lunes, 22 de febrero de 2016

Perejón, un bufón del conde de Benavente en la corte de Felipe II

Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba. Hacia 1560. Óleo sobre lienzo, 184,5 x 93,5 cm. Museo del Prado (Detalle del rostro)

El Museo del Prado de Madrid exhibe en sus salas 55 y 56, en la zona central de la planta baja, un magnífico conjunto de pinturas cuyo nexo de unión es la familia de Felipe II. Todas ellas corresponden a la segunda mitad del siglo XVI o principios del XVII. Representan a las esposas, hijos, tías, sobrinos, nuera, etc., del césar de aquel imperio en el que nunca se ponía el Sol. Fueron inmortalizados por los grandes pintores del momento, como Antonio Moro, Sofonisba Anguissola, Alonso Sánchez Coello o Juan Pantoja de la Cruz.

En esta colección de figuras relevantes de la España de los Austrias nos topamos con un intruso, alguien que no comparte lazos familiares con el monarca, aunque sí proximidad física a la corte. Se trata de un retrato, de cuerpo entero, salido de los pinceles del gran maestro holandés Anthonis Mor van Dashorst, conocido en el ámbito hispano como Antonio Moro (c.1519-1576). Su título: "Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba. Hacia 1560. Óleo sobre lienzo, 184,5 x 93,5 cm".

Nuestro cuadro perteneció al selecto grupo de pinturas que adornaron las estancias del desaparecido Alcázar de Madrid, concretamente en la "pieza segunda de la Casa del Tesoro", según un inventario de 1600, o en las "bóvedas que caen a la Priora-pasillos al pie de la escalera de la galería del Cierzo y la misma escalera". Allí compartía paredes con otras obras importantes de Tiziano, más retratos del propio Antonio Moro y algunas pinturas de El Bosco. Como obra valiosa aparece repetidamente registrada en los inventarios de las colecciones reales. Así, en el inventario de bienes de Felipe II leemos: “Otro retrato entero, al ollio, sobre lienço, de Pejerón, loco del conde de Benavente, con calzas y jubón blanco y una baraja de naipes en la mano derecha; que tiene de alto dos baras y quarta y de ancho bara y quarta. Tasado en doze ducados”.

En 1857 se registra en el Real Museo como: "Retrato de cuerpo entero de Pejeron, bufon de los condes de Benavente. Es gafo y contraecho, tiene barba y pelo gris. Lleva una ropilla negra con mangas perdidas, abrochada con botones dorados. Las mangas del jubón, calzas afolladas, y zapatos acuchillados, son blancos. En la mano derecha tiene una baraja francesa, y la izquierda descansa sobre el puño de la espada". En el Catálogo del Museo del Prado lleva el número 1.483.

Desde los tiempos más remotos, reyes y grandes sintieron predilección por rodearse de un universo de personajes singulares o extravagantes: enanos, negros, locos, bobos, bufones o albardanes, truhanes, etc. Los hubo en Persia y Egipto, y luego en Grecia y Roma. En la España de los Austrias esta colección de seres pintorescos se agrupaba bajo la denominación de "hombres o gentes de placer", o como se decía en el siglo XVII: "sabandijas de palacio". Sólo a ellos les estaba permitido el exceso, la broma, la befa, la sinceridad en suma, estrictamente prohibida al resto de los súbditos. En palabras de Fernando Regueras Grande, su discapacidad, física o mental, se convertía así en fuente de subsistencia, cuando no de medro.

Los nobles españoles, a imitación de la realeza, también crearon sus propias cortes a la escala que sus medios económicos permitían. En ellas no faltaban estos personajes. En el siglo XV Fray Íñigo de Mendoza criticaba en uno de sus poemas lo que los nobles gastaban en sus bufones:

Traen truhanes vestidos
de brocados y de seda,
llámanlos locos perdidos,
mas quien les dá sus vestidos
por cierto más loco queda.

José Moreno Villa llegó a catalogar 123 locos o enanos en la corte española de los Austrias, lo que, haciendo un promedio del periodo, le permitió afirmar que "en la bóveda temporal de siglo y cuarto gastaron un loco o enano por año". Hoy seguramente habría que aumentar notablemente esta nómina, pero los retratados por los pintores de cámara, actualmente conservados, se reducen a quince o veinte.

El "bufón" retratado por Antonio Moro no sólo no oculta su condición, sino que exhibe sin complejos sus problemas físicos, secuelas probablemente de una hemiplejía. Su brazo derecho es presentado por el artista en un primer plano, con una mano en postura imposible que porta una baraja francesa con el seis de corazones a la vista. Los naipes simbolizan su ocupación principal en la corte: acompañar y entretener a la familia real. Los hombres de placer eran habituales compañeros de juegos de cartas entre los nobles de palacio y formaban parte de su cortejo en campaña y durante los viajes

Sobre la identidad de este personaje ha habido diversas propuestas a lo largo de las últimas décadas. Allende Salazar quiso ver en él a cierto Pedro de Santorbas o de San Terbas, truhán del emperador, pero en la actualidad parece que hay suficiente base documental para identificarlo con Pero o Pedro Hernández de la Cruz, uno de los privados del rey que aparece con relativa frecuencia citado en cartas, libros de cuentas y documentos relacionados con Felipe II y su corte. En Palacio, solían bautizar a la gentecilla de este calibre con nombres caprichosos o incluso con los apellidos de los reyes y príncipes. Como nos recuerda Fernando Bouza, "Pedro" es el nombre protagonista de los truhanes, bobos y locos en el siglo XVI. Es "Perico", con todos sus derivados: "Pejerón", "Perejón", "Perequín", "Perote" o "Periquillo".

Sabemos, por otras fuentes, que Pedro Hernández de la Cruz fue, efectivamente, una persona muy ligada a los Pimentel. Tenía casa en Benavente, su esposa era benaventana y varios de sus hijos eran nacidos y bautizados en la villa. Gozó del favor y la protección de los condes, sirvió como criado y fue recompensado con importantes rentas en el alfoz del concejo. Con todos estos datos es posible trazar algunas pinceladas sobre su trayectoria vital y la huella dejada por su figura en el panorama social y político de la época.

En la documentación privada de Felipe II encontramos varias cartas que identifican a nuestro Perejón con Pedro Hernández de la Cruz. Así de 1554 hay una misiva del entonces príncipe a Antonio de Rojas en la que le informa de que "Pero Hernández se vuelve con mi licencia y con harto miedo del Infante (Carlos) y para esto quiere esta carta; vos tendréis quidado de lo que le tocare y de mirar por él con condición que baya adonde yo estubiere quando le enbiare a llamar, que así queda concertado con él". El texto finaliza con la siguiente anotación: "En La Coruña ocho de Julio, sobre Perejón". Por tanto, esta carta y las peripecias de Perejón deben contextualizarse en el viaje del príncipe Felipe a Inglaterra para desposarse con la reina María Tudor.

Los preparativos del viaje a Inglaterra se organizaron en Valladolid, que era en ese momento la sede de la corte del príncipe Felipe. En el relato de este periplo que hizo Andrés Muñoz, Pedro Hernández aparece mencionado varias veces en Benavente con ocasión de la visita del príncipe a la villa, en compañía de su hijo el infante Carlos. La relación del viaje está dedicada a la condesa de Benavente, Luisa Enríquez, esposa Antonio Alfonso Pimentel, VI conde (1530-1575), y se publicó en este mismo año de 1554 bajo el título: "Sumario y verdadera relación del buen viaje que el invictíssimo Príncipe de las Españas don Felipe hizo a Inglaterra".

El cronista relata el recibimiento que se dio en la villa, primero al infante Carlos, que venía adelantado, y posteriormente a su padre, el futuro Felipe II. Igualmente, describe con todo detalle las fiestas y agasajos que se dieron en honor de tan ilustres visitantes.

Cuando llega el infante Carlos es conducido desde la puerta principal de la villa (probablemente la puerta de Santa Cruz o de la Soledad) por una calle "que es una de las grandes y hermosas que señor tiene en Castilla, poblada de ambas partes de muchas y graciosas casas, entre las cuales estaban unas á la mano derecha muy bravosas, y en la frontera d́ellas están polidos y hermosos retratos á manera de medallas", y añade el cronista: "Esta casa es de Pero Hernández, criado y vasallo del conde de Benavente, y privado de los reyes como allí lo dice".

Pocos días después, cuando llega el príncipe, se nos dice que "se adelantó Pero Hernández á todo correr (qu'es cuyas son las casas que he dicho), y como privado suyo le suplicó que entrase por la puerta principal de la villa, por estar las calles más en orden que no por donde S.A. quería entrar, y ansí lo hizo".

