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martes, 5 de octubre de 2010

Memorias del “Conventico” - El Priorato de San Salvador de Villaverde

Vista de la casa prioral, con restos de un sarcófago en primer plano

El valle de Vidriales es uno de los territorios del norte de Zamora que mayor interés despierta para el conocimiento del poblamiento medieval. A su conocido pasado romano y, muy probablemente, visigodo, hay que añadir un interesante episodio altomedieval en torno a los monasterios de Ageo y Castroferrol.

El presente artículo pretende ofrecer una aproximación un pequeño cenobio enclavado en el centro de este valle. Se trata del monasterio de San Salvador de Villaverde de Vidriales. Una fundación prácticamente olvidada hoy, pero que cuenta con una historia ciertamente azarosa y evocadora.

Su dominio patrimonial no debió sobrepasar más que ocasionalmente los contornos de este estrecho valle zamorano. Sin embargo, destacadas instituciones, como el monasterio de Sahagún, el francés de Cluny, o representantes de los más encumbrados linajes del reino, como los Pimentel, fijarán su atención sobre este pequeño centro de culto.

A diferencia de otros cenobios desaparecidos en épocas remotas, su localización no ofrece duda alguna, al haberse mantenido su actividad prácticamente hasta el siglo XX, y conservarse aún las ruinas de su pequeña iglesia, así como una parte significativa de sus dependencias.

El pago se encuentra en medio de los campos de cultivo que separan Santibáñez de Vidriales y San Pedro de la Viña, en término de este último pueblo, siendo conocido por los lugareños como “El Conventico”. El paraje describe una suave ladera hasta encontrase con el arroyo de La Almucera, principal curso fluvial colector de toda la comarca, con la Sierra de Carpurias al fondo dominando el horizonte. Se sitúa prácticamente en el centro del valle, muy próximo al antiguo campamento romano de Petavonium, en Rosinos de Vidriales. Estaría localizado, por tanto, junto a la calzada romana que unía Asturica Augusta con Bracara Augusta, una vía que durante Edad Media mantendría parte de su antigua vitalidad como eje de comunicaciones y camino de peregrinación.

No se conocen con certeza cuáles son los orígenes de este monasterio. Su primera mención procede de un diploma de los fondos del monasterio de Sahagún del año 1100. Para entonces el cenobio está ya bajo el control de Alfonso VI, pero el documento nos informa que había pertenecido con anterioridad al conde Munio Fernández, tal vez su fundador, con lo que su historia conocida se remontaría al menos a la segunda mitad del siglo XI.

La fundación debió realizarse sobre una antigua villa o explotación agraria preexistente conocida como Villa Verde. Parece claro que desde sus orígenes el sostenimiento del lugar estuvo vinculado a la explotación de esta villa, en la que existía -no sabemos si también desde un principio- un contingente de campesinos dependientes.

En el mencionado documento del año 1100, Alfonso VI relata como disfrutando de la posesión del cenobio el conde Munio Fernández, pasó a manos del rey, según la costumbre del reino dada la “soberbia” del conde, que le hizo padecer destierro. Debió tratarse, por tanto, de una confiscación muy al uso en la época, fruto de la denominada ira regia. Munio Fernández no debe confundirse con otro magnate homónimo asiduo en los diplomas leoneses de finales del siglo X, y también inmerso en rebeliones contra la monarquía, en este caso contra la persona de Vermudo II. El Munio Fernández que nos ocupa debió ser un noble de menor entidad, pues ha dejado un escaso rastro documental. Estuvo casado con Aldonza Gómez, hija del conde Gómez Díaz y Teresa Peláez, y hermana de Elvira y Mayor Gómez, a quien su lauda sepulcral llama también cometissa. De este matrimonio conocemos a una hija: Elvira Muñiz.

Posteriormente, el rey entregó el monasterio a su esposa, la reina Berta, que se ocupó de su administración. Pero fallecida la reina y enterrada en el monasterio de Sahagún, al monarca lo entregó al gran cenobio benedictino, con quien le unía una estrecha vinculación. La donación incluía también una solemne disposición sobre la obligación de los nuevos propietarios de proporcionar recursos a trece pobres para mantener perpetuamente viva la memoria de Alfonso VI y de su difunta esposa.

Fallecido el monarca, la condesa doña Aldonza, viuda del conde Munio, reclamó sus derechos sobre el pequeño monasterio a la reina doña Urraca. La reina, a instancias del obispo de León que debió actuar de mediador, reconoció que su antecesor había sido mal informado y, considerando legítimas sus pretensiones, restituyó la posesión en fecha no concretada. Poco tiempo después, en 1112, la condesa decidió entregarlo, con todos sus derechos y pertenencias, al monasterio de Cluny y a su abad Poncio. Dadas las estrechas relaciones mantenidas entre Cluny y Sahagún a finales del siglo XI y principios del siglo XII, esta donación tiene más bien la apariencia de un compromiso que satisfaría a todas las partes implicadas en el asunto.

Con el tiempo Villaverde volvió de nuevo al control efectivo del monasterio de Sahagún, aunque no se cuenta con información sobre cuándo ni cómo. Es entonces cuando el cenobio debió adquirir la condición de priorato, uno más de la larga lista de filiaciones con que contaba el cenobio de la ribera del Cea. En cualquier caso, la vinculación entre Villaverde y Cluny debió mantenerse de alguna forma, bien fuera de una manera orgánica o puramente nominal, pues incluso en el siglo XVI se sigue denominado en los diplomas como San Salvador de Villaverde de Cluny.

