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jueves, 16 de diciembre de 2010

La mirada del hombre alado - Mateo en la portada sur de San Juan del Mercado de Benavente

Mateo evangelista en San Juan del Mercado de Benavente

No siempre resulta fácil explicar por qué una obra de arte es particularmente querida o merece un tratamiento privilegiado desde la óptica del crítico o el historiador. Quizás sea una simple valoración subjetiva, fruto de una primera impresión, de la formación previa recibida o de las vivencias personales que acaban lastrando al espectador. En cualquier caso, es muy recomendable, de vez en cuando, comentar una obra apartando a un lado los academicismos y dejándose llevar por el puro goce estético.

Con este espíritu se propone ahora un acercamiento a una de las esculturas que adornan la portada sur de la iglesia de San Juan del Mercado de Benavente, concretamente la imagen del evangelista Mateo. Se encuentra en la mocheta derecha que soporta el dintel de la puerta y el tímpano. Sin duda, la figura mejor resuelta, desde el punto de vista plástico y técnico, de todo el conjunto escultórico de la Adoración de los Reyes.

Cuando nos enfrentamos con una obra románica, siempre concebida en clave religiosa, no sólo debemos desentrañar su iconografía y adoptar el punto de vista de su artífice. También es preciso situarse en el escenario de un espectador de los siglos XI al XIII.

Como ya advirtió San Bernardo en su célebre “Apología a Guillermo de Saint Thierry”, a través de las imágenes se podía aleccionar a los ignorantes y conseguir una mayor devoción de los feligreses. Pero a pesar de esta condición de la portadas románicas de “Biblias en piedra”, no siempre contamos con todas las claves para descifrar el mensaje que se quiere transmitir, seguramente porque se suelen entremezclar los textos canónicos, con las hagiografías, los Evangelios apócrifos, otras tradiciones de la Iglesia e incluso relatos profanos.

Comparece aquí nuestro evangelista Mateo bajo una de las apariencias más socorridas de su iconografía al uso: la del hombre alado. Fue San Jerónimo quien fijó con precisión el simbolismo particular de cada uno de los evangelistas, asignando a Mateo el ángel que tenía el rostro de hombre, símbolo de la inteligencia, en alusión a que en el comienzo de su evangelio reconstruye la genealogía humana de Cristo.

Mateo es identificado en los evangelios sinópticos como Leví, hijo de Alfeo, publicano y recaudador de impuestos en Cafarnaúm (Mateo 9:9, Marcos 2:14, Lucas 5:27-29). Según el testimonio del propio evangelista “Jesús, al irse de allí, vio a un hombre llamado Mateo en su puesto de cobrador de impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. Mateo se levantó y lo siguió…” (Mt. 9, 9). Así en la representación del tetramorfos del Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, Mateo, en lugar de escribir su evangelio apoyándose en su símbolo parlante, como hacen sus tres compañeros, lo hace aparentemente sobre un cofre, en alusión probablemente a su antiguo oficio.




Como uno de los evangelistas, San Mateo es representado de manera genérica con túnica y portando un libro o un rollo escrito. Pero en la interpretación literal de la visión de Ezequiel su símbolo específico es el hombre, un mero rostro humano, no un ángel: “El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo era semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre; y el cuarto era semejante a un águila volando”. (Ez. 1.5-10; 10.14). Así en el Pórtico del Paraíso de la sede orensana encontramos la estatua-columna de Mateo bajo su apariencia específícamente humana, con su evangelio abierto, pero sin alas. En cambio, el Mateo del tetramorfos de la puerta sur de Santa María del Azogue de Benavente despliega sus alas aparatosamente.

La escultura de la portada de San Juan presenta un aceptable estado de conservación. Se aprecian algunas pérdidas en la nariz, que está rota, los labios, y ciertos dedos, tanto de la mano derecha como de la mano izquierda. En cualquier caso, su aspecto es mucho más saludable, desde luego, que otras figuras peor tratadas por el tiempo, como la serie estatuaria que puebla los derrames de las jambas.

Los últimos trabajos de restauración han permito recuperar algunos restos de la policromía y la reparación o reposición de los morteros de rejuntado. Los colores son perceptibles, por ejemplo, en el iris del ojo izquierdo, las manos, las alas y la propia mocheta. Los tonos empleados fueron el rojo, azul, verde claro y amarillo, pero es el rojo el más identificable en la actualidad. Es evidente que el Sol del Mediodía es el principal responsable de la perdida de la pigmentación, pues las zonas más protegidas de la luz y la intemperie han ralentizado notablemente el deterioro natural de la piedra.

En la restauración del templo por Ferrant se modificó la cubierta de la portada y se hizo un recrecido del paramento en la zona superior del arco ojival. Estas modificaciones han permitido subsanar las posibles filtraciones del agua de lluvia desde la cubierta. La degradación principal ha consistido en la pérdida de la policromía y en la rotura de la piedra por laminación, con la acumulación de depósitos blancos tanto en su interior como en el exterior.

La figura aparece de medio cuerpo, surgiendo de entre las nubes. Su cabeza es redondeada, bien proporcionada en relación al cuerpo y de largo cuello. El rostro joven, imberbe, de ojos prominentes, mentón saliente, cejas marcadas y nariz recta. Su pelo, de bucles acaracolados, resulta algo sofisticado, pero está primorosamente trabajado con el cincel. La forma de resolver la cabellera recuerda notablemente a la del Profeta Daniel de la catedral compostelana.

La boca insinúa una media sonrisa, apenas perceptible, y parcialmente velada por los desperfectos de la piedra. La posición altiva de su cabeza, ligeramente girada hacia su izquierda, enfatiza el efecto de mirar fijamente al espectador y le otorga un aire sereno, pero grato y amable.

El gesto del hombre alado es natural y dinámico, con una lograda sensación de movimiento, muy alejado del hieratismo y la frontalidad de otros personajes de esta misma portada. Logra zafarse de las rigideces del limitado marco arquitectónico y sugiere el diálogo con el observador.

Por el contrario, el tratamiento de las alas es absolutamente simétrico y denota arcaísmo. Los detalles de las plumas están resueltos con un motivo decorativo de retícula geométrica. Viste túnica de pliegues gruesos, paralelos y volumétricos. La caída natural de las telas proporciona elegantes efectos de luces y sombras. La indumentaria muestra amplias mangas, que caen bajo la muñeca describiendo anillos concéntricos y formas cónicas. La forma de perfilar el escote recuerda a los característicos escotes de embudo de frente plano, presentes en la serie estatuaria del Pórtico de la Gloria.

