jueves, 1 de marzo de 2012

Un valle de sosiego y de olvido del mundo - Unamuno en Benavente y Moreruela

Miguel de Unamuno leyendo en su casa de la calle Bordadores de Salamanca (1925) Filmoteca de Castilla y León

La Casa-Museo de Miguel de Unamuno está ubicada en la Calle Libreros de Salamanca, en pleno casco antiguo. Es una casona dieciochesca donde residió el ilustre escritor y filósofo en su época de Rector de la Universidad, entre 1900 y 1914. Se encuentra al pie de la fachada plateresca del edificio de las Escuelas Mayores. No debe confundirse con la llamada "Casa del Regidor Ovalle Prieto", en la Calle Bordadores, en la cual también vivió y acabaría muriendo un 31 de diciembre de 1936.

Como institución vinculada a la Universidad, y dado su carácter de Casa-Museo, su principal misión es la de conservar el legado de Unamuno y perpetuar su memoria, favoreciendo la visita museográfica y la consulta de los investigadores. Cuenta con importantes fondos documentales y bibliográficos relacionados con la vida y la obra del escritor, así como su archivo personal, el mobiliario, los enseres familiares y una interesante colección de fotografías.

La reorganización del archivo general sobre Miguel de Unamuno a principios de los años 90 puso al descubierto 295 fotografías inéditas realizadas por el escritor bilbaíno durante sus viajes por España y Europa. Una buena parte de las mismas eran placas dobles realizadas con cámara estereoscópica. La más antigua está fechada en 1902, mientras que la más reciente fue hecha en Bruselas en 1924. No existe la certeza de que todas ellas fueran hechas por el propio Unamuno, pues en algunas aparece retratado él mismo y otras corresponden a lugares del mundo donde no consta que hubiera estado (Egipto, Israel, etc.). Pero en los pies de varias de ellas realizó anotaciones indicado el motivo, la fecha o el lugar de la visita.

Las imágenes estereoscópicas son tan antiguas como la propia fotografía. Estuvieron muy de moda a finales del siglo XIX y en la primera mitad de la centuria siguiente. Visionadas con el correspondiente estereoscopio proporcionaban una visión en tres dimensiones, muy apropiada para la reproducción de paisajes, estampas costumbristas o vistas de ciudades. Se trataba de un aparato óptico en el que, mirando con ambos ojos, se veían simultáneamente dos imágenes de un objeto. Al estar obtenidas desde puntos diferentes, al fundirse en una, producían una sensación de relieve.

Conserva el Fondo Miguel de Unamuno una placa estereoscópica de cristal con una curiosa doble vista del Castillo de Benavente. Su estado de conservación es bastante bueno. En su anverso lleva una anotación manuscrita, tal vez autógrafa del propio Unamuno: "Castillo de Benavente, desde el tren". En la parte izquierda se observa una mancha negra vertical que debe corresponder con la ventanilla del vagón.

La vista que ofrece es la clásica de la fachada sur, con el torreón en primer término y algunos restos de paredones hacia el este. A juzgar por el aspecto de las ruinas y comparando la imagen con otras instantáneas más o menos coetáneas, se concluye que la fotografía debió tomarse en los primeros años del siglo XX. El ángulo coincide, efectivamente, con la antigua vía del ferrocarril, hoy abandonada y semioculta.

Resulta inevitable relacionar esta fotografía con los viajes documentados de Unamuno por la provincia de Zamora. Sabemos que visitó Benavente en 1911, en un periplo que le llevaría a continuación a Granja de Moreruela y a las ruinas de su monasterio cisterciense. De todo ello dejó testimonio en un magnífico texto titulado "Recuerdo de la Granja de Moreruela". El relato está aderezado con cuatro sonetos.

Benavente. Castillo. Torre - Placa estereoscópica - Fondo Miguel de Unamuno

Como reconocen varios de sus críticos y biógrafos, fue Unamuno un viajero infatigable. Sus viajes a lo largo  y ancho de la geografía española le proporcionaron abundante material para redactar sus ensayos y algunas de sus composiciones poéticas más logradas. En sus páginas se desgranan algunas de las preocupaciones intelectuales comunes del movimiento noventayochista, entre ellas la de "conocer" España. Los textos sobre el excursionismo del profesor salmantino fueron publicados en dos tomos: "Por tierras de España y Portugal" (1911), y su continuación, "Andanzas y visiones españolas" (1922).

El 1 de junio de 1930, Miguel de Unamuno visitó las tierras de Sanabria, acompañado del doctor Cañizo. Una excursión que le dejará una profunda huella y será la fuente de ambientación para su novela "San Manuel Bueno, mártir". En el prólogo de esta obra habla de esta visita e incorpora dos poesías inspiradas en la comarca sanabresa: la primera se centra en San Martín de Castañeda, mientras que la segunda, recoge la conocida leyenda de Valverde de Lucerna, el pueblo sumergido bajo las aguas del Lago de Sanabria.

Según aclara Manuel García Blanco en su libro "Don Miguel de Unamuno y sus poesías: estudio y antología de poemas inéditos o no incluidos en sus libros", Salamanca 1954, la visita de Unamuno al paraje zamorano de Moreruela tuvo lugar en abril de 1911. El escritor lo habría manifestado públicamente en un discurso pronunciado el día 19 de dicho mes en un acto conmemorativo del III Centenario de "La Cristiada", que organizado por la Academia de Poesía Española, tuvo lugar en el convento de San Esteban, de Salamanca.

El propio Unamuno dice en su artículo que el trayecto entre Benavente y Moreruela lo había hecho en coche "un domingo de Resurrección", acompañado de otras personas. Pero como en aquellas fechas era rector de la Universidad de Salamanca, cabe suponer que el desplazamiento desde la capital charra a Benavente se haría en tren, y podría ser este el momento al que corresponde la instantánea.

En 10 julio de 1911 publicaba Unamuno en "Los Lunes de El Imparcial" un artículo con las impresiones de este viaje. Lleva por título "Recuerdo de la Granja de Moreruela", y está fechado en Salamanca el 11 de junio de este año. Años más tarde el texto fue incluido en "Andanzas y visiones españolas", Madrid, Renacimiento, 1922, pp. 9-13. Damos a continuación el texto íntegro del mencionado artículo:

Monasterio de Moreruela - Vista desde la cabecera (Hacia 1903)

Recuerdo de la Granja de Moreruela

No lejos de Benavente, en la Granja de Moreruela, provincia de Zamora, resisten a acabar de caer las espléndidas ruinas del primer monasterio de cistercienses en España. Allá me fui el último Domingo de Resurrección, y allí recordé una vez más el virgiliano “etiam ruinae periere”: ¡hasta las ruinas perecieron! ¡Qué majestad la de aquella columnata de la girola que se abre hoy al sol, al viento y a las lluvias! ¡Qué encanto el de aquel ábside! ¡Y qué intensa melancolía la de aquella nave tupida hoy de escombros sobre que brota la verde maleza! Y todo ello se alza, añorando siglos que fueron, y quién sabe si siglos por venir, en un valle de sosiego y de olvido del mundo.

Al ir allá, en auto, desde Benavente, bordeábamos tranquilas charcas cubiertas de la blanca floración de las yerbas acuáticas, y al llamar yo la atención sobre ello a mis amigos, exclamó uno de éstos: “¡Hasta el agua estancada cría flores!”. A lo que pensé calladamente: no; sólo el agua estancada florece, y no la que en el caz de un molino hace andar la rueda que nos da la harina. La industria pide agua corriente, pero a la poesía le basta la que está quieta.

Y añorando yo, como las ruinas del monasterio de cistercienses de la Granja de Moreruela tiempos que se cumplieron, me dije por dentro:

En una celda solo, como en arca
de paz, libre de menester y cargo,
el poema escribir largo, muy largo,
que cielo y muerte, tierra y vida abarca.
Después, en el verdor de la comarca 
la vista apacentar; sin el amargo
pasto del mundo, a la hora del letargo
ver cómo visten la dormida charca
en flor las ovas. Lejos del torrente
raudo del caz que hace rodar la rueda
que muele el trigo, soñar lentamente
vida eternal en la que el alma pueda
ser pura flor. ¡Oh, reposo viviente;
florece sólo el agua que está queda!

Monasterio de Moreruela - Sala Capitular (Hacia 1903)

¡Soñar así, lentamente, a la hora de la siesta, descansando la mirada en las charcas floridas! Y escribir un libro muy largo, muy largo. Un poema, y si no una historia. Una historia como aquella dulcísima y apacible “Historia de la Orden de San Jerónimo”, que en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial escribió el padre jerónimo fray José de Sigüenza, y es una maravilla de lengua y, a trechos, de poesía. (Bien haya la “Nueva Biblioteca de Autores Españoles” por habérnosla vuelto a dar). ¿Hay en castellano acaso pasaje de más honda y poética hermosura que el de la muerte de fray Bernardino de Aguilar, profeso del convento de la Murta de Barcelona, que murió tañendo en el manicordio y cantando el salmo “Super flumina Babilonis”? “No parecía voz humana, porque penetrava las entrañas con el sentimiento que dava a la letra; llegó assi con sus versos hasta el que dize: “Quomodo cantabimus canticum Domini in terra aliena”. Dixolo una vez, tornolo a repetir la segunda, y a la tercera alçó los ojos al cielo, y dando mi suspiro de lo profundo del pecho, puestas las manos en la tecla, pasó de esta vida a la eterna, porque cantasse el cantar del Señor en la tierra de los vivientes”. (Libro IV, cap. XXVII).

