domingo, 28 de septiembre de 2014

De epigrafía benaventana (III) - El patio de la Casa de Cultura de la Encomienda

Aspecto de la fachada trasera de la Casa de la Cultura de la Encomienda

El patio de las antiguas Escuelas de niños de la Encomieda, hoy Casa de Cultura, es un espacio poco conocido del callejero benaventano, pues no es directamente accesible desde el exterior. Desde él se puede contemplar una panorámica muy interesante de la fachada trasera del edificio, obra en ladrillo del arquitecto Segundo Viloria.

Pegado al muro interior del recinto existe una especie de cobertizo, de fábrica moderna, donde se han ido recogiendo lápidas y restos constructivos de procedencia diversa. Varias de estas piezas parecen ser las mismas que estuvieron expuestas a la intemperie durante años en los jardines de la Mota.

Este improvisado lapidario fue visitado por quien escribe estas líneas en el año 2010. Las piezas se encontraban entonces totalmente desordenadas, apiladas unas encima de otras, rotas la mayoría en incierto número de pedazos y con un lamentable aspecto que ofendía la sensibilidad del espectador. Parecían estar suplicando una nueva oportunidad y un digno destino, más acorde con la nobleza de su origen.

De entre las piezas inspeccionadas solamente pude reconocer y fotografiar aquellas que estaban en la primera línea del cobertizo. Las menos accesibles requerirían mover todo el conjunto y seguramente limpiarlas previamente. Ignoro si alguno de los epígrafes que ahora se transcriben incompletos pudieran completarse con otros fragmentos aquí existentes.

Cobertizo convertido en lapidario (estado en 2010)

El primer epígrafe es una losa cuadrada incompleta que conserva siete líneas de texto y sus márgenes originales en el ángulo superior derecho. Fue grabado con capitales de buena factura y se corresponde con una lauda sepulcral. Una moldura cuadrada delimitaba su campo epigráfico. Su transcripción parcial es la siguiente:

...[SEPVUL]TVRA ES DEL ... O
... CARDEÑOSA ME
... LLA Y DE Dª MARIA
[A] ... DEZA SV MVGER
... ON CINQVUENTA
... COFRADIA DE NV
[ESTRA SEÑORA] DEL ROSARIO P

Epígrafe nº 1

La alusión a la Cofradía del Rosario apunta al desaparecido monasterio de Santo Domingo de Benavente como la procedencia más probable de esta pieza. La Cofradía de Nuestra Señora del Rosario y San Ildefonso, o del Nombre de Dios, fue fundada, en efecto, en el convento de Santo Domingo y allí existía una capilla y camarín, donde fueron enterrados varios de sus cofrades.

Según precisa Ledo del Pozo, fue también conocida vulgarmente como "Cofradía de los Juramentos". Esta institución "mantenía a sus expensas, doce ancianos de la villa en un local situado al efecto, que era la casa, donde actualmente está el tinte de Sepulcro. En 1512 Bernardo Alonso y Gonzalo de Frías, Alcaldes, Alonso de Rojas, Mayordomo y Juan de Mayorga, Escribano de ella trataron de deshacer los restos de noventa libras de cera que habían labrado en el Agosto del año anterior para fabricar nuevas velas y cirios para la festividad del Rosario, que celebraba la Cofradía en la Octava de la Asunción de Nuestra Señora; pero por un prodigio especial hallaron que los pequeños pedazos, que habían quedado de las velas y cirios que habían servido en las festividades del año, apenas habían pedido tres o cuatro libras de cera y reconociendo en esta maravilla, cuan acepta era a Dios esta cofradía".

El segundo epígrafe es una losa alargada que presenta la moldura en su margen derecho y de manera parcial. Es también, como el anterior, una lauda sepulcral procedente probablemente del monasterio de Santo Domingo. Se conservan 12 líneas grabadas en capitales. La reconstrucción de su texto resulta muy dificultosa al faltar los nombres de los propietarios del sepulcro. Su lectura incompleta es la siguiente:

... [SEPULTU]RA ES DE
... OZ Y DE H
... REZ SV MV
[GER Y S]VS HIJOS Y
[SVCESORES] ... ENTES DI
... LLA AR STE
... O 200 REA
[LES] ... RONDOSO
... CHO CON
NODIA DE
... SOLA ELO
... SANCTO D
[OMINGO] ...

Epígrafe nº 2

El tercer epígrafe es un pequeño fragmento pizarroso de forma irregular. Varias de las letras son ilegibles pues se han desprendido lascas de la pieza original. Solamente muestra su margen en lado derecho. El texto conservado es tan pequeño que muy pocos datos se deducen de la naturaleza de la inscripción. Apenas un apellido y una fecha se atisban en las cinco líneas.
.. ACE ...
... CALVO ...
... SA ... FA ... LE
... 3 DE MAYO
... SA
...03...

Epígrafe nº 3

martes, 2 de septiembre de 2014

De epigrafía benaventana (II) - La portada meridional de San Juan del Mercado

Portada meridional de San Juan del Mercado

Como el resto de parroquias benaventanas, la iglesia de San Juan del Mercado contó desde la Edad Media con su espacio dedicado a los enterramientos. Según fuera el rango social del difunto así era la calidad y exclusividad de su sepulcro. Las familias más adineradas disfrutaron de monumentos funerarios privilegiados en el interior del templo, siempre en zonas próximas al altar. Otros personajes, también relevantes, mandaron construir arcosolios, tanto fuera como dentro del templo. Los más antiguos se conservan en los muros de la fachada sur y occidental. Para el resto de los parroquianos, la inmensa mayoría sin duda, su última morada se limitaba a una modesta tumba en el recinto exterior de la iglesia.

Este es precisamente el significado originario de la palabra "coemeterium", el espacio cercado perteneciente a las iglesias y ermitas destinado a enterrar cadáveres. Es por ello que los muros exteriores de San Juan del Mercado, en su parte más baja, están hoy repletos de cruces y grafitos que servirían para identificar y localizar algunas de estas tumbas.

Un caso particular es el epígrafe funerario que nos ocupa. Fue esculpido en la jamba izquierda de la puerta meridional, la más monumental y de mayor desarrollo iconográfico de los tres accesos románicos que conserva la iglesia.

El texto fue grabado una vez que las jambas de la portada estaban colocadas, y aprovechando la superficie lisa y cóncava de una de ellas. Ello significa que la sepultura se encontraría originalmente a los pies del epígrafe, tal vez junto al umbral de la puerta.

