sábado, 31 de diciembre de 2016

El Beato de Tábara - Historia del códice del Archivo Histórico Nacional


Beato de Tábara. Miniatura de la torre del monasterio, AHN, fol. 167v.
El presente artículo se corresponde con la publicación del mismo título editada por el Centro de Estudios Benaventanos “Ledo del Pozo” en el año 2017 con ocasión de las “Jornadas sobre los Beatos Medievales: una herencia compartida”. Tábara, 31 de marzo y 1 de abril de 2017. © C.E.B. “Ledo del Pozo” y Rafael González Rodríguez.

El llamado Beato de Tábara es una de las piezas más notables del Archivo Histórico Nacional. Recientemente, ha sido incluido, junto otros ejemplares del Comentario al Apocalipsis de San Juan atribuido a Beato de Liébana, en el “Registro de la Memoria del Mundo”; una lista elaborada por la UNESCO para preservar el patrimonio documental y crear una mayor conciencia colectiva sobre su importancia.
Al margen de su valor intrínseco, el Beato de Tábara es mundialmente conocido por la famosa miniatura de su folio final, en la que aparece representada la torre del monasterio y, junto a ella, dos monjes afanados en la tarea de copiar o iluminar un códice. Hasta tal punto esta ilustración del “scriptorium” tabarense ha tomado protagonismo en los estudios de la miniatura altomedieval, que ha eclipsado cualquier otra aproximación a su estudio. Un manuscrito, por otra parte, mutilado hoy hasta el absurdo y reducido a una mínima expresión de lo que realmente fue.
Proponemos en este trabajo un acercamiento a la historia del códice, en particular de sus primeras vicisitudes, desde las informaciones más antiguas de las que tenemos noticia hasta aproximadamente el primer tercio del siglo XX, cuando ya los estudios son más precisos y detallados. Para ello se hace un recorrido por los principales hitos de la bibliografía existente. Sobre esta base, se hacen algunas puntualizaciones, creemos de interés; se corrigen ciertos errores y malentendidos, y se ofrecen algunas perspectivas que, tal vez, puedan abrir nuevas líneas de investigación.

1. Primeras referencias bibliográficas

Para buscar las más antiguas referencias en la bibliografía a nuestro códice hay que remontarse a la segunda mitad del siglo XVIII. Es entonces cuando Enrique Flórez acomete la primera edición de los Comentarios al Apocalipsis atribuidos al monje Beato de Liébana. El padre Flórez, aunque debió conocer directamente o por referencias más ejemplares, manejó principalmente tres para cotejar y componer su edición publicada en 1770: el Beato de San Andrés del Arroyo (Bibliothèque Nationale de France), el Beato Emilianense o de San Millán de la Cogolla (Real Academia de la Historia) y el entonces llamado “Codex Burguensis”, hoy más conocido como Beato de las Huelgas. En la actualidad este libro se custodia en la Pierpont Morgan Library de Nueva York.
El Beato de las Huelgas viene considerándose una copia tardía del Beato de Tábara, pues, de hecho, reproduce en el folio 183r. la miniatura de la torre de su monasterio y en el 184v. una omega final prácticamente idéntica. Tiene la peculiaridad de contar con dos colofones de épocas distintas. El folio 184r. contiene un colofón donde consta la fecha 1220. Por razones que desconocemos se copió también el colofón íntegro del Beato de Tábara del año 970, y esto provocó cierto desconcierto en los autores posteriores.
Flórez se topa con esta suscripción y advierte la no correspondencia cronológica entre su texto y las características formales del libro. Las fechas de composición consignadas (años 968 y 970) no concuerdan con el tipo de escritura de principios del siglo XIII. Esta anomalía le lleva a plantear que el Beato de las Huelgas reproducía el colofón de un manuscrito más antiguo, por entonces desconocido. El erudito agustino transcribió íntegramente dicho colofón, con las alusiones del escriba Emeterio a su maestro Magio, y con ello dejó constancia de los primeros datos conocidos sobre el que denomina “Codex Tabarensis”. El comentario de Flórez, traducido del texto latino original, es el siguiente:

“La fecha del códice del que fue transcrito, deja claro, pues las últimas palabras del libro de la copia antigua escritas en el nuestro lo muestran, que el códice se empezó en el monasterio Tabarense por el presbítero Magio, que muere en el año 968, y terminado por un discípulo suyo, de nombre Emeterio, en el año 970. Estando entonces en uso solamente la escritura gótica, el Códice Burgense todavía no fue transcrito con caracteres diferentes. Por lo cual, conviene dejar claro, que la anotación señalada previamente ha sido tomada del códice del cual se hace la copia. De aquí que el año 970 se ha de atribuir no a nuestra copia, sino al Códice Tabarense”.
E. FLÓREZ - Sancti Beati presbyteri Hispani Liebanensis in Apocalypsin - Madrid, 1770.
El primer recensor reconocido de los Beatos fue el archivero y geógrafo francés M. d'Avezac. Su interés por los mapamundis incluidos en esta obra le llevó a inventariar en 1870 un total de 22 manuscritos. Entre ellos cita, de pasada, el Beato de Guadalupe y el Beato de las Huelgas, ambos por referencias indirectas de otros autores. De este último señala que “es copia del siglo XIII de un arquetipo ejecutado en el convento de San Salvador de Tábara en 1008 de la Era hispánica, o 970 de Jesucristo”.
En 1880 Léopold Delisle publica en París sus “Mélanges de Paléographie et de Bibliographie”, donde dedica un amplio capítulo a “Les manuscrits de l’Apocalypse de Beatus conservés à la Bibliothèque Nationale et dans le cabinet de M. Didot”. El director de la Biliothèque Nationale ofrece un nuevo estado de la cuestión sobre el estudio de los Beatos hispanos y registra algunos de los ejemplares entonces conocidos. Entre ellos se vuelve a mencionar, siguiendo a Flórez, al Beato de las Huelgas, al que considera copia de un modelo hecho en Tábara y “destruido probablemente desde hace mucho tiempo”. Así mismo, relaciona el códice de Gerona con el Tábara, identificando en ambos casos al copista o miniaturista Emeterio: “El antiguo manuscrito al que yo hago alusión, y en el que la obra de Beato está seguida del comentario de Daniel por San Jerónimo, fue empezado en el monasterio de Tabar (sic) por el presbítero Magius, que murió en 968. Fue acabado el 27 de julio de 970, por Emeterius, en el cual es muy difícil no ver la persona del mismo nombre mencionada al final del manuscrito de Gerona”.


2. Ingreso del códice en la Escuela Superior de Diplomática

Como vemos, hasta ahora todas las menciones a nuestro manuscrito son indirectas y basadas en las impresiones de la lectura de una copia tardía de principios del siglo XIII: el Beato de las Huelgas. Pero en 1881 irrumpe el códice original en el panorama bibliográfico con la publicación de la obra de Jesús Muñoz y Rivero: “Paleografía Visigoda”. Debe recordarse, y este es un dato ciertamente importante, que el autor era en estas fechas archivero bibliotecario y profesor encargado de la asignatura de Paleografía general y crítica en la Escuela Superior de Diplomática de Madrid.
En esta obra, un clásico en los estudios de Paleografía medieval, Muñoz y Rivero incorpora la transcripción completa del colofón del Beato de Tábara en lo que llama “Ejercicios de lectura paleográfica”. La descripción que ofrece es muy escueta y en ningún momento habla de un Beato: “Facsímil de un códice escrito en los años 968 a 970, que contiene comentarios al Apocalipsis, y que pertenece a la Escuela Superior de Diplomática”. A continuación inserta un facsímil del folio 167 recto.
Al igual que ocurre con el resto de facsímiles de esta obra, no estamos ante una simple reproducción fotográfica del folio en cuestión, sino ante una copia imitativa hecha caligráficamente por el propio autor. El objeto de estas láminas era fundamentalmente didáctico y debían servir de prácticas a los alumnos de Paleografía.
El autor no suministra más datos sobre el origen del códice, aunque agradece en otro apartado de su libro a Juan de Dios de la Rada y Delgado y a Vicente Vignau, director y secretario respectivamente de la Escuela, las facilidades proporcionadas en los trabajos de investigación. De los 44 facsímiles, el correspondiente a Tábara es el número 7, y es el único del que se expresa la procedencia de la mencionada Escuela.

Colofón del Beato de Tábara en la obra de MUÑOZ Y RIVERO, "Paleografía Visigoda", 1881.
La Escuela Superior de Diplomática de Madrid (1856-1900) tuvo un papel fundamental en la formación de archiveros, bibliotecarios y arqueólogos en la segunda mitad del siglo XIX; una época en la que las llamadas ciencias auxiliares de la Historia (Paleografía, Diplomática, Epigrafía, Numismática, etc.) estaban definiéndose y sistematizándose. Las cátedras de esta institución fueron inauguradas el 21 de noviembre de 1856 en locales de la Biblioteca y Archivo de la Real Academia de la Historia. Las principales asignaturas impartidas eran: Paleografía elemental o general, Paleografía crítica y literaria, Latín, Bibliografía, Historia de España. Arqueología y Numismática.
Entre el profesorado de la Escuela encontramos a algunas de las figuras más relevantes de la Paleografía, la Archivística, la Arqueología y la Historia de la segunda mitad del siglo XIX, como Antonio Delgado, Vicente Vignau, Ángel Allende Salazar, Eduardo de Hinojosa, Tomás Muñoz y Romero, su hijo Jesús Muñoz y Rivero, etc.
En 1865, con ocasión de la publicación de su reglamento, se reconoce que los medios materiales de instrucción van en aumento “merced a algunas generosas donaciones, y a las adquisiciones por compra que permiten las hasta ahora exiguas cantidades consignadas. La colección de diplomas consta de unos 200 pergaminos, cartas y manuscritos varios; el Museo arqueológico y numismático ostenta ya 1.086 objetos precisos de estudios; y la Biblioteca tiene catalogados muy cerca de mil volúmenes”.
Durante sus primeros años de andadura, la mayor parte del material científico fue incorporado gracias a donaciones de alumnos, profesores, personajes influyentes, Ministerio de Fomento, Universidad y otras instituciones. Como advierte Aurora Godín Gómez, hubo algunas adquisiciones mediante compra, pero fueron las menos, dada la escasa asignación adjudicada. Ocasionalmente, también se produjo algún depósito.
En la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla, dependiente de la Universidad Complutense, se custodian en la actualidad 192 pergaminos procedentes de la Escuela Superior de Diplomática. Se trata de los diplomas que utilizaban profesores y alumnos como material científico para el aprendizaje en la asignatura de Ejercicios Prácticos. Maite Rodríguez Muriedas registra en esta variopinta colección bulas pontificias, documentos procedentes de monasterios, escrituras, testamentos, censuales, cartas, etc. Su cronología abarca desde el siglo XII hasta el siglo XVIII.
Así pues, la adquisición del Beato de Tábara por la Escuela, hay que encuadrarla en esta necesidad de diplomas y códices que sirvieran de material de trabajo a los profesores y alumnos, principalmente de la asignatura de Paleografía. Según el testimonio de Manuel Gómez-Moreno, se trató de una compra hecha a Ramón Álvarez de la Braña y, por tanto, una de las pocas compras de las que tenemos constancia. Desgraciadamente, Gómez-Moreno no detalla nada más sobre este asunto. No sabemos en qué fecha exactamente se produjo esta entrada, ni la procedencia.
En la actualidad, nuestro códice exhibe en varios de sus folios el sello de tinta de la Escuela Superior de Diplomática. Tal vez se estamparía a su ingreso y, teóricamente, quedaría incorporado al catálogo de su biblioteca, pues en dicho sello se puede leer en la parte inferior la palabra “Biblioteca”. Sin embargo, en los catálogos de la misma dados a conocer por Mirella Romero Recio, no figura tal ejemplar, si bien hay que aclarar que solamente se consignan las obras impresas, y no los diplomas y códices que sabemos que la Escuela tuvo en propiedad o en custodia.
Otra cuestión, no menos importante, es el momento en el que el códice llega al Archivo Histórico Nacional. Sobre la base de la documentación aportada por Carmen Crespo, se ha supuesto que el Beato de Tábara estaba en dicho archivo en 1872. Se trata de una petición del jefe del mismo, Luis de Eguílaz, al director de Instrucción pública, fechada a 8 de noviembre de 1872. Su tenor es el siguiente:

“Este Archivo posee una preciosa colección de códices..., no sólo al servicio del público, sino que también llenan un fin importante en la enseñanza de la Escuela de Diplomática, cuyas colecciones y biblioteca se hallan unidas a las de este establecimiento. Figura en ellas un notable códice de la Exposición del Apocalipsis por S. Beato Liebanense escrito en el siglo X..., único de tal fecha que ha podido hasta hoy mostrarse a los alumnos... Para ampliar esos estudios convendría.., tener otro de igual materia y autor..., pero escrito con anterioridad acaso de un siglo..., el cual existe en la Biblioteca de ese Ministerio y me atrevo a rogar a V. I. que con tales fines sea temporalmente y bajo recibo entregado... hasta tanto que se decida si... podría aspirar a poseerlo definitivamente”.