La última mención de nuestro personaje se hace con ocasión de la celebración de un espectáculo taurino: "Otro día se corrieron en la plaza de abajo de la villa cinco toros harto extremados de buenos. Estuvieron Sus Altezas á vellos en las casas de Pero Hernández, las cuales tenía muy entapizadas y enramadas de mucha juncia y cañas y otras maneras de verduras, gran cantidad de claveles, albahacas y otras flores olorosas. Este día baptizó un hijo Pero Hernández; fue padrino el Duque de Alba y otros señores".

Los detalles que se nos dan sobre "esta plaza de abajo", junto con la cita anterior de la puerta principal de la villa y la "calle grande y hermosa", parecen situar las casas de Pedro Hernández en la actual plaza del Grano, también conocida en el siglo XVI como la Plaza del Mercado.

Las casas de Pedro Hernández en el Mercado se mencionan en diversas ocasiones en la documentación benaventana. En 1576 se formaliza una escritura de reconocimiento de fuero en favor del convento de Santa Clara otorgada por María Rodríguez, vecina del lugar de la Torre del Valle, obligándose a pagar por San Martín de noviembre de cada año 660 maravedís "sobre unas casas en el Mercado del Ganado de esta villa, que lindan con casas que fueron de Pedro Hernández de la Cruz y de su hijo Antonio de Losada y ahora son de Alonso García, cura de la yglesia de San Martín por una parte y por otra con casas de Rodrigo Daza, herrador".

Algunos datos más podemos concretar sobre nuestro "Perejón" y su descendencia a partir de los expedientes de limpieza de Sangre. En ellos se nos indica que sirvió en las guerras de Alemania y Flandes. Había nacido en Toledo y su nombre completo era Pedro Hernández de la Cruz Alcoholado. Era hijo de Alonso Hernández Alcoholado y de Juana de la Cruz, ambos toledanos. Estuvo casado con Antonia de Losada, nacida en Benavente e hija de Vicente de Losada, que parece que fue regidor en la villa.

Uno de sus hijos fue Felipe de Losada, tal vez el niño bautizado en 1554, según el relato de Andrés Muñoz. Fue capitán de infantería en Portugal y ujier de cámara de Su Majestad. Casó con la benaventana Ana de Torquemada.

Conocemos el nombre de otra hija: Herminia de Losada, también benaventana, que casó con Pedro Marroquín de Montehermoso. Este matrimonio tuvo al menos un hijo, de nombre Tomás Marroquín de Montehermoso, nacido en 1577 en Arroyo del Puerco (hoy Arroyo de la Luz, en la provincia de Cáceres).

Como vemos, Pedro Hernández no era un simple criado del conde y privado para el entretenimiento del rey. Estaba muy bien relacionado con los grandes del reino, se le encomendaron algunas responsabilidades de relieve y poseía una de las casas principales de la villa de Benavente. Esta posición económica desahogada se debía, probablemente, a un patrimonio familiar previo y a las recompensas y mercedes que recibió a lo largo de su vida, tanto de los Pimentel como del propio monarca. Hay constancia también de la concesión de varios juros y regalos. José Luis Gonzalo Sánchez Molero refiere como en 1537 el príncipe Felipe le hizo entrega "de una medalla de oro con una figura de un niño que se está sacando una espina de un pie".

En el Archivo General de Simancas se conservan varios Juros en favor de Pero Hernández de la Cruz, todos ellos de la primera mitad del siglo XVI. Uno de ellos, de 37.500 maravedís, especifica que es por sus servicios prestados en la Guerra de las Comunidades.

El 15 de marzo de 1545, Luisa Enríquez, condesa-duquesa de Benavente, otorgaba merced a favor de Pedro Hernández de la Cruz, en la que le cede el aprovechamiento de la pesca del río Tera, en el lugar de Santibáñez, por todos los días de su vida. Este derecho lo había disfrutado anteriormente Pedro de Quiñones, ya fallecido.

En 1566, en la venta de una casa situada en Benavente en la calle de Santa Catalina, detrás del monasterio de San Francisco y en la colación de San Nicolás, se especifica que linda con "la puerta trasera del mesón de Pedro Fernández de la Cruz, en que moraba la de García Machacón". No queda claro en este documento si se esta hablando de una persona fallecida, pero datos complementarios apuntan en esta dirección.

La muerte de Pedro Hernández de la Cruz debió producirse hacia 1559, tal vez en fechas próximas a la realización del retrato de Antonio Moro. La referencia temporal la proporciona un testigo de un interrogatorio que en 1579 recuerda haber asistido a su entierro en Benavente: "el qual save que fallesçió de esta presente vida porque este testigo se halló presente a su entierro, que puede haver veynte años poco más o menos". Hay, además, indicios de que eligió para su sepultura la desaparecida iglesia parroquial de San Nicolás de Benavente. José Almoína Mateos, en sus "Monumentos históricos y artísticos de Benavente" (1935), dice que el templo fue fundado por la familia Pimentel, pero "un gentil hombre de la ilustre Casa, que después fue privado de los Reyes, llamado Pero Hernández [...] debió continuar la empresa y concluir con sus mandas y donaciones la iglesia comenzada". De sus palabras se deduce que el autor conoció epitafios, inscripciones o algún documento parroquial relativo a estas donaciones. Tal vez, Pedro Hernández contó aquí con su propia capilla funeraria. A mediados del siglo XIX, el corresponsal de Madoz señala en su "Diccionario" que en las paredes del edificio había incrustadas lápidas en memoria de los fundadores, procedentes de la casa de los Condes de los años 1567 y 1615.

En 1576 el conde Juan Alfonso Pimentel hizo concesión a favor de Hernando de Losada, y de su hijo Juan, del aprovechamiento de la pesca en este mismo lugar por muerte del anterior poseedor, Pedro Hernández de la Cruz.

Muy poco explorada ha sido la vinculación de Perejón con la Casa de Alba. En la cartela que identifica el retrato pintado por Antonio  Moro, en el Museo del Padro, se dice que es "bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba". Cuando se habla del "Gran Duque" está claro que nos estamos refiriendo a  Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel (1507-1582), III duque de Alba de Tormes, Grande de España y caballero de la Insigne Orden del Toisón de Oro.  Era hijo de García Álvarez de Toledo y Zúñiga y de Beatriz Pimentel y Pacheco, hija de Rodrigo Alonso Pimentel, IV conde y I duque de Benavente y de su esposa, María Pacheco.

Así pues, entre el conde de Benavente y el duque de Alba había importantes lazos familiares que explicarían por qué nuestro Perejón sirvió a ambos señores y por qué el de Alba actúa como padrino en 1554 en el bautizo de uno de sus hijos en Benavente. La esposa del duque era tía carnal del conde Antonio Pimentel.

Se da la circunstancia de que Antonio Moro retrató al menos en dos ocasiones al Gran Duque. La primera de las pintura se fecha hacia 1549 y se conserva en la Hispanic Society de Nueva York, mientras que la otra, bastante posterior, pues nos muestra a un duque ya anciano (hacia 1557),  pertenece a la colección de la Fundación Casa de Alba.

PEREJÓN NARRA SU VIDA
Vídeo: Fernando González Rodríguez
Guion: Rafael González Rodríguez


La familia de Pedro Hernández de la Cruz

La Plaza del Grano de Benavente, según una postal de los años 50

APÉNDICE DOCUMENTAL


1545, marzo, 15. Benavente

Luisa Enríquez, condesa de Benavente, por hacer bien y merced a su criado Pedro Hernández de la Cruz, le entrega el aprovechamiento de la pesca del río Tera, desde Santibáñez hacia arriba, por todos los días de su vida, por fallecimiento del anterior poseedor, Pedro de Quiñones.

Archivo Histórico de la Nobleza, Osuna, c. 466, d. 64.

Yo doña Luysa Enrríquez, condesa de Benavente, por hazer bien y merced a vos Pero Hernández de la Cruz, mi criado, tengo por bien que ayáis y tengáis de mi por merced por todos los días de vuestra vida la pesca del rrío de Tera, desde el lugar de Santivañe para arriva, que vacó por fin y muerte de Pedro de Quiñones, a quien el conde mi señor tenía hecho merced dello, para que lo podáis pescar y arrendar, y sea vuestro el aprovechamiento del dicho río desde el día de la fecha desta en adelante por todos los días de vuestra vida, la qual dicha merced vos hago en quanto toca a la pesca del, rreservando como reservo para el conde mi señor y para mi los otros aprovechamientos que ay en el dicho rrío de molineras y sacar caminos de agua, y todo lo demás que tenemos y que pertenesçe al señorío del dicho rrío, porque desta merced que yo vos hago no aveys de gozar más de la pesca del y así mismo con que quede de libre al concejo, justicia y rregidores desta mi villa de Benavente el terçio de las vardas que tienen en el dicho río. Y mando a mis contadores que asienten esta cédula en los libros que tienen para que por virtud della gozeis desta merced y sobre escrita deellos os buelvan este original. Fecha en Benavente a quinze de março de mill y quinientos y quarenta y çinco años.
La condesa de Benavente. (Hay una rúbrica).
Que vuestra Señoría haze merced a Pero Hernández de la Cruz de la parte del río de Tera que tenía Pedro de Quiñones, que vacó por su fallesçimiento. 