¿Encierro el del monasterio? Sí; “encerravase cada uno en su celdilla o covachuela — nos dice el padre Sigüenza— y desde aquel lugar tan estrecho passeava con el alma la anchura de las moradas del cielo”. Y yo me digo del que otra vida lleva:

Alza al correr tan grande polvareda 
que le ciega los ojos, ni le cabe 
pararse en firme hasta que al cabo acabe
donde nunca pensara, pues la rueda 
de la fortuna es la que le envereda, 
no a ella él; desque perdió la llave 
del gobierno de sí mismo no sabe 
adónde corre a ir a dar de queda.
¡Cuánto mejor desde abrigado encierro 
libre de polvo y sin temor de yerro 
irreparable pasear la cumbre 
de la alta serranía de los astros 
a busca en ella de divinos rastros 
de la increada y creadora lumbre!

Allí es la quietud del lago del alma, y sin esa quietud no florece el lago. Oigamos de nuevo a nuestro padre Sigüenza, cuando nos dice que “andan estas almas senzillas (digámoslo ansí) como çabullidas en Dios y en sí mismas, puestas en una quietud soberana, donde no llega turbación de malicia”. Esto, a propósito del siervo de Dios fray Juan de Carrión, llamado el Simple. Y me digo:

Déjame que en tu seno me zambulla
donde no hay tempestades; como esponja
habrá en Ti de empaparse mi alma, monja
que en el cuerpo, su celda, se encapulla.
Mientras Satán sobre esta mar aúlla
al husmo de almas con que henchir ni lonja, 
más dulce aquí que jugo de toronja
me es tu anua, Señor. Ni me aturulla 
el vaivén de ni mundo, ya que dentro 
vivo de mí viviendo en tu bautismo;
sólo perdido en Ti es como me encuentro;
no me poseo sino aquí en tu abismo, 
que envolviéndome todo, eres mi centro, 
pues eres Tú más yo que soy yo mismo.

Sí, Dios es mi yo infinito y eterno, y en Él y por Él soy, vivo y me muevo. Mejor que buscarse a sí es buscar a Dios en sí mismo. Y cuando andarnos dentro nuestro a la busca de Dios, ¿no es acaso que nos anda Dios buscando? Pues que le buscas, alma, es que Él te busca y le encontraste.

Si me buscas es porque me encontraste
—mi Dios me dice—. Yo soy tu vacío,
mientras no llegue al mar no para el río 
ni hay otra muerte que a su afán le baste. 
Aunque esa busca tu ratón desgaste, 
ni un punto la abandones, hijo mío, 
pues que soy Yo quien con mi mano guío 
tus pasos en el coso por que entraste. 
Detrás de ti te llevo a darme cara, 
y eres tú quien te tapas para verme; 
pero sigue, que el río al cabo para; 
cuando te vuelvas, ya de vida inerme, 
hacia lo que antes de ser tú pasara, 
descubrirás lo que en tu vela hoy duerme.

Sí; caminamos de espalda al sol, es nuestro cuerpo mismo el que nos impide verlo, y apenas sabemos de él sino por nuestra propia sombra, que donde hay sombra hay luz. Detrás nuestro va nuestro Dios empujándonos, y al morir; volviéndonos al pasado, hemos de verle la cara, que nos alumbra desde más allá de nuestro nacimiento. Esta nuestra eternidad duerme en nuestra vigilia.

¡Qué bien en una celda como las que en un tiempo formaron la colmena mística de la Granja de Moreruela, meditando o fantaseando estos consuelos de esperanza allá, en aquel siglo, oliente a San Franciscol ¡Pero en aquel siglo, en aquella poética Edad Media, mocedad del cristianismo!
Hoy la Granja son ruinas. Lo único que permanece igual es el verde florido valle, el convento de las resignadas encinas que abrigan a los pajarillos, que sin cesar cantan la gloria del Señor, y cantándole le buscan y le encuentran.
Salamanca -VI-11.

Monasterio de Moreruela - Interior de la iglesia (Hacia 1903)

Monasterio de Moreruela - Fachada sur (Hacia 1903)

martes, 21 de febrero de 2012

"In finibus Gallecie" - Suevos y visigodos en el norte de Zamora

Capitel de Daniel en el foso de los leones. Iglesia de San Pedro de la Nave (Zamora)

El norte zamorano no se encuentra entre las regiones peninsulares con una relevante y contrastada presencia germánica. No obstante, tanto las fuentes escritas como determinados testimonios arqueológicos y artísticos permiten conocer, a grandes rasgos, la trayectoria seguida por nuestro territorio bajo el domino de los dos principales pueblos germánicos asentados en él tras su entrada en la Península a partir del año 409: suevos y visigodos.

El establecimiento del pueblo suevo en el noroeste peninsular tuvo lugar como consecuencia de un pacto de federación suscrito entre los primeros pueblos invasores -vándalos, suevos y alanos- y el poder imperial romano. De esta forma, en 411 suevos y vándalos asdingos se repartieron por sorteo, según los testimonios de Idacio y Orosio, la Gallaecia.

Este territorio debe identificarse con la provincia romana bajoimperial surgida tras la reorganización administrativa de Diocleciano, y por tanto incluiría, además de Galicia, Asturias, Cantabria, el norte de Portugal hasta el Duero y un sector no depreciable de la Meseta del Duero. Todavía en varios documentos de Sahagún de los siglos X y XI se dice del río Cea que se encuentra in finibus Gallaeciae.. El asentamiento de los vándalos en la Península resultó a la postre efímero pues, tras diversos avatares, en 429 pasaron al norte de África para crear su propio estado.

Así pues, el dominio suevo correspondió sobre una gran parte del territorio zamorano, circunstancia que por sí sola explicaría la casi total ausencia de testimonios visigodos en la provincia hasta el siglo VII. Los restos artísticos y arqueológicos pertenecientes a la cultura visigoda serían posteriores a la desaparición del reino suevo como entidad política y la incorporación de su ámbito geográfico a la monarquía goda.

Quedan, sin embargo, aún múltiples interrogantes sobre el posible principal testimonio del pasado visigodo de la provincia: la iglesia de San Pedro de la Nave. A pesar de que en un principio Gómez Moreno consideró el templo como visigodo, fechándolo a finales del siglo VII, en la actualidad las opiniones están divididas, no faltando autorizadas interpretaciones que sitúan su construcción en momentos posteriores. También en el siglo VII se vienen fechando las cruces de oro y demás objetos litúrgicos integrantes del tesorillo hallado en 1921 en Villafáfila, hoy en el Museo Provincial de Zamora.

No conocemos, en cambio, el papel que pudieron jugar en estos momentos iniciales de la ocupación germánica los campamentos romanos mencionados en la Notitia Dignitatum, en particular las tropas limitanei asentadas en Paetonio (Rosinos de Vidriales). Barbero y Vigil sostuvieron, en una interpretación que hizo fortuna, la existencia de un limes o frontera fortificada formada por diversos campamentos en la Submeseta Norte, desde Galicia a Vasconia, entre ellos el de Petavonium, cuyo objetivo principal sería el control de astures, cántabros y vascones, pueblos indígenas nunca plenamente romanizados que retomarían su tradicional espíritu belicoso aprovechando el resquebrajamiento de poder imperial entre finales del siglo IV y principios del siglo V. Sin embargo, en la actualidad esta teoría no goza de demasiados adeptos, prefiriéndose relacionar la presencia de estas unidades militares con las explotaciones mineras del noroeste de la Península, la defensa y control de las principales vías de comunicación, y posteriormente, tras los acontecimientos de comienzos del siglo V, con las migraciones de los pueblos germánicos que dieron origen a la formación del Reino Suevo.

En general las fuentes coetáneas son obstinadamente parcas en noticias y en no pocas ocasiones confusas y contradictorias. Desconocemos casi por completo aspectos esenciales como las características del asentamiento suevo, su peso cuantitativo y cualitativo en el contexto de la población hispanorromana y, lo más importante para la cuestión que nos ocupa, los posibles cambios experimentados en las estructuras del poblamiento tardorromano.

En cualquier caso, el mencionado reparto de territorios entre los diferentes pueblos invasores no haría otra cosa que poner de manifiesto el vacío de poder político y militar existente en buena parte del noroeste peninsular. Pablo de la Cruz Díaz Martínez sostiene, apoyándose en la Crónica de Idacio y en la constatación arqueológica a partir de ejemplos del Conventus Bracarense como Fiäes, Faria, Sanfins, Lanhoso y otros, que buena parte de los castros siguieron ocupados en este momento, incluso con una renovación apreciable de su actividad. Estos castella serían entidades de población fortificadas de carácter menor -en comparación con las civitates- que perviven desde época prerromana o se reutilizan ante el clima de inestabilidad reinante. En un expresivo pasaje de la Crónica de Idacio se alude a los castela tutioria que debieron desempeñar un papel relevante en la resistencia presentada por los habitantes de la Gallaecia a la dominación sueva, y más tarde en los enfrentamientos entre suevos y visigodos.

