martes, 12 de agosto de 2014

De epigrafía benaventana (I) - La escalinata de la Plaza del Grano

Escalinata de la Plaza del Grano

La escalinata de la Plaza del Grano, o de los Bueyes, es uno de esos rincones benaventanos en los que parece que el tiempo se ha detenido. Ajena al avance imparable de las nuevas construcciones e indultada, de momento, por la vorágine urbanística, su estampa se ha mantenido prácticamente inalterada durante varias generaciones.

Se extiende de arriba a abajo, en forma de abanico, siendo más estrecha en la parte superior y más ancha en la inferior. Consta de trece escalones y se concibió como una forma de salvar el notable desnivel, de varios metros, existente entre la Plaza del Grano y la cuesta de la Calle de la Encomienda.

La irregularidad y el desgaste de los peldaños evidencian la antigüedad de su fábrica y el uso habitual para el tránsito de los viandantes. Completa la escalera un muro de piedra que recorre y protege este terraplén, haciendo las veces de parapeto o pretil. El muro evidencia varias fases constructivas, con una parte más antigua en las hiladas inferiores y piedra reaprovechada en las superiores. Se utilizaron para ello sillares de diversa factura y calidad, incluyendo grandes losas horizontales, talladas a dos aguas, en el remate alto de las paredes.

Entre algunos vecinos esta construcción ha sido conocida tradicionalmente como "la barbacana". En el vocabulario de las fortificaciones la barbacana es la obra avanzada y aislada para defender puertas de plazas, cabezas de puente, etc. Pero otra de sus acepciones es la de muro bajo con que se suelen rodear las plazuelas que algunas iglesias tienen alrededor de ellas o delante de alguna de sus puertas.

Resulta difícil conocer la configuración antigua de todo el espacio situado entre la Plaza del Grano y las iglesias de San Nicolás y San Juan del Mercado. La construcción de la actual Plaza Mayor y el edificio del ayuntamiento debieron variar la ordenación urbana de toda esta área. En 1455 el conde de Benavente ordena que el "mercado e las ferias que se fizieren de aquí adelante en la dicha mi villa se fagan çerca de las dichas yglesias de Sant Nicolás e Sant Juan, donde primeramente se solían haser".

Así pues, parece que los mercados y las ferias se celebraban en esta zona desde época medieval, diferenciando la parte baja, conocida como “Mercado” o “Mercado del Ganado” o “Plaza de los Bueyes”, y la parte alta, también conocida como “Mercado”, o "Plaza de los Jueves", dedicada a otros productos. La escalinata serviría como nexo de unión entre ambos espacios.

Ya desde el siglo XV hay noticias de gastos e intervenciones del concejo en diversas obras en el "Mercado". En los libros de cuentas de 1493, correspondientes al mayordomo Juan de Benavente, se anotan diversos asientos con relación a una escalera, un arco y un muro o pared de cal y canto "hacia San Juan". Los trabajos consistieron en abrir cimientos, cavar y mazonar tierra detrás de la pared, empedrar los suelos, asentar ladrillos, etc. En este interesante documento, transcrito por María Álvarez Fernández, se indica que dicha escalera estaba próxima a "la picota", esto es, el rollo jurisdiccional. A este respecto, es muy significativo otro documento de 1552, que se refiere a este sector de la villa en los siguientes términos:

“En la villa de Benabente, jueves día de mercado, a doze días del mes de mayo de mill y quinientos y çinquenta y dos años, estando en la Plaça e Mercado de esta villa, par del Rollo e Barbacana de ella…”.

Las referencias del siglo XVIII hablan de una construcción notablemente antigua, pero de pormenores desconocidos. En 1786, en el deslinde de una casa situada junto a la "casa-palacio" de la Encomienda, se menciona la "escalerilla que baja de la parroquial (de San Juan del Mercado) a la Plaza de los Bueyes". En 1788 hay una comunicación al Consejo de Estado del corregidor de Benavente por haberse descubierto en la Plaza de los Bueyes de esta localidad una "gradería antigua" al realizar excavaciones en busca de una antigua fuente que se creía haber existido allí.

A mediados del siglo XIX, en el Diccionario de Madoz, se consigna la construcción de una "hermosa casa de ayuntamiento, en la Plaza Mayor, o sea del Mercado, con vistas a la de los Bueyes". En el nuevo edificio se incluyó un arco para permitir la comunicación entre ambas plazas. La Plaza Mayor, o del Mercado, era "un cuadro casi perfecto de 80 a 90 pasos, con soportales embaldosados", mientras que la Plaza de los Bueyes, o del Grano, era "muy espaciosa, pendiente e irregular, en la que se ven 20 casas con soportales en los tres ángulos del norte, sur y oeste".

El aspecto actual de la escalera parece fijarse con las reformas realizadas a finales del siglo XIX. De 1890‑1891 existe en la documentación municipal un expediente relativo a la reparación de la escalinata de la plaza del Grano. Eduardo Fuentes Ganzo recoge una noticia de 1900 que alude a la reparación de los muretes de piedra que separan a través de una escalinata, “a los extremos de una escalerilla que da a la Plaza de los Bueyes”, pagándose a Eulogio Castaño 53 pesetas y 50 céntimos, suma de materiales y jornales por tal reparación efectuada los días 12 y 13 de enero.

Debió ser por estas fechas cuando se reunieron toda una serie de materiales dispersos, así como sillares de diferentes tamaños y calidades. En la mayoría de los casos se trata de material reaprovechado, con la presencia de areniscas, granitos, cuarcitas, etc. Sabemos que el exconvento de San Francisco, derruido en gran parte por estas fechas y de propiedad municipal, era una de las reservas de almacén de piedra que se utilizaba para las obras públicas. En 1857 se subasta "el derribo del cornisamento de la torre de San Francisco y la extracción de otros puntos del mismo convento hasta proporcionar la piedra necesaria para las dos escalinatas, que hay que construir en la Plaza del Grano y cuyo número de barras se manifiesta en el acto del remate”. Sin embargo, este dato no excluye otras procedencias.

En fotografías y postales de principios del siglo XX ya encontramos la imagen de la escalinata y el muro de piedra acompañando la estampa característica de la Plaza del Grano, todo ello coronado por cuatro faroles o sombreros de piedra en los extremos del muro, asentados sobre cuatro pilares. Dos de ellos han sido totalmente rehechos en una reciente intervención.