Las manos son grandes, de dedos largos y desgarbados, pero muy expresivos. Sostiene con su mano izquierda, por bajo, su principal atributo: el libro abierto, mientras con el dedo índice de la mano derecha muestra al espectador su nombre y las primeras palabras de su evangelio:

MATEVSLIB[ER]
GEN[ER]ACIONIS


La genealogía de Jesús ocupa los primeros versículos del primer capítulo del evangelio de San Mateo, de hecho, es este precisamente su inicio: “Liber generationis Jesu Christi filii David, filii Abraham”. (Libro de la Generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham). Mateo afronta el relato de la vida de Jesús presentando su linaje familiar.

Dado que la llegada de un Mesías había sido un tema recurrente de diversas profecías formuladas en el Antiguo testamento, nuestro evangelista pretende demostrar que Jesús de Nazaret fue, efectivamente, aquel de quien Moisés y los profetas dieron testimonio. Como el Mesías tenía que proceder necesariamente de la descendencia de Abrahán (Gén. 22:18; Gál. 3:16), el padre de la nación judía, y de David, fundador del linaje real (Isa. 9:6-7; 11:1; Hech. 2:29-30), Mateo cree demostrar con su genealogía que Jesús es descendiente de tan ilustres personajes.

Los antiguos exégetas de los textos bíblicos, como Agustín de Hipona, creyeron tradicionalmente que este libro fue el primero en escribirse de los Evangelios sinópticos y, por eso, siempre se antepuso a los otros tres en las ediciones del Nuevo Testamento. Sostenían que Mateo escribió el Evangelio en Palestina poco antes de la destrucción del Templo de Jerusalén, en el 70 d.C., y lo habría hecho en hebreo o arameo en atención a los judíos convertidos al cristianismo. Hoy en día la mayoría de los expertos no sólo dudan de estos asertos, sino que cuestionan la autoría del propio Mateo.

En definitiva, por la factura técnica y el ritmo compositivo estamos ante la pieza más recomendable de toda la portada. Revela el virtuosismo de un maestro, pero también el respaldo de un taller. Son notables las diferencias de calidad y estilo observables entre las distintas figuras de esta portada, sin duda consecuencia de la participación de varias manos, pero también, posiblemente, reflejo de varios momentos de realización.

Nada sabemos sobre la autoría, ni de las circunstancias históricas que rodearon su confección. La identificación que se ha hecho alguna vez con el “Magister Giraldo” del fuero de Benavente de 1167, o con el epitafio de cierto “Giral Aime” existente en esta misma portada, no pasa de ser una sugerente hipótesis.

Por su naturalismo, su riqueza formal, el alargamiento de los cánones, la levísima sonrisa y los pliegues cuidados, nuestro hombre alado se aproxima a las formas protogóticas del último cuarto del siglo XII y comienzos de la centuria siguiente.

Es el llamado arte del 1200, un estilo de notable proyección en los territorios de Galicia y León, que en el aspecto escultórico tantas veces se ha relacionado con la escuela del maestro Mateo y todas sus secuelas repartidas por el noroeste de la Península. Sus fuentes de inspiración y los paralelos existentes son muy variados. Se ha destacado su ascendiente borgoñón, de Saint-Denis y Chartres; influencias de Italia, probablemente, de Provenza, de Saint Gilles-du-Gard, así como destellos del arte islámico y e hispanocristiano.

Pero el maestro Mateo -de quien en todo caso existen muy pocas certezas- no es más que la cabeza visible de una generación de escultores y arquitectos de gran calidad. Son los protagonistas de una notable renovación de las concepciones estilísticas e iconográficas del arte románico, bien sea para ornar construcciones de nueva planta, bien sea para embellecer otras heredadas de épocas anteriores.

Establecer las filiaciones estilísticas y cronológicas entre los principales centros de producción artística del Reino de León y los centros secundarios de ámbito más rural es tarea ardua y compleja. Que las obras consideradas más sublimes y modélicas, aquellas incorporadas a la edilicia más representativa del reino, influyeron en los canteros y escultores de los talleres locales es evidente. Pero identificar con precisión dónde se encuentra el original y dónde comienza la copia, o la imitación, es una empresa tan arriesgada como estéril, entre otras cosas porque nos faltan piezas del puzle y obras estilísticamente similares pueden ser ramas de un tronco común.

En Benavente es esta una época de notable impulso constructivo y de sugerentes iniciativas artísticas. Se corresponde con los reinados de Fernando II (1157-1188) y Alfonso IX (1188-1230). Dos reyes leoneses, padre e hijo, que tanto influyeron en la repoblación de la nueva villa, en la configuración urbana y en la proyección sobre su alfoz. En el corto período que abarca los años 1181-1230 tenemos noticias de la edificación de un buen número de parroquias en la villa, pero de todas ellas solamente han llegado a nuestros días dos: Santa María del Azogue y San Juan del Mercado.

Las dos únicas referencias cronológicas seguras sobre la edificación de la iglesia de San Juan del Mercado proceden de los años 1181 y 1182. Se trata, por un lado, de un documento por el que doña Aldonza, hija del conde Osorio y la condesa Teresa, cede a la Orden de San Juan los derechos sobre la iglesia en construcción y, por otro, una breve inscripción grabada en el zócalo del pasillo que comunica la Capilla Mayor con el ábside norte: ERA MCCXX KALS A. (Era 1220, calendas de abril o agosto).

Por estos mismos años la suscripción en alguna carta benaventana de cierto “Fernandus Martini presbiter Sancti Ihoannis” podría indicar que la iglesia estaba ya en uso. Más tardía y problemática, con respecto a la situación real del templo, es la noticia de un documento fechado en Benavente en 1211 "in atrio domus Hospitalis de Benavento".



lunes, 13 de diciembre de 2010

De Babia a Sierra Morena - Un viaje ancestral por la Cañada Real de la Vizana o de la Plata

Portada del libro

El Blog "Más Vale Volando" quiere hacerse eco de la reciente publicación de la obra: "De Babia a Sierra Morena. Un viaje ancestral por la Cañada Real de la Vizana o de la Plata y otras vías pecuarias". Los textos son de Manuel Rodríguez Pascual, buen conocedor de todo aquello relacionado con la trashumancia en tierras de León, mientras que las fotografías son obra de Fernando Fernández. Se trata de una edición muy cuidada, de gran formato, con una  excelente maquetación y una selección de fotografías muy acertada.