Desde principios del siglo XV el monasterio de San Salvador de Vidriales comienza a entrar en la órbita de los Pimentel. En un principio, las relaciones se limitan a acuerdos o transacciones patrimoniales. Así por ejemplo, dos de los lugares del priorato: Sandín y Valleluengo, son objeto de un cambio entre el prior de Villaverde, fray Juan de Calzada y don Rodrigo Alfonso Pimentel, II Conde de Benavente, formalizado el 26 de marzo de 1428. A cambio el monasterio recibió una heredad de cinco yugadas en Bercianos de Vidriales, aldea de la jurisdicción de Benavente, de la cual se obtenían 35 cargas de pan.

Escalona atribuye a don Rodrigo Pimentel, conde de Benavente la entrega por Sahagún de la encomienda del priorato, justificándolo en las “turbaciones de Castilla”. Según este autor “este señor se levantó con él y sus haciendas y derechos que eran muy notables”. Isabel Beceiro supone que este Rodrigo debe corresponderse con el segundo titular del condado: Rodrigo Alfonso Pimentel, y no con el cuarto homónimo como pudiera darse a entender, pues dicha encomienda figura entre los bienes del tercer conde: Alfonso Pimentel. Los derechos del priorato incluían en este momento “el padronadgo a presentar en los beneficios de Minçereces e de Aguilar y Olmillos e de Santa Marina de Xamontes e de Santisteuan de Olmos que son en la dióçesis de Astorga e de otros beneficios e rentas eclesiásticas e siempre touo derecho de apresentar a ellos”.

Fundaciones monásticas en los Valles de Benavente (Siglos IX-XII)

Fachada principal de la casa prioral

Fachada principal de la casa prioral

Fachada trasera
Interior de la casa prioral

Capilla

Espadaña de la capilla

Vista de la casa prioral desde la parte trasera

Veleta sobre la espadaña

Entrada a la capilla

Interior de la capilla

Interior de la capilla

Una de las ventanas de la capilla

Restos de un sarcófago

Vista de la finca

Capilla

Las denuncias de abusos y usurpaciones motivaron el inicio de un largo pleito a instancias del monasterio de Sahagún desencadenado a partir de 1478. Las consecuencias de este proceso dieron un rumbo totalmente nuevo al destino del pequeño priorato.

Es 1510 cuando el papa Julio II nombra prior a Juan Pimentel, que además disfrutaba de la encomienda. Su apellido delata su emparentamiento con la familia condal, al parecer sobrino del V conde. Este noble tomó posesión del pequeño priorato el 3 de mayo de 1510 a través del clérigo Gonzalo de Magaz, su representante legal.

Pocos días después, el 8 de mayo de ese mismo año, el propio Juan Pimentel, ratificaba la posesión en un acto solemne celebrado en el monasterio de Nogales. Sin embargo, el monasterio de Sahagún no se dio por vencido y siguió pleiteando ante la curia romana en defensa de sus derechos.

Pero en 1525 se produjo una inflexión decisiva, que decantó definitivamente el asunto hacia los intereses condales. En esta fecha el papa Clemente VII anexionaba el priorato de Villaverde al Hospital de la Piedad de Benavente, recientemente fundado por el V Conde, Alfonso Pimentel y su mujer Ana de Hererra y de Velasco. Según se deduce del documento pontificio el V conde consiguió de su pariente, Juan Pimentel, que hiciese renuncia de la encomienda del mismo en manos del Papa Clemente VII y este a su vez, por súplica del conde, lo mandó agregar al Hospital de la Piedad. Esta unión llevaba consigo la obligación mantener en la iglesia prioral dos monjes o presbíteros seculares para atender el culto y las misas diarias.

Las protestas de Sahagún apenas consiguieron conmover la línea marcada por Roma. Finalmente en 1544 la curia romana pronuncia sentencia en la que se condena al monasterio de Sahagún a perpetuo silencio, y se declaran válidas las anexiones. El monasterio leonés se vio obligado a abonar 60 ducados y 4 florines de oro en concepto de costas del proceso. Por su parte, el hospital pagaba cada quince años, en compensación por dicha agregación, las contribuciones correspondientes a la Santa Sede. El Libro Becerro del Hospital de la Piedad de Benavente registra en su contabilidad los asientos correspondientes a estos dispendios. En el siglo XVIII la suma global, los llamados quindenios, ascendía a 2000 reales, más 460 reales en concepto de gastos de cobranza y desplazamiento.

La trayectoria de San Salvador de Villaverde corre desde entonces paralela a la del Hospital de la Piedad. Durante los siglos siguientes el priorato siguió ampliando su patrimonio en el valle de Vidriales. En el siglo XVIII sus rentas se extendían por los lugares de Jamontes, Micereces, Valderas, Requejo de la Polvorosa, Vecilla, Mózar, Burganes, Olmillos, Navianos, Aguilar, Abraveses, Sitrama, Colinas, Granucillo, Granucillino, Cunquilla, Bercianos, Tardemázar, Santibáñez de Vidriales, Calzada, Uña y Letrillas.

Sin embargo, la vida languidecía en el pequeño centro religioso. En 1752 se mencionan los dos capellanes que ejercen sus funciones en la “Casa del Priorato”: Pedro Mateos y José Castaño. A mediados del siglo XIX Madoz indica escuetamente que en él ejercían sus funciones únicamente dos sacerdotes nombrados por el conde de Benavente. Esta actividad, casi vegetativa, se vino manteniendo hasta bien entrado el siglo XX.

Los dos religiosos residían aquí con el único compromiso de atender sus obligaciones de culto, fundamentalmente misas, según una tradición secular reglamentada por los Condes de Benavente. Además oficiaban otros servicios religiosos requeridos ocasionalmente por los lugareños. La actividad debió extinguirse definitivamente cuando el Hospital de la Piedad de Benavente pasó a ser Asilo de Ancianos, si bien la fundación que administra sus bienes sigue conservando los derechos de propiedad de la finca en la que encuentra el priorato.

