viernes, 21 de abril de 2017

El sepulcro de Petrus Deustamben en San Isidoro de León

El sepulcro de Petrus Deustamben en su estado actual en la capilla de los Salazares de San Isidoro de León
El sepulcro del maestro o arquitecto Petrus Deustamben es una cista de piedra, con tapa llana, colocada durante mucho tiempo en el interior de San Isidoro de León, en el ángulo suroeste de la iglesia, bajo el coro. Allí lo vieron varios autores desde época moderna, aunque no se pusieron de acuerdo sobre la cronología del personaje y la naturaleza de las obras de las que se habla en su epitafio.
Ambrosio de Morales es el primer autor que trata sobre este asunto a mediados del siglo XVI y ofrece la primera lectura del epitafio: “Pues este rey (Fernando I) con haber edificado la iglesia, tuvo tanto recato de no enterrase dentro de ella, y con todo eso fue luego enterrado en ella el maestro de la obra por sus grandes virtudes y mucha de santidad. Conforme a esto dice así su epitafio, que está en una tumba alta de piedra lisa dentro de la iglesia”.
En el siglo XVIII Antonio Ponz señala: “Cerca de la pila baptismal se conserva una antigua lápida del arquitecto que la hizo; es a saber, antes de la reedificación del rey Don Fernando, a lo que yo entiendo [...] tiene V., según esta lápida, un arquitecto santo”.
Por su parte, Manuel Risco ofrece una interpretación del contenido del epitafio que es la que se ha venido reproduciendo en muchas obras posteriores: “El arquitecto se llamó Pedro de Dios, cuya vida fue tan santa y abstinente, que quiso Dios manifestar su santidad, haciendo por él muchos milagros. Por esta causa todos generalmente le amaron y veneraron, siendo cada legionense un pregonero público de sus virtudes. Esta común opinión de toda la ciudad fue el motivo de que el Emperador don Alonso, y la reina doña Sancha mandasen depositar su cuerpo en un lugar señalado, como el que tiene en el mismo cuerpo de la iglesia de San Isidoro, debaxo del coro, donde está para eterna memoria de este siervo de Dios se puso en aquel tiempo la inscripción”.
A finales del siglo XIX el sepulcro se exhibía en la iglesia con muy poco decoro, como denuncia Demetrio de los Ríos: “Siempre nos hemos acercado a la humilde tumba de Pedro con religioso respeto, e indignados de ver sobre ella sillas y otros trebejos como sobre el más despreciable poyete, los hemos arrojado con indignación del sagrado monumento que profanaban”. Otros testimonios hablan de que la tumba servía de improvisado asiento de los fieles durante las celebraciones litúrgicas.
En la actualidad se encuentra en el claustro, en la llamada capilla de los Salazares, concebida en un principio como lugar de enterramiento de los miembros de esta familia. En 1959 este espació fue reacondicionado y restaurado después de un largo periodo de ruina y abandono. También se recuperó la bóveda de escayola del siglo XVIII. La capilla cuenta con un acceso directo desde el panteón real y una verja que cierra el paso al claustro. En el ángulo noroccidental se acondicionó un rincón privilegiado para la tumba del arquitecto medieval, junto a la pila bautismal, con la que también compartía espacio en la iglesia. En fotografías del año 1925 se aprecia la tapa partida en dos grandes fragmentos, con alguna parte de la inscripción perdida. Se sabe que el enterramiento fue violentado durante la ocupación francesa del templo en la Guerra de la Independencia, como ocurrió con la casi totalidad de las tumbas reales del panteón. Los sepulcros fueron abiertos, expoliados y los restos dispersados. Posteriormente fueron utilizados como abrevaderos para la caballería.
Hoy la tapa de nuestro sarcófago se muestra restaurada, con algunas partes reintegradas y reconstruidas. En el año 1997 se hizo un estudio antropológico de los restos oseos del panteón real. Se constató que el número mínimo de individuos exhumados casi triplicaba la cantidad de cuerpos previsibles, por lo que se supone que tras la profanación de las tumbas, los despojos reales se mezclaron con los enterramientos de otros espacios de la basílica. En los informes de María Encina Prada Marcos y Julio Manuel Vidal Encinas la tumba “del cantero D. Pedro de Deus Tamben”, aparece identificada con el número 13 y es la que tiene el menor número de restos, con un total de 32 piezas óseas.
El sepulcro no parece corresponderse con la inhumación original, sino que se trata de una renovación del mismo, con una inscripción probablemente reescrita en el primer tercio del siglo XIII. Fue decorado mediante la grabación sobre la piedra de un grupo interesante de figuras. Se reconoce al yacente amortajado y colocado sobre su sepulcro, y por encima de él dos ángeles alados portando sendos incensarios. Sobre el cuerpo del difunto se aprecia una cruz griega, soportada sobre un astil. El largo epitafio comienza con una línea que corre en el chaflán del borde y continúa con doce líneas debajo de la escena. La lectura ofrecida en su momento por Manuel Gómez-Moreno, según dice “corregido, y completado según los editores antiguos”, fue la siguiente:

“Hi qiescit servus Dei Petrus Deus tam ben qui super edificavit ecclesiam / hanc. Iste fundavit pontem qui dicitur de Deus tamben et quia erat [v]ir mire / absti[nen]cie et multis [flo]rebat mir[a]cul? Deus eu laudibus predicabat / Sepultus est hic ab inperatore Adefonso e Sancia Regina”.

La traducción podría ser la siguiente:

Aquí yace el sirvo de Dios Petrus Deus Tam Ben que superedificó esta iglesia. Este fundó el puente que llaman de Deus Tamben. Y porque fue un hombre de admirable austeridad y floreció por sus muchos milagros, todos predicaron sus alabanzas. Fue sepultado aquí por el Emperador Alfonso y la reina Sancha.

Quadrado precisa algunos detalles de interés sobre el texto: “Las copias de él sacadas (del epitafio) resultan harto discrepantes, especialmente en el apellido del arquitecto que unos leen “de Deo”, otros de “Deus tamben”, otros de “ustamben”, y algunos por fin de “Vitamben”. El verbo “superedificavit” indica que fue restaurador o continuador de la fábrica más bien que autor de la traza del templo”.
Aunque el sepulcro del arquitecto carece de fecha, en el epitafio se afirma, que fue enterrado allí por orden del Emperador y de la reina doña Sancha. Este emperador no es otro que el rey leonés Alfonso VII, que ocupó el trono entre 1126 y 1157. La otra persona aludida es su hermana, Sancha Raimúdez, que ostentó el título de reina y murió en 1159. No se puede afirmar de forma concluyente que Petrus Deustamben viviera en esta mima época. Cabe la posibilidad de que lo que hiciera el rey fuera simplemente trasladar su sepultura desde otro lugar a la iglesia. No obstante, los estudiosos del templo isidoriano han considerado comúnmente a Petrus Deustamben como responsable de la última fase del templo románico, obras que podrían haberse iniciado en época de la reina doña Urraca y terminarían hacia el año 1149, durante el reinado de Alfonso VII, coincidiendo con el momento de la consagración.
En cualquier caso, no podemos otorgar a este epitafio una solvencia documental irrefutable. La escritura utilizada no se corresponde con el momento original de la inhumación. Es muy significativa la ausencia de la fecha de la muerte de nuestro personaje. Todo apunta a que se trata de una reelaboración hecha en el primer tercio del siglo XIII por la comunidad de San Isidoro a partir de tradiciones o noticias más o menos fundadas. Esta inscripción, como otras muchas del conjunto del panteón real, fue renovada o reescrita como parte de un ambicioso proyecto de reivindicación de la vinculación de la monarquía leonesa con la basílica de San Isidoro, cuyo fin último sería el de ensalzar la autoridad y el prestigio del conjunto monumental.

Estado de la tapa del sepulcro en 1925, según Manuel Gómez-Moreno

Detalle de la escena representada en el la tapa del sepulcro
Detalle de la inscripción
Vista de la lauda desde la cabecera

sábado, 31 de diciembre de 2016

El Beato del monasterio de San Salvador de Tábara - Historia del códice del Archivo Histórico Nacional


Beato de Tábara. Miniatura de la torre del monasterio, AHN, fol. 167v.
El presente artículo se corresponde con la publicación del mismo título editada por el Centro de Estudios Benaventanos “Ledo del Pozo” en el año 2017 con ocasión de las “Jornadas sobre los Beatos Medievales: una herencia compartida”. Tábara, 31 de marzo y 1 de abril de 2017. © C.E.B. “Ledo del Pozo” y Rafael González Rodríguez.