No debe extrañarnos que el protagonista de nuestro epígrafe se quisiera enterrar ante la puerta de entrada a la iglesia, pues esto es algo bien conocido en las prácticas funerarias medievales. El abad Domingo Manso fue enterrado en el siglo XI ante la puerta de los monjes en Santo Domingo de Silos, y por la misma época el abad Sabarico, elegía sepultura  junto al acceso meridional de San Miguel de Escalada, con la clara intención de que los monjes lo tuvieran presente al entrar en el templo. También se nos informa que el mismo fue el responsable de la construcción de este arco

Un caso similar encontramos en la iglesia berciana de Santiago de Peñalba, donde las recientes excavaciones localizaron una sepultura de cista en el umbral de la puerta norte. El enterramiento debe corresponderse con el epígrafe del abad de origen francés Esteban (1103-1132), que se sitúa en la jamba izquierda de dicha puerta.

Nuestra inscripción se desarrolla en once líneas. El grabador tuvo que adaptarse a las particulares dimensiones de la jamba. Por ello inserta muy pocas letras en cada línea y el epígrafe resulta alargado. El bloque de la jamba mide 134 x 17 cms, mientras la caja del texto mide 46 x 16cms.. La factura de la grafía es buena, aunque se aprecia una pérdida gradual de la calidad y precisión de la misma en las últimas líneas. Se inicia con una invocación latina y continúa en lengua romance. Para Gómez Moreno se trata de un testimonio "precioso como monumento vetusto del habla leonesa". En cualquier caso, estamos ante el primer texto popular en lengua romance conservado en Benavente.

I NOMIN
E PATRIS A
M AQESTA
SEPVLTV
RA MANDO
FAZER G
IRAL AIME
E POR NYL
OME NO
SER TOLI
DO

Una vez resueltas las abreviaturas el texto queda de la siguiente manera:

I(n) nomine Patris, am(en). Aqesta sepultura mando fazer Giral Aime e por nyl ome no ser tolido.

Su traducción sería la siguiente:

En el nombre del Padre, amén. Esta sepultura la mandó hacer Giral Aime y no sea removido por ningún hombre.

Las variantes de la lectura son poco significativas (Manuel Gómez Moreno, Elena Hidalgo Muñoz, Luis Grau, Máximo Gutiérrez Álvarez, etc.). Solamente el apellido del difunto ha generado algún debate (AISNE según la lectura de Elena Hidalgo Muñoz y Vidal Aguado Seisdedos). Pero parece que la transcripción que hizo Gómez Moreno, su primer editor, sigue siendo válida en lo esencial. La "M" de "AIME" es equivalente en su factura a la "M" de la palabra abreviada "AMEN". Si leyésemos "AISNE", tendríamos que admitir una "S" sin paralelos en su ductus, y una ligadura que no hay en ninguna otra parte del texto.

Otra cosa es la identidad del personaje y la cronología propuesta a la inscripción. Para Gómez Moreno su factura es coetánea a la misma portada románica meridional. Pero Máximo Gutiérrez Álvarez asigna el epígrafe a finales del siglo XIII o principios del siglo XIV, datación demasiado tardía según nuestra apreciación.

Respecto a la identidad del personaje, parece claro que su nombre hay que relacionarlo con la numerosa e influyente comunidad franca existente en Benavente desde los mismos momentos de la repoblación por Fernando II.

El nombre genérico de "francos" designa en realidad a todo el flujo de inmigrantes de origen ultrapirenaico, cualquiera que fuera su nación de procedencia, que se asentó en las villas y ciudades hispanas durante la plena Edad Media. Su frecuente mención en la documentación confirma su sólida implantación dentro del tejido social de la villa y también en las aldeas. Algunos de ellos llegaron a desempeñar magistraturas concejiles, otros tenían apreciables intereses patrimoniales, tanto en Benavente como en su alfoz.

José Ignacio Ruiz de la Peña, en un estudio publicado hace años, realizó un interesante seguimiento de la evolución de la población franca en la ciudad de Oviedo, constatando su implantación en todos los sectores de la vida urbana. Este autor cifra la proporción de francos a principios del siglo XIII en un 20 %, dato que nos parece orientativo.

En cuanto a Benavente, las menciones de francos son bastante frecuentes hasta la primera mitad del siglo XIII: En 1161 es "justicia" de Malgrad Petro Arloth. En la carta de población de 1167, entre el grupo de pobladores designados por Fernando II, figuran el Magister Giraldo y Don Morant. En 1187 Raimundus del Poy, compra la villa de Escorriel al concejo de Benavente por 200 mrs. Entre los confirmantes del documento encontramos a Bernardus Lemouicensis y a su hermano Rubertus Leomouicensis . En 1192 documentamos a Giral Bel. En 1199 son alcaldes de Benavente Gascon y Sthephanus de Busiarac. En 1207 uno de los alcaldes de la villa es Iohannes Giraldi. En 1217 actúan como testigos de una donación Robertus de Cirol, Giraldus Chager, Giraldus de Valle y Giraldus de Ponte. En 1222 documentamos a Bernaldis Aldrac, frater de dompno Rinaldo, Martinus Giraldi presbiter y Petrus Angevini. El recuerdo del paso de esta población por Benavente quedó reflejado también en el callejero: la Rúa de los Francos.

Luis Grau propuso hace unos años al "Magister Giraldo", uno de los veinte pobladores de Benavente en 1167, como posible "Giral Aime". En una sugerente hipótesis llegó incluso a plantear que este Giraldo podría haber sido el artífice de la portada románica, luego enterrado al pie de su obra. El apellido de Giral: "Aime", sería ser una abreviatura de Aimar o Aimeric.

Como vemos, encontramos muchos antropónimos correspondientes a francos y varios de ellos son "
Giral" y "Giraldos". El apellido de Giral: "Aime" evoca, en efecto, a un "Eimar", "Eymarus", "Aimar", "Aymarus", "Aimeric" o "Emerico", tal vez el nombre de su padre, pues en esta época todavía los apellidos mantenían en muchos casos el antropónimo del progenitor.

Los apellidos franceses "Aimee" y "Aimer" figuran en los tratados de heráldica, con representantes repartidos por varios territorios. En el mencionado documento de 1187 de la venta de Escorriel, junto a los hermanos Bernardus y Rubertus Leomouicensis, aparece un Eymarus Catus, que bien podría estar relacionado con nuestro personaje.