La escalinata de la Plaza del Grano
Vídeo: Fernando González Rodríguez
Guion: Rafael González Rodríguez


Vista general de la escalinata

Detalle de la escalinata

Vista con edificios al fondo ya desaparecidos

Pilar inicial del muro

Detalle del muro con los epígrafes

Detalle del muro con los epígrafes

Detalle del muro con los epígrafes

Detalle del muro en su parte derecha

Recubrimiento del muro, con grandes losas talladas a dos aguas

Estado de los peldaños

Detalle de uno de los faroles o sombreros de piedra

Detalle de uno de los faroles o sombreros de piedra

Vista de la Plaza del Grano. Postal de los años 10

La Plaza del Grano en los años 40

La Plaza del Grano en los años 50

La escalinata en una fotografía de Nicolás Muller de 1951

La escalinata en una fotografía de Nicolás Muller de 1951

La Plaza del Grano en una foto aérea de los años 60

Detalle de la escalinata en una postal de los años 50

La Plaza Gonzalo Silvela en 1970

La Plaza Gonzalo Silvela en 1972

Toro Enmaromado en la subida de la Calle de la Encomienda. Año 1952

Toro Enmaromado en la subida de la Calle de la Encomienda. Año 1953

Grupo de alumnos y profesores. Años 40

Peña Malgrat en los años 90 (Archivo CEB Ledo del Pozo)

Empotrados en los muros se reconocen dos epígrafes cuya lectura se ofrece a continuación.

El primer epígrafe se encuentra en el sector central del muro, a media altura. Se conserva completo y en bastante buen estado. Es una losa blanquecina de 675 X 465 mm. La letra es de capitales de la segunda mitad del siglo XVII o principios del siglo XVIII, con ejecución elegante y algunas abreviaturas. Su lectura no ofrece problemas, pues la superficie se presenta limpia y las incisiones del lapicida han sido profundas. Carece de moldura o delimitación del campo epigráfico.

ESTE ARCO CON SVS 
ENTER(RAMIENT)OS I EL VSO I 
SITIO EN LA SAC(RISTI)A P(AR)A 
EL CAX(O)N DE LOS ORN 
AMENTOS COMPRO A LA FA 
BRICA EL LIZ(ENCIAD)O D(O)N JO 
SEPH DE PAZ RACI 
ON(ER)O DESTA S(ANT)A IGL(ESI)A 
PASO SU ESC(RITUR)A ANTE AL(ONS)O 
GARCO ESC(RIBAN)O DEL NUM(ER)O 
DESTA V(ILL)A P(AR)A SU ENT(ERRAMIENT)O I 
P(AR)A SUS EREDEROS I SU 
CES(ORE)S EN EL VINCULO I PAT 
RONATO DE LAS MEMORIAS 
QUE DEXA FUNDADAS 

Estamos ante un epígrafe funerario perteneciente a un enterramiento en una iglesia. Según se indica en el texto, identificaba la sepultura del licenciado José de Paz, racionero de dicha iglesia, que construyó un arcosolio a sus expensas y dejó fundadas unas memorias. Un arcosolio es un arco abierto en la pared que alberga un sepulcro, una fórmula de enterramiento familiar muy habitual entre personajes de situación económica acomodada.

En el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid se conserva una ejecutoria del pleito litigado en 1691 por el licenciado José de Paz, clérigo y presbítero natural de Benavente. Su condición de "racionero" puede darnos alguna pista sobre el templo del que podría proceder esta lápida. El término racionero designa al prebendado que tenía ración en una iglesia catedral o colegial y esta condición encajaría bien con Santa María del Azogue, donde tenía su sede el cabildo y una comunidad de clérigos desde los tiempos medievales. No obstante, otras parroquias de cierta entidad también podían tener racioneros en esta época en Benavente. Sabemos, por otros documentos, que José de Paz, fue racionero de la iglesia de San Nicolás.

José de Paz, vecino de Benavente, clérigo y racionero, otorgó testamento en 1710, instituyendo una fundación pía con 270 cargas de trigo para ser distribuidas entre los labradores pobres de la villa. El grano prestado debía ser devuelto el día de Nuestra Señora de Agosto, más dos celemines por carga. El beneficio obtenido estaba destinado a atender a una niña huérfana, para entrar en religión o contraer matrimonio. El testamento se completó en 1713 con un codicilo. Su enterramiento se hizo junto al retablo de San José y el Niño, hoy existente en la iglesia de Santa María del Azogue. Nuestro racionero quiso en sus disposiciones asegurarse de gozar de un espacio privilegiado en este altar: “Dejo mandado que mi cuerpo sea puesto delante del mismo altar, tan arrimado que el sacerdote que allí dijese misa esté siempre sobre mi sepultura”.

El dato de la procedencia de nuestra inscripción de San Nicolás resulta de interés, pues en fotografías antiguas de los años 40, 50 y 60 no se aprecian inscripciones en los muros de la escalinata. Como la iglesia de San Nicolás fue derribada en el año 1968, debió ser a partir de esta fecha, durante la alcaldía de Julián Cachón González, cuando se trasladaron estas piezas para adornar esta construcción. Igualmente, se repusieron y restauraron algunos de los sillares, por entonces notablemente deteriorados.

Epígrafe número 1

El segundo epígrafe ha sido mucho peor tratado por el tiempo. Se encuentra en la parte izquierda del muro, la más próxima a la calle Santa Cruz. Mide 480 x 490 mm. La piedra está ennegrecida en gran parte de su superficie. Solamente conserva sus límites externos en el ángulo superior derecho, por lo que resulta imposible reconstruir sus dimensiones originarias. El campo epigráfico está delimitado por un recuadro de unos cuatro centímetros de anchura. En cualquier caso, está incompleto y falta una parte importante del texto. Su lectura parcial es la siguiente:

... [SEPULT]VRA DE PE 
...[MEL]LGAR Z ... 
...NA MARI 
[A] ...DA SV MV 
[GER...] ...LVIS DE 

Las palabras entre corchetes no están en el texto. Parece también un epígrafe funerario, tal vez correspondiente a la tumba de un matrimonio. El marido pudiera pertenecer a la familia Melgar. La esposa podría llamarse María o Marina, quizás hija de un personaje llamado Luis. Poco más se puede añadir a falta de unos detalles que se nos escapan por completo. Es muy posible que esta pieza, al igual que la anterior, también proceda de la desaparecida iglesia de San Nicolás.