El llamado Beato de Tábara es una de las piezas más notables del Archivo Histórico Nacional. Recientemente, ha sido incluido, junto otros ejemplares del Comentario al Apocalipsis de San Juan atribuido a Beato de Liébana, en el “Registro de la Memoria del Mundo”; una lista elaborada por la UNESCO para preservar el patrimonio documental y crear una mayor conciencia colectiva sobre su importancia.
Al margen de su valor intrínseco, el Beato de Tábara es mundialmente conocido por la famosa miniatura de su folio final, en la que aparece representada la torre del monasterio y, junto a ella, dos monjes afanados en la tarea de copiar o iluminar un códice. Hasta tal punto esta ilustración del “scriptorium” tabarense ha tomado protagonismo en los estudios de la miniatura altomedieval, que ha eclipsado cualquier otra aproximación a su estudio. Un manuscrito, por otra parte, mutilado hoy hasta el absurdo y reducido a una mínima expresión de lo que realmente fue.
Proponemos en este trabajo un acercamiento a la historia del códice, en particular de sus primeras vicisitudes, desde las informaciones más antiguas de las que tenemos noticia hasta aproximadamente el primer tercio del siglo XX, cuando ya los estudios son más precisos y detallados. Para ello se hace un recorrido por los principales hitos de la bibliografía existente. Sobre esta base, se hacen algunas puntualizaciones, creemos de interés; se corrigen ciertos errores y malentendidos, y se ofrecen algunas perspectivas que, tal vez, puedan abrir nuevas líneas de investigación.

1. Primeras referencias bibliográficas

Para buscar las más antiguas referencias en la bibliografía a nuestro códice hay que remontarse a la segunda mitad del siglo XVIII. Es entonces cuando Enrique Flórez acomete la primera edición de los Comentarios al Apocalipsis atribuidos al monje Beato de Liébana. El padre Flórez, aunque debió conocer directamente o por referencias más ejemplares, manejó principalmente tres para cotejar y componer su edición publicada en 1770: el Beato de San Andrés del Arroyo (Bibliothèque Nationale de France), el Beato Emilianense o de San Millán de la Cogolla (Real Academia de la Historia) y el entonces llamado “Codex Burguensis”, hoy más conocido como Beato de las Huelgas. En la actualidad este libro se custodia en la Pierpont Morgan Library de Nueva York.
El Beato de las Huelgas viene considerándose una copia tardía del Beato de Tábara, pues, de hecho, reproduce en el folio 183r. la miniatura de la torre de su monasterio y en el 184v. una omega final prácticamente idéntica. Tiene la peculiaridad de contar con dos colofones de épocas distintas. El folio 184r. contiene un colofón donde consta la fecha 1220. Por razones que desconocemos se copió también el colofón íntegro del Beato de Tábara del año 970, y esto provocó cierto desconcierto en los autores posteriores.
Flórez se topa con esta suscripción y advierte la no correspondencia cronológica entre su texto y las características formales del libro. Las fechas de composición consignadas (años 968 y 970) no concuerdan con el tipo de escritura de principios del siglo XIII. Esta anomalía le lleva a plantear que el Beato de las Huelgas reproducía el colofón de un manuscrito más antiguo, por entonces desconocido. El erudito agustino transcribió íntegramente dicho colofón, con las alusiones del escriba Emeterio a su maestro Magio, y con ello dejó constancia de los primeros datos conocidos sobre el que denomina “Codex Tabarensis”. El comentario de Flórez, traducido del texto latino original, es el siguiente:

“La fecha del códice del que fue transcrito, deja claro, pues las últimas palabras del libro de la copia antigua escritas en el nuestro lo muestran, que el códice se empezó en el monasterio Tabarense por el presbítero Magio, que muere en el año 968, y terminado por un discípulo suyo, de nombre Emeterio, en el año 970. Estando entonces en uso solamente la escritura gótica, el Códice Burgense todavía no fue transcrito con caracteres diferentes. Por lo cual, conviene dejar claro, que la anotación señalada previamente ha sido tomada del códice del cual se hace la copia. De aquí que el año 970 se ha de atribuir no a nuestra copia, sino al Códice Tabarense”.
E. FLÓREZ - Sancti Beati presbyteri Hispani Liebanensis in Apocalypsin - Madrid, 1770.
El primer recensor reconocido de los Beatos fue el archivero y geógrafo francés M. d'Avezac. Su interés por los mapamundis incluidos en esta obra le llevó a inventariar en 1870 un total de 22 manuscritos. Entre ellos cita, de pasada, el Beato de Guadalupe y el Beato de las Huelgas, ambos por referencias indirectas de otros autores. De este último señala que “es copia del siglo XIII de un arquetipo ejecutado en el convento de San Salvador de Tábara en 1008 de la Era hispánica, o 970 de Jesucristo”.
En 1880 Léopold Delisle publica en París sus “Mélanges de Paléographie et de Bibliographie”, donde dedica un amplio capítulo a “Les manuscrits de l’Apocalypse de Beatus conservés à la Bibliothèque Nationale et dans le cabinet de M. Didot”. El director de la Biliothèque Nationale ofrece un nuevo estado de la cuestión sobre el estudio de los Beatos hispanos y registra algunos de los ejemplares entonces conocidos. Entre ellos se vuelve a mencionar, siguiendo a Flórez, al Beato de las Huelgas, al que considera copia de un modelo hecho en Tábara y “destruido probablemente desde hace mucho tiempo”. Así mismo, relaciona el códice de Gerona con el Tábara, identificando en ambos casos al copista o miniaturista Emeterio: “El antiguo manuscrito al que yo hago alusión, y en el que la obra de Beato está seguida del comentario de Daniel por San Jerónimo, fue empezado en el monasterio de Tabar (sic) por el presbítero Magius, que murió en 968. Fue acabado el 27 de julio de 970, por Emeterius, en el cual es muy difícil no ver la persona del mismo nombre mencionada al final del manuscrito de Gerona”.


2. Ingreso del códice en la Escuela Superior de Diplomática

Como vemos, hasta ahora todas las menciones a nuestro manuscrito son indirectas y basadas en las impresiones de la lectura de una copia tardía de principios del siglo XIII: el Beato de las Huelgas. Pero en 1881 irrumpe el códice original en el panorama bibliográfico con la publicación de la obra de Jesús Muñoz y Rivero: “Paleografía Visigoda”. Debe recordarse, y este es un dato ciertamente importante, que el autor era en estas fechas archivero bibliotecario y profesor encargado de la asignatura de Paleografía general y crítica en la Escuela Superior de Diplomática de Madrid.
En esta obra, un clásico en los estudios de Paleografía medieval, Muñoz y Rivero incorpora la transcripción completa del colofón del Beato de Tábara en lo que llama “Ejercicios de lectura paleográfica”. La descripción que ofrece es muy escueta y en ningún momento habla de un Beato: “Facsímil de un códice escrito en los años 968 a 970, que contiene comentarios al Apocalipsis, y que pertenece a la Escuela Superior de Diplomática”. A continuación inserta un facsímil del folio 167 recto.
Al igual que ocurre con el resto de facsímiles de esta obra, no estamos ante una simple reproducción fotográfica del folio en cuestión, sino ante una copia imitativa hecha caligráficamente por el propio autor. El objeto de estas láminas era fundamentalmente didáctico y debían servir de prácticas a los alumnos de Paleografía.
El autor no suministra más datos sobre el origen del códice, aunque agradece en otro apartado de su libro a Juan de Dios de la Rada y Delgado y a Vicente Vignau, director y secretario respectivamente de la Escuela, las facilidades proporcionadas en los trabajos de investigación. De los 44 facsímiles, el correspondiente a Tábara es el número 7, y es el único del que se expresa la procedencia de la mencionada Escuela.

