domingo, 6 de febrero de 2011

En paraje alto, saludable, y bañada de dos ríos - Una descripción de Benavente y su castillo en un tratado del siglo XVIII

Chronica Minora

En el año 1764 se publica en Santiago de Compostela, concretamente en la imprenta de Ignacio Aguayo, el primer tomo de la obra: Historia Universal de las fuentes minerales de España, sitios en que se hallan, principios de que constan, analyses y virtudes de sus aguas, modo de administrarlas y de ocurrir a los accidentes que suelen nacer de su abuso, todo deducido de la observación, y experiencia; descripción de los lugares de su situación, con una buena parte de la Historia natural del término de cada pueblo, y explicación de las curiosidades que contiene. El libro está dedicado al deán y cabildo de la Iglesia compostelana.
Portada del libro

Como su barroco título indica estamos ante un ambicioso tratado sobre las fuentes minerales de España. Su autor es uno de los padres de la hidrología española: Pedro Gómez de Bedoya y Paredes. Su largo currículo como médico y docente quedó recogido en la misma portadilla de la obra: Don Pedro Gómez de Bedoya y Paredes, Doctor en Medicina, Médico de numero de Familia de el Rey nuestro Señor, Propietario de sus Reales Hospitales General, y Passión de la Corte, Ex Examinador de el Real Proto-Medicato, Director, Secretario perpetuo, y primitivo fundador de Sociedad Médica de la Real Congregación de nuestra Señora de la Esperanza, y al presente primer Médico del Ilmo. Señor Deán y Cabildo de la Santa Metropolitana Iglesia de Señor Santiago, y Cathedrático de Cirugía, y Anathomía de su insigne Universidad.

En el siglo XVIII el empleo terapéutico de las aguas minerales estuvo muy extendido en toda España y en particular en la Corte. La creencia de que la hidrología podría encontrar remedio a muchos de los males de época llevó a evidentes excesos. A principios de este siglo hubo una gran polémica sobre la utilización del agua natural como panacea universal, de la que existe abundante documentación . La opinión de Gómez de Bedoya sobre la efectividad de las aguas naturales es muy optimista: "No hay cosa en la Naturaleza, que se acerque más a ser remedio universal, que las aguas minerales, principalmente en los males largos y rebeldes [...] dichas aguas curan las dolencias con prontitud y felicidad, sin menoscabar las fuerzas del enfermo [...] se pueden administrar a toda suerte de personas en todas edades y estaciones del año".

El proyecto inicial era inventariar un total de 1.500 fuentes minerales, presentadas por orden alfabético en un total de seis tomos. El primer tomo comprendía las letras A-B, mientras que el segundo, publicado en 1765, abarcaba desde la C a la F. Por razones que desconocemos los otros cuatro tomos no salieron de la imprenta, quedando así inéditos la mayor parte de los materiales. Para el trabajo de campo, Gómez de Bedoya contó con la colaboración de más de 3.000 informantes, escogidos entre médicos, cirujanos y boticarios de todas las villas y lugares del reino.

Consciente de lo farragoso y reiterativo del asunto central, nuestro autor aliñó los análisis de cada una las fuentes con descripciones geográficas de las poblaciones, breves introducciones históricas, leyendas, anécdotas, y noticias curiosas sobre lugares y personas. Ese interés por hacer el texto ameno y llevadero es ya reconocido en la introducción al primer tomo: "Me ha parecido escribir en forma de conversación historial, porque así se hace más amena, y deleytosa la leyenda, y en que introduzco los personages propios, para aclarar los puntos, que en ella se ventilan".

La entrada dedicada a Benavente es particularmente interesante por sus notas históricas, y por incluir una descripción sui generis del castillo. Los datos sobre las fuentes de la villa y su comarca fueron proporcionados por Tomás Cabeza Castañón, "uno de los más sabios Professores, y excelente Medico practico de la Villa de Benavente, y Pedro Merlo, Adiestro Chímico, y acreditado Boticario en ella". Curiosamente no se recogió en el texto la que hoy en día es la fuente más conocida de la villa, la llamada "Fuente Mineral de la Pradera", pues su descubrimiento se produjo después de la Guerra de la Independencia . El informe se completó con las informaciones de Francisco Vallejo, uno de los médicos enviados expresamente por Gómez de Bedoya para visitar las fuentes minerales de los reinos de Castilla y León. Es Vallejo quien visita la fortaleza-palacio de los condes y da cuenta de sus aspectos más significativos.