Fuente romana de San Pedro de la Viña

Detalle de la fuente romana

Detalle de la fuente romana

San Pedro de la Viña

lunes, 8 de febrero de 2010

La ciudad derrotada - Memorias y esplendores de la villa de Castrotorafe

Ruinas del Castillo de Castrotorafe, según una ilustración de 1876

El despoblado de Castrotorafe se levanta sobre una pequeña meseta, en la orilla izquierda del Esla, vigilando un estratégico paso sobre este río. El terreno está incluido actualmente al pequeño municipio de San Cebrián de Castro, de tan sólo 363 habitantes, dentro de la comarca zamorana de la Tierra del Pan. El término municipal incluye el anejo de Fontanillas de Castro.

El acceso se realiza desde la Nacional 630, en plena Vía de la Plata, por una pista de tierra perpendicular a dicha carretera que arranca a unos dos kilómetros al sur de Fontanillas de Castro. El camino lleva al visitante directamente hacia los restos de una de sus antiguas puertas, en el frente este. El sistema defensivo aprovechaba una amplia meseta con brusca caída hacia el río y delimitada por dos pequeños barrancos que desaguan en éste.

Sobre el origen remoto de la población y la cronología del asentamiento, a falta de intervenciones arqueológicas sistemáticas, no existen más que conjeturas. Suele identificarse con el "Vico Aquario" romano, uno de los hitos recogidos en el Itinerario de Antonino. Ciertos hallazgos en superficie de materiales de cronología romana, o incluso anteriores, han venido a apuntalar esta hipótesis, aunque sin argumentos concluyentes.

La primera mención en las fuentes parece ser del año 1038, cuando se cita el territorio de "ad Torabe"o "Adtorabe", como próximo al monasterio de Moreruela, en una donación de la condesa Sancha, hija de los condes Munio Fernández y Elvira. El dato tiene su interés, pues pone manifiesto la existencia de un centro territorial de cierta entidad con poblaciones o aldeas dependientes, entre ellas Riego.

Es a partir de 1129 cuando Castrotorafe resurge con fuerza en el contexto del impulso repoblador desarrollado en el reino leonés. En este año Alfonso VII le concede el fuero de Zamora y le asigna un primer alfoz. Pero será su hijo, Fernando II, quien haga de este lugar un enclave destacado dentro del organigrama político del reino. Es a él a quien las crónicas atribuyen la repoblación de la villa: "este rey don Fernando pobló ... Castrotorafe en el obispado de Zamora.".

En 1176, Castrotorafe es entregada a los caballeros de Santiago por sede central de la Orden: "villam dictam Castro Toraf per terminus novinssimos et antiquos", y dos años después, en 1178, Pedro Fernández, Maestre de la Orden, le concede un nuevo fuero confirmado por el propio Fernando II.
En esta época debió construirse un primer recinto murado y, quizás, levantarse su famoso puente sobre el Esla, uno de los principales viaductos de la zona que proporcionaba acceso a los territorios zamoranos desde el noroeste y a Galicia por Portugal.

La defensa del puente y la guarda de su castillo aumentaron la notoriedad de este enclave a principios del siglo XIII, que fue objeto de sucesivas disputas entre Orden de Santiago, el obispado de Zamora, el Papa y las hijas del Alfonso IX, Sancha y Dulce. En 1202 Alfonso IX concedía a la catedral de Zamora el diezmo íntegro del portazgo para la reedificación del claustro de San Salvador y el de San Miguel, impuesto que estaría estrechamente vinculado, como ocurre en otros lugares, con la gestión y el control del puente.

En abril de 1222 el obispo zamorano alcanzaba un acuerdo con el maestre de la Orden referente a los diezmos del peaje y aceñas en este lugar. El maestre renunciaba a todos los derechos sobre el peaje y la mitad de la aceña de Figal, y el obispo renunciaba a todas sus pretensiones sobre los diezmos del peaje y las aceñas de Castrotorafe.

Las diferencias entre la mitra zamorana y la Orden de Santiago sobre el pago de portazgos y del “pasagium” en Castrotorafe por los vecinos de Manganeses de la Lampreana dieron lugar a una nueva concordia, firmada en 1229 por el obispo y el maestre. La Orden promete no exigirlos, pudiendo los dichos vecinos comprar y vender en Castrotorafe. Por estos mismos años diversas referencias documentales de la Catedral de Zamora, procedentes de mandas testamentarias, testimonian la actividad en el puente.

Para la construcción del viaducto se aprovechó un remanso del río, originado por la acción de "la violentísima curva que antes se desarrolla", en palabras de Gómez Moreno. El arqueólogo granadino sitúa su construcción a finales del siglo XII, señalando que constaba de doce o más arcos " ya hundidos, sobre pilas de corte poligonal contra la corriente y espolones a la parte contraria, con bien torpe criterio. Sus cimientos perseveran dentro del río, y otras cuatro pilas, hechas de sillería gruesa, surgen sobre peñas en la margen contraria". El imponente sistema de fortificaciones de la villa tuvo siempre muy en cuenta la defensa de esta infraestructura, pues desde el ángulo noroeste del castillo un muro descendía a modo de coracha hacia el río, donde se localizan los restos de una torre con espolón que serviría para el aprovisionamiento del agua y la vigilancia.

Basándose en testimonios indirectos algunos autores han mantenido que a mediados del siglo XVI el puente se derrumbó definitivamente, no volviendo a reconstruirse. Quizás haya que retrasar al menos varias décadas esta circunstancia, puesto que en la visita a las encomiendas de Castrotorafe y Peñasuende de 1528 se menciona aquí una barca.