En realidad, lo que este documento nos muestra es que el Beato se encontraba en 1872 en la Biblioteca de la Escuela Superior de Diplomática, aunque parece que a efectos administrativos los diplomas y códices se consideraban integrados de alguna manera en los fondos del Archivo Histórico Nacional, creado en 1866. Además, la Escuela nunca contó con un edificio propio, y si bien estableció la primera sede en la Real Academia de la Historia, y posteriormente en los Reales Estudios de San Isidro, las clases se repartieron entre la Biblioteca Nacional, el Archivo Histórico y el Museo Arqueológico. El otro Beato del que se habla en el documento anterior es el que acabaría ingresando en la Biblioteca Nacional (Vitr. 14/1).

3. Ramón Álvarez de la Braña, poseedor del códice

Ramón Álvarez de la Braña (1837-1906), perteneciente al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, Correspondiente de la Academia de la Historia y Director de la Biblioteca Provincial de León, fue una figura muy relevante del panorama cultural de la época, Su papel en la operación de adquisición del Beato por la Escuela no pudo ser la de un simple vendedor o intermediario.
En su calidad de vocal y secretario de la entonces Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de León, tuvo un conocimiento privilegiado de la situación de los bienes muebles e inmuebles del patrimonio de los monasterios e instituciones eclesiásticas desamortizadas. De hecho, en 1898, cuando el Estado se hace cargo del Museo de León, fue nombrado primer director del mismo. De sus desvelos por la adquisición de piezas para esta institución daba cuenta Luis Rodríguez Seoane en 1894:

“Ni debe tampoco omitirse, que el rico Museo arqueológico, establecido en León e instalado en el magnífico edificio de San Marcos, es en gran parte debido a la valiosa cooperación del Sr. Álvarez de la Braña que [...] lo enriqueció con interesantes adquisiciones realizadas en varios puntos del territorio legionense. Puede de esta suerte admirar hoy el erudito viajero, en tan precioso museo, desde los más ricos ejemplares de la civilización visigótica y siglos posteriores de la Edad Media”.

Álvarez de la Braña prestó servicios en la clasificación de los pergaminos, códices y demás documentos de la colegiata de San Isidoro, así como en otros archivos de la provincia. Igualmente, ordenó y clasificó la biblioteca que dejaron en San Marcos de León los Padres de la Compañía de Jesús, que contaba con unos 6.000 volúmenes. Trabajó en labores de ordenación en el Archivo Municipal, la Catedral y en la Sociedad Económica de Amigos del País.
La relación de Álvarez de la Braña con la Escuela de Diplomática debió ser muy fluida y cordial. De las palabras de Luis Rodríguez Seoane parece deducirse que pasó por sus aulas, dato que no he podido comprobar feacientemente: “Una vez en esta capital (Madrid), decidióse, por fin, de una manera irrevocable, a seguir la carrera de Archivero-Bibliotecario”. En cualquier caso, completó sus estudios de archivística con otros en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central entre 1860 y 1863. En 1869 se hace cargo de la dirección de la Biblioteca Provincial de León, después de un traslado desde la Biblioteca de Menorca.
Autógrafo de Ramón Álvarez de la Braña. Real Academia de la Historia.



En 1884 publica la obra titulada “Siglas y abreviaturas latinas”. Al comienzo hay un breve texto escrito en 1876 por Juan de Dios de la Rada Delgado, que fue director de la Escuela, y trata a Braña de “mi muy querido y antiguo discípulo”. A continuación, en el prólogo, Braña cree prestar un especial servicio a las personas que se dedican a las antigüedades, y añade: “los alumnos de la clase de Epigrafía en la Escuela Superior de Diplomática, carecen de un trabajo de esta clase que pueda servirles de texto”.
En este mismo año de 1884 Álvarez de la Braña publica “Biblioteca Provincial Legionense, su origen y vicisitudes”. Si atendemos al testimonio del autor habría que descartar totalmente que el Beato de Tábara procediera de los fondos de los conventos desamortizados en la provincia, al menos de los fondos que llegaron a ser gestionados por la Comisión de Monumentos. Esto es matizable, pues sabemos que, lamentablemente, muchos libros y manuscritos acabaron en manos privadas, salieron del país, o fueron destruidos con anterioridad. En cualquier caso, el panorama que se dibuja en esta obra es desolador:
“Escasísimo fue el número de los libros impresos recogidos por la Comisión de Monumentos, y más insignificante el de manuscritos, allí donde tantos notables códices se conservaban en sus archivos, unos ilustrados con miniaturas de gran mérito, y otros que contenían importantes crónicas, o datos referentes a la vida religiosa y política y al estado social de los pueblos en la Edad Media. En el local del ex-beaterio de las Catalinas (sede de la Biblioteca Provincial) no entró uno solo de esos preciosos objetos que merezca llamar la atención de los bibliófilos. Algunos de los códices debieron ir a enriquecer las colecciones diplomáticas de las grandes bibliotecas y museos del extranjero, y causa rubor el confesar que, para los estudios históricos en nuestra patria se hayan perdido, la mayor parte por verdadero abandono, y otra no pequeña fuese a parar a manos de traficantes anticuarios”.

En los artículos y libros de Ramón Álvarez de la Braña no he encontrado la menor alusión, directa o indirecta, al códice de Tábara. Nada sabemos sobre su procedencia, ni sobre la forma en la que se hizo con él. Es evidente que hubo un interés por ocultar esta cuestión, tanto por el propio Braña, como por los responsables de la Escuela de Diplomática. Los primeros autores que examinaron el libro tampoco se hicieron demasiadas preguntas sobre su paradero anterior.

Sello de tinta de la Escuela Superior de Diplomática de Madrid. Beato de Tábara. AHN fol. 29v.
4. Otras referencias bibliográficas al códice durante su estancia en la Escuela Superior de Diplomática

El Beato de Tábara suscitó la curiosidad de varios investigadores durante su estancia en la Escuela Superior de Diplomática, y ello se debió a motivos de lo más diverso. Uno de ellos fue Francisco Javier Simonet, autor de la “Historia de los mozárabes de España”.
Estamos ante una monografía muy conocida, de la que existen varias ediciones. La primera se fecha entre 1897 y 1903, pero según se advierte en la introducción, el autor tenía finalizados los trabajos en el año 1867. Por diversas razones, la edición se retrasó, lo cual permitió al propio Simonet “retocarla, ampliarla y ponerla al día en vista de los trabajos que sobre su materia iban saliendo a la luz”. El arabista e historiador murió en 1897 sin ver su libro publicado. Finalmente, el texto fue corregido por su amigo, “el joven granadino” Manuel Gómez-Moreno, y dado a la imprenta por la Real Academia de la Historia.
El interés de Simonet por el códice de Tábara venía motivado por el estudio de las glosas márginales en árabe que aparecen en varios de sus folios. En base a ellas, consideró el manuscrito como “mozárabe” pero, sorprendentemente, no llegó a identificarlo como un Beato:

“En 968, se escribió un códice muy curioso que debemos contar entre los mozárabes por varias señales que se notan en él. Este códice en folio, de pergamino y letra gótica antigua, escrito en la Era MVIª (año 968), contiene; 1º Sancti Hieronimi explanatio in Apocalymsim. 2º In nomine Domini nsi. Jesu Christi Incipit explanatio Danielis Profetae ab auctore beato Iheronimo. Contienen varias viñetas muy singulares y una portada arabesca formando un arco de herradura; y lo que interesa a nuestro propósito, en las márgenes de la Explanación de Daniel, varias frases y palabras escritas en carácter arábigo antiguo, y trazado por mano experta, como “Medita acerca de esta diversidad en los números”; “Porque en ello está el reposo de las obras”. Este códice existe hoy en el Archivo de la Escuela Superior de Diplomática, donde hemos tenido la satisfacción de examinarlo”. A continuación, añade en nota a pie de página: “Nos lo facilitó nuestro ilustrado amigo el paleógrafo y profesor auxiliar de aquella Escuela Sr. Goicoechea, ya difunto”.

Su descripción resulta muy interesante por varios motivos. Considera el códice, no como un Beato, sino como un ejemplar compuesto por dos obras de San Jerónimo: el Comentario al libro del Apocalipsis y el Comentario al libro de Daniel. El hecho de no citar la obra de Muñoz y Rivero “Paleografía visigoda”, hace sospechar que Simonet pudo consultar al códice con anterioridad a 1881, desde luego antes de 1886 cuando muere Goicoechea. Este personaje debe identificarse con Manuel de Goicoechea y Gaviña, profesor, efectivamente, en la Escuela Superior de Diplomática. Fue nombrado en comisión para la segunda plaza de Ayudante de la Escuela en 1856 y en 1857 era también oficial de la biblioteca de la Real Academia de la Historia. En 1864 fue nombrado Catedrático supernumerario y en 1875 fue destinado al Archivo Histórico Nacional.
Simonet vuelve sobre el manuscrito en el apartado bibliográfico, y de nuevo lo registra como un ejemplar que reproduce dos obras de San Jerónimo: “Jerónimo (San). Explanatio in Apocalypsim. Explanatio Danielis Profetae. Códice de la Escuela Superior de Diplomática”. Esta catalogación resulta muy significativa, pues es muy parecida a la que se hizo en el siglo XVIII del Beato de Guadalupe, según constaba en el catálogo de la Biblioteca del monasterio de 1770: “S. Hieronymi P.N. In Apocalypsim, et Danielem Explanatio, manuc. In pergamino. T. 1 F”.
Este dato, no valorado hasta ahora, vendría a otorgar nuevos argumentos a una de las explicaciones que se han venido ofreciendo sobre la procedencia del Beato de Tábara: el monasterio jerónimo de Santa María de Guadalupe. Fue Gregorio de Andrés quien aportó los datos y la documentación que apuntaban en esta dirección, pues en ambos Beatos se consignaba la participación del copista Emeterio. Ambrosio de Morales fue el primero en examinar este libro en el siglo XVI. Su suerte durante el siglo XIX es incierta. Se supone que saldría del monasterio como consecuencia de la Desamortización, a partir de 1835. Tal vez, cuando Simonet examinó el manuscrito en la Escuela de Diplomática aún conservaba en su encuadernación o en alguno de sus folios la atribución de la autoría a San Jerónimo.
J. SIMONET - Historia de los Mozárabes de España, 1997-1903
Otra de las personas que debió consultar el códice tabarense por estos años fue Máximo Fuertes Acebedo. En 1885 publica su obra “Bosquejo acerca del estado que alcanzó en todas épocas la literatura en Asturias, seguido de una extensa bibliografía de los escritores asturianos”. El erudito ovetense dedica una entrada a las obras de Beato de Liébana, y entre las copias que cita se refiere a la nuestra de la siguiente manera: “Otro códice también del siglo X, se conserva en la Escuela Superior de Diplomacia, escrito en vitela a dos columnas y con preciosas iluminaciones”.
Hay que destacar que por primera vez se hace referencia a este manuscrito como un Beato, pero sorprende también que se destaque como algo relevante la calidad de sus miniaturas. En la actualidad, uno de los aspectos más llamativos del códice es, precisamente, la salvaje mutilación de sus folios y la desaparición de la mayoría de sus ilustraciones.
Entre los años 1891 y 1898 Konrad Miller publica los seis fascículos de sus “Mappae Mundi”. El correspondiente al año 1895 se ocupa de los mapas de los Beatos y en él registra el manuscrito de Tábara, que sitúa en la Escuela Superior de Diplomática. En lo esencial sigue a Muñoz y Rivero y Fuertes Acevedo, pero añade una relación muy completa de los Beatos entonces identificados.

4. El Códice en el Archivo Histórico Nacional

H.L. Ramsay incluye el Beato de Tábara en su artículo “Manuscripts of the Commentary of Beatus of Liebana on the Apocalypse”, publicado en la “Revue des Bibliothèques” del año 1902. Nada nuevo aporta en este caso para el conocimiento del códice. Sigue las noticias proporcionadas por Muñoz y Rivero, y considera, como ya hizo Flórez, el ejemplar tabarense como modelo del Beato de las Huelgas. Al reproducir los datos de Muñoz y Rivero, sigue dando nuestro Beato como perteneciente a la biblioteca de la Escuela Superior de Diplomática, a pesar de que en 1900 esta institución estaba ya extinguida.
El ingreso efectivo en el Archivo Histórico Nacional debió producirse en torno a este año de 1900, durante la dirección de Vicente Vignau y Ballester (1896-1908). Vignau tuvo que conocer nuestro Beato con anterioridad, pues fue miembro fundador de la “Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos”, catedrático de la asignatura de Latín Medieval y de Gramática en la Escuela Superior de Diplomática y su secretario hasta 1881.
Un nuevo hito en el conocimiento de nuestro códice se produce en el año 1906 con el artículo de Antonio Blázquez “Los manuscritos de los Comentarios al Apocalipsis de S. Juan por San Beato de Liébana”. Hasta donde he podido averiguar, es aquí donde por primera vez se hace alusión a la famosa miniatura de la torre
El autor sitúa inequívocamente el ejemplar en el Archivo Histórico Nacional. Además, basándose en una lectura muy particular del colofón, sugiere que el propio Beato de Liébana habría sido enterrado en el claustro del monasterio tabarés, y no en Valcabado como algún otro autor había propuesto con anterioridad: “por lo cual puede llamarle verdaderamente Beato, aludiendo a que lo era dos veces, por ser éste su nombre y por sur virtudes: y, en este caso, de ser cierta esta interpretación, habrá que buscarlo en ese olvidado monasterio, en cuya torre bizantina doblaron las campanas al abandonar esta vida para siempre; torre que aparece dibujada con primor en el manuscrito mencionado”.

