lunes, 7 de octubre de 2013

Cercas, puertas, iglesias y conventos - El monasterio de Santa Clara de Benavente y la muralla de Benavente

El monasterio de Santa Clara de Benavente fue  fundado bajo la protección del rey Alfonso X, en torno al año 1271, en un lugar aún no identificado con precisión a las afueras de la ciudad. En este mismo año una bula de Gregorio X concedía protección a las religiosas y les confirmaba en las posesión de todos sus bienes.
Según quedó registrado en el Libro Becerro su archivo, como consecuencia del asedio angloportugués de 1387 el convento fue mandado derribar por Juan I para la mejor defensa de la villa, y se acometió poco después la construcción de un nuevo edificio dentro ya de los muros de la villa. El emplazamiento elegido fue la Calle Mayor (actual calle Santa Clara), junto a la Puerta de la Puente, utilizando como iglesia conventual la antigua parroquia de San Salvador, una de las más antiguas de la villa.
Archivo Municipal de Benavente, leg. 123,31
En 1392 tenemos noticias de las obras y de la adquisición de casas y solares pertenecientes a la parroquia de San Miguel. El rey Enrique III concedió diversas mercedes para la financiación del nuevo monasterio. El responsable de este proyecto fue Diego Alfonso, “tendero y diputado por el Rey para hazer y correr con dicha fábrica”. Mientras duraron las obras la comunidad se alojó temporalmente en unas casas de la calle de la Rúa, como consta por un capítulo celebrado en 1397.
A principios del siglo XV los trabajos debían de estar finalizados, pues en 1404 la abadesa firmó un convenio con Pedro Vélez, carpintero vecino de Benavente, para trasladar la piedra, maderas y demás materiales del convento antiguo que estaba arruinado fuera de la villa, “al nuevo que existe dentro de los muros de ella”.
Tal y como ocurría con otros monasterios benaventanos como los de San Francisco o San Bernardo, los límites del convento de clarisas coincidían en gran medida con la propia muralla de la villa. Este documento es una buena prueba de ello. El acuerdo establecido entre el cenobio y el conde Rodrigo supone la cesión del terreno situado entre la muralla y el convento, ocupado al parecer por una calle de ronda. A pesar de ser el propio conde quien realiza la concesión todo apunta a que los terrenos son de propiedad concejil, por ello se nombra a dos regidores para que realicen las labores de medición y deslinde del suelo que se les va a dar, tapiando de un lado y otro de dicha ronda. Todo ello con la condición de que en tiempo de necesidad el monasterio deje paso libre para que se puedan desarrollar las lógicas tareas de vigilancia. Por último se autoriza a las monjas que puedan edificar en este terreno, siempre y cuando no causen perjuicios a la cerca.
El origen de la muralla de Benavente se remonta, probablemente, a finales del siglo XII o principios del siglo XIII, durante la época de la repoblación de la ciudad por Fernando II y Alfonso IX. El recinto contaba con seis puertas principales de acceso: la mencionada Puerta de la Puente, y las de San Andrés, Santa Cruz, Santo Sepulcro, San Antón y la Puerta del Río. Un segundo recinto fortificado englobaba la fortaleza o castillo, teniendo como acceso principal la Puerta de Santiago.

Restos del muro perimetral del monasterio de Santa Clara
La transcripción completa del mencionado documento es la siguiente:

1541, mayo, 27.

El conde de Benavente, don Rodrigo, dona al monasterio de Santa Clara el terreno que hay entre el convento y la cerca de la villa. Para ello encarga al regimiento de la villa que señalen la parte que se les va a dar, con la condición de que en época de necesidad dejen paso libre para poder rondar.

AMB, leg. 123,31. Papel.
Archivo Municipal de Benavente, leg. 123-31.

Justiçia y rregidores y procurador de esta villa de Benavente por parte de la debota abadesa y monjas y convento de Santa Clara de esta dicha villa. Se me a pedido que les mandase dar todo lo que ay desde su casa y lineada fasta la çerca de esta villa, con que tapien de la una parte de la calle, y de la otra, para el serviçio de la dicha su casa.
Y visto la necesydad que ay para el serviçio y adeçentamiento del dicho monesterio, y el poco perjuçio que se haze en mandarles dar dicha parte de rronda. Yo vos mando que juntos, en vuestro regimiento, nombreys dos regidores para que señalen el lugar y parte que se les a de dar como dicho es, con tal que en el acuerdo, que se contiene en el libro del regimiento, se diga que para en tiempo de necesydad ser obligado el dicho monasterio a dexar ronda desde su casa hasta la çerca por donde puedan rondar. Y que sy las dichas monjas quisieren hedeficar sobre la parte de la çerca que yo les mando dar, que lo puedan hazer sin que ... perjuiçio a la dicha çerca.
Fecha en Benavente a veynte y syete de mayo de mill e quinientos e quarenta e un años. Por mandado del conde mi señor. Alonso Pérez.

jueves, 18 de abril de 2013

Porque la villa sea mayor, e mejor, e más poblada - La Feria de Benavente de 1254