1576, abril, 14. Benavente.

El conde Juan Alfonso Pimentel hace concesión a favor de Hernando de Losada, su mayordomo, y de su hijo Juan de Losada, del aprovechamiento de la pesca de la Ribera de Tera, desde Santibáñez hasta la ermita de Nuestra Señora de Agavanzal, por fallecimiento del anterior poseedor, Pedro Hernández de la Cruz.

Archivo Histórico de la Nobleza, Osuna, c. 466, d. 165.

Don Juan Alfonso Pemintel Enrríquez de Velasco e de Herrera conde de Benavente, etc. Digo que por quanto yo tengo mucha obligaçión de Hernando de Losada, mi mayordomo por los muchos y buenos servicios que hiço al conde mi señor qu esté en el Çielo y al conde don Luis, mi hermano, y a mi [...] de la pesca de la Ribera del río de Tera que a mí me pertesce, que es desde el lugar de Santibane para arriba hasta la hermita de Nuestra Senora del Gabanzal, con la pesca de todos los pozos que ay en la dicha robera, que bacó por fin y muerte de Pedro Hernández de la Cruz, e antes de él la solía traer Pedro de Quiñones, a quien el conde mi señor que esté en el Cielo, tenía echa merced de la dicha ribera y pozos de ella, la qual dicha merced de la dicha ribera hago al dicho Hernando de Losada e a Juan de Losada, su hijo, para que la puedan pescar e arrendar por todos los días del dicho Hernando de Losada y del dicho su hijo. Y por quanto por parte de Pedro de Losada e de doña Ysabel [...] Fecha en la mi villa de Benavente a catorze de abril de mill y quinientos y setenta e seis años. El conde. Por mandado de su señoría ilustrísima García de Zerezedo.

Perejón, bufón del conde de Benavente y del gran duque de Alba

Detalle de la mano derecha con los naipes

Detalle de la mano izquierda sobre el pomo de la espada

Detalle de la vestimenta

Detalle del calzado

Retrato de Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba, por Antonio Moro, 1549, (Casa de Alba)

Retrato del príncipe Felipe, por Antonio Moro, 1549-1550, (Museo de Bellas Artes de Bilbao)

Retrato de Felipe II con la armadura de San Quintín, por Antonio Moro, 1560 (Monasterio de El Escorial)

Mor van Dashorst, Anthonis. Antonio Moro. Utrecht (Holanda), c. 1516-1520 – Amberes (Bélgica), 1576.

viernes, 8 de enero de 2016

El epígrafe de consagración de la iglesia del monasterio de San Pedro de Montes - En torno a sus fuentes literarias y sus fundamentos ideológicos y políticos


The dedicatory inscription in the church of the monastery of San Pedro de Montes.
Over the literary sources and its ideological and political bases

Resumen:

El epígrafe de consagración de la iglesia del monasterio de San Pedro de Montes (24 de octubre de 919) plantea interesantes reflexiones sobre las fuentes literarias utilizadas en su confección, así como sobre sus fundamentos ideológicos y políticos.
Para reconstruir el pasado visigodo del monasterio, los artífices del texto se basaron principalmente en la “Vita Fructouosi” y en los escritos autobiográficos de Valerio del Bierzo. Estos relatos eran conocidos por los monjes repobladores de San Pedro de Montes, antes incluso de su llegada a tierras bercianas.
La restauración de San Pedro de Montes formó parte de todo un programa ideológico y político promovido por la monarquía en el contexto del llamado “neogoticismo” del reino asturleonés. Esta circunstancia es común a la fundación y restauración de otras iglesias y monasterios.

Palabras clave: Genadio, San Fructuoso, Valerio del Bierzo, San Pedro de Montes, monasterios, Epigrafía, repoblación.

Abstract:

The dedicatory inscription in the church of the monastery of San Pedro de Montes (24 October 919) introduces some interesting considerations on the literary sources used in its elaboration, as well as on its ideological and political bases.
In order to reconstruct the Visigothic past of the monastery, the text authors were based mainly in “Vita Fructuosi” and the autobiographoical writings of Valerius of Bierzo.
These stories were known by the resettling monks of San Pedro, even before their arrival to the Bercian territory.
The restoration of San Pedro de Montes was part of an ideological and political program sponsored by the monarchy, in the context of the so-called “Neogothisism” of the Astur-Leonese kingdom. This situation is common in the foundation and restoration of other churches and monasteries.

Keywords: Genadio, San Fructuoso, Valerio del Bierzo, San Pedro de Montes, monasteries, Epigraphy, resettlement.


Introducción

En toda inscripción medieval, desde la más simple a las más elaborada, existe la intencionalidad de transmitir públicamente un mensaje y de una manera solemne. Para ello se construye un discurso, se hace uso de unas fuentes de información y se utiliza una serie de recursos literarios. En este sentido, Gómez-Moreno ya definió una inscripción como una “composición literaria para conmemorar un hecho en condiciones monumentales. Publicidad, solemnidad y perduración la caracterizan”.
El célebre epígrafe de San Pedro de Montes es uno de los testimonios más interesantes para el conocimiento, no sólo de la historia de este importante cenobio berciano, sino también de los pormenores de todo el proceso de repoblación monástica altomedieval que se desarrolló en las tierras al norte del Duero. A través de él podemos comprender mejor las motivaciones ideológicas y políticas presentes en las fundaciones y restauraciones de monasterios, tan frecuentes en el reino asturleonés entre los siglos IX y XI. La comunidad de Montes, responsable en última instancia del epígrafe, quiso dejar constancia de la consagración de su templo, pero también perpetuar la memoria de sus fundadores y reforzar una determinada tradición sobre la historia de su monasterio. Su estudio, en definitiva, nos acerca al imaginario medieval y a una determinada concepción de la espiritualidad.

1. Historia de la pieza y características formales

Contamos con referencias a este monumento epigráfico en la bibliografía ya desde el siglo XVI. Ambrosio de Morales en su “Crónica general de España” atribuye su autoría a San Genadio, y dice que “habiendo edificado la iglesia que agora dura, lo dejó todo especificado en una gran piedra que mandó poner a la puerta por donde se entra desde el claustro”.
El cronista de Felipe II vuelve a ocuparse del asunto en su “Viage”, concretamente al hablar de los orígenes del cenobio: “En el claustro a la entrada de la iglesia en una losa está escrito lo siguiente, fielmente sacado con sus malos latines de entonces”. A continuación, ofrece la primera lectura conocida y algunas apreciaciones sobre la misma. A partir de entonces, el texto fue reproducido por numerosos autores, como Yepes, Sandoval, Gregorio de Argaiz,, Rodríguez de Castro, Flórez, Quadrado, Hübner, Rodríguez López, Gómez-Moreno, Martínez Fuertes, Fernández Pousa, Viñayo, etc.
El epígrafe se encuentra actualmente situado en el lado izquierdo de la portada sur románica que comunicaba la iglesia con el Claustro reglar o Claustro de los arcos. Dicha puerta está hoy cegada, mientras que el claustro sufrió una profunda remodelación en el siglo XVII. La piedra está encastrada en el contrafuerte exterior a media altura. Sobre su lugar original de emplazamiento no tenemos ninguna noticia.
Se trata de un tablero rectangular de mármol blanco de 101 x 46 cm. El estado de conservación es bastante bueno, aunque se observan algunos desperfectos que no impiden su lectura completa. Su campo epigráfico está rebajado y delimitado por una moldura, rota en el ángulo superior izquierdo y sobretodo en el superior derecho. En este último sector la rotura parece ser anterior a la preparación de la inscripción, pues las tres primeras líneas del texto se alejan del comienzo de la moldura y terminan justo antes del corte de la piedra.