Este misma visita nos revela la existencia de una ermita dedicada a Santa Marina situada en las inmediaciones del río Esla, con lo que los paralelismos con respecto al puente de Castrogonzalo son más que evidentes: "Visitación de la hermita de Santa Marina çerca de la villa de Castrotorafe [...] Los dichos visitadores mandamos a Pedro de Constante, cura de Castro Torafe, que pues lleva la renta de la dicha hermita, que haga hazer dos esquinas de la dicha hermita, que están caydas hazia la parte del río, las quales haga de cal y canto, conforme a la pared que está echa".

En todo caso ya finales del siglo XV se evidencia un importante derrumbe del puente, cuyos pormenores remiten a una primera destrucción que podría remontarse incluso al siglo XIV y que pudo ser definitiva:

"Visytamos una puente que está baxo de la fortaleza en dicho Ryo, la cual está cayda, los arcos de ella, salvo tres que están sanos, y todos los pilares de los otros paresçen ençima del agua grand parte; fuemos ynformados que no saben sy se cayó o sy la derrocaron porque no ay memorya de onbres que dello se acuerden".

Se trata de la visita efectuada en 1494. Esta misma fuente nos informa de la importancia económica y estratégica que los Santiaguistas condecían a este paso: "Si dicha puente se hiziese, rentara esta dicha encomienda Çien mill mrs. Mas, en dende arriba, porque toda la gente que viene de Portugal a las feryas de Castilla vernya por ally que el portazgo rendyese mucho".

A partir de estas fechas las referencias a esta villa escasean en las colecciones diplomáticas, signo evidente de su pérdida de pujanza, a lo que debió contribuir de forma significativa la ruina del puente. En la actualidad, cuando el embalse tiene sus aguas bajas, se pueden apreciar todavía los arranques de sus pilas en el lecho del río.

El castillo, en ruinas, se localiza en el ángulo noroeste del recinto fortificado. Presenta una planta trapezoidal con un doble sistema defensivo. En primer término, una barrera artillera almenada con cuatro torres circulares en los ángulos y, en segunda instancia, un cuerpo principal aislado de planta similar, hoy prácticamente irreconocible.

En las Respuestas Generales del Catastro de la Ensenada, de 1751, se señala que "en este despoblado se actúa y se opera según lo que coge de territorio su cercado, que lo está todo del derredor de piedra amurallado, con sus cubos, y tiene cuatro puertas arqueadas por donde se entre en él, cada una con su nombre, y tiene de Levante a Poniente cuatrocientos pasos, y de Norte a Sur cuatrocientos y diez, de circunferencia medio cuarto de legua".

Se hace saber también que en el despoblado solamente habita una persona, pobre de solemnidad para más señas, y por tanto exento de contribuciones: "... hay con residencia en dicho despoblado solamente un santero o ermitaño, que cuida de la iglesia. Hay una casa, con habitación alta y baja, en la que reside dicho ermitaño. Está separada de la iglesia y sirve para hospedería de la gente que de muchas partes baja a visitar a la Santa Imagen, que en dicha iglesia está colocada y se intitula del Realengo. Cuya casa es propiedad de su Majestad".

Respecto al castillo se describe así: "Hay un castillo, con su vivienda alta y baja, que está inhabitable. Tiene su atalaya y barbacana, y es propia de los poseedores de la Encomienda de Castro, que hoy lo es el Marqués de Galiano (se refiere a Juan Pablo Galiano y Chinarca, I Marqués de Galiano desde 1746), Caballero del hábito de Santiago, Intendente del Real Sitio de San Ildefonso, y se dice que antiguamente residían en él ocho comendadores, y como hoy no lo ejecutan, está dicha castillo destruido y arruinado por abandono".

Vista de la cerca de Castrotorafe en su sector oeste

Restos del puente derruido sobre el Esla

Vista del Castillo de Castrotorafe desde uno de sus cubos

Entrada principal a la villa, con restos de una de las puertas de su muralla

Restos del Castillo de Castrotorafe

Restos de la iglesia de Castrotorafe

Tronera de artillería en el Castillo

domingo, 15 de noviembre de 2009

¡Hasta las ruinas perecieron! - La iglesia de Santo Tomás de Castrogonzalo

Fachada norte de la iglesia de Santo Tomás en 1990

En uno de los pasajes más célebres del poema épico “La Farsalia”, cuenta Lucano el asombro de Julio César durante su visita a los solares donde estuvo la sojuzgada, y luego destruida, ciudad de Troya. El gran poeta hispanorromano, cordobés para más señas, hace exclamar a César: "etiam periere ruinae", ¡hasta las ruinas han perecido! Hoy se hace uso de esta máxima para expresar la consternación por una desolación total, un sentimiento muy apropiado para el caso que nos ocupa. Si bien el derribo de la iglesia de Santo Tomás ocurrió hace ya bastantes años, sus ecos en la memoria colectiva de los vecinos no deberían apagarse nunca.

La existencia de dos parroquias en Castrogonzalo y, por consiguiente, de dos barrios diferenciados, con personalidad propia, -el de Arriba y el de Abajo-, es un aspecto indisolublemente ligado a la historia de una localidad cuyos orígenes remiten al proceso de colonización altomedieval. Ya desde 1157 contamos con referencias que revelan la existencia de al menos un templo en la villa dependiente de la mitra astorgana, aunque sin poder precisar exactamente su número. En esta fecha, la infanta doña Elvira, hija natural de Alfonso VI y Jimena Muñoz, donaba a la catedral de Astorga sus posesiones y derechos en todas sus iglesias de la diócesis, mencionando las villas de Bretó, Castropepe, Castrogonzalo, Lagunadalga, Saludes, Maire, y las situadas en Sanabria, en Ribera y en el Bierzo.