Tenemos noticia de otros enterramientos en esta iglesia relacionados con la familia Melgar Según información amablemente facilitada por Luis Rodríguez Sol, en las pruebas de caballeros para ingresar en la Orden de Santiago de Diego y Martín José Bustamante Melgar, se transcribe el siguiente epitafio: "Aquí yace D. Pedro de Melgar, Diguja, Coco y Barba, vecino y regidor que fue de esta villa, señor de la casa de los Digujas. Puso esta piedra D.ª Marina Velázquez, su mujer". Y sobre esta inscripción se halla un escudo de armas, grabadas en dicha piedra, que se componen de cuatro cuarteles: el primero con una banda con dragante, que dicen ser armas de los Melgares; el segundo con dos calderas, armas de los Barbas; el tercero, seis roeles, armas de los Cocos; y en el cuarto, dos águilas con coronas en las uñas, armas de los Digujas; y en la cima, un morrión con plumas".

Asimismo, y siguiendo a Luis Rodríguez Sol, se dice que en el convento de Santo Domingo, al entrar por la puerta principal de la iglesia, dejando a mano izquierda la capilla mayor, y prosiguiendo el crucero, al fin de él, se encuentra una capilla donde fue enterrado Diego Bustamante y Vivero, esposo de Antonia Melgar. Es una capilla cuadrada con asientos alrededor de ella y en el centro un crucifijo de cuerpo entero, que dicen llamarse el Cristo de los Cocos. En medio de dicha capilla hay un sepulcro de piedra, levantado en alto, en que está puesto un retrato que dicen ser del fundador de la capilla, y adornado dicho sepulcro con cuatro escudos de armas, cada esquina el suyo, los de la mano derecha con dos calderas, y los de la siniestra con seis roeles, y por orla tres manojos de flechas, armas que dicen pertenecer a los poseedores del mayorazgo de la familia de los Cocos. Al pie de dicho sepulcro, está una losa que cubre el panteón donde se entierran los poseedores sus descendientes, y los mismos cuatro escudos se duplican en las cornisas de dicha capilla.

Epígrafe número 2

lunes, 28 de abril de 2014

El protocolo áulico de la monarquía leonesa en el Panteón de San Isidoro

Panel con la escena de la Crucifixión

El conjunto de murales del Panteón Real de San Isidoro de León ofrece un repertorio iconográfico de primer orden dentro la pintura románica hispana. El despliegue de figuras y escenas incluye pasajes del Apocalipsis, del Nuevo Testamento, representaciones de personajes bíblicos, santos, edificios, animales, motivos vegetales, geométricos, signos del zodiaco y, por supuesto, el célebre mensario o "calendario agrícola", este último desarrollado en el intradós de uno de los arcos que soportan las bóvedas.

En este sobresaliente muestrario solamente existe un panel en el que aparezcan personajes históricos relacionados con la monarquía leonesa. Se trata de una pareja real en actitud orante, en unión de dos de sus servidores palaciegos. Estas figuras forman parte de la escena de la Crucifixión que se desarrolla en el muro del ángulo noreste del panteón. El asunto se adapta a la curvatura de la bóveda y se divide en dos registros, diferenciados a través de una franja azul y ocre.

En el registro superior se efigia a Cristo crucificado, flanqueado por los discos del Sol y la Luna. Le acompañan la Virgen, San Juan, Longinos, quien atraviesa con una lanza el costado derecho de Jesús, y Estefatón, soldado romano que empapó una esponja en vinagre y colocándola en una caña ofreció de beber a Cristo.

En la parte inferior encontramos a cuatro personajes. Los dos centrales cobran mayor tamaño y protagonismo. A la izquierda un rey "Fernando", según se enuncia en el letrero adjunto escrito en capitales carolinas: "FREDENANDO REX". A la derecha una dama no identificada, tal vez la reina consorte o una persona relevante de la familia real. Junto a ellos dos miembros de su séquito. Detrás del rey un personaje que sostiene un escudo y, siguiendo a la dama, una servidora que comparece con un recipiente y un plato dorado.

El eje central de la composición está definido por una representación esquematizada del monte Gólgota, en hebreo "el lugar del cráneo". Una antigua tradición cristiana aseguraba que allí estaba enterrado el cráneo de Adán. Por eso se muestra una calavera a los pies del crucifico, uniendo los destinos del primer hombre y del salvador del mundo. Estamos ante una interesante yuxtaposición de la iconografía cristiana y el protocolo áulico.

Mucho se ha escrito sobre la identidad de este rey. La interpretación tradicional, avalada por la autoridad de Gómez Moreno, apunta a Fernando II (1157-1188), pues de hecho algunos autores han querido leer restos de la palabra "URRACA" junto a la imagen femenina que le acompaña. Pero los estudios más recientes, basándose en la datación de las diferentes fases constructivas de San Isidoro, proponen a Fernando I (1037-1065) como principal candidato, acompañado de su esposa Sancha (+1067), o bien de su hija Urraca (+1101), la reina de Zamora. La cuestión no está aún zanjada, pues quedan aún muchos interrogantes sobre la evolución de la fábrica isidoriana.

Nuestro rey se presenta arrodillado, con las manos separadas en actitud orante. Se han perdido los rasgos de su cabeza, pero todo parece indicar que estaría coronada, al igual que otras imágenes reales recogidas en códices y cartularios. Viste brial rojo, manto azulado, calzas rojas y zapatos negros.

Flaqueando al rey encontramos a un soldado portando un escudo que sujeta por el "tiracol". La mala conservación de la pintura no permite entrar en mucho detalle, pero en la parte izquierda de la figura se intuyen algunos restos en azul de lo que podría ser la espada desenvainada que lleva en su mano derecha y descansa en el hombro.

En el "Libro de los Testamentos de la Catedral de Oviedo" encontramos varios personajes similares acompañando a los reyes, siempre portando el escudo, o con el escudo, la lanza y la espada desenvainada. El escudo de San Isidoro parece ser del tipo "normando", alargado, de forma almendrada y con la punta afilada. Representa el modelo de escudos de madera, forrados de cuero. Además del "tiracol", que permitía llevarlo colgado al cuello, en su parte interior llevaría las dos abrazaderas o braceras con las que se manejaba en el combate.

En este mismo Panteón Real, en la escena de la "Matanza de los inocentes", hay también un soldado portando la espada y embrazando el escudo. Su actitud es claramente protocolaria, pues acompaña al rey Herodes en su trono. Todo ello en un escenario de arcos y columnas que recrea los ambientes del palacio real. Además, es el único de los soldados que no participa en la muerte de los niños.