La parte final del texto de la inscripción revela una de las preocupaciones habituales del hombre medieval: preservar la memoria de su sepulcro y mantenerlo libre de usurpaciones y profanaciones. La reutilización de las sepulturas o simplemente su destrucción física, fueron prácticas comunes en la historia de las iglesias y sus cementerios. El espacio disponible era siempre limitado y de forma periódica era necesario reorganizarlo (las llamadas "mondas"), dando paso a los nuevos enterramientos. De ahí la expresión de advertencia "e por nyl ome no ser tolido". 

En el epitafio del presbítero Juan, de la capilla asturiana de San Zaornín de Puelles (Villavicosa), leemos una amenaza mucho más contundente: "Aquí descansa en paz el siervo de Dios Juan, presbítero; murió el día 24 de enero del año 969. El que se atreva a mover esta lápida y depositara aquí dentro otro cuerpo, sea condenado en el infierno con Judas el traidor".

El epígrafe funerario del abad Sabarico, en San Miguel de Escalada, fallecido el lunes 25 de octubre del año 1059, nos apercibe de que quien se atreva a sacarlo de este lugar "no tenga parte con Cristo".

Vista de la jamba izquierda en la puerta de entrada a la iglesia

Epígrafe funerario de Giral Aime

Detalle de la inscripción con el nombre de Giral Aime

martes, 12 de agosto de 2014

De epigrafía benaventana (I) - La escalinata de la Plaza del Grano

Escalinata de la Plaza del Grano

La escalinata de la Plaza del Grano, o de los Bueyes, es uno de esos rincones benaventanos en los que parece que el tiempo se ha detenido. Ajena al avance imparable de las nuevas construcciones e indultada, de momento, por la vorágine urbanística, su estampa se ha mantenido prácticamente inalterada durante varias generaciones.

Se extiende de arriba a abajo, en forma de abanico, siendo más estrecha en la parte superior y más ancha en la inferior. Consta de trece escalones y se concibió como una forma de salvar el notable desnivel, de varios metros, existente entre la Plaza del Grano y la cuesta de la Calle de la Encomienda.

La irregularidad y el desgaste de los peldaños evidencian la antigüedad de su fábrica y el uso habitual para el tránsito de los viandantes. Completa la escalera un muro de piedra que recorre y protege este terraplén, haciendo las veces de parapeto o pretil. El muro evidencia varias fases constructivas, con una parte más antigua en las hiladas inferiores y piedra reaprovechada en las superiores. Se utilizaron para ello sillares de diversa factura y calidad, incluyendo grandes losas horizontales, talladas a dos aguas, en el remate alto de las paredes.

Entre algunos vecinos esta construcción ha sido conocida tradicionalmente como "la barbacana". En el vocabulario de las fortificaciones la barbacana es la obra avanzada y aislada para defender puertas de plazas, cabezas de puente, etc. Pero otra de sus acepciones es la de muro bajo con que se suelen rodear las plazuelas que algunas iglesias tienen alrededor de ellas o delante de alguna de sus puertas.

Resulta difícil conocer la configuración antigua de todo el espacio situado entre la Plaza del Grano y las iglesias de San Nicolás y San Juan del Mercado. La construcción de la actual Plaza Mayor y el edificio del ayuntamiento debieron variar la ordenación urbana de toda esta área. En 1455 el conde de Benavente ordena que el "mercado e las ferias que se fizieren de aquí adelante en la dicha mi villa se fagan çerca de las dichas yglesias de Sant Nicolás e Sant Juan, donde primeramente se solían haser".

Así pues, parece que los mercados y las ferias se celebraban en esta zona desde época medieval, diferenciando la parte baja, conocida como “Mercado” o “Mercado del Ganado” o “Plaza de los Bueyes”, y la parte alta, también conocida como “Mercado”, o "Plaza de los Jueves", dedicada a otros productos. La escalinata serviría como nexo de unión entre ambos espacios.

Ya desde el siglo XV hay noticias de gastos e intervenciones del concejo en diversas obras en el "Mercado". En los libros de cuentas de 1493, correspondientes al mayordomo Juan de Benavente, se anotan diversos asientos con relación a una escalera, un arco y un muro o pared de cal y canto "hacia San Juan". Los trabajos consistieron en abrir cimientos, cavar y mazonar tierra detrás de la pared, empedrar los suelos, asentar ladrillos, etc. En este interesante documento, transcrito por María Álvarez Fernández, se indica que dicha escalera estaba próxima a "la picota", esto es, el rollo jurisdiccional. A este respecto, es muy significativo otro documento de 1552, que se refiere a este sector de la villa en los siguientes términos:

“En la villa de Benabente, jueves día de mercado, a doze días del mes de mayo de mill y quinientos y çinquenta y dos años, estando en la Plaça e Mercado de esta villa, par del Rollo e Barbacana de ella…”.

Las referencias del siglo XVIII hablan de una construcción notablemente antigua, pero de pormenores desconocidos. En 1786, en el deslinde de una casa situada junto a la "casa-palacio" de la Encomienda, se menciona la "escalerilla que baja de la parroquial (de San Juan del Mercado) a la Plaza de los Bueyes". En 1788 hay una comunicación al Consejo de Estado del corregidor de Benavente por haberse descubierto en la Plaza de los Bueyes de esta localidad una "gradería antigua" al realizar excavaciones en busca de una antigua fuente que se creía haber existido allí.

A mediados del siglo XIX, en el Diccionario de Madoz, se consigna la construcción de una "hermosa casa de ayuntamiento, en la Plaza Mayor, o sea del Mercado, con vistas a la de los Bueyes". En el nuevo edificio se incluyó un arco para permitir la comunicación entre ambas plazas. La Plaza Mayor, o del Mercado, era "un cuadro casi perfecto de 80 a 90 pasos, con soportales embaldosados", mientras que la Plaza de los Bueyes, o del Grano, era "muy espaciosa, pendiente e irregular, en la que se ven 20 casas con soportales en los tres ángulos del norte, sur y oeste".

El aspecto actual de la escalera parece fijarse con las reformas realizadas a finales del siglo XIX. De 1890‑1891 existe en la documentación municipal un expediente relativo a la reparación de la escalinata de la plaza del Grano. Eduardo Fuentes Ganzo recoge una noticia de 1900 que alude a la reparación de los muretes de piedra que separan a través de una escalinata, “a los extremos de una escalerilla que da a la Plaza de los Bueyes”, pagándose a Eulogio Castaño 53 pesetas y 50 céntimos, suma de materiales y jornales por tal reparación efectuada los días 12 y 13 de enero.