En este libro se describe un largo viaje de más de 700 km por la Cañada Real de la Vizana o de la Plata y otras vías pecuarias que desde la Babia leonesa nos acercan hasta el mismo corazón de Sierra Morena occidental, a través de las provincias de León, Zamora, Salamanca, Cáceres y Badajoz.

A lo largo del recorrido, en que textos y fotografías guardan una ejemplar imbricación, se conjugan perfectamente las propias experiencias de los autores con los paisajes y la arquitectura de pueblos y ciudades (algunas Patrimonio de la Humanidad), los miliarios y puentes romanos con los chozos pastoriles, las montañas del norte se hermanan con las dehesas del sur, el cereal con la vid y el olivo, y el mundo urbano con la soledad de una naturaleza viva.

En la España desconocida del oeste, se enhebran constantemente los lugares singulares con numerosos espacios naturales protegidos, labrados por el paso de muchas civilizaciones y culturas que han dejado su huella específica. Sin duda, estamos ante un itinerario natural y cultural de primer orden que los pastores trashumantes han recorrido durante más de siete siglos en sus migraciones anuales.

Se ofrece a continuación un extracto del capítulo dedicado al paso de las rutas ganaderas por las tierras de Benavente:

“La Cañada de la Vizana o de la Plata, una vez atravesado el puente sobre el río Órbigo, se despide de León y entra en tierras de Zamora. Después de dejar a mano derecha el Teso Grande, cruza el pueblo de Maire de Castroponce por su ancha calle Real. En el centro del pueblo, sobre el viejo descansadero pecuario, han construido las escuelas, el ayuntamiento y hasta un polideportivo con jardines. A la salida de Maire, La Vizana cruza el puente sobre el arroyo de la Cañada, discurre por un camino de concentración asfaltado hasta Villabrázaro, y después atraviesa el pueblo también por su larga y ancha calle Real, donde destaca la iglesia de Santa María Magdalena, del siglo XVIII. Enseguida, comienza a ascender hacia el Monte de Mosteruelo, poblado de encinas [...]

Rebaño de ovejas en la Eras de Arriba de Castrogonzalo

La Vía de la Plata en Castrotorafe

La Cañada de la Vizana, Real Berciana o Zamorana, como también se la denomina en este tramo, entra en Benavente por la denominada carretera de Alcubilla o Camino de Manganeses, que desemboca en la moderna y empinada avenida bautizada como Cañada de la Vizana, bordeando la villa por el Norte. Al final de la misma, en la parte más alta, junto a una plaza donde hoy se sitúa un Colegio Nacional, se encontraban las eras de San Antón, antiguo descansadero de ganado. Al lado, se localiza la plaza Virgen de la Vega, donde confluye La Vizana con la Vereda de los Maragatos, actualmente Avenida de Maragatos, que se acerca a la ciudad por las inmediaciones de la vieja N-VI.
Desde este altozano, La Vizana desciende por la calle Cuesta del Hospital, pasando junto a la fachada trasera del viejo Hospital de Nuestra Señora de la Piedad. La cañada alcanza después la Plaza de la Soledad, donde confluyen la Vereda de Bribe, que posteriormente con el nombre de Cañada Zamorana llega a Gordoncillo y Mayorga de Campos; y también, el Cordel del Tera, que viene de los pastos de Porto y Puebla de Sanabria por las inmediaciones de la N-525. De éste último, se desgajan en el mismo Benavente:

La Vereda de Cuatro Caminos, en el Ferial, la Vereda de Milles, la Vereda Zamorana y la Colada del Vado de Santiago.

La Vizana se aleja de Benavente por la Avenida de Federico Silva Muñoz y en las afueras, más allá de los confines de la vieja NVI, se pierde el rastro de esta cañada durante algunos kilómetros. Queda convertida en un estrecho camino, entre un nudo de carreteras y autopistas.

En Benavente es preciso detenerse y subir al altozano donde se localiza la ciudad vieja, sobre un primitivo cerro fortificado, que se asoma sobre una amplia vega regada por el río Esta y sus afluentes: el río Cea por el Este y el Órbigo, Eria y Tera por el Oeste.

La situación estratégica de Benavente ha hecho que, desde siempre, haya sido una encrucijada de grandes vías de comunicación de la Península, como es la Vía de la Plata, o las carreteras nacionales que desde Madrid o Extremadura se dirigen hacia Galicia o Asturias. Pero también, como hemos señalado anteriormente, es un importante nudo de caminos pastoriles, articulados alrededor de la Cañada de la Vizana y de otros cordeles y veredas que aquí confluyen por los que los rebaños trashumantes transitaban desde las montañas del norte y oeste de León y Zamora, hacia Extremadura. Esto hizo, que durante largas temporadas se asentaran en esta ciudad la corte de los reyes leoneses [...].

Después de abandonar Benavente, a la entrada del puente de Santa Marina de Castrogonzalo, lugar donde se celebraron ferias ganaderas, se incorpora a La Vizana por la izquierda el Cordel de León, que desde la capital viene por la vega del río Esla. Ya unidos, atraviesan el largo puente de Castrogonzalo, donde se cobraba el correspondiente pontazgo o derecho de paso. A su lado se sitúan Los Paradores de Castrogonzalo, antiguas ventas de parada obligada para caminantes y arrieros, pues era un lugar estratégico entre la meseta, León, Asturias y Galicia. Según las crónicas, el mismo Napoleón pernoctó en la villa de Castrogonzalo, camino de Astorga.

Después de rebasar Los Paradores, La Vizana hace un brusco giro en ángulo recto hacia el mediodía. Pero antes, un ramal de la cañada -denominada en este tramo Cañada de Madrid o de la Coruña- continúa recto por la inmediaciones de la N-VI hacia Medina del Campo. Tras el giro anterior emite otro cordel a la izquierda hacia Castronuevo y Toro, que discurre por la Reserva Natural de las lagunas o salinas de Villafáfila, donde se acumulan en invierno miles de ánsares, garzas, grullas y otras aves europeas [...]