Sello de tinta del Archivo Histórico Nacional. Beato de Tábara. AHN, fol. 1v.
La descripción de Blázquez revela un minucioso reconocimiento del códice en el estado en el que se encontraba entonces (1906) en el Archivo Histórico Nacional. Varias son las informaciones de interés que se pueden extraer de este artículo. Por ejemplo, los dos folios con las genealogías se encontraban al final del volumen y no al principio como actualmente se exhiben. Esta disposición se corrobora con algunas fotografías antiguas existentes y las descripciones de los años 20 y 30.
Por tanto, tal y como apuntó en su momento Carmen Crespo, el folio con la omega final y la miniatura de la torre no era el último del manuscrito. También hay que aclarar un malentendido que se ha repetido con insistencia, en el sentido de que este folio estaba invertido. El testimonio de Blázquez deja claro que la omega con el colofón era el recto del folio y la miniatura el vuelto. Por último, Blázquez recuerda la primera exposición en la que compareció nuestro manuscrito: la Exposición Cartográfica de Amberes, si bien se exhibió solamente una copia de alguno de los folios:

“Ejemplar del Monasterio de Tabarés, hoy en el archivo histórico. Año 970: VI kalendas augustas hora VIIII. Al final tiene las siguientes indicaciones relativas a la fecha y personas que le escribieron [...] Al dorso de este folio hay una lámina en colores, representando la torre del Monasterio, la habitación destinada a escritorio y a Emeterio copiando el pergamino, y en hoja posterior un mapamundi de pequeñas dimensiones, de forma circular [...] En la exposición cartográfica de Amberes se presentó una copia, haciéndose la afirmación de que los ejemplares de Gerona, Turín y París eran reproducciones de este mapa; pero tal afirmación es completamente inexacta, pues sólo coinciden con él en ser mapas mundi”.
Mapamundi del Beato de Tábara, según dibujo de Antonio Blázquez, 1906
Antonio Blázquez, volvió este mismo año de 1906 sobre los Beatos, pero esta vez se centró específicamente en la comparación de los distintos mapamundis presentes en ellos. Del mapa del códice de Tábara destaca “que es un dibujo que casi no se puede llamar mapa-mundi, pues está constituido por un doble circulo morado y amarillo en el que aparece Asia ocupando la mitad superior, Europa la cuarta parte de la inferior y África el resto, separadas por espacios o fajas de igual anchura. En el extremo inferior de Europa hay la palabra septentrion y en el de África meridie. En tamaño mayor aparece escrito oriens sobre el Asia y fuera del mapa en el lado opuesto occidens”. De todo ello dejó constancia con un dibujo que, tal vez, es del mismo tenor al exhibido en la Exposición Cartográfica de Amberes”.

Llegamos al año 1908 y a la monografía de Juan Menéndez Pidal sobre los restos y memorias del monasterio de San Pedro de Cardeña. El texto está extraído del tomo XIX de la “Revue Hispanique”. En relación con la antigua torre prerrománica del monasterio burgalés, dedica este autor un amplio comentario a la miniatura de la torre de Tábara, con la que encuentra importantes analogías. Incluye, además, una lámina con una reproducción de la miniatura que resulta ser un dibujo interpretativo y en parte reconstructivo de sus elementos principales. Es un dibujo distinto, aunque en la misma línea al que incluirá más tarde Gómez-Moreno en sus “Iglesias Mozárabes”. Esta lámina corresponde en este momento al folio 163v., y no al 167v como ocurre en la actualidad, pues todavía no se había producido la reencuadernación que dejó este folio como folio final.
Miniatura de la Torre de Tábara según dibujo de Juan Menéndez Pidal, 1908.
Manuel Gómez-Moreno debió tener un conocimiento tardío de la existencia del Beato de Tábara, y por ello no fue citado en su “Catálogo Monumental de la Provincia de Zamora”. En el texto hay un apartado dedicado a la iglesia románica de Santa María de Tábara, donde incluyó la lectura de sus epígrafes y noticias sobre la fundación del primitivo monasterio por San Froilán, pero ninguna información sobre el Beato ni sus miniaturas.
El texto del catálogo fue publicado en el año 1927, pero los estudios y viajes del arqueólogo granadino por la provincia corresponden a los años 1903 a 1905. Poco antes corregía las pruebas de la “Historia de los mozárabes” de Simonet, donde tuvo que haber leído sus impresiones sobre el manuscrito de la Escuela Superior de Diplomática, pero al identificarlo como una obra de San Jerónimo tal vez no le prestó la debida atención.
Será en el año 1913 cuando aparezca en el “Boletín de la Sociedad Española de Excursiones” su artículo “De Arqueología mozárabe”. El erudito granadino describe brevemente la miniatura de la torre: “Los monasterios de San Froila es verosímil que fuesen arruinados por las tropas de Almanzor en 981, entre el centenar de iglesias y pueblos de los contornos zamoranos que entonces cayó; pero del de Távara nos queda el interesante dibujo, hecho por Emeterio en 970, de su torre, alta et lapídea, con arcos de herradura en varios pisos a que se subía por escaleras de mano; un andén de madera vuela en lo alto, y hay campanas dispuestas sobre el tejado en soportes ligeros”.
Es en 1919, en su obra “Iglesias mozárabes”, donde suministra la información, ya citada, de que el manuscrito “fue comprado para la extinguida Escuela diplomática a D. Ramón Álvarez de la Braña”. No incluyó fotografías de sus folios, pero sí un calco de la miniatura de la torre con un comentario sobre la misma. Otras de las cuestiones destacadas son los frecuentes escolios en árabe, “probando mozarabismo en aquellos monjes que lo utilizaron”.
Torre del monasterio de San Salvador de Tábara - Calco según Gómez Moreno "Iglesias mozárabes", 1919.
Nota con el número de registro de la restauración del Beato de Tábara en 1974 por el Servicio Nacional de Restauración de Libros y Documentos. AHN, tapa de la nueva encuadernación.
Beato de Tábara. Omega y colofón. AHN, fol. 167r.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Jornadas medievales - La Tebaida berciana






Entrevista a Rafael González Rodríguez

Enlace a BierzoTV http://www.bierzotv.com/rafael-gonzalez-el-valor-historico-y-patrimonial-de-la-cruz-de-penalba-es-muy-grande/

Se conoce como "Tebaida leonesa", también denominada "Tebaida berciana", a una zona declarada «paisaje pintoresco», según el Real Decreto 1244/1969, posteriormente reconocida como Bien de Interés Cultural, situada en el municipio español de Ponferrada, comarca del Bierzo, provincia de León, comunidad autónoma de Castilla y León. Dicha zona abarca los términos de las Entidades Menores de San Pedro de Montes y Santiago de Peñalba y en ella se establecieron, a partir del siglo IV, numerosos de los primeros ermitaños cristianos buscando el retiro para dedicarse a la oración y la meditación.El nombre «Tebaida» proviene de la comparación con la zona geográfica del Alto Egipto donde, junto con Siria y Capadocia, surgió la tradición cenobítica oriental.

Los días 3, 4 y 5 de noviembre de 2016 se celebraron en la sede de la UNED de Ponferrada unas Jornadas Medievales sobre la Tebaida Berciana. Sirvieron también como homenaje a las profesoras Doña Mercedes Durany Castrillo y Doña María del Carmen Rodríguez González.

Programa

Jueves, 3 de noviembre
Presidentes de Mesa: D. Antolín de Cela y D. Miguel J. García González
17:00 h. Apertura de las Jornadas.
17:30 h. Ponencia inaugural: De San Fructuoso a San Genadio: entre monjes y eremitas. Drª. D.ª Gregoria Cavero Domínguez (Profesora Titular Universidad de León). Enlace a la conferencia
18:15 h. La transición del Bierzo tardoantiguo  al altomedieval (ss. VII-IX). D. Manuel Carriedo Tejedo (Investigador medievalista). Enlace a la conferencia
Descanso
19:15 h. La 'Tebaida berciana'. Origen y desarrollo del monacato en el noroeste peninsular. Dr. D. Isidro García Tato (Científico titular del Instituto de Estudios Gallegos “Padre Sarmiento” del CSIC en Santiago de Compostela). Enlace a la conferencia
20:00 h. Fundamentos históricos y espirituales de la 'Tebaida berciana'. Dr. D. Juan Antonio Testón Turiel (Profesor del Instituto Teológico Compostelano y del Plan Regional de Estudios Monásticos de la Orden Cisterciense). Enlace a la conferencia
Viernes, 4 de noviembre
Presidente de Mesa: D. Vicente Fernández Vázquez
16:30 h. Las ermitas de la Valdueza. D. Diego J. Rodríguez Cubero (Documentalista e Historiador). Enlace a la conferencia
17:15 h. Nobleza y monasterios bercianos. Dr. D. José Ignacio González (Historiador y Catedrático de E.S.). Enlace a la conferencia
Descanso
18:30 h. La imagen de los eremitas del Bierzo y en el Bierzo y sus periferias. D. Miguel Ángel González (Director del Archivo Histórico Diocesano de Ourense y del Museo Catedralicio de Ourense). Enlace a la conferencia
19:15 h. Por cuevas y rocas. La 'Thebaida berciana', un territorio monástico, de San Fructuoso a San Genadio SS. VII-IX. Dr. Artemio Martínez Tejera (Universidad Autónoma de Madrid). Enlace a la conferencia
20:00 h. Un proyecto de investigación interdisciplinar para la 'Thebaida berciana': Edilicia, territorio y organización social en San Pedro de Montes (a. 635-1300). Dr. Jorge López Quiroga (Director del Proyecto. Universidad Autónoma de Madrid). Dr. Artemio M. Martínez Tejera (Miembro del Proyecto. Universidad Autónoma de Madrid). Enlace a la conferencia
Sábado, 5 de noviembre
Presidente de Mesa: D. Miguel J. García González
10:00 h. La Cruz de Peñalba. D. Rafael González Rodríguez (Historiador y profesor E. S.). Enlace a la conferencia
10:45 h. La 'Tebaida berciana': acotación y delimitación para los tiempos actuales. D. Vicente Fernández Vázquez (Historiador y  Catedrático de E.S.). Enlace a la conferencia
11:30 h. Clausura de las Jornadas.
12:00 h. Visita al corazón de la Tebaida berciana: San Pedro de Montes y Santiago de Peñalba.

jueves, 31 de marzo de 2016

Praetioso marmore - En precioso mármol

Sarcófago de Itacio en la Capilla de Nuestra Señora del Rey Casto de la catedral de Oviedo
Una de las piezas más relevantes de la Capilla de Nuestra Señora del Rey Casto, en la catedral de Oviedo, es un viejo sarcófago con una lauda o tapa de mármol profusamente decorada.
Se trata, en realidad, del único vestigio que se conserva del primitivo panteón de los reyes de Asturias. Perteneció, por tanto, a la iglesia prerrománica de Santa María, fundada por Alfonso II (791-842). Este templo estaba anexo a la catedral gótica de San Salvador y fue derruido a principios del siglo XVIII para edificar la actual capilla barroca.
La pieza es conocida como el "Sarcófago de Itacio" o "Ithacius", en alusión al ignoto personaje para el que originariamente fue confeccionado. Es un mármol blanco, de grano fino, con un sutil vetado marrón-rojizo. Su bello epitafio se desarrolla en dos líneas resaltadas que corren por la parte central:

INCLVSI TENERVM PRAETIOSO MARMORE CORPVS
AETERNAM IN SEDE NOMINIS ITHACII

Su traducción podría ser: “Encerré en precioso mármol para la mansión eterna el tierno cuerpo de nombre Itacio”.
Ambrosio de Morales quiso ver en esta pieza la sepultura de doña Jimena, mujer de Alfonso III, “que muriendo antes que el rey su marido, él le hizo hacer tan rica sepultura”. Otras tradiciones, sin base documental alguna, indican que procedería de Zamora y habría servido para contener los restos del propio rey, fallecido en la ciudad del Duero en el año 910.
El sarcófago de Itacio es uno de tantos vestigios de la Antigüedad reaprovechados por los hombres del Medievo, en este caso con fines funerarios. Ha venido interpretándose como una lauda paleocristiana, visigoda o bizantina de los siglos V o VI. A falta de otros datos, su datación y procedencia se ha basado en criterios estrictamente tipológicos. Para la mayoría de los autores sería una pieza importada, y se han sugerido los talleres de Aquitania o de Rávena como posibles centros de producción.
Sin embargo, un reciente estudio realizado por parte de técnicos del Museo Arqueológico Nacional de Madrid apunta a las canteras de Estremoz (Portugal) como origen de la materia prima para su confección. La clave está en su composición, verificada a partir de la toma de muestras y el análisis petrográfico.
Así pues, se trataría de una pieza netamente hispana, que habría que relacionar con otros sarcófagos y otros muchos elementos de mármol romanos y visigodos de la región de Mérida. Los resultados de esta investigación deberían obligar a revisar las clasificaciones de otros sarcófagos y relieves bajoimperiales tenidos habitualmente por importados, y replantear la posible existencia de talleres locales en la Península Ibérica capaces de producir obras de gran calidad.
Para el anónimo artífice de nuestro sarcófago el mármol era un material sublime, precioso: "praetioso marmore", digno de servir de relicario al querido cuerpo de Itacio. Su hermoso epitafio invita a hacer una reflexión sobre el papel desempeñado por este peculiar material en la arquitectura altomedieval y también sobre sus connotaciones ideológicas como parte de un programa político de reafirmación y legitimación del poder, tanto en los reinos cristianos como en al-Andalus.
El mármol tuvo un protagonismo destacado en la edilicia de la monarquía astur. Y no sólo como elemento constructivo, sino también como parte esencial de la decoración de templos y palacios. Esto es evidente a la vista de los edificios hoy conservados, pero también era resaltado por los propios contemporáneos, que daban al mármol un tratamiento especial a la hora de valorar la calidad de las edificaciones. La "Crónica Albeldense" dice a propósito de las construcciones de Alfonso II:

"Este construyó en Oviedo el admirable templo de San Salvador y los Doce Apóstoles, de piedra y cal, y la iglesia de Santa María con sus tres altares. También erigió la basílica de San Tirso, admirable edificación, con numerosos ángulos, y todas estas casas del Señor las adornó con arcos y con columnas de mármol, y con oro y plata, con la mayor diligencia y, junto con los regios palacios, las decoró con diversas pinturas".

Como se pone de manifiesto en la decoración de la iglesia de San Julián de los Prados, muchas de estas pinturas citadas no serían más que la emulación de los revestimientos marmóreos a través de los estucos, y lo mismo ocurría con el revoque de los paramentos exteriores, según se desprende de los pequeños fragmentos conservados en algunos edificios prerrománicos.
Respecto a Ramiro I, encontramos el siguiente pasaje en la Crónica Rotense: "Después de que descansó de las guerras civiles, edificó muchos edificios de piedra y mármol, sin vigas, con obra de abovedado, en la falda del monte Naranco, a sólo dos millas de Oviedo".
Sobre el uso del término "marmor" en las crónicas debe hacerse alguna precisión. Probablemente es una denominación genérica que incluye también a otras rocas ornamentales como calizas, pórfidos, alabastros o basaltos, esto es, aquellas rocas susceptibles de un pulido fino para conseguir acabados brillantes y, en ocasiones, translúcidos. En el mundo romano estas piedras eran ya muy apreciadas por su valor suntuario y se agrupaban bajo la denominación de "marmora".
En el reino asturleonés, una gran parte de estos materiales marmóreos fueron reaprovechados de edificios antiguos. Son infinidad los ejemplos que se podrían alegar. Basas, fustes, capiteles, placas, canceles, estelas. relieves, losas, etc., fueron expoliados de los lugares más insospechados, transportados en ocasiones hacia lugares remotos, readaptados, retallados, recortados o mutilados con mayor o menor fortuna, y por último integrados en los nuevos edificios en construcción o restaurados.
En la reutilización de estos elementos constructivos y ornamentales existiría una primera justificación eminentemente práctica. Suponía economizar recursos y dar nuevo uso a unas piezas de gran calidad que proliferarían en las viejas ciudades y villas hispanas. La unidad de estilo y el aspecto tan peculiar y ecléctico que ofrecen muchos de estos edificios altomedievales parecen no haber sido un inconveniente insalvable para los promotores y constructores.
Pero hay que valorar también un componente ideológico perceptible en muchas de estas empresas. Para el Regnum Asturorum, que se presentaba ante sus súbditos como continuador del Reino Visigodo, la recuperación de los mármoles romanos y visigodos y su exhibición en las nuevas basílicas y palacios erigidos bajo los auspicios de la monarquía era una forma de reivindicar el legado histórico de un pasado considerado prestigioso. Era la materialización plástica del proyecto político expresado en las crónicas del neogoticismo, que pretendía restaurar en Oviedo "todo el orden gótico de Toledo, tanto en la iglesia como en el palacio". Esto explicaría el acarreo y trasiego de piezas antiguas desde lugares muy alejados, incluso desde tierras musulmanas, cuyo esfuerzo y coste económico no se podría entender de otra manera.
El aprovechamiento de las piezas de mármol y el valor implícito que se concedía a estos elementos de la Antigüedad en los círculos de poder aparecen claramente reflejados en la llamada "Acta instaurationis ecclesie beati Iacobide". Se trata de un documento fechado en 899, probablemente interpolado, que da noticia de la consagración de la basílica de Santiago de Compostela por Alfonso III:

"Nosotros, impulsados ciertamente por la inspiración divina, con nuestros súbditos y familia trajimos al santo lugar de España por entre las muchedumbres de los moros las piedras de mármol que sacamos de la ciudad de Eabeca, que nuestros antepasados transportaron por mar en naves y con las que edificaron bellas casas, que permanecían destruidas por los enemigos. Por ello también se restauró con estos mismos mármoles la puerta principal".

Las excavaciones realizadas en la basílica en los años 1945-1955 confirmaron la presencia de restos de mármoles, basaltos y pórfiros de gran calidad, y probablemente importados de lugares lejanos.
De mármol era también el propio sepulcro del Apóstol, según recordaba el autor del "Liber peregrinationis": "Pues en esta venerable basílica, es tradición que descansa con todos los honores, el cuerpo venerado de Santiago, debajo del altar mayor que se ha levantado en su honor, guardado en un arca de mármol, en un magnífico sepulcro de bóveda, admirablemente ejecutado y de dignas proporciones". El edículo sepulcral primitvo estaría probablemente abovedado y decorado con mármoles. En los textos más antiguos relacionados con Santiago de Compostela se utilizan los topónimos "Arce Marmarica" y "Arca Marmarica" para designar el lugar donde yacía el cuerpo de Santiago.
Del testimonio del "Acta" atribuida a Alfonso III se deduce que el mármol podía constituir en determinadas ocasiones parte del botín arrancado al enemigo musulmán en las campañas militares. Esta misma circunstancia se producía en el otro bando, según sabemos por el relato de las campañas de Almanzor. Así en agosto de 988, durante la trigesimoprimera, la de Astorga se nos dice que "acampó ante ella y la destruyó, marchando hacia Córdoba, a donde llevó su mármol. Conquistó muchos castillos y regresó con botín y cautivos".
Rodrigo Jiménez de Rada, en su obra "De rebus Hispaniae", cuenta que Almanzor, una vez ocupada la ciudad de León, “ordenó que fueran demolidas hasta sus cimientos las puertas de la ciudad, que era una hermosa obra de mármol, el fortín central, la muralla de la puerta este y los demás torreones”. Sobre el uso del mármol en las puertas de la muralla de León también habla la "Crónica Najerense". El autor recuerda con gran admiración el pasado romano de la ciudad y alaba la labor constructiva de las legiones acampadas en su solar: "edificaron de sus piedras una ciudad hermosa y compacta entre los ríos Torío y Bernesga, a la que llamaron Legión por esas dos legiones y en sus cuatro puertas, en la oriental, la septentrional, la occidental y la meridional, pusieron piedras de mármol en las que estaban inscritos los nombres de aquéllos que estaban al frente de las legiones en caracteres romanos, en el año desde el comienzo del mundo 5264".
Desde época romana hay ya noticias de la explotación de canteras de mármol en la Península. Según Plinio: "Casi Hispania entera abunda en plomo, hierro, bronce, plata y oro. La provincia Citerior también en lapis specularis. En la Bética hay minio y canteras de mármol". (Plinio, NH. 3, 30).
En época visigoda contamos con una breve noticia proporcionada por Isidoro de Sevilla al afirmar en sus "Etimologías" que "la mina es el lugar al que se deporta a los exiliados para extraer minerales o cortar el mármol en placas". El obispo sevillano detalla en otro apartado de su obra como era el laborioso proceso del corte de la piedra:

"Llámanse crustae a las placas de mármol. Por ello, las paredes revestidas de mármol se califican de "crustadas". No tenemos constancia de quiénes fueron los primeros que concibieron la idea de cortar el mármol en placas. Esto lo hacen con arena y con hierro: con una sierra se va prensando la arena introducida por una delgada cortadura y con el movimiento mismo que se le imprime va cortando el mármol. La arena más gruesa es la que mejor lo sierra, mientras que la más fina es más apropiada para el pulimento".

No disponemos de referencias concretas sobre la explotación de canteras de mármol en los reinos cristianos, pero si en los territorios musulmanes. Mohamed Ben Ibrahim Ben Yahya Anzari Kotobi, geográfo e historiador árabe, cita en su "Enciclopedia de Ciencias Naturales y de Geografía" entre las minas más importantes, las de “Fichtala, entre Granada y Almería, célebre por sus mármoles blancos”. Igualmente señala Kotobi “la importancia y excelente calidad de los mármoles colorados de Bacares, en Almería”.
El mármol blanco de Macael (Almería) fue, sin duda, uno de los más apreciados en la Península desde los tiempos antiguos, pero será durante el Imperio Romano cuando se emplee de forma destacada en los grandes programas constructivos urbanos. De esta procedencia se suelen señalar los capiteles, columnas y mosaicos de Itálica. Los musulmanes mantuvieron el gusto por la particular textura y brillo de esta piedra, empleándola en sus construcciones civiles y religiosas. En Medina-Azahara el mármol de Macael se empleó particularmente en solerías, baños y capiteles, pero también lo encontramos en la Mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada.
El mármol blanco, cualquiera que fuera su procedencia, tenía una especial significación pues a la nobleza del material se añadía una tonalidad traslúcida y fascinadora que podía representar la pureza y la divinidad. Esto ya se intuye en la lectura de los versos del "Sarcófago de Itacio", pero contamos con algún testimonio más elocuente que incide sobre este extremo.
En las "Cantigas de Santa María" de Alfonso X, encontramos la narración de un milagro ambientado en la ciudad de Siena. El texto, al que dedica un estudio Laura Molina López, relata cómo el obispo de la ciudad mandó construir un púlpito "de mármol, rico y hermoso", desde el cual poder predicar. Con tal fin hizo venir a escultores "a los que encargó que esculpiesen en mármol blanquísimo una imagen de la virgen Santa María que nos ampara, sosteniendo en los brazos a su Hijo precioso. Mandó asimismo figurara en aquel mármol muchas otras escenas e historias, y ocurrió que, en una, aparecía el demonio, al que representaron en una figura muy deforme, como corresponde a su maldad. Pero como el mármol era de un blanco muy limpio, la figura del demonio no parecía tan repelente como si hubiese sido negra". Por este motivo, la Virgen obró el milagro, ennegreciendo la figura del demonio.
En otra de las obras capitales de Alfonso X, "La Partidas", se establecen sanciones para aquellas personas que extraen mármoles o piedras de las viviendas, aunque sean sus propietarios. Su título: "De cómo mármol, ó pila, ó piedra, ó perla ó otra cosa qualquier que sea asentada en la casa non se debe arrancar para venderla".