La colegiata de Santa María de Arbás, situada en la vertiente sur del puerto de Pajares, fue una institución religiosa que parece que tuvo una gran presencia en Castrogonzalo, y en otras poblaciones de Tierra de Campos, en la primera mitad del siglo XIII. Controlaba los derechos de paso sobre el puente y también llegó a percibir rentas en las iglesias de la villa. En 1225, Alfonso IX concedía a esta colegiata cuantos derechos le pertenecían en las dos iglesias de Castrogonzalo. En principio, nada podemos saber sobre la advocación de cada una de ellas en esta época, pero dada la permanencia en el tiempo de estas dedicaciones en la mayor parte de las poblaciones, podemos suponer su identificación con las tradicionales: Santo Tomás y San Miguel.

Tendremos que esperar hasta 1361 para encontrar una mención expresa a la iglesia de Santo Tomás. En este año, unos vecinos de Castrogonzalo, Bartolomé Martínez y María García, su mujer, reciben dos tierras del monasterio de Santa Clara de Benavente con la condición de plantar allí unas viñas. Las fincas se encontraban en unos majuelos, donde existían también unas viñas pertenecientes a la iglesia de Santo Tomás.

Analizar hoy las características arquitectónicas y artísticas de esta iglesia resulta una tarea harto compleja, ante la desaparición total del objeto de estudio. Para ello, es preciso partir de las escasas fotografías disponibles, recopilar la documentación de archivo y remitirse a los testimonios de los autores que citan en algún momento algún rasgo destacado del templo.

Así, el corresponsal del "Diccionario de Madoz" describe Santo Tomás a mediados del siglo XIX como un edificio "del orden gótico; sus paredes y torre de piedra de cantería y las bóvedas de ladrillo por arista; tiene una sola nave con 150 pies geométricos de largo, 110 de ancho y 62 de altura hasta la bóveda; cuenta cinco altares que nada ofrecen de particular, y celebra dos festividades, una el 21 de diciembre y otra el 16 de agosto en conmemoración de San Roque, patrono del pueblo". Como vemos, en esos cinco altares el retablo del siglo XVI no merece la más mínima consideración de este autor.

Por el contrario, Gómez Moreno apenas se ocupa de la iglesia en su "Catalogo monumental de la provincia de Zamora", pero sí dedica unas líneas a comentar las tablas y las esculturas de su retablo. Elogia las pinturas, pero no tanto las tallas, pues solamente considera la imagen de San Juan Bautista como de verdadero mérito. De la iglesia apenas sentencia que "es moderna y en forma de cruz".

En la misma línea, David de las Heras afirma que “la iglesia es de estilo renacimiento con forma de cruz latina. Su titular es Santo Tomás Apóstol, cuya imagen está en el retablo mayor”. Entre las esculturas, destaca un crucifijo grande del siglo XIV; una imagen de San Sebastián, gótica del XV; otra de la Inmaculada, del siglo XVI; una de San José, y otra de San Roque, ambas del siglo XVII.

Del análisis de las fotografías antiguas recopiladas se deduce que, aunque la planta y estructura general del templo puede responder, efectivamente, al siglo XVI, durante el siglo XVIII se acometieron importantes reformas que le dieron su aspecto final. Sabemos por una breve anotación recogida en los libros de fábrica, y citada por José Muñoz Miñambres, que en 1798 se construyó la capilla mayor y el crucero. Según este autor, Santo Tomás era la iglesia más antigua de los dos barrios de la localidad. En su casco parroquial estaba el alcalde de hijodalgos, siendo la de San Miguel más moderna y en su casco jurisdiccional estaba el alcalde del estado general. También era de Santo Tomás de donde salían las procesiones interparroquiales del Domingo de Ramos y de la festividad del Corpus Christi.

El templo contaba con una única nave y presentaba un crucero saliente que daba a su planta forma de cruz latina. Los muros de su cabecera y de los brazos del crucero eran rectos, y añadía a los pies una gran espadaña, con dos cuerpos de vanos para acoger las campanas. Su fábrica, fruto de diversas fases constructivas, alternaba el tapial, el ladrillo y la sillería. La cubierta era a dos aguas sobre armazón de madera. El crucero se cubría con cúpula semiesférica de factura simple y la nave con bóveda de medio punto con lunetos. La edificación tuvo problemas tradicionalmente de estabilidad por su endeble cimentación y la mala calidad del terreno. El cuerpo inferior de la espadaña fue reparado y reforzado en diversas ocasiones, y a mediados de los años setenta se adosó una galería cubierta al muro sur, con la intención de contrarrestar los empujes de la nave.

En cualquier caso, existió en este mismo emplazamiento otro templo anterior de época medieval, sin poder precisar más detalles sobre sus características y cronología. Testimonio de ello es una estela discoidea de carácter funerario, reaprovechada en la cimentación y recuperada durante los trabajos de desescombro. Se puede fechar, según ejemplos similares, en torno a los siglos XII-XIII. En este momento medieval debe inscribirse también un gran Cristo crucificado en madera policromada, hoy conservado en la iglesia de San Miguel. Aunque de aspecto románico, su factura resulta es algo arcaizante, debiendo llevarse su realización a un momento bien avanzado del siglo XIV.

Durante el siglo XVII hay constancia de varios pagos para la realización de obras artísticas de diversa naturaleza. En esta época en el templo había al menos tres capillas: la de la Natividad de Nuestra Señora, la de San Martín y la de San Juan Bautista. De esta última, debe proceder una meritoria imagen del santo, del siglo XVI, que preside actualmente la calle central del retablo en San Miguel.

En 1604, en los libros parroquiales se ordena "que se pinte en la Iglesia Parroquial, en el paño frontero a la puerta principal, una figura de San Cristóbal muy grande, conforme muestra estar pintada ya". La anterior, aunque de cronología indefinida, debía estar en la línea del gran fresco existente en el lado sur del crucero de la iglesia de Santa María del Azogue de Benavente, o a los ejemplos de la Catedral de León, la iglesia de San Marcos de Salamanca y la colegiata de Toro.

