el contenido de esta parte del relato se asemeja a lo conocido a través del "Testamento" de Genadio: "me colocaron en la silla episcopal, donde estuve muchos años, más por obediencia al príncipe, que por propia voluntad, si bien ni aun casi corporalmente vivía allí. Poniendo toda mi solicitud y fuerzas en el dicho desierto, amplié con nuevos edificios la iglesia de San Pedro, que poco antes había restaurado, y como mejor pude la mejoré".
En ambos textos es a Genadio a quien se atribuye específicamente la construcción de la nueva iglesia. Su condición de obispo implica la inclusión del monasterio de Montes en las estructuras administrativas eclesiásticas, pero también de alguna manera en la organización política del reino asturleonés, pues no olvidemos que los reyes tenían una gran influencia en los nombramientos de los prelados, como se pone de manifiesto en época de Alfonso III con los obispos Froilán (León), Atilano (Zamora) o el propio Genadio de Astorga.. 
La expresión “a fundamentis” aplicada a la nueva iglesia, esto es, desde los cimientos, tiene un claro cometido simbólico. Se quiere remarcar la construcción de un nuevo edificio y vendría a justificar la posterior consagración del templo, ya que si se hubiera tratado de la simple reforma, ampliación o reparación de una iglesia anterior no sería procedente celebrar el rito de la consagración, pues ésta ya habría sido consagrada con anterioridad.
Nuestro epígrafe introduce a continuación una valoración estética sobre la calidad de la nueva construcción: “mirifice ut cernitur”. El comentario recuerda la descripción de la iglesia de San Tirso de Oviedo que introduce el autor de la versión “A Sebastian»”de la Crónica de Alfonso III”: “obra cuya belleza más puede admirar quien esté presente que alabarla un cronista erudito”. Para Víctor Nieto Alcaide este tipo de alabanzas contrasta con la suposición, generalmente admitida, de la estimación exclusivamente simbólica y religiosa que se ha supuesto en los hombres de la Edad Media con respecto a las obras de arte .
Sea como fuere, el “Tumbo”, elaborado en su núcleo principal en el siglo XIII, nos muestra una tradición sobre la historia del monasterio que se remonta a tiempos visigodos y que coincide en los aspectos fundamentales con el relato de la inscripción. Como ya apuntó Manuel C. Díaz y Díaz, tuvo que existir algún tipo de continuidad que explicaría la conservación en la memoria colectiva del emplazamiento y la advocación de los títulos de la iglesia. Para este autor resulta a todas luces inadmisible que por aquellos riscos desérticos y casi inaccesibles hubieran pasado, como suponen algunos, los “árabes invasores, responsables que serían del despoblamiento y posterior olvido”.

5. Consagración de la iglesia por cuatro obispos el 24 de octubre de 919.
“Consecratum. est hoc templvm ab episcopis IIIIor, Gennadio astoricense, Sabarico dvmiense, Frvnimio legionense, et Dvlcidio salamanticense, svb era nobies centena decies qvina terna et qvaterna VIIIIo kalendarurum nobembrvm”.