Retrato de Pedro Gómez de Bedoya
Llama la atención de Vallejo, como ya lo hiciera de otros viajeros y cronistas anteriores, el uso de fustes de columnas y arcos de jaspe y pórfido. También la existencia de colmillos de un elefante haciendo las veces de entrada monumental de una de las salas  y de sus restos semidisecados en la entrada del patio . Se transcriben igualmente dos epígrafes romanos existentes entonces en el Jardín de los condes. La lectura es bastante deficiente comparándola con la que propuso Ledo del Pozo algunos años después, pero al haber desaparecido los monumentos originales puede ser útil para matizar algunos detalles.

Pero uno de los aspectos más llamativos de la descripción del castillo es el apartado dedicado a su capilla. Se transcriben aquí epitafios correspondientes, entre otros, a miembros de las familias Osorio y Coco. Ningún otro autor anterior o posterior reparó en estos sepulcros, ni hace alusión a la existencia de capillas funerarias . Por el contrario, es bien sabido que desde el siglo XV los Pimentel eligieron como panteón familiar el monasterio de San Francisco de la villa, y que tanto los Osorio como los Coco contaban con espacios funerarios propios en varios templos de la villa.

Varios indicios apuntan a que, en realidad, se trata de una confusión. Así del sepulcro de la capilla mayor al lado del Evangelio se ofrece la siguiente lectura: "Aquí jace el noble Caballero Rodrigo Alvarez Ossorio, fijo de Alvar Rodriguez Ossorio. Murió mancebo en el Real, que el Rey D. Juan tuvo sobre Lisbona: dejó dos fijas".

Parece referirse el epitafio a Juan I, rey de Castilla (1379-1390). En1384 se iniciaba la guerra luso-castellana, ante las pretensiones del rey castellano por controlar el reino vecino tras la muerte de Fernando I en 1383. Paralelamente el maestre de Avis, don Joao, fue aglutinando el malestar y la oposición portuguesa al rey castellano.

El monarca Castellano respondió con un cerco sobre Lisboa (1384), mientras la flota bloqueaba el estuario del Tajo. El asedio se prolongó más de lo previsto, y con la llegada del verano la peste hizo estragos entre los contendientes, por lo que Juan I decidió levantar el cerco y retirar su flota. Poco después se reanudaron las hostilidades, y el 15 de agosto de 1385 los castellanos sufrirían la contundente derrota de Aljubarrota, fin de las pretensiones de Juan I al trono portugués. La muerte de Rodrigo Álvarez Osorio debió producirse en el verano de 1484, en los meses anteriores a la derrota castellana de Aljubarrota.

De la muerte de numerosos caballeros castellanos en el cerco de Lisboa da cuenta Pero López de Ayala: "Estando el rey don Juan en su real que tenía sobre Lisbona, la pestilencia e mortandad fue cada día cresciendo muy fuertemente, e morían muchos de los que con él estaban, en manera que del día que morió el maestre de Sanctiago fasta dos meses morieron de las compañas del rey dos mil omes de armas de los mejores que renía, e mucha otra gente".

El epitafio reproducido por Gómez de Bedoya es esencialmente el mismo que existía en la capilla funeraria de los Osorio en el monasterio de Santo Domingo de Benavente. La lectura reproducida por Almoína Mateos es la siguiente: "Aquí yace el noble caballero Rodrigo Álvarez Osorio. Murió mancebo en el Real que el rey don Juan hubo sobre Lisboa".

Igualmente los Coco contaban en el monasterio dominico con un panteón familiar, localizado entre la capilla de los Osorio, el claustro y el dormitorio del convento. Pedro Coco, regidor de la villa y alcaide de sus alcázares, en su testamento otorgado en 1487 manda enterrarse en la capilla que "he construido y de nuevo fecho e hedificado". En caso de no cumplirse sus voluntades las misas en su memoria deberían realizarse en el monasterio de San Francisco, donde estaban enterrados su padre y su abuelo.