Continúa La Vizana y pasa por la orilla de Castropepe por una calle que lleva el nombre de Vereda Zamorana. Se aproxima a la N-630 (Gijón-Sevilla) y por ella atraviesa la localidad de Barcial del Barco -quizás hubo una barca para vadear el Esla con personas y ganados- donde en la iglesia de Santa Marina, del siglo XVIII, destaca su curiosa torre con cuerpo de planta cuadrada y rematada en forma octogonal, para continuar por Villaveza del Agua y Santovenia del Esla. Al paso por dichos términos, la cañada queda convertida, en la mayoría de los casos, en un camino de concentración. En un escalón más bajo, se abre a la derecha del viajero la amplia y fértil vega sobre el río Esla".

Texto de Manuel Rodríguez Pascual

Puente de Castrogonzalo

lunes, 3 de mayo de 2010

Poco trecho y mal camino - Una breve historia de Bretocino

Chronica Minora

El lugar de Bretocino se encuentra situado en un altozano sobre la margen derecha del río Esla, muy próximo a su confluencia con el Tera, a 710 m. sobre el nivel del mar. A partir de aquí, el río comienza a encajarse en el basamento paleozoico, transcurriendo prácticamente así hasta su desembocadura en el Duero y dejando en sus márgenes, en algunos tramos, varios niveles de terraza. Su término municipal linda al norte con el de Olmillos de Valverde y Milles de la Polvorosa, al este con el de Bretó y al sur con el de Faramontanos de Tábara.
Escudo de Bretocino
Los restos arqueológicos hallados en el término de Bretocino testifican la presencia humana en el Paleolítico Inferior. Industrias líticas compuestas por bifaces, triedros, hendidores, cantos tallados, raederas y otros, han sido halladas en los pagos de “El Cabezo”, “Corrales”, “Rozada” y “Peñalosa”, pertenecientes a la cultura denominada Achelense. Industrias similares las encontramos en Santa Marta de Tera, Villabrázaro y Benavente.

Con independencia de otras ocupaciones prehistóricas posteriores, el territorio cobró notoriedad en época romana, al estar próximo a Pretorium (identificado historiográficamente con Bretó), una de las mansiones de la calzada de Mérida a Astorga, conocida posteriormente como Vía de la Plata. Precisamente, de esta época se documentan varios yacimientos arqueológicos. En “Las Nogales” se han recogido diversos molinos de mano circulares y “ladrillos redondos”. En “Los Collados”, en la parte derecha de la carretera que desde Bretocino conduce a Olmillos de Valverde, se han hallado tégulas de “tipo decadente”, en palabras de Virgilio Sevillano.

Centrándonos en épocas más recientes, en las que existe ya un registro documental, el origen del actual núcleo de población remite al proceso de colonización altomedieval. En las fuentes hay referencias a topónimos como Breto, Bretelo, Breto Mayor y Breto Menor, que ponen de manifiesto la vinculación tradicional de ambas localidades, a pesar de la separación física que podía suponer el río Esla. No obstante, esta circunstancia quedaba solventada, quizás, por la existencia de un vado en el cauce, utilizado desde tiempo inmemorial, como paso de ganados y personas. La sabiduría popular ha perpetuado las dificultades de comunicación entre las dos localidades hermanas con el célebre dicho: "De Bretó a Bretocino, poco trecho y mal camino".
Vista general de la localidad desde el río (Foto cortesía de F. Gallego)
En 951 se menciona en un documento del monasterio de Sahagún la vía “de Breto que vadit a Morerola”. Una de las primeras menciones a ambas localidades la encontramos en el fuero otorgado por Alfonso VII en 1129 a la villa de Castrotorafe, en el que se incluyen a Breto y Bretelo como límites del alfoz del nuevo concejo. La División de Wamba, documento apócrifo de finales del siglo XI o principios del siglo XII, señala a Bretó como uno de los límites de la diócesis de Zamora. Según la versión que ofrece la Crónica de Alfonso X El Sabio: “Ell obispado de Numancia, esta es Çamora, tenga por Penna Gusendo fasta Tormes o son los bannos de Val de Rey que yazen sobrel, et dalli fasta en Duero, e de Villalal fasta Oter de Fumus assi como ua acerca de Rio Seco fasta Breto, e de Tauara fasta en Duero”.

A principios del siglo XIII Bretocino figura como un lugar en el que los reyes de León disponen de diversas heredades de realengo, bienes que acaban incorporándose al patrimonio del monasterio de Moreruela. Así, en 1214 Alfonso IX notifica a los concejos y alcaldes de Benavente y Villafáfila que dona al cenobio todo lo que tiene de su realengo en las heredades de Bretocino y Villafáfila. Este privilegio sería confirmado por los monarcas posteriores. El interés de la abadía cisterciense por este lugar se explica por la existencia de un importante conjunto de molinos en la ribera de Esla, que se extendían por los términos de Bretó y Bretocino.

Iglesia parroquial (Foto cortesía de F. Gallego)
En el siglo XIII el monasterio se fue haciendo con diversos derechos sobre la propiedad, a través de la compra o donación de los mismos a particulares. En 1243 un total de diez herederos venden a los monjes la parte que les correspondía en la presa de los molinos de “Peniellas”, en Bretocino. Como consecuencia de esta implantación creciente de la Orden Cisterciense en la localidad, se estableció una granja monástica, similar a otras muchas que poseía el cenobio en sus dominios del norte de Zamora, desde la que se administraba su patrimonio y las rentas inherentes. Esta granja se documenta al menos desde el año 1222, cuando se entregaba en prestimonio al deán de Astorga, don Pedro Suero.

Desde el punto de vista administrativo, Bretocino fue en la Edad Media una aldea perteneciente al alfoz del Concejo de Benavente, integrada en la Merindad de Riba de Tera, como consta, por ejemplo, en el libro de actas del concejo de 1434. Un año antes, se estableció su contribución al Pedido Real, que se fi jó en la cantidad de 980 mrs. Esta cantidad supone una de las más importantes satisfechas por los vecinos de las aldeas de la citada merindad, tan sólo por debajo de los lugares de Santa Croya y Melgar, lo cual nos da una idea de su pujanza demográfica y económica en el contexto del alfoz benaventano.
Río Esla desde el moderno puente (Foto cortesía de F. Gallego)
En 1398 se crea el Condado de Benavente, a través de la donación que hace el rey Enrique III al noble portugués don Juan Alfonso Pimentel. De esta forma, Bretocino queda integrado dentro de los dominios del señorío. Durante el siglo XV, la barca sobre el Esla se va a convertir en motivo de disputa frecuente entre el monasterio de Moreruela y el concejo de Benavente.