Esta es la parte de la inscripción que da sentido a todo el discurso anterior, pues su verdadera naturaleza es narrar la historia de las fundaciones y restauraciones de San Pedro de Montes, para consignar, por último, la consagración de la iglesia monástica. Por ello, es la parte más extensa, extendiéndose por las tres últimas líneas.
En el texto encontramos los elementos principales que identifican en época altomedieval una “consecratio”: aparición del verbo "consecrare", advocación o advocaciones del templo, mención del obispo u obispos oficiantes con la indicación de las diócesis que rigen y, por último, datación con el día, mes y año en que se lleva a cabo.
Artemio Martínez Tejera propuso la denominación de "Monumenta consecrationis" para definir aquellas inscripciones que incluyen no sólo los rasgos propios de las "consecrationes", sino también de las denominadas "monumenta", que recogen la construcción, reedificación o reforma de un edificio o de alguna de sus dependencias, generalmente de un edificio cultual. Para Vicente García Lobose trataría de “Monumenta aedificationis”, pues con motivo de un acto solemne (dedicación, consagración, restauración, etc.) se da cuenta de una serie de hitos o momentos en la historia del edificio o la institución . Posteriormente, junto con Mª Encarnación Martín López, ha propuesto una clasificación más específica de los “monumenta”, con las subcategorías de “ampliationis”, “dotationis”, “fundationis” y “restaurationis” .
En los aspectos formales, la caligrafía utilizada y sus concordancias gramaticales con otras inscripciones similares indican que su confección es contemporánea de la propia consagración, o hecha poco tiempo después.
Sobre esta cuestión Gómez Moreno defiende que “debió esculpirse a raíz de la consagración susodicha, que principalmente conmemora”. Sin embargo, algunos autores consideran el epígrafe bastante más tardío, llevándolo al siglo XI o incluso al siglo XII. Flórez es el primer autor que duda de su antigüedad, pues dice que "este monumento, aunque no sea del tiempo de San Genadio, fue puesto en su monasterio por memorias propias de la Casa, y como útil para algunas materias le reproducimos". En la misma línea se manifiesta Augusto Quintana Prieto, para quien la lápida fue erigida bastantes años después.
Los primeros editores erraron en la fecha. Tanto Morales como Yepes  dan una cronología más temprana (Era 944, año 906), basada en una mala interpretación de la forma de consignar la data. Como ocurre con otros epígrafes altomedievales la fecha se enmascara baja una fórmula retórica que puede confundir al lector contemporáneo: "sub era nobies centena, decies quina, terna, et quaterna”, esto es en la era nueve veces ciento, diez veces cinco, más tres y cuatro, era CMLVII”, año 919.
La consagración tuvo lugar en domingo, como se prescribía en la legislación de los concilios visigodos. El primer oficiante es el propio obispo de Astorga Genadio, a cuya diócesis pertenecían los territorios del Bierzo. Los otros tres obispos citados (Mondoñedo, León y Salamanca) se acomodan con la permanencia en sus sedes en la fecha consignada (el 24 de octubre de año 919).
El orden en el que aparecen estos prelados no es casual, se corresponde con la antigüedad en el disfrute de su diócesis, lo cual es un elemento que confirma la observancia de las tradiciones de la iglesia hispana y la precisión de la información contenida en la lápida. Genadio es el más antiguo, pues según los episcopologios más fiables comenzó a pontificar en el año 899. Le siguen Sabarico (900-922), Frunimio (915-928) y Dulcido (916-920). Este estricto orden protocolario ya aparece documentado en los siete obispos consagrantes de la iglesia de San Salvador de Valdediós en el año 893 .
Respecto a la cronología parece claro que debe situarse en el siglo X y descartar, por tanto, las dataciones que la llevan al siglo XI o al siglo XII. Se podría hacer algunas precisiones en función del contenido y el tratamiento de los personajes citados en texto. Varias razones llevan a pensar que la inscripción fue confeccionada en vida de Genadio.
Por una parte, hay que señalar que la inscripción quiere resaltar la impronta deja por tres personajes clave en la historia del monasterio: Fructuoso, Valerio y Genadio. Fructuoso es calificado de “insigne meritis Beatus Fructvosus”, mientras que Valerio es presentado como “non inpar meritis Valerius sanctvs”. Sin embargo, al mencionar a Genadio este carece de epítetos laudatorios y se consigna únicamente su condición de “presbítero” y posteriormente de “obispo”. A pesar de ello Genadio es, sin duda, el gran protagonista del epígrafe pues se le menciona repetidamente y se destaca su labor como restaurador del monasterio, constructor de la iglesia y obispo consagrante.
Resulta difícil de asumir que una inscripción elaborada con cierta distancia cronológica por la comunidad de San Pedro de Montes no utilizara otros calificativos para referirse a un personaje tan querido para el monasterio. Esta circunstancia solamente puede explicarse porque Genadio aún vivía en ese momento y su participación directa o indirecta en la elaboración del monumento haría improcedente el empleo de tratamientos laudatorios.
Sabemos, además, que muy poco después de la muerte de Genadio, los documentos que hablan de él ya tienen una especial consideración hacia su persona, e incluso apuntan algún tipo de devoción o culto. Así en una donación al monasterio de Santiago de Peñalba, en 937, el obispo de Astorga, Salomón, se refiere a él como “in Christo pater meus beatae memoriae dominus Jennadius”. En 960 el obispo Odoario recuerda a “nuestros antecesores de divina memoria, don Genadio, obispo por la gracia de dios y don Fortis, obispo por la gracia de Dios”. En un documento de San Pedro de Montes de 1081 se dice que el monasterio “constructum est permanedum a sanctis Patribus Fructuosis, Gennadius et Valerius”.