lunes, 22 de febrero de 2016

Perejón, un bufón del Conde de Benavente en la corte de Felipe II

Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba. Hacia 1560. Óleo sobre lienzo, 184,5 x 93,5 cm. Museo del Prado (Detalle del rostro)
El Museo del Prado de Madrid exhibe en sus salas 55 y 56, en la zona central de la planta baja, un magnífico conjunto de pinturas cuyo nexo de unión es la familia de Felipe II. Todas ellas corresponden a la segunda mitad del siglo XVI o principios del XVII. Representan a las esposas, hijos, tías, sobrinos, nuera, etc., del césar de aquel imperio en el que nunca se ponía el Sol. Fueron inmortalizados por los grandes pintores del momento, como Antonio Moro, Sofonisba Anguissola, Alonso Sánchez Coello o Juan Pantoja de la Cruz.
En esta colección de figuras relevantes de la España de los Austrias nos topamos con un intruso, alguien que no comparte lazos familiares con el monarca, aunque sí proximidad física a la corte. Se trata de un retrato, de cuerpo entero, salido de los pinceles del gran maestro holandés Antonio Moro (1519-1576). Su título: "Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba. Hacia 1560. Óleo sobre lienzo, 184,5 x 93,5 cm".
Nuestro cuadro perteneció al selecto grupo de pinturas que adornaron las estancias del desaparecido Alcázar de Madrid, concretamente en la "pieza segunda de la Casa del Tesoro" según un inventario de 1600, o en las "bóvedas que caen a la Priora-pasillos al pie de la escalera de la galería del Cierzo y la misma escalera". Allí compartía paredes con otras obras importantes de Tiziano, más retratos del propio Antonio Moro y algunas pinturas de El Bosco. Como obra valiosa aparece repetidamente registrada en los inventarios de las colecciones reales. Así en el inventario de bienes de Felipe II leemos: “Otro retrato entero, al ollio, sobre lienço, de Pejerón, loco del conde de Benavente, con calzas y jubón blanco y una baraja de naipes en la mano derecha; que tiene de alto dos baras y quarta y de ancho bara y quarta. Tasado en doze ducados”.
En 1857 se registra en el Real Museo como: "Retrato de cuerpo entero de Pejeron, bufon de los condes de Benavente. Es gafo y contraecho, tiene barba y pelo gris. Lleva una ropilla negra con mangas perdidas, abrochada con botones dorados. Las mangas del jubón, calzas afolladas, y zapatos acuchillados, son blancos. En la mano derecha tiene una baraja francesa, y la izquierda descansa sobre el puño de la espada". En el Catálogo del Museo del Prado lleva el número 1.483.
Desde los tiempos más remotos, reyes y grandes sintieron predilección por rodearse de un universo de personajes singulares o extravagantes: enanos, negros, locos, bobos, bufones o albardanes, truhanes, etc. Los hubo en Persia y Egipto, y luego en Grecia y Roma. En la España de los Austrias esta colección de seres pintorescos se agrupaba bajo la denominación de "hombres o gentes de placer", o como se decía en el siglo XVII: "sabandijas de palacio". Sólo a ellos les estaba permitido el exceso, la broma, la befa, la sinceridad en suma, estrictamente prohibida al resto de los súbditos. En palabras de Fernando Regueras Grande, su discapacidad, física o mental, se convertía así en fuente de subsistencia, cuando no de medro.
Los nobles españoles, a imitación de la realeza, también crearon sus propias cortes a la escala que sus medios económicos permitían. En ellas no faltaban estos personajes. En el siglo XV Fray Íñigo de Mendoza criticaba en uno de sus poemas lo que los nobles gastaban en sus bufones:

Traen truhanes vestidos
de brocados y de seda,
llámanlos locos perdidos,
mas quien les dá sus vestidos
por cierto más loco queda.

José Moreno Villa llegó a catalogar 123 locos o enanos en la corte española de los Austrias, lo que, haciendo un promedio del periodo, le permitió afirmar que "en la bóveda temporal de siglo y cuarto gastaron un loco o enano por año". Hoy seguramente habría que aumentar notablemente esta nómina, pero los retratados por los pintores de cámara, actualmente conservados, se reducen a quince o veinte.
El "bufón" retratado por Antonio Moro no sólo no oculta su condición, sino que exhibe sin complejos sus problemas físicos, secuelas probablemente de una hemiplejía. Su brazo derecho es presentado por el artista en un primer plano, con una mano en postura imposible que porta una baraja francesa con el seis de corazones a la vista. Los naipes simbolizan su ocupación principal en la corte: acompañar y entretener a la familia real.
Sobre la identidad de este personaje ha habido diversas propuestas a lo largo de las últimas décadas, Allende Salazar quiso ver en él a cierto Pedro de Santorbas o de San Terbas, truhán del emperador, pero en la actualidad parece que hay suficiente base documental para identificarlo con Pero o Pedro Hernández de la Cruz, uno de los privados del rey que aparece con relativa frecuencia citado en cartas, libros de cuentas y documentos relacionados con Felipe II y su corte. En Palacio, solían bautizar a la gentecilla de este calibre con nombres caprichosos o incluso con los apellidos de los reyes y príncipes. Como nos recuerda Fernando Bouza, "Pedro" es el nombre protagonista de los truhanes, bobos y locos en el siglo XVI. Es "Perico", con todos sus derivados: "Pejerón", "Perejón", "Perequín", "Perote" o "Periquillo".
Sabemos, por otras fuentes, que Pedro Hernández de la Cruz fue, efectivamente, una persona muy ligada a los Pimentel. Tenía casa en Benavente, su esposa era benaventana y varios de sus hijos eran nacidos y bautizados en la villa. Gozó del favor y la protección de los condes, sirvió como criado y fue recompensado con importantes rentas en el alfoz del concejo. Con todos estos datos es posible trazar algunas pinceladas sobre su trayectoria vital y la huella dejada por su figura en el panorama social y político de la época.
En la documentación privada de Felipe II encontramos varias cartas que identifican a nuestro Perejón con Pedro Hernández de la Cruz. Así de 1554 hay una misiva del entonces príncipe a Antonio de Rojas en la que le informa de que "Pero Hernández se vuelve con mi licencia y con harto miedo del Infante (Carlos) y para esto quiere esta carta; vos tendréis quidado de lo que le tocare y de mirar por él con condición que baya adonde yo estubiere quando le enbiare a llamar, que así queda concertado con él". El texto finaliza con la siguiente anotación: "En La Coruña ocho de Julio, sobre Perejón". Por tanto, esta carta y las peripecias de Perejón deben contextualizarse en el viaje del príncipe Felipe a Inglaterra para desposarse con María Tudor.
En el relato de este viaje que hizo Andrés Muñoz, Pedro Hernández aparece mencionado varias veces en Benavente con ocasión de la visita del príncipe a la villa, en compañía de su hijo el infante Carlos. La relación del viaje está dedicada a la condesa de Benavente, Luisa Enríquez, esposa del VI Conde, Antonio Alfonso Pimentel (1530-1575), y se publicó en este mismo año de 1554 bajo el título: "Sumario y verdadera relación del buen viaje que el invictíssimo Príncipe de las Españas don Felipe hizo a Inglaterra".
El cronista relata el recibimiento que se dio en la villa primero al infante Carlos, que venía adelantado, y posteriormente a su padre, el futuro Felipe II. Igualmente, describe con todo detalle las fiestas y agasajos que se dieron en honor de tan ilustres visitantes.
Cuando llega el infante Carlos es conducido desde la puerta principal de la villa (probablemente la puerta de Santa Cruz o de la Soledad) por una calle "que es una de las grandes y hermosas que señor tiene en Castilla, poblada de ambas partes de muchas y graciosas casas, entre las cuales estaban unas á la mano derecha muy bravosas, y en la frontera d́ellas están polidos y hermosos retratos á manera de medallas", y añade el cronista: "Esta casa es de Pero Hernández, criado y vasallo del conde de Benavente, y privado de los reyes como allí lo dice".
Pocos días después, cuando llega el príncipe, se nos dice que "se adelantó Pero Hernández á todo correr (qu'es cuyas son las casas que he dicho), y como privado suyo le suplicó que entrase por la puerta principal de la villa, por estar las calles más en órden que no por donde S.A. quería entrar, y ansí lo hizo".
La última mención de nuestro personaje se hace con ocasión de la celebración de un espectáculo taurino: "Otro día se corrieron en la plaza de abajo de la villa cinco toros harto extremados de buenos. Estuvieron Sus Altezas á vellos en las casas de Pero Hernández, las cuales tenía muy entapizadas y enramadas de mucha juncia y cañas y otras maneras de verduras, gran cantidad de claveles, albahacas y otras flores olorosas. Este día baptizó un hijo Pero Hernández; fue padrino el Duque de Alba y otros señores".
Los detalles que se nos dan sobre "esta plaza de abajo", junto con la cita anterior de la puerta principal de la villa y la "calle grande y hermosa", parecen situar las casas de Pedro Hernández en la actual plaza del Grano, también conocida en el siglo XVI como la Plaza del Mercado.
Algunos datos más podemos concretar sobre nuestro "Perejón" y su descendencia a partir de los expedientes de limpieza de Sangre. En ellos se nos indica que sirvió en las guerras de Alemania y Flandes. Había nacido en Toledo y su nombre completo era Pedro Hernández de la Cruz Alcoholado. Era hijo de Alonso Hernández Alcoholado y de Juana de la Cruz, ambos toledanos. Estuvo casado con Antonia de Losada, nacida en Benavente.
Uno de sus hijos fue Felipe de Losada, tal vez el niño bautizado en 1554, según el relato de Andrés Muñoz. Fue capitán de infantería en Portugal y ujier de cámara de Su Majestad. Casó con la benaventana Ana de Torquemada.
Conocemos el nombre de otra hija: Herminia de Losada, también benaventana, que casó con Pedro Marroquín de Montehermoso. Este matrimonio tuvo al menos un hijo, de nombre Tomás Marroquín de Montehermoso, nacido en 1577 en Arroyo del Puerco (hoy Arroyo de la Luz, en la provincia de Cáceres).
Como vemos, Pedro Hernández no era un simple criado del conde y privado para el entretenimiento del rey. Estaba muy bien relacionado con los grandes del reino, se le encomendaron algunas responsabilidades de relieve y poseía una de las casas principales de la villa de Benavente. Esta posición económica desahogada se debía, probablemente, a un patrimonio familiar previo y a las recompensas y mercedes que recibió a lo largo de su vida, tanto de los Pimentel como del propio monarca. Hay constancia también de la concesión de varios juros y regalos. José Luis Gonzalo Sánchez Molero refiere como en 1537 el príncipe Felipe le hizo entrega "de una medalla de oro con una figura de un niño que se está sacando una espina de un pie".
En el Archivo General de Simancas se conservan varios Juros en favor de Pero Hernández de la cruz, todos ellos de la primera mitad del siglo XVI. Uno de ellos, de 37.500 maravedís, especifica que es por sus servicios prestados en la Guerra de las Comunidades.
El 15 de marzo de 1545, Luisa Enríquez, condesa-duquesa de Benavente, otorgaba merced a favor de Pedro Hernández de la Cruz, en la que le cede el aprovechamiento de la pesca del río Tera, en el lugar de Santibáñez, por todos los días de su vida. Este derecho lo había disfrutado anteriormente Pedro de Quiñones, ya fallecido. Su tenor, según la transcripción de Luis Pardo, comienza así:

"Merced de la ribera de Tera
Yo doña Luysa Enrríquez, condesa de Benavente, por hazer bien y merced a vos Pero Hernández de la Cruz, mi criado, tengo por bien que ayáis y tengáis de mi por merced todos los días de vuestra vida la pesca del rrío de Tera desde el lugar de Santi Bañe para arriba que vaco por fin y muerte de Pedro de Quiñones, a quien el conde mi señor tenía hecha merced dello, para que podáis pescar y arrendar para que podáis pescar y arrendar y sea vuestro el aprovechamiento del dicho río desde el día de la fecha desta en adelante por todos los días de vuestra vida, la cual dicha merced vos hago en cuanto toca a la pesca del, rreservando como reservo para el conde mi señor y para mi los otros aprovechamientos que ay en el dicho rrío de molineras y sacar caminos de agua y todo lo demás que tenemos y que pertenesce al señorío y porque desta merced que yo vos hago no aveys de fozar mas de la pesca del y así mismo con que quede de libre al concejo justicia de esta mi villa de Benavente...".

En 1576 el conde Juan Alfonso Pimentel hizo concesión a favor de Hernando de Losada, y de su hijo Juan, del aprovechamiento de la pesca en este mismo lugar por muerte del anterior poseedor, Pedro Hernández de la Cruz.

Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba.
Detalle de la mano derecha con los naipes
Detalle de la mano izquierda sobre el pomo de la espada
La familia de Pedro Hernández de la Cruz

viernes, 8 de enero de 2016

El epígrafe de consagración de la iglesia del monasterio de San Pedro de Montes - En torno a sus fuentes literarias y sus fundamentos ideológicos y políticos


The dedicatory inscription in the church of the monastery of San Pedro de Montes.
Over the literary sources and its ideological and political bases

Resumen:

El epígrafe de consagración de la iglesia del monasterio de San Pedro de Montes (24 de octubre de 919) plantea interesantes reflexiones sobre las fuentes literarias utilizadas en su confección, así como sobre sus fundamentos ideológicos y políticos.
Para reconstruir el pasado visigodo del monasterio, los artífices del texto se basaron principalmente en la “Vita Fructouosi” y en los escritos autobiográficos de Valerio del Bierzo. Estos relatos eran conocidos por los monjes repobladores de San Pedro de Montes, antes incluso de su llegada a tierras bercianas.
La restauración de San Pedro de Montes formó parte de todo un programa ideológico y político promovido por la monarquía en el contexto del llamado “neogoticismo” del reino asturleonés. Esta circunstancia es común a la fundación y restauración de otras iglesias y monasterios.

Palabras clave: Genadio, San Fructuoso, Valerio del Bierzo, San Pedro de Montes, monasterios, Epigrafía, repoblación.