El texto ocupa casi todo el espacio disponible, con unos márgenes muy reducidos con respecto a la moldura. Consta de nueve líneas y está escrito en capitales de cuerpo estilizado y factura no muy regular. En palabras de Gómez-Moreno sus caracteres son “desgarbados semimozárabes” y “poco elegantes del siglo X”.
Sus tipos se alejan de las líneas rectas propias del corte clásico. Por el contrario, las letras son algo curvadas y siguiendo la tradición de la escritura altomedieval varían de tamaño en función de las necesidades de espacio de su artífice. Además, se emplean con frecuencia las abreviaturas, las ligaduras y algunas letras están embebidas o ajustadas.
La moderna epigrafía considera que para un texto adquiera la condición de inscripción ha de tener un carácter publicitario, por tanto, su finalidad última es la de dar a conocer un mensaje. Natalia Rodríguez Suárez señala que “para alcanzar dicho fin, el rogatario de la inscripción acudía a distintas técnicas para llamar la atención del receptor del mensaje. Una de esas técnicas consistía en el empleo de una escritura particular, la escritura publicitaria”. Estas características también pueden estar presentes en la escritura de los códices y en algunos documentos.
En nuestro caso, la caligrafía utilizada es muy variable, con el uso letras iguales bajo diferentes diseños. Entre los aspectos particulares hay que destacar la aparición de la “T” de tipo clásico, o con el bucle en su ápice izquierdo, rasgo que se ha venido identificando como característico de lo “mozárabe”. La “A” suele sustituir su ángulo superior por un rasgo recto horizontal. En la “N” el trazo oblicuo muere a media altura, mientras que hay alguna “N” coja, esto es con su trazo derecho que no apoya en la línea de la caja. La “P” en unos casos es cerrada y en otros tiene su parte curva ligeramente abierta. La “O” es generalmente de tendencia ovalada, pero alguna de ellas es de clara forma romboidal.
El lapicida se sirvió de renglones como ayuda y utilizó interpunción de dos puntos para separar algunas palabras. La línea central, la quinta, tiene un tratamiento especial, con un mayor cuerpo de letra y una caligrafía algo más esmerada. Esta línea actúa como eje de simetría, no sólo en lo material, sino también del contenido, pues se pretende así resaltar el acontecimiento central de todo el discurso narrativo: la construcción de un nuevo templo por el obispo Genadio.
El objeto principal de la inscripción es conmemorar la consagración de la nueva iglesia por cuatro obispos el 24 de octubre del año 919. Pero este acontecimiento está precedido por un largo preámbulo, en el que se hace una recapitulación de las diferentes fases constructivas del monasterio desde los tiempos de San Fructuoso, su primer fundador.
En la narración se utiliza en todo momento la tercera persona y el pasado, y los verbos tocantes a las diferentes acciones constructivas se llevan a la parte final de cada uno de los versos: “condidit”, “dilatabit”, “restaurabit” y “erexit”, siguiendo así los usos del latín clásico. Cada una de las fases o momentos de la fundación, restauración y renovación del monasterio ocupan una o dos líneas completas, a excepción de la consagración que se extiende por las tres líneas finales.
Parece, por tanto, que hay una cierta cadencia rítmica. Esta circunstancia ya fue advertida por Maurilio Pérez González, para quien esta inscripción, junto con la de San Martín de Castañeda, “su prosa también parece tener carácter rítmico o, al menos, pretende tenerlo”.

La transcripción y su traducción son las siguientes:

INSIGNE MERITIS BEATVS FRVCTUOSVS POSTQVAM COMPLVTENSE CONDIDIT /
CENOBIVM: ET N(omin)E S(anc)C(t)I PETRI BREBI OPERE IN HOC LOCO FECIT ORATORIVM:/
POST QVEM NON INPAR MERITIS VALERIVS S(an)C(tu)S OPVS AECLESIE DILATABIT/:
NOBISSIME GENNADIVS, PR(e)SB(i)T(e)R CVM XII FR(atr)IB(u)S RESTAURABIT ERA DCCCCXXX IIIA /
PONTIFEX EFFECTVS A FVNDAMENTIS MIRIFICE VT CERNITVR DENUO EREXIT/
N(on) OPPRESSIONE VVLGI SED LARGITATE PRETII ET SVDORE FR(atr)VM HUIS MONASTERII/
CONSECRATUM E(st) HOC TEMPLV(m) AB EPI(scopi)S IIIIOR: GENNADIO ASTORICENSE: SABARICO /
DVMIENSE: FRVNIMIO LEGIONENSE: ET DVLCIDIO SALAMANTICENSE: SVB ERA /
NOBIES CENTENA: DECIES QVINA: TERNA: ET QVATERNA: VIIIIO K(a)L(en)D(aru)M: N(o)B(e)MBR(u)M/

“El bienaventurado Fructuoso, insigne en méritos, después de fundar el cenobio Complutense, también hizo un oratorio pequeño en este sitio, con nombre de San Pedro. Después de ello, el no inferior en méritos y santo Valerio amplió el edificio de esta iglesia. Modernamente, Genadio, presbítero, con doce frades, lo restauró en el año 895. Una vez hecho obispo, erigiólo de nuevo desde sus cimientos admirablemente, como se echa de ver, no mediante opresión del pueblo, sino con grande costa y con sudor de los frades de este monasterio. Fue consagrado este templo por cuatro obispos: Genadio, astoricense; Sabarico, dumiense; Frunimio, legionense, y Dulcidio, salamanticense, en 24 de octubre del año 919”.

El relato es muy interesante, porque permite contrastar y cotejar las fuentes utilizadas por los artífices de este monumento epigráfico para componer su discurso. Varias de estas fuentes pueden ser identificadas de forma precisa, lo cual hace de esta lápida una pieza singular en comparación con otros epígrafes altomedievales. Los hitos principales de este relato serían los siguientes:

2. Construcción de un oratorio dedicado a San Pedro por San Fructuoso, después de haber fundado el monasterio de Compludo.
“Insigne meritis beatus Fructuosus postquam complutense condidit cenobium et nomine Sancto Petri brebi opere in hoc loco fecit oratorium”.

La información que nos suministra el comienzo de la inscripción (primera y segunda línea) está basada fundamentalmente en la “Vita Fructuosi”, uno de los grandes patriarcas del monacato visigodo del siglo VII. Su texto se nos ha trasmitido en varios códices medievales y está incluido en la compilación hagiográfica hecha por Valerio del Bierzo. En un principio su autoría fue atribuida por casi todos los editores antiguos al propio Valerio, pero en la actualidad, gracias sobre todo a los estudios de Manuel C. Díaz y Díaz, la obra se considera de algún seguidor de Fructuoso, probablemente monje, y residente en alguna de sus fundaciones.
En la “Vita” se emplea repetidamente los tratamientos de “beatissimum” y “sanctissimus” para referirse a Fructuoso y, tal y como se recuerda en nuestra inscripción, se habla de esta fundación como hecha poco después de la de Compludo. Sin embargo, en la “Vita” no se indica la advocación de este “oratorio”, sino que se alude al monasterio “Rufianense”, donde Fructuoso vivía recluido en un edículo o “ergástula”. Para la mayoría de los autores esta fundación se habría producido hacia el año 640, y en un principio tendría más un carácter de eremitorio, orientado al retiro y a la vida contemplativa, que de un monasterio propiamente dicho.
Sabemos, por otras fuentes, que Genadio conoció la “Vita Fructuosi” y los escritos de Valerio en su juventud, desde los mismos inicios de su formación como monje en el monasterio de Ageo. Es a través de la lectura de estos relatos hagiográficos como los monjes de Ageo se sienten atraídos por la tradición eremítica y cenobítica de las montañas del Bierzo, y proyectan la restauración del monasterio de San Pedro de Montes, fundado por San Fructuoso en el siglo VII.
En el documento conocido como “Testamento de San Genadio”, el obispo astorgano al recordar su juventud en el monasterio de Ageo, dice de San Pedro de Montes: “que primero fue habitado por San Fructuoso, y después por San Valerio, cuyas santas vidas y resplandor de sus virtudes y milagros, declaran las historias que de ellos hay escritas”. Este importante documento, fundamental para el conocimiento de la vida de Genadio, suele fecharse en torno a los años 915, 919 ó 920, pero los detalles suministrados sobre su paso por el monasterio de Ageo tienen que situarse necesariamente antes del año 895. Frente al “insigne meritis” con que es presentado Fructuoso en la inscripción, en el “Testamento” Genadio se autodefine como “pauper meritis, abundans scelirubus, indignus episcopus”.
En el monasterio de San Pedro de Montes se conservaron durante mucho tiempo una serie de libros atribuidos a la colección privada de Genadio. Ambrosio de Morales alcanzó a verlos en el siglo XVI, y los identificó con la biblioteca que el santo había donado en su “Testamento” a los monasterios bercianos de San Pedro, San Andrés, Santiago y Santo Tomás. En palabras de Morales: “todos son de letra gótica, tan antigua que manifiestamente muestran como son los mismo que el Santo dexó ... pues son como reliquias, en consideración que el Santo los trató mucho, y estudió en ellos”.
Entre los ejemplares descritos se menciona una “Vita Patrum, deshojado, tienen las Vidas de San Paulino, Santo Agustín, San Gerónimo, y pocas más, fue gran volumen”. Independientemente de que este libro hubiera pertenecido o no al obispo astorgano, hay que señalar que estas piezas hagiográficas son partes integrantes de la compilación de Valerio. Por tanto, los monjes de San Pedro de Montes dispusieron desde antiguo de estas obras y pudieron servirse de ellas para construir un determinado discurso sobre los orígenes de su monasterio.