Conclusiones

El epígrafe de consagración de la iglesia de San Pedro de Montes plantea interesantes reflexiones sobre las fuentes literarias utilizadas en su confección, así como sobre sus fundamentos ideológicos y políticos.
Para reconstruir el pasado visigodo del monasterio, los artífices del texto se basaron principalmente en la “Vita Fructouosi” y en los escritos autobiográficos de Valerio del Bierzo. Estos relatos eran conocidos por los monjes repobladores de San Pedro de Montes antes incluso de su llegada a tierras bercianas.
Los detalles sobre la restauración y edificación del cenobio por San Genadio son en gran parte coincidentes con el documento conocido como “Testamento” del santo obispo de Astorga, datado comúnmente hacia el año 915. Esta circunstancia nos lleva a plantear las relaciones entre ambos textos, la fijación de los años del pontificado de Genadio en Astorga y la posible fecha de elaboración de la lápida
Del análisis formal del epígrafe y de su propio contenido se deduce que este debe datarse, como ya hizo Gómez Moreno, en el siglo X y, probablemente, en fechas próximas al acto central que se pretende destacar: la consagración solemne del templo por cuatro obispos en 919. En cualquier caso, la forma de presentar y calificar a Genadio, sin ningún tipo de epíteto laudatorio, apunta a que este aún vivía en el momento en el que se erigió este importante monumento epigráfico.
La “restauración” de San Pedro de Montes formó parte de todo un programa ideológico y político promovido por la monarquía en el contexto del llamado “neogoticismo” del reino asturleonés. Esta circunstancia es común a la fundación y “restauración” de otras iglesias y monasterios, y explica las similitudes formales de lápida de Montes con otros epígrafes equiparables, como los de San Miguel de Escalda, San Martín de Castañeda o San Salvador de Tábara.

Portada sur de la iglesia conventual
La lápìda empotrada en el contrafuerte
Detalle de la inscripción
Dibujo de la inscripción de San Pedro de Montes según Benjamín Martínez

jueves, 3 de diciembre de 2015

Un sable "briquet" procedente de Castrogonzalo (Zamora)