Por todo ello cabe colegir que existió una mala trasmisión de la información entre el informante y el editor, incorporándose a la descripción del castillo párrafos de un texto más amplio que incluía la visita al monasterio de Santo Domingo.

Transcribimos a continuación el pasaje dedicado a Benavente:

"Don Thomás Cabeza Castañon, uno de los mas sabios Professores, y excelente Medico practico de la Villa de Benavente, y D. Pedro Merlo, diestro Chimico, y acreditado Boticario en ella, añadió el Dr. Quiñones, nos proveyeron de las noticias mas individuales de las fuentes cercanas a este Pueblo, confirmadas con las pruebas chymicas de todas, trabajo, que se tomaron por el beneficio publico, y por lo que son acreedores a toda alabanza. Tomaremos de las relaciones de estos, lo que importe a nuestra Historia, que junto con la que traxo D. Francisco Vallejo, uno de los dos Medicos, que de orden mia salieron a visitar las fuentes minerales de los Reynos de Castilla, y Leon, y a quien se debe en este punto todo elogio por su sabiduria, y vigilancia, serán bastantes para dar una clara idea de ellas. Convienen todos, en que la Villa de Benavente está situada a diez leguas de Zamora en tierra de Campos, en parage alto, saludable, y bañada de dos Rios. Sus Moradores se acercan a 4000., con mucha Nobleza, siete Parroquias, en las que entra la de Santa Maria, en donde está el famoso Relox, seis Conventos, los tres de Religiosos, dos Hospitales, y un Hospicio de Peregrinos. Su fundación es de Griegos, y Celtas, hecha 276. años antes de la humana redempcion.

Es hermoso su suelo, y muy abundante de Pan, Vino, pesca, carnes, caza y frutas, y muy poblada de bosques, y arboledas. Dominaronla los Romanos, haviendola conquistado su Capitan Luculo 127 años despues de su fundación. Tiene la gloria esta famosa Villa de estar regadas sus calles con la Sangre de quatro hijos suyos, que padecieron martirio en ella por la fe de Jesu-Christo, y son los Santos Procul, Domnina, Domicila, y Theodora. Tiene por armas un puente, y encima la Imagen de nuestra Señora. Ha tenido los mismos infortunios que las demás Poblaciones de España, sugetas a la dominacion de tan diversas gentes que unos la destruían, y otros la reedificaban. Esto ultimo hizo el Rey D. Fernando de León año de 1169. Casi siempre ha estado en Señorio con el titulo de Ducado, y la han tenido varias personas Reales, hasta que Enrique III (y segun otros IV) premió con ella los grandes meritos de D. Juan Alonso Pimentel, Señor de Berganza, y Viñais, cuyos dos Lugares abandonó por servir a su Magestad, y cuya merced firmó en Tordesillas en 7 de mayo de 1398 con el titulo de Condado; pero es digno de admiracion, que desde este tiempo no ha faltado Varon de esta ilustre Progenie hasta el presente. El referido Medico D. Francisco Vallejo dice, que tuvo la curiosidad de ir a ver la Fortaleza de los Excelentiísimos Señores Condes de Benavente, que es un Palacio fundado por el Conde D. Rodrigo Pimentel, muy hermoso, y de grande diversion por sus jardines, y fuentes.