Este escudero de San Isidoro debe identificarse con el "armíger", uno de los cargos palaciegos habitual entre los confirmantes de los documentos de la cancillería regia. Otras denominaciones más o menos equivalentes son las de "signifer", o la voz arabizada "alférez". La palabra "armíger" en su sentido más literal no es más que la persona que porta las armas, en este caso del rey. Es quien lleva su espada, lanza y escudo en las ceremonias. En dos diplomas de Alfonso VI de 1103 aparece designado el "armíger" como "arma gerens post regem" (el que lleva las armas tras el rey). En las sesiones judiciales y otros actos solemnes solía llevar la espada, símbolo de la Justicia, de ahí otro de sus nombres: "spatharius regis".

Como señala Ricardo Fletcher, en determinadas épocas sus funciones sobrepasaron las puramente domésticas o protocolarias. El "armíger" pasaba revista a la guardia real, cuerpo de tropa que formaba la escolta del rey y constituía el núcleo del ejército. Además de entrenar, mantener y reclutar a la guardia real, era también una de los principales consejeros del monarca en los asuntos militares. En la "Historia Roderici" se dice que el rey Sancho II de Castilla nombró a Rodrigo Díaz "principem super omen militiam suam", funciones que se han supuesto ser las del "armíger".

De todo esto se deduce que el "armíger" sufrió una redefinición importante en sus funciones y responsabilidades a lo largo de los siglos XI y XII, incorporando las tareas propias del "signífer", es decir portar el "signum" o enseña en combate y convirtiéndose en la máxima autoridad sobre los ejércitos después del rey. Esta evolución sería paralela a la consolidación del ejército real y su peso cada vez mayor en las campañas militares. Detalles sobre estos cambios ya aparecen recogidos en las Partidas de Alfonso X:

"...Al alférez pertenece guiar las huestes y el Ejército, cuando el Rey no va en él en persona. El es, el que debe llevar la señal siempre que el Rey tuviese batalla campal. Antiguamente, solía ser quien castigaba a los Grandes, por eso trae la espada delante de él, en señal de que es la Justicia Mayor de la Corte. Así mismo, debe amparar a los desvalidos. Conviene por lo mismo que sea de noble linaje, leal al Rey al Reino y de buen entendimiento para juzgar los pleitos grandes que acaecen en el Ejército. El Alférez debe ser muy esforzado e inteligente en el arte de la guerra, pues él ha de ser el mayor caudillo sobre la gente del rey en las batallas...".

En cuanto a la servidora de la dama, es posible asociarla con la "pedisequa" que acompaña a la reina Jimena, esposa de Ordoño II, en el "Libro de los Testamentos" de Oviedo. Como aquella, la doncella leonesa lleva vasija y bandeja o plato. El recipiente recuerda en su forma a alguno de los jarritos litúrgicos altomedievales de tipología hispano-visigoda. Al margen de los ejemplares metálicos o cerámicos hoy conservados, también se representan en los antifonarios y en otros códices para ilustrar el rito del Bautismo o la Eucaristía. Otra de sus funciones sería el uso en el lavatorio del oficiante durante el Ofertorio de la Misa. Presenta un cuerpo central ovoide, con pie troncocónico y cuello muy alargado, sin asas. Tal vez en este caso haga las funciones de un aguamanil para la práctica ritual del lavamanos. El plato o cuenco cubre la boca del recipiente, probablemente porque evoca el agua perfumada o agua de flores utilizada en el ceremonial purificador previo al banquete. Esta costumbre no era privativa de los reinos hispánicos, también en las mesas más selectas andalusíes era habitual el uso del agua perfumada con flores, hierbas o esencias.

En la escena del "Lavatorio de Pilatos", dentro del mismo Panteón, podemos reconocer un recipiente de similar forma a este de la camarera de la Crucifixión, pero ciertamente muy peculiar. Pilatos se acomoda en su trono mientras un criado le vierte agua en las manos de un recipiente o jarra. Esta vasija, según se aprecia, tiene la particularidad de tener perforado su fondo por diminutos orificios, con lo que el agua se esparce por aspersión, en pequeñas gotas. El sirviente parece controlar de alguna forma con sus dedos el suministro del líquido.

El gesto de “dar agua a las manos” fue siempre en los tiempos medievales un acto cargado de gran significado, tanto en los ambientes eclesiásticos como en los palaciegos. El valor simbólico del agua desde tiempos inmemoriales como elemento purificador tiene estrechas relaciones con la tradición litúrgica y bíblica. La práctica extendida de este ritual explica la proliferación de utensilios destinados a estos fines como las jofainas y los aguamaniles. Sobre esta cuestión y la función caballeresca de “llamar al agua” ha centrado su atención recientemente Almudena Blasco Vallés.

Pero este ceremonial del lavamanos, en una sociedad fuertemente jerarquizada como la medieval, requería siempre de la intervención de un servidor o de una persona de inferior rango. Quien trae el agua de la tinaja, porta los recipientes y lava las manos de alguna manera escenifica la sumisión a un señor, a un rey, o su dependencia personal.

En el célebre "Exemplo XXXV" del Conde Lucanor, el hombre utiliza este rito de "dar agua a las manos" como forma de conseguir la sumisión de la mujer noble "muy fuerte e muy brava".

En el Cantar de mio Cid, cuando Rodrigo Díaz invita a comer a Berenguer Ramón II, el conde de Barcelona pide que antes le den agua a las manos, a lo que el Cid accede de buen grado: "Alegre es el conde e pidio agua a las manos, E tienen gelo delant e dieron gelo privado".

En las partidas de Alfonso X se aconseja a los hijos de los reyes “hacerse lavar las manos” tanto antes como después de la comida: "Y débenles hacer lavar las manos antes de comer para que queden limpios de las cosas que antes habían tocado, porque la vianda cuanto más limpiamente es comida tanto mejor sabe, y tanto mayor provecho hace; y después de comer se las deben hacer lavar, porque las lleven limpias a la cara y a los ojos Y limpiarlas deben con las toallas y no con otra cosa".

Es sabido que la monarquía asturleonesa adoptó desde los tiempos de Alfonso II los usos y costumbres del ceremonial visigodo "tam in ecclesia quam palatio". En la documentación encontramos alusiones a los ayudas de cámara y a las damas o camareras de la reina. Son parte del personal integrante de los oficios palatinos, que en ocasiones confirman las cartas como "cubicularius".