Sable "Briquet" procedente de Castrogonzalo (Zamora)
El conocimiento de la existencia de un sable francés de época napoleónica en Castrogonzalo proporciona una buena oportunidad para acercarse a las características de este tipo de armas. Es también una buena excusa para encuadrar esta interesante pieza en los pormenores de la Guerra de la Independencia (1808-1814) en la comarca de Benavente. Para el historiador, no lo olvidemos, es siempre el contexto histórico el que otorga sentido y valor a este tipo de hallazgos.
Nuestro sable fue hallado casualmente por un vecino de la localidad en una vivienda del casco urbano. Estaba incrustado entre el tejado y la cubierta de una de las habitaciones. Sirvan estas líneas de agradecimiento a su propietario por su buena disposición para su examen y estudio. Las circunstancias del hallazgo indican que hubo, desde antiguo, un deseo consciente de ocultación. Sin embargo, parece que la construcción de dicha casa no alcanza la decimonovena centuria y, por tanto, el sable debió pasar por diversas manos y lugares hasta el día de hoy.
Es muy abundante la bibliografía y documentación existentes sobre la ocupación francesa de la comarca -en particular de los años 1808 y 1809-. En base a ella hay que suponer que la procedencia de la pieza es local y que, probablemente, no debió salir del pueblo desde entonces. Es, como veremos, un arma de indudable origen francés, y no una de las imitaciones o adaptaciones utilizadas posteriormente por el ejército español.
El nombre de sable “briquet” fue dado popularmente por la caballería francesa al arma de este tipo que llevaban algunos soldados de infantería. El mismo término francés “briquet”revela una connotación un tanto burlona, o incluso despectiva. Su pequeño tamaño y la forma de su empuñadura recuerdan, en efecto, a los encendedores que utilizaba la tropa en campaña para hacer fuego. Más tarde, a partir de 1806, esta denominación se tornará oficial.
Arma muy popular entre la tropa, el sable “briquet” corto equipaba a los suboficiales, a los cabos, a las fuerzas de élite, e incluso a la Guardia Imperial. Aunque fue empleado, sobre todo, con fines prácticos y utilitarios, no dejaba de ser un arma eficaz en el campo de batalla.
Sus golpes con la punta eran muy peligrosos y las arremetidas con la hoja podían ocasionar heridas graves. La afiladura de su lámina, muy cortante, se efectuaba por medio de una lima o haciendo uso de una piedra de afilar. El agua, la nieve o la sangre podían, sin embargo, atacar el acero. De hecho, nuestro sable presenta la hoja notablemente deteriorada por el óxido.
Nuestro ejemplar, con una longitud total de aproximadamente 72cm, cuenta con una lámina de 58cm. La hoja realizada en acero, es ancha y curva, con el lomo cuadrado al interior y filo al exterior. Su guarnición, realizada en una sola pieza en bronce, consta de una empuñadura acanalada que remata en un pomo semiesférico. Un aro guardamanos curvo y un galluelo girado hacia la hoja completan la austera guarnición. El galluelo se ha perdido en nuetro sable, sin duda la pieza más delicada y más expuesta a los golpes y caídas.
Sobre el lomo y la guarnición podemos observar distintas inscripciones alusivas a su procedencia y fabricación. Sobre el aro del guardamanos leemos claramente “VERSAILLES”.
La vaina -en nuestro caso no conservada- estaría confeccionada según otros ejemplares conocidos en cuero negro, con los refuerzos del brocal y el batiente hechos en latón.
Se conoce dos versiones principales de este tipo de arma blanca: la del Año IX, con una guarnición en ángulo recto; y la del Año XI, con una guarnición redondeada, similar, por tanto, a la recuperada en Castrogonzalo.