Colofón del Beato de Tábara en la obra de MUÑOZ Y RIVERO, "Paleografía Visigoda", 1881.
La Escuela Superior de Diplomática de Madrid (1856-1900) tuvo un papel fundamental en la formación de archiveros, bibliotecarios y arqueólogos en la segunda mitad del siglo XIX; una época en la que las llamadas ciencias auxiliares de la Historia (Paleografía, Diplomática, Epigrafía, Numismática, etc.) estaban definiéndose y sistematizándose. Las cátedras de esta institución fueron inauguradas el 21 de noviembre de 1856 en locales de la Biblioteca y Archivo de la Real Academia de la Historia. Las principales asignaturas impartidas eran: Paleografía elemental o general, Paleografía crítica y literaria, Latín, Bibliografía, Historia de España. Arqueología y Numismática.
Entre el profesorado de la Escuela encontramos a algunas de las figuras más relevantes de la Paleografía, la Archivística, la Arqueología y la Historia de la segunda mitad del siglo XIX, como Antonio Delgado, Vicente Vignau, Ángel Allende Salazar, Eduardo de Hinojosa, Tomás Muñoz y Romero, su hijo Jesús Muñoz y Rivero, etc.
En 1865, con ocasión de la publicación de su reglamento, se reconoce que los medios materiales de instrucción van en aumento “merced a algunas generosas donaciones, y a las adquisiciones por compra que permiten las hasta ahora exiguas cantidades consignadas. La colección de diplomas consta de unos 200 pergaminos, cartas y manuscritos varios; el Museo arqueológico y numismático ostenta ya 1.086 objetos precisos de estudios; y la Biblioteca tiene catalogados muy cerca de mil volúmenes”.
Durante sus primeros años de andadura, la mayor parte del material científico fue incorporado gracias a donaciones de alumnos, profesores, personajes influyentes, Ministerio de Fomento, Universidad y otras instituciones. Como advierte Aurora Godín Gómez, hubo algunas adquisiciones mediante compra, pero fueron las menos, dada la escasa asignación adjudicada. Ocasionalmente, también se produjo algún depósito.
En la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla, dependiente de la Universidad Complutense, se custodian en la actualidad 192 pergaminos procedentes de la Escuela Superior de Diplomática. Se trata de los diplomas que utilizaban profesores y alumnos como material científico para el aprendizaje en la asignatura de Ejercicios Prácticos. Maite Rodríguez Muriedas registra en esta variopinta colección bulas pontificias, documentos procedentes de monasterios, escrituras, testamentos, censuales, cartas, etc. Su cronología abarca desde el siglo XII hasta el siglo XVIII.
Así pues, la adquisición del Beato de Tábara por la Escuela, hay que encuadrarla en esta necesidad de diplomas y códices que sirvieran de material de trabajo a los profesores y alumnos, principalmente de la asignatura de Paleografía. Según el testimonio de Manuel Gómez-Moreno, se trató de una compra hecha a Ramón Álvarez de la Braña y, por tanto, una de las pocas compras de las que tenemos constancia. Desgraciadamente, Gómez-Moreno no detalla nada más sobre este asunto. No sabemos en qué fecha exactamente se produjo esta entrada, ni la procedencia.
En la actualidad, nuestro códice exhibe en varios de sus folios el sello de tinta de la Escuela Superior de Diplomática. Tal vez se estamparía a su ingreso y, teóricamente, quedaría incorporado al catálogo de su biblioteca, pues en dicho sello se puede leer en la parte inferior la palabra “Biblioteca”. Sin embargo, en los catálogos de la misma dados a conocer por Mirella Romero Recio, no figura tal ejemplar, si bien hay que aclarar que solamente se consignan las obras impresas, y no los diplomas y códices que sabemos que la Escuela tuvo en propiedad o en custodia.
Otra cuestión, no menos importante, es el momento en el que el códice llega al Archivo Histórico Nacional. Sobre la base de la documentación aportada por Carmen Crespo, se ha supuesto que el Beato de Tábara estaba en dicho archivo en 1872. Se trata de una petición del jefe del mismo, Luis de Eguílaz, al director de Instrucción pública, fechada a 8 de noviembre de 1872. Su tenor es el siguiente:

“Este Archivo posee una preciosa colección de códices..., no sólo al servicio del público, sino que también llenan un fin importante en la enseñanza de la Escuela de Diplomática, cuyas colecciones y biblioteca se hallan unidas a las de este establecimiento. Figura en ellas un notable códice de la Exposición del Apocalipsis por S. Beato Liebanense escrito en el siglo X..., único de tal fecha que ha podido hasta hoy mostrarse a los alumnos... Para ampliar esos estudios convendría.., tener otro de igual materia y autor..., pero escrito con anterioridad acaso de un siglo..., el cual existe en la Biblioteca de ese Ministerio y me atrevo a rogar a V. I. que con tales fines sea temporalmente y bajo recibo entregado... hasta tanto que se decida si... podría aspirar a poseerlo definitivamente”.

En realidad, lo que este documento nos muestra es que el Beato se encontraba en 1872 en la Biblioteca de la Escuela Superior de Diplomática, aunque parece que a efectos administrativos los diplomas y códices se consideraban integrados de alguna manera en los fondos del Archivo Histórico Nacional, creado en 1866. Además, la Escuela nunca contó con un edificio propio, y si bien estableció la primera sede en la Real Academia de la Historia, y posteriormente en los Reales Estudios de San Isidro, las clases se repartieron entre la Biblioteca Nacional, el Archivo Histórico y el Museo Arqueológico. El otro Beato del que se habla en el documento anterior es el que acabaría ingresando en la Biblioteca Nacional (Vitr. 14/1).

3. Ramón Álvarez de la Braña, poseedor del códice

Ramón Álvarez de la Braña (1837-1906), perteneciente al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, Correspondiente de la Academia de la Historia y Director de la Biblioteca Provincial de León, fue una figura muy relevante del panorama cultural de la época, Su papel en la operación de adquisición del Beato por la Escuela no pudo ser la de un simple vendedor o intermediario.
En su calidad de vocal y secretario de la entonces Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de León, tuvo un conocimiento privilegiado de la situación de los bienes muebles e inmuebles del patrimonio de los monasterios e instituciones eclesiásticas desamortizadas. De hecho, en 1898, cuando el Estado se hace cargo del Museo de León, fue nombrado primer director del mismo. De sus desvelos por la adquisición de piezas para esta institución daba cuenta Luis Rodríguez Seoane en 1894:

“Ni debe tampoco omitirse, que el rico Museo arqueológico, establecido en León e instalado en el magnífico edificio de San Marcos, es en gran parte debido a la valiosa cooperación del Sr. Álvarez de la Braña que [...] lo enriqueció con interesantes adquisiciones realizadas en varios puntos del territorio legionense. Puede de esta suerte admirar hoy el erudito viajero, en tan precioso museo, desde los más ricos ejemplares de la civilización visigótica y siglos posteriores de la Edad Media”.

Álvarez de la Braña prestó servicios en la clasificación de los pergaminos, códices y demás documentos de la colegiata de San Isidoro, así como en otros archivos de la provincia. Igualmente, ordenó y clasificó la biblioteca que dejaron en San Marcos de León los Padres de la Compañía de Jesús, que contaba con unos 6.000 volúmenes. Trabajó en labores de ordenación en el Archivo Municipal, la Catedral y en la Sociedad Económica de Amigos del País.
La relación de Álvarez de la Braña con la Escuela de Diplomática debió ser muy fluida y cordial. De las palabras de Luis Rodríguez Seoane parece deducirse que pasó por sus aulas, dato que no he podido comprobar feacientemente: “Una vez en esta capital (Madrid), decidióse, por fin, de una manera irrevocable, a seguir la carrera de Archivero-Bibliotecario”. En cualquier caso, completó sus estudios de archivística con otros en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central entre 1860 y 1863. En 1869 se hace cargo de la dirección de la Biblioteca Provincial de León, después de un traslado desde la Biblioteca de Menorca.
Autógrafo de Ramón Álvarez de la Braña. Real Academia de la Historia.



En 1884 publica la obra titulada “Siglas y abreviaturas latinas”. Al comienzo hay un breve texto escrito en 1876 por Juan de Dios de la Rada Delgado, que fue director de la Escuela, y trata a Braña de “mi muy querido y antiguo discípulo”. A continuación, en el prólogo, Braña cree prestar un especial servicio a las personas que se dedican a las antigüedades, y añade: “los alumnos de la clase de Epigrafía en la Escuela Superior de Diplomática, carecen de un trabajo de esta clase que pueda servirles de texto”.
En este mismo año de 1884 Álvarez de la Braña publica “Biblioteca Provincial Legionense, su origen y vicisitudes”. Si atendemos al testimonio del autor habría que descartar totalmente que el Beato de Tábara procediera de los fondos de los conventos desamortizados en la provincia, al menos de los fondos que llegaron a ser gestionados por la Comisión de Monumentos. Esto es matizable, pues sabemos que, lamentablemente, muchos libros y manuscritos acabaron en manos privadas, salieron del país, o fueron destruidos con anterioridad. En cualquier caso, el panorama que se dibuja en esta obra es desolador:
“Escasísimo fue el número de los libros impresos recogidos por la Comisión de Monumentos, y más insignificante el de manuscritos, allí donde tantos notables códices se conservaban en sus archivos, unos ilustrados con miniaturas de gran mérito, y otros que contenían importantes crónicas, o datos referentes a la vida religiosa y política y al estado social de los pueblos en la Edad Media. En el local del ex-beaterio de las Catalinas (sede de la Biblioteca Provincial) no entró uno solo de esos preciosos objetos que merezca llamar la atención de los bibliófilos. Algunos de los códices debieron ir a enriquecer las colecciones diplomáticas de las grandes bibliotecas y museos del extranjero, y causa rubor el confesar que, para los estudios históricos en nuestra patria se hayan perdido, la mayor parte por verdadero abandono, y otra no pequeña fuese a parar a manos de traficantes anticuarios”.

En los artículos y libros de Ramón Álvarez de la Braña no he encontrado la menor alusión, directa o indirecta, al códice de Tábara. Nada sabemos sobre su procedencia, ni sobre la forma en la que se hizo con él. Es evidente que hubo un interés por ocultar esta cuestión, tanto por el propio Braña, como por los responsables de la Escuela de Diplomática. Los primeros autores que examinaron el libro tampoco se hicieron demasiadas preguntas sobre su paradero anterior.