La existencia de barcas en manos privadas constituía, sin duda, una amenaza constante a la explotación de los derechos de paso del principal puente concejil de la comarca: el puente de Castrogonzalo. Además, al ser este un puente que exigía considerables recursos, dadas sus continuas reconstrucciones y reparaciones, las autoridades municipales no se podía permitir el lujo de soportar la competencia de estas embarcaciones extraconcejiles.

La barca de Bretocino tenía un interés particular para el monasterio pues, como ya se indicó anteriormente, en sus inmediaciones se encontraban un conjunto importante de molinos, pesquerías y el Priorato del Hoyo. En el siglo XIV ya hay constancia de la existencia de una barca en este lugar, que debía controlar el monasterio, aunque las heredades de su propiedad fueron entregadas en prestimonio al obispo de Astorga.

Portada principal de la iglesia
En 1434 el capítulo celebrado por los monjes en su monasterio aprobaba el trueque de las heredades que tenía dicho convento en Ferreras de Yuso, Manzanal, Cional, Folgoso, Nuez y las dehesas de Santa Cruz, a cambio de 15.000 mrs. de juro, de los 26.000 mrs. que tenía el conde de Benavente, situados en la alcabala del vino de Zamora y en la barca de Bretocino. Pocos días después, el conde Rodrigo Alfonso Pimentel otorgaba licencia al Concejo de Benavente para que entregara al monasterio de Moreruela la barca de Bretocino, prohibiendo a dicho concejo poner otras embarcaciones desde el término de Milles hasta el canal de la presa del Carrizal. Así mismo, permitía a los vasallos del conde ir a moler a las aceñas del Hoyo, pastar con sus animales, cortar hierba, sacar piedra de la cantera para reparar las aceñas y la pesquera y, por último, vender libremente el pescado obtenido.

Durante el siglo XVI, Bretocino continúa siendo un lugar de paso obligado, en el camino que conducía de Villafáfila a Benavente, tal y como revela Hernando de Colón en su “Cosmografía de España” (1517-1519): Villafafila es en tierra de campos e es villa de quinientos vecinos e esta en llano e tiene unas salinas e es de leña pobre e es de don Pedro Pimentel e fasta Benavente ay cuatro leguas e van por Brete dos leguas e media e por bretoçino media legua".

Como aldea del alfoz benaventano, Bretocino debía contribuir también en aquéllas obras de interés general para la comunidad. Una de ellas era la reparación de las murallas de Benavente. Trabajos que consistían en levantar tapiales en los sectores de la cerca que se encontraban en mal estado o se habían derruido. Así en 1655, dentro del contexto de la guerra con Portugal, que acabará a la postre con la independencia del país vecino en 1668, tuvo lugar una prestación de trabajo de todas las aldeas y lugares del concejo. A cada una de ellas se le asignó un sector de la muralla. En concreto, a nuestra localidad le correspondieron: “seis tapias a los dos marcos y rrecivimentos de la cantería que ssale a la Puerta de Santa Cruz a mano izquierda”.

Este documento tiene su interés, además, porque en esta ocasión Bretocino figura incluido dentro de la Merindad de Valverde, y no en la Merindad de Tera, como constaba en los repartimientos del siglo XV. En esta misma Merindad de Valverde continuaría en el siglo XVIII, como consta en la relación de lugares y aldeas que ofrece Berdum de Espinosa, en su obra “Derechos de los Condes de Benavente a la grandeza de primera clase”, publicada en Madrid en 1753, fol. 54.
Entrada al cementerio
Durante el siglo XIX varios diccionarios geográficos e históricos ofrecen estampas de las diversas localidades españolas. Sebastián Miñano y Bedoya en su “Diccionario Geográfico- Estadístico de España y Portugal”, a propósito de Bretocino recoge lo siguiente:

"Bretocino, L.S. de Esp., provincia de Valladolid, part. De Benavente, obisp. De Astorga. A.P., 58 vec., 232 habitantes, 1 parr., 1 pósito. Sit. en colinas suaves que dominan una vega, bañada por el río Esla, junto a su confl uencia con el Tera. Produce trigo, centeno y legumbres. Cont. 949 rs. 8 mrs. Derec. enag. 544 rs."

Por su parte, Pascual Madoz, en su conocido Diccionario, ofrece una interesante descripción de la situación de nuestra localidad a mediados del siglo XIX:

"Bretocino. Localidad con ayuntamiento en la provincia de Zamora (9 leguas) partido judicial de BENAVENTE (1 1/2), diócesis de Astorga (11), audiencia territorial y capitanía general de Valladolid (16): situado en un llano a 100 pasos del río Órbigo, con libre ventilación y clima sano. Tiene 42 casas de un sólo piso, muy reducidas y poco aseadas con su corral delantero cada una de ellas; iglesia parroquial (San Pablo), servida por un cura, contiguo a la cual está el cementerio y dos fuentes de agua perenne; pero sin uso. Confi na Norte Olmillos, Este Bretó, Sur la dehesa llamada Las Mangas, y Oeste Friera, todos a 1/2 hora de distancia. El terreno es de buena calidad y todo llano. A 200 pasos al sur del pueblo, se encuentra la indicada dehesa de Las Mangas, propiedad del conde de Benavente".

martes, 13 de abril de 2010

Tierra de reyes y altas torres - La villa y fortaleza de Portillo (Valladolid)

Puerta de la villa de Portillo

La villa de Portillo se encuentra a unos 26 kilómetros al sureste de Valladolid, en la carretera que lleva a Cuéllar y Segovia. El municipio comprende actualmente los núcleos de Portillo y el Arrabal de Portillo. El primero, cercado de murallas y defendido por el castillo, domina un cerro que se asoma a la comarca vallisoletana de la Tierra de Pinares, mientras que el segundo, en la parte baja, se organiza en torno a la iglesia de San Juan Evangelista y el viejo camino de Valladolid a Cuéllar. La proximidad a la capital del Pisuerga ha dotado históricamente a este emplazamiento de una gran importancia estratégica.