Durante el siglo X son frecuentes todavía las menciones al "cubicularius" en los diplomas leoneses de Ordoño II, Alfonso IV y Ramiro II. Sería una figura sucesora de los "cubicularii" que bajo la autoridad del "comes cubiculorum" formaban parte del "oficcium palatinum" visigodo. Según Lucas de Tuy, Alfonso IX se hacía rodear de "cubicularios laicos con los que consultaba todos sus hechos". En la Segunda Partida de Alfonso X se hace también alguna referencia a los camareros del rey y las dueñas, doncellas, siervas y "cobijeras" de la esposa real. Todas ellas configuran el servicio de la llamada "Cámara de la reina":

"Cámara llamaron antiguamente a la casa de la reyna; ca bien asi como en la cámara han a seer las cosas que hi ponen encobiertas et guardadas, asi las dueñas et las doncellas que andan en casa de la reyna deben seer apartadas et guardadas de vista et de baldonamiento de malos homes et de malas mugeres".

Pero en nuestro caso, ¿cuál sería la función ritual de esta servidora que porta los utensilios del lavamanos? La respuesta debe buscarse en la actitud de la pareja real. Tanto el rey como su acompañante femenino comparecen de rodillas a los pies de la cruz. Extienden sus manos, largas y afiladas, hacia el crucificado en un acto penitencial que requeriría del ceremonial previo del lavamanos. Los penitentes deben acudir con sus manos limpias en señal de la pureza y sinceridad de su gesto. Ante el sacrificio de Cristo en la cruz, los monarcas imploran, en actitud expiatoria, también el perdón de sus pecados.

Así pues, tanto el “armíger” como la “pedisequa” o “cubicularia” evocan, en esta pintura de San Isidoro de León, el protocolo áulico de la monarquía leonesa. Representan el poder del rey en sus múltiples facetas, y por extensión la obediencia y fidelidad que se espera de todos sus súbitos. En estos ceremoniales religiosos y palaciegos participarían otras personas, pues además de los miembros de la familia real, del servicio y el séquito, tenemos constancia de la presencia de oficiales, mayordomos, cancilleres, notarios, condes, tenentes, merinos, sayones, obispos, abades, etc. El escudero y la servidora no son más que la parte por el todo, una representación restringida de la cámara real a través de algunas de sus imágenes y gestos más significativos.




jueves, 2 de enero de 2014

Y para que conste lo firmo - José Ledo del Pozo en Carracedelo

Iglesia parroquial de San Esteban de Carracedelo (León)

José Ledo del Pozo, autor de la “Historia de la nobilísima villa de Benavente”, fue catedrático de filosofía en la Universidad de Valladolid y párroco titular del lugar de Carracedelo (León). Una errata en la portadilla de su “Historia”, obra publicada en Zamora en 1853, confunde a Carracedelo con Carracedo, error que se ha venido manteniendo a lo largo del tiempo.

La única biografía que tenemos del erudito benaventano es la que escribió la profesora Elena Hidalgo Muñoz en la introducción de la edición facsímil de esta obra en el año 2000. Esta breve, pero bien documentada, semblanza está basada a su vez en las notas recopiladas años atrás por Vidal Aguado Seisdedos. Por estas fuentes sabemos que Ledo del Pozo nació en Benavente el 29 de octubre de 1753, siendo bautizado en la parroquia de Santa María de Renueva. Murió en Carracedelo a los 35 años de edad, y fue enterrado en la iglesia de este mismo lugar un 9 de noviembre de 1788. En el libro de difuntos no consta ni la fecha, ni la causa de tan temprano fallecimiento.

Muy poco sabemos de sus años en la parroquia berciana (1779-1788). Según los apuntes de la profesora Elena Hidalgo, era su vicario Manuel Antonio de Pacios quien administraba habitualmente los sacramentos. Ledo visitaba la parroquia temporalmente, alternando estas visitas con el desempeño de la cátedra de Filosofía en la Universidad de Valladolid, y otras actividades entre las que se encontraría la publicación de su otra obra impresa conocida: “Apología del Rey Don Pedro de Castilla”. A este respecto hay que señalar que esta obra salió del establecimiento de Isidoro Fernández Pacheco, en Madrid, sin fecha. Según Palau debió ser publicada hacia 1780. Sin embargo, sabemos que en 1783 y 1784 el autor pedía al Consejo Real licencia para su impresión. La licencia fue concedida el 7 de febrero de 1784. Incluye censura y certificado de la Real Academia de la Historia.

En la documentación de este Consejo encontramos también referencias a otras dos obras para las que también solicitó el preceptivo permiso: "Discurso político y moral sobre la nobleza, obligación y conducta de los nobles", en 1785 y "Oraciones retóricas" en 1785-1787. Mientras que la primera quedó sin resolver, de la segunda consta la licencia favorable concedida el 11 de agosto de 1787.

Precisamente, de sus años en Carracedelo tenemos noticia de un curioso episodio relacionado con la actividad del Tribunal de la Inquisición de Valladolid y el control de las ideas en la España del siglo XVIII. De la documentación exhumada recientemente por Ángel de Prado Moura se desprende que Ledo del Pozo fue objeto de una denuncia en 1782 por poseer libros no recomendables y hacer afirmaciones temerarias sobre la figura de Sor María de Jesús de Ágreda. De todo ello se cursó la oportuna carta al Consejo, hoy conservada en la Sección Inquisición del Archivo Histórico Nacional. El pasaje central de la denuncia es el siguiente:

“Manuel Ramos y Antonio Benigno estando empleados los infraescriptos (individuos del Colegio Seminario de Sahagún) por el Ilmo. Obispo de Astorga en el exercicio de Missionar por el territorio de su jurisdicción, llegamos, día cinco de Enero de este presente año, en prosecución de nuestras tareas al lugar de Carrazedelo, sito entre Ponferrada y Villafranca del Vierzo, y estando en la noche del mismo día en conversación cristiana con Don Josef Ledo, cura propio de dicho lugar, como se tocasse por incidente la V.M. Sor María de Jesús de Ágreda, al punto, el referido Don Joseph, rompió sin la menor reserva en horrores de sus escritos pronunciando que su doctrina estaba condenada. Y aunque reconvenido mirase lo que decía, se ratificó en su dicho; le explicó después añadiendo que lo estaba por la Universidad de París, que su sentir en este punto era que la doctrina de la mencionada Madre era errónea, escandalosa, piarum aurium ofensiva, sapiens heresim, que esto lo daría por escrito de su mano y que si la citábamos en el púlpito, subiría él a decir lo contrario. Para apoyo de este dictamen decía que assí lo traía un libro intitulado “Amort de revelacionibus et visionibus”, que este libro no estaba prohibido, y que él podía livre e inpunemente sostener lo mismo».