La Guardia Consular, nacida de la Guardia del Directorio y de la Guardia del Cuerpo Legislativo, fue dotada de un sable “briquet” de un tipo más particular, cuya realización fue confiada a la manufactura de armas de Versalles. Cuando, en 1804, la Guardia Consular deja paso a la Guardia Imperial, los granaderos que forman este Cuerpo fueron dotados de un sable de factura nueva, más largo que el precedente y que contiene una guarnición diferente. En efecto, esta arma consta de una guarnición en latón y de una empuñadura más fina y mejor acabada. La lámina, templada en las manufacturas de Kligenthal, contiene un faldón ancho y hueco sobre cada cara y alcanza una longitud de aproximadamente 70cm. Así como los granaderos y los cazadores a pie, los artilleros de la Guardia también llevaban el sable “briquet”, que emplean la mayoría de las veces para podar la vegetación en el momento en el que entraban en batería sus piezas.
Los acontecimientos relacionados con la Guerra de la Independencia (1808- 1814) constituyen, sin lugar a dudas, uno de los momentos de nuestra Historia Contemporánea que dejaron más profunda huella en un buen número de localidades de los Valles de Benavente.
El paso del ejército francés por Castrogonzalo provocó un grave deterioro en su patrimonio histórico-artístico. Las dos iglesias del pueblo fueron prácticamente saqueadas y afectadas gravemente en sus fábricas, en particular la de san Miguel. Se produjo también el allanamiento o confiscación de varias viviendas, y el puente sobre el Esla fue, en parte, destruido; si bien esta última acción no es achacable a las tropas francesas, sino a las inglesas que intentaban frenar el avance de Napoleón. El momento álgido de estos acontecimientos tuvo lugar a finales de diciembre de 1808 con la llegada a las orillas del Esla del propio Emperador en persecución del ejército inglés del general Moore.
El 30 de diciembre de 1808 se produjo un choque violento de caballería en el prado de Santa Marina, entre la vanguardia del ejército napoleónico y la retaguardia inglesa. Los ingleses habían volado el día anterior varios ojos del puente de Castrogonzalo con la intención de entorpecer el avance francés. El río Esla venía muy crecido por estas fechas, pues en ese sector de su curso llega a inundar habitualmente gran parte de la vega que separa Castrogonzalo y Benavente. Pero los franceses, al mando del general Lefebvre, vadearon el río y obligaron a los ingleses a retirarse momentáneamente. Pronto se produjo el encuentro de ambos cuerpos.
Parece ser, según los cronistas, que a pesar de la aplastante superioridad numérica francesa, los ingleses consiguieron rechazar el ataque. Los franceses en su retirada intentaron cruzar de nuevo el río, pero este había vuelto a crecer y en la empresa murieron ahogados algunos soldados y otros fueron hechos prisioneros, entre ellos el general Lefebvre.
A raíz de la ocupación francesa, Benavente se convirtió en la sede de una subprefectura, dependiente a su vez de la prefectura de Astorga. Durante el largo conflicto esta institución desempeñará una destacada responsabilidad de cara al frente de Galicia, conocida a efectos militares como “Cantón de Benavente”.
Los años de ocupación se prolongarán hasta bien avanzado 1812, siempre bajo la administración bonapartista de José I. Benavente se convertiría en una plaza militar de importancia, con un contingente numeroso acuartelado que servía como retaguardia del frente norte establecido en la zona de Astorga. Se ocuparon numerosos edificios, hospitales y conventos como albergues para las tropas y caballerías. Varios de ellos fueron destinados a acuartelamientos, casernas y almacenes militares. La población de la comarca fue sometida a frecuentes cargas y requisas. Sobre este particular resulta de gran interés la documentación del Archivo Municipal relativa a suministros a la tropa francesa, así como la concerniente a la Junta de Subsistencias.
En Castrogonzalo, el mando militar francés instaló un Cuartel General del que tenemos algunas noticias a través de la documentación de las requisas y suministros. Los vecinos de Benavente y su comarca estaban obligados a la entrega de ciertas cantidades de grano grano, a un precio preestablecido, bajo la amenaza de ser conducidos presos a Castrogonzalo. Un ejemplo de ello lo tenemos en el siguiente documento fechado a 19 de agosto de 1811:

"Precios:
Trigo: 410.
Cevada: 156.
Señor Francisco Tapioles
A las doce de la mañana de este día de la fecha deverá Usted aber entregado ya en la Panera del Pósito de esta villa ocho fanegas de trigo, y ocho de cebada, pues con recibo de Don José Rodríguez Flórez y Felipe Cuebas, comisionados, se le pagarán puntualmente su importe a razón de los precios arriba mencionados, y de no berificarlo se le conducirá a Usted preso al Quartel General de Castrogonzalo, y además se le sacarán los granos sin pagarlos, ni tendrá qué reclamar, todo conforme a orden superior. Benabente y Agosto 19 de 1811".

Detalle de la empuñadura
Marca VERSAILLES sobre el aro del guardamanos
Documento alusivo al Cuartel General de Castrogonzalo  [AMB, 19 de agosto de 1811]

domingo, 8 de noviembre de 2015

Un escudo de veneras y fajas - La casa de la administración del conde de Benavente en la calle de Santa Cruz

Escudo de la antigua Casa de la Administración del Conde de Benavente - Foto cortesía de Julio Otero López
Hasta finales de los años 70 del pasado siglo existió en la calle de Santa Cruz, a la altura de la plaza del Grano, un viejo edificio singular por sus dimensiones y estructura. Fue conocido popularmente como "Casa de los Silvela", y es mencionado históricamente como "Casa de la Contaduría de los Condes de Benavente" o "Casa de Administración".
El origen de este edificio hay que buscarlo en las diversas casas y solares que los Pimentel tuvieron en Benavente repartidas por el casco urbano. Varias de ellas eran simples casas de morada, adquiridas en diversos momentos, y arrendadas de forma sistemática a los vecinos de la villa o cedidas a personal al servicio de los condes. Pero, además de la Fortaleza, residencia habitual de la familia condal durante varias generaciones, existieron otros palacios en la villa en los que consta la estancia de algunos de sus miembros de forma estable u ocasional.
Como señala Mercedes Simal, gracias al incendio que se produjo en 1597 en el edificio en donde se había instalado la contaduría, sabemos que hasta esa fecha esta dependencia se ubicaba en las inmediaciones de la iglesia de San Nicolás. Mientras que la planta alta estaba destinada al alojamiento de los hijos del conde-duque durante su estancia en Benavente, en la baja se guardaban los papeles y libros de la contaduría de la Casa.
Tras el incendio, la contaduría fue trasladada a la Fortaleza en una fecha que no podemos precisar, tal y como recordaba un testigo en 1814: "al segundo dijo que es constante y sabe positivamente que de muchos años a esta parte se trasladó las oficinas del estado de Benavente concursado desde la casa llamada palacio de San Nicolás, propia de la Excelentísima Casa de Benavente al castillo o Fortaleza".
Pero en los primeros días de enero del año 1809 la fortaleza sufrió un gran incendio como consecuencia de la ocupación francesa. El castillo resultó totalmente destruido, y con él las dependencias de la contaduría. De ello daba testimonio el jefe de la contaduría de los condes en 1814:

"Francisco de Uña y Velasco, contador jefe de la contaduría de estos estados concursados, pertenecientes a la exma. señora doña María Josefa Pimentel, condesa duquesa de esta villa, Arcos, Gandia, señora duquesa viuda de Osuna, ante vos en la disposición más conforme a derecho digo: que en esta misma villa y en la casa Fortaleza existía la contaduría y archivo de papeles correspondientes al estado de Benavente, con los títulos primordiales con que posee las villas de Arroyo del Puerco, Talabán, el Bordón, Serrejon, y otras comprendidas en el estado de Benavente, la cual fue quemada y arruinada por las tropas enemigas",