Hay también menciones de diferentes intervenciones en la capilla mayor y en los altares colaterales, pero no se especifica hasta qué punto el retablo principal se vio involucrado en alguna de ellas. Así, sabemos que en 1640 se limpió el altar mayor, o que por estos años se doró la caja del Santísimo.

A principios del siglo XVII se suscitó un pleito en torno a la legítima posesión del beneficio curado de nuestra iglesia. Los condes de Benavente fueron adquiriendo a lo largo del tiempo el derecho de presentación en la mayor parte de las parroquias de las tierras de su señorío. En el caso de Santo Tomás de Castrogonzalo, este derecho pertenecía desde antiguo a los parroquianos y feligreses. Sin embargo, una vez que quedó vacante el curato de Santo Tomás, el VIII conde de Benavente, Juan Alfonso Pimentel, hizo valer su influencia para proponer a un familiar suyo: Fernando Pimentel, clérigo de menores de la diócesis de Oviedo. Así, en 1617 se confirma la sentencia de Cristóbal de Vera, arcediano del Páramo, por la que otorga, a instancia de Juan Alfonso Pimentel de Herrera, a Fernando Pimentel "el beneficio simple y ración sita en la iglesia de Santo Tomé del lugar de Castrogonzalo de esta diócesis de Astorga".

Entre las capillas y fundaciones pías establecidas en la parroquia debe destacarse una fundación para dotar huérfanos. La casa de huérfanos había sido establecida por el clérigo Paulo de Cepeda. Uno de sus principales benefactores fue Martín de Cepeda, descendiente de la familia de los Cepedas de Fuentes de Ropel. En Santo Tomás de Castrogonzalo, los Cepeda contaban con una capilla fundada originariamente por Gaspar de Cepeda y su hermano, Pedro. Esta institución fue complementaria de otras obras piadosas promovidas por Gaspar de Cepeda, entre las que destaca la capilla del Santísimo Cristo de la Indias, con sede en la iglesia de San Pedro de Fuentes de Ropel. Este importante militar ropelano del siglo XVI participó en la conquista de los territorios de Honduras y El Salvador.

El templo atravesó un momento particularmente delicado en los días inmediatos al 29 de diciembre de 1808, cuando las tropas francesas ocuparon el pueblo y utilizaron la iglesia como establo para sus caballerías. Los acontecimientos se inscriben en la ofensiva de Napoleón en el invierno de ese mismo año contra el ejército británico de Moore, que se replegaba en dirección a La Coruña. Según el testimonio de su cura párroco, Isidro González Feliz, los franceses irrumpieron en la iglesia e hicieron varias hogueras en su interior: "destrozaron las puertas del Sagrario y alguna otra pieza de retablos, sin dejar en salvo los cajones de la sacristía y el archivo de papeles [...] Últimamente se perdieron dos cálices de plata, un incensario, dos vinajeras con su platillos y las olieras de dicha especie, lo restante que dejaron fue por haberlo custodiado en sitio secreto que los demás. Como el fuego y el humo eran fuertes destrozaron las vidrieras para que saliera desluciendo las bóvedas". La ausencia hoy de las puertas del sagrario, muy probablemente decoradas con relieves en madera policromada como el resto del retablo, es fiel testigo de estos acontecimientos.

Una de las últimas obras de calado documentadas en la fábrica de Santo Tomás se produjo a principios del siglo XX, en época del párroco Agapito Galende. Se trató en esta ocasión de la espadaña, adosada a los pies, cuya  estructuro debió ser totalmente renovada. De este feliz acontecimiento se hizo eco la prensa local: “En Castrogonzalo (Benavente) se ha solemnizado la fiesta del Rosario inaugurando la torre de la iglesia. Hubo misa solmene, con sermón que predicó el párroco don Agapito Galende; disparo de bombas y cohetes, banda de música, corrida de vacas y bailes populares; terminando con una sesión de gramófono con que el virtuoso sacerdote que regenta aquella parroquia, obsequió a sus feligreses”.

El comienzo del final de la historia de esta iglesia, no exenta de su correspondiente controversia, debe situarse a principios de los años ochenta, momento en el que el progresivo deterioro del templo comenzó a sembrar la inquietud entre los vecinos. Curiosamente, el 20 de mayo de 1981 la entonces Dirección General de Bellas Artes, Archivos y Bibliotecas había incoado un expediente para la declaración del edificio como "monumento histórico-artístico". Una iniciativa encaminada principalmente a proporcionar protección al retablo del siglo XVI. Fue este un expediente nunca resuelto, y que aún hoy inexplicablemente continúa abierto, según los registros de la Consejería de Cultura, Turismo y Deporte de la Junta de Castilla y León. Los pormenores de esta “crónica de una muerte anunciada” invitan a hacer una reflexión, una vez más, sobre la precaria situación en la que todavía hoy se encuentra el patrimonio histórico-artístico de buena parte de los núcleos rurales de Castilla y León.

Los desfavorables augurios formulados por vecinos y parroquianos tuvieron su confirmación, punto por punto, en los meses siguientes. El culto tuvo que interrumpirse definitivamente en la iglesia ante el desplome de parte del techo y la proliferación de grietas en muros, bóvedas y cúpula. La espadaña también amenazaba ruina, a pesar de los refuerzos introducidos en su estructura en varias ocasiones. De esta forma, Castrogonzalo perdía temporalmente sus dos iglesias, dado que el otro templo: San Miguel, hacía ya bastantes años que estaba fuera de servicio, utilizándose eventualmente como panera por unos particulares. Las celebraciones religiosas fueron trasladadas a un local municipal, acondicionado al efecto para cumplir las funciones de altar improvisado.