Sello de tinta de la Escuela Superior de Diplomática de Madrid. Beato de Tábara. AHN fol. 29v.
4. Otras referencias bibliográficas al códice durante su estancia en la Escuela Superior de Diplomática

El Beato de Tábara suscitó la curiosidad de varios investigadores durante su estancia en la Escuela Superior de Diplomática, y ello se debió a motivos de lo más diverso. Uno de ellos fue Francisco Javier Simonet, autor de la “Historia de los mozárabes de España”.
Estamos ante una monografía muy conocida, de la que existen varias ediciones. La primera se fecha entre 1897 y 1903, pero según se advierte en la introducción, el autor tenía finalizados los trabajos en el año 1867. Por diversas razones, la edición se retrasó, lo cual permitió al propio Simonet “retocarla, ampliarla y ponerla al día en vista de los trabajos que sobre su materia iban saliendo a la luz”. El arabista e historiador murió en 1897 sin ver su libro publicado. Finalmente, el texto fue corregido por su amigo, “el joven granadino” Manuel Gómez-Moreno, y dado a la imprenta por la Real Academia de la Historia.
El interés de Simonet por el códice de Tábara venía motivado por el estudio de las glosas márginales en árabe que aparecen en varios de sus folios. En base a ellas, consideró el manuscrito como “mozárabe” pero, sorprendentemente, no llegó a identificarlo como un Beato:

“En 968, se escribió un códice muy curioso que debemos contar entre los mozárabes por varias señales que se notan en él. Este códice en folio, de pergamino y letra gótica antigua, escrito en la Era MVIª (año 968), contiene; 1º Sancti Hieronimi explanatio in Apocalymsim. 2º In nomine Domini nsi. Jesu Christi Incipit explanatio Danielis Profetae ab auctore beato Iheronimo. Contienen varias viñetas muy singulares y una portada arabesca formando un arco de herradura; y lo que interesa a nuestro propósito, en las márgenes de la Explanación de Daniel, varias frases y palabras escritas en carácter arábigo antiguo, y trazado por mano experta, como “Medita acerca de esta diversidad en los números”; “Porque en ello está el reposo de las obras”. Este códice existe hoy en el Archivo de la Escuela Superior de Diplomática, donde hemos tenido la satisfacción de examinarlo”. A continuación, añade en nota a pie de página: “Nos lo facilitó nuestro ilustrado amigo el paleógrafo y profesor auxiliar de aquella Escuela Sr. Goicoechea, ya difunto”.

Su descripción resulta muy interesante por varios motivos. Considera el códice, no como un Beato, sino como un ejemplar compuesto por dos obras de San Jerónimo: el Comentario al libro del Apocalipsis y el Comentario al libro de Daniel. El hecho de no citar la obra de Muñoz y Rivero “Paleografía visigoda”, hace sospechar que Simonet pudo consultar al códice con anterioridad a 1881, desde luego antes de 1886 cuando muere Goicoechea. Este personaje debe identificarse con Manuel de Goicoechea y Gaviña, profesor, efectivamente, en la Escuela Superior de Diplomática. Fue nombrado en comisión para la segunda plaza de Ayudante de la Escuela en 1856 y en 1857 era también oficial de la biblioteca de la Real Academia de la Historia. En 1864 fue nombrado Catedrático supernumerario y en 1875 fue destinado al Archivo Histórico Nacional.
Simonet vuelve sobre el manuscrito en el apartado bibliográfico, y de nuevo lo registra como un ejemplar que reproduce dos obras de San Jerónimo: “Jerónimo (San). Explanatio in Apocalypsim. Explanatio Danielis Profetae. Códice de la Escuela Superior de Diplomática”. Esta catalogación resulta muy significativa, pues es muy parecida a la que se hizo en el siglo XVIII del Beato de Guadalupe, según constaba en el catálogo de la Biblioteca del monasterio de 1770: “S. Hieronymi P.N. In Apocalypsim, et Danielem Explanatio, manuc. In pergamino. T. 1 F”.
Este dato, no valorado hasta ahora, vendría a otorgar nuevos argumentos a una de las explicaciones que se han venido ofreciendo sobre la procedencia del Beato de Tábara: el monasterio jerónimo de Santa María de Guadalupe. Fue Gregorio de Andrés quien aportó los datos y la documentación que apuntaban en esta dirección, pues en ambos Beatos se consignaba la participación del copista Emeterio. Ambrosio de Morales fue el primero en examinar este libro en el siglo XVI. Su suerte durante el siglo XIX es incierta. Se supone que saldría del monasterio como consecuencia de la Desamortización, a partir de 1835. Tal vez, cuando Simonet examinó el manuscrito en la Escuela de Diplomática aún conservaba en su encuadernación o en alguno de sus folios la atribución de la autoría a San Jerónimo.
J. SIMONET - Historia de los Mozárabes de España, 1997-1903
Otra de las personas que debió consultar el códice tabarense por estos años fue Máximo Fuertes Acebedo. En 1885 publica su obra “Bosquejo acerca del estado que alcanzó en todas épocas la literatura en Asturias, seguido de una extensa bibliografía de los escritores asturianos”. El erudito ovetense dedica una entrada a las obras de Beato de Liébana, y entre las copias que cita se refiere a la nuestra de la siguiente manera: “Otro códice también del siglo X, se conserva en la Escuela Superior de Diplomacia, escrito en vitela a dos columnas y con preciosas iluminaciones”.
Hay que destacar que por primera vez se hace referencia a este manuscrito como un Beato, pero sorprende también que se destaque como algo relevante la calidad de sus miniaturas. En la actualidad, uno de los aspectos más llamativos del códice es, precisamente, la salvaje mutilación de sus folios y la desaparición de la mayoría de sus ilustraciones.
Entre los años 1891 y 1898 Konrad Miller publica los seis fascículos de sus “Mappae Mundi”. El correspondiente al año 1895 se ocupa de los mapas de los Beatos y en él registra el manuscrito de Tábara, que sitúa en la Escuela Superior de Diplomática. En lo esencial sigue a Muñoz y Rivero y Fuertes Acevedo, pero añade una relación muy completa de los Beatos entonces identificados.

4. El Códice en el Archivo Histórico Nacional

H.L. Ramsay incluye el Beato de Tábara en su artículo “Manuscripts of the Commentary of Beatus of Liebana on the Apocalypse”, publicado en la “Revue des Bibliothèques” del año 1902. Nada nuevo aporta en este caso para el conocimiento del códice. Sigue las noticias proporcionadas por Muñoz y Rivero, y considera, como ya hizo Flórez, el ejemplar tabarense como modelo del Beato de las Huelgas. Al reproducir los datos de Muñoz y Rivero, sigue dando nuestro Beato como perteneciente a la biblioteca de la Escuela Superior de Diplomática, a pesar de que en 1900 esta institución estaba ya extinguida.
El ingreso efectivo en el Archivo Histórico Nacional debió producirse en torno a este año de 1900, durante la dirección de Vicente Vignau y Ballester (1896-1908). Vignau tuvo que conocer nuestro Beato con anterioridad, pues fue miembro fundador de la “Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos”, catedrático de la asignatura de Latín Medieval y de Gramática en la Escuela Superior de Diplomática y su secretario hasta 1881.
Un nuevo hito en el conocimiento de nuestro códice se produce en el año 1906 con el artículo de Antonio Blázquez “Los manuscritos de los Comentarios al Apocalipsis de S. Juan por San Beato de Liébana”. Hasta donde he podido averiguar, es aquí donde por primera vez se hace alusión a la famosa miniatura de la torre
El autor sitúa inequívocamente el ejemplar en el Archivo Histórico Nacional. Además, basándose en una lectura muy particular del colofón, sugiere que el propio Beato de Liébana habría sido enterrado en el claustro del monasterio tabarés, y no en Valcabado como algún otro autor había propuesto con anterioridad: “por lo cual puede llamarle verdaderamente Beato, aludiendo a que lo era dos veces, por ser éste su nombre y por sur virtudes: y, en este caso, de ser cierta esta interpretación, habrá que buscarlo en ese olvidado monasterio, en cuya torre bizantina doblaron las campanas al abandonar esta vida para siempre; torre que aparece dibujada con primor en el manuscrito mencionado”.