La villa perteneció desde la segunda mitad del siglo XV al señorío de los Condes de Benavente y posteriormente, tras la extinción del linaje en el siglo XIX, a la Casa de Osuna. Durante la Guerra de Secesión con Portugal el castillo albergó el archivo condal, trasladado desde la fortaleza de Benavente. En la actualidad el edificio es propiedad de la Universidad de Valladolid, por donación en 1946 del histólogo Pío del Río Hortega.

El 23 de septiembre de 1465 el infante Alfonso entregaba la plaza a Rodrigo Alfonso Pimentel, IV Conde de Benavente (1451-1499). La donación debe inscribirse en el contexto de la Guerra Civil castellana y las mercedes entregadas a los nobles más adictos la causa de Alfonso en la rebelión frente a su medio-hermano Enrique IV. La entrega incluía "todas las otras cosas pertenesçientes al señorío e jurisdiçión de la dicha villa de Portillo e los dichos sus términos e jurisdiçiones e de las terçias e otras cosas a mi perteneçientes en ello e en cada cosa e parte dello salvo de las alcavalas de las mis rentas e pedidos e monedas de oro e plata". Posteriormente, una vez que el noble benaventano se incorporó al bando realista, Enrique IV confirmó Portillo y en 1471 se escenificaba la toma de posesión de la villa.
La presencia de Portillo en las crónicas bajomedievales será una constante como consecuencia de las luchas nobiliarias del reinado de los últimos Trastámaras.

En el "Libro de las bienandanzas e fortunas", de Lope García de Salazar, encontramos en el libro XVIII el "Título de la prisión de los Condes de Alva e de Venavente e don Enrique e Suero de Quiñones e de sus fechos". Se narra aquí el apresamiento de Alfonso Pimentel, III Conde de Benavente (1440-1451), y otros caballeros en 1448 por los partidarios de don Álvaro de Luna. Fueron conducidos al castillo de Portillo, de donde consiguieron fugarse poco después descolgándose con cuerdas de los muros. Estos acontecimientos ocurrían un 18 de diciembre de 1448. El conde previamente había convencido al alcaide de la fortaleza, Diego de Ribera, de que era oportuno cambiar ahora de bando, pues el de don Álvaro estaba destinado inexorablemente a convertirse en perdedor:

"E algund poco tienpo enante d'esto ovieron vistas don Alonso Primentel, Conde de Venavente, e don Ferrando Álvarez, Conde de Alva, e don Enrique, hermano del almirante, e Suero de Quiñones con el rey don Juan e con el Prínçipe, su fijo, e con el Condestable entre Tordesillas e Toro, tantos por tantos, sobre seguridad. E estando en las vistas, salieron L de cavallo del Rey de una çelada e fueron presos todos quatro; e yoguiendo presos, salieron el Conde de Venavente del castillo de Portillo e don Enrique de Santestevan de Gormaz, colgándose con cuerdas.".

Sobre este particular existen diferentes versiones. Según se relata en la Crónica de Juan II, el ajedrez sirve como cortina de humo para facilitar la evasión del conde ya que consigue distraer al alcaide jugando con él hasta la llegada de sus partidarios: "é guiólos el portero hasta donde estaba el Conde jugando al axedrez con Diego de Ribera. El Conde había comenzado este juego é lo detenía, porque Diego de Ribera no anduviese por la fortaleza".

Vista general del Castillo de los Condes de Benavente

Fachada principal del Castillo

Puerta de acceso al Castillo

Entrada al Castillo

Escalera de acceso al pozo

Cámara de tiro

Igualmente en la Crónica de Enrique IV, escrita por Diego Enríquez del Castillo, se hace relación de las intrigas en las que se hallaba inmerso el IV Conde en relación con la rebelión contra el monarca castellano:

"Subcedió que el conde de Benavente hallándose avergonzado y confuso, por aver sido contra el Rey en las cosas pasados en su deservido, queriendo enmendar el yerro pasado, trató secretamente con él, suplicándole que lo quisiese perdonar e tomarlo por suyo; de que el Rey se fue muy contento. E como por entonces, sobre cierto tracto e conveniencia que hizo con el Alcaide de Portillo, ovo la fortaleza de su mano é apoderose de la villa, é así apoderado, suplicó al Rey que hiciera merced de ella, lo cual el Rey libremente hizo, e gela confirmó, por donde le pareció al Conde quedar en mayor obligación de lo servir en adelante [....] El Conde de Benavente deseando hacer algún servicio agradable al Rey, acaeció que pasando el Príncipe [el infante Don Alfonso] de Toledo para Arévalo, acompañándole el Arzobispo é los otros parciales que lo seguían, salvo el Marqués de Villena, que se avia quedado en su tierra, vinieron una noche a dormir a Portillo, donde el Conde los recibió muy bien é con mucho amor. El Príncipe fue aposentado en la fortaleza, y el Arzobispo e los otros caballeros en la villa. E luego otro día siguiente por la mañana, quando aquellos señores vinieron juntamente a la puerta de la fortaleza, y esperaban al Príncipe para partir, el Conde de Benavente envió a decir al Arzobispo que se fuese en buena hora, porque el Príncipe no avia de andar mas debaxo de su mando, ni andar cerca de él; de que el Arzobispo se sintió muy amenguado. Por manera que la enemiga entre él y el Conde estuvo grand tiempo arraigada".

En el siglo XVIII Portillo continuaba bajo la órbita de la familia Pimentel, como se reconocía en las Respuestas Generales del Catastro de la Ensenada: "este lugar es de señorío perteneciente a la casa de los Condes de Benavente, que pone justicias en ellas y las rentas que percibe son las alcabalas".
En 1751 la población de la villa y su arrabal comprendía 440 vecinos "entre buenos y malos". El casco urbano contaba con 350 casas habitables y 50 inhabitables o arruinadas. Había además un total de tres hospitales: "Hay dos hospitales en la villa, uno para hombres y otro para mujeres, y otro en el arrabal para hombres solos". Se menciona también un convento extramuros de la población que era de Agustinos Recoletos y se componía de hasta cuarenta religiosos.

La planta y la estructura general del castillo de Portillo responden a un tipo de fortificación que se ha venido en llamar de la Escuela de Valladolid. Estos castillos señoriales de la segunda mitad del siglo XV están inspirados en las reformas y ampliaciones de las fortalezas de Enrique IV y presentan unos rasgos muy definidos: planta cuadrada, torre del homenaje de grandes proporciones y distribución interior de carácter palacial.