Debió ser por estas fechas cuando se reunieron toda una serie de materiales dispersos, así como sillares de diferentes tamaños y calidades. En la mayoría de los casos se trata de material reaprovechado, con la presencia de areniscas, granitos, cuarcitas, etc. Sabemos que el exconvento de San Francisco, derruido en gran parte por estas fechas y de propiedad municipal, era una de las reservas de almacén de piedra que se utilizaba para las obras públicas. En 1857 se subasta "el derribo del cornisamento de la torre de San Francisco y la extracción de otros puntos del mismo convento hasta proporcionar la piedra necesaria para las dos escalinatas, que hay que construir en la Plaza del Grano y cuyo número de barras se manifiesta en el acto del remate”. Sin embargo, este dato no excluye otras procedencias.

En fotografías y postales de principios del siglo XX ya encontramos la imagen de la escalinata y el muro de piedra acompañando la estampa característica de la Plaza del Grano, todo ello coronado por cuatro faroles o sombreros de piedra en los extremos del muro, asentados sobre cuatro pilares. Dos de ellos han sido totalmente rehechos en una reciente intervención.

La escalinata de la Plaza del Grano
Vídeo: Fernando González Rodríguez
Guion: Rafael González Rodríguez


Vista general de la escalinata

Detalle de la escalinata

Vista con edificios al fondo ya desaparecidos

Pilar inicial del muro

Detalle del muro con los epígrafes

Detalle del muro con los epígrafes

Detalle del muro con los epígrafes

Detalle del muro en su parte derecha

Recubrimiento del muro, con grandes losas talladas a dos aguas

Estado de los peldaños

Detalle de uno de los faroles o sombreros de piedra

Detalle de uno de los faroles o sombreros de piedra

Vista de la Plaza del Grano. Postal de los años 10

La Plaza del Grano en los años 40

La Plaza del Grano en los años 50

La escalinata en una fotografía de Nicolás Muller de 1951

La escalinata en una fotografía de Nicolás Muller de 1951

La Plaza del Grano en una foto aérea de los años 60

Detalle de la escalinata en una postal de los años 50

La Plaza Gonzalo Silvela en 1970

La Plaza Gonzalo Silvela en 1972

Toro Enmaromado en la subida de la Calle de la Encomienda. Año 1952

Toro Enmaromado en la subida de la Calle de la Encomienda. Año 1953

Grupo de alumnos y profesores. Años 40

Peña Malgrat en los años 90 (Archivo CEB Ledo del Pozo)

Empotrados en los muros se reconocen dos epígrafes cuya lectura se ofrece a continuación.

El primer epígrafe se encuentra en el sector central del muro, a media altura. Se conserva completo y en bastante buen estado. Es una losa blanquecina de 675 X 465 mm. La letra es de capitales de la segunda mitad del siglo XVII o principios del siglo XVIII, con ejecución elegante y algunas abreviaturas. Su lectura no ofrece problemas, pues la superficie se presenta limpia y las incisiones del lapicida han sido profundas. Carece de moldura o delimitación del campo epigráfico.

ESTE ARCO CON SVS 
ENTER(RAMIENT)OS I EL VSO I 
SITIO EN LA SAC(RISTI)A P(AR)A 
EL CAX(O)N DE LOS ORN 
AMENTOS COMPRO A LA FA 
BRICA EL LIZ(ENCIAD)O D(O)N JO 
SEPH DE PAZ RACI 
ON(ER)O DESTA S(ANT)A IGL(ESI)A 
PASO SU ESC(RITUR)A ANTE AL(ONS)O 
GARCO ESC(RIBAN)O DEL NUM(ER)O 
DESTA V(ILL)A P(AR)A SU ENT(ERRAMIENT)O I 
P(AR)A SUS EREDEROS I SU 
CES(ORE)S EN EL VINCULO I PAT 
RONATO DE LAS MEMORIAS 
QUE DEXA FUNDADAS 

Estamos ante un epígrafe funerario perteneciente a un enterramiento en una iglesia. Según se indica en el texto, identificaba la sepultura del licenciado José de Paz, racionero de dicha iglesia, que construyó un arcosolio a sus expensas y dejó fundadas unas memorias. Un arcosolio es un arco abierto en la pared que alberga un sepulcro, una fórmula de enterramiento familiar muy habitual entre personajes de situación económica acomodada.

En el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid se conserva una ejecutoria del pleito litigado en 1691 por el licenciado José de Paz, clérigo y presbítero natural de Benavente. Su condición de "racionero" puede darnos alguna pista sobre el templo del que podría proceder esta lápida. El término racionero designa al prebendado que tenía ración en una iglesia catedral o colegial y esta condición encajaría bien con Santa María del Azogue, donde tenía su sede el cabildo y una comunidad de clérigos desde los tiempos medievales. No obstante, otras parroquias de cierta entidad también podían tener racioneros en esta época en Benavente. Sabemos, por otros documentos, que José de Paz, fue racionero de la iglesia de San Nicolás.

José de Paz, vecino de Benavente, clérigo y racionero, otorgó testamento en 1710, instituyendo una fundación pía con 270 cargas de trigo para ser distribuidas entre los labradores pobres de la villa. El grano prestado debía ser devuelto el día de Nuestra Señora de Agosto, más dos celemines por carga. El beneficio obtenido estaba destinado a atender a una niña huérfana, para entrar en religión o contraer matrimonio. El testamento se completó en 1713 con un codicilo. Su enterramiento se hizo junto al retablo de San José y el Niño, hoy existente en la iglesia de Santa María del Azogue. Nuestro racionero quiso en sus disposiciones asegurarse de gozar de un espacio privilegiado en este altar: “Dejo mandado que mi cuerpo sea puesto delante del mismo altar, tan arrimado que el sacerdote que allí dijese misa esté siempre sobre mi sepultura”.

El dato de la procedencia de nuestra inscripción de San Nicolás resulta de interés, pues en fotografías antiguas de los años 40, 50 y 60 no se aprecian inscripciones en los muros de la escalinata. Como la iglesia de San Nicolás fue derribada en el año 1968, debió ser a partir de esta fecha, durante la alcaldía de Julián Cachón González, cuando se trasladaron estas piezas para adornar esta construcción. Igualmente, se repusieron y restauraron algunos de los sillares, por entonces notablemente deteriorados.