A falta de nuevos datos que pueda proporcionar la arqueología para nuestro territorio podríamos aventurar la correspondencia de algunos de estos "castra" o "castela" con enclaves de los que tenemos información a través de fuentes como el Parroquial Suevo, el registro de las cecas visigodas y determinados restos constructivos y arqueológicos hallados en el entorno de estos lugares.

El Parrochiale Suevum o Divisio Theodomiri es un interesante documento que nos informa sobre el estado de la organización eclesiástica de Gallaecia a finales del siglo VI. Se trata de una lista detallada de las diócesis del reino suevo, dependientes de la sede metropolitana de Braga, y a las que el rey Teodomiro (559-569) asigna sus parroquias correspondientes. No obstante, las transmisión documental del texto también nos presenta esta división como atribuida a una reunión de obispos celebrada en Lugo en 569, por lo que también es frecuente referirse a esta fuente como Concilio de Lugo. A la luz de los datos que arroja sobre el mapa de las trece diócesis del reino suevo, se puede fijar su composición entre 572 y 589, o más probablemente entre 572 y 582. Por tanto, en su actual redacción sería posterior al reinado de Teodomiro, fallecido en el 569, y se adentraría en la época del rey Mirón (570-583).

Normalmente se admite que el contenido del Parroquial fue parcialmente interpolado, muy probablemente a lo largo de los siglos XI y XII con motivo de las disputas surgidas entre varias diócesis gallegas y portuguesas. Una de las alteraciones más evidentes es el pasaje en el que se intenta equiparar a Lugo con Braga, en cuanto a su condición de sede metropolitana, cuando en realidad se trataba de una única metrópoli: Braga, con dos centros administrativos: Braga y Lugo. Sin embargo, Demetrio Mansilla Reoyo, autor del más reciente y completo estudio sobre este documento, considera que su contenido "responde perfectamente y en sustancia a los hechos históricos y geográficos de la época sueva". Buena prueba de ello es la identificación de varios topónimos con cecas suevas y visigodas. Sea como fuere, las posibles interpolaciones no afectarían al contenido sustancial del documento.

Con toda probabilidad esta administración eclesiástica fue establecida sobre realidades sociológicas preexistentes. Por ello se mantienen topónimos de raigambre prerromana: "Senabria", "Bergido", "Senimure", y un buen número de parroquias deben ser entendidos como gentilicios, y de hecho varios de estos grupos indígenas pueden ser identificados sin dificultad en las fuentes romanas altoimperiales. La presencia de estas unidades administrativas con el nombre de un grupo gentilicio apunta a la permanencia de determinados aspectos de las estructuras indígenas en los años más avanzados de la tardorromanidad.

A diferencia de los límites diocesanos de época plenomedieval, mucho más precisos y basados, en general, en accidentes geográficos reconocibles, la Divisio Theodomiri fija las circunscripciones sobre las parroquias, que a su vez serían centros de irradiación evangélica hacia las poblaciones limítrofes. El texto recoge un total de trece sedes dependientes de la metrópoli de Braga. Dos de ellas, Orense y Astorga, incluyen parroquias que afectan de una forma u otra al territorio del norte zamorano.

Dentro de la sede orensana se mencionan dos parroquias que se suelen relacionar con poblaciones sanabresas: "Senabria" y "Calapacios majores". La identificación de "Senabria" con Sanabria no parece ofrecer dificultades, otra cosa es determinar si nos encontramos ante el nombre genérico de un territorio o ante un núcleo concreto de población. Como ya apuntó Gómez Moreno, el privilegiado emplazamiento del actual Puebla de Sanabria, en la confluencia de los ríos Tera y Castro, parece inmejorable para una ocupación antigua, aunque por el momento sin el adecuado contraste arqueológico.

El estudio que Metcalf hace de las monedas del reino suevo incluye un tridente de oro con la inscripción SENAPRIA. Bajo el reinado de Suintila (621-631) se vuelve a acuñar numerario bajo la leyenda Senabria. Esta coincidencia entre circunscripción eclesiástica y cecas parece indicar que nos encontramos ante un centro de poder, cuyos orígenes y límites geográficos en esta época se nos escapan por completo, pero que debe relacionarse sin lugar a dudas con la "urbs Senabrie", el "territorio Senabrie", o el "territorio Senabriense", citados en el siglo X en los primeros documentos del monasterio de San Martín de Castañeda. Su persistencia en el tiempo resulta difícilmente explicable sin admitir el mantenimiento de algún contingente de población en la región sanabresa tras la invasión musulmana, más aun si tenemos en cuenta que el lugar pasó absolutamente desapercibido para las crónicas altomedievales.

En cuanto a "Calapacios majores", ha sido identificado con Calabor por la mayoría de los autores. Pertenece al género de topónimos del Parroquial asociados habitualmente con grupos gentilicios. Fue también, al igual que "Senabria", sede de una ceca visigoda bajo los nombres CALAPA y CALAPACIA, si bien este caso con una mayor proyección temporal. Los reyes emisores de numerario son Recaredo (586-601), Sisebuto (612-621), Suintila (621-631) y Chindasvinto (642-649).

Iglesia de San Pedro de la Nave (Zamora)

Retrato del rey Sisebuto

Chindasvinto, Recesvinto y Égica. Ilustración a partir del Códice Albeldense (Biblioteca de El Escorial)

Triente acuñado por Chindasvinto (642-653) en "Calapa" (Real Academia de la Historia)

La relevancia de este lugar debe ponerse en relación con su condición de punto estratégico para el control de una ruta de comunicación natural que unía la región sanabresa con los territorios de Bragança y Tras-Os-Montes, también sede, no lo olvidemos, de una parroquia sueva y de una ceca visigoda. Una parte sustancial de esta ruta viene definida por el río Sabor, cuya denominación se ha relacionado con la provinciam Sabariam y el pueblo de los Sappos mencionados en la crónica de Juan de Biclaro. La primera cita documental de Calabor correspondiente a la época medieval es, sin embargo, ya bastante tardía, fechándose en 1145, pero de la lectura del diploma se desprende la persistencia de su posición como hito importante en esta vía de comunicación. Esparza Arroyo cataloga un castro en su término situado a 3 Km de la localidad actual, rodeado con una muralla de grandes lajas de pizarra y una puerta de acceso al recinto, aunque sin ningún tipo de resto material que pueda ofrecer indicios sobre su secuencia ocupacional.

Respecto a la sede astorgana la única parroquia que se ha relacionado con nuestra zona es la de Ventosa, si bien su identificación fehaciente ofrece serias dudas. Ventosa, siguiendo los ejemplos anteriores, presenta también una doble condición de parroquia sueva y ceca visigoda, esta vez bajo el reinado de Suintila (621-631).

La crónica de Sampiro hace mención a la campaña de 867 en la que Alfonso III sojuzgó Ventosa juntamente con Astorga. A la hora de establecer su localización, unos autores han señalado Castro de Ventosa en las proximidades de Villafranca del Bierzo, lugar bien conocido en la documentación del monasterio de Carracedo, heredero a su vez del Bergidum prerromano y el Bergidum Flavium en la llanura berciana, y otros al pago homónimo situado actualmente en término municipal de Benavente. Sin poder contar con argumentos resolutivos en favor de una u otra postura es preciso señalar a continuación que Bergido también aparece en la Divisio como parroquia correspondiente a Astorga, lo cual podría parecer una duplicidad innecesaria. Por otra parte, tanto en Benavente como en la sede astorgana existe una larga tradición que sitúa curiosamente a Ventosa como límite entre las diócesis de Astorga y Oviedo, apoyándose precisamente en este documento.

La existencia de un "castrum" o recinto fortificado de origen antiguo en la confluencia de los ríos Esla y Órbigo bajo el topónimo Ventosa -sino es que no se trata del actual asentamiento de Benavente- se deduce de un diploma de 1122 en el que doña Sol Pérez, viuda de Anaya Menéndez, entrega al monasterio de Santa Marta de Tera, una heredad "en el territorio de Riua de Estula, junto al río Órbigo, debajo del castillo o ciudad Ventosa".

Al margen de la problemática identificación que hace el autor del extracto del Tumbo Negro de la catedral de Astorga de los términos castillo y ciudad, de confirmarse este emplazamiento como un centro administrativo suevo-visigodo, cobrarían especial relevancia y significado diversos hallazgos arqueológicos localizados en las inmediaciones: Cerámicas tardorromanas de Villanueva de Azoague y Arcos de la Polvorosa con indicios de cristianización. Un pequeño fragmento de pizarra visigótica con inscripción hallado en término de Benavente, en el entorno del pago de Las Dibujas, lugar que proporciona material cerámico acaso medieval y tegulae probablemente de época tardorromana. Un fragmento de columna y "una piedra arenisca con una inscripción abreviada en letra visigótica", en palabras de Virgilio Sevillano, en El Priorato, precisamente en un importante nudo comunicaciones desde época romana, conocido durante la Edad Media como el Puente de Deustambem. Por último un molde de cruces en forma de tau, también de cronología visigoda, en el castro próximo de La Corona en Manganeses de la Polvorosa.