Chronica Minora
Varios fueron los factores que favorecieron el desarrollo en Benavente de una floreciente actividad artesanal y comercial desde la época misma de la repoblación de la villa, durante los reinados de Fernando II y Alfonso IX. Por una parte la considerable extensión de su alfoz concejil, que incluía un vasto territorio de gran diversidad geográfica y económica. Sus límites abarcaban buena parte del norte de la actual provincia de Zamora, desde las estepas cerealistas de Tierra de Campos hasta las zonas montañosas de la Carballeda, de vocación preferentemente ganadera. La villa principal se convirtió así, además de en centro de poder político, en un referente económico para los habitantes de las aldeas, donde acudían a proveerse de bienes y servicios. Por otra parte, su estratégica situación en un nudo importante de comunicaciones, lugar de paso obligado y punto de encuentro de los más variados flujos mercantiles del reino de León.
Alfonso X según miniatura del Tumbo A de la Catedral de Santiago
Ya desde 1221 hay constancia del establecimiento de una feria en el puente de Castrogonzalo por Alfonso IX, relacionada sin duda con el movimiento de población en torno a este paso del Esla y la protección ofrecida por su castillo. En 1228 se menciona la iglesia de Santa María del Azogue de Benavente, lugar donde presumiblemente se celebraría el mercado diario. Respecto al mercado semanal, celebrado tradicionalmente los jueves junto a las iglesias de San Juan y San Nicolás, la primera mención data de 1270, año en que se menciona "la calleya que va de la carnicería pora el mercado" en un documento del monasterio de Moreruela, aunque su origen debe ser bastante anterior.
Con estos antecedentes, la concesión de una feria franca por Alfonso X en 1254 vino a culminar este proceso, convirtiéndose en un estímulo más para el desarrollo social y económico del concejo. El pergamino original se conserva en el Archivo Municipal. Según su tenor la voluntad del rey era favorecer a los vecinos: "esto fago por saber que he de les fazer bien e merçet, e porque la villa sea mayor, e mejor, e más poblada". La celebración tendría lugar tres semanas después de la Pascua de Resurrección y su duración sería de quince días. El texto se completa con la concesión de las habituales franquezas y libertades a los concurrentes a la villa en estas fechas.
Alfonso X fue un monarca muy preocupado por gestionar adecuadamente el importante crecimiento económico de su época y organizar el espacio mercantil dentro de las fronteras de su reino. Una línea significativa de esta innovadora política económica consistió en dotar a los centros urbanos de los adecuados instrumentos para el trato y el negocio. A partir de los años sesenta del siglo XIII son numerosas las concesiones de ferias a diversas villas, pero siempre bajo una concepción general ordenadora y jerarquizadora. Como señala Miguel Ángel Ladero Quesada, había a mediados del siglo XIII en torno a una docena de ferias, a las que se añadieron no menos de 25 ferias nuevas en tiempos de Alfonso X. En la Cuenca del Duero impulsó las de Valladolid, confirmadas en 1263, como ferias principales, y posiblemente hizo surgir las de Alba de Tormes, Benavente, León y Salamanca para completar así las otras ferias comarcales y regionales ya existentes.
La concesión de una feria o mercado a un lugar de realengo era una prerrogativa exclusiva de la Corona, así como el fijar las franquezas y libertades para su favorable desarrollo. Otra cosa es que el rey pudiera, en el uso de sus atribuciones, ceder total o parcialmente los derechos e ingresos inherentes a la celebración de la feria a instituciones o particulares. Sobre todo ello el propio Alfonso X estableció algunas consideraciones generales en Las Partidas:

"Ferias et mercados en que usan los homes á facer vendidas, et compras et camios non las deben facer en otros logares sinon en aquellos en que antiguamiente las costumbraron á facer, fueras ende si el rey otorgase por su previllejo poder á algunos logares de nuevo que las ficiesen. Et aun decimos que en estas ferias atales que son fechas nuevamiente, que non deben facer los señores del logar do se facen las ferias premia ninguna á los mercadores que á ellas venieren, demandándoles algunt tributo de las cosas que troxieren por razon de la feria nin de otra guisa, sinon aquellas que les otorga el previllejo por que les fue otorgada la feria. Et maguer hobiesen á dar algunt debdo conoscido, que fue de ante fecho que la feria fuese establescida, al señor de aquel logar ó á otro qualquier de los moradores en él, non los deben traer á juicio sobre ello, nin preyndarles nin tomarles ninguna de sus cosas en quanto la feria durare. Pero los pleytos et los debdos que los mercadores fecieren después que venieren á las ferias nuevas et á las otras viejas, ó los que hobieren fecho á otra parte et que prometieron de complir ó de pagar en ellas, tenudos son de los complir; et si non quisieren, puédenlos apremiar los alcalles o los mayorales de la feria que los cumplan. Otrosí decimos que si algunt home o concejo hobiere previllejo que pueda facer feria de nuevo, asi como sobredicho es, et después que lo hobiere pasaren diez años que non use dél, que de alli adelante nol debe valer". (Partida V, tit. VII, ley III)
Escena cotidiana de una tienda en las Cantigas de Santa María (Códice del Escorial)
Muy pocos datos tenemos sobre esta feria de primavera de Benavente. Sabemos que la feria del puente de Castrogonzalo de tiempo de Alfonso IX tenía lugar en torno a la festividad de Santa Marina (18 de julio). En el caso de Benavente al relacionarse la feria con la Pascua de Resurrección no tenía un fecha concreta, sino que dependía del la movilidad de la misma.
En el Primer Concilio de Nicea (año 325) se estableció la fecha de la Pascua como el primer domingo después de la luna llena tras el equinoccio de primavera en el hemisferio norte. Esta fiesta es también conocida como Pascua Florida, Domingo de Pascua, Domingo de Resurrección o Domingo de Gloria. Marca el final de la Semana Santa pues conmemora la resurrección de Cristo al tercer día después de haber sido crucificado. El Tiempo Pascual tiene una duración de cincuenta días, que termina con el Domingo de Pentecostés.
La comunidad de comerciantes en la villa de Benavente debía ser importante e influyente a mediados del siglo XIII. Varios indicios apuntan en esta dirección. En 1256 consiguieron un privilegio de Alfonso X por el que se eximía a los mercaderes y demás vecinos de la villa de Benavente de pagar repartimiento alguno que se les echase para el servicio de los reyes, por estar muy deteriorada con las guerras y daños que había padecido en tiempos del rey don Fernando, su padre, contra los enemigos de la corona.
La creación de esta feria de Benavente debió producir algunos desajustes en los ciclos feriales de la región. La elección de las fechas en cada una de las ciudades nunca era era arbitraría, obedecía a un plan preestablecido, evitando las coincidencias en el calendario. En 1273 la feria de Pascua de Pentecostés de Salamanca se trasladó al primer domingo de Cuaresma para no coincidir con la de Benavente. La concesión fue también obra de Alfonso X, parece ser que con los buenos oficios del juez salmantino don Giral. Al menos, con este nombre de "Feria de don Giral" fue conocida la feria salmantina durante mucho tiempo.
Sin embargo esta feria de Benavente no llegará a cuajar como una de las citas mercantiles principales del reino en la Baja Edad Media, pues no vuelve a mencionarse en las fuentes. Fue tal vez eclipsada por otras convocatorias de mayor progresión espacial y temporal como las de Medina del Campo y Villalón. Alusiones genéricas a las ferias benaventanas aparecen en los aranceles del portazgo, en el siglo XV, ya con la villa bajo el señorío de los Condes de Benavente. En esta época  se desarrollaban dos ciclos feriales: uno en mayo y otro en noviembre.