Espadaña de la iglesia

Portada románica correspondiente a la fachada sur de la iglesia

Casa rectoral de Carracedelo

Escudo sobre la puerta principal de la casa rectoral

Inscripción romana reaprovechada como jamba de una de las ventanas

En determinados ambientes ilustrados del siglo XVIII fueron muchas las bibliotecas particulares que contaron en sus anaqueles con literatura prohibida. Las fórmulas para sortear las restricciones eran muy variadas y las colecciones privadas eran siempre las más difíciles de controlar. Cuando al tribunal del distrito vallisoletano del Santo Oficio llegaba alguna denuncia sobre la existencia de libros no permitidos en manos de particulares, los inquisidores iniciaban una investigación. Cuestiones personales, viejas afrentas, enemistades o simples envidias eran motivos habituales de las delaciones.

De este curioso relato se deducen aspectos muy poco conocidos de la personalidad de Ledo del Pozo, entre ellos su vehemencia, su carácter apasionado, su afición bibliófila y su conocimiento de autores y obras consideradas heterodoxas en su época.

De su interés por los libros ya teníamos constancia por la amplia bibliografía que manejó en la redacción de su “Historia de Benavente”. Es muy posible que una parte de estas obras formaran parte de su biblioteca privada. En la edición de 1779 de la “Crónica de los Reyes de Castilla”, de Pedro López de Ayala, según las enmiendas de Jerónimo Zurita, Josef de Ledo y Soto figura como suscriptor con el título de “colegial mayor de Santa Cruz de Valladolid”. Este libro constituiría una de las fuentes básicas para componer su “Apología del Rey Don Pedro de Castilla”.

Como señala Vicente Fernández Vázquez, el disfrute del beneficio curado de Carracedelo era uno de los más importantes de la comarca, ya que sólo en diezmos recaudaba 4.936 reales a mediados del siglo XVIII. Por ello, esta parroquia constituía un destino muy codiciado en los concursos de vacantes en la diócesis de Astorga. Además los beneficiados disponían de casa rectoral, con su huerta correspondiente, y contaban con las rentas procedentes de censos (préstamos), arrendamientos, derechos de altar y los oficios durante los días festivos. Esto permitía a los párrocos disfrutar de un elevado nivel de vida en comparación con el resto de sus vecinos. Como se refleja en sus testamentos, todos ellos tenían personal a su servicio, criada, caballo, bienes inmuebles, biblioteca, buenos muebles, etc. Al contar habitualmente con liquidez se permitían incluso hacer préstamos a los vecinos, especialmente en épocas de dificultades económicas. En el momento de redactar su testamento al licenciado Ledo del Pozo le adeudan sus feligreses 5.375 reales que les había prestado.

Del paso de Ledo del Pozo por el Bierzo quedan también sus anotaciones en los libros parroquiales de Carracedelo. Su firma aparece frecuentemente junto a la del vicario, Manuel Antonio de Pacios, refrendando actas, libros de cofradías, cuentas, visitas y certificaciones. Así ocurre por ejemplo en el “Libro de efectos y haberes de la Cofradía del Santísimo Sacramento”.

En uno de sus folios podemos leer la siguiente anotación de su puño y letra: “Publiqué yo el infrascrito Cura Párroco al ofertorio de la Misa popular del día festivo siguiente estos Autos de Visita, y para que conste lo firmo. Dn. Josef Ledo (hay una rúbrica) ”.

Al tratarse de una obra local, la "Historia de Benavente" de Ledo del Pozo no dejó una profunda huella en el panorama bibliográfico de su época. Aún así recibió algunas críticas en los círculos eruditos. Tomás Muñoz y Romero, en su "Diccionario Bibliográfico-histórico de los antiguos Reinos, Provincias, Ciudades, Villas Iglesias y Santuarios de España", Madrid, 1858, no deja en buen lugar al autor benaventano. Califica el contenido de su obra como "pesadez de estilo y no mucha crítica". Carga a continuación contra el editor, por no haber sabido concertar con rigor los diferentes capítulos del manuscrito original:

"Divídese esta obra en 4 libros; al tratar en el primero de la fundacion de Benavente, se extiende largamente el autor hablando de su antiguo nombre y situación. Opina que fue la Intercacia de los Vaceos, apoyándose mucho en la autoridad de los falsos cronicones y en las obras de sus comentadores, a pesar de la ficción de aquellos, que Ledo del Pozo confiesa. En toda la obra se halla erudicion, pesadez en el estilo, y no mucha critica. El editor no tenia completo el manuscrito del autor, y estando para publicarlo, aparecieron algunos fragmentos, poniendo de su cosecha lo que era forzoso para enlazarlos entre si, y en esto no estuvo muy feliz. Pruébalo, entre otras cosas, el principio del libro IV: "Comenzó, dice, una nueva luz a ilustrar a España, después de la avaricia, ruindad y tiranía del rey D. Pedro, a quien sus malas obras dieron el sobrenombre de Cruel". El editor no tenia presente que Ledo del Pozo escribió y publicó, en un tomo en folio la Apología del mismo rey.

Agradezco a los profesores bercianos Vicente Fernández Vázquez, Carlos Fernández Rodríguez y Miguel J. García González su amabilidad para la cesión de documentos y referencias.

Portada de la obra  "Historia de la nobilísima villa de Benavente", por José Ledo del Pozo

Portada de la obra "Apología del rey Don Pedro de Castilla", por José Ledo del Pozo


lunes, 7 de octubre de 2013

Cercas, puertas, iglesias y conventos - El monasterio de Santa Clara de Benavente y la muralla de Benavente

Archivo Municipal de Benavente, leg. 123,31

El monasterio de Santa Clara de Benavente fue fundado bajo la protección del rey Alfonso X, en torno al año 1271, en un lugar aún no identificado con precisión a las afueras de la ciudad. En este mismo año, el papa Gregorio X concedía protección a las religiosas y les confirmaba en la posesión de todos sus bienes.

Según quedó registrado en el Libro Becerro de su archivo, como consecuencia del asedio angloportugués de 1387 el convento fue mandado derribar por Juan I para la mejor defensa de la villa, y se acometió poco después la construcción de un nuevo edificio dentro ya de los muros de la villa. El emplazamiento elegido fue la Calle Mayor (actual calle Santa Clara), junto a la Puerta de la Puente, utilizando como iglesia conventual la antigua parroquia de San Salvador, una de las más antiguas de la villa.