El análisis y valoración de este conjunto de datos, y en concreto la correspondencia demostrada de las parroquias suevas con las cecas visigodas, nos sugiere una modificación en las sedes de los centros de poder altoimperiales de nuestra región durante los siglos V y VI, y la asimilación por parte del reino visigodo del sistema administrativo establecido por la monarquía sueva, articulado de una forma descentralizada sobre la base de una gran variedad de centros de poder diseminados por todo el territorio de la antigua provincia Gallaecia. Este proceso de larga duración, y de pormenores no bien conocidos aún en el estado actual de la investigación, sería una consecuencia lógica de la falta de vitalidad o decadencia manifestada por los centros político-administrativos bajoimperiales (Brigecio, Petavonium, mansios de los itinerios, etc.), la creciente ruralización del territorio y la reactivación del fenómeno castreño ante el clima de inseguridad reinante. Sobre estos enclaves, varios de ellos asentamientos en altura sobre cerros (Senabria, ¿Calabor?, Ventosa, Camarzana, etc.) se establecerá la primera organización territorial altomedieval, también sobre la base centros de morfología castreña.

Así pues, estos cambios trascendentales en la organización territorial del norte zamorano deben situarse con anterioridad a la invasión musulmana. El ejemplo más significativo parece ser el de Sanabria, cuyas primeras menciones en el Tumbo de San Martín de Castañeda como sede de un territorio político-administrativo con entidad propia, sugieren cuando menos una continuidad desde la época sueva que implicaría el mantenimiento ininterrumpido de contingentes significativos de población.

Capitel del sacrificio de Isaac. Iglesia de San Pedro de la Nave (Zamora)

Triente acuñado por Suintila (621-631) en "Ventosa" (Real Academia de la Historia)

Inscripción "Ventosa" en el triente acuñado por Suintila

martes, 24 de enero de 2012

La guerra de las reliquias - San Froilán y el monasterio de Moreruela

Cabecera de la iglesia del monasterio de Moreruela (Zamora)

Conocemos los pormenores de la vida de San Froilán -santo anacoreta, fundador de monasterios, obispo de León y patrono de Lugo- a través de un opúsculo recogido en la Biblia visigótica de la catedral de León. Se aprovechó para ello los espacios en blanco existentes entre los folios 101r-v, al fin del Libro de Job y en el comienzo del Libro de Tobías. La breve pieza hagiográfica fue copiada hacia el año 920 por el diácono Juan, bajo el título: "De hortodoxo uiro Froiane Legionense episcopo". El relato se interrumpe bruscamente al final de dicho folio, de modo que la reconstrucción completa de la composición debe hacerse a través del cotejo con otros códices posteriores.

En el texto se relata la fundación por San Froilán, y bajo el patrocinio del rey Alfonso III, de varios monasterios en tierras leonesas a finales del siglo IX. Entre ellos se cita expresamente el de Tábara, dedicado a San Salvador, dónde se habrían congregado 600 monjes de ambos sexos, y  otro a orillas del Esla, en lugar "alto y ameno", donde convivían 200 personas: "Tunc deinde prospiciens loco, ubi alterum locum aedificaret cenobium, invenit amenum et altum locum erga flumen Stole discurrente. Construxit ibidem coenobium ubi congregavit ducentos fere monachos sub regulari constitutos".

Este último monasterio se ha identificado habitualmente con el de Moreruela, si bien la naturaleza y localización de esta primitiva fundación ha sido objeto de todo tipo de especulaciones.  Sin embargo, en el texto original de Juan Diácono no aparece tal identificación, pero ya en un breviario, de finales del siglo XII o principios del siglo XIII, se añadió intencionadamente "nomine Morerola" al copiar el mencionado párrafo. Este último códice, custodiado en la misma catedral, tiene el interés añadido de conservar completa la Vita Froilanis.

Froilán murió en León, siendo obispo, hacia el año 905. Fue enterrado con todos los honores en un sepulcro que al parecer había sido dispuesto por el propio Alfonso III. La admiración por el personaje debió comenzar en vida, pero con su muerte, "en olor de santidad", comenzó una devoción hacia sus reliquias que se extendería por las centurias siguientes.

Cuenta la versión pelagiana de la Crónica de Sampiro que en tiempos de Bermudo II (985-999), ante la amenaza de las campañas de Almanzor, los cuerpos de los reyes leoneses y las reliquias de San Pelayo fueron trasladadas a Oviedo, mientras que las de San Froilán acabaron recalando en el monasterio de San Juan Bautista de Valdecésar, en las montañas de León. A partir de entonces la pista de su paradero se pierde: "Quidam autem ex civibus Legionis levaverunt Corpus Sancti Froilani Episcopi infra Pyrenaeos montes in Valle Cesar, et posuerunt eum super altare Sancti Joannis Baptiste". En parecidos términos se expresa Lucas de Tuy en su "Crónica de España": "Y algunos clérigos del obispado de León trasladaron el cuerpo de Sant Floilano obispo a lugares seguros, so la montaña que se dize Valçesar, y pusiéronlos so el altar de San Juan Apóstol".

Debió ser a mediados del siglo XII, coincidiendo con la refundación de Moreruela y su filiación al Císter, cuando los monjes blancos consiguieron hacerse con las reliquias de San Froilán. Al considerarle el fundador de su monasterio, la posesión de sus despojos se convertiría en una cuestión de suma importancia para garantizar la afluencia de peregrinos y visitantes. Los historiadores más afines a la urbe regia hablan de un hecho furtivo y secreto, de un robo en definitiva, de un atentado "contra la voluntad y derecho de la ciudad de León". Estamos una vez más ante el fenómeno del "pío latrocinio", el robo y el trasiego de reliquias, prácticas tan comunes en los siglos medievales.

Una tradición recogida por los monjes de Moreruela atribuía la llegada de las reliquias a doña Berenguela, hija de don Sancho el Poblador, segundo rey de Portugal, y hermana de doña Teresa, mujer de Alfonso IX.

En cualquier caso, las reclamaciones de la sede leonesa fueron una constante, asunto que provocará la intervención del Papa y dará lugar a sucesivos pleitos. Finalmente los monjes tuvieron que ceder y devolver las reliquias a sus propietarios originales, pero después de la aplicación de una solución salomónica: la mitad de los restos para la catedral y la otra mitad para el monasterio.

De la traslación de las reliquias de San Froilán da cuenta Lucas de Tuy en su "Libro de los milagros de San Isidoro". Trae a colación un célebre prodigio acaecido en aquella ocasión. Se trata del capítulo 50, según la traducción de Juan Robles, impresa en Salamanca en 1525, "en aquel mismo tiempo, esto es siendo obispo legionense Don Manrique, acaeció una cosa maravillosa, que trayendo del monasterio de Moreruela para León el cuerpo de San Froilán con grandísima pompa y aparato, como a santo glorioso convenía, en todo el camino por donde traían aquellos huesos sacratísimos, e por allí al derredor llovía miel en tanta abundancia, que de los árboles, et de los cabellos de los hombres, et de los animales corrían arroyo de miel". Tomamos el texto del tomo XXXIV de la España Sagrada de Risco, que abunda en este asunto.

El testimonio de Lucas de Tuy no concuerda, sin embargo, con el ofrecido en la "Historia de la traslación de San Isidoro". En este relato hagiográfico de finales del siglo XII o principios del siglo XIII se citan reliquias de San Froilán en León en tiempos del obispo Juan, antecesor de Manrique. Sus restos habrían sido sacados en procesión por la ciudad, junto con el de otros santos, para intentar aplacar una severa sequía.
 
Risco supone que la Traslación debió producirse entre 1181 y 1191, coincidiendo con el inicio del pontificado de Manrique y la estancia en la sede leonesa del cardenal Jacinto, legado apostólico. Pero en 1901 Juan Carlos Díaz-Jiménez hizo un reconocimiento de la urna de San Froilán existente en la catedral. Entre otros objetos allí depositados, describió un sudario de tejido hispano-musulmán atado con dos cabos de hilo del que pendía un sello de cera. El ejemplar sigilográfico, realizado en cera natural y de forma oval, tenía la inscripción: "SIGILVM IOHANNIS EPISCOPI LEGIONESIS", sin duda perteneciente al obispo leonés don Juan Albertino (1139-1181).

Comienzo de La Vita Froilanis en la Biblia visigótica de la Catedral de León. Imagen Mas. Imagen tomada del  blog: http://corazonleon.blogspot.com/

Relieve de San Froilán y el milagro de las palomas en un sitial de la parroquia de Villafáfila. Procede del monasterio de Moreruela

Relieve de San Atilano y el milagro del pez en un sitial de la parroquia de Villafáfila. Procede del monasterio de Moreruela

Tímpano de la Portada de San Froilán en la Catedral de León

Las disputas entre la Catedral de León y el monasterio de Moreruela por la posesión de las reliquias de San Froilán quedaron inmortalizadas en la decoración escultórica de la sede leonesa. La portada sur del templo cuenta con tres pórticos, al estilo de las catedrales góticas francesas, realizados entre 1265 y 1275. El pórtico derecho es conocido como "de san Froilán". Muestra en su tímpano diversas escenas de la vida del santo y su muerte, pero en el registro inferior se recoge el traslado de sus reliquias desde el monasterio cisterciense a la catedral leonesa. Se representa aquí una procesión con monjes que sale de una iglesia, cruza la puerta de una ciudad y entra en otra iglesia.