Abstract:

The dedicatory inscription in the church of the monastery of San Pedro de Montes (24 October 919) introduces some interesting considerations on the literary sources used in its elaboration, as well as on its ideological and political bases.
In order to reconstruct the Visigothic past of the monastery, the text authors were based mainly in “Vita Fructuosi” and the autobiographoical writings of Valerius of Bierzo.
These stories were known by the resettling monks of San Pedro, even before their arrival to the Bercian territory.
The restoration of San Pedro de Montes was part of an ideological and political program sponsored by the monarchy, in the context of the so-called “Neogothisism” of the Astur-Leonese kingdom. This situation is common in the foundation and restoration of other churches and monasteries.

Keywords: Genadio, San Fructuoso, Valerio del Bierzo, San Pedro de Montes, monasteries, Epigraphy, resettlement.


Introducción

En toda inscripción medieval, desde la más simple a las más elaborada, existe la intencionalidad de transmitir públicamente un mensaje y de una manera solemne. Para ello se construye un discurso, se hace uso de unas fuentes de información y se utiliza una serie de recursos literarios. En este sentido, Gómez-Moreno ya definió una inscripción como una “composición literaria para conmemorar un hecho en condiciones monumentales. Publicidad, solemnidad y perduración la caracterizan”.
El célebre epígrafe de San Pedro de Montes es uno de los testimonios más interesantes para el conocimiento, no sólo de la historia de este importante cenobio berciano, sino también de los pormenores de todo el proceso de repoblación monástica altomedieval que se desarrolló en las tierras al norte del Duero. A través de él podemos comprender mejor las motivaciones ideológicas y políticas presentes en las fundaciones y restauraciones de monasterios, tan frecuentes en el reino asturleonés entre los siglos IX y XI. La comunidad de Montes, responsable en última instancia del epígrafe, quiso dejar constancia de la consagración de su templo, pero también perpetuar la memoria de sus fundadores y reforzar una determinada tradición sobre la historia de su monasterio. Su estudio, en definitiva, nos acerca al imaginario medieval y a una determinada concepción de la espiritualidad.

1. Historia de la pieza y características formales

Contamos con referencias a este monumento epigráfico en la bibliografía ya desde el siglo XVI. Ambrosio de Morales en su “Crónica general de España” atribuye su autoría a San Genadio, y dice que “habiendo edificado la iglesia que agora dura, lo dejó todo especificado en una gran piedra que mandó poner a la puerta por donde se entra desde el claustro”.
El cronista de Felipe II vuelve a ocuparse del asunto en su “Viage”, concretamente al hablar de los orígenes del cenobio: “En el claustro a la entrada de la iglesia en una losa está escrito lo siguiente, fielmente sacado con sus malos latines de entonces”. A continuación, ofrece la primera lectura conocida y algunas apreciaciones sobre la misma. A partir de entonces, el texto fue reproducido por numerosos autores, como Yepes, Sandoval, Gregorio de Argaiz,, Rodríguez de Castro, Flórez, Quadrado, Hübner, Rodríguez López, Gómez-Moreno, Martínez Fuertes, Fernández Pousa, Viñayo, etc.
El epígrafe se encuentra actualmente situado en el lado izquierdo de la portada sur románica que comunicaba la iglesia con el Claustro reglar o Claustro de los arcos. Dicha puerta está hoy cegada, mientras que el claustro sufrió una profunda remodelación en el siglo XVII. La piedra está encastrada en el contrafuerte exterior a media altura. Sobre su lugar original de emplazamiento no tenemos ninguna noticia.
Se trata de un tablero rectangular de mármol blanco de 101 x 46 cm. El estado de conservación es bastante bueno, aunque se observan algunos desperfectos que no impiden su lectura completa. Su campo epigráfico está rebajado y delimitado por una moldura, rota en el ángulo superior izquierdo y sobretodo en el superior derecho. En este último sector la rotura parece ser anterior a la preparación de la inscripción, pues las tres primeras líneas del texto se alejan del comienzo de la moldura y terminan justo antes del corte de la piedra.

El texto ocupa casi todo el espacio disponible, con unos márgenes muy reducidos con respecto a la moldura. Consta de nueve líneas y está escrito en capitales de cuerpo estilizado y factura no muy regular. En palabras de Gómez-Moreno sus caracteres son “desgarbados semimozárabes” y “poco elegantes del siglo X”.
Sus tipos se alejan de las líneas rectas propias del corte clásico. Por el contrario, las letras son algo curvadas y siguiendo la tradición de la escritura altomedieval varían de tamaño en función de las necesidades de espacio de su artífice. Además, se emplean con frecuencia las abreviaturas, las ligaduras y algunas letras están embebidas o ajustadas.
La moderna epigrafía considera que para un texto adquiera la condición de inscripción ha de tener un carácter publicitario, por tanto, su finalidad última es la de dar a conocer un mensaje. Natalia Rodríguez Suárez señala que “para alcanzar dicho fin, el rogatario de la inscripción acudía a distintas técnicas para llamar la atención del receptor del mensaje. Una de esas técnicas consistía en el empleo de una escritura particular, la escritura publicitaria”. Estas características también pueden estar presentes en la escritura de los códices y en algunos documentos.
En nuestro caso, la caligrafía utilizada es muy variable, con el uso letras iguales bajo diferentes diseños. Entre los aspectos particulares hay que destacar la aparición de la “T” de tipo clásico, o con el bucle en su ápice izquierdo, rasgo que se ha venido identificando como característico de lo “mozárabe”. La “A” suele sustituir su ángulo superior por un rasgo recto horizontal. En la “N” el trazo oblicuo muere a media altura, mientras que hay alguna “N” coja, esto es con su trazo derecho que no apoya en la línea de la caja. La “P” en unos casos es cerrada y en otros tiene su parte curva ligeramente abierta. La “O” es generalmente de tendencia ovalada, pero alguna de ellas es de clara forma romboidal.
El lapicida se sirvió de renglones como ayuda y utilizó interpunción de dos puntos para separar algunas palabras. La línea central, la quinta, tiene un tratamiento especial, con un mayor cuerpo de letra y una caligrafía algo más esmerada. Esta línea actúa como eje de simetría, no sólo en lo material, sino también del contenido, pues se pretende así resaltar el acontecimiento central de todo el discurso narrativo: la construcción de un nuevo templo por el obispo Genadio.
El objeto principal de la inscripción es conmemorar la consagración de la nueva iglesia por cuatro obispos el 24 de octubre del año 919. Pero este acontecimiento está precedido por un largo preámbulo, en el que se hace una recapitulación de las diferentes fases constructivas del monasterio desde los tiempos de San Fructuoso, su primer fundador.
En la narración se utiliza en todo momento la tercera persona y el pasado, y los verbos tocantes a las diferentes acciones constructivas se llevan a la parte final de cada uno de los versos: “condidit”, “dilatabit”, “restaurabit” y “erexit”, siguiendo así los usos del latín clásico. Cada una de las fases o momentos de la fundación, restauración y renovación del monasterio ocupan una o dos líneas completas, a excepción de la consagración que se extiende por las tres líneas finales.
Parece, por tanto, que hay una cierta cadencia rítmica. Esta circunstancia ya fue advertida por Maurilio Pérez González, para quien esta inscripción, junto con la de San Martín de Castañeda, “su prosa también parece tener carácter rítmico o, al menos, pretende tenerlo”.

La transcripción y su traducción son las siguientes:

INSIGNE MERITIS BEATVS FRVCTUOSVS POSTQVAM COMPLVTENSE CONDIDIT /
CENOBIVM: ET N(omin)E S(anc)C(t)I PETRI BREBI OPERE IN HOC LOCO FECIT ORATORIVM:/
POST QVEM NON INPAR MERITIS VALERIVS S(an)C(tu)S OPVS AECLESIE DILATABIT/:
NOBISSIME GENNADIVS, PR(e)SB(i)T(e)R CVM XII FR(atr)IB(u)S RESTAURABIT ERA DCCCCXXX IIIA /
PONTIFEX EFFECTVS A FVNDAMENTIS MIRIFICE VT CERNITVR DENUO EREXIT/
N(on) OPPRESSIONE VVLGI SED LARGITATE PRETII ET SVDORE FR(atr)VM HUIS MONASTERII/
CONSECRATUM E(st) HOC TEMPLV(m) AB EPI(scopi)S IIIIOR: GENNADIO ASTORICENSE: SABARICO /
DVMIENSE: FRVNIMIO LEGIONENSE: ET DVLCIDIO SALAMANTICENSE: SVB ERA /
NOBIES CENTENA: DECIES QVINA: TERNA: ET QVATERNA: VIIIIO K(a)L(en)D(aru)M: N(o)B(e)MBR(u)M/

“El bienaventurado Fructuoso, insigne en méritos, después de fundar el cenobio Complutense, también hizo un oratorio pequeño en este sitio, con nombre de San Pedro. Después de ello, el no inferior en méritos y santo Valerio amplió el edificio de esta iglesia. Modernamente, Genadio, presbítero, con doce frades, lo restauró en el año 895. Una vez hecho obispo, erigiólo de nuevo desde sus cimientos admirablemente, como se echa de ver, no mediante opresión del pueblo, sino con grande costa y con sudor de los frades de este monasterio. Fue consagrado este templo por cuatro obispos: Genadio, astoricense; Sabarico, dumiense; Frunimio, legionense, y Dulcidio, salamanticense, en 24 de octubre del año 919”.

El relato es muy interesante, porque permite contrastar y cotejar las fuentes utilizadas por los artífices de este monumento epigráfico para componer su discurso. Varias de estas fuentes pueden ser identificadas de forma precisa, lo cual hace de esta lápida una pieza singular en comparación con otros epígrafes altomedievales. Los hitos principales de este relato serían los siguientes:

2. Construcción de un oratorio dedicado a San Pedro por San Fructuoso, después de haber fundado el monasterio de Compludo.
“Insigne meritis beatus Fructuosus postquam complutense condidit cenobium et nomine Sancto Petri brebi opere in hoc loco fecit oratorium”.

La información que nos suministra el comienzo de la inscripción (primera y segunda línea) está basada fundamentalmente en la “Vita Fructuosi”, uno de los grandes patriarcas del monacato visigodo del siglo VII. Su texto se nos ha trasmitido en varios códices medievales y está incluido en la compilación hagiográfica hecha por Valerio del Bierzo. En un principio su autoría fue atribuida por casi todos los editores antiguos al propio Valerio, pero en la actualidad, gracias sobre todo a los estudios de Manuel C. Díaz y Díaz, la obra se considera de algún seguidor de Fructuoso, probablemente monje, y residente en alguna de sus fundaciones.
En la “Vita” se emplea repetidamente los tratamientos de “beatissimum” y “sanctissimus” para referirse a Fructuoso y, tal y como se recuerda en nuestra inscripción, se habla de esta fundación como hecha poco después de la de Compludo. Sin embargo, en la “Vita” no se indica la advocación de este “oratorio”, sino que se alude al monasterio “Rufianense”, donde Fructuoso vivía recluido en un edículo o “ergástula”. Para la mayoría de los autores esta fundación se habría producido hacia el año 640, y en un principio tendría más un carácter de eremitorio, orientado al retiro y a la vida contemplativa, que de un monasterio propiamente dicho.
Sabemos, por otras fuentes, que Genadio conoció la “Vita Fructuosi” y los escritos de Valerio en su juventud, desde los mismos inicios de su formación como monje en el monasterio de Ageo. Es a través de la lectura de estos relatos hagiográficos como los monjes de Ageo se sienten atraídos por la tradición eremítica y cenobítica de las montañas del Bierzo, y proyectan la restauración del monasterio de San Pedro de Montes, fundado por San Fructuoso en el siglo VII.
En el documento conocido como “Testamento de San Genadio”, el obispo astorgano al recordar su juventud en el monasterio de Ageo, dice de San Pedro de Montes: “que primero fue habitado por San Fructuoso, y después por San Valerio, cuyas santas vidas y resplandor de sus virtudes y milagros, declaran las historias que de ellos hay escritas”. Este importante documento, fundamental para el conocimiento de la vida de Genadio, suele fecharse en torno a los años 915, 919 ó 920, pero los detalles suministrados sobre su paso por el monasterio de Ageo tienen que situarse necesariamente antes del año 895. Frente al “insigne meritis” con que es presentado Fructuoso en la inscripción, en el “Testamento” Genadio se autodefine como “pauper meritis, abundans scelirubus, indignus episcopus”.
En el monasterio de San Pedro de Montes se conservaron durante mucho tiempo una serie de libros atribuidos a la colección privada de Genadio. Ambrosio de Morales alcanzó a verlos en el siglo XVI, y los identificó con la biblioteca que el santo había donado en su “Testamento” a los monasterios bercianos de San Pedro, San Andrés, Santiago y Santo Tomás. En palabras de Morales: “todos son de letra gótica, tan antigua que manifiestamente muestran como son los mismo que el Santo dexó ... pues son como reliquias, en consideración que el Santo los trató mucho, y estudió en ellos”.
Entre los ejemplares descritos se menciona una “Vita Patrum, deshojado, tienen las Vidas de San Paulino, Santo Agustín, San Gerónimo, y pocas más, fue gran volumen”. Independientemente de que este libro hubiera pertenecido o no al obispo astorgano, hay que señalar que estas piezas hagiográficas son partes integrantes de la compilación de Valerio. Por tanto, los monjes de San Pedro de Montes dispusieron desde antiguo de estas obras y pudieron servirse de ellas para construir un determinado discurso sobre los orígenes de su monasterio.