Sello de tinta del Archivo Histórico Nacional. Beato de Tábara. AHN, fol. 1v.
La descripción de Blázquez revela un minucioso reconocimiento del códice en el estado en el que se encontraba entonces (1906) en el Archivo Histórico Nacional. Varias son las informaciones de interés que se pueden extraer de este artículo. Por ejemplo, los dos folios con las genealogías se encontraban al final del volumen y no al principio como actualmente se exhiben. Esta disposición se corrobora con algunas fotografías antiguas existentes y las descripciones de los años 20 y 30.
Por tanto, tal y como apuntó en su momento Carmen Crespo, el folio con la omega final y la miniatura de la torre no era el último del manuscrito. También hay que aclarar un malentendido que se ha repetido con insistencia, en el sentido de que este folio estaba invertido. El testimonio de Blázquez deja claro que la omega con el colofón era el recto del folio y la miniatura el vuelto. Por último, Blázquez recuerda la primera exposición en la que compareció nuestro manuscrito: la Exposición Cartográfica de Amberes, si bien se exhibió solamente una copia de alguno de los folios:

“Ejemplar del Monasterio de Tabarés, hoy en el archivo histórico. Año 970: VI kalendas augustas hora VIIII. Al final tiene las siguientes indicaciones relativas a la fecha y personas que le escribieron [...] Al dorso de este folio hay una lámina en colores, representando la torre del Monasterio, la habitación destinada a escritorio y a Emeterio copiando el pergamino, y en hoja posterior un mapamundi de pequeñas dimensiones, de forma circular [...] En la exposición cartográfica de Amberes se presentó una copia, haciéndose la afirmación de que los ejemplares de Gerona, Turín y París eran reproducciones de este mapa; pero tal afirmación es completamente inexacta, pues sólo coinciden con él en ser mapas mundi”.
Mapamundi del Beato de Tábara, según dibujo de Antonio Blázquez, 1906
Antonio Blázquez, volvió este mismo año de 1906 sobre los Beatos, pero esta vez se centró específicamente en la comparación de los distintos mapamundis presentes en ellos. Del mapa del códice de Tábara destaca “que es un dibujo que casi no se puede llamar mapa-mundi, pues está constituido por un doble circulo morado y amarillo en el que aparece Asia ocupando la mitad superior, Europa la cuarta parte de la inferior y África el resto, separadas por espacios o fajas de igual anchura. En el extremo inferior de Europa hay la palabra septentrion y en el de África meridie. En tamaño mayor aparece escrito oriens sobre el Asia y fuera del mapa en el lado opuesto occidens”. De todo ello dejó constancia con un dibujo que, tal vez, es del mismo tenor al exhibido en la Exposición Cartográfica de Amberes”.

Llegamos al año 1908 y a la monografía de Juan Menéndez Pidal sobre los restos y memorias del monasterio de San Pedro de Cardeña. El texto está extraído del tomo XIX de la “Revue Hispanique”. En relación con la antigua torre prerrománica del monasterio burgalés, dedica este autor un amplio comentario a la miniatura de la torre de Tábara, con la que encuentra importantes analogías. Incluye, además, una lámina con una reproducción de la miniatura que resulta ser un dibujo interpretativo y en parte reconstructivo de sus elementos principales. Es un dibujo distinto, aunque en la misma línea al que incluirá más tarde Gómez-Moreno en sus “Iglesias Mozárabes”. Esta lámina corresponde en este momento al folio 163v., y no al 167v como ocurre en la actualidad, pues todavía no se había producido la reencuadernación que dejó este folio como folio final.
Miniatura de la Torre de Tábara según dibujo de Juan Menéndez Pidal, 1908.
Manuel Gómez-Moreno debió tener un conocimiento tardío de la existencia del Beato de Tábara, y por ello no fue citado en su “Catálogo Monumental de la Provincia de Zamora”. En el texto hay un apartado dedicado a la iglesia románica de Santa María de Tábara, donde incluyó la lectura de sus epígrafes y noticias sobre la fundación del primitivo monasterio por San Froilán, pero ninguna información sobre el Beato ni sus miniaturas.
El texto del catálogo fue publicado en el año 1927, pero los estudios y viajes del arqueólogo granadino por la provincia corresponden a los años 1903 a 1905. Poco antes corregía las pruebas de la “Historia de los mozárabes” de Simonet, donde tuvo que haber leído sus impresiones sobre el manuscrito de la Escuela Superior de Diplomática, pero al identificarlo como una obra de San Jerónimo tal vez no le prestó la debida atención.
Será en el año 1913 cuando aparezca en el “Boletín de la Sociedad Española de Excursiones” su artículo “De Arqueología mozárabe”. El erudito granadino describe brevemente la miniatura de la torre: “Los monasterios de San Froila es verosímil que fuesen arruinados por las tropas de Almanzor en 981, entre el centenar de iglesias y pueblos de los contornos zamoranos que entonces cayó; pero del de Távara nos queda el interesante dibujo, hecho por Emeterio en 970, de su torre, alta et lapídea, con arcos de herradura en varios pisos a que se subía por escaleras de mano; un andén de madera vuela en lo alto, y hay campanas dispuestas sobre el tejado en soportes ligeros”.
Es en 1919, en su obra “Iglesias mozárabes”, donde suministra la información, ya citada, de que el manuscrito “fue comprado para la extinguida Escuela diplomática a D. Ramón Álvarez de la Braña”. No incluyó fotografías de sus folios, pero sí un calco de la miniatura de la torre con un comentario sobre la misma. Otras de las cuestiones destacadas son los frecuentes escolios en árabe, “probando mozarabismo en aquellos monjes que lo utilizaron”.
Torre del monasterio de San Salvador de Tábara - Calco según Gómez Moreno "Iglesias mozárabes", 1919.
Nota con el número de registro de la restauración del Beato de Tábara en 1974 por el Servicio Nacional de Restauración de Libros y Documentos. AHN, tapa de la nueva encuadernación.
Beato de Tábara. Omega y colofón. AHN, fol. 167r.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Jornadas medievales - La Tebaida berciana






Entrevista a Rafael González Rodríguez

Enlace a BierzoTV http://www.bierzotv.com/rafael-gonzalez-el-valor-historico-y-patrimonial-de-la-cruz-de-penalba-es-muy-grande/

Se conoce como "Tebaida leonesa", también denominada "Tebaida berciana", a una zona declarada «paisaje pintoresco», según el Real Decreto 1244/1969, posteriormente reconocida como Bien de Interés Cultural, situada en el municipio español de Ponferrada, comarca del Bierzo, provincia de León, comunidad autónoma de Castilla y León. Dicha zona abarca los términos de las Entidades Menores de San Pedro de Montes y Santiago de Peñalba y en ella se establecieron, a partir del siglo IV, numerosos de los primeros ermitaños cristianos buscando el retiro para dedicarse a la oración y la meditación.El nombre «Tebaida» proviene de la comparación con la zona geográfica del Alto Egipto donde, junto con Siria y Capadocia, surgió la tradición cenobítica oriental.

Los días 3, 4 y 5 de noviembre de 2016 se celebraron en la sede de la UNED de Ponferrada unas Jornadas Medievales sobre la Tebaida Berciana. Sirvieron también como homenaje a las profesoras Doña Mercedes Durany Castrillo y Doña María del Carmen Rodríguez González.

Programa

Jueves, 3 de noviembre
Presidentes de Mesa: D. Antolín de Cela y D. Miguel J. García González
17:00 h. Apertura de las Jornadas.
17:30 h. Ponencia inaugural: De San Fructuoso a San Genadio: entre monjes y eremitas. Drª. D.ª Gregoria Cavero Domínguez (Profesora Titular Universidad de León). Enlace a la conferencia
18:15 h. La transición del Bierzo tardoantiguo  al altomedieval (ss. VII-IX). D. Manuel Carriedo Tejedo (Investigador medievalista). Enlace a la conferencia
Descanso
19:15 h. La 'Tebaida berciana'. Origen y desarrollo del monacato en el noroeste peninsular. Dr. D. Isidro García Tato (Científico titular del Instituto de Estudios Gallegos “Padre Sarmiento” del CSIC en Santiago de Compostela). Enlace a la conferencia
20:00 h. Fundamentos históricos y espirituales de la 'Tebaida berciana'. Dr. D. Juan Antonio Testón Turiel (Profesor del Instituto Teológico Compostelano y del Plan Regional de Estudios Monásticos de la Orden Cisterciense). Enlace a la conferencia
Viernes, 4 de noviembre
Presidente de Mesa: D. Vicente Fernández Vázquez
16:30 h. Las ermitas de la Valdueza. D. Diego J. Rodríguez Cubero (Documentalista e Historiador). Enlace a la conferencia
17:15 h. Nobleza y monasterios bercianos. Dr. D. José Ignacio González (Historiador y Catedrático de E.S.). Enlace a la conferencia
Descanso
18:30 h. La imagen de los eremitas del Bierzo y en el Bierzo y sus periferias. D. Miguel Ángel González (Director del Archivo Histórico Diocesano de Ourense y del Museo Catedralicio de Ourense). Enlace a la conferencia
19:15 h. Por cuevas y rocas. La 'Thebaida berciana', un territorio monástico, de San Fructuoso a San Genadio SS. VII-IX. Dr. Artemio Martínez Tejera (Universidad Autónoma de Madrid). Enlace a la conferencia
20:00 h. Un proyecto de investigación interdisciplinar para la 'Thebaida berciana': Edilicia, territorio y organización social en San Pedro de Montes (a. 635-1300). Dr. Jorge López Quiroga (Director del Proyecto. Universidad Autónoma de Madrid). Dr. Artemio M. Martínez Tejera (Miembro del Proyecto. Universidad Autónoma de Madrid). Enlace a la conferencia
Sábado, 5 de noviembre
Presidente de Mesa: D. Miguel J. García González
10:00 h. La Cruz de Peñalba. D. Rafael González Rodríguez (Historiador y profesor E. S.). Enlace a la conferencia
10:45 h. La 'Tebaida berciana': acotación y delimitación para los tiempos actuales. D. Vicente Fernández Vázquez (Historiador y  Catedrático de E.S.). Enlace a la conferencia
11:30 h. Clausura de las Jornadas.
12:00 h. Visita al corazón de la Tebaida berciana: San Pedro de Montes y Santiago de Peñalba.