Nuestro castillo presenta efectivamente planta cuadrada defendida por cubos en los extremos. El doble recinto interior se fecha habitualmente en la segunda mitad del siglo XIV. Aloja una imponente torre del homenaje de 28 metros de altura, del siglo XV, que posee una estancia baja abovedada con arcos fajones ojivales. Por encima de ella se adivinan dos pisos más con forjados de madera, hoy perdidos, y una magnífica bóveda de crucería en la parte superior. La entrada principal a este recinto se hace a través de una portada de arco apuntado con garita defensiva semicircular. Al IV Conde de Benavente, Rodrigo Alfonso Pimentel, se atribuye la construcción de la barrera exterior artillera con sus fosos, el patio porticado y el famoso pozo de 32 metros de profundidad, rodeado de una escalera de caracol de 123 peldaños y salas subterráneas perimetrales.

La historia de la fortaleza no cuenta con hechos de armas especialmente destacados pero sí albergó ilustres personajes en sus mazmorras, entre ellos, como hemos visto, el propio conde benaventano, pues hizo funciones de cárcel en varias ocasiones. En 1444 estuvo aquí retenido Juan II. Pero su más famoso prisionero fue el condestable de Castilla, maestre de Santiago y valido del rey Juan II don Álvaro de Luna. Su caída en desgracia motivó su apresamiento en Burgos a comienzos de abril de 1453. De Burgos pasó al castillo de Portillo, donde se conserva una sala abovedada bajo la torre del homenaje que la tradición señala como su prisión.

El rey estaba en un mar de dudas sobre el castigo a aplicar a su antiguo hombre de confianza, pero sus consejeros entendieron, en palabras del cronista Pérez de Guzmán, que como don Álvaro “ha seydo usurpador de la corona Real, é ha tiranizado é robado vuestras rentas, que le sea cortada la cabeza é puesta en un clavo sobre un cadhalso ciertos días, porque sea exemplo á todos los Grandes de Vuestro Reyno”. En Portillo pasó el valido sus últimos días antes de ser decapitado en la plaza mayor de Valladolid el 2 de junio de 1453.

Otro de los aspectos célebres de la villa de Portillo son sus tradicionales encierros campo a través. Las fiestas de toros portillesas cuentas con una tradición de siglos, estando entre las más antiguas documentadas en España. El linaje Pimentel también fue promotor de alguno de estos festejos. En 1617, el parto de la Condesa de Mayorga, mujer del Conde de Benavente, señor de Portillo, fue motivo para la organización de diversas actividades festivas para las que se contrataron cómicos, se celebraron concursos de saltos con garrocha, hubo fuegos artificiales ("coetes") y toros.

Puerta con rastrillo

Escudo sobre el dintel de una puerta

Detalle de una de las ventanas

Detalle de una de las ventanas

Interior de la torre del homenaje

Patio de armas del Castillo

Detalle de uno de los pilares del patio de armas

Plazuela de Pimentel

Iglesia de Santa María la Mayor

sábado, 6 de marzo de 2010

El noble e çientífico caballero - Las “Décadas” de Tito Livio traducidas por el conde de Benavente

 Primer folio del códice con el Prólogo

El historiador romano Tito Livio pasó, con todos los honores, a la posteridad por haber compuesto una faraónica Historia de Roma en 142 libros. La obra, conocida en su versión latina como Ab urbe condita libri, se ocupaba del lapso comprendido entre la fundación de la ciudad hasta la muerte de Nerón Claudio Druso en el año 9 antes de Cristo. El ambicioso plan general constaba originalmente, como hemos dicho, de 142 libros, divididos en décadas o grupos de 10 libros, por lo que también se cita esta obra como las “Décadas” de Tito Livio.

A pesar de la popularidad alcanzada por el Príncipe de los historiadores, una parte importante de este legado cayó en el olvido de forma irreparable. La dificultad técnica para producir copias completas de tan dilatada edición explicaría por si sola está pérdida, pues, hasta la invención de la imprenta, todas ellas eran necesariamente manuscritas. Por este motivo, de todos estos libros, sólo 35 han llegado hasta nuestros días (del 1 al 10 y del 21 al 45). Contienen la historia de los primeros siglos de Roma, desde la fundación en el año 753 a. C. hasta 292 a. C. Narran la Segunda Guerra Púnica y la conquista por los romanos de la Galia cisalpina, de Grecia, de Macedonia y de parte de Asia Menor. Del contenido del resto de los libros tenemos algunas informaciones indirectas a través de ciertos índices conservados.

Fue grande la difusión que tuvo la obra de Tito Livio en los reinos hispánicos durante la Baja Edad Media, especialmente en los ambientes cortesanos y nobiliarios. La lectura de textos de historia clásica y el conocimiento de las hazañas de los grandes héroes de la Antigüedad figuran como parte esencial de la educación de los buenos caballeros. Así lo recomiendan repetidamente diversos traductores y escritores de la época como Alfonso de Cartagena:

"E por eso acostumbrauan los caualleros quando comían que les leyan las estorias de los grandes hechos de armas que los otros hizieran e los sesos e los esfuerzos que uvieron para saber vencer e acabar lo que querian e era porque leyéndolas les crecían los coraçones: e esforçávanse haziendo bien queriendo llegar a lo que los otros hizieran e pasar por ello".

Del texto de Ab Urbe Condita, con anterioridad a la traducción de fray Pedro de la Vega de 1520, conocemos dos versiones en romance. Por un lado, la que llevó a cabo, basándose en parte en el texto latino, y en parte en la versión francesa de Pierre Berçuire, el canciller Pedro López de Ayala, y en segundo lugar la abreviada, que se conserva en varios códices y editada en Salamanca, Burgos y Toledo. Está última está atribuida a Rodrigo Alfonso Pimentel, II Conde de Benavente (1420-1440).

La Biblioteca Nacional conserva un precioso códice del siglo XV que, al parecer, procede originalmente de la biblioteca que los Condes de Benavente habían reunido en el castillo de su villa solariega. Contiene una versión resumida y romanceada de las "Décadas", concretamente de las tres primeras. La obra fue mandada componer en 1439 por Rodrigo Alfonso Pimentel, a quien se califica en el prólogo como "noble e çientífico cauallero", y se declara el sentido ejemplar y didáctico de la Historia. Se da por hecho que nuestro noble participó personalmente en extractar su contenido y fijar la versión romance. En base a ello se ha supuesto que sería el conde el autor material del texto y, quizás, el ilustrador de algunas de sus miniaturas.