También se incorporó este asunto en el retablo de la Catedral de León, obra de Nicolás Francés de mediados del siglo XV. Lamentablemente una parte importante de los tableros originales se ha perdido, pero conservamos una tabla que describe la supuesta entrevista entre el rey Alfonso III y San Froilán en el monasterio de Moreruela. En ella el rey asturiano habría convencido al entonces abad Froilán (siempre según tradiciones ya tardías) para que viniera a León a ocupar la sede como obispo. Existió otra tabla que podría representar la fundación de Moreruela. Ángela Franco Mata en su obra "Arte leonés fuera de León", la describe así basándose en un texto anónimo del siglo XVIII procedente del archivo catedralicio: "En esta tabla se contienen dos partes, en la principal se ve al Sto. Nro Patrón predicando en un púlpito, y hasta el número de ocho figuras de oyentes y mugeres con el compañero monje al lado; la otra parte que está hacia el coro es la fábrica de un monasterio, en que el santo parece estar hablando con el artífice y un oficial labrando piedra con escoplo y mazo en las manos".

A pesar de este traslado el cenobio zamorano consiguió conservar, como hemos dicho, algunos restos del santo para mostrar a sus fieles y peregrinos. Ambrosio de Morales en el siglo XVI hizo una relación bastante detallada de las reliquias custodiadas en el monasterio de Moreruela, con ocasión de su célebre "Viage santo":

"En el Retablo con dos rejas doradas colaterales al Santisimo Sacramento estan cerradas dos arcas de talla doradas, de tres quartas en largo, y media vara en alto con la tumba, en que estan muchas Reliquias. En la una está la mitad del Cuerpo de S. Froylan, que se lo dió la Iglesia de Leon de mucho tiempo atrás. Son los huesos cinco Canillas diversas, una espalda, y algunos espondiles y costillas: no hay mas Escritura ni testimonio que la tradicion de haber venido asi de unos en otros. Tienen también un gran paño, como media sabana, en que vinieron los huesos envueltos quando los trugeron de Leon: está toda labrada de Leones, y no parece muy antigua. Tienen un gran hueso de S. Blas con no mas testimonio de la tradicion, y que toda la tierra de tiempo muy antiguo tiene gran devocion con esta Reliquia. Todas las demas Reliquias son menudas".

Abundando en el tema, Yepes añade a esta relación fragmentos del Lignum Crucis, reliquias de San Benito y San Bernardo, y otros huesos no concretados pero de gran devoción popular, teniendo los monjes cistercienses el conjunto por la mayor riqueza y tesoro existente en la tierra.

Pero es Lobera, antiguo monje profeso, quien se detiene con mayor detalle en describir la situación del relicario en la iglesia de Moreruela: "Al presente se guarda en el rico altar de su vocación, en una caxa de maravillosa architectura, y estofa, cubierta con un lienço grande a modo de sábana, en que (dizen) traxo el sancto cuerpo embuelto la dicha princesa, desde Valdecésar a Moreruela. Es cosa maravillosa ver, que con aver corrido tantos cientos de años, se está nuevo. Tiene por remate a todas partes, una franja de seda azul, y colorada de quarta en ancho, con varios labores. Están assimesmo con la sancta reliquia, seys corporales, de muy buen lino, que fueron del sancto, tan nuevos, que parece, se acaban aora de hazer. El año de mil, y quinientos y ochenta, hizo engastar ricamente uno de sus huessos (que es de la cadera a la rodilla) el padre fray Nicolás de Rueda, abbad que a la sazón era del dicho monasterio, y mío, y professo del".

A finales del siglo XVI uno de los fragmentos de  las reliquias de San Froilán existentes en Moreruela fue a parar al monasterio cisterciense de Villanueva de Oscos. Su llegada a tierras asturianas originó una nueva devoción local y las correspondientes peticiones de reconocimiento a las autoridades eclesiásticas. El documento que relata  este hecho fue publicado en 1887 por Ciriaco Miguel Vigil en "Asturias Monumental, Epigráfica y Diplomática":

"Certificación librada por Francisco Fernández, escribano y notario de la villa de Granja de Moreruela, jurisdicción del monasterio de Nuestra Señora de Moreruela. Estando en él el día 14 de marzo de 1598 el P. Abad Fray Bernardo de la Cruz, y el P. Fray Luis Ballesteros, extrajeron del sepulcro del señor San Froilán un hueso de dicho santo, que parecía ser de un tobillo; y dicho P. Abad manifestó que enviaba aquella reliquia al monasterio de Villanueva de Oscos, a petición y devoción de su P. Abad Fray Froilán de Toro. Está autorizada del abad de Moreruela y signada de notario. -Sigue una petición hecha a Su Reverendísima por Fray Lucas de Arboleda, abad de Villanueva de Oscos, manifestando que el monasterio poseía una reliquia de San Froilán, Nuestro Padre, habiéndose instituido con tal motivo una Cofradía y jubileo el día del Santo, siendo mucha la devoción de la gente comarcana. Y suplica a su Reverendísima le autorice para continuar la devoción y fiesta, mandando se hiciera conmemoración a vísperas y laudes, y que la fiesta tuviera lugar el primer Domingo de Octubre. Está decretada por el Definitivo a 13 de Mayo de 1668, disponiendo no se hagan las conmemoraciones de San Froilán, y que la fiesta se celebre el domingo infraoctavas de la festividad del Santo".

Alfonso III se entrevista con San Froilán en el monasterio de Moreruela - Retablo de Nicolás Francés en la Catedral de León [Siglo XV]  Imagen tomada de "Tras las huellas de San Froilán" de Julio de Prado Reyero.

Talla de San Froilán en la iglesia parroquial de Granja de Moreruela - Imagen tomada de "Tras las huellas de San Froilán" de Julio de Prado Reyero.

Sala capitular del monasterio de Moreruela

martes, 10 de enero de 2012

El Vado del Emperador - El paso del Esla según una litografía de Bacler d´Albe

Passage de l´Elza par la cavalerie française devant Benavente le 30 Xbre 1808

Albert Louis Bacler d´Albe (1761-1824), militar, cartógrafo y artista francés, es fundamentalmente conocido por sus cuadros de batallas, retratos y por sus cartas geográficas y litografías. Acompañó a Napoleón Bonaparte en algunas de sus más memorables campañas militares, como uno de sus consejeros más próximos en el reconocimiento del terreno y en la toma de decisiones estratégicas. Fruto de estas experiencias fue la publicación de la obra “Souvenirs pittoresques du Général Bacler d´Albe”, cuyo tomo segundo está dedicado a la “Campagne d´Espagne”. Se trata de un conjunto excepcional de 88 litografías de gran calidad. Su portada no consigna la fecha de edición, pero señala que la obra fue confeccionada en París "a la lithographie de G. Engelmann. Rue Louis le Grand Nº 27". Comunmente se fecha entre 1820 y 1822.

Bacler d'Albe realizó dos viajes a España durante la Guerra de la Independencia. Como máximo responsable del Cabinet Topographique de l'Empereur recaló en la Península entre abril y mayo de 1808, con el objeto de recopilar toda la documentación disponible. En su segundo viaje acompañó al propio Bonaparte, coincidiendo con la toma de Madrid y la campaña contra el general Moore, entre noviembre de 1808 y enero de 1809.

De su periplo por tierras hispanas, Bacler dejará constancia a través de una serie estampas de los lugares recorridos, complementadas con los testimonios y relatos de algunos de los protagonistas de los primeros meses de la guerra. No todos sus dibujos son tomados directamente del natural, sino que también se basó en las representaciones gráficas y las narraciones de otros autores. No obstante, toda su obra gráfica tiene una unidad de estilo definida por temas y asuntos que mitifican la labor de las tropas napoleónicas. Las escenas están teñidas de ese romanticismo tan querido en la época, con puentes, castillos, palacios, y ruinas rodeados de una vegetación exuberante, a todas luces exagerada y teatral. En esta ambientación paisajística no faltan los tipos populares y las escenas costumbristas.

Dentro de este tomo II dedicado completamente a España la lámina número 49 inmortalizó uno de los momentos más memorables de la llamada “Carrera de Benavente”, esto es el cruce del Esla por la caballería francesa el día 30 de diciembre de 1808 en su persecución del ejército británico. La reciente adquisición por quien suscribe estas líneas de esta lámina en el mercado de antigüedades ofrece una buena oportunidad para volver de nuevo sobre este episodio, tan crucial para el desarrollo de la Guerra de la Independencia en los últimos días del año 1808.

La mañana de ese día 30 de diciembre las tropas francesas se dedicaron a reparar, en la medida de lo posible, el puente de Castrogonzalo, mientras varios oficiales intentaban localizar vados por los que cruzar el río.