Privilegio de Alfonso X por el que concede la feria anual a la villa Benavente [1254]

1254, agosto, 22. Murcia.

Carta abierta de Alfonso X concediendo al Concejo de Benavente la facultad de que hagan feria una vez al año, tres semanas después de la Pascua de Resurrección durante quince días.

Pergamino original. 150 x 170 mm.
Archivo Municipal de Benavente, leg. 1-3.

Connoçuda cosa sea a todos quantos esta carta vieren como yo don Alffonso por la gracia de Dios rey de Castilla, de Toledo, de León, de Gallizia, de Sevilla, de Cordova, de Murcia e de Jahen. Otorgo al concejo de Benavente que fagan feria una vegada en el anno (y en la) villa, tres semanas despues de la pascua de resurrecion e que dure la feria quinze dias.
Et mando que todos aquellos que hy venir quisieren que vengan, salvos e seguros por todo mio regno e por todo mio sennorio con todas sus cosas (dando todos) sus derechos o les (ovieron a dar) e non sacando cosas vedadas del regno. Et mando (que ninguno non ) sea osado de les fazer fuerça nin tuerto, ca el que (lo fiziese avria la mi yra e devria pechar mia en coto quinientos) maravedies e a ellos todo el danno doblado.
Et esto fago por saber que he de les fazer bien e mercet e por que la villa sea mayor e mejor e mas poblada.
Dada en Murcia por mandado del rey XXII dias andados de agosto. Fernando Iohannes la escrivio por mandado del arçediano Suero Perez en era de mill duzientos noventa e dos annos.

jueves, 11 de abril de 2013

Casas de morada - Una ordenanza benaventana del siglo XVII sobre los desahucios

En el Benavente de los siglos XVI y XVII un buen número de casas y otros bienes inmuebles urbanos estaban arrendados o aforados. Las instituciones religiosas: monasterios, iglesias, hospitales, cofradías, etc., así como el propio concejo y el conde, eran los principales propietarios de suelo urbano. Lo mismo se puede afirmar de un porcentaje importante de las tierras, prados y explotaciones agrícolas del término municipal.
Las casas de morada benaventanas más comunes presentaban una variedad de calidades y constaban de un conjunto de edificaciones y dependencias anexas, todas ellas relacionadas con el almacenaje y transformación de los productos agrarios. Es de notar que en el interior del recinto murado, e incluso en las calles y plazas más céntricas y, por tanto, más densamente pobladas, encontramos viviendas acompañadas por corrales, hornos, lagares, silos, bodegas, etc.

Casa del siglo XVI en la Calle de la Viga 
En las colaciones de San Miguel, San Andrés y Renueva, de mayor vocación agropecuaria, eran frecuentes, las casas con corrales y huertos tapiados. La casa que compran en 1450 Pedro de Toral, pelletero, y Aldonza Fernández, su mujer, en la colación de San Andrés comprende las casas con sus huertos, corrales, baños y pelambres. Una vivienda aforada en 1577 por Alonso de Rojas en la calle de la Cárcel constaba de "unas casas con sus bodegas, corral y puerta de atrás que sale al Barrero". Las casas que fueron de Francisco de Benavente, en la Rúa y colación de San Nicolás, constaban en 1563 de "casas con su cueva, cubas y silera". En 1709 el monasterio de Santa Clara afora "unas casas con su caballeriza y horno en la Parroquia de San Juan del Relox a la costanilla, como se sale de la Puerta del Mazo de Santo Domingo azia la Mota, que lindan a la plazuela de dicha puerta".
Nuestra ordenanza se ocupa de regular en la villa los desahucios, esto es de la facultad del dueño o arrendador de una vivienda o explotación agraria de despedir al inquilino o arrendatario mediante una acción legal. La norma va dirigida específicamente a casas, lagares, cuevas, viñas, tierras de pan llevar, melonares, garbanzales y huertas.
Distingue aquí el legislador dos tipos de desahucios: las casas, cuevas y lagares deben de abandonarse quince días antes y quince días después de Navidad, mientras que las tierras de pan llevar, melonares, garbanzales, viñas y huertas deben rescindir los arrendamientos durante el mes de febrero. Si no se observan estos periodos, los dueños de estos bienes deben esperar al año siguiente para hacer efectivo el desahucio, manteniendo la renta y las condiciones como hasta entonces.
Una vez que se había rescindido el arrendamiento, si el propietario deseaba volver a arrendar el inmueble, el antiguo arrendatario tenía preferencia para tomar dicha renta en las nuevas condiciones. El plazo para aceptar o rechazar estas condiciones es de quince días.
La medida supone una garantía para ambas partes. Para el arrendatario le asegura una cierta estabilidad, al menos de un año, en el disfrute del inmueble. Por parte del arrendador, el concejo vigila por el cumplimiento de los contratos y, en el caso de las explotaciones agrícolas, le permite hacerse una composición de lugar de cara a la próxima cosecha.
Detalle de la puerta de la casa del siglo XVI en la Calle de la Viga