3. Ampliación de la iglesia por San Valerio.
“Post quem non inpar meritis Valerivs sanctus opus aeclesie dilatabit”.

El contenido de la tercera línea de la inscripción se fundamenta específicamente en los escritos autobiográficos de Valerio. En ellos el monje berciano ofrece pormenores de su llegada al monasterio y su estancia durante muchos años en la misma celda en la que había habitado antes San Fructuoso. En estos textos el monasterio es denominado de nuevo “Rufianense”, como ya se hacía en la “Vita Fructuosi”.
Este topónimo “Rufianense” haría alusión al poseedor de un antiguo “castillo” situado en las inmediaciones. Así en el “Ordo querimonie prefati discriminis” leemos: “En el límite del territorio del Bierzo, entre otros monasterios, junto a un castillo cuyo antiguo propietario le diera el nombre de Rufiana, hay un monasterio entre unos valles de elevados montes, fundado tiempo atrás por San Fructuoso de bendita memoria, en que la divina piedad me colocó para permanecer para siempre”.
Es posible que a finales del siglo IX se conservará en Montes algún vestigio de la antigua iglesia, o alguna inscripción con la dedicación a San Pedro y San Pablo. Pero tanto Genadio, como sus compañeros, pudieron deducir la advocación del cenobio a los santos apóstoles a través de la lectura de los textos de Valerio, pues en uno de los pasajes de sus obras dice que “celebraba el oficio ... en el santo altar de los apóstoles” y “de la construcción y obra allí junto al altar de los santos apóstoles, se ha escrito brevemente en la historia anterior”. Por otra parte, uno de sus poemas está dedicado expresamente a San Pedro y San Pablo: “Conversio deprecationis ad Sanctos Apostolos”.
Respecto a la ampliación de la iglesia por Valerio no encontramos una referencia específica en sus obras, pero sí hay mención a obras de ampliación de las estancias monacales y del huerto inmediato construido en el atrio. En “Replicatio sermonum a prima conversione” se dice que su sobrino Juan “en aquel páramo plantó viñas, una huerta y muchos frutales de distintas clases, y puso los cimientos para unas habitaciones, y se ocupa de que todo lo que sea necesario en uno y otro lado vaya adelante”. En cuanto al atrio: “...con la ayuda de Dios, poco a poco, se allanó gracias al trabajo de unos jornaleros un estrecho, pero suficiente espacio para un pequeño atrio”.
Así pues, esta ampliación de la iglesia por Valerio, tal y como se registra en el epígrafe, pudo basarse en la lectura de estas fuentes. Pero también debe considerarse la interpretación por los monjes de los restos constructivos que probablemente perduraban del antiguo monasterio visigodo a finales del siglo IX. A fin de cuentas, las ruinas que encontraron los monjes repobladores pertenecerían a los últimos edificios habitados por Valerio, cuya muerte suele fijarse en torno al año 695.
Varios restos constructivos altomedievales se conservan actualmente en el último cuerpo de la torre de la iglesia monacal. Su cronología no puede precisarse, pues se trata de fustes de columnas y capiteles de mármol que podrían haberse utilizado tanto en la fundación visigoda como en el monasterio repoblado por Genadio. A estas piezas deben añadirse otras que se reaprovecharon en la puerta de la próxima ermita de la Santa Cruz, entre ellas un posible fragmento de cancel visigodo.

4. Restauración por el presbítero Genadio en el año 895.
“Nobissime Gennadius presbiter cum XII fratribus restaurabit era DCCCCXXX IIIa”.

Las acciones acometidas por el presbítero Genadio, con la colaboración de doce “fratres”, son muy escuetas y se resumen a través del verbo “restaurar”. Esta cuarta línea viene precedida de la expresión “nobissime”, no muy habitual en los diccionarios del latín clásico. Con este término parece que se quiere remarcar una cesura temporal entre el pasado visigodo de San Pedro de Montes y las iniciativas repobladoras de los siglos IX y X.
Los detalles de esta restauración, fechada en 895, se corresponden nuevamente con el relato del llamado “Testamento de San Genadio”, en el que se recuerda, efectivamente, como Genadio, en compañía de doce hermanos, partió del monasterio de Ageo para restaurar las ruinas del antiguo monasterio de San Pedro de Montes: “viviendo en la obediencia de mi padre y abad Arandiselo en el monasterio de Ageo, ansioso de la vida solitaria, con otros doce hermanos, y la bendición de mi viejo abad, caminé al desierto de San Pedro, que primero fue habitado por San Fructuoso y después por San Valerio”.
El uso del verbo “restaurar” tiene en nuestra lápida un marcado componente ideológico que debe ser analizado. Desde que Astorga fue repoblada de una manera definitiva por Ordoño I, hacia el año 854, e integrada en los organigramas de la monarquía astur, debió crearse una circunscripción basada en la tradición romano-visigoda y en la organización eclesiástica. En consonancia con lo que se ha venido en llamar “neogoticismo” astur se restaura el obispado y se establece un marco político-territorial en el que el Bierzo tiene una personalidad propia muy definida.
Esta actividad restauradora es común a gran parte de los territorios del reino, donde los ejemplos se multiplican. La “Crónica Albeldense”, al referirse a las iniciativas políticas y religiosas de Alfonso III, dice: “Todos los templos del Señor son restaurados por este príncipe, y en Oviedo se edifica una ciudad con palacios reales”.
La repoblación de Astorga supuso la recuperación de los territorios del viejo obispado, donde, además de las labores de colonización agraria, se fundan o se restauran iglesias y monasterios. Todo este ambicioso programa político contó lógicamente con la dirección, impulso y respaldo de los reyes asturleoneses.
María Concepción Cosmen Alonso ha recopilado algunos testimonios de estas “restauraciones” localizadas dentro del territorio de la diócesis. El monasterio de San Dictino de Astorga, situado fuera de las murallas, fue rehabilitado como residencia episcopal y su templo, “venerabilis ecclesia vetusto fundamine”, restaurado y dotado por el obispo Fortis en torno al año 925. El mismo camino seguirá el monasterio de San Pedro de Forcellas, ubicado en la zona montañosa de La Cabrera, que fue donado por el rey Ramiro II en el año 935 al obispo Genadio para que “como estaba destruido lo restaure y ponga en él una comunidad regular”. San Martín de Castañeda, junto al Lago de Sanabria, fue rehecho desde los cimientos sobre un pequeño edificio anterior también dedicado a San Martín. La iglesia de Villanueva de Valdueza fue “facta et restaurata” por el obispo Ranulfo a fines del siglo IX. El oratorio de Santa Cruz de Montes fue reedificado en el año 905 y el cenobio de Santa Leocadia de Castañeda, junto al Sil, rehecho en torno al 916.
Estas “restauraciones” se hicieron en algunos casos sobre la base de viejos edificios arruinados, de los que los “restauradores” conocen su pasado con mayor o menor precisión. Los nuevos templos y monasterios muy probablemente reaprovecharon elementos constructivos de las fundaciones anteriores. Como señala José Alberto Moráis Morán, la reapropiación selectiva y particular de los restos materiales de las construcciones del pasado, con la voluntad expresa de reutilizarlas en los nuevos contextos materiales del medievo, posee un claro antecedente en la edilicia tardoantigua. Las fuentes revelan la acción restauradora en los templos altomedievales como una fase del proyecto arquitectónico en la que la reutilización de las estructuras preexistentes es fundamental.
A propósito del neovisigotismo de los monarcas asturleoneses, Isidro Bango Torviso destaca que no se aprovechaban las viejas construcciones del Duero sólo por un sentido utilitario, sino que en muchas ocasiones había toda una carga de ideología legitimadora para entroncar la dinastía con los monarcas godos. En el caso de los monasterios, para los monjes repobladores, incondicionales seguidores de Fructuoso y Valerio, la búsqueda y restauración de las fundaciones de estos padres del monacato visigodo se convirtió en una misión trascendente y espiritual. Se buscan estos monasterios y todas aquellas ruinas que se puedan relacionar con los padres del pasado para convertirlos en nuevos centros de su veneración.
En este aspecto, y en otros, la lápida de San Pedro de Montes guarda importantes similitudes con los monumentos epigráficos de San Miguel de Escalada y San Martín de Castañeda, pues en los tres casos se acomete una “restauración” sobre la base de un asentamiento cristiano anterior. Son muchos los elementos comunes en las tres inscripciones, pero también hay una diferencia fundamental. En Castañeda y Escalada se restauran templos de los que apenas se recuerdan más que puntuales detalles de su pasado, y esto es debido, seguramente, a que los monjes no disponen de información al respecto. Solamente se consigna su antigua advocación (San Martín o San Miguel), y que se trataba de construcciones muy modestas y de reducidas dimensiones, en ningún caso se alude a sus fundadores.
Pero en Montes hay un conocimiento mucho más detallado sobre sus orígenes, y guiados por la tradición visigoda identifican las ruinas que encuentran los repobladores con una de las principales fundaciones fructuosianas: el monasterio Rufianense. No sabemos hasta que punto esta identificación estaba sólidamente acreditada, pero los monjes así lo interpretaron y quisieron transmitirlo a través de un documento solemne. Se quiere así recuperar, por motivos ideológicos, el pasado mítico y prestigioso del eremitismo y monasticismo del siglo VII y, de este modo, hacer realidad el proyecto político del neogoticismo del reino asturleonés. Los monjes bercianos del siglo X son ahora los continuadores de los anacoretas y cenobitas del siglo VII, y por ello depositarios del legado de Fructuoso y Valerio.
Gómez-Moreno ya advirtió relaciones evidentes entre las tres fundaciones (Escalada, Montes y Castañeda), en particular en el uso de expresiones equivalentes como “brevi opere”, “miro opera a fundamine... erigitur”, “non oppresioni vulgo sed... fratrum instante vigilantia”, etc. Para el erudito granadino estás concordancias apuntaban a una misma mano y venían a confirmar sus teorías sobre el gran peso de lo “mozárabe” en el arte hispano altomedieval, sospechando si también andarían en la reconstrucción de San Pedro de Montes andaluces. A estos tres ejemplos habría que añadir el epígrafe del monasterio de San Salvador de Tábara, donde nuevamente encontramos algunas expresiones equivalentes como: “non copia rerum fretus sed divino iubamine”.
Este tipo de expresiones son equiparables a otras de carácter documental: “cum Dei iuuamine, restauraui eam, siue et kasas quas ibidem construxi”, se lee en una escritura leonesa de 904 a propósito de la restauración de una iglesia.
En cualquier caso, esta parte del relato de nuestra inscripción se contradice con los primeros documentos del Tumbo de San Pedro de Montes. En ellos se otorga un gran protagonismo al obispo astorgano Ranulfo en la fundación o restauración del monasterio. Estos textos, debido a su deficiente transmisión, ofrecen dudas sobre su autenticidad y cronología, pero como ya advirtió Mercedes Durany Castrillo, en ellos es Ranulfo quien entrega a los monjes los terrenos anexos de la nueva fundación, y ordena a Genadio abad de la comunidad monástica.
Uno de estos documentos está datado precisamente en el año 895, y en él el obispo astorgano dona a la comunidad de Montes la iglesia y concede unos términos que delimita: “Yo Ranulfo, obispo indigno, ... traté de edificar en honor de vuestra gloria, mi señor San Pedro, un monasterio de monjes [...] concedo y doy a San Pedro, la misma iglesia ya mencionada con todas sus inmediaciones la cual está dentro del término del Bierzo, junto al río Oza, entre los montes que llaman Aquilana, Rufiana y Peñalba”. Sin embargo, en otro de estos documentos, de 1081, se dice que el monasterio “constructum est permanedum a sanctis Patribus Fructuosis, Gennadius et Valerius”.
Recientemente, Leticia Agúndez San Miguel ha ido más lejos a la hora de ponderar estas contradicciones, y llega a hablar de falsificación del pasado lejano del monasterio en el Tumbo de San Pedro de Montes. Se trataría de una campaña de recuperación del pasado lejano de la institución, el que se refiere a su etapa fundacional en los últimos años del siglo IX y los primeros del X, que tuvo lugar en el “scriptorium” monástico entre finales del siglo XI y principios del siglo XII.
Sea como fuere, el Tumbo de San Pedro de Montes, elaborado en su núcleo principal en el siglo XIII, nos muestra una tradición sobre la historia del monasterio que se remonta a tiempos visigodos y que coincide en los aspectos fundamentales con el relato de la inscripción. Como ya apuntó Manuel C. Díaz y Díaz, tuvo que existir algún tipo de continuidad que explicaría la conservación en la memoria colectiva del emplazamiento y la advocación de los títulos de la iglesia. Para este autor resulta a todas luces inadmisible que por aquellos riscos desérticos y casi inaccesibles hubieran pasado, como suponen algunos, los árabes invasores, responsables que serían del despoblamiento y posterior olvido.