Epígrafe número 1

El segundo epígrafe ha sido mucho peor tratado por el tiempo. Se encuentra en la parte izquierda del muro, la más próxima a la calle Santa Cruz. Mide 480 x 490 mm. La piedra está ennegrecida en gran parte de su superficie. Solamente conserva sus límites externos en el ángulo superior derecho, por lo que resulta imposible reconstruir sus dimensiones originarias. El campo epigráfico está delimitado por un recuadro de unos cuatro centímetros de anchura. En cualquier caso, está incompleto y falta una parte importante del texto. Su lectura parcial es la siguiente:

... [SEPULT]VRA DE PE 
...[MEL]LGAR Z ... 
...NA MARI 
[A] ...DA SV MV 
[GER...] ...LVIS DE 

Las palabras entre corchetes no están en el texto. Parece también un epígrafe funerario, tal vez correspondiente a la tumba de un matrimonio. El marido pudiera pertenecer a la familia Melgar. La esposa podría llamarse María o Marina, quizás hija de un personaje llamado Luis. Poco más se puede añadir a falta de unos detalles que se nos escapan por completo. Es muy posible que esta pieza, al igual que la anterior, también proceda de la desaparecida iglesia de San Nicolás.

Tenemos noticia de otros enterramientos en esta iglesia relacionados con la familia Melgar Según información amablemente facilitada por Luis Rodríguez Sol, en las pruebas de caballeros para ingresar en la Orden de Santiago de Diego y Martín José Bustamante Melgar, se transcribe el siguiente epitafio: "Aquí yace D. Pedro de Melgar, Diguja, Coco y Barba, vecino y regidor que fue de esta villa, señor de la casa de los Digujas. Puso esta piedra D.ª Marina Velázquez, su mujer". Y sobre esta inscripción se halla un escudo de armas, grabadas en dicha piedra, que se componen de cuatro cuarteles: el primero con una banda con dragante, que dicen ser armas de los Melgares; el segundo con dos calderas, armas de los Barbas; el tercero, seis roeles, armas de los Cocos; y en el cuarto, dos águilas con coronas en las uñas, armas de los Digujas; y en la cima, un morrión con plumas".

Asimismo, y siguiendo a Luis Rodríguez Sol, se dice que en el convento de Santo Domingo, al entrar por la puerta principal de la iglesia, dejando a mano izquierda la capilla mayor, y prosiguiendo el crucero, al fin de él, se encuentra una capilla donde fue enterrado Diego Bustamante y Vivero, esposo de Antonia Melgar. Es una capilla cuadrada con asientos alrededor de ella y en el centro un crucifijo de cuerpo entero, que dicen llamarse el Cristo de los Cocos. En medio de dicha capilla hay un sepulcro de piedra, levantado en alto, en que está puesto un retrato que dicen ser del fundador de la capilla, y adornado dicho sepulcro con cuatro escudos de armas, cada esquina el suyo, los de la mano derecha con dos calderas, y los de la siniestra con seis roeles, y por orla tres manojos de flechas, armas que dicen pertenecer a los poseedores del mayorazgo de la familia de los Cocos. Al pie de dicho sepulcro, está una losa que cubre el panteón donde se entierran los poseedores sus descendientes, y los mismos cuatro escudos se duplican en las cornisas de dicha capilla.

Epígrafe número 2

lunes, 28 de abril de 2014

El protocolo áulico de la monarquía leonesa en el Panteón de San Isidoro

Panel con la escena de la Crucifixión

El conjunto de murales del Panteón Real de San Isidoro de León ofrece un repertorio iconográfico de primer orden dentro la pintura románica hispana. El despliegue de figuras y escenas incluye pasajes del Apocalipsis, del Nuevo Testamento, representaciones de personajes bíblicos, santos, edificios, animales, motivos vegetales, geométricos, signos del zodiaco y, por supuesto, el célebre mensario o "calendario agrícola", este último desarrollado en el intradós de uno de los arcos que soportan las bóvedas.

En este sobresaliente muestrario solamente existe un panel en el que aparezcan personajes históricos relacionados con la monarquía leonesa. Se trata de una pareja real en actitud orante, en unión de dos de sus servidores palaciegos. Estas figuras forman parte de la escena de la Crucifixión que se desarrolla en el muro del ángulo noreste del panteón. El asunto se adapta a la curvatura de la bóveda y se divide en dos registros, diferenciados a través de una franja azul y ocre.

En el registro superior se efigia a Cristo crucificado, flanqueado por los discos del Sol y la Luna. Le acompañan la Virgen, San Juan, Longinos, quien atraviesa con una lanza el costado derecho de Jesús, y Estefatón, soldado romano que empapó una esponja en vinagre y colocándola en una caña ofreció de beber a Cristo.

En la parte inferior encontramos a cuatro personajes. Los dos centrales cobran mayor tamaño y protagonismo. A la izquierda un rey "Fernando", según se enuncia en el letrero adjunto escrito en capitales carolinas: "FREDENANDO REX". A la derecha una dama no identificada, tal vez la reina consorte o una persona relevante de la familia real. Junto a ellos dos miembros de su séquito. Detrás del rey un personaje que sostiene un escudo y, siguiendo a la dama, una servidora que comparece con un recipiente y un plato dorado.

El eje central de la composición está definido por una representación esquematizada del monte Gólgota, en hebreo "el lugar del cráneo". Una antigua tradición cristiana aseguraba que allí estaba enterrado el cráneo de Adán. Por eso se muestra una calavera a los pies del crucifico, uniendo los destinos del primer hombre y del salvador del mundo. Estamos ante una interesante yuxtaposición de la iconografía cristiana y el protocolo áulico.

Mucho se ha escrito sobre la identidad de este rey. La interpretación tradicional, avalada por la autoridad de Gómez Moreno, apunta a Fernando II (1157-1188), pues de hecho algunos autores han querido leer restos de la palabra "URRACA" junto a la imagen femenina que le acompaña. Pero los estudios más recientes, basándose en la datación de las diferentes fases constructivas de San Isidoro, proponen a Fernando I (1037-1065) como principal candidato, acompañado de su esposa Sancha (+1067), o bien de su hija Urraca (+1101), la reina de Zamora. La cuestión no está aún zanjada, pues quedan aún muchos interrogantes sobre la evolución de la fábrica isidoriana.

Nuestro rey se presenta arrodillado, con las manos separadas en actitud orante. Se han perdido los rasgos de su cabeza, pero todo parece indicar que estaría coronada, al igual que otras imágenes reales recogidas en códices y cartularios. Viste brial rojo, manto azulado, calzas rojas y zapatos negros.

Flaqueando al rey encontramos a un soldado portando un escudo que sujeta por el "tiracol". La mala conservación de la pintura no permite entrar en mucho detalle, pero en la parte izquierda de la figura se intuyen algunos restos en azul de lo que podría ser la espada desenvainada que lleva en su mano derecha y descansa en el hombro.