"Ordenanza de los desahucios de las casas y otros muebles bienes raíces"

“Iten, ordenaron y mandaron que todas las cassas, lagares y cuebas, viñas y tierras de pan llebar, melonares y garbançales y guertas que se arrendaren en esta villa y lugares de su jurisdiçion, tengan obligaçion a desaunçiarse y dimitirse, ansi por los dueños que las tales heredades arrendaren, como por las personas que las tomaren en arrendamiento en esta manera: las cassas, cuebas y lagares quince dias antes y despues del dia de Navidad de cada un año, y las tierras de pan llebar, melonares, garbançales, viñas y guertas, en todo el mes de febrero de cada un año, antes si quisieren qualquiera de las dichas partes, para que desde entonces en adelante los dueños de las tales heredades puedan disponer de ellas a su voluntad, [so] pena que no lo cumpliendo ansi pase a otro año adelante en el dicho arrendamiento en la forma y por la cantidad en que las dichas heredades anduvieren arrendadas.
Iten, que quando el dicho desauçio se hiçiere de qualquiera de las dichas heredades por sus dueños, para volverlas a arrendar a otras personas, las puedan volver a tomar en el dicho arrendamiento, por el tanto de la cantidad en que nuebamente se arrendaren por las personas que de antes las traian arrendadas, y esten obligados a passar por ello y no lo contradeçir los tales dueños, con que las personas que antes las traian tengan obligaçion de responder si las quieren o no por el tanto dentro de los dichos quinçe dias antes o despues de los de suso señalados, porque cada uno busque su commodidad, [so] pena que, de no lo hacer ansi passados, no tenga derecho a poderse quedar por mas ni por el tanto en ellas”.