5. Renovación, desde los cimientos, por Genadio después de haber sido nombrado obispo.
“Pontifex effectus a fundamentis mirifice ut cernitur denuo erexit non oppressione vulgi sed largitate pretii et sudore fratrum huis monasterii”.

La quinta y sexta líneas de la inscripción se detienen ahora en la construcción de un nuevo templo “a fundamentis”. Se ensalza la obra como de gran envergadura y se invita a los visitantes a admirar sus cualidades. Esta empresa habría sido acometida por Genadio después de haber sido nombrado obispo de Astorga. Este último dato no permite hacer muchas precisiones cronológicas, pues los biógrafos de Genadio no coinciden en la fijación temporal de su pontificado efectivo.
Para Artemio Martínez Tejera, su primera aparición documental como obispo data del 15 de febrero del año 911, firmando en León, junto con Atila y Cixila una donación del rey leonés García I al monasterio de San Isidoro de Dueñas, mientras que la última efectiva tendrá lugar el 24 de octubre del año 919, tal y como se recoge en el epígrafe de consagración de la iglesia de San Pedro de Montes. En opinión de este autor, esta celebración litúrgica debió ser una de las últimas actuaciones de Genadio al frente de la diócesis de Astorga, sede que abandonaría definitivamente antes del 25 de mayo del año 920 y “con total seguridad” antes del 1 de octubre del mismo año. Posteriormente, abandonó sus responsabilidades y se retiró a practicar la vida eremítica al Valle del Silencio. Para otros autores el ascenso de Genadio a la silla episcopal de Astorga se habría producido en torno a los años 908-909.
Nuevamente, el contenido de esta parte del relato del epígrafe se aproxima a lo conocido a través del “Testamento” de Genadio: “me colocaron en la silla episcopal, donde estuve muchos años, más por obediencia al príncipe que por propia voluntad, si bien ni aun casi corporalmente vivía allí. Poniendo toda mi solicitud y fuerzas en el dicho desierto, amplié con nuevos edificios la iglesia de San Pedro, que poco antes había restaurado, y como mejor pude la mejoré”.
Las reiteradas similitudes entre el “Testamento” y el epígrafe plantean el problema de si uno de ellos pudo de haber servido de modelo al otro, o bien ambos testimonios bebieron de una fuente común desconocida. Pero poder resolver esta cuestión sería necesario primero fijar con precisión la cronología de Genadio y la de la elaboración del documento mencionado.
En ambos textos es a Genadio a quien se atribuye específicamente la construcción de la nueva iglesia, aunque en el “Testamento” se habla de “ampliación con nuevos edificios”. Su condición de obispo implica la inclusión del monasterio de Montes en las estructuras administrativas de la diócesis, pero también de alguna manera en la organización política del reino asturleonés, pues no olvidemos que los reyes tenían una gran influencia en los nombramientos de los prelados. De ello tenemos abundantes ejemplos. En la época de Alfonso III, además de Genadio, se pueden citar a Froilán (León) y Atilano (Zamora), también promovidos a la silla episcopal a iniciativa del monarca.
La expresión “a fundamentis” aplicada a la erección de la nueva iglesia, esto es, desde los cimientos, tiene un claro sentido simbólico y litúrgico. Se quiere remarcar la construcción de un nuevo edificio y vendría a justificar la posterior consagración solemne del templo, ya que si se hubiera tratado de la simple reforma, ampliación o reparación de una iglesia anterior no sería procedente celebrar el rito de la consagración, pues ésta ya habría sido consagrada con anterioridad.
Nuestro epígrafe introduce a continuación una valoración estética sobre la calidad de la nueva construcción: “mirifice ut cernitur”. El comentario recuerda la descripción de la iglesia de San Tirso de Oviedo que introduce el autor de la versión “Ad Sebastian”de la Crónica de Alfonso III: “obra cuya belleza más puede admirar quien esté presente que alabarla un cronista erudito”. Para Víctor Nieto Alcaide este tipo de alabanzas contrasta con la interpretación, generalmente admitida, de la valoración exclusivamente simbólica y religiosa que se ha supuesto en los hombres de la Edad Media con respecto a las obras de arte.

6. Consagración de la iglesia por cuatro obispos el 24 de octubre de 919.
“Consecratum est hoc templvm ab episcopis IIIIor, Gennadio astoricense, Sabarico dvmiense, Frvnimio legionense, et Dvlcidio salamanticense, svb era nobies centena decies qvina terna et qvaterna VIIIIo kalendarurum nobembrvm”.