En 1392 tenemos noticias de las obras y de la adquisición de casas y solares pertenecientes a la parroquia de San Miguel. El rey Enrique III concedió diversas mercedes para la financiación del nuevo monasterio. El responsable de este proyecto fue Diego Alfonso, “tendero y diputado por el Rey para hazer y correr con dicha fábrica”. Mientras duraron las obras la comunidad se alojó temporalmente en unas casas de la calle de la Rúa, como consta por un capítulo celebrado en 1397.
A principios del siglo XV los trabajos debían de estar finalizados, pues en 1404 la abadesa firmó un convenio con Pedro Vélez, carpintero vecino de Benavente, para trasladar la piedra, maderas y demás materiales del convento antiguo que estaba arruinado fuera de la villa, “al nuevo que existe dentro de los muros de ella”.

Tal y como ocurría con otros monasterios benaventanos como los de San Francisco o San Bernardo, los límites del convento de clarisas coincidían en gran medida con la propia muralla de la villa. Este documento es una buena prueba de ello. El acuerdo establecido entre el cenobio y el conde Antonio Pimentel supone la cesión del terreno situado entre la muralla y el convento, ocupado al parecer por una calle de ronda. A pesar de ser el propio conde quien realiza la concesión todo apunta a que los terrenos son de propiedad concejil, por ello se nombra a dos regidores para que realicen las labores de medición y deslinde del suelo que se les va a dar, tapiando de un lado y otro de dicha ronda. Todo ello con la condición de que en tiempo de necesidad el monasterio deje paso libre para que se puedan desarrollar las lógicas tareas de vigilancia. Por último, se autoriza a las monjas que puedan edificar en este terreno, siempre y cuando no causen perjuicios a la cerca.

El origen de la muralla de Benavente se remonta, probablemente, a finales del siglo XII o principios del siglo XIII, durante la época de la repoblación de la ciudad por Fernando II y Alfonso IX. El recinto contaba con seis puertas principales de acceso: la mencionada Puerta de la Puente, y las de San Andrés, Santa Cruz, Santo Sepulcro, San Antón y la Puerta del Río. Un segundo recinto fortificado englobaba la fortaleza o castillo, teniendo como acceso principal la Puerta de Santiago.

La transcripción completa del mencionado documento es la siguiente:

1541, mayo, 27.

El conde de Benavente, Antonio Pimentel, dona al monasterio de Santa Clara el terreno que hay entre el convento y la cerca de la villa. Para ello, encarga al regimiento de la villa que señalen la parte que se les va a dar, con la condición de que en época de necesidad dejen paso libre para poder rondar.

Archivo Municipal de Benavente, leg. 123-31. Papel.

Justiçia y rregidores y procurador de esta villa de Benavente por parte de la debota abadesa y monjas y convento de Santa Clara de esta dicha villa. Se me a pedido que les mandase dar todo lo que ay desde su casa y lineada fasta la çerca de esta villa, con que tapien de la una parte de la calle, y de la otra, para el serviçio de la dicha su casa.

Y visto la necesydad que ay para el serviçio y adeçentamiento del dicho monesterio, y el poco perjuçio que se haze en mandarles dar dicha parte de rronda. Yo vos mando que juntos, en vuestro regimiento, nombreys dos regidores para que señalen el lugar y parte que se les a de dar como dicho es, con tal que en el acuerdo, que se contiene en el libro del regimiento, se diga que para en tiempo de necesydad ser obligado el dicho monasterio a dexar ronda desde su casa hasta la çerca por donde puedan rondar. Y que sy las dichas monjas quisieren hedeficar sobre la parte de la çerca que yo les mando dar, que lo puedan hazer sin que ... perjuiçio a la dicha çerca.

Fecha en Benavente a veynte y syete de mayo de mill e quinientos e quarenta e un años. Por mandado del conde mi señor. Alonso Pérez.

Restos del muro exterior del monasterio de Santa Clara de Benavente

jueves, 18 de abril de 2013

Porque la villa sea mayor, e mejor, e más poblada - La feria de Benavente de 1254


Alfonso X, según miniatura del Tumbo A de la Catedral de Santiago

Varios fueron los factores que favorecieron el desarrollo en Benavente de una floreciente actividad artesanal y comercial desde la época misma de la repoblación de la villa, durante los reinados de Fernando II y Alfonso IX.

Por una parte, la considerable extensión de su alfoz concejil, que incluía un vasto territorio de gran diversidad geográfica y económica. Sus límites abarcaban buena parte del norte de la actual provincia de Zamora, desde las estepas cerealistas de Tierra de Campos hasta las zonas montañosas de la Carballeda, de vocación preferentemente ganadera. La villa principal se convirtió así, además de en centro de poder político, en un referente económico para los habitantes de las aldeas, donde acudían a proveerse de todo tipo de bienes y servicios. Por otra parte, su estratégica situación en un nudo importante de comunicaciones, lugar de paso obligado y punto de encuentro de los más variados flujos mercantiles del reino de León.

Ya desde 1221 hay constancia del establecimiento de una feria en el puente de Castrogonzalo por Alfonso IX, relacionada sin duda con el movimiento de población en torno a este paso del Esla y la protección ofrecida por su castillo. En 1228 se menciona la iglesia de Santa María del Azogue de Benavente, lugar donde presumiblemente se celebraría el mercado diario. Respecto al mercado semanal, celebrado tradicionalmente los jueves junto a las iglesias de San Juan y San Nicolás, la primera mención data de 1270, año en que se menciona "la calleya que va de la carnicería pora el mercado" en un documento del monasterio de Moreruela, aunque su origen debe ser bastante anterior.

Con estos antecedentes, la concesión de una feria franca por Alfonso X en 1254 vino a culminar este proceso, convirtiéndose en un estímulo más para el desarrollo social y económico del concejo. El pergamino original se conserva en el Archivo Municipal. Según su tenor la voluntad del rey era favorecer a los vecinos: "esto fago por saber que he de les fazer bien e merçet, e porque la villa sea mayor, e mejor, e más poblada". La celebración tendría lugar tres semanas después de la Pascua de Resurrección y su duración sería de quince días. El texto se completa con la concesión de las habituales franquezas y libertades a los concurrentes a la villa en estas fechas.

Alfonso X fue un monarca que manifestó un gran interés por gestionar adecuadamente el importante crecimiento económico de su época y planificar el espacio mercantil dentro de las fronteras de su reino. Una línea significativa de esta innovadora política económica consistió en dotar a los centros urbanos de los adecuados instrumentos para el trato y el negocio.

A partir de los años sesenta del siglo XIII son numerosas las concesiones de ferias a diversas villas, pero siempre bajo una concepción general ordenadora y jerarquizadora. A mediados del siglo XIII había en torno a una docena de ferias, a las que se añadieron no menos de 25 ferias nuevas antes de acabar su reinado. En la Cuenca del Duero se impulsaron las de Valladolid, confirmadas en 1263, como ferias principales, y posiblemente hizo surgir las de Alba de Tormes, Benavente, León y Salamanca para completar así las otras ferias comarcales y regionales preexistentes.