jueves, 28 de febrero de 2013

Un balcón sobre el Esla - Breve historia de la Villa de Castrogonzalo


Los valles de los ríos Esla y Cea fueron desde los tiempos más remotos objeto de un  poblamiento continuado que se tradujo en el desarrollo de una gran diversidad de culturas. Existen multitud de yacimientos arqueológicos en la comarca que ponen de manifiesto la importancia y variedad de los pueblos que se asentaron en el territorio aprovechando las favorables condiciones físicas. En este sentido, es conocido que los cerros o tesos formados como consecuencia de la acción de la erosión fluvial sobre las plataformas sedimentarias del Terciario dieron lugar a su aprovechamiento humano desde la antigüedad, con la aparición de poblados fortificados conocidos entre los historiadores con el nombre genérico de castros.
Panorámica de Castrogonzalo en 1990
La mayor parte de estos asentamientos disponían, por sus características físicas, de buenas defensas naturales y estaban habitualmente próximos a los ríos, con un claro interés estratégico y defensivo. En este sector medio del valle del Esla han sido objeto de la atención de los especialistas yacimientos tan importantes como los de Benavente, situado en la parte alta de la ciudad, en los llamados Cuestos de la Estación; en Castropepe, Barcial del Barco y Bretó, junto al río Esla; y en la Dehesa de Morales de las Cuevas (Fuentes de Ropel). En el caso de Castrogonzalo, el asentamiento se localiza en la parte superior del cerro de El Castillo o El Gurugú, donde se han recogido fundamentalmente materiales cerámicos correspondientes a la Edad del Hierro, aunque con evidencias de reocupaciones posteriores de época medieval. En cualquier caso, el poblado, de considerables dimensiones, debía estar defendido naturalmente por su parte occidental por el brusco talud que se abre sobre el río, mientras que el resto de los sectores, con una pendiente mucho más suave, obligaría a crear defensas terreras artificiales. El río Esla fue, además, el límite divisorio tradicional entre los dos grandes pueblos indígenas asentados en la comarca, los astures al occidente y los vaceos al oriente.
La romanización también afectó profundamente a la comarca, especialmente en aquellos núcleos de población relacionados con la Vía de la Plata, que unía Emerita Augusta (Mérida) con Asturica Augusta (Astorga). Mucho se ha escrito sobre el posible trazado de la calzada romana a su paso por nuestra región, así como sobre la ubicación de la mansión o ciudad de Brigaecium o Brigecio. A pesar de la identificación que se ha hecho tradicionalmente entre Brigaecium y Benavente, ningún yacimiento romano significativo en esta ciudad ha podido arropar tal hipótesis. Por el contrario, existen bastantes opiniones autorizadas que sitúan esta ciudad romana en el importante yacimiento de Morales de las Cuevas, en el término municipal de Fuentes de Ropel. Los materiales arqueológicos localizados en este lugar, por su cantidad y su calidad, indican que se trató de una población de cierta entidad, con un período de ocupación muy amplio que abarca desde la Prehistoria hasta la Edad Media. Por su parte, en el término actual de Castrogonzalo hay también constancia de ocupación correspondiente a época romana. Concretamente en los pagos de Los Cenizales y Los Paradores. Aunque muy probablemente también deben estar relacionados de una forma u otra con el yacimiento de Morales. En Los Paradores, además, la excavación arqueológica del yacimiento con ocasión de las obras de construcción de la autovía Madrid-Coruña, puso de manifiesto un asentamiento prehistórico anterior, del período Calcolítico.
Al margen de anteriores ocupaciones correspondientes a la Prehistoria y la Romanización, el origen del actual núcleo de población de Castrogonzalo remite al proceso de colonización altomedieval, concretamente a finales del siglo IX y principios del siglo X. Tras la victoria cristiana de la batalla de Polvoraria o Polvorosa (878), junto al río Órbigo, una vez alcanzada y consolidada la línea fronteriza del río Duero, la monarquía asturleonesa emprende una ambiciosa empresa de repoblación y puesta en cultivo del espacio, con la participación tanto de la iniciativa pública como privada.
Es en este momento cuando en varios diplomas leoneses comenzamos a encontrar menciones a Castrum Gundisalvo Iben Muza. Esta denominación parece indicar que la repoblación de este lugar se realizó con la participación de algún contingente de población mozárabe, bajo la supervisión o dirección de un tal Gonzalo, hijo de Muza, del que apenas conocemos otros pormenores, pero que debió desempeñar algún tipo de función política o militar. Los nuevos pobladores y sus descendientes se asentaron en torno al antiguo castro prehistórico, tal vez reaprovechando la infraestructura defensiva de épocas pretéritas. De esta forma, el nuevo castro pasó a ser el centro de un territorio, en el que existirían varias aldeas o núcleos de población menores dependientes. Así pues, en el nuevo asentamiento se conciliaba una doble función defensiva y política, uniéndose de esta manera a otro conjunto de emplazamientos de similar denominación y características (Castropepe, Castrotorafe, Castrofroila, etc.) que formaban la red defensiva y administrativa del territorio.
A partir de la segunda mitad del siglo XII Castrogonzalo se vincula al concejo de Benavente, pues su territorio queda englobado dentro del alfoz concejil, formando parte de la denominada Merindad de Allende el Río. No obstante, la existencia de un castillo o enclave fortificado hizo que mantuviera en el aspecto militar una cierta independencia, pues la figura de su tenente se menciona en los documentos como una responsabilidad destacada en el organigrama del reino leonés.
La separación política de León y Castilla a la muerte de Alfonso VII en 1157, hizo que las plazas militares más o menos próximas a la difusa línea fronteriza entre ambos reinos adquirieran un gran interés para ambas monarquías. De esta forma Castrogonzalo se vio involucrado directamente en los enfrentamientos derivados de la guerra entre Alfonso IX de León y Alfonso VIII de Castilla. Igualmente su castillo pasó a ser moneda de cambio en los tratados de paz y en las negociaciones políticas. Es el caso de la carta de arras de la reina Berenguela, esposa de Alfonso IX e hija del rey castellano, en la que se entregaban 30 castillos en 1199, entre ellos el de Castrogonzalo.
La historia de la localidad en los siglos XIII, XIV y XV está marcada por el papel desempeñado por el puente sobre el río Esla. Durante el siglo XIII Alfonso IX ofreció una especial protección a este paso estratégico del Esla, llegando incluso a otorgar una feria franca en el año 1222, coincidiendo con la festividad de Santa Marina. Posteriormente el puente pasó a  incorporarse a los bienes de propios del concejo de Benavente, que tuvo que ocuparse con frecuencia de su reconstrucción, reparación o restauración.
Tras la llegada de los Pimentel, de origen portugués, al señorío de la villa de Benavente en 1398, Castrogonzalo pasó a convertirse en un enclave destacado del condado, tal y como se pone de manifiesto en los libros de contaduría de la familia. Precisamente en uno de ellos, correspondiente al VI conde, Antonio Pimentel, hay una anotación posterior que da cuenta de la adquisición por nuestra localidad del título de villa en el año 1781, según real célula, con el consentimiento de los condes de Benavente, celosos de que tal dignidad no supusiera una merma en sus derechos o rentas.
Los acontecimientos relacionados con la Guerra de la Independencia son, sin duda, otro de los momentos culminantes en la dilatada historia de Castrogonzalo. El paso del ejército francés por la localidad provocó un grave deterioro en su patrimonio histórico-artístico. Las dos iglesias del pueblo fueron prácticamente saqueadas y afectadas gravemente en su estructura. Se produjo también el allanamiento de varias casas y el puente sobre el Esla fue, en parte,  destruido; si bien esta última acción no es achacable a las tropas francesas, sino a las inglesas que intentaban frenar el avance de Napoleón. El momento álgido de estos acontecimientos tuvo lugar a finales de diciembre de 1808 con la llegada del propio Emperador, que pasó al menos una noche en el pueblo.
El 30 de diciembre de 1808 se produjo un choque violento de caballería en el prado de Santa Marina, entre la vanguardia del ejército de Napoleón y la retaguardia inglesa. Los ingleses habían volado el día anterior varios ojos del puente de Castrogonzalo con la intención de evitar, o al menos dificultar el avance francés. El río Esla venía muy crecido por estas fechas, cosa muy habitual en invierno, que en esta zona llega a inundar gran parte de la vega que separa Castrogonzalo y Benavente. Pero los franceses, no sin cierta dificultad, vadearon el río y obligaron a los ingleses a retirarse momentáneamente. Pronto se produjo el encuentro de ambos contingentes. Parece ser, según los cronistas, que a pesar de la aplastante superioridad numérica francesa, los ingleses consiguieron rechazar el ataque. Los franceses en su retirada intentaron cruzar de nuevo el río, pero en la empresa murieron ahogados algunos soldados y otros fueron hechos prisioneros, entre ellos el general Lefebvre. Napoleón llegó aquella misma tarde del día 30 sobre las tres y media a Castrogonzalo, y se alojó en la casa rectoral de la parroquia de San Miguel. Esta vivienda, situada en la plaza de La Laguna, fue derribada hace algunos años debido a su estado ruinoso, pero en la memoria colectiva de los vecinos todavía está presente la estancia en la cual había dormido el Emperador.