El Castillo de Benavente según pintura del siglo XVIII
Despues de otras curiosidades que cuenta, dice que se halla a la entrada de la puerta del patio la armadura de un Elefante cubierta con su piel. Que hay una sala, llamada de los Linages, adornada con diferentes figuras de Hombres, Perros, Ciervos, Leones, Aves, etc, de las quales están pendientes cinquenta escudos de Armas de las Casas principales de España. Que notó dos arcos, en uno de los quales, que es de jaspe, al lado izquierdo, se vé una figura natural de un hombre recostado, dibujada de los mismo colores nativos de la piedra. Que en la puerta mas adentro, inmediata a dicha sala se hallan los colmillos del referido Elefante, que cada uno tiene de largo dos varas, y media vara de base, siendo admirable la grandeza de los demás huessos de este animal a correspondencia de estos. También noto una caña, cuyo hueco tenia casi una tercia de ancho con veinte y dos nudos, y quarenta pies de largo; pero es de advertir, que este es un pedazo solo de la caña, pues siendo propio de éllas rematar en disminución, o en cono, esta es igual en todo su largo, y de que se debe inferir qual sería su grandeza, si estuviese entera. Al subir de la escalera principal en una ventana está un poste de dos varas y media de largo, y casi una de gruesso, todo de una pieza de la piedra, llamada Porfido, que es lastima, que hay tenido la desgracia de una Centella le partiesse un pedazo. Alaba mucho este curioso Medico una Galeria muy adornada, un pozo, que hay en el patio principal, y otras muchas cosas dignas de verse en dicha fabrica. Varias curiosidades refiere de la Iglesia, y entre ellas un sepulcro, que tiene por Armas un Castillo, una cabeza de Baca, y un Armiño, orlado de un mote: Malo mori, quam foedari. Otro hay en la Capilla mayor al lado del Evangelio, que dice: Aquí jace el noble Caballero Rodrigo Alvarez Ossorio, fijo de Alvar Rodriguez Ossorio. Murio mancebo en el Real, que el Rey D. Juan tuvo sobre Lisbona: dejó dos fijas. Sus armas son dos Lobos. Assimismo en la Capilla de los Cocos hay otro, que en forma de media luna tiene esta inscripción:
Epitafio de un miembro de la familia Coco

En el Jardin de dicha Fortaleza hay tambien dos piedras escritas, que dicen:

D.M.S.
Postumiae re
criscillae. opt.
Pientisimae

D.M.S.
Postumiae
sotirae
Uxor. Opt. Sancris
Dulciisimae
P.

Son muchas, y muy exquisitas las plantas, que se crian en los contornos de este Pueblo, de modo que tiene muy poco, que embidiar a otro País; de ellas tenemos una larga relacion; pero lo mas especial es lo que dice el referido Vallejo del Lugar de Frieira, que dista tres leguas de Benavente, y es que allí se cría en tanta abundancia el Cutus Ladanifera, que sus Moradores sacan, o fabrican la masa del Ladano, o Labdano todos los años en cantidad de cien arrobas, a cuya compra concurren varios drogueros, haciendo tal comercio del, que abastecen todas las Boticas de España, y Portugal. El mencionado D. Pedro Merlo, dice, que en el año de 1752 despachó para toda la Ciudad de Cadiz, mas de 40 arrobas. Ya Vms. Ven, que este es un medicamente, que a crecido precio se nos ha trahido siempre de la isla de Creta, que es una de las del Archipielago, cuya capital es Candia, con que es preciso sea de mucho beneficio este nuevo invento, assi en el coste, como en quedarse su valor dentro del Reyno. Todos los AA. convienen en que etsa reina aromatica, de color rubio inclinado a negro, y que antes se nos trahía en pelotones, y panes, es el resudor que en el Estío dan las hojas de dicha planta, la qual solo llega a crecer dos pies, poco mas, o menos. Sus flores son bastante largas con cinco hojas de color de Rosa. Su raiz es dura, leñosa, interiormente blanca, y de fuera algo rubia. Esta arroja muchos ramos duros de un dedo de gruesso, de color obscuro, y alguna vez inclinado a ceniciento, guarnecidos de hojas verdes, puestas de dos en dos, de sabor herbaceo con leve estipcidad.