Esta es la parte de la inscripción que da sentido a todo el discurso anterior, pues su verdadera naturaleza es narrar la historia de las fundaciones y restauraciones de San Pedro de Montes, para consignar, por último, la consagración solemne de la iglesia monástica. Por ello, es la parte más extensa, desarrollándose en las tres últimas líneas.
En el texto encontramos los elementos principales que identifican en época altomedieval una “consecratio”: aparición del verbo "consecrare", advocación o advocaciones del templo, mención del obispo u obispos oficiantes con la indicación de las diócesis que rigen y, por último, datación con el día, mes y año en que se lleva a cabo.
Artemio Martínez Tejera propuso la denominación de “monumenta consecrationis” para definir aquellas inscripciones que incluyen no sólo los rasgos propios de las “consecrationes”, sino también de las denominadas “monumenta”, que recogen la construcción, reedificación o reforma de un edificio o de alguna de sus dependencias, generalmente de un edificio cultual.
Para Vicente García Lobo se trataría de “monumenta aedificationis”, pues con motivo de un acto solemne (dedicación, consagración, restauración, etc.) se da cuenta de una serie de hitos o momentos en la historia del edificio o la institución. Posteriormente, junto con Mª Encarnación Martín López, ha propuesto una clasificación más específica de los “monumenta”, con las subcategorías de “ampliationis”, “dotationis”, “fundationis” y “restaurationis”.
Respecto a la fecha consignada y los obispos consagrantes también se pueden hacer algunas observaciones. Los primeros editores de la inscripción erraron en la fecha y arrastraron a otros autores en su lectura. Tanto Morales como Yepes dan una cronología más temprana (Era 944, año 906), basada en una mala interpretación de la forma de consignar la data.
Como ocurre con otros epígrafes altomedievales la fecha se enmascara baja una fórmula retórica que puede confundir al lector contemporáneo. Gómez-Moreno proporcionó las claves para su correcta lectura: “sub era nobies centena, decies quina, terna, et quaterna”, esto es, en la era nueve veces ciento, diez veces cinco, más tres y cuatro, era CMLVII, año 919.
La consagración tuvo lugar en domingo, como era tradición en las iglesias hispanas altomedievales y se prescribía en los concilios. El primer oficiante es el propio obispo de Astorga Genadio, a cuya diócesis pertenecían los territorios del Bierzo. Los otros tres obispos citados (Mondoñedo, León y Salamanca) se acomodan con la permanencia en sus sedes en la fecha consignada (el 24 de octubre de año 919).
El orden en el que aparecen estos prelados no es casual, se corresponde con la antigüedad en el disfrute de su diócesis, lo cual es un elemento que confirma la observancia de las tradiciones de la Iglesia hispana y la precisión de la información contenida en la lápida sobre esta cuestión. Genadio conserva la primacía como obispo titular de la diócesis en la que encontraba el monasterio. Le siguen Sabarico (900-922), Frunimio (915-928) y Dulcido (916-920). Este estricto orden protocolario ya aparece documentado, según Manuel Carriedo Tejedo, en los siete obispos consagrantes de la iglesia de San Salvador de Valdediós en el año 893.
Respecto a la cronología parece claro que debe situarse en el siglo X y descartar, por tanto, las dataciones que la llevan al siglo XI o incluso al siglo XII. En los aspectos formales, la grafía utilizada y sus concordancias gramaticales con otras inscripciones similares indican que su confección es contemporánea de la propia consagración, o hecha poco tiempo después.
Sobre esta cuestión Gómez-Moreno defiende que “debió esculpirse a raíz de la consagración susodicha, que principalmente conmemora”. Sin embargo, algunos autores consideran el epígrafe bastante más tardío. Flórez es el primer autor que duda de su antigüedad, pues dice que “este monumento, aunque no sea del tiempo de San Genadio, fue puesto en su monasterio por memorias propias de la Casa, y como útil para algunas materias le reproducimos”. En la misma línea se manifiestan Justo Pérez de Urbel y Augusto Quintana Prieto, para quienes la lápida fue erigida bastantes años después.
Se podrían hacer algunas matizaciones en función del contenido y el tratamiento de los personajes citados en texto. Varias razones llevan a pensar que la inscripción fue confeccionada en vida de Genadio.
Por una parte, hay que señalar que la inscripción quiere resaltar la impronta dejada por tres personajes clave en la historia del monasterio: Fructuoso, Valerio y Genadio. Fructuoso es calificado de “insigne meritis Beatus Fructuosus”, mientras que Valerio es presentado como “non inpar meritis Valerius sanctus”. Sin embargo, al mencionar a Genadio este carece de epítetos laudatorios y se consigna únicamente su condición de “presbítero” y, posteriormente, de “obispo”.
A pesar de ello, Genadio es, sin duda, el gran protagonista del epígrafe, pues se le menciona repetidamente y se destaca su labor como restaurador del monasterio, constructor de la nueva iglesia y principal obispo consagrante. Con anterioridad, en 913, este mismo obispo ya había consagrado el templo de San Miguel de Escalada, y su nombre había quedado recogido en un epígrafe muy similar en sus características y contenidos.
Resulta difícil de asumir que una inscripción elaborada con cierta distancia cronológica por la comunidad de San Pedro de Montes no utilizara otros calificativos para referirse a un personaje tan querido para el monasterio. Esta circunstancia solamente puede explicarse porque Genadio aún vivía en ese momento y su participación directa o indirecta en la elaboración del monumento epigráfico haría improcedente el empleo de tratamientos laudatorios.
Sabemos, además, que muy poco después de la muerte de Genadio, los documentos que hablan de él ya tienen una especial consideración hacia su persona, e incluso apuntan algún tipo de devoción o culto. Su última aparición en los diplomas es en 935, cuando recibe de Ramiro II el monasterio de San Pedro de Forcellas para su restauración.
Muy poco después, en una donación al monasterio de Santiago de Peñalba, en 937, el nuevo obispo de Astorga, Salomón, se refiere a él como “in Christo pater meus beatae memoriae dominus Jennadius”. En 960 el obispo Odoario recuerda a “nuestros antecesores de divina memoria, don Genadio, obispo por la gracia de Dios y don Fortis, obispo por la gracia de Dios”. En un documento de San Pedro de Montes de 1081, se dice que el monasterio “constructum est permanedum a sanctis Patribus Fructuosis, Gennadius et Valerius”.
Por tanto, un arco temporal delimitado entre la fecha de consagración del templo, el 24 de octubre de 919, y la primera constatación feaciente de la desaparición de Genadio, el 9 de febrero de 937, sería el más apropiado para situar la elaboración de nuestro epígrafe.

Conclusiones

El epígrafe de consagración de la iglesia del monasterio de San Pedro de Montes plantea interesantes reflexiones sobre las fuentes literarias utilizadas en su confección, así como sobre sus fundamentos ideológicos y políticos.
Para reconstruir el pasado visigodo del monasterio, los artífices del texto se basaron principalmente en la “Vita Fructouosi” y en los escritos autobiográficos de Valerio del Bierzo. Estos relatos eran conocidos por los monjes repobladores de San Pedro de Montes, antes incluso de su llegada a tierras bercianas.
Los detalles sobre la restauración y edificación del cenobio por San Genadio son en gran parte coincidentes con el documento conocido como “Testamento” del santo obispo de Astorga. Esta circunstancia nos lleva a plantear las relaciones entre ambos textos, la fijación de los años del pontificado de Genadio en Astorga y la posible fecha de elaboración de la lápida
Del análisis formal del epígrafe, y de su propio contenido, se deduce que es debe datarse, como ya hizo Gómez-Moreno, en el siglo X y, probablemente, en fechas próximas al acto central que se pretende destacar: la consagración solemne del templo por cuatro obispos el 24 de octubre de 919. En cualquier caso, la forma de presentar y calificar a Genadio, sin ningún tipo de epíteto laudatorio, apunta a que este aún vivía en el momento en el que se erigió este importante monumento epigráfico.
La restauración de San Pedro de Montes formó parte de todo un programa ideológico y político promovido por la monarquía en el contexto del llamado “neogoticismo” del reino asturleonés. Esta circunstancia es común a la fundación y restauración de otras iglesias y monasterios, y explica las similitudes formales de lápida de Montes con otros epígrafes equiparables, como los de San Miguel de Escalda, San Martín de Castañeda o San Salvador de Tábara.