miércoles, 16 de enero de 2013

Los Valles de Benavente y los libros


Chronica Minora

Los antecedentes más remotos de la producción libraria de los Valles de Benavente hay que buscarlos en los scriptoria, bibliotecas y archivos monásticos medievales, primeros testigos de la confección y circulación de libros en el norte zamorano. Perfectamente documentado está el scriptorium de Tábara, y otro pudo haber, aunque mucho más discutido, en el monasterio de San Miguel de Camarzana, como quería Augusto Quintana Prieto. Los excepcionales ejemplares de Beatos conservados, varios de ellos vinculados directa o indirectamente con Tábara, muestran a las claras que en este lugar existió un scriptorium de notable entidad. Con lo cual no sólo se quiere indicar que se copiaban libros para el uso interno de los monjes, sino que se convirtió en un importante centro cultural emisor de copias de códices, que abasteció a su vez a otros monasterios. Es decir, que existía un grupo de copistas e iluminadores especializados en tales funciones y que contaban con la infraestructura necesaria para tal actividad, empresa no despreciable teniendo en cuenta las grandes carencias y limitaciones de estos cenobios altomedievales.
Sea como fuere, es muy probable que la elaboración de estos códices no fuera un episodio aislado en el panorama cultural monástico del norte de Zamora. Debió existir un ambiente propicio y una tradición previa recuperada o fomentada por determinados miembros de la jerarquía eclesiástica próximos a la corte. En este sentido, no es casual que los grandes artífices de la fundación o restauración de estos y otros monasterios estén directamente vinculados con estas labores de copia y confección de manuscritos, o bien se les reconozca su particular dedicación y devoción por el mundo del libro y la cultura. Es el caso de figuras emblemáticas como las de Rosendo, Froilán, Atilano, Genadio o Sampiro. 
La Vita de San Froilán, fundador del Taborense cenovium, destaca como desde pequeño fue inclinado a la lección de libros santos y salió muy adelantado en el estudio de las letras. San Genadio igualmente fue propietario de libros, que donó a varios de los monasterios repoblados por el mismo en el Bierzo, creando de facto una biblioteca itinerante. En el testamento de San Rosendo, redactado en 886, se consigna el dato de que los libros legados al monasterio de Almerezo habían sido copiados por el propio santo y sus hermanos. Ambrosio de Morales relata que vio en la librería del monasterio de Sahagún, quemada en 1590, las obras de San Ildefonso copiadas personalmente por Atilano, cofundador del primitivo monasterio de Moreruela junto con Froilán, según se consignaba en una nota antigua al final del texto. También el obispo astorgano Sampiro, a quien Quintana Prieto hace monje de Camarzana (otros le vinculan con Tábara), fue notario regio y autor de una célebre crónica.
Contamos, no obstante, con otro tipo de manuscritos que permiten una aproximación mucho más directa al devenir histórico de los Valles de Benavente. Son los habitualmente conocidos como Libros Becerros o Tumbos, que son en realidad diplomatarios, en los que de una manera sistemática se recopilan todos aquellos documentos o pruebas de las propiedades y derechos de monasterios, iglesias o catedrales. Estos libros proporcionan habitualmente un gran repertorio de noticias de muy diverso tipo sobre un gran número de localidades de los Valles de Benavente, hasta el punto que muchos pueblos, hasta entonces totalmente ignotos, se incorporan al conocimiento histórico desde el momento en que aparecen citados en alguno de estos diplomas. Los más antiguos fueron redactados en la Plena Edad Media, otros son ya de los siglos XVI, XVII y XVIII, pero transcriben o extractan documentación anterior. La lista de códices con interés para los Valles de Benavente es realmente amplia, podríamos citar como los más emblemáticos El Tumbo de San Martín de Castañeda, El Tumbo de Nogales, El Libro Becerro del monasterio de Santa Clara de Benavente, El Libro Becerro del monasterio de San Bernardo, El Libro de Privilegios de la Orden de San Juan, El Tumbo Negro de Astorga, El Cartulario de Santa María de Carracedo, El Libro Becerro del Hospital de la Piedad de Benavente, etc.
En la misma línea, el Libro Becerro del conde don Alonso Pimentel, tercer titular de la casa, redactado entre 1446 y 1448 y el Libro Becerro de los Condes de Benavente, de 1545, correspondiente al VI conde, Antonio Pimentel, recogen con toda minuciosidad el registro de sus rentas y derechos en los territorios del condado, permitiendo certificar el despoblamiento de un buen número de aldeas y lugares en el transcurso de los cien años que median entre la confección de los dos manuscritos. En ambos casos no sólo se indica si están poblados o no. También podemos conocer cuándo fueron adquiridos o enajenados, a qué personas o instituciones, el aprovechamiento agrario que se hace de los mismos, los tipos de cultivos, etc. Incluso, el Libro Becerro del VI conde de Benavente se permite algunas disertaciones sobre la historia de estos pueblos o recoge noticias o acontecimientos de relevancia para el condado.