El puente había sido volado con pólvora el día anterior por los ingleses en su precipitada retirada hacia Galicia. El sabotaje formaba parte del plan del general de Moore de obstaculizar al máximo el avance francés, y evitar el enfrentamiento cuerpo a cuerpo con el enemigo. Los pontoneros franceses se afanaron en entablar los arcos y machones minados por la pólvora inglesa. Nicolás Marcel hace referencia someramente a estos trabajos de reparación: "... el puente era muy difícil de reparar, pero allí donde se encontrase el emperador, se eliminaban los obstáculos en un instante, aparecían vigas, maderos y escaleras por doquier y, aunque no pudiese pasar más que de uno en uno, en dos horas los 4.000 hombres se encontraban del otro lado del río". En estas tareas fue aprovechada toda la madera que se pudo encontrar, alguna de procedencia muy poco confesable. Del monasterio de Santo Domingo de Benavente, por ejemplo, se desmontaron buena parte de sus dependencias e iglesia para convertirlas en vigas.

Paralelamente, un oficial del regimiento de Nayles encuentra un vado "por encima del lugar por donde habían pasado los cazadores de la guardia". Según este mismo testimonio, el paso de las tropas de Lefebvre el día anterior se habría producido "por un vado que había debajo del puente", dato que no concuerda con el resto de relatos. En todo caso, una vez localizado el lugar de paso el propio Napoleón se habría puesto a la orilla guiando a los pelotones en su marcha: "La mañana del día 30 reparamos el puente y varios oficiales se encargaron de sondear los vados. M. De Damas, oficial de mi regimiento, descubrió un vado por encima del lugar por donde habían pasado los cazadores de la guardia. Napoleón se puso a la orilla del río y nos hizo pasar por pelotones".

Nicolas Marcel sargento, y posteriormente capitán del ejército francés, relata así el episodio: "Un guía que estaba con el Emperador nos indicó un punto en el que el Esla se dividía en tres brazos y nos permitía pasar más fácilmente. Formamos una hilera y comenzamos a pasar. El agua estaba muy fría y nuestros viejos bigotes comenzaron a refunfuñar cuando los soldados vieron al Emperador entrar a pie en el río para mostrarles el camino. En el regimiento se oyó un grito unánime: ¡Viva el Emperador! El entusiasmo fue general y, en media hora, toda la división estaba al otro lado del río. Este punto de paso fue conocido en el ejército como "Vado del Emperador".

Dezydery Chlapowski, oficial polaco al servicio de Napoleón, ofrece algunos detalles complementarios: "El Emperador ordenó a la caballería cruzar el río por un vado que se encontraba un poco más arriba, obligando a los escuadrones a aproximarse lo más cerca posible, sin que hubiese distancia entre ellos, y los oficiales en su lugar. Esta columna apretada formó una presa humana y un poco más abajo el agua descendió. El emperador hizo pasar por este lugar a la artillería que logró cruzar el río sin mojar sus municiones. Cuando dicha artillería estaba en la orilla opuesta, el Emperador cruzó a su vez con todos nosotros. Por la noche llegamos a Benavente, congelados y mojados. Era a finales de diciembre de 1808".

Nuestra litografía lleva por título: “Passage de l´Elza par la cavalerie française devant Benavente le 30 Xbre 1808". La topografía de las ilustraciones de este artista debe ser siempre tomada con muchas reservas. Así la lámina número 50 de esta misma obra ofrece una vista del Castillo de Benavente, que no guarda un parecido reconocible con otras ilustraciones o fotografías antiguas. Pero en nuestro caso parece que la fidelidad del escenario es bastante más evidente, pues disponemos de al menos de dos referencias significativas coincidentes.

Retrato de Bacler d'Albe

Portadilla del Tomo II de "Souvenirs pittoresques du général Bacler d'Albe", Paris, Engelmann, 2 vol., 1819-1822

Itinerario de Napoleón en Castilla y León

Por una parte el destruido puente de Castrogonzalo a lo lejos, lo cual nos indica que las tropas que cruzan el Esla en ese momento lo hacen río abajo y a una distancia considerable del viaducto. La imagen nos muestra un puente de ocho ojos, correspondiente al conocido entonces como Puente Mayor, con al menos uno de sus arcos destruido. Sobre el viaducto se intuye la presencia de soldados, sin duda ocupados en la reparación del desperfecto con tablones de madera. Más a la izquierda se aprecia el Puente Viejo, mientras que a la derecha aparece una construcción levantada prácticamente sobre el mismo puente.

La otra referencia es una iglesia o ermita situada a la derecha, junto a un caserío que debería corresponder a Castropepe. Así el mencionado templo se identificaría con la antigua iglesia parroquial de Santa María Magdalena, actualmente en ruinas y convertida en cementerio. La espadaña de este templo presenta ciertamente una estructura muy similar a la actual, así como el camino empinado por el que las tropas francesas descienden desde el caserío hacía el río. La caballería cruza en pelotones el curso de agua en dirección hacia Benavente, bajo la atenta mirada de mandos y oficiales. En un segundo plano parece intuirse la presencia del propio Emperador, tocado de su característico bicornio o sombrero de dos picos, acompañado de varios ayudantes. A la derecha otro grupo de soldados intenta calentarse al pie de una hoguera, una forma de transmitir al espectador el intenso frío y las penalidades padecidas por la tropa.

Contamos con un interesante mapa, muy esclarecedor para entender en toda su medida el teatro de operaciones. Procede del Archivo Cartográfico y de Estudios Geográfico del Centro Geográfico del Ejército y tiene por título "Passage de L`Esla au gué de Castro Pepe devant Benavente par l`Armée Francaise commandée en personne par S.M. Impériale et Royale le 30 Decémbre 1808". Comprende parte de los términos municipales de Benavente, Castrogonzalo y Villanueva de Azogue. Es una copia de 1847 de un original francés de 1808 según consta en el catálogo del SGE.

El plano nos muestra tres caminos que atraviesan el Esla y conducen a Benavente. El central corresponde al paso del derruido puente de Castrogonzalo, en la carretera de Benavente a Villalpando. El que se sitúa aguas arriba se encuentra junto al casco urbano de Castrogonzalo y debe corresponderse, más o menos, con el vado por el que cruzó Lefebvre. Por último, está otro acceso a la altura de Castropepe, también junto a su caso urbano, y que, por tanto, debe identificarse con el descrito en las fuentes y el plasmado en la litografía anteriormente citada. Todos ellos confluyen en Benavente, donde aparecen representadas, al parecer, las columnas francesas entrando en la villa.

Para entonces buena parte de la población de Benavente había huido a los campos y a las aldeas. Toda la amplia llanura de la vega del Esla estaba muy concurrida de monjes y fugitivos. En la villa solamente quedaban las mujeres y los niños, que deambulaban por las calles gimiendo y lamentándose de su suerte, en una estampa descrita por los testigos como estremecedora. El Emperador, una vez sorteado el río, habría llegado a Benavente en aquella misma tarde del día 30 de diciembre, alojándose en una vivienda perteneciente a la familia Núñez de la actual Plaza del Grano.

Las dificultades del paso del Esla y la reconstrucción del puente motivaron un considerable retraso del avance francés. Aunque, como hemos visto, una parte atravesó el río y se reunió con Napoleón en Benavente, otra debió detenerse de este lado del Esla durante algunos días. La caballería sería la primera en pasar el río, mientras que la infantería y todo el material pesado tendrían que esperar a que los vados o el puente fueran transitables

Estos imponderables ya habían sido asumidos por el propio Bonaparte: "El emperador había advertido de que el puente de Castrogonzalo estaba destruido y que tardarían mucho tiempo en repararlo puesto que las brechas de los arcos eran muy anchas. La tropa se desperdigó entonces por las aldeas más próximas a Castrogonzalo, dejando una profunda huella en la memoria colectiva de toda la comarca.

Paso del Esla por la caballería francesa el 30 de diciembre de 1808

Detalle del Puente de Castrogonzalo, con algunos de sus arcos volados por los ingleses

Espadaña de la iglesia de Santa María Magdalena de Castropepe

sábado, 12 de noviembre de 2011

Ego sum lux mundi - El fenómeno de la luz equinoccial de Santa Marta de Tera (Zamora)

La luz equinoccial entra por el óculo del presbiterio (Imágenes tomadas el 20/03/2011)

El monasterio de Santa Marta de Tera es uno de los más antiguos y de mayor proyección territorial de los que existieron en el norte de la provincia de Zamora. Establecido a orillas del río Tera, muy próximo a la villa romana de Camarzana, aparece citado en las fuentes desde mediados del siglo X. A pesar de contar con importante fondo documental se desconocen las circunstancias concretas de su creación y el nombre de sus fundadores.

Su advocación principal fue siempre la de la patrona de Astorga: Santa Marta, una mártir envuelta en un halo de leyenda y de la que existen muy pocos datos seguros. La tradición popular astorgana sitúa a Marta en el siglo III, en tiempos del emperador Decio (249-251), relacionándola con los primitivos núcleos cristianos que surgen en torno a los legionarios convertidos en el norte de África y luego asentados en Asturica Augusta.

En nuestro monasterio se rindió culto a otros santos, además de a Santa Marta. Un documento de 1033 nos da a entender que existían otras advocaciones objeto de la devoción de los visitantes, como las de San Salvador, Santa María, San Miguel Arcángel, Santiago, San Andrés y San Mateo. Este dato se corrobora con la existencia en la iglesia actualmente de varias lipsanotecas, fechadas las más antiguos en el siglo XI. Parece ser que la nómina de devociones era bastante amplia, y esto nos dibuja la imagen de un antiguo santuario, al que acudían los peregrinos atraídos por la figura de Santa Marta y el culto a las reliquias de los santos.