Encabeza el primer folio un ángel portando un escudo. Varios autores han identificado este emblema con el de los Pimentel por la presencia de fajas. Sin embargo, las armas de los Pimentel han consistido históricamente en un escudo cuartelado, primero y cuarto en campo de oro con tres fajas de gules, y segundo y tercero en campo de sinople, y cinco veneras de plata puesta en sotuer. La únicas y más antiguas armas de los Pimentel se encuentran ya en dos monumentos funerarios portugueses del siglo XIV, y en ambos figura la venera como emblema.

El ejemplar contiene 240 folios de papel sin numerar. Está escrito a doble columna en elegante letra gótica del siglo XV, aunque de reducido tamaño y muy apretada, de lo que resultan de 43 a 47 líneas por columna. Los títulos e iniciales se cubrieron en tinta roja, mientras que en el cuerpo del texto se empleó tinta gris. Se ilustra el texto con 13 miniaturas a página completa, de no muy depurada factura técnica y en la línea de lo ya visto en el libro de los Castigos y Documentos de Sancho IV.

Busto de Tito Livio, según un grabado del siglo XVIII

Escipión y los romanos huidos (fol. 114v.)

La victoria de Aníbal en la batalla de Cannas (fol. 113v.)

Las imágenes son: fol. 6v. Rómulo y Remo ponen nombre a la nueva ciudad; fol. 8v. Irrupción de las sabinas; fol. 11v. La lucha de los tres romanos y de los tres albanos; fol. 12v. El mancebo vencedor da muerte a su hermano; fol. 16v. El carro de Tulia; fol. 19v. Muerte de Lucrecia; fol. 22. De cómo el mancebo romano se quemó la mano; fol. 36v. Muerte de Virginia a manos de su padre; fol. 100v. Amílcar emperador de Cartago y su hijo Aníbal de nueve años; fol. 113v. La victoria de Aníbal en la batlalla de Cannas; fol. 114v. Escipión y los romanos huídos; fol. 171 r. Victoria de Escipión sobre Aníbal; fol. 237r. Muerte de Aníbal.El texto completo del prólogo, correspondiente al primer folio del manuscrito, es el siguiente:

“Aquí comiençan las tres décadas de Titus Libius primeras, que recuentan e relatan las muy altas batallas, fechos e otras cosas que fezieron los romanos desde la fundaçión de Roma, de que fueron fundadores Romulus e Remus. E por quanto el actor e conponedor dellos cuenta todos los fechos por estenso commo acaesçieron, porque los que después venieren lo mejor puedan entender, assí que ay en ellos muchas prolixidades a longura de escriptura. El qual actor fue en el tienpo de las grandes batallas que ouo entre Jullio Çéssar e Ponpeo, e fue natural de la çibdat de Capua. E commo el don Rodrigo Alfonso Pimentel, conde de Benauente, uiese el grand volumen de razones en estos libros contenidas, se trabajó e aplicó a las acopillar e poner, non amenguando la sentençia e realidad dellas, en la forma siguiente. La qual acopilaçión él fizo e ordenó en el año del nasçimiento del nuestro Señor Iesu Christo de mill e quatroçientos e treynta e nueue años, reynante en Castilla e en León el muy noble, sancto e virtuoso rey don Iohan, nuestro señor, fijo del muy illustre rey don Enrrique, de gloriosa memoria, que Dios aya, e la reyna doña María, su muger, fija del noble rey don Ferrando de Aragón, infante de Castilla, e el prínçipe don Enrrique, su fijo primogénito heredero, e la prinçesa doña Blanca, su muger, fija del rey don Iohan de Nauarra”.

No fue está la única obra escrita en las dependencias de la fortaleza de Benavente durante el siglo XV. En 1434 fue terminada de recopilar por Manuel Rodríguez de Sevilla, notario de Benavente y copista habitual de los condes, una "Coronica d’España", copia de la Crónica de 1344, por encargo de don Rodrigo Alonso.

Sabemos por diversos testimonios que varios Pimenteles de esta centuria fueron hombres amantes de las letras, mecenas de los escritores y promotores de la copia y publicación de obras. De Alfonso Pimentel, III Conde de Benavente (1440-1461), conocemos el contenido de su magnífica biblioteca gracias a un inventario redactado hacia 1447 en el que figuran 126 volúmenes. Junto a los temas religiosos, la filosofía, los escritos de carácter legal y la historiografía medieval, no faltaban en sus anaqueles los autores clásicos como Séneca, Virgilio, Lucano y Tito Livio. La crítica sitúa esta colección entre las más representativas de la nobleza castellana de mediados del siglo XV.

Entre los colaboradores del III conde figuran personajes como su criado Pedro de Chinchilla. Este servidor llegó a alcanzar notoriedad como escritor y traductor. Sus servicios a la familia se remontan a tres generaciones de la casa condal, según recordaría en 1467 a propósito de su "Exhortación e información de buena e sana doctrina":

"Por otra parte, era muy estimulado e afincado de los solícitos mandamientos e honestos ruegos que sobrello me ovo fecho don Rodrigo Alfonso, primer conde de Benavente, mi señor, e como esto fuese a mí de mayor ynportançia e agudas espuelas la obligaçión de la mucha y luenga criança que ove en casa de sus anteçesores, padre e abuelo, cuyas ánimas Dios aya".

Muerte de Aníbal (fol. 237r.)

Irrupción de las sabinas (fol. 8v.)

Igualmente, conserva la Biblioteca Menéndez Pelayo un manuscrito con la Conquista de Troya de Guido de Columna traducida por Pedro Chinchilla. El códice lleva la signatura M. 561 y fue compuesto en Benavente en 1443. El texto de su prólogo es el siguiente:

"Aqui comiença el libro de la Historya troyana segund Guido de Colupna copillo, la qual traslado del latin a nuestro romance Pedro de Chinchilla, criado de don Alfonso Pimentel, conde de Benavente, e por su mandado. E sigue primero, el proemio fecho por el Pedro de Chinchilla [...] Se començó en Benavente quando la fructuosa encarnaçión del nuestro redentor fue venida a los mili e quatrocientos e quarenta e tres años, faciendo el cuerpo solar su curso debaxo del zodiaco en el comienço del signo de pises".