Entre la rica colección de documentos medievales de la Catedral de Zamora existe uno especialmente llamativo, por la identidad de su otorgante y por la inusual miniatura con que fue ilustrado. Se trata de la donación por la reina Urraca de la villa de Gema a la Iglesia de San Salvador y a su obispo Martín.
Es una pieza de pergamino de 31,9 x 25,6 cm, más 2 cm de plica. Fue escriturado en Zamora en febrero de 1204. Contó con un sello, hoy perdido, como se anuncia en el propio texto y acusan las tiras de cuero sobre la plica. Pero lo más interesante es que a modo de “signum” se incorporó en la parte inferior una imagen de la reina. Está enmarcada en una cenefa de diseño heráldico. Urraca aparece sentada en el trono y portando una flor de lis en su mano izquierda.
Estamos ante una donación otorgada por Urraca Alfonso o Urraca de Portugal, también conocida como Urraca “la freira” por su especial vinculación con la Orden de San Juan. Fue hija del rey de Portugal: Alfonso Enríquez (1139-1185), esposa de Fernando II de León (1157-1188), y madre del también rey de León Alfonso IX (1188-1230).
Resulta muy interesante el acercamiento a la trayectoria vital de esta Urraca, hija, esposa, madre y abuela de reyes. Si vida estuvo salpicada de vicisitudes de gran trascendencia para el devenir del reino de León, pero también por extensión para el resto de reinos hispánicos, en especial para la coyuntura política de Portugal y Castilla.
En el documento mencionado se nos presenta como “Ego Urraca humilis regina mater regis Legionis et Gallecie”, (Yo, la humilde Urraca, reina madre del rey de León y Galicia). Era hija, como hemos dicho, de Alfonso I Enríquez, rey de Portugal, y de su esposa, la reina Mafalda de Saboya. Su nacimiento suele fijarse en la corte de Coimbra en torno al año 1150, por tanto, en 1204 habría superado ya los 50 años de edad. Era la hija mayor de los reyes portugueses, pues un hermano que le precedió murió de muy corta edad.
El rey de León, Fernando II, casó en tres ocasiones a lo largo de su vida. Como era habitual en aquella época, estás uniones eran cuestiones de Estado y deben contextualizarse en las siempre delicadas relaciones con los reinos vecinos El primer matrimonio fue precisamente con nuestra Urraca, pero acabaría anulado por el Papa Alejandro III en 1175 por razón de consanguinidad. Los cónyuges eran primos segundos, como nietos de dos hermanas: la reina Urraca I y Teresa, hijas del rey Alfonso VI.
El matrimonio del rey leonés con la hija de su homólogo portugués debió concertarse con ocasión de la llamada Paz de Lérez de 1165. Por estas fechas, las relaciones entre ambos reinos se movían en un terreno muy delicado, entre la abierta hostilidad, la alianza o la tregua estratégica. Los principales focos de tensión se encontraban en la zona sur de Galicia, con Tuy como plaza clave en manos leonesas, y en el área de Ciudad Rodrigo. Los continuos movimientos militares en la frontera dieron paso en algunos momentos a la diplomacia. En abril de este año, un documento nos informa del acuerdo establecido entre ambos monarcas en Pontevedra, junto al viejo puente que dio nombre a la villa gallega:
“Facta carta donationis sub die quod erat II kalendas maii, in tempore coadunationis regum, scilicet Fernandus rex atque rex Adofonsus portugalensis, prompti utrumque ad confirmandam veramque pacem amicitia inter se et suos, super flumen Lerice in Vetula Ponte. Placuit Deo et ita factum est. Sit nomem Domini benedictum”.
Todo apunta a que en torno a este encuentro se concertó el matrimonio, o al menos se ultimaron sus detalles. La boda debió celebrarse por estos mismos días, pues en una donación fechada el 1 de mayo se incluye ya a la reina en la data: “Facta carta calendas maii era MCCIII. Regnante rex Fernandus cum regina portugalensis in Legione et Galletia et in Asturiis”. En el mes de junio otra carta consiga el enlace: “eo tempore quo rex dominus Ferdinandus accepit in uxorem filiam regis Portugalensium”. Lucas de Tuy, después de hacer amplia relación de las virtudes y logros del rey leonés, dice: “Hic piissimus rex Fernandus accepit filiam Adefonsi regis Portugaliae nomine Urracam, ex qua suscepit filium nomine Adefonsum”.