En el "Libro de los Testamentos de la Catedral de Oviedo" encontramos varios personajes similares acompañando a los reyes, siempre portando el escudo, o con el escudo, la lanza y la espada desenvainada. El escudo de San Isidoro parece ser del tipo "normando", alargado, de forma almendrada y con la punta afilada. Representa el modelo de escudos de madera, forrados de cuero. Además del "tiracol", que permitía llevarlo colgado al cuello, en su parte interior llevaría las dos abrazaderas o braceras con las que se manejaba en el combate.

En este mismo Panteón Real, en la escena de la "Matanza de los inocentes", hay también un soldado portando la espada y embrazando el escudo. Su actitud es claramente protocolaria, pues acompaña al rey Herodes en su trono. Todo ello en un escenario de arcos y columnas que recrea los ambientes del palacio real. Además, es el único de los soldados que no participa en la muerte de los niños.

Este escudero de San Isidoro debe identificarse con el "armíger", uno de los cargos palaciegos habitual entre los confirmantes de los documentos de la cancillería regia. Otras denominaciones más o menos equivalentes son las de "signifer", o la voz arabizada "alférez". La palabra "armíger" en su sentido más literal no es más que la persona que porta las armas, en este caso del rey. Es quien lleva su espada, lanza y escudo en las ceremonias. En dos diplomas de Alfonso VI de 1103 aparece designado el "armíger" como "arma gerens post regem" (el que lleva las armas tras el rey). En las sesiones judiciales y otros actos solemnes solía llevar la espada, símbolo de la Justicia, de ahí otro de sus nombres: "spatharius regis".

Como señala Ricardo Fletcher, en determinadas épocas sus funciones sobrepasaron las puramente domésticas o protocolarias. El "armíger" pasaba revista a la guardia real, cuerpo de tropa que formaba la escolta del rey y constituía el núcleo del ejército. Además de entrenar, mantener y reclutar a la guardia real, era también una de los principales consejeros del monarca en los asuntos militares. En la "Historia Roderici" se dice que el rey Sancho II de Castilla nombró a Rodrigo Díaz "principem super omen militiam suam", funciones que se han supuesto ser las del "armíger".

De todo esto se deduce que el "armíger" sufrió una redefinición importante en sus funciones y responsabilidades a lo largo de los siglos XI y XII, incorporando las tareas propias del "signífer", es decir portar el "signum" o enseña en combate y convirtiéndose en la máxima autoridad sobre los ejércitos después del rey. Esta evolución sería paralela a la consolidación del ejército real y su peso cada vez mayor en las campañas militares. Detalles sobre estos cambios ya aparecen recogidos en las Partidas de Alfonso X:

"...Al alférez pertenece guiar las huestes y el Ejército, cuando el Rey no va en él en persona. El es, el que debe llevar la señal siempre que el Rey tuviese batalla campal. Antiguamente, solía ser quien castigaba a los Grandes, por eso trae la espada delante de él, en señal de que es la Justicia Mayor de la Corte. Así mismo, debe amparar a los desvalidos. Conviene por lo mismo que sea de noble linaje, leal al Rey al Reino y de buen entendimiento para juzgar los pleitos grandes que acaecen en el Ejército. El Alférez debe ser muy esforzado e inteligente en el arte de la guerra, pues él ha de ser el mayor caudillo sobre la gente del rey en las batallas...".

En cuanto a la servidora de la dama, es posible asociarla con la "pedisequa" que acompaña a la reina Jimena, esposa de Ordoño II, en el "Libro de los Testamentos" de Oviedo. Como aquella, la doncella leonesa lleva vasija y bandeja o plato. El recipiente recuerda en su forma a alguno de los jarritos litúrgicos altomedievales de tipología hispano-visigoda. Al margen de los ejemplares metálicos o cerámicos hoy conservados, también se representan en los antifonarios y en otros códices para ilustrar el rito del Bautismo o la Eucaristía. Otra de sus funciones sería el uso en el lavatorio del oficiante durante el Ofertorio de la Misa. Presenta un cuerpo central ovoide, con pie troncocónico y cuello muy alargado, sin asas. Tal vez en este caso haga las funciones de un aguamanil para la práctica ritual del lavamanos. El plato o cuenco cubre la boca del recipiente, probablemente porque evoca el agua perfumada o agua de flores utilizada en el ceremonial purificador previo al banquete. Esta costumbre no era privativa de los reinos hispánicos, también en las mesas más selectas andalusíes era habitual el uso del agua perfumada con flores, hierbas o esencias.

En la escena del "Lavatorio de Pilatos", dentro del mismo Panteón, podemos reconocer un recipiente de similar forma a este de la camarera de la Crucifixión, pero ciertamente muy peculiar. Pilatos se acomoda en su trono mientras un criado le vierte agua en las manos de un recipiente o jarra. Esta vasija, según se aprecia, tiene la particularidad de tener perforado su fondo por diminutos orificios, con lo que el agua se esparce por aspersión, en pequeñas gotas. El sirviente parece controlar de alguna forma con sus dedos el suministro del líquido.

El gesto de “dar agua a las manos” fue siempre en los tiempos medievales un acto cargado de gran significado, tanto en los ambientes eclesiásticos como en los palaciegos. El valor simbólico del agua desde tiempos inmemoriales como elemento purificador tiene estrechas relaciones con la tradición litúrgica y bíblica. La práctica extendida de este ritual explica la proliferación de utensilios destinados a estos fines como las jofainas y los aguamaniles. Sobre esta cuestión y la función caballeresca de “llamar al agua” ha centrado su atención recientemente Almudena Blasco Vallés.

Pero este ceremonial del lavamanos, en una sociedad fuertemente jerarquizada como la medieval, requería siempre de la intervención de un servidor o de una persona de inferior rango. Quien trae el agua de la tinaja, porta los recipientes y lava las manos de alguna manera escenifica la sumisión a un señor, a un rey, o su dependencia personal.

En el célebre "Exemplo XXXV" del Conde Lucanor, el hombre utiliza este rito de "dar agua a las manos" como forma de conseguir la sumisión de la mujer noble "muy fuerte e muy brava".

En el Cantar de mio Cid, cuando Rodrigo Díaz invita a comer a Berenguer Ramón II, el conde de Barcelona pide que antes le den agua a las manos, a lo que el Cid accede de buen grado: "Alegre es el conde e pidio agua a las manos, E tienen gelo delant e dieron gelo privado".