La desaparición del Castillo obligó, sin duda, a buscar un nuevo emplazamiento para las oficinas de la administración condal. Respecto a esta vivienda de la calle de Santa Cruz hay algunas referencias documentales ya desde mediados del siglo XVII. De ellas se deduce que en un principio era una casa destinada al arrendamiento y que ocupaba un área bastante más amplia que la vivienda que llegó al siglo XX. 
Así en 1645 el conde afora a Santiago de Orna y Ana Pérez, su mujer, vecinos de Benavente, “unas casas propias de su excelencia en bajo del Peso Mayor y frontero del Hospital de la Piedad, y hace esquina para el convento de San Francisco por la venta de cinco ducados en cada un año perpetuamente, por el día de San Martín de noviembre”.
En 1670 el solar ocupado por el edifico debió ampliarse, pues Alejandro de Acorta y Tobar, vecino de Benavente, vendió al conde “un pedazo de corral en el Mercado de los Bueyes de dicha villa, que linda con corral del Peso Mayor del conde, y con la calleja de San Francisco, por precio de 500 reales”.
En 1678 se formaliza una escritura de reconocimiento de fuero por Francisca Rodríguez, vecina de dicha villa, de cinco ducados en cada un año por razón de unas casas que están “en dicha villa, frente del Hospital de Nuestra Señora de la Piedad, y más abajo del Peso Mayor de su excelencia”.
En 1766 se produce una nueva ampliación con la venta “a favor de la hacienda de su excelencia que otorgo don Joseph Núñez, vecino de Benavente, de unas casas en la calle de la Cruz de esta villa, que lindan con otras casas del estado de su excelencia por precio de tres mil reales”.
En el “Diccionario” de Madoz encontramos una descripción bastante precisa del edificio a mediados del siglo XIX: “Son los edificios más notables ... (después citar la casa del Vicaría de San Millán y la de Correos) la del conde del mismo título que la población, habitada por su administrador, situada enfrente del hospital de la Piedad, cuya fachada presenta piedra figurada de jaspe blanco, con cinco balcones de hierro boleados, puestos en distancia iguales y en línea sobre el cornisamiento”.
En esta época nuestra casa ya estaba en poder de los duques de Osuna. A partir de 1771, tras el matrimonio de la XV condesa-duquesa de Benavente, María Josefa Pimentel, con Pedro de Alcántara Téllez-Girón, IX duque de Osuna, se extingue el linaje Pimentel. Sus títulos y propiedades fueron incorporados al patrimonio de esta importante familia nobiliaria. En 1853, Juan Martínez es "interventor de la Contaduría del Sr. Duque de Osuna en Benavente". Su nombre aparece en la relación de suscriptores de la primera edición de la "Historia de la nobilísima villa de Benavente", de José Ledo del Pozo.
A mediados del siglo XIX, con la quiebra de la Casa de Osuna y el desmantelamiento del patrimonio señorial, se produce la venta y subasta de sus bienes muebles e inmuebles. De esta forma, una parte importante de las propiedades originarias de los Pimentel en la provincia de Zamora, más de 9.000 hectáreas en total, fueron adquiridas, en los años 1869 y 1870, por Fernando Fernández-Casariego y Rodríguez-Trelles (1794-1874), marqués de Casariego y vizconde de Tapia. Es entonces cuando el edificio de la calle Santa Cruz vuelve a citarse varias veces en los documentos relacionados con la compraventa.
En 1870 se firma una escritura adicional a otra de la venta de fincas sitas en los partidos judiciales de Benavente, Villalpando y Valencia de Don Juan. Fue otorgada por parte del Duque de Osuna y del Infantado a favor de Fernando Fernández-Casariego. Entre los bienes que se traspasan se incluyen: “La casa denominada Administración en la calle de Santa Cruz se halla señalada con el número diez y siete en la manzana número tres. La casa denominada Palacio viejo en el pasadizo de San Nicolás designada con el número primero principal y ocho accesorio en la manzana número cinco".
Los Casariego debieron mantener esta casa como sede de la administración de sus bienes en Benavente. Para ello nombraron a un administrador que se ocupaba de la gestión de este importante patrimonio y de recaudar las rentas correspondientes. En 1870 Fernando Fernández-Casariego otorga poder a Zenón Alonso Rodríguez, vecino de Benavente, para que en su nombre y representando a su persona, acciones y derechos, “administre, maneje, y gobierne los bienes que acaban de expresarse y los demás que ahora o en delante correspondan, o puedan corresponder, al Excelentísimo Señor compareciente en Benavente y demás puntos que comprendida administración que allí tenía la casa del repetido Excelentísimo señor Duque de Osuna y del Infantado Conde Duque de Benavente”.