La primera aparición de la pareja real en un documento de la cancillería regia se produce en Malo Grato (Benavente), el 6 de julio de 1165, con ocasión de una donación a la catedral de Oviedo. La novia debía ser muy joven, pues, aunque no conocemos la fecha exacta de su nacimiento, contaría con apenas 15 o 16 años. A pesar de sus conocidos lazos de parentesco, los obispos del reino bendijeron el matrimonio, tal vez dando por sentado que se conseguiría en algún momento la dispensa papal. La prioridad era ahora conseguir la estabilidad política y la paz entre ambos reinos. Así lo sugiere el Tudense en su crónica: “Huius filiam, ut dictum est, rex Fernandus accepit coniugen, ut eius posset habere auxilia impetus adversantium”.
Para conseguir estos objetivos, se establecerían negociaciones, que incluyeron cesiones territoriales. Sabemos, por referencias posteriores, que el rey leonés entregó como dote diversas villas, entre ellas Gema, cerca de Zamora, y la importante plaza militar de Castrotorafe. Seguramente, el rey portugués entregaría como contrapartida todas o una parte de las plazas leonesas que había ido ocupando en fechas anteriores. En noviembre de 1167, un diploma del Priorato de San Marcos de León nos informa de que Urraca era "regnante in Coianca et in Gallecia". La entrega de fortalezas o territorios como parte de un acuerdo matrimonial entre los reyes la volvemos a encontrar en 1199, cuando Alfonso IX dota a la reina doña Berenguela, hija del rey de Castilla, con 30 castillos.
El matrimonio entre Fernando II y Urraca, y los acuerdos alcanzados, no impidieron la reanudación de las hostilidades entre ambos reinos. Como dice el cronista Rodrigo Jiménez de Rada “en pocas ocasiones estuvo el rey Fernando en paz con el rey de Portugal, a pesar de ser su yerno”. En 1168 Fernando II hizo prisionero a su propio suegro en Badajoz, según consigna el “Chronicon Lusitano”.
En 1171, daba a luz doña Urraca en Zamora a su único hijo: el futuro Alfonso IX de León, quien fue asociado inmediatamente al trono. Tanto el “Chronicón Conimbrecense” como el “Cronicón Lusitano” recogen la feliz noticia. La confusa redacción plantea algunos problemas para fijar el mes y el día: “Era MCCVIIII mense februario hora tertia in die Ascensionis Domini natus est filius regis Fernandi et dominae Orracae reginae” y “Era MCCIX, mense augusto, natus fuit Alfonsus filius regis Ferdinandi er reginae D. Orracae, nepos regis Portugaliae”.
Sin embargo, el matrimonio de los reyes acabaría siendo disuelto en 1175 por sentencia apostólica. La versión más extendida que ha manejado la historiografía es que se “descubrió” su parentesco e intervino la autoridad pontificia. Pero esto no resulta sostenible, pues ese parentesco resultaría público y notorio desde antes incluso de la misma boda. En la "Crónica latina de los Reyes de Castilla" se insiste en esta misma interpretación:
"Este rey Fernando había tomado como esposa a Urraca, hija de Alfonso, rey de Portugal, la cual, sin embargo, no podía ser su esposa legítima, ya que eran parientes en tercer grado según el cómputo canónico, pues el emperador y el rey de Portugal estaban emparentados en segundo grado, puesto que eran hijos de dos hermanas, hijas del rey Alfonso, el que tomó Toledo. Como dote de este enlace ilegítimo el rey había entregado al rey de Portugal muchos castillos, que después recuperó de él cuando fue capturado en Badajoz, y arrojado de la montura de tal manera que nunca más pudo montar a caballo".
Es evidente que hubo otros motivos y, una vez más, estarían de fondo las tensas relaciones entre los reinos hispánicos. La presencia en la corte de Urraca resultaría muy incómoda cuando suegro y yerno estabas inmersos en continuas disputas territoriales. La diplomacia y la alta política también estuvieron presentes. Sabemos que pocos años antes (1172-1173) visitaba la Península el legado pontificio, cardenal Jacinto. Sus movimientos estuvieron salpicados de diversas iniciativas importantes de la cancillería de Fernando II, como la donación en julio de este mismo año de 1172 de la villa de Castrotorafe a la iglesia de Roma, con todos sus derechos y pertenencias.