Portada sur de la iglesia conventual
La lápìda empotrada en el contrafuerte
Detalle de la inscripción
Dibujo de la inscripción de San Pedro de Montes según Benjamín Martínez

jueves, 3 de diciembre de 2015

Un sable "briquet" procedente de Castrogonzalo (Zamora)

Sable "briquet" procedente de Castrogonzalo (Zamora)

El conocimiento de la existencia de un sable francés de época napoleónica en Castrogonzalo proporciona una buena oportunidad para acercarse a las características de este tipo de armas. Es también una buena excusa para encuadrar esta interesante pieza en los pormenores de la Guerra de la Independencia (1808-1814) en la comarca de Benavente. Para el historiador, no lo olvidemos, es siempre el contexto histórico el que otorga sentido y valor a este tipo de hallazgos.

Nuestro sable fue hallado casualmente por un vecino de la localidad en una vivienda del casco urbano. Estaba incrustado entre el tejado y la cubierta de una de las habitaciones. Sirvan estas líneas de agradecimiento a su propietario por su buena disposición para su examen y estudio. Las circunstancias del hallazgo indican que hubo, desde antiguo, un deseo consciente de ocultación. Sin embargo, parece que la construcción de dicha casa no alcanza la decimonovena centuria y, por tanto, el sable debió pasar por diversas manos y lugares hasta el día de hoy.

Es muy abundante la bibliografía y documentación existentes sobre la ocupación francesa de la comarca -en particular de los años 1808 y 1809-. En base a ella hay que suponer que la procedencia de la pieza es local y que, probablemente, no debió salir del pueblo desde entonces. Es, como veremos, un arma de indudable origen francés, y no una de las imitaciones o adaptaciones utilizadas posteriormente por el ejército español.

El nombre de sable “briquet” fue dado popularmente por la caballería francesa al arma de este tipo que llevaban algunos soldados de infantería. El mismo término francés “briquet”revela una connotación un tanto burlona, o incluso despectiva. Su pequeño tamaño y la forma de su empuñadura recuerdan, en efecto, a los encendedores que utilizaba la tropa en campaña para hacer fuego. Más tarde, a partir de 1806, esta denominación se tornará oficial.

Arma muy popular entre la tropa, el sable “briquet” corto equipaba a los suboficiales, a los cabos, a las fuerzas de élite, e incluso a la Guardia Imperial. Aunque fue empleado, sobre todo, con fines prácticos y utilitarios, no dejaba de ser un arma eficaz en el campo de batalla.

Sus golpes con la punta eran muy peligrosos y las arremetidas con la hoja podían ocasionar heridas graves. La afiladura de su lámina, muy cortante, se efectuaba por medio de una lima o haciendo uso de una piedra de afilar. El agua, la nieve o la sangre podían, sin embargo, atacar el acero. De hecho, nuestro sable presenta la hoja notablemente deteriorada por el óxido.

Nuestro ejemplar, con una longitud total de aproximadamente 72cm, cuenta con una lámina de 58cm. La hoja realizada en acero, es ancha y curva, con el lomo cuadrado al interior y filo al exterior. Su guarnición, realizada en una sola pieza en bronce, consta de una empuñadura acanalada que remata en un pomo semiesférico. Un aro guardamanos curvo y un galluelo girado hacia la hoja completan la austera guarnición. El galluelo se ha perdido en nuetro sable, sin duda la pieza más delicada y más expuesta a los golpes y caídas.

Sobre el lomo y la guarnición podemos observar distintas inscripciones alusivas a su procedencia y fabricación. Sobre el aro del guardamanos se puede leer claramente: “VERSAILLES”.

La vaina -en nuestro caso no conservada- estaría confeccionada según otros ejemplares conocidos en cuero negro, con los refuerzos del brocal y el batiente hechos en latón. Se conocen dos versiones principales de este tipo de arma blanca: la del Año IX, con una guarnición en ángulo recto; y la del Año XI, con una guarnición redondeada, similar, por tanto, a la recuperada en Castrogonzalo.

La Guardia Consular, nacida de la Guardia del Directorio y de la Guardia del Cuerpo Legislativo, fue dotada de un sable “briquet” de un tipo más particular, cuya realización fue confiada a la manufactura de armas de Versalles. Cuando, en 1804, la Guardia Consular deja paso a la Guardia Imperial, los granaderos que forman este Cuerpo fueron dotados de un sable de factura nueva, más largo que el precedente y que contiene una guarnición diferente. En efecto, esta arma consta de una guarnición en latón y de una empuñadura más fina y mejor acabada. La lámina, templada en las manufacturas de Kligenthal, contiene un faldón ancho y hueco sobre cada cara y alcanza una longitud de aproximadamente 70cm. Así como los granaderos y los cazadores a pie, los artilleros de la Guardia también llevaban el sable “briquet”, que emplean la mayoría de las veces para podar la vegetación en el momento en el que entraban en batería sus piezas.

Los acontecimientos relacionados con la Guerra de la Independencia (1808- 1814) constituyen, sin lugar a dudas, uno de los momentos de nuestra Historia Contemporánea que dejaron más profunda huella en un buen número de localidades de los Valles de Benavente.

El paso del ejército francés por Castrogonzalo provocó un grave deterioro en su patrimonio histórico-artístico. Las dos iglesias del pueblo fueron prácticamente saqueadas y afectadas gravemente en sus fábricas, en particular la de san Miguel. Se produjo también el allanamiento o confiscación de varias viviendas, y el puente sobre el Esla fue, en parte, destruido; si bien esta última acción no es achacable a las tropas francesas, sino a las inglesas que intentaban frenar el avance de Napoleón. El momento álgido de estos acontecimientos tuvo lugar a finales de diciembre de 1808 con la llegada a las orillas del Esla del propio Emperador en persecución del ejército inglés del general Moore.

El 30 de diciembre de 1808 se produjo un choque violento de caballería en el prado de Santa Marina, entre la vanguardia del ejército napoleónico y la retaguardia inglesa. Los ingleses habían volado el día anterior varios ojos del puente de Castrogonzalo con la intención de entorpecer el avance francés. El río Esla venía muy crecido por estas fechas, pues en ese sector de su curso llega a inundar habitualmente gran parte de la vega que separa Castrogonzalo y Benavente. Pero los franceses, al mando del general Lefebvre, vadearon el río y obligaron a los ingleses a retirarse momentáneamente. Pronto se produjo el encuentro de ambos cuerpos.

Según los cronistas, a pesar de la aplastante superioridad numérica francesa, los ingleses consiguieron rechazar el ataque. Los franceses en su retirada intentaron cruzar de nuevo el río, pero este había vuelto a crecer y en la empresa murieron ahogados algunos soldados y otros fueron hechos prisioneros, entre ellos el general Lefebvre.

A raíz de la ocupación francesa, Benavente se convirtió en la sede de una subprefectura, dependiente a su vez de la prefectura de Astorga. Durante el largo conflicto esta institución desempeñará una destacada responsabilidad de cara al frente de Galicia, conocida a efectos militares como “Cantón de Benavente”.

Los años de ocupación se prolongarán hasta bien avanzado 1812, siempre bajo la administración bonapartista de José I. Benavente se convertiría en una plaza militar de importancia, con un contingente numeroso acuartelado que servía como retaguardia del frente norte establecido en la zona de Astorga. Se ocuparon numerosos edificios, hospitales y conventos como albergues para las tropas y caballerías. Varios de ellos fueron destinados a acuartelamientos, casernas y almacenes militares. La población de la comarca fue sometida a frecuentes cargas y requisas. Sobre este particular, resulta de gran interés la documentación del Archivo Municipal relativa a suministros a la tropa francesa, así como la concerniente a la Junta de Subsistencias.

En Castrogonzalo, el mando militar francés instaló un Cuartel General del que tenemos algunas noticias a través de la documentación de las requisas y suministros. Los vecinos de Benavente y su comarca estaban obligados a la entrega de ciertas cantidades de grano, a un precio preestablecido, bajo la amenaza de ser conducidos presos a Castrogonzalo. Un ejemplo de ello lo tenemos en el siguiente documento fechado a 19 de agosto de 1811:

"Precios:
Trigo: 410.
Cevada: 156.
Señor Francisco Tapioles
A las doce de la mañana de este día de la fecha deverá Usted aber entregado ya en la Panera del Pósito de esta villa ocho fanegas de trigo, y ocho de cebada, pues con recibo de Don José Rodríguez Flórez y Felipe Cuebas, comisionados, se le pagarán puntualmente su importe a razón de los precios arriba mencionados, y de no berificarlo se le conducirá a Usted preso al Quartel General de Castrogonzalo, y además se le sacarán los granos sin pagarlos, ni tendrá qué reclamar, todo conforme a orden superior. Benabente y Agosto 19 de 1811".

Detalle de la empuñadura

Marca VERSAILLES sobre el aro del guardamanos

Documento alusivo al Cuartel General de Castrogonzalo  (AMB, 19 de agosto de 1811)

Mural de Parsec! alusivo al paso de Napoleón junto al puente de Castrogonzalo