Entrando ya en la producción libraria impresa es preciso hacer referencia en primer lugar a las impresiones de viajeros y cronistas que recalaron en estas tierras en diferentes épocas. Aunque contamos con algunos relatos y crónicas medievales no exentas de su interés, el grueso de estas descripciones de la Villa y su tierra toma entidad a partir del siglo XVI, coincidiendo con la etapa de mayor esplendor del condado de Benavente bajo la órbita del linaje Pimentel. Es entonces cuando los testimonios adquieren una mayor elocuencia y minuciosidad. García Mercadal publicó a mediados del pasado siglo una selección de estos textos en lo referente a viajeros extranjeros. José Ignacio Martín Benito ha sacado a  luz una exhaustiva recopilación centrada en el norte de Zamora, notablemente ampliada con testimonios inéditos, que abarca también a los autores hispanos. Lugar común de estos viajeros es la descripción de la fortaleza-palacio de Benavente, para la cual ningún visitante regatea alabanzas y parabienes, las dificultades de los pasos de los ríos y los puertos, las quejas sobre el mal estado de albergues y posadas, y la visita a iglesias y monasterios. Paralelamente se intercalan observaciones que permiten acercarse al paisaje agrario, a las formas de vida y a las costumbres de la población de Los Valles.
El siglo XVIII marca un nuevo hito en el panorama bibliográfico. La difusión de los nuevos aires ilustrados, sobre todo a partir de la segunda mitad de la centuria, propició la cristalización de varias iniciativas culturales. Una de ellas fue la creación de la Sociedad de Amigos del País de Benavente, de existencia efímera y escasamente conocida. A este momento de particular esplendor cultural no debió ser ajena la condesa-duquesa de Benavente, María Josefa Pimentel, y el obispo de Oviedo, Agustín González Pisador, que pasó largas temporadas en la Villa debido a sus problemas de salud, y que de hecho muere en ella en 1791. 
Debe mencionarse en este contexto, aunque ligeramente anterior, la obra de Berdum de Espinosa de los Monteros, Derechos de los Condes de Benavente a la Grandeza de primera clase, publicada en Madrid en 1753 y que no pasa de ser una apología razonada de la casa Pimentel. Mayor interés para el conocimiento de Los Valles proporciona la magna obra de la España Sagrada, iniciada por Flórez en 1746 y continuada por Risco a su muerte. El Tomo XVI de esta colección, publicado en 1762, está dedicado a la diócesis de Astorga. De las cuatro diócesis (Oviedo, Zamora, Astorga y León) que han tenido históricamente mayor peso específico en el norte de Zamora, es la de Astorga la que ha contado en nuestra región con un mayor bagaje historiográfico. La obra del padre Flórez es la primera aproximación historiográfica seria al conocimiento de Los Valles de Benavente, al menos desde la perspectiva de la historia de la diócesis de Astorga, y siempre sin obviar algunas contribuciones anteriores como las de Ambrosio de Morales o Yepes. El mencionado tomo XVI incluye un interesante mapa del obispado y una introducción geográfica en la que se enumeran los distintos territorios de la diócesis, la red hidrográfica y las comunicaciones. Por su parte la Historia de Benavente del erudito local Ledo del Pozo, aunque centrada, como es lógico, en la evolución de la villa, dedica un capítulo a la jurisdicción de su partido, en el que se aporta la nómina de todos los pueblos y lugares de la tierra de Benavente agrupados por merindades.
Otras iniciativas, de gran calado, no llegaron a las planchas de impresión. Es el caso de los trabajos e investigaciones encaminadas a elaborar el Catastro de la Ensenada. Las Respuestas generales y Particulares al Catastro de la Ensenada (1749-1753), han sido escasamente aprovechadas por los historiadores en lo referente a esta comarca. A la vista del partido que se le han sacado en otros lugares como Ciudad Rodrigo o Salamanca, parece ineludible una edición crítica de estos interesantes documentos. De igual forma, los Informes remitidos a Tomás López a finales del siglo XVIII para la confección de un Diccionario histórico-geográfico también permanecen inéditos.
Hay que esperar hasta mediados del siglo XIX para encontrar de nuevo trabajos que se ocupen de nuestra comarca. Obra esencial en este sentido es el Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar de Pascual Madoz, publicado en 16 volúmenes entre1845 y 1850. El Madoz, como es conocido coloquialmente, aporta una recopilación exhaustiva de información de muy diverso tipo y estadísticas de cada uno de los municipios españoles. La doble entrada dedicada a Benavente, como partido judicial y como municipio, es el resultado de un trabajo de investigación realmente muy completo. Algunos decenios anterior es el Diccionario Geográfico-Estadístico de España y Portugal de Sebastián Miñano, publicado en 11 volúmenes entre 1826 y1829. Su aportación al conocimiento de los Valles no soporta la comparación con su continuador, pero tiene el encanto de ser mucho menos conocido y en algunos aspectos resulta pintoresco.
El siglo XX debe iniciarse, dentro del tema que nos ocupa, con una de las publicaciones más importantes de todos los tiempos: el Catálogo monumental de la provincia de Zamora, de Manuel Gómez Moreno. Aunque el texto no fue editado hasta el año 1927, los trabajos y las visitas del arqueólogo granadino a las distintas localidades se desarrollaron entre los años 1903 y 1905. Estamos ante una obra fundamental de la que han bebido todos los investigadores posteriores. 
A partir de este momento entramos en un auténtico desierto. Se suceden décadas en las que la iniciativa editorial languidece hasta prácticamente los años setenta, coincidiendo con la llegada de la democracia a España. Un nuevo despegue de la investigación de estas tierras se produce a finales de esta década y principios de la siguiente. Estos años están marcados por los trabajos centrados en la investigación arqueológica. El punto de partida, sin pretender olvidar la labor previa de Gómez Moreno y otros, se encuentra en una serie de artículos publicados por Martín Valls y Delibes de Castro en la revista Boletín del Seminario de Arte y Arqueología de la Universidad de Valladolid, presentados bajo el título Hallazgos arqueológicos en la provincia de Zamora. Paralelamente Virgilio Sevillano realizó un trabajo de campo encomiable, que vio la luz en 1978 en su obra Testimonio arqueológico de la provincia de Zamora. En ella se recoge un inventario de los restos arqueológicos hallados en un total de 208 pueblos de la provincia ordenados alfabéticamente. Ambas iniciativas permitieron dar a conocer y documentar un buen número de yacimientos hasta entones inéditos.