En tiempo de Dioscorides se cogia el Ladano de dos maneras. Una era hechando a pacer por entre estas plantas muchas Cabras, a cuyas barbas, y lanas se pegaba el humor de las hojas, y el que despues con peynes estraían sus dueños. Otra recogiendolo en pedazos de cuero, de donde despues lo raían, y componian; pero yo me persuado, que tan excesiva cantidad, como siempre ha salido para todas partes desde dicha Isla de Candia, no es posible, que fuesse producto de semejante impertinencia. Mas bien creo, que estos Isleños harían, y hacen lo que nuestros Españoles en Eriera, y es sacar de toda la planta en Vino tinto, o en agua un extraño, que es el Ladano, que oy tenemos en España, y con el qual logramos los mismo efectos, que con el de Creta. Esta materia resinosa, aplicada exteriormente en forma de emplasto, tiene la virtud de ablandar los tumores, cocer sus materias, atenuarlas, y resolverlas. Interiormente es corroborante, adstrigente, y anodina; y assi servia para ayudar la cocion del estomago, corroborarle, detener las destilaciones, cocer los catarros, y curar las disenterias, dado en cantidad de una dracma. Es especial en la intemperie fria del celebro, aplicado en emplasto, y lo mismo en la debilidad de estomago, y para el dolor de oidos puestos en las sienes. Hace bellos efectos en las ulceras antiguas, cavernosas, con tumor, y dureza; enmienda los vicios del Utero; y su humo preserva de la pestilencia del avre. Entra en la composicion de los balsamos apoplecticos, y en los emplastos capital, y estomacal de Charás, y en el tan celebrado para las quebraduras del Prior, o Abad de Cabrieres.

A distancia, como de tres quartos de legua de Benavente, en el termino, llamado el Peñón, y inmediata a la cuesta del monte Mosteruelo, se hala una fuente medicinal, situada en una llanada proxima al Rio Orbigo, junto al Lugar de Manganeses, cuya agua es fria, clara, sin olor, ni sabor, mana siempre en igual cantidad, pero en creciendo dicho Rio en el Invierno la cubre. El mencionado D. Pedro Merlo evaporó una arroba del agua de dicha fuente, y dice, que no le quedó en el vaso mas que una pelicula, que luego que la expuso al ayre se deshizo, sin haver podido sacar de tanta cantidad residuo alguno. Bien podemos pensar, que, segun esta apariencia, la frialdad del agua, y los efectos, que hace su virtud, son hijos del mucho Nitro que contiene. La experiencia tiene demostrado lo excelente que es para curar las enfermedades de riñones, y vegiga, haciendo evacuar lossabulos, y arenas, y serenar las irritacion de estas partes. Sirva de exemplo el grave dolor, con que se hallaba Diosio de Castro, vecino de este Pueblo, en los riñones, que no se pudo mitigar con otras medicinas, pero luego que llegó a beber media azumbre de esta agua, se desvaneció dicho dolor, y siempre que le vuelve, hace la misma diligencia, y consigue el propio efecto. D. Ignacio Gonzalez, Oficial de la Contaduría de dicho Excmo. Señor Conde de Benavente, padeciendo otro semejante cruel dolor, con la propia diligencia tuvo igual efecto, y felicidad que el antecedente. Doña Isabel de Yebra Pimentel, sumamente acongojada del referido mal lofró la misma dicha; sin otros muchos a quienes el dicho D. Pedro Merlo dice, que ha aconsejado el uso de esta agua en semejantes dolencias; y si se aplicasse con buen methodo, ayudaba de otras medicinas internas, y externas, aperientes, digestivas, y algun blando purgante, no tengo duda, que seria eficaz remedio para todas las opilaciones, Obstrucciones, Hypocondrias en temperamentos ardiente, y secos, y en la Ceaticas. En la inapetencia será muy especial, assi como en todas las enfermedades de estomago, y toda fiebre lenta, que tenga origen de la Obstruccion de alguna entraña.

A media legua de Benavente, en un prado, cerca del Lugar de Villanueva de Azuague, proxima a unos Alamos, y a orillas del arroyo de un molino, llamado Ventosa, hay una fuente, cuyo nacimiento es al Oriente, y corre hacia el Rio Esla. De esta dicen los citados Vallejo, y Merlo, que es muy clara, sin olor, fria, pero insipida, y que aunque los naturales la beban con excesso, o estando muy sudados, nunca se les ha seguido daño alguno, antes bien experimentan excessiva dissipacion de flatos. Parece, que el resiudo, que dexó esta agua en la evaporacion, es una tierra gredosa, mezclada con muy corta porcion de sal algo amarga, la cual, ni con los espiritus acidos, ni con los alkalinos, hace mutacion alguna, cuya prueba junta con las demás que se hicieron dice, que dicha sal es neutra. Esto, y la experiencia, que los naturales alegan, persuade, que esta agua es provechosa, templada al fuego, en las colicas, y Hydropesias flatulentas, vigorando su virtud con alguna medicina apropiada.