En 1063 el monasterio fue donado solemnemente por Fernando I al obispo de Astorga, Ordoño, en recompensa y agradecimiento por haber traído a tierras cristianas unas de las reliquias más esperadas en el reino de León: las de Isidoro de Sevilla. Es a partir de 1115 cuando comenzamos a tener evidencias de la llegada a este lugar de pauperes a los que se hospeda en las dependencias monásticas, coincidiendo precisamente con una nueva mención de la presencia del apóstol Santiago entre los santos objeto de veneración dentro de sus muros. Un diploma de 1122 nos sugiere que este culto al Apóstol estaba directamente relacionado con la custodia de alguna de sus reliquias, junto a las de la santa titular y las de otros santos no especificados. Enrique Flórez en el tomo XVI de la España Sagrada da a entender que los restos de la virgen y mártir fueron trasladados desde Astorga en algún momento hasta su monasterio de la ribera del Tera, pero de todo esto no existe evidencia alguna.

Pero es una donación de Alfonso VII la que nos aporta una visión mucho más completa del tipo de actividades desarrolladas en este santuario. Su redacción arroja algunas dudas sobre su autenticidad debido a su peculiar estructura y su pobre nómina de confirmantes, pero ilustra perfectamente sobre el ambiente de fervor religioso existente por estos años. En el largo preámbulo del documento, fechado en 1129, el monarca enumera los múltiples milagros obrados en el santuario por intercesión de la santa mártir, cuyo conocimiento motivó un probable viaje, tal vez en peregrinación, hasta las riberas del Tera aquejado de una grave enfermedad: ".. audiens magna miracula et multas virtutes, quas Deus fecit necnon et facit per virginem et martyrem suam beatissimam Martham quod in ecclesia sua reddit dominus caecis visum, surdis auditum, claudicantibus gressum, mancos curat, infirmos sanat, leprosos mundat, daemones ab oppresis corporibus fugat, et etiam ligatos a vinculis ferreis ubicumque fierint ligati liberat". (En su iglesia el Señor devuelve la vista a los ciegos; el oído a los sordos; a los cojos los huesos; cura a los mancos; sana a los enfermos; limpia a los leprosos; expulsa a los demonios de los cuerpos de los posesos, y libera a los atados, incluso con cadenas de hierro, donde quiera que se encuentre).

Fundaciones monásticas en los Valles de Benavente (Siglos IX-XII)

Detalle del óculo y del capitel (Imágenes tomadas el 20/03/2011

Capitel del alma salvada (Imágenes tomadas el 20/03/2011)

Capitel del alma salvada (Imágenes tomadas el 20/03/2011)

Capitel del alma salvada (Imágenes tomadas el 20/03/2011

El párrafo recuerda en gran medida a las virtudes curativas atribuidas a Santiago en su santuario de Galicia. Respecto al poder curativo del apóstol la tradición popular afirmaba que devolvía "la vista a los ciegos, oído a los sordos, palabras a los mudos, la vida a los muertos...". También tiene alguna relación el relato con los numerosos milagros obrados por su intercesión en el Camino, recogidos por ejemplo en el Codex Calixtinus. Aunque el documento de Santa Marta no lo dice, las oraciones del monarca debieron surtir el efecto deseado, pues de otra forma no se explica la generosa dotación inserta a continuación: todo cuanto pudiera tener de realengo o de condado dentro de su coto, según fue fijado por su bisabuelo Fernando I. Así pues, una buena parte de los peregrinos, bien en tránsito hacia otros centros o como destino final, acudían a este lugar con la esperanza de encontrar alivio o remedio a sus padecimientos, al amparo de las propiedades taumatúrgicas de las reliquias depositadas, contando además con el precedente y aval real digno de toda solvencia.

Iglesia y monasterio fueron fundados en un enclave privilegiado, en el camino sanabrés y sobre la amplia la terraza que domina el Tera, en el acceso a la vecina localidad de Santa Croya. Las excavaciones arqueológicas del entorno han constatado la existencia de una ocupación romana previa a la creación del complejo. Se documentaron al menos tres estructuras cuyos rellenos aportaron una serie materiales cerámicos fechados en la segunda mitad del siglo I d.C. Estos datos avalan las impresiones expresadas en su momento por Gómez Moreno, quien ya identificó en 1903 algún fragmento de teguale en la zona y planteó el posible origen romano del asentamiento.

El centro religioso parece ser que fue administrado desde muy temprano por una comunidad de canónigos regulares, cuya actividad se extinguió en la primera mitad del siglo XIII. A partir de entonces la abadía de Santa Marta pasó a ser una canongía dentro de la catedral de Astorga. Esta situación evolucionó hasta convertirse el cargo de abad en una simple dignidad honorífica, pues sus beneficios fueron anexionados a la mitra a partir de 1548. Los obispos pasan así a convertirse en los señores de la abadía, por encima de las dignidades capitulares. Es precisamente en esta época, durante el pontificado de don Pedro de Acuña y Avellaneda, cuando junto al viejo templo románico se construyó un palacete renacentista. Los prelados de Astorga escogieron este caserón como lugar de retiro y residencia ocasional. A principios del siglo XX el palacio fue reutilizado como casa rectoral.

La figura del ya desaparecido párroco Julián Acedo Carbajo quedará unida para siempre al templo románico, pues fue él quien descubrió y difundió a partir de 1997 el fenómeno del “milagro de la luz”, el momento sublime en el que las primeras luces equinocciales de la mañana penetran por el óculo del hastial de la cabecera e iluminan directamente uno de los capiteles de la iglesia. Otras personas muy vinculadas con la localidad, como Ángel Panizo o Nazario Ballesteros, han contribuido notablemente al conocimiento y la divulgación del hallazgo.

Detalle del óculo de la cabecera de la iglesia (Imágenes tomadas el 20/03/2011)

Imagen de Santiago Peregrino

Palacio de los obispos

Sarcófagos en el exterior del templo

Julián Acedo, amigo de peregrinos y apasionado de su iglesia parroquial, era natural de Brime de Sog. Falleció inesperadamente el 4 de noviembre de 2004, a los 75 años de edad. Su testimonio sobre las circunstancias del descubrimiento fue recogido en una entrevista para la televisión de Castilla y León: 

"Pues yo leí en una revista, "Vida nueva" creo que se llama, que es una revista del clero, unos reportajes que venía haciendo sobre el románico francés. Y entre unas cosas que decía, yo no sé exactamente si hablaba de la luz equinoccial, yo lo cierto es que digo -y aquí también en el románico podía darse ese fenómeno-, y lo estuve persiguiendo desde el mes de marzo. Yo miraba por las ventanas, tampoco estaba todo el tiempo aquí. Y hasta que ya, pues yo creo que también por pura casualidad, como venía y miraba todos los días, pues entonces ya por el óculo, ese que queda mirando hacia oriente. Después ya me enteré de lo que es la luz equinoccial, cuando don Ángel [Panizo] publicó un artículo sobre la luz equinoccial aquí en Santa Marta. Y parece que proviene, esto ya lo sabrán todos, de las pirámides de Egipto. En el año 1997, ahora en el mes de septiembre, en el equinoccio de septiembre. Nadie lo sabía, ni de los ancianos, ni de los que habían escrito cosas sobre la iglesia, no sabían nada de esto. Y desde entonces estamos viendo este fenómeno cuando hay sol, porque depende del dios Ra, para ellos, y para nosotros del Sol que Dios nos dio a todos. A los árabes y a nosotros".

El fenómeno se produce los días del equinoccio de primavera y otoño, 20 ó 21 de marzo y 22 ó 23 de septiembre respectivamente, concretamente hacia las 9:00 (8:00 GMT) en el primaveral y hacia las 10:00 (8:00 GMT) en el autumnal. La luz equinoccial es aún observable en los tres o cuatro días anteriores y posteriores a las fechas señaladas. Durante unos minutos el óculo central de la cabecera deja pasar un haz que recorre de arriba a abajo el capitel del "Alma salvada", en el lado izquierdo del arco triunfal.

Este capitel efigia una figura humana desnuda y asexuada, con los brazos amputados. La enmarca una mandorla perlada, sostenida por dos ángeles. Sería una representación alegórica del alma humana que asciende a los cielos purificada. Se ha querido identificar está alma genérica con el alma de la mártir titular de la iglesia. Unido ahora a la luz equinoccial, este tema adquiere unas connotaciones teológicas y cosmográficas ciertamente muy sugerentes.

Como ha puesto de relieve Fernando Regueras en una monografía reciente, el templo románico ha mantenido prácticamente intacta la disposición de su cabecera desde su edificación, entre finales del siglo XI y el primer tercio del siglo XII. Todo apunta a que tanto los vanos como las estructuras murarias son las originales románicas. No ocurre lo mismo con la nave principal y el cuerpo occidental de la iglesia, objeto de importantes modificaciones y reformas en la segunda mitad del siglo XII, o ya en el XIII. Por tanto, el fenómeno de la luz equinoccial, si es que ya fue previsto por los maestros constructores, se ha perpetuado a lo largo de los siglos.