3. Ampliación de la iglesia por San Valerio.
“Post quem non inpar meritis Valerivs sanctus opus aeclesie dilatabit”.

El contenido de la tercera línea de la inscripción se fundamenta específicamente en los escritos autobiográficos de Valerio. En ellos el monje berciano ofrece pormenores de su llegada al monasterio y su estancia durante muchos años en la misma celda en la que había habitado antes San Fructuoso. En estos textos el monasterio es denominado de nuevo “Rufianense”, como ya se hacía en la “Vita Fructuosi”.
Este topónimo “Rufianense” haría alusión al poseedor de un antiguo “castillo” situado en las inmediaciones. Así en el “Ordo querimonie prefati discriminis” leemos: “En el límite del territorio del Bierzo, entre otros monasterios, junto a un castillo cuyo antiguo propietario le diera el nombre de Rufiana, hay un monasterio entre unos valles de elevados montes, fundado tiempo atrás por San Fructuoso de bendita memoria, en que la divina piedad me colocó para permanecer para siempre”.
Es posible que a finales del siglo IX se conservará en Montes algún vestigio de la antigua iglesia, o alguna inscripción con la dedicación a San Pedro y San Pablo. Pero tanto Genadio, como sus compañeros, pudieron deducir la advocación del cenobio a los santos apóstoles a través de la lectura de los textos de Valerio, pues en uno de los pasajes de sus obras dice que “celebraba el oficio ... en el santo altar de los apóstoles” y “de la construcción y obra allí junto al altar de los santos apóstoles, se ha escrito brevemente en la historia anterior”. Por otra parte, uno de sus poemas está dedicado expresamente a San Pedro y San Pablo: “Conversio deprecationis ad Sanctos Apostolos”.
Respecto a la ampliación de la iglesia por Valerio no encontramos una referencia específica en sus obras, pero sí hay mención a obras de ampliación de las estancias monacales y del huerto inmediato construido en el atrio. En “Replicatio sermonum a prima conversione” se dice que su sobrino Juan “en aquel páramo plantó viñas, una huerta y muchos frutales de distintas clases, y puso los cimientos para unas habitaciones, y se ocupa de que todo lo que sea necesario en uno y otro lado vaya adelante”. En cuanto al atrio: “...con la ayuda de Dios, poco a poco, se allanó gracias al trabajo de unos jornaleros un estrecho, pero suficiente espacio para un pequeño atrio”.
Así pues, esta ampliación de la iglesia por Valerio, tal y como se registra en el epígrafe, pudo basarse en la lectura de estas fuentes. Pero también debe considerarse la interpretación por los monjes de los restos constructivos que probablemente perduraban del antiguo monasterio visigodo a finales del siglo IX. A fin de cuentas, las ruinas que encontraron los monjes repobladores pertenecerían a los últimos edificios habitados por Valerio, cuya muerte suele fijarse en torno al año 695.
Varios restos constructivos altomedievales se conservan actualmente en el último cuerpo de la torre de la iglesia monacal. Su cronología no puede precisarse, pues se trata de fustes de columnas y capiteles de mármol que podrían haberse utilizado tanto en la fundación visigoda como en el monasterio repoblado por Genadio. A estas piezas deben añadirse otras que se reaprovecharon en la puerta de la próxima ermita de la Santa Cruz, entre ellas un posible fragmento de cancel visigodo.

4. Restauración por el presbítero Genadio en el año 895.
“Nobissime Gennadius presbiter cum XII fratribus restaurabit era DCCCCXXX IIIa”.

Las acciones acometidas por el presbítero Genadio, con la colaboración de doce “fratres”, son muy escuetas y se resumen a través del verbo “restaurar”. Esta cuarta línea viene precedida de la expresión “nobissime”, no muy habitual en los diccionarios del latín clásico. Con este término parece que se quiere remarcar una cesura temporal entre el pasado visigodo de San Pedro de Montes y las iniciativas repobladoras de los siglos IX y X.
Los detalles de esta restauración, fechada en 895, se corresponden nuevamente con el relato del llamado “Testamento de San Genadio”, en el que se recuerda, efectivamente, como Genadio, en compañía de doce hermanos, partió del monasterio de Ageo para restaurar las ruinas del antiguo monasterio de San Pedro de Montes: “viviendo en la obediencia de mi padre y abad Arandiselo en el monasterio de Ageo, ansioso de la vida solitaria, con otros doce hermanos, y la bendición de mi viejo abad, caminé al desierto de San Pedro, que primero fue habitado por San Fructuoso y después por San Valerio”.
El uso del verbo “restaurar” tiene en nuestra lápida un marcado componente ideológico que debe ser analizado. Desde que Astorga fue repoblada de una manera definitiva por Ordoño I, hacia el año 854, e integrada en los organigramas de la monarquía astur, debió crearse una circunscripción basada en la tradición romano-visigoda y en la organización eclesiástica. En consonancia con lo que se ha venido en llamar “neogoticismo” astur se restaura el obispado y se establece un marco político-territorial en el que el Bierzo tiene una personalidad propia muy definida.
Esta actividad restauradora es común a gran parte de los territorios del reino, donde los ejemplos se multiplican. La “Crónica Albeldense”, al referirse a las iniciativas políticas y religiosas de Alfonso III, dice: “Todos los templos del Señor son restaurados por este príncipe, y en Oviedo se edifica una ciudad con palacios reales”.
La repoblación de Astorga supuso la recuperación de los territorios del viejo obispado, donde, además de las labores de colonización agraria, se fundan o se restauran iglesias y monasterios. Todo este ambicioso programa político contó lógicamente con la dirección, impulso y respaldo de los reyes asturleoneses.
María Concepción Cosmen Alonso ha recopilado algunos testimonios de estas “restauraciones” localizadas dentro del territorio de la diócesis. El monasterio de San Dictino de Astorga, situado fuera de las murallas, fue rehabilitado como residencia episcopal y su templo, “venerabilis ecclesia vetusto fundamine”, restaurado y dotado por el obispo Fortis en torno al año 925. El mismo camino seguirá el monasterio de San Pedro de Forcellas, ubicado en la zona montañosa de La Cabrera, que fue donado por el rey Ramiro II en el año 935 al obispo Genadio para que “como estaba destruido lo restaure y ponga en él una comunidad regular”. San Martín de Castañeda, junto al Lago de Sanabria, fue rehecho desde los cimientos sobre un pequeño edificio anterior también dedicado a San Martín. La iglesia de Villanueva de Valdueza fue “facta et restaurata” por el obispo Ranulfo a fines del siglo IX. El oratorio de Santa Cruz de Montes fue reedificado en el año 905 y el cenobio de Santa Leocadia de Castañeda, junto al Sil, rehecho en torno al 916.
Estas “restauraciones” se hicieron en algunos casos sobre la base de viejos edificios arruinados, de los que los “restauradores” conocen su pasado con mayor o menor precisión. Los nuevos templos y monasterios muy probablemente reaprovecharon elementos constructivos de las fundaciones anteriores. Como señala José Alberto Moráis Morán, la reapropiación selectiva y particular de los restos materiales de las construcciones del pasado, con la voluntad expresa de reutilizarlas en los nuevos contextos materiales del medievo, posee un claro antecedente en la edilicia tardoantigua. Las fuentes revelan la acción restauradora en los templos altomedievales como una fase del proyecto arquitectónico en la que la reutilización de las estructuras preexistentes es fundamental.
A propósito del neovisigotismo de los monarcas asturleoneses, Isidro Bango Torviso destaca que no se aprovechaban las viejas construcciones del Duero sólo por un sentido utilitario, sino que en muchas ocasiones había toda una carga de ideología legitimadora para entroncar la dinastía con los monarcas godos. En el caso de los monasterios, para los monjes repobladores, incondicionales seguidores de Fructuoso y Valerio, la búsqueda y restauración de las fundaciones de estos padres del monacato visigodo se convirtió en una misión trascendente y espiritual. Se buscan estos monasterios y todas aquellas ruinas que se puedan relacionar con los padres del pasado para convertirlos en nuevos centros de su veneración.
En este aspecto, y en otros, la lápida de San Pedro de Montes guarda importantes similitudes con los monumentos epigráficos de San Miguel de Escalada y San Martín de Castañeda, pues en los tres casos se acomete una “restauración” sobre la base de un asentamiento cristiano anterior. Son muchos los elementos comunes en las tres inscripciones, pero también hay una diferencia fundamental. En Castañeda y Escalada se restauran templos de los que apenas se recuerdan más que puntuales detalles su pasado, y esto es debido, seguramente, a que los monjes no disponen de información al respecto. Solamente se consigna su antigua advocación (San Martín o San Miguel), y que se trataba de construcciones muy modestas y de reducidas dimensiones, en ningún caso se alude a sus fundadores.
Pero en Montes hay un conocimiento mucho más detallado sobre sus orígenes, y guiados por la tradición visigoda identifican las ruinas que encuentran los repobladores con una de las principales fundaciones fructuosianas: el monasterio Rufianense. No sabemos hasta que punto esta identificación estaba sólidamente acreditada, pero los monjes así lo interpretaron y quisieron transmitirlo a través de un documento solemne. Se quiere así recuperar, por motivos ideológicos, el pasado mítico y prestigioso del eremitismo y monasticismo del siglo VII y, de este modo, hacer realidad el proyecto político del neogoticismo del reino asturleonés. Los monjes bercianos del siglo X son ahora los continuadores de los anacoretas y cenobitas del siglo VII, y por ello depositarios del legado de Fructuoso y Valerio.
Gómez-Moreno ya advirtió relaciones evidentes entre las tres fundaciones (Escalada, Montes y Castañeda), en particular en el uso de expresiones equivalentes como “brevi opere”, “miro opera a fundamine... erigitur”, “non oppresioni vulgo sed... fratrum instante vigilantia”, etc. Para el erudito granadino estás concordancias apuntaban a una misma mano y venían a confirmar sus teorías sobre el gran peso de lo “mozárabe” en el arte hispano altomedieval, sospechando si también andarían en la reconstrucción de San Pedro de Montes andaluces. A estos tres ejemplos habría que añadir el epígrafe del monasterio de San Salvador de Tábara, donde nuevamente encontramos algunas expresiones equivalentes como: “non copia rerum fretus sed divino iubamine”.
Este tipo de expresiones son equiparables a otras de carácter documental: “cum Dei iuuamine, restauraui eam, siue et kasas quas ibidem construxi”, se lee en una escritura leonesa de 904 a propósito de la restauración de una iglesia.
En cualquier caso, esta parte del relato de nuestra inscripción se contradice con los primeros documentos del Tumbo de San Pedro de Montes. En ellos se otorga un gran protagonismo al obispo astorgano Ranulfo en la fundación o restauración del monasterio. Estos textos, debido a su deficiente transmisión, ofrecen dudas sobre su autenticidad y cronología, pero como ya advirtió Mercedes Durany Castrillo, en ellos es Ranulfo quien entrega a los monjes los terrenos anexos de la nueva fundación, y ordena a Genadio abad de la comunidad monástica.
Uno de estos documentos está datado precisamente en el año 895, y en él el obispo astorgano dona a la comunidad de Montes la iglesia y concede unos términos que delimita: “Yo Ranulfo, obispo indigno, ... traté de edificar en honor de vuestra gloria, mi señor San Pedro, un monasterio de monjes [...] concedo y doy a San Pedro, la misma iglesia ya mencionada con todas sus inmediaciones la cual está dentro del término del Bierzo, junto al río Oza, entre los montes que llaman Aquilana, Rufiana y Peñalba”. Sin embargo, en otro de estos documentos, de 1081, se dice que el monasterio “constructum est permanedum a sanctis Patribus Fructuosis, Gennadius et Valerius”.
Recientemente, Leticia Agúndez San Miguel ha ido más lejos a la hora de ponderar estas contradicciones, y llega a hablar de falsificación del pasado lejano del monasterio en el Tumbo de San Pedro de Montes. Se trataría de una campaña de recuperación del pasado lejano de la institución, el que se refiere a su etapa fundacional en los últimos años del siglo IX y los primeros del X, que tuvo lugar en el “scriptorium” monástico entre finales del siglo XI y principios del siglo XII.
Sea como fuere, el Tumbo de San Pedro de Montes, elaborado en su núcleo principal en el siglo XIII, nos muestra una tradición sobre la historia del monasterio que se remonta a tiempos visigodos y que coincide en los aspectos fundamentales con el relato de la inscripción. Como ya apuntó Manuel C. Díaz y Díaz, tuvo que existir algún tipo de continuidad que explicaría la conservación en la memoria colectiva del emplazamiento y la advocación de los títulos de la iglesia. Para este autor resulta a todas luces inadmisible que por aquellos riscos desérticos y casi inaccesibles hubieran pasado, como suponen algunos, los árabes invasores, responsables que serían del despoblamiento y posterior olvido.