En las partidas de Alfonso X se aconseja a los hijos de los reyes “hacerse lavar las manos” tanto antes como después de la comida: "Y débenles hacer lavar las manos antes de comer para que queden limpios de las cosas que antes habían tocado, porque la vianda cuanto más limpiamente es comida tanto mejor sabe, y tanto mayor provecho hace; y después de comer se las deben hacer lavar, porque las lleven limpias a la cara y a los ojos Y limpiarlas deben con las toallas y no con otra cosa".

Es sabido que la monarquía asturleonesa adoptó desde los tiempos de Alfonso II los usos y costumbres del ceremonial visigodo "tam in ecclesia quam palatio". En la documentación encontramos alusiones a los ayudas de cámara y a las damas o camareras de la reina. Son parte del personal integrante de los oficios palatinos, que en ocasiones confirman las cartas como "cubicularius".

Durante el siglo X son frecuentes todavía las menciones al "cubicularius" en los diplomas leoneses de Ordoño II, Alfonso IV y Ramiro II. Sería una figura sucesora de los "cubicularii" que bajo la autoridad del "comes cubiculorum" formaban parte del "oficcium palatinum" visigodo. Según Lucas de Tuy, Alfonso IX se hacía rodear de "cubicularios laicos con los que consultaba todos sus hechos". En la Segunda Partida de Alfonso X se hace también alguna referencia a los camareros del rey y las dueñas, doncellas, siervas y "cobijeras" de la esposa real. Todas ellas configuran el servicio de la llamada "Cámara de la reina":

"Cámara llamaron antiguamente a la casa de la reyna; ca bien asi como en la cámara han a seer las cosas que hi ponen encobiertas et guardadas, asi las dueñas et las doncellas que andan en casa de la reyna deben seer apartadas et guardadas de vista et de baldonamiento de malos homes et de malas mugeres".

Pero en nuestro caso, ¿cuál sería la función ritual de esta servidora que porta los utensilios del lavamanos? La respuesta debe buscarse en la actitud de la pareja real. Tanto el rey como su acompañante femenino comparecen de rodillas a los pies de la cruz. Extienden sus manos, largas y afiladas, hacia el crucificado en un acto penitencial que requeriría del ceremonial previo del lavamanos. Los penitentes deben acudir con sus manos limpias en señal de la pureza y sinceridad de su gesto. Ante el sacrificio de Cristo en la cruz, los monarcas imploran, en actitud expiatoria, también el perdón de sus pecados.

Así pues, tanto el “armíger” como la “pedisequa” o “cubicularia” evocan, en esta pintura de San Isidoro de León, el protocolo áulico de la monarquía leonesa. Representan el poder del rey en sus múltiples facetas, y por extensión la obediencia y fidelidad que se espera de todos sus súbitos. En estos ceremoniales religiosos y palaciegos participarían otras personas, pues además de los miembros de la familia real, del servicio y el séquito, tenemos constancia de la presencia de oficiales, mayordomos, cancilleres, notarios, condes, tenentes, merinos, sayones, obispos, abades, etc. El escudero y la servidora no son más que la parte por el todo, una representación restringida de la cámara real a través de algunas de sus imágenes y gestos más significativos.




jueves, 2 de enero de 2014

Y para que conste lo firmo - José Ledo del Pozo en Carracedelo

Iglesia parroquial de San Esteban de Carracedelo (León)

José Ledo del Pozo, autor de la “Historia de la nobilísima villa de Benavente”, fue catedrático de filosofía en la Universidad de Valladolid y párroco titular del lugar de Carracedelo (León). Una errata en la portadilla de su “Historia”, obra publicada en Zamora en 1853, confunde a Carracedelo con Carracedo, error que se ha venido manteniendo a lo largo del tiempo.

La única biografía que tenemos del erudito benaventano es la que escribió la profesora Elena Hidalgo Muñoz en la introducción de la edición facsímil de esta obra en el año 2000. Esta breve, pero bien documentada, semblanza está basada a su vez en las notas recopiladas años atrás por Vidal Aguado Seisdedos. Por estas fuentes sabemos que Ledo del Pozo nació en Benavente el 29 de octubre de 1753, siendo bautizado en la parroquia de Santa María de Renueva. Murió en Carracedelo a los 35 años de edad, y fue enterrado en la iglesia de este mismo lugar un 9 de noviembre de 1788. En el libro de difuntos no consta ni la fecha, ni la causa de tan temprano fallecimiento.

Muy poco sabemos de sus años en la parroquia berciana (1779-1788). Según los apuntes de la profesora Elena Hidalgo, era su vicario Manuel Antonio de Pacios quien administraba habitualmente los sacramentos. Ledo visitaba la parroquia temporalmente, alternando estas visitas con el desempeño de la cátedra de Filosofía en la Universidad de Valladolid, y otras actividades entre las que se encontraría la publicación de su otra obra impresa conocida: “Apología del Rey Don Pedro de Castilla”. A este respecto hay que señalar que esta obra salió del establecimiento de Isidoro Fernández Pacheco, en Madrid, sin fecha. Según Palau debió ser publicada hacia 1780. Sin embargo, sabemos que en 1783 y 1784 el autor pedía al Consejo Real licencia para su impresión. La licencia fue concedida el 7 de febrero de 1784. Incluye censura y certificado de la Real Academia de la Historia.

En la documentación de este Consejo encontramos también referencias a otras dos obras para las que también solicitó el preceptivo permiso: "Discurso político y moral sobre la nobleza, obligación y conducta de los nobles", en 1785 y "Oraciones retóricas" en 1785-1787. Mientras que la primera quedó sin resolver, de la segunda consta la licencia favorable concedida el 11 de agosto de 1787.