La sentencia de disolución fue promulgada por Alejandro III el 25 de mayo de 1175. Desde entonces la reina abandona la corte y desaparece de los diplomas reales. Tanto Lucas de Tuy como Rodrigo Jiménez de Rada utilizan expresiones muy similares para tratar este espinoso asunto: “Post haec rex Fernandus dimisit uxorem suam Urracam filiam regis Adefonsi, eo quod erat consanguinea eius propinquo gradu” (Tudense) y “Dimissit Urracam uxorem (Jiménez de Rada).
La trayectoria de Urraca se diluye a partir de entonces en los documentos. Desde fines de junio de 1175 los escribanos dicen lacónicamente que se impuso la cruz: “Eo anno quo regina sibi crucem imposuit” y “Mense iulii anno quo regina sibi crucem imposuit”. Esta frase ha sido interpretada por varios autores, entre ellos Julio González, en el sentido de que la reina entró en un monasterio de Dueñas de las Orden de San Juan de Jerusalén y que era “freira”.
Sin embargo, contra a lo que se venido repitiendo insistentemente, Urraca no se apartó, ni mucho menos, de la actividad pública. Debió existir algún tipo de acuerdo entre las cortes leonesa y portuguesa sobre su nuevo status, y de cómo asegurarle una posición económica acorde a su linaje y dignidad.
Mantuvo, desde luego, el título de reina, que empleó con normalidad en todos sus actos jurídicos hasta su muerte. Conservó los bienes de su dote matrimonial y así como todos aquellos que pudo acrecentar durante su vida. Dispuso de ellos en varias ocasiones, haciendo donaciones de forma autónoma y sin la intervención explícita del rey. En este sentido, merece mención especial un diploma de 1181 en el que Fernando II, junto con su hijo Alfonso, por voluntad y con el beneplácito de la ex reina Urraca que "tiene Castroverde", entregan a Juan Gallego el lugar de Pozuelo, en término del mismo Castroverde: "per voluntatem et beneplaciti regine domne Urrace quondam uxoris mee que tenet Castrum Viridem".
Por otra parte, Urraca desempeñó varias e importantes tenencias del reino leonés, como las de Zamora, Castroverde, Villalpando, Villafranca o Castrotorafe. En la medida de que estas tenencias suponían un ejercicio del poder delegado de la autoridad real, hay que entender que también desarrolló una destacada actividad política. Nombraba a sus representantes, impartía justicia y cobraba las rentas y derechos correspondientes. Todo ello nos transmite una imagen muy diferente a la de una dama recluida en un monasterio y alejada del mundo, como han querido dibujar algunos autores.
El ingreso en la Orden de San Juan explicaría la donación que el 25 de mayo de 1176 le hace doña Urraca de Castroverde de Campos, Mansilla en León, Salas y San Andrés en Asturias y Cedeira —municipio de la actual Redondela — en Toronio, con reserva parcial del usufructo. En el documento Urraca compadece como reina y su pertenencia a la Orden no ofrece lugar a dudas: "por remedio anime mee et parentum meorum, et idcirco quod sum professa in ipso Ordine" (por la salvación de mi alma y la de mis padres, y porque soy profesa en esta Orden). Parecidas expresiones encontramos en 1177: “Domina regina Urraca freiressa Hospitalis” y en 1187: “regina Urraca la freira”.
Así pues, el rey cumpliendo la sentencia papal separó a su primera esposa de la corte y casó de nuevo, hacia 1178, con la noble Teresa Fernández de Traba, hija del magnate gallego Fernando Pérez de Traba. Este segundo enlace resultaría breve, pues Teresa murió hacía 1180, probablemente a resultas de un parto. Madre e hijo recibieron sepultura en el panteón real de San Isidoro de León.
La tercera mujer del rey también se llamó Urraca: fue Urraca López de Haro con quien caso en 1187, aunque parece que su relación venía de atrás. Tal vez por eso, en los años previos al enlace recayó en ella el control de Villafranca del Bierzo, lo que le permitió poner tenentes bajo su autoridad, como Pedro Ibáñez, citado en 1185. Con anterioridad, Urraca Alfonso también había ocupado esta tenencia, como nos muestra una venta de 1167: “Regina domna Urrcha et comite Ramiro tenentibus Villamfrancam et sub illis Helia Borzes et Ihoanne de Fonte”. Esta circunstancia ha creado cierta confusión en las identidades, pues en la documentación nos topamos con dos Urracas, esposas reales, vinculadas a Villafranca como tenentes, aunque en momentos distintos.