5. Renovación, desde los cimientos, por Genadio después de haber sido nombrado obispo.
“Pontifex effectus a fundamentis mirifice ut cernitur denuo erexit non oppressione vulgi sed largitate pretii et sudore fratrum huis monasterii”.

La quinta y sexta líneas de la inscripción se detienen ahora en la construcción de un nuevo templo “a fundamentis”. Se ensalza la obra como de gran envergadura y se invita a los visitantes a admirar sus cualidades. Esta empresa habría sido acometida por Genadio después de haber sido nombrado obispo de Astorga. Este último dato no permite hacer muchas precisiones cronológicas, pues los biógrafos de Genadio no coinciden en la fijación temporal de su pontificado efectivo.
Para Artemio Martínez Tejera, su primera aparición documental como obispo data del 15 de febrero del año 911, firmando en León, junto con Atila y Cixila una donación del rey leonés García I al monasterio de San Isidoro de Dueñas, mientras que la última efectiva tendrá lugar el 24 de octubre del año 919, tal y como se recoge en el epígrafe de consagración de la iglesia de San Pedro de Montes. En opinión de este autor, esta celebración litúrgica debió ser una de las últimas actuaciones de Genadio al frente de la diócesis de Astorga, sede que abandonaría definitivamente antes del 25 de mayo del año 920 y “con total seguridad” antes del 1 de octubre del mismo año. Posteriormente, abandonó sus responsabilidades y se retiró a practicar la vida eremítica al Valle del Silencio. Para otros autores el ascenso de Genadio a la silla episcopal de Astorga se habría producido en torno a los años 908-909.
Nuevamente, el contenido de esta parte del relato del epígrafe se aproxima a lo conocido a través del “Testamento” de Genadio: “me colocaron en la silla episcopal, donde estuve muchos años, más por obediencia al príncipe que por propia voluntad, si bien ni aun casi corporalmente vivía allí. Poniendo toda mi solicitud y fuerzas en el dicho desierto, amplié con nuevos edificios la iglesia de San Pedro, que poco antes había restaurado, y como mejor pude la mejoré”.
Las reiteradas similitudes entre el “Testamento” y el epígrafe plantean el problema de si uno de ellos pudo de haber servido de modelo al otro, o bien ambos testimonios bebieron de una fuente común desconocida. Pero poder resolver esta cuestión sería necesario primero fijar con precisión la cronología de Genadio y la de la elaboración del documento mencionado.
En ambos textos es a Genadio a quien se atribuye específicamente la construcción de la nueva iglesia, aunque en el “Testamento” se habla de “ampliación con nuevos edificios”. Su condición de obispo implica la inclusión del monasterio de Montes en las estructuras administrativas de la diócesis, pero también de alguna manera en la organización política del reino asturleonés, pues no olvidemos que los reyes tenían una gran influencia en los nombramientos de los prelados. De ello tenemos abundantes ejemplos. En la época de Alfonso III, además de Genadio, se pueden citar a Froilán (León) y Atilano (Zamora), también promovidos a la silla episcopal a iniciativa del monarca.
La expresión “a fundamentis” aplicada a la erección de la nueva iglesia, esto es, desde los cimientos, tiene un claro sentido simbólico y litúrgico. Se quiere remarcar la construcción de un nuevo edificio y vendría a justificar la posterior consagración solemne del templo, ya que si se hubiera tratado de la simple reforma, ampliación o reparación de una iglesia anterior no sería procedente celebrar el rito de la consagración, pues ésta ya habría sido consagrada con anterioridad.
Nuestro epígrafe introduce a continuación una valoración estética sobre la calidad de la nueva construcción: “mirifice ut cernitur”. El comentario recuerda la descripción de la iglesia de San Tirso de Oviedo que introduce el autor de la versión “Ad Sebastian”de la Crónica de Alfonso III: “obra cuya belleza más puede admirar quien esté presente que alabarla un cronista erudito”. Para Víctor Nieto Alcaide este tipo de alabanzas contrasta con la interpretación, generalmente admitida, de la valoración exclusivamente simbólica y religiosa que se ha supuesto en los hombres de la Edad Media con respecto a las obras de arte.

6. Consagración de la iglesia por cuatro obispos el 24 de octubre de 919.
“Consecratum est hoc templvm ab episcopis IIIIor, Gennadio astoricense, Sabarico dvmiense, Frvnimio legionense, et Dvlcidio salamanticense, svb era nobies centena decies qvina terna et qvaterna VIIIIo kalendarurum nobembrvm”.

Esta es la parte de la inscripción que da sentido a todo el discurso anterior, pues su verdadera naturaleza es narrar la historia de las fundaciones y restauraciones de San Pedro de Montes, para consignar, por último, la consagración solemne de la iglesia monástica. Por ello, es la parte más extensa, desarrollándose en las tres últimas líneas.
En el texto encontramos los elementos principales que identifican en época altomedieval una “consecratio”: aparición del verbo "consecrare", advocación o advocaciones del templo, mención del obispo u obispos oficiantes con la indicación de las diócesis que rigen y, por último, datación con el día, mes y año en que se lleva a cabo.
Artemio Martínez Tejera propuso la denominación de “monumenta consecrationis” para definir aquellas inscripciones que incluyen no sólo los rasgos propios de las “consecrationes”, sino también de las denominadas “monumenta”, que recogen la construcción, reedificación o reforma de un edificio o de alguna de sus dependencias, generalmente de un edificio cultual.
Para Vicente García Lobo se trataría de “monumenta aedificationis”, pues con motivo de un acto solemne (dedicación, consagración, restauración, etc.) se da cuenta de una serie de hitos o momentos en la historia del edificio o la institución. Posteriormente, junto con Mª Encarnación Martín López, ha propuesto una clasificación más específica de los “monumenta”, con las subcategorías de “ampliationis”, “dotationis”, “fundationis” y “restaurationis”.
Respecto a la fecha consignada y los obispos consagrantes también se pueden hacer algunas observaciones. Los primeros editores de la inscripción erraron en la fecha y arrastraron a otros autores en su lectura. Tanto Morales como Yepes dan una cronología más temprana (Era 944, año 906), basada en una mala interpretación de la forma de consignar la data.
Como ocurre con otros epígrafes altomedievales la fecha se enmascara baja una fórmula retórica que puede confundir al lector contemporáneo. Gómez-Moreno proporcionó las claves para su correcta lectura: “sub era nobies centena, decies quina, terna, et quaterna”, esto es, en la era nueve veces ciento, diez veces cinco, más tres y cuatro, era CMLVII, año 919.
La consagración tuvo lugar en domingo, como era tradición en las iglesias hispanas altomedievales y se prescribía en los concilios. El primer oficiante es el propio obispo de Astorga Genadio, a cuya diócesis pertenecían los territorios del Bierzo. Los otros tres obispos citados (Mondoñedo, León y Salamanca) se acomodan con la permanencia en sus sedes en la fecha consignada (el 24 de octubre de año 919).
El orden en el que aparecen estos prelados no es casual, se corresponde con la antigüedad en el disfrute de su diócesis, lo cual es un elemento que confirma la observancia de las tradiciones de la Iglesia hispana y la precisión de la información contenida en la lápida sobre esta cuestión. Genadio conserva la primacía como obispo titular de la diócesis en la que encontraba el monasterio. Le siguen Sabarico (900-922), Frunimio (915-928) y Dulcido (916-920). Este estricto orden protocolario ya aparece documentado, según Manuel Carriedo Tejedo, en los siete obispos consagrantes de la iglesia de San Salvador de Valdediós en el año 893.
Respecto a la cronología parece claro que debe situarse en el siglo X y descartar, por tanto, las dataciones que la llevan al siglo XI o incluso al siglo XII. En los aspectos formales, la grafía utilizada y sus concordancias gramaticales con otras inscripciones similares indican que su confección es contemporánea de la propia consagración, o hecha poco tiempo después.
Sobre esta cuestión Gómez-Moreno defiende que “debió esculpirse a raíz de la consagración susodicha, que principalmente conmemora”. Sin embargo, algunos autores consideran el epígrafe bastante más tardío. Flórez es el primer autor que duda de su antigüedad, pues dice que “este monumento, aunque no sea del tiempo de San Genadio, fue puesto en su monasterio por memorias propias de la Casa, y como útil para algunas materias le reproducimos”. En la misma línea se manifiestan Justo Pérez de Urbel y Augusto Quintana Prieto, para quienes la lápida fue erigida bastantes años después.
Se podrían hacer algunas matizaciones en función del contenido y el tratamiento de los personajes citados en texto. Varias razones llevan a pensar que la inscripción fue confeccionada en vida de Genadio.
Por una parte, hay que señalar que la inscripción quiere resaltar la impronta dejada por tres personajes clave en la historia del monasterio: Fructuoso, Valerio y Genadio. Fructuoso es calificado de “insigne meritis Beatus Fructuosus”, mientras que Valerio es presentado como “non inpar meritis Valerius sanctus”. Sin embargo, al mencionar a Genadio este carece de epítetos laudatorios y se consigna únicamente su condición de “presbítero” y, posteriormente, de “obispo”.
A pesar de ello, Genadio es, sin duda, el gran protagonista del epígrafe, pues se le menciona repetidamente y se destaca su labor como restaurador del monasterio, constructor de la nueva iglesia y principal obispo consagrante. Con anterioridad, en 913, este mismo obispo ya había consagrado el templo de San Miguel de Escalada, y su nombre había quedado recogido en un epígrafe muy similar en sus características y contenidos.
Resulta difícil de asumir que una inscripción elaborada con cierta distancia cronológica por la comunidad de San Pedro de Montes no utilizara otros calificativos para referirse a un personaje tan querido para el monasterio. Esta circunstancia solamente puede explicarse porque Genadio aún vivía en ese momento y su participación directa o indirecta en la elaboración del monumento epigráfico haría improcedente el empleo de tratamientos laudatorios.
Sabemos, además, que muy poco después de la muerte de Genadio, los documentos que hablan de él ya tienen una especial consideración hacia su persona, e incluso apuntan algún tipo de devoción o culto. Su última aparición en los diplomas es en 935, cuando recibe de Ramiro II el monasterio de San Pedro de Forcellas para su restauración.
Muy poco después, en una donación al monasterio de Santiago de Peñalba, en 937, el nuevo obispo de Astorga, Salomón, se refiere a él como “in Christo pater meus beatae memoriae dominus Jennadius”. En 960 el obispo Odoario recuerda a “nuestros antecesores de divina memoria, don Genadio, obispo por la gracia de Dios y don Fortis, obispo por la gracia de Dios”. En un documento de San Pedro de Montes de 1081, se dice que el monasterio “constructum est permanedum a sanctis Patribus Fructuosis, Gennadius et Valerius”.
Por tanto, un arco temporal delimitado entre la fecha de consagración del templo, el 24 de octubre de 919, y la primera constatación feaciente de la desaparición de Genadio, el 9 de febrero de 937, sería el más apropiado para situar la elaboración de nuestro epígrafe.

Conclusiones

El epígrafe de consagración de la iglesia del monasterio de San Pedro de Montes plantea interesantes reflexiones sobre las fuentes literarias utilizadas en su confección, así como sobre sus fundamentos ideológicos y políticos.
Para reconstruir el pasado visigodo del monasterio, los artífices del texto se basaron principalmente en la “Vita Fructouosi” y en los escritos autobiográficos de Valerio del Bierzo. Estos relatos eran conocidos por los monjes repobladores de San Pedro de Montes, antes incluso de su llegada a tierras bercianas.
Los detalles sobre la restauración y edificación del cenobio por San Genadio son en gran parte coincidentes con el documento conocido como “Testamento” del santo obispo de Astorga. Esta circunstancia nos lleva a plantear las relaciones entre ambos textos, la fijación de los años del pontificado de Genadio en Astorga y la posible fecha de elaboración de la lápida
Del análisis formal del epígrafe, y de su propio contenido, se deduce que es debe datarse, como ya hizo Gómez-Moreno, en el siglo X y, probablemente, en fechas próximas al acto central que se pretende destacar: la consagración solemne del templo por cuatro obispos el 24 de octubre de 919. En cualquier caso, la forma de presentar y calificar a Genadio, sin ningún tipo de epíteto laudatorio, apunta a que este aún vivía en el momento en el que se erigió este importante monumento epigráfico.
La restauración de San Pedro de Montes formó parte de todo un programa ideológico y político promovido por la monarquía en el contexto del llamado “neogoticismo” del reino asturleonés. Esta circunstancia es común a la fundación y restauración de otras iglesias y monasterios, y explica las similitudes formales de lápida de Montes con otros epígrafes equiparables, como los de San Miguel de Escalda, San Martín de Castañeda o San Salvador de Tábara.

Portada sur de la iglesia conventual
La lápìda empotrada en el contrafuerte
Detalle de la inscripción
Dibujo de la inscripción de San Pedro de Montes según Benjamín Martínez