La hija menor de Fernando Fernández-Casariego: Sofía, caso con Enrique Tordesillas y O' Donnell, segundo conde de la Patilla (1839-1893). Este personaje se convertirá en una de las figuras más relevantes de la oligarquía benaventana durante la época de la Restauración. Su protagonismo político le llevará a formar parte del reducido grupo de familias que controlan la representación de la provincia de Zamora en Cortes, disfrutan de un gran patrimonio y detentan el poder local.
La hija mayor del conde de la Patilla: Fernanda Tordesillas y Fernández-Casariego, casó con Faustino Silvela y Casado. Otra de las hermanas de Fernanda: Rafaela Tordesillas y Fernández-Casariego, casó a su vez con otro de los hermanos de Faustino: Mateo Silvela Casado, Gobernador Civil de Segovia, Diputado a Cortes por Zamora (1891-1899), Senador por la provincia de Zamora y Senador Vitalicio, Gentilhombre de Cámara de S.M. el Rey don Alfonso XIII y Presidente del Patronato del Museo del Pueblo Español. Fue probablemente a través de esta línea de descendencia como el edificio de la calle de Santa Cruz acabó incorporándose en el patrimonio familiar de los Silvela.
Las fotografías antiguas que existen de la casa de la Administración del Conde muestran un edificio imponente, de notables dimensiones y presidido por un escudo con las armas de la familia Pimentel. Otros elementos relevantes de su fachada eran sus balcones y los llamadores de hierro forjado de su puerta principal.
Como ya se indicó más arriba, en el “Diccionario de Madoz” se describe un edificio con cinco balcones, pero en las fotografías se aprecian solamente cuatro. Esta anomalía puede tener su explicación en la historia posterior del edificio. En algún momento, a finales del siglo XIX o principios del siglo XX, debió enajenarse una porción importante de la vivienda, concretamente la situada en la parte izquierda de la fachada principal. Por eso en las fotografías el escudo se sitúa en una posición excéntrica, y la moldura que recorre el edificio se interrumpe abruptamente en ese sector. Por tanto la casa era bastante más grande, con cinco balcones, y por ello en varios documentos se dice que enfrentaba con el Hospital de la Piedad y llegaba su perímetro hasta la calleja de San Francisco.
En los años 70 del pasado siglo el edificio fue vendido por sus últimos propietarios, descendientes de la familia Silvela, al empresario Manuel Otero González (1929-2015). La escritura de compraventa se formalizó ante notario el día 2 de diciembre de 1976. Sus propietarios eran Luis Silvela Sangro, Rafael Silvela Tordesillas, Mateo Silvela Tordesillas y María Gabriela Foret Giordano.
Tras el derribo, sobre sus solares se levantó un bloque de viviendas que en la actualidad existe en la calle de Santa Cruz. Corresponde al número 28 de dicha calle y se denomina “Edificio San Juan”. En los bajos hay un supermercado de la cadena “Día” y otros locales comerciales.
Gracias a la amabilidad de Julio Otero López, actual propietario de la pieza, ofrecemos una fotografía del blasón de los Pimentel de la antigua casa de Administración de los Condes de Benavente. El escudo parece más antiguo que el inmueble desaparecido. Tal vez procede de una construcción anterior situada en el mismo solar, o fue traído desde otro emplazamiento, como puede ser la propia Fortaleza o la antigua casa de la Contaduría de la Plaza de San Nicolás.
Las armas de este blasón difieren ligeramente de las habituales de la familia Pimentel, al menos en el orden de los cuarteles. La descripción tradicional del escudo es: "escudo cuartelado: 1º y 4º de oro con tres fajas de gules. 2º y 3º de sinople con cinco veneras de plata puestas en sotuer. Bordura componada de Castilla y León con dieciséis piezas". En este caso se altera el orden de los cuarteles y la bordura es de ocho piezas,
Una de las primeras descripciones del emblema familiar aparece recogida en la obra de Gonzalo Fernández de Oviedo “Batallas y quinquagenas” (1550): 

“Las armas desta casa son un escudo partido en quatro quartos, el derecho superior y el siniestro inferior con cada cinco veneras blancas vel argénteas, perfiladas de goles, en santor (o aspa), sobre el campo de sinople o verde; y en el quarto siniestro superior e el derecho inferior, son cada tres faxas de goles vel sanguinas en campo de oro. E orlado todo el escudo de castillos y leones reales, y con los colores e metales y de la manera que lo traen los reyes de Castilla y de León. Porque esta orla e mejoramiento de armas fue merçed fecha a este conde don Rodrigo Alfonso Pimentel”.