La concesión de una feria o mercado a un lugar de realengo era una prerrogativa exclusiva de la Corona, así como el fijar las franquezas y libertades para su favorable desarrollo. Otra cosa es que el rey pudiera, en el uso de sus atribuciones, ceder total o parcialmente los derechos e ingresos inherentes a la celebración de la feria a instituciones o particulares. Sobre todo ello, el propio Alfonso X estableció algunas consideraciones generales en Las Partidas:

"Ferias et mercados en que usan los homes á facer vendidas, et compras et camios non las deben facer en otros logares sinon en aquellos en que antiguamiente las costumbraron á facer, fueras ende si el rey otorgase por su previllejo poder á algunos logares de nuevo que las ficiesen. Et aun decimos que en estas ferias atales que son fechas nuevamiente, que non deben facer los señores del logar do se facen las ferias premia ninguna á los mercadores que á ellas venieren, demandándoles algunt tributo de las cosas que troxieren por razon de la feria nin de otra guisa, sinon aquellas que les otorga el previllejo por que les fue otorgada la feria. Et maguer hobiesen á dar algunt debdo conoscido, que fue de ante fecho que la feria fuese establescida, al señor de aquel logar ó á otro qualquier de los moradores en él, non los deben traer á juicio sobre ello, nin preyndarles nin tomarles ninguna de sus cosas en quanto la feria durare. Pero los pleytos et los debdos que los mercadores fecieren después que venieren á las ferias nuevas et á las otras viejas, ó los que hobieren fecho á otra parte et que prometieron de complir ó de pagar en ellas, tenudos son de los complir; et si non quisieren, puédenlos apremiar los alcalles o los mayorales de la feria que los cumplan. Otrosí decimos que si algunt home o concejo hobiere previllejo que pueda facer feria de nuevo, asi como sobredicho es, et después que lo hobiere pasaren diez años que non use dél, que de alli adelante nol debe valer".  (Partida V, tit. VII, ley III)

Muy pocos datos tenemos sobre esta feria de primavera de Benavente. Sabemos que la feria del puente de Castrogonzalo de tiempo de Alfonso IX tenía lugar en torno a la festividad de Santa Marina (18 de julio). En el caso de Benavente al relacionarse la feria con la Pascua de Resurrección no tenía una fecha concreta, sino que dependía de la movilidad de la misma.

En el Primer Concilio de Nicea (año 325) se estableció la fecha de la Pascua como el primer domingo después de la luna llena tras el equinoccio de primavera en el hemisferio norte. Esta fiesta es también conocida como Pascua Florida, Domingo de Pascua, Domingo de Resurrección o Domingo de Gloria. Marca el final de la Semana Santa pues conmemora la resurrección de Cristo al tercer día después de haber sido crucificado. El Tiempo Pascual tiene una duración de cincuenta días, que termina con el Domingo de Pentecostés.

La comunidad de comerciantes en la villa de Benavente debía ser importante e influyente a mediados del siglo XIII. Varios indicios apuntan en esta dirección. En 1256 consiguieron un privilegio de Alfonso X por el que se eximía a los mercaderes y demás vecinos de la villa de Benavente de pagar repartimiento alguno que se les echase para el servicio de los reyes, por estar muy deteriorada con las guerras y daños que había padecido en tiempos del rey don Fernando, su padre, contra los enemigos de la corona.

La creación de esta feria de Benavente debió producir algunos desajustes en los ciclos feriales de la región. La elección de las fechas en cada una de las ciudades nunca era arbitraría, obedecía a un plan preestablecido, evitando las coincidencias en el calendario. En 1273 la feria de Pascua de Pentecostés de Salamanca se trasladó al primer domingo de Cuaresma para no coincidir con la de Benavente. La concesión fue también obra de Alfonso X, parece ser que con los buenos oficios del juez salmantino don Giral. Al menos, con este nombre de "Feria de don Giral" fue conocida la feria salmantina durante mucho tiempo.

Sin embargo esta feria de Benavente no llegará a cuajar como una de las citas mercantiles principales del reino en la Baja Edad Media, pues no vuelve a mencionarse en las fuentes. Fue tal vez eclipsada por otras convocatorias de mayor progresión espacial y temporal como las de Medina del Campo y Villalón. Alusiones genéricas a las ferias benaventanas aparecen en los aranceles del portazgo, en el siglo XV, ya con la villa bajo el señorío de los Condes de Benavente. En esta época se desarrollaban dos ciclos feriales: uno en mayo y otro en noviembre.

APÉNDICE DOCUMENTAL

1254, agosto, 22. Murcia.

Carta abierta de Alfonso X concediendo al concejo de Benavente la facultad de que hagan feria una vez al año, tres semanas después de la Pascua de Resurrección durante quince días.

Archivo Municipal de Benavente, Pergaminos, 1-3. Carta abierta, Orig. Perg., 150 x 170 mm.; gótica cursiva; buen estado de conservación.

Connoçuda cosa sea a todos quantos esta carta vieren como yo don Alffonso por la gracia de Dios rey de Castilla, de Toledo, de León, de Gallizia, de Sevilla, de Cordova, de Murcia e de Jahen. Otorgo al concejo de Benavente que fagan feria una vegada en el anno (y en la) villa, tres semanas despues de la pascua de resurrecion e que dure la feria quinze dias. Et mando que todos aquellos que hy venir quisieren que vengan, salvos e seguros por todo mio regno e por todo mio sennorio con todas sus cosas (dando todos) sus derechos o les (ovieron a dar) e non sacando cosas vedadas del regno. Et mando (que ninguno non ) sea osado de les fazer fuerça nin tuerto, ca el que (lo fiziese avria la mi yra e devria pechar mia en coto quinientos) maravedies e a ellos todo el danno doblado. Et esto fago por saber que he de les fazer bien e mercet e por que la villa sea mayor e mejor e mas poblada.
Dada en Murcia por mandado del rey XXII dias andados de agosto. Fernando Iohannes la escrivio por mandado del arçediano Suero Perez en era de mill duzientos noventa e dos annos.

Escena cotidiana de una tienda en las Cantigas de Santa María (Códice del Escorial)
Privilegio de Alfonso X por el que concede la feria anual a la villa Benavente [1254]

Plaza del Grano o de los Bueyes, según fotografía de Pablo Testera