Durante el año 1983 se acometieron diversas obras de reforma en la iglesia de San Miguel a cargo del Obispado de Zamora. El edificio venía utilizándose como panera desde hacía años, por lo que hubo que cambiar los solados, enfoscar los muros y pintar las paredes para adecentar el interior. También se renovaron los muros exteriores y se añadieron diversos paramentos de ladrillo. Este lavado de cara permitió volver a utilizar la iglesia para el culto. Fue este el momento en el que se acometió el traslado y restauración del retablo a cargo de la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Castilla y León, trabajos que se prolongaron durante varios meses de los años 1985 y 1986.

Mientras se rehabilitaba San Miguel, el abandono y el consiguiente proceso de deterioro de Santo Tomás continuaron imparables durante los años siguientes. La incoación del expediente para su declaración cómo BIC sorprendentemente no surtió ningún efecto práctico. En la resolución de 1981 se hacía saber al Ayuntamiento “que todas las obras que hayan de realizarse en el monumento cuya declaración se pretende, o en su entorno propio, no podrán llevarse a cabo sin aprobación previa del proyecto correspondiente por esta Dirección General". Sin embargo, en el mes de marzo de 1992 el templo se derribaba definitivamente, sin que el asunto ocasionará mucho ruido mediático ni impacto en la opinión pública.

Hoy nada queda del antiguo edificio, salvo el solar donde estuvo levantado. La finca se ha convertido en un descampado sin urbanizar donde prolifera la maleza y se acumulan los escombros. Sin embargo, aún se reconocen algunos vestigios de sus cimientos y las escaleras de hormigón de acceso al pórtico. Todo ello sería más que suficiente para convertir este espacio en una plaza e intentar recuperar la planta y la memoria de la iglesia con una adecuada señalización y cartelería.

La iglesia de Santo Tomás tenía bajo su jurisdicción parroquial una ermita distante de la población bajo la advocación de Santa Marina. Estuvo situada junto al río Esla y el puente de piedra, donde aún hoy existe un pago que recuerda su nombre. Sus orígenes son medievales, pues en el siglo XIII hay constancia de la celebración de una feria franca en el puente en torno a la festividad de la virgen y mártir. En el entorno del puente y la ermita existía una alberguería, relacionada con la labor asistencial a los viajeros y peregrinos que circulaban por este paso del río. 

En el siglo XVII la ermita de Santa Marina estaba prácticamente en ruinas. En los libros de fábrica de Santo Tomás se dice que “en ella se recogen los ganados y cabalgaduras, así como personas de mal vivir. Y aunque se le ha puesto llave y puerta en ella, la arrancan y quitan y profanan”. Por ello se manda que “en el término de un mes se ponga una puerta con cerradura fuerte de manera que sea muy segura y libre de los inconvenientes se haga la obra y no haciéndolo, el señor cura y el mayordomo de la iglesia la destejen y quiten de ella la madera y todo se ponga en cobro para reparo de la iglesia del lugar. El despojo de piedra se lleve para la calzada de la iglesia, que se ha de hacer junto a la torre”.

Según documenta José Muñoz Miñambres, el año 1624 se trajo la teja y la piedra de la ermita de Santa Marina, y su imagen se llevó a la iglesia y se colocó en un altar lateral.

Plano de la iglesia de Santo Tomás, según Rafael González Rodríguez

Vista de la capilla mayor con el retablo del siglo XVI

Fachada norte de la iglesia de Santo Tomás de Castrogonzalo

Espadaña y campanario de la iglesia de Santo Tomás de Castrogonzalo

lunes, 8 de diciembre de 2008

Una herida en la memoria - El santuario de Nuestra Señora de San Román del Valle

Vista del santuario de San Román del Valle desde "La verde"

San Román del Valle es un pequeño núcleo de población, hoy anejo al municipio de Villabrázaro, situado en una suave pendiente descendente hacia la Vega. Su antigua iglesia parroquial, dedicada al santo homónimo del pueblo, se encuentra en ruinas, reemplazada en sus funciones por una construcción moderna de nulo interés.

Según las Respuestas Generales del Catastro de la Ensenada en el siglo XVIII sus límites eran: "al Levante con raya del lugar de San Cristóbal, al Poniente y Sur con la del de Villabrázaro, y al Norte con raya del lugar de Paladinos". A mediado del siglo XIX contaba con 44 casas, escuelas de primeras letras y una ermita dedicada a Santa Bárbara, tal y como se consigna en el Diccionario de Madoz.

El paisaje de sus típicas bodegas horadadas en la arcilla ya fue glosado por el viajero inglés Richard Ford a mediados del siglo XIX: "en San Román de la Valle se excavan en las colinas de tierra blanda bodegas, cuyo contenido fue más fatal para las tropas de Moore que ningún enemigo, pero Baco ha sido siempre más temible para nuestros valientes soldados que Marte".

Al sur de la localidad, al pie de un cerro de escasa altitud se hallan, dominando todo el Valle, las ruinas del monasterio-santuario de Nuestra Señora: El Convento. El templo fue históricamente el principal centro espiritual del llamado Valle de Santa María, atravesado por el arroyo Regato o Ahogaborricos, también citado en alguna ocasión en las fuentes medievales como Merdaveldo o Merdivel.

Este no fue el único centro de culto destacado de esta pequeña cuenca fluvial. En el pueblo actual de San Adrián del Valle, dentro del Partido Judicial de la Bañeza y fronterizo con la provincia de Zamora, existió desde la Alta Edad Media un importante monasterio dedicado a los mártires Adrián y Natalia. Su primera mención se remonta al año 922, y su vida cenobítica debió mantenerse hasta mediados del siglo XII en que aparece incorporado a la catedral de Astorga. Ya desde el siglo X toda esta zona es identificada como Valle de Santa María, y algún diploma de esta misma época cita a Santa María la Antigua, lo que es indicio seguro de la existencia de un remoto santuario o monasterio dedicado a la Virgen que jerarquizaría y ordenaría política y espiritualmente todo el entorno.

