domingo, 29 de noviembre de 2009

De tapias y tapiales - La construcción de la cerca medieval de Benavente

Chronica Minora

El tapial y el adobe han constituido desde la Prehistoria las técnicas constructivas tradicionales de las edificaciones populares de buena parte de Castilla y León. Su empleo con fines defensivos en fortificaciones terreras es patente durante toda la Edad Media. Dado que el entorno no proporcionaba otros materiales más consistentes y duraderos, un buen número de murallas y castillos se hicieron con gruesas tapias. Así, se documenta el empleo del tapial en los recintos de las cercas de Sahagún, Valderas, Valencia de Don Juan, Cabezón de Valderaduey, Mayorga, Benavente, Castroverde de Campos y Villafáfila entre los siglos XII y XIII. En general, se evidencia la utilización generalizada de tapiales de barro en la construcción de cercas en las villas de Tierra de Campos, circunstancia que ha contribuido a que, con demasiada frecuencia, no se conserven restos visibles.
Gracias a la información proporcionada por los libros de las Cuentas de las Cercas contamos con testimonios extraordinariamente ricos y minuciosos sobre labores relacionadas con la construcción, reparación y mantenimiento de la cerca de Benavente durante el siglo XV. Las técnicas empleadas poco distan de las utilizadas en la arquitectura popular hasta hace pocos años.
Para la fabricación de los tapiales era elemento fundamental las llamadas puertas de tapiar, estructuras de madera dispuestas formando cajones que se llenaban con tierra convenientemente humedecida y cohesionada. Para lograr esto último era preciso apisonarla fuertemente con recios golpes de mazo, denominado comúnmente pisón. Era esta una erramienta rematada en una arista ligeramente chata para poder apretar bien la tierra contra las puertas. Las puertas estaban formadas por dos costales, que se sujetaban con sogas para asegurar su consistencia. Las hiladas siguientes de tapias se superponían a las ya construidas, apoyándose en agujas, o estacas de madera que atravesaban el barro, de forma que una vez seco éste dejaban unas marcas visibles en las juntas.
Cuando la obra alcanzaba un cierto desarrollo vertical (la cerca medía unos cinco metros de altura) eran necesarias sogas y poleas para izar los materiales, y escaleras para los obreros: "Andovieron asy mesmo a tapiar en las puertas ocho obreros e dies obreros molliendo tierra e inchando las talegas e otro tirando por las poleas, a trese mrs. cada uno que monta dosientos e treinta e quatro mrs [...] mas unas escaleras que se quebraron en la dicha obra quando subian e desçendian el carpentero e obreros a la çerca, çinco mrs. que demando su duenno por ellas".
La tarea de armar las puertas, esto es de montar la estructura de madera en el tramo de la muralla que se iba a reconstruir o reparar, requería la colaboración de un carpintero: "Jueves seguiente veynte e hun dias del dicho mes de mayo, andovo Gonçalo de Prado carpentero a aderesçar un par de puertas para tapiar en la dicha çerca asy mismo andovo labrando çiertos maderos para faser agujas e cadenas e costales que eran mester para las dichas puertas".
No es frecuente la especificación de las dimensiones que deben tener estos tapiales, pero en alguna ocasión se nos da este dato. Cuando esto ocurre la unidad de medida utilizada es la tapia o tapial. El Diccionario de Autoridades otorga a la tapia una extensión de 50 pies cuadrados. Analizando los restos que todavía podemos ver en multitud de construcciones populares de la comarca, y contando con opiniones autorizadas sobre la equivalencia de esta unidad de medida en la Edad Media, parece razonable tomar como valor aproximado dos metros de largo por uno de alto. Estas serían también la medidas de las puertas de tapiar. Respecto a la anchura del muro, ésta podía ser variable, por lo que no es factible hacer apreciaciones.
En cuanto al adobe, el sistema de fabricación también nos es bien conocido. Una vez obtenida la tierra, se cribaba minuciosamente para limpiarla de piedras e impurezas y se mezclaba con paja, después se le añadía agua y se pisaba para cohesionarla. El barro obtenido se volcaba sobre unos moldes rectangulares de madera, las adoberas o gradillas, retirándose el sobrante con un rasero para conseguir así una superficie lisa. Terminado el trabajo, los adobes se dejaban secar al sol durante unos días, volteándoles de vez en cuando para que el sol y el viento actuaran sobre uno u otro costado.
Hay que destacar que el adobe ofrecía ciertas ventajas sobre el tapial, pues podía ser manipulado con mayor comodidad en las construcciones de altura, y era muy adecuado para la fabricación de arcos, bóvedas, cúpulas, etc. En Benavente, se utilizaron ladrillos de adobe para reparar ciertos tramos de la muralla y, sobre todo, para la construcción de las almenas. Aunque lo normal era que el concejo contratara obreros para hacer los adobes, tampoco faltan ejemplos en los que se compran a particulares: "... e despues de esto compre de Juan de Manganeses e de Alvaro Repollo e Andres setenta quartas de adobes para la dicha çerca, a çinco brancas la quarta, que son çiento e sesenta e çinco mrs."
Los trabajos de reconstrucción y reparación de la cerca eran realizados por una auténtica legión de obreros que percibían su salario por día trabajado. El importe de los jornales era satisfecho por el mayordomo de las cercas, que anotaba minuciosamente el número de jornaleros empleados, el alquiler de las herramientas, los salarios pagados, y el tramo de la muralla afectado por las obras. El jornal correspondía siempre al trabajo de un día completo. Cuando, por cualquier circunstancia, no se alcanzaba el tiempo estipulado se reducía de una forma más o menos proporcional: "En sabado dies e syete dias de dicho mes de mayo andovieron quatro obreros a mollir tierra para el caramanchon de la puerta de Santa Crus, e por que este dicho dia llovio e non pudieron conplir sus jornales se dieron a cada uno syete mrs. e medio, que son treynta mrs."
A partir del registro documental de estos trabajos es posible conocer algunos detalles sobre estas obras de mantenimiento. A modo de ejemplo, transcribimos el siguiente párrafo relativo a la construcción de almenas:

"Martes quinse dias de junio andodieron a faser almenas en la çerca de la Puerta del Rio estos que se siguen: Tres çapateros que andodieron a faser las dichas almenas quarenta mrs. Quinse ommes que los servian el vino por nueve mrs. e el otro por seis mrs. e los otros a ocho mrs. cada uno, que son çiento e dies e ocho mrs. Çinco asnos que andodieron a traer barro e adobos a quatro mrs. e medio que son veynte e dos mrs. e medio. Costo una soga para las poleas. De alquiler de quatro ferradas de dos dias quatro mrs. Costo paja de la moger de Lope Garcia. Que son por todos çiento e noventa e dos mrs."

La cerca medieval de Benavente contaba con varias torres de flanqueo, al parecer de planta cuadrada, que protegían tanto las puertas como aquellos tramos considerados vitales para la defensa de la villa. Cuando Gómez Moreno recorrió el perímetro de la cerca, aprincipios del siglo XIX, todavía pudo identificar restos de su fábrica: "El muro, aunque carcomido y deshecho en su mayor parte, a causa de su fragilidad, reconócese que era alto y con torrecillas cuadradas; entre tapial y tapial median hileras de adobes y lajas, y los trozos restaurados de mampostería conservan almenas con saeteras".
En relación con las mencionadas torres los libros de Cuentas de las Cercas utilizan indistintamente el nombre de caramanchón para referirse a este tipo de construcciones o bien a las estructuras que se superponían a las mismas. En otros casos, se habla de cubos, torres y torreones. En un memorial enviado por el concejo de Benavente a Enrique III, en 1400, se alude a la construcción de caramanchones por mandato de Juan I, durante el asedio a la villa por el duque de Lancaster:

"Otrosy, sennor, sepa la vuestra merçed que queriendo e auiendo veluntad el conde e los que con él biuen de rreparar e adereçar la çerca desta villa para vuestro seruiçio que non han dexado madera en os caramanchones quel rey don Johan, vuestro padre que Dios de santo parayso, mando faser e rreparar en esta villa al tienpo que los ingreses e auersario de Portogal venieron a esta villa, los quales non serán fechos por çient e çinquenta mill marauedís e eso mesmo ha fecho a la madera de los puentes desta villa por que se proveen e mantyenen los moradores en ella".

El Diccionario Crítico-Etimológico define el caramanchón como una fortificación superpuesta a un edificio. Otra acepción del termino es la de construcción supletoria en la parte alta de un edificio. Esta voz actualmente está en desuso, utilizándose en su lugar la forma camaranchón. Se plantean algunas dudas entre considerarlas como edificaciones superpuestas a los cubos, o identificarlas con las propias torres de flanqueo. La mayor parte de estas construcciones protegían las puertas de acceso a la villa. Documentamos caramanchones en las puertas de Astorga, San Andrés, Santa Cruz y Puerta de la Puente. Además existían otros en algunos tramos concretos de la cerca, por ejemplo en el Barrio Falcón, y en los de Santa Catalina, San Martín y San Pedro. Junto a estos, nos topamos con otros de difícil localización: el caramanchón de las Casas del Secreto, y otro tras del Lagar de Diego Triguero.
Imágenes: 1. Arquitectura popular de tapiales en Castrogonzalo; 2. Puertas de tapiar; 3. Trabajos de construcción de tapiales; 4. Herramientas de albañilería I y 5. Herramientas de albañilería II [Litografías de J. de Villanueva, Arte de albañilería o instrucciones para jóvenes, Madrid, 1827].
Sobre esta cuestión váese el siguiente artículo del autor:  R. GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, "Infraestructura urbana y hacienda concejil. La cerca medieval de Benavente", Brigecio. Revista de Estudios de Benavente y sus Tierras, 7 (1997), pp. 151-184.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Estimado:
d'Albe muere en Chile, tras venir en una aventurada expedición, organizada en Norteamérica por José Miguel Carrera, la cual fue desarmada en Buenos Aires.
Llega junto con otro oficial francés, ingeniero matemático y físico, Ambrosio Lozier, uno de los personajes más atractivos de lo que resta de los ejércitos napoleónicos. Colabora con d'Albe en un fallido levantamiento cartográfico a gran escala, enseña y traduce textos de matemáticas y física- Es un maestro, conoce a Perstalozzi en 1802, se dedica a la enseñanza con técnicas revolucionarias, estudia el origen de los terremotos y maremotos, diseña el plan de traslado de la ciudad de Chillán en 1835, de factura singular, y decepcionado de persecuciones y malos tratos, se interna en territorio mapuche para vivir de acuerdo a su mentor intelectual, Rousseau, y nunca más se sabe de él.