Precisamente, de sus años en Carracedelo tenemos noticia de un curioso episodio relacionado con la actividad del Tribunal de la Inquisición de Valladolid y el control de las ideas en la España del siglo XVIII. De la documentación exhumada recientemente por Ángel de Prado Moura se desprende que Ledo del Pozo fue objeto de una denuncia en 1782 por poseer libros no recomendables y hacer afirmaciones temerarias sobre la figura de Sor María de Jesús de Ágreda. De todo ello se cursó la oportuna carta al Consejo, hoy conservada en la Sección Inquisición del Archivo Histórico Nacional. El pasaje central de la denuncia es el siguiente:

“Manuel Ramos y Antonio Benigno estando empleados los infraescriptos (individuos del Colegio Seminario de Sahagún) por el Ilmo. Obispo de Astorga en el exercicio de Missionar por el territorio de su jurisdicción, llegamos, día cinco de Enero de este presente año, en prosecución de nuestras tareas al lugar de Carrazedelo, sito entre Ponferrada y Villafranca del Vierzo, y estando en la noche del mismo día en conversación cristiana con Don Josef Ledo, cura propio de dicho lugar, como se tocasse por incidente la V.M. Sor María de Jesús de Ágreda, al punto, el referido Don Joseph, rompió sin la menor reserva en horrores de sus escritos pronunciando que su doctrina estaba condenada. Y aunque reconvenido mirase lo que decía, se ratificó en su dicho; le explicó después añadiendo que lo estaba por la Universidad de París, que su sentir en este punto era que la doctrina de la mencionada Madre era errónea, escandalosa, piarum aurium ofensiva, sapiens heresim, que esto lo daría por escrito de su mano y que si la citábamos en el púlpito, subiría él a decir lo contrario. Para apoyo de este dictamen decía que assí lo traía un libro intitulado “Amort de revelacionibus et visionibus”, que este libro no estaba prohibido, y que él podía livre e inpunemente sostener lo mismo».

Espadaña de la iglesia

Portada románica correspondiente a la fachada sur de la iglesia

Casa rectoral de Carracedelo

Escudo sobre la puerta principal de la casa rectoral

Inscripción romana reaprovechada como jamba de una de las ventanas

En determinados ambientes ilustrados del siglo XVIII fueron muchas las bibliotecas particulares que contaron en sus anaqueles con literatura prohibida. Las fórmulas para sortear las restricciones eran muy variadas y las colecciones privadas eran siempre las más difíciles de controlar. Cuando al tribunal del distrito vallisoletano del Santo Oficio llegaba alguna denuncia sobre la existencia de libros no permitidos en manos de particulares, los inquisidores iniciaban una investigación. Cuestiones personales, viejas afrentas, enemistades o simples envidias eran motivos habituales de las delaciones.

De este curioso relato se deducen aspectos muy poco conocidos de la personalidad de Ledo del Pozo, entre ellos su vehemencia, su carácter apasionado, su afición bibliófila y su conocimiento de autores y obras consideradas heterodoxas en su época.

De su interés por los libros ya teníamos constancia por la amplia bibliografía que manejó en la redacción de su “Historia de Benavente”. Es muy posible que una parte de estas obras formaran parte de su biblioteca privada. En la edición de 1779 de la “Crónica de los Reyes de Castilla”, de Pedro López de Ayala, según las enmiendas de Jerónimo Zurita, Josef de Ledo y Soto figura como suscriptor con el título de “colegial mayor de Santa Cruz de Valladolid”. Este libro constituiría una de las fuentes básicas para componer su “Apología del Rey Don Pedro de Castilla”.

Como señala Vicente Fernández Vázquez, el disfrute del beneficio curado de Carracedelo era uno de los más importantes de la comarca, ya que sólo en diezmos recaudaba 4.936 reales a mediados del siglo XVIII. Por ello, esta parroquia constituía un destino muy codiciado en los concursos de vacantes en la diócesis de Astorga. Además los beneficiados disponían de casa rectoral, con su huerta correspondiente, y contaban con las rentas procedentes de censos (préstamos), arrendamientos, derechos de altar y los oficios durante los días festivos. Esto permitía a los párrocos disfrutar de un elevado nivel de vida en comparación con el resto de sus vecinos. Como se refleja en sus testamentos, todos ellos tenían personal a su servicio, criada, caballo, bienes inmuebles, biblioteca, buenos muebles, etc. Al contar habitualmente con liquidez se permitían incluso hacer préstamos a los vecinos, especialmente en épocas de dificultades económicas. En el momento de redactar su testamento al licenciado Ledo del Pozo le adeudan sus feligreses 5.375 reales que les había prestado.

Del paso de Ledo del Pozo por el Bierzo quedan también sus anotaciones en los libros parroquiales de Carracedelo. Su firma aparece frecuentemente junto a la del vicario, Manuel Antonio de Pacios, refrendando actas, libros de cofradías, cuentas, visitas y certificaciones. Así ocurre por ejemplo en el “Libro de efectos y haberes de la Cofradía del Santísimo Sacramento”.

En uno de sus folios podemos leer la siguiente anotación de su puño y letra: “Publiqué yo el infrascrito Cura Párroco al ofertorio de la Misa popular del día festivo siguiente estos Autos de Visita, y para que conste lo firmo. Dn. Josef Ledo (hay una rúbrica) ”.

Al tratarse de una obra local, la "Historia de Benavente" de Ledo del Pozo no dejó una profunda huella en el panorama bibliográfico de su época. Aún así recibió algunas críticas en los círculos eruditos. Tomás Muñoz y Romero, en su "Diccionario Bibliográfico-histórico de los antiguos Reinos, Provincias, Ciudades, Villas Iglesias y Santuarios de España", Madrid, 1858, no deja en buen lugar al autor benaventano. Califica el contenido de su obra como "pesadez de estilo y no mucha crítica". Carga a continuación contra el editor, por no haber sabido concertar con rigor los diferentes capítulos del manuscrito original:

"Divídese esta obra en 4 libros; al tratar en el primero de la fundacion de Benavente, se extiende largamente el autor hablando de su antiguo nombre y situación. Opina que fue la Intercacia de los Vaceos, apoyándose mucho en la autoridad de los falsos cronicones y en las obras de sus comentadores, a pesar de la ficción de aquellos, que Ledo del Pozo confiesa. En toda la obra se halla erudicion, pesadez en el estilo, y no mucha critica. El editor no tenia completo el manuscrito del autor, y estando para publicarlo, aparecieron algunos fragmentos, poniendo de su cosecha lo que era forzoso para enlazarlos entre si, y en esto no estuvo muy feliz. Pruébalo, entre otras cosas, el principio del libro IV: "Comenzó, dice, una nueva luz a ilustrar a España, después de la avaricia, ruindad y tiranía del rey D. Pedro, a quien sus malas obras dieron el sobrenombre de Cruel". El editor no tenia presente que Ledo del Pozo escribió y publicó, en un tomo en folio la Apología del mismo rey.

Agradezco a los profesores bercianos Vicente Fernández Vázquez, Carlos Fernández Rodríguez y Miguel J. García González su amabilidad para la cesión de documentos y referencias.

Portada de la obra  "Historia de la nobilísima villa de Benavente", por José Ledo del Pozo

Portada de la obra "Apología del rey Don Pedro de Castilla", por José Ledo del Pozo