Media legua tambien distante de Benavente, en el termino de Santa Marina, y en una viña, cuyo sitio, llaman la Platera, se halla una fuente, corriendo al Oriente, muy abundante, pues sirve para regar todas las viñas vecinas. Tiene su cerco de piedra de un estado de hondo, y en ella se cria copia de Lagartijas de agua, que los naturales llaman Salamanquesas; es clara, y delgada, y su gusto muy insipido; se tiene averiguado, que bebida en mucha copia, o con grande sudor, no hace daño, y que es poderosissima para excitar el apetito. Ultimamente nos dice dicho D. Thomás Cabeza Castañon, que en la villa de Valencia de D. Juan, distante seis leguas de Benavente, en un soto a orillas del Rio Esla, se cria en abundancia la especie de moscas, llamadas Cantaridas".

jueves, 20 de enero de 2011

Un ayuntamiento excelentísimo - Benavente en la Real Academia de la Historia

Ayuntamiento de Benavente (Zamora)

Como señalan las estrictas normas del protocolo y la etiqueta, los ayuntamientos españoles pueden tener, por razones históricas, tratamientos oficiales como los de Excelentísimo, Muy Nobles, Muy Leales, Muy Ilustres, etc., sin que por ello se apliquen necesariamente sobre sus alcaldes o sobre los miembros de la corporación municipal. En la actualidad, tienen el tratamiento de Excelencia / Excelentísimo Señor (V. E. / Excmo. Sr.), los alcaldes de Madrid, Barcelona y los denominados municipios de gran población conforme al artículo 121 de la Ley de Bases del Régimen Local (Art. 124.3 Ley 7/1985)

En todo caso, no es este más que un título puramente honorífico, cuya trascendencia no va más allá del uso en el ceremonial y en los membretes de los documentos oficiales.

En 1971 el pleno del Ayuntamiento de Benavente acordó solicitar el tratamiento de “Excelentísimo”. La solicitud estaba acompañada de la correspondiente documentación relativa a su historia, arte y monumentos más significativos.

Detrás de esta iniciativa debe buscarse la personalidad siempre inquieta de Julián Cachón González, Alcalde de Benavente entre 1967 y 1973, Procurador en Cortes por el Tercio Familiar de la provincia de Zamora (1967-1971) y Diputado Provincial por el Partido Judicial de Benavente (1967-1974).
Fueron, en todo caso, años difíciles para el ejercicio de cualquier actividad pública, no digamos ya de la política, incluso para un modesto municipio "de provincias". Años en los que resultaba arriesgado compaginar el servicio y la dedicación a los convecinos con una cierta independencia de las presiones y directrices del régimen.

Benavente vivía entonces las secuelas de la época del "Desarrollismo", que había operado una profunda transformación de la sociedad española, aunque no exenta de sus contrastes y desequilibrios. Una localidad de pequeño tamaño, cabeza de una extensa comarca de orientación claramente agrícola y ganadera, comenzaba a ser ciudad y aspiraba, por tanto, a disfrutar de los servicios e infraestructuras inherentes a cualquier núcleo urbano.

El paso de Julián Cachón por el consistorio coincidió con este momento crucial y su labor se orientó desde el primer momento a poner las bases para hacer posible ese cambio. Lo cierto es que, a pesar de las menguadas arcas y no pocas zancadillas, los benaventanos pudieron asistir a una profunda transformación del entramado urbano. Se renovó el abastecimiento de aguas y la red de alcantarillado, la pavimentación de las calles se extendió a los barrios de la ciudad, se modernizó el alumbrado público, se inauguró el Parador de Turismo y se puso en marcha el Hospital Comarcal. En el capítulo cultural, debe destacarse la primera reedición de la Historia de Benavente de Ledo del Pozo y la puesta "a buen recaudo" de los pergaminos originales de los privilegios medievales de la villa.

La solicitud de la que hoy nos ocupamos acabó recalando en la