jueves, 31 de marzo de 2016

Praetioso marmore - En precioso mármol

Sarcófago de Itacio en la Capilla de Nuestra Señora del Rey Casto de la catedral de Oviedo
Una de las piezas más relevantes de la Capilla de Nuestra Señora del Rey Casto, en la catedral de Oviedo, es un viejo sarcófago con una lauda o tapa de mármol profusamente decorada.
Se trata, en realidad, del único vestigio que se conserva del primitivo panteón de los reyes de Asturias. Perteneció, por tanto, a la iglesia prerrománica de Santa María, fundada por Alfonso II (791-842). Este templo estaba anexo a la catedral gótica de San Salvador y fue derruido a principios del siglo XVIII para edificar la actual capilla barroca.
La pieza es conocida como el "Sarcófago de Itacio" o "Ithacius", en alusión al ignoto personaje para el que originariamente fue confeccionado. Es un mármol blanco, de grano fino, con un sutil vetado marrón-rojizo. Su bello epitafio se desarrolla en dos líneas resaltadas que corren por la parte central:

INCLVSI TENERVM PRAETIOSO MARMORE CORPVS
AETERNAM IN SEDE NOMINIS ITHACII

Su traducción podría ser: “Encerré en precioso mármol para la mansión eterna el tierno cuerpo de nombre Itacio”.
Ambrosio de Morales quiso ver en esta pieza la sepultura de doña Jimena, mujer de Alfonso III, “que muriendo antes que el rey su marido, él le hizo hacer tan rica sepultura”. Otras tradiciones, sin base documental alguna, indican que procedería de Zamora y habría servido para contener los restos del propio rey, fallecido en la ciudad del Duero en el año 910.
El sarcófago de Itacio es uno de tantos vestigios de la Antigüedad reaprovechados por los hombres del Medievo, en este caso con fines funerarios. Ha venido interpretándose como una lauda paleocristiana, visigoda o bizantina de los siglos V o VI. A falta de otros datos, su datación y procedencia se ha basado en criterios estrictamente tipológicos. Para la mayoría de los autores sería una pieza importada, y se han sugerido los talleres de Aquitania o de Rávena como posibles centros de producción.
Sin embargo, un reciente estudio realizado por parte de técnicos del Museo Arqueológico Nacional de Madrid apunta a las canteras de Estremoz (Portugal) como origen de la materia prima para su confección. La clave está en su composición, verificada a partir de la toma de muestras y el análisis petrográfico.
Así pues, se trataría de una pieza netamente hispana, que habría que relacionar con otros sarcófagos y otros muchos elementos de mármol romanos y visigodos de la región de Mérida. Los resultados de esta investigación deberían obligar a revisar las clasificaciones de otros sarcófagos y relieves bajoimperiales tenidos habitualmente por importados, y replantear la posible existencia de talleres locales en la Península Ibérica capaces de producir obras de gran calidad.
Para el anónimo artífice de nuestro sarcófago el mármol era un material sublime, precioso: "praetioso marmore", digno de servir de relicario al querido cuerpo de Itacio. Su hermoso epitafio invita a hacer una reflexión sobre el papel desempeñado por este peculiar material en la arquitectura altomedieval y también sobre sus connotaciones ideológicas como parte de un programa político de reafirmación y legitimación del poder, tanto en los reinos cristianos como en al-Andalus.
El mármol tuvo un protagonismo destacado en la edilicia de la monarquía astur. Y no sólo como elemento constructivo, sino también como parte esencial de la decoración de templos y palacios. Esto es evidente a la vista de los edificios hoy conservados, pero también era resaltado por los propios contemporáneos, que daban al mármol un tratamiento especial a la hora de valorar la calidad de las edificaciones. La "Crónica Albeldense" dice a propósito de las construcciones de Alfonso II:

"Este construyó en Oviedo el admirable templo de San Salvador y los Doce Apóstoles, de piedra y cal, y la iglesia de Santa María con sus tres altares. También erigió la basílica de San Tirso, admirable edificación, con numerosos ángulos, y todas estas casas del Señor las adornó con arcos y con columnas de mármol, y con oro y plata, con la mayor diligencia y, junto con los regios palacios, las decoró con diversas pinturas".

Como se pone de manifiesto en la decoración de la iglesia de San Julián de los Prados, muchas de estas pinturas citadas no serían más que la emulación de los revestimientos marmóreos a través de los estucos, y lo mismo ocurría con el revoque de los paramentos exteriores, según se desprende de los pequeños fragmentos conservados en algunos edificios prerrománicos.
Respecto a Ramiro I, encontramos el siguiente pasaje en la Crónica Rotense: "Después de que descansó de las guerras civiles, edificó muchos edificios de piedra y mármol, sin vigas, con obra de abovedado, en la falda del monte Naranco, a sólo dos millas de Oviedo".
Sobre el uso del término "marmor" en las crónicas debe hacerse alguna precisión. Probablemente es una denominación genérica que incluye también a otras rocas ornamentales como calizas, pórfidos, alabastros o basaltos, esto es, aquellas rocas susceptibles de un pulido fino para conseguir acabados brillantes y, en ocasiones, translúcidos. En el mundo romano estas piedras eran ya muy apreciadas por su valor suntuario y se agrupaban bajo la denominación de "marmora".
En el reino asturleonés, una gran parte de estos materiales marmóreos fueron reaprovechados de edificios antiguos. Son infinidad los ejemplos que se podrían alegar. Basas, fustes, capiteles, placas, canceles, estelas. relieves, losas, etc., fueron expoliados de los lugares más insospechados, transportados en ocasiones hacia lugares remotos, readaptados, retallados, recortados o mutilados con mayor o menor fortuna, y por último integrados en los nuevos edificios en construcción o restaurados.
En la reutilización de estos elementos constructivos y ornamentales existiría una primera justificación eminentemente práctica. Suponía economizar recursos y dar nuevo uso a unas piezas de gran calidad que proliferarían en las viejas ciudades y villas hispanas. La unidad de estilo y el aspecto tan peculiar y ecléctico que ofrecen muchos de estos edificios altomedievales parecen no haber sido un inconveniente insalvable para los promotores y constructores.
Pero hay que valorar también un componente ideológico perceptible en muchas de estas empresas. Para el Regnum Asturorum, que se presentaba ante sus súbditos como continuador del Reino Visigodo, la recuperación de los mármoles romanos y visigodos y su exhibición en las nuevas basílicas y palacios erigidos bajo los auspicios de la monarquía era una forma de reivindicar el legado histórico de un pasado considerado prestigioso. Era la materialización plástica del proyecto político expresado en las crónicas del neogoticismo, que pretendía restaurar en Oviedo "todo el orden gótico de Toledo, tanto en la iglesia como en el palacio". Esto explicaría el acarreo y trasiego de piezas antiguas desde lugares muy alejados, incluso desde tierras musulmanas, cuyo esfuerzo y coste económico no se podría entender de otra manera.
El aprovechamiento de las piezas de mármol y el valor implícito que se concedía a estos elementos de la Antigüedad en los círculos de poder aparecen claramente reflejados en la llamada "Acta instaurationis ecclesie beati Iacobide". Se trata de un documento fechado en 899, probablemente interpolado, que da noticia de la consagración de la basílica de Santiago de Compostela por Alfonso III:

"Nosotros, impulsados ciertamente por la inspiración divina, con nuestros súbditos y familia trajimos al santo lugar de España por entre las muchedumbres de los moros las piedras de mármol que sacamos de la ciudad de Eabeca, que nuestros antepasados transportaron por mar en naves y con las que edificaron bellas casas, que permanecían destruidas por los enemigos. Por ello también se restauró con estos mismos mármoles la puerta principal".