Este interés creciente por estos temas permitió el hallazgo, estudio, y en su caso excavación, de los más importantes enclaves arqueológicos de la comarca durante los años siguientes. Es el caso del tesoro de Arrabalde, que da lugar a una exposición, un catálogo, y otras publicaciones posteriores; los mosaicos de la villa romana de Requejo, en Santa Cristina de la Polvorosa, dados a conocer por Fernando Regueras; los castros de la Edad de Hierro, estudiados por Ángel Esparza Arroyo; los campamentos romanos de Petavonium en Rosinos de Vidriales, así como los dólmenes de esta misma zona; los yacimientos de Benavente, Morales de las Cuevas y Manganeses de la Polvorosa; el miliario de Milles, etc. No es este el lugar apropiado para hacer recapitulación de la multitud de artículos y obras publicadas, pero en todo caso conviene resaltar que la veta arqueológica se ha convertido en una de las más fructíferas desde el punto de vista de la investigación y la iniciativa editorial durante los últimos años.
Otra de las temáticas que toma relevancia a partir de los años 70 es la de los trabajos sobre la historia de las instituciones eclesiásticas de la comarca, a la que siguen otros estudios centrados en el conocimiento de diversos aspectos de la Edad Media. Los primeros pasos de esta nueva andadura los tenemos en los escritos de Augusto Quintana Prieto, que dedica sendos artículos en revistas especializadas a los monasterios de San Pedro de Zamudia y San Miguel de Camarzana a finales de los años sesenta. Tras de ellos vendrían sus monografías sobre el obispado de Astorga, de las que se han publicado hasta el momento cuatro entregas.
Apartado destacado es igualmente el de las monografías sobre monasterios, que han oscilado en la mayoría de los casos entre la simple edición crítica de su colección diplomática medieval o el estudio pormenorizado de su trayectoria durante este mismo período. Contamos con ejemplos en los monasterios de Moreruela, Nogales, Santa Colomba de las Monjas, San Bernardo y Santo Domingo de Benavente y Santa Marta de Tera. A ellos hay que añadir otras fundaciones enclavadas fuera de la comarca pero que han tenido una gran implantación en ella como San Martín de Castañeda, la catedral de León, San Pedro de Montes, o el monasterio de Sahagún. Se completa esta panorámica general de los estudios medievales con otros trabajos de conjunto, como los Severiano Hernández y Isabel Beceiro sobre el concejo y el condado de Benavente respectivamente, el de Pascual Martínez Sopena sobre la Tierra de Campos occidental, el de Avelino Gutiérrez sobre las fortificaciones, o el más reciente de Iñaki Martín Viso sobre la articulación del poder en la provincia de Zamora.
En cuanto al capítulo de las historias locales y guías turísticas, debe recalcarse que no es está una zona que cuente con demasiados ejemplos de este tipo de literatura, y esto no es siempre achacable a la falta de estudios previos o fuentes documentales. Tal vez se deba explicar esta carencia por el atraso histórico y el despoblamiento de la provincia, y sobre todo por la falta de una elemental infraestructura turística, al menos hasta los años noventa del pasado siglo, que ha dejado la comarca fuera de las rutas habituales de los flujos de visitantes. Al margen de la Historia de Benavente de Ledo del Pozo, a la que ya se ha hecho referencia anteriormente, tal vez el precedente más lejano sea una Historia de Castrotorafe, publicada a modo de folletín o fascículos por entregas por El Correo de Zamora en el año 1897. Cuentan con historias locales Fuentencalada, Fuentes de Ropel, Villanueva de Azoague, Villalpando, Villafáfila, Redelga y Verdenosa, Villaquejida, Morales del Rey, Castrotorafe y Valdescorriel, a las que hay que sumar muy recientes iniciativas de guías turísticas, de las que hay todavía contados ejemplos, como los de Castrogonzalo, Manganeses de la Polvorosa o la Guía arqueológica de Los Valles.
Queda por último, y a modo de epílogo, hacer referencia a dos acontecimientos relevantes que han determinado la evolución de la bibliografía regional durante los últimos años. En primer lugar el I Congreso de Historia de Zamora, celebrado en el año 1988, pero cuyas actas fueron publicadas en varias entregas a partir de 1989. Las sesiones de esta convocatoria fueron una gran oportunidad para el debate y la puesta al día de los grandes temas de historiografía zamorana, y supuso un revulsivo para posteriores investigaciones. Con estas bases, arropadas con nuevas aportaciones, el Instituto de Estudios Zamoranos "Florián de Ocampo" afrontó poco después una Historia de Zamora en tres volúmenes editada a partir de 1995.
El segundo evento, mucho más cercano a quien escribe estas líneas, tiene alguna relación con el anterior. Se trata de la creación en 1990 del Centro de Estudios Benaventanos "Ledo del Pozo", fruto de las inquietudes culturales de un grupo de personas y colectivos locales. Desde su creación el CEB ha tenido como misión principal la investigación, protección y divulgación de los valores históricos, artísticos y culturales, de todo orden, relativos a Benavente y su comarca.