La peculiar configuración de los óculos de la cabecera, cimborrio y crucero es un elemento esencial que acentúa el efecto lumínico. Por la parte exterior cada uno estos óculos está constituido por dos grandes sillares rematados en semicírculo. Son piezas bien trabajadas y totalmente planas, carecen de abocinamiento, lo que contribuye a focalizar los haces de luz. Por el contrario, en el interior el vano se abre en un derrame totalmente liso hasta el muro. Carece de molduras o adornos, y por ello la luz es dirigida suavemente por la piedra en dirección al capitel del “Alma salvada”. Simultáneamente, otro rayo de luz de idéntica orientación penetra por el óculo del cimborrio, pero sin iluminar ahora ningún elemento significativo.

Las fotografías que ilustran este artículo fueron tomadas el día 20 de marzo de 2011, precisamente el día central del equinoccio de Primavera correspondiente a ese año. Las modernas cámaras digitales no sólo permiten hacer decenas de fotografías en pocos minutos con diversos ajustes, sino que además tienen la ventaja de fijar con total exactitud la hora de cada una de las tomas. Ese día el halo de luz comenzaba a iluminar la parte superior del capitel hacia las 09:24 (08:24 GMT). Diez minutos después, a las 09:34 (08:34 GMT), el capitel recibía los rayos solares en todo su esplendor. A las 09:44 (08:44 GMT) la luz comenzaba a abandonar el capitel y se extendía por la parte alta de la semicolumna.

Está por demostrar hasta que punto la luz equinoccial fue un elemento perfectamente previsto o buscado por los artífices del templo antes de su edificación. A pesar de la pasión que levanta este tipo de fenómenos actualmente entre curiosos e investigadores, no existe mucha literatura al respecto en el arte románico, ni tampoco textos medievales que se extiendan sobre ello. Para conseguir estos resultados los maestros constructores debieron tener acceso a unos conocimientos matemáticos y astronómicos difíciles de concretar. Tampoco sabemos nada sobre los ritos o ceremonias asociados en Santa Marta a estos momentos del equinoccio, pero podemos suponer su efecto sobrecogedor en el ambiente de fervor religioso de los siglos medievales.

De los solsticios y los equinoccios se ocupó San Isidoro en "De natura rerum". El obispo sevillano fijaba las fechas de los dos equinoccios el octavo días de las kalendas de abril y octubre respectivamente.

Dos son los solsticios: el primero es el invernal en el octavo día de las Kalendas de Enero, en el que el sol permanece y crecen los días. El otro es el de verano, en el octavo día de las kalendas de Julio, el sol se mantiene y crecen las noches. Contrarios a estos hay dos equinoccios: uno primaveral, en el octavo día de las kalendas de Abril, en el que crecen los días; el otro es el otoñal, en el octavo día de las kalendas de Octubre donde los días disminuyen.

El solsticio se dice, como si se dijera parada del sol; el equinoccio porque entonces el día y la noche se dan la mano en una equidad de doce horas en sus espacios coiguales. El solsticio estival se llama así pues es como una antorcha, ya que en este día la lámpara del sol toma la mayor claridad e infunde calor en demasía a la llegada del verano.

Es bien sabido que durante los equinoccios los días son iguales en duración a las noches, pero también es relevante para el caso que nos ocupa que en estos mismos días el Sol sale exactamente por el Este y se pone por el Oeste. Todas las iglesias románicas, casi sin excepción, orientan su cabecera en dirección al naciente, pero las variaciones del orto solar a lo largo del año nos dan como resultado ligeras alteraciones de las orientaciones, dependiendo del día elegido para alinear el templo. Tras el periodo románico la cuestión de la orientación al naciente deja de ser un asunto relevante y, aunque sigue prevaleciendo, pueden encontrarse iglesias orientadas en casi cualquier dirección.

Debe advertirse, en cualquier caso, que las actuales fechas de los equinoccios no coinciden con las vigentes en los siglos XI y XII, esto es en la época de la construcción de nuestro templo. Durante toda la Edad Media rigió en la Cristiandad el Calendario Juliano, basado en un cómputo de los meses y los días de origen romano. Con la implantación del Calendario Gregoriano, a partir de 1582, se produjo un desfase que supuso la supresión de diez días. Al jueves "juliano": 4 de octubre de 1582, le sucede el viernes "gregoriano": 15 de octubre de 1582. Este desfase de diez días no fue constante durante la historia, del Calendario Juliano, sino progresivo. En 1582 el equinoccio de primavera se celebraba ya el 11 de marzo, pero en el siglo XII la diferencia era de unos ocho días. Por tanto el fenómeno de la luz equinoccial en Santa Marta debía producirse, en su momento central, hacia el 12 ó 13 de marzo.

Vista de la cabecera de la iglesia

La luz equinoccial entre por el óculo del cimborrio (Imágenes tomadas el 20/03/2011)

Detalle de la imagen de Santiago peregrino

Portada occidental de la iglesia

Interior de la nave hacia el presbiterio

Interior de la nave hacia los pies de la iglesia

Como ha demostrado Juan Pérez Valcárcel en un estudio sobre las orientaciones de las iglesias del camino de Santiago los meses de primavera fueron los elegidos habitualmente para determinar las alineaciones y no con especial cuidado. Esta circunstancia se explicaría simplemente por ser los más adecuados para el desarrollo de los trabajos de replanteo y comienzo de la cimentación, y no, como han sostenido otros autores, por la coincidencia con la fiesta litúrgica del titular o la titular del templo.

Sin embargo, para conseguir un efecto lumínico como el observado en Santa Marta de Tera -si es que este es premeditado- haría falta una orientación casi perfecta de la cabecera en un día muy concreto del año, a lo que habría que añadir otras variables no menos importantes como el conocimiento de la evolución del sol durante ese día, la correcta nivelación y exposición de la iglesia, la altura y las dimensiones del óculo, el grosor del muro, el ángulo de abocinamiento del vano, la distancia entre óculo y capitel, la altura y las dimensiones de este último, etc. Pero no acaban aquí los condicionantes, pues la propia estructura de la iglesia, sus elementos sustentantes y sustentados, su planta, sus proporciones y sus dimensiones estarían totalmente supeditados a la consecución de este efecto lumínico. En definitiva, la edilicia al servicio de unos momentos muy efímeros dos veces al año, eso contando con la posibilidad de que el día amanezca nublado y, por tanto, no se pueda celebrar el acontecimiento.

La iglesia de Santa Marta de Tera se encuentra a 735 metros de altitud, a 41̊ 59' 39.858" (41.99440489203085) de Latitud Norte y -5̊ 58' 16.3986" (-5.971222221851349) de Longitud Oeste. En ese punto del planeta el día 20 de marzo de 2011 el sol salía a las 07:30 (06:30 GTM) y se ponía a las 07:35 (06:35 GTM). Esto significa que desde la salida del sol, hasta alcanzar el fenómeno de la luz equinoccial su momento álgido habían transcurrido 2 horas y 4 minutos. Este dato tuvo que ser muy tenido en cuenta a la hora de determinar la orientación de la iglesia, la posición del sol y la altura del óculo sobre el muro del testero.

Alguna relación con todo esto puede tener un altorrelieve procedente de esta iglesia, de piedra pizarrosa, y 97 por 65 centímetros, representando a Cristo sentando bendiciendo y con libro abierto, en el que se lee: EGO SVM LVX MVNDI (Yo soy la luz del mundo). La pieza, datada en la primera mitad del siglo XII, fue lamentablemente vendida en 1926 y hoy se custodia en el Museum of Art, Rhode Island School of Design, Providence (EEUU). Gómez Moreno alcanzó a verla en Santa Marta de Tera a principios del siglo XX y la describió de la siguiente manera: "Tiene nimbo crucífero, rostro imberbe, pelo largo y casulla de faldones cuadrados, con cenefa y collar. El plegado forma bandas paralelas, y todo recuerda el tímpano del crucero de San Isidoro de León y La Virgen de Sahagún. Se ignora su antiguo puesto, quizá sobre un altar, y hoy yace arrinconado y sucio a los pies de la iglesia".

Nuestra iglesia se une así a otros casos conocidos de templos hispanos con fenómenos equiparables, como San Juan de Ortega (Burgos), San Millán de Yuso (La Rioja) o La Oliva (Navarra). En San Juan de Ortega el "descubrimiento" tuvo lugar en 1974 por Jaime Cobreros y Juan P. Morín, dos estudiosos del románico español. En los días de los equinoccios, hacia las 17:00 horas (hora solar) un rayo de luz penetra por la ventana ojival de la fachada occidental e incide sobre las figuras del capitel historiado de la Anunciación y la Natividad. En San Millán el haz de luz entra por el rosetón de los pies de la iglesia, atraviesa un círculo que corona el trascoro y descansa en el centro geométrico del edificio. El efecto lumínico enfatiza el eje longitudinal y evidencia la perfecta orientación de su cabecera hacia el sol naciente. En el monasterio cisterciense de La Oliva, en los días próximos al equinoccio de primavera, a las 6 de la tarde, entran los rayos del sol por el ojo del pórtico y alcanzan el sagrario.

"Maiestas Domini" procedente de Santa Marta de Tera (Museum of art. Providence. EEUUU)