Las excavaciones realizadas en la basílica en los años 1945-1955 confirmaron la presencia de restos de mármoles, basaltos y pórfiros de gran calidad, y probablemente importados de lugares lejanos.
De mármol era también el propio sepulcro del Apóstol, según recordaba el autor del "Liber peregrinationis": "Pues en esta venerable basílica, es tradición que descansa con todos los honores, el cuerpo venerado de Santiago, debajo del altar mayor que se ha levantado en su honor, guardado en un arca de mármol, en un magnífico sepulcro de bóveda, admirablemente ejecutado y de dignas proporciones". El edículo sepulcral primitvo estaría probablemente abovedado y decorado con mármoles. En los textos más antiguos relacionados con Santiago de Compostela se utilizan los topónimos "Arce Marmarica" y "Arca Marmarica" para designar el lugar donde yacía el cuerpo de Santiago.
Del testimonio del "Acta" atribuida a Alfonso III se deduce que el mármol podía constituir en determinadas ocasiones parte del botín arrancado al enemigo musulmán en las campañas militares. Esta misma circunstancia se producía en el otro bando, según sabemos por el relato de las campañas de Almanzor. Así en agosto de 988, durante la trigesimoprimera, la de Astorga se nos dice que "acampó ante ella y la destruyó, marchando hacia Córdoba, a donde llevó su mármol. Conquistó muchos castillos y regresó con botín y cautivos".
Rodrigo Jiménez de Rada, en su obra "De rebus Hispaniae", cuenta que Almanzor, una vez ocupada la ciudad de León, “ordenó que fueran demolidas hasta sus cimientos las puertas de la ciudad, que era una hermosa obra de mármol, el fortín central, la muralla de la puerta este y los demás torreones”. Sobre el uso del mármol en las puertas de la muralla de León también habla la "Crónica Najerense". El autor recuerda con gran admiración el pasado romano de la ciudad y alaba la labor constructiva de las legiones acampadas en su solar: "edificaron de sus piedras una ciudad hermosa y compacta entre los ríos Torío y Bernesga, a la que llamaron Legión por esas dos legiones y en sus cuatro puertas, en la oriental, la septentrional, la occidental y la meridional, pusieron piedras de mármol en las que estaban inscritos los nombres de aquéllos que estaban al frente de las legiones en caracteres romanos, en el año desde el comienzo del mundo 5264".
Desde época romana hay ya noticias de la explotación de canteras de mármol en la Península. Según Plinio: "Casi Hispania entera abunda en plomo, hierro, bronce, plata y oro. La provincia Citerior también en lapis specularis. En la Bética hay minio y canteras de mármol". (Plinio, NH. 3, 30).
En época visigoda contamos con una breve noticia proporcionada por Isidoro de Sevilla al afirmar en sus "Etimologías" que "la mina es el lugar al que se deporta a los exiliados para extraer minerales o cortar el mármol en placas". El obispo sevillano detalla en otro apartado de su obra como era el laborioso proceso del corte de la piedra:

"Llámanse crustae a las placas de mármol. Por ello, las paredes revestidas de mármol se califican de "crustadas". No tenemos constancia de quiénes fueron los primeros que concibieron la idea de cortar el mármol en placas. Esto lo hacen con arena y con hierro: con una sierra se va prensando la arena introducida por una delgada cortadura y con el movimiento mismo que se le imprime va cortando el mármol. La arena más gruesa es la que mejor lo sierra, mientras que la más fina es más apropiada para el pulimento".

No disponemos de referencias concretas sobre la explotación de canteras de mármol en los reinos cristianos, pero si en los territorios musulmanes. Mohamed Ben Ibrahim Ben Yahya Anzari Kotobi, geográfo e historiador árabe, cita en su "Enciclopedia de Ciencias Naturales y de Geografía" entre las minas más importantes, las de “Fichtala, entre Granada y Almería, célebre por sus mármoles blancos”. Igualmente señala Kotobi “la importancia y excelente calidad de los mármoles colorados de Bacares, en Almería”.
El mármol blanco de Macael (Almería) fue, sin duda, uno de los más apreciados en la Península desde los tiempos antiguos, pero será durante el Imperio Romano cuando se emplee de forma destacada en los grandes programas constructivos urbanos. De esta procedencia se suelen señalar los capiteles, columnas y mosaicos de Itálica. Los musulmanes mantuvieron el gusto por la particular textura y brillo de esta piedra, empleándola en sus construcciones civiles y religiosas. En Medina-Azahara el mármol de Macael se empleó particularmente en solerías, baños y capiteles, pero también lo encontramos en la Mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada.
El mármol blanco, cualquiera que fuera su procedencia, tenía una especial significación pues a la nobleza del material se añadía una tonalidad traslúcida y fascinadora que podía representar la pureza y la divinidad. Esto ya se intuye en la lectura de los versos del "Sarcófago de Itacio", pero contamos con algún testimonio más elocuente que incide sobre este extremo.
En las "Cantigas de Santa María" de Alfonso X, encontramos la narración de un milagro ambientado en la ciudad de Siena. El texto, al que dedica un estudio Laura Molina López, relata cómo el obispo de la ciudad mandó construir un púlpito "de mármol, rico y hermoso", desde el cual poder predicar. Con tal fin hizo venir a escultores "a los que encargó que esculpiesen en mármol blanquísimo una imagen de la virgen Santa María que nos ampara, sosteniendo en los brazos a su Hijo precioso. Mandó asimismo figurara en aquel mármol muchas otras escenas e historias, y ocurrió que, en una, aparecía el demonio, al que representaron en una figura muy deforme, como corresponde a su maldad. Pero como el mármol era de un blanco muy limpio, la figura del demonio no parecía tan repelente como si hubiese sido negra". Por este motivo, la Virgen obró el milagro, ennegreciendo la figura del demonio.
En otra de las obras capitales de Alfonso X, "La Partidas", se establecen sanciones para aquellas personas que extraen mármoles o piedras de las viviendas, aunque sean sus propietarios. Su título: "De cómo mármol, ó pila, ó piedra, ó perla ó otra cosa qualquier que sea asentada en la casa non se debe arrancar para venderla".

lunes, 22 de febrero de 2016

Perejón, un bufón del Conde de Benavente en la corte de Felipe II

Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba. Hacia 1560. Óleo sobre lienzo, 184,5 x 93,5 cm. Museo del Prado (Detalle del rostro)
El Museo del Prado de Madrid exhibe en sus salas 55 y 56, en la zona central de la planta baja, un magnífico conjunto de pinturas cuyo nexo de unión es la familia de Felipe II. Todas ellas corresponden a la segunda mitad del siglo XVI o principios del XVII. Representan a las esposas, hijos, tías, sobrinos, nuera, etc., del césar de aquel imperio en el que nunca se ponía el Sol. Fueron inmortalizados por los grandes pintores del momento, como Antonio Moro, Sofonisba Anguissola, Alonso Sánchez Coello o Juan Pantoja de la Cruz.
En esta colección de figuras relevantes de la España de los Austrias nos topamos con un intruso, alguien que no comparte lazos familiares con el monarca, aunque sí proximidad física a la corte. Se trata de un retrato, de cuerpo entero, salido de los pinceles del gran maestro holandés Antonio Moro (1519-1576). Su título: "Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba. Hacia 1560. Óleo sobre lienzo, 184,5 x 93,5 cm".
Nuestro cuadro perteneció al selecto grupo de pinturas que adornaron las estancias del desaparecido Alcázar de Madrid, concretamente en la "pieza segunda de la Casa del Tesoro" según un inventario de 1600, o en las "bóvedas que caen a la Priora-pasillos al pie de la escalera de la galería del Cierzo y la misma escalera". Allí compartía paredes con otras obras importantes de Tiziano, más retratos del propio Antonio Moro y algunas pinturas de El Bosco. Como obra valiosa aparece repetidamente registrada en los inventarios de las colecciones reales. Así en el inventario de bienes de Felipe II leemos: “Otro retrato entero, al ollio, sobre lienço, de Pejerón, loco del conde de Benavente, con calzas y jubón blanco y una baraja de naipes en la mano derecha; que tiene de alto dos baras y quarta y de ancho bara y quarta. Tasado en doze ducados”.
En 1857 se registra en el Real Museo como: "Retrato de cuerpo entero de Pejeron, bufon de los condes de Benavente. Es gafo y contraecho, tiene barba y pelo gris. Lleva una ropilla negra con mangas perdidas, abrochada con botones dorados. Las mangas del jubón, calzas afolladas, y zapatos acuchillados, son blancos. En la mano derecha tiene una baraja francesa, y la izquierda descansa sobre el puño de la espada". En el Catálogo del Museo del Prado lleva el número 1.483.
Desde los tiempos más remotos, reyes y grandes sintieron predilección por rodearse de un universo de personajes singulares o extravagantes: enanos, negros, locos, bobos, bufones o albardanes, truhanes, etc. Los hubo en Persia y Egipto, y luego en Grecia y Roma. En la España de los Austrias esta colección de seres pintorescos se agrupaba bajo la denominación de "hombres o gentes de placer", o como se decía en el siglo XVII: "sabandijas de palacio". Sólo a ellos les estaba permitido el exceso, la broma, la befa, la sinceridad en suma, estrictamente prohibida al resto de los súbditos. En palabras de Fernando Regueras Grande, su discapacidad, física o mental, se convertía así en fuente de subsistencia, cuando no de medro.
Los nobles españoles, a imitación de la realeza, también crearon sus propias cortes a la escala que sus medios económicos permitían. En ellas no faltaban estos personajes. En el siglo XV Fray Íñigo de Mendoza criticaba en uno de sus poemas lo que los nobles gastaban en sus bufones:

Traen truhanes vestidos
de brocados y de seda,
llámanlos locos perdidos,
mas quien les dá sus vestidos
por cierto más loco queda.