La historiografía atribuye desde antiguo a la nueva reina consorte una conspiración para sentar en el solio a su hijo Sancho en perjuicio de Alfonso. Sus reivindicaciones estarían basadas en el hecho de que el primer matrimonio del rey fue anulado por el Papa. A los ojos de los partidarios de Urraca López, el príncipe Alfonso sería hijo de una unión ilegítima. Perseguido por su madrastra en los últimos días del rey leonés, el joven heredero, de tan sólo 17 años, se habría visto obligado a abandonar la corte y buscar refugio en Portugal, donde de camino conoció la muerte de su padre. Pero una vez muerto Fernando II en 1188, volvemos a encontrar a Urraca la portuguesa en los diplomas reales al lado de su hijo, ya convertido en rey.
En la "Crónica latina de los Reyes de Castilla" se atribuye al rey de Castilla, Alfonso VIII, una maniobra para apartar al joven rey del trono leonés:
"De Urraca el rey Fernando tuvo un hijo, Alfonso, rey de León, que ahora reina en lugar de su padre. Cuando murió el rey Fernando, su hijo, que entonces era adolescente, temió ser privado del reino por el poder de don Alfonso, glorioso rey de Castilla, cuyo honor y fama había llenado gran parte del orbe, y que entonces era terrible y muy de temer por todos los reyes vecinos, tanto sarracenos como cristianos".
En la última etapa de su vida, Urraca mostró una gran generosidad hacia la catedral de Zamora. En 1174 ya había donado la aldea de Santa Clara de Avedillo. En 1209 dona a la capilla de San Miguel, construida en el claustro, la aceña de Figal en Castrotorafe y en 1211 dona al obispo Martín y a la sede la propia villa de Castrotorafe. Este último documento será su también su última aparición pública conocida. En este caso, se presenta como “filia Anfonsi Portugaliae regis, uxor quondam Fernandi, illustris regis Legionensis” (hija del rey de Portugal, mujer que fue de Fernando, ilustre rey de León).
La particular vinculación de Urraca con las tierras zamoranas y con la Orden de San Juan ha movido a Álvaro Ávila de la Torre y José Carlos de Lera Maíllo a ver en el magnífico monumento funerario existente en la actualidad en la iglesia de la Magdalena la última morada de la reina. La propuesta resulta, sin duda, muy sugerente, pero no cuenta por ahora con refrendo documental. También es cierto que el otro lugar que desde antiguo se ha dado como su lugar de sepultura: la iglesia de Wamba (Valladolid), se basa en datos de escasa consistencia.
Según refiere Luis Pérez Rubín, en dicha iglesia de Santa María de Wamba existió una inscripción sobre una sepultura que empezaban con los versos "Siendo Zamora cercada", aludiendo al combate de los Arias Gonzalo y de Ordóñez en defensa de Doña Urraca, y terminaba:
Estos cuerpos trajo aquí
doña Urraca hija de rey
¡vesla! Yace á par de ti
Requiescant in pace di
cum sanctis in gloria Dei.
El epitafio en cuestión debe ser fruto de una desafortunada recreación moderna, y así lo sugiere Luis Pérez Rubín. Para este autor, que dice apoyarse en la tradición local, esta doña Urraca hija de rey no sería la reina de Zamora, sino "la primer infortunada esposa de Fernando II de León, que escogiese aquel monasterio para su retiro. Ya en el claustro existió una cueva, mejor que habitación, hoy arrasada donde se dice pasó sus días".
A este respecto, en siglo XVI Ambrosio de Morales ya quitaba toda credibilidad a esta atribución: "También muestran otra sepultura, que dicen que es de la infanta doña Urraca, hermana del rey don Alonso que ganó Toledo; mas engáñanse, pues está su sepultura con sus dos epitafios en San Isidoro de León, como allí se puso; y así es también fabuloso lo que allí se cuenta de su penitencia, y no sé que ficciones".
En la actualidad, adosada a la nave norte de la iglesia, junto al claustro, existe un espacio conocido como “capilla de doña Urraca”. Esta estancia tiene una columna en su parte central sosteniendo la bóveda. Parece ser que en algún momento, antes de las reformas del siglo XVIII, fue usada como sacristía.