La vinculación de nuestro santuario con los franciscanos se remonta a principios del siglo XV. En 1403 el papa Benedicto XIII comisionaba al abad del monasterio berciano de Carracedo para que aprobara, en su nombre, la donación que había hecho el obispo de Astorga de la iglesia de Santa María del Valle a los frailes de la Orden Tercera de San Francisco. A partir de entonces los frailes tercerones serían los celosos custodios de los edificios conventuales, mientras que la familia Pimentel, señores de la aldea, ejercía el patronato. A mediados del siglo XVIII la comunidad contaba con 22 religiosos, un sacristán, dos cocineros, un mozo de mulas y una lavandera.

La parte más antigua de su fábrica se corresponde con la cabecera del templo, que debió alzarse a partir del siglo XIV. Su presbiterio presenta planta cuadrada, con gruesos paredones construidos con mampostería, ladrillo y barro. Se accede al mismo a través de un arco toral de ancha ojiva, con molduras de bocelones cortados en ladrillo que se prolongan a los pilares en que se apoyan. Cubría este espacio una magnífica armadura morisca ochavada de unos 8 metros de lado, con pechinas de lazo ataujerado de ocho y veinte.

A este núcleo original se agregó en el siglo XVIII una amplia nave de cinco de tramos cubierta con bóveda de cañón y lunetos, hoy totalmente perdida. Hacia Poniente se construyó también en esta centuria la fachada principal, flanqueada a su izquierda por una esbelta torre coronada de chapitel y la entrada al monasterio, sin duda lo mejor conservado hoy de todo el conjunto. Esta monumental portada barroca guardaba algunas similitudes en su estructura y ornamentación con la fachada del desaparecido monasterio de San Francisco de Benavente, levantada a mediados del siglo XVIII sobre planos de Joseph González Taboada.

Sobre la cima del cerro próximo, destaca una emotiva cruz recortada sobre un bloque de pizarra: "La Verde", tal vez testimonio de un enterramiento privilegiado o un crucero más -muy modesto, eso sí- de los muchos que jalonan los lugares de culto de la comarca.



Hueco dejado por la armadura morisca

Armadura ochavada instalada en el Parador de Turismo de Benavente

Desde el siglo XV el santuario sirvió de panteón para una rama familiar de los Pimentel, señores de Benavente. La capilla funeraria fue erigida por Juan Rodríguez Pimentel, muerto en 1443 e hijo del I conde, Juan Alfonso Pimentel, y Teresa Álvarez de la Somoza. Originalmente se encontraba en el lado de la Epístola del templo, y constaba al menos de tres sarcófagos esculpidos en piedra, exponentes de la mejor escultura funeraria de finales del gótico. La identificación de los fundadores del panteón y la reconstrucción de su árbol genealógico han sido desvelados recientemente por Manuel Fernández del Hoyo.

Los sepulcros monumentales se atribuyen al maestro responsable del enterramiento de Don Diego Anaya, obispo de Salamanca y arzobispo de Sevilla, fallecido en 1437. Los tres sarcófagos fueron trasladados seguramente con las reformas del siglo XVIII, y empotrados en el muro sur de la nave de la iglesia, guarnecidos bajos sus correspondientes arcosolios.

El comienzo del ocaso de esta fundación arranca con la Desamortización de 1835, que finiquita sus propiedades, rentas y derechos, y pone fin a la vida cenobítica. Fue suprimido en marzo de 1836. En el inventario de bienes de 30 de abril de 1836 se dice que su biblioteca contaba entonces con "340 libros viejos despreciables sin forro los más".

A partir de entonces, las dependencias monásticas fueron presa fácil de la ruina y la desolación, reducidas hoy a algunos paredones al norte del santuario a punto de sucumbir definitivamente. Aún así, en la iglesia se continuaron celebrando los oficios religiosos y las romerías anuales hasta bien avanzado el siglo XX. Sin embargo, el abandono y el deterioro de los edificios monacales acabó arrastrando al templo, sin que se pusiera remedio alguno para evitarlo.

En 1963, ante la amenaza de ruina, se trasladaron las tres urnas funerarias de los miembros del linaje Pimentel al Museo de los Caminos de Astorga. A principios de los años setenta se desmontó la armadura morisca que cubría el presbiterio. La pieza fue comprada por el Ministerio de Información y Turismo al obispado de Astorga por 700.000 pesetas de las de entonces, e instalada, con alguna adaptación traumática, en el Torreón del Caracol de Benavente. Sirvió así de postrero ornato al nuevo Parador de Turismo, inaugurado el 8 de mayo de 1972.

El santuario de San Román del Valle acoge durante el segundo Domingo de Mayo la romería en honor a la Virgen del Valle, a la que acudían solemnemente con sus pendones los siete municipios zamoranos de San Román, Villabrázaro, Paladinos, La Torre, Pobladura, Maire y Fresno y los leoneses de San Adrián y Audanzas. Los devotos de estas localidades formaron desde tiempo ignoto una cofradía que algunas ocasiones se reunió también en la ermita del Santo Cristo de la Torre del Valle.

También el Concejo de Benavente participaba de estas celebraciones. En 1505 ordena la asistencia a la fiesta del monasterio de Santa María del Valle y se convoca a los pueblos para que procesionalmente asistan a la fiesta del Corpus.

El 29 de junio de 1983 se incoa el expediente para la declaración del monumento como BIC (Bien de Interés de Cultural). 25 años después, a pesar de las gestiones hechas desde diversas instancias, el expediente sigue durmiendo el "Sueño de los Justos". En cambio, para la suerte de estas vetustas ruinas el sueño ha tornado en pesadilla.