José Moreno Villa llegó a catalogar 123 locos o enanos en la corte española de los Austrias, lo que, haciendo un promedio del periodo, le permitió afirmar que "en la bóveda temporal de siglo y cuarto gastaron un loco o enano por año". Hoy seguramente habría que aumentar notablemente esta nómina, pero los retratados por los pintores de cámara, actualmente conservados, se reducen a quince o veinte.
El "bufón" retratado por Antonio Moro no sólo no oculta su condición, sino que exhibe sin complejos sus problemas físicos, secuelas probablemente de una hemiplejía. Su brazo derecho es presentado por el artista en un primer plano, con una mano en postura imposible que porta una baraja francesa con el seis de corazones a la vista. Los naipes simbolizan su ocupación principal en la corte: acompañar y entretener a la familia real.
Sobre la identidad de este personaje ha habido diversas propuestas a lo largo de las últimas décadas, Allende Salazar quiso ver en él a cierto Pedro de Santorbas o de San Terbas, truhán del emperador, pero en la actualidad parece que hay suficiente base documental para identificarlo con Pero o Pedro Hernández de la Cruz, uno de los privados del rey que aparece con relativa frecuencia citado en cartas, libros de cuentas y documentos relacionados con Felipe II y su corte. En Palacio, solían bautizar a la gentecilla de este calibre con nombres caprichosos o incluso con los apellidos de los reyes y príncipes. Como nos recuerda Fernando Bouza, "Pedro" es el nombre protagonista de los truhanes, bobos y locos en el siglo XVI. Es "Perico", con todos sus derivados: "Pejerón", "Perejón", "Perequín", "Perote" o "Periquillo".
Sabemos, por otras fuentes, que Pedro Hernández de la Cruz fue, efectivamente, una persona muy ligada a los Pimentel. Tenía casa en Benavente, su esposa era benaventana y varios de sus hijos eran nacidos y bautizados en la villa. Gozó del favor y la protección de los condes, sirvió como criado y fue recompensado con importantes rentas en el alfoz del concejo. Con todos estos datos es posible trazar algunas pinceladas sobre su trayectoria vital y la huella dejada por su figura en el panorama social y político de la época.
En la documentación privada de Felipe II encontramos varias cartas que identifican a nuestro Perejón con Pedro Hernández de la Cruz. Así de 1554 hay una misiva del entonces príncipe a Antonio de Rojas en la que le informa de que "Pero Hernández se vuelve con mi licencia y con harto miedo del Infante (Carlos) y para esto quiere esta carta; vos tendréis quidado de lo que le tocare y de mirar por él con condición que baya adonde yo estubiere quando le enbiare a llamar, que así queda concertado con él". El texto finaliza con la siguiente anotación: "En La Coruña ocho de Julio, sobre Perejón". Por tanto, esta carta y las peripecias de Perejón deben contextualizarse en el viaje del príncipe Felipe a Inglaterra para desposarse con María Tudor.
En el relato de este viaje que hizo Andrés Muñoz, Pedro Hernández aparece mencionado varias veces en Benavente con ocasión de la visita del príncipe a la villa, en compañía de su hijo el infante Carlos. La relación del viaje está dedicada a la condesa de Benavente, Luisa Enríquez, esposa del VI Conde, Antonio Alfonso Pimentel (1530-1575), y se publicó en este mismo año de 1554 bajo el título: "Sumario y verdadera relación del buen viaje que el invictíssimo Príncipe de las Españas don Felipe hizo a Inglaterra".
El cronista relata el recibimiento que se dio en la villa primero al infante Carlos, que venía adelantado, y posteriormente a su padre, el futuro Felipe II. Igualmente, describe con todo detalle las fiestas y agasajos que se dieron en honor de tan ilustres visitantes.
Cuando llega el infante Carlos es conducido desde la puerta principal de la villa (probablemente la puerta de Santa Cruz o de la Soledad) por una calle "que es una de las grandes y hermosas que señor tiene en Castilla, poblada de ambas partes de muchas y graciosas casas, entre las cuales estaban unas á la mano derecha muy bravosas, y en la frontera d́ellas están polidos y hermosos retratos á manera de medallas", y añade el cronista: "Esta casa es de Pero Hernández, criado y vasallo del conde de Benavente, y privado de los reyes como allí lo dice".
Pocos días después, cuando llega el príncipe, se nos dice que "se adelantó Pero Hernández á todo correr (qu'es cuyas son las casas que he dicho), y como privado suyo le suplicó que entrase por la puerta principal de la villa, por estar las calles más en órden que no por donde S.A. quería entrar, y ansí lo hizo".
La última mención de nuestro personaje se hace con ocasión de la celebración de un espectáculo taurino: "Otro día se corrieron en la plaza de abajo de la villa cinco toros harto extremados de buenos. Estuvieron Sus Altezas á vellos en las casas de Pero Hernández, las cuales tenía muy entapizadas y enramadas de mucha juncia y cañas y otras maneras de verduras, gran cantidad de claveles, albahacas y otras flores olorosas. Este día baptizó un hijo Pero Hernández; fue padrino el Duque de Alba y otros señores".
Los detalles que se nos dan sobre "esta plaza de abajo", junto con la cita anterior de la puerta principal de la villa y la "calle grande y hermosa", parecen situar las casas de Pedro Hernández en la actual plaza del Grano, también conocida en el siglo XVI como la Plaza del Mercado.
Algunos datos más podemos concretar sobre nuestro "Perejón" y su descendencia a partir de los expedientes de limpieza de Sangre. En ellos se nos indica que sirvió en las guerras de Alemania y Flandes. Había nacido en Toledo y su nombre completo era Pedro Hernández de la Cruz Alcoholado. Era hijo de Alonso Hernández Alcoholado y de Juana de la Cruz, ambos toledanos. Estuvo casado con Antonia de Losada, nacida en Benavente.
Uno de sus hijos fue Felipe de Losada, tal vez el niño bautizado en 1554, según el relato de Andrés Muñoz. Fue capitán de infantería en Portugal y ujier de cámara de Su Majestad. Casó con la benaventana Ana de Torquemada.
Conocemos el nombre de otra hija: Herminia de Losada, también benaventana, que casó con Pedro Marroquín de Montehermoso. Este matrimonio tuvo al menos un hijo, de nombre Tomás Marroquín de Montehermoso, nacido en 1577 en Arroyo del Puerco (hoy Arroyo de la Luz, en la provincia de Cáceres).
Como vemos, Pedro Hernández no era un simple criado del conde y privado para el entretenimiento del rey. Estaba muy bien relacionado con los grandes del reino, se le encomendaron algunas responsabilidades de relieve y poseía una de las casas principales de la villa de Benavente. Esta posición económica desahogada se debía, probablemente, a un patrimonio familiar previo y a las recompensas y mercedes que recibió a lo largo de su vida, tanto de los Pimentel como del propio monarca. Hay constancia también de la concesión de varios juros y regalos. José Luis Gonzalo Sánchez Molero refiere como en 1537 el príncipe Felipe le hizo entrega "de una medalla de oro con una figura de un niño que se está sacando una espina de un pie".
En el Archivo General de Simancas se conservan varios Juros en favor de Pero Hernández de la cruz, todos ellos de la primera mitad del siglo XVI. Uno de ellos, de 37.500 maravedís, especifica que es por sus servicios prestados en la Guerra de las Comunidades.
El 15 de marzo de 1545, Luisa Enríquez, condesa-duquesa de Benavente, otorgaba merced a favor de Pedro Hernández de la Cruz, en la que le cede el aprovechamiento de la pesca del río Tera, en el lugar de Santibáñez, por todos los días de su vida. Este derecho lo había disfrutado anteriormente Pedro de Quiñones, ya fallecido. Su tenor, según la transcripción de Luis Pardo, comienza así:

"Merced de la ribera de Tera
Yo doña Luysa Enrríquez, condesa de Benavente, por hazer bien y merced a vos Pero Hernández de la Cruz, mi criado, tengo por bien que ayáis y tengáis de mi por merced todos los días de vuestra vida la pesca del rrío de Tera desde el lugar de Santi Bañe para arriba que vaco por fin y muerte de Pedro de Quiñones, a quien el conde mi señor tenía hecha merced dello, para que podáis pescar y arrendar para que podáis pescar y arrendar y sea vuestro el aprovechamiento del dicho río desde el día de la fecha desta en adelante por todos los días de vuestra vida, la cual dicha merced vos hago en cuanto toca a la pesca del, rreservando como reservo para el conde mi señor y para mi los otros aprovechamientos que ay en el dicho rrío de molineras y sacar caminos de agua y todo lo demás que tenemos y que pertenesce al señorío y porque desta merced que yo vos hago no aveys de fozar mas de la pesca del y así mismo con que quede de libre al concejo justicia de esta mi villa de Benavente...".

En 1576 el conde Juan Alfonso Pimentel hizo concesión a favor de Hernando de Losada, y de su hijo Juan, del aprovechamiento de la pesca en este mismo lugar por muerte del anterior poseedor, Pedro Hernández de la Cruz.

Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba.
Detalle de la mano derecha con los naipes
Detalle de la mano izquierda sobre el pomo de la espada
La familia de Pedro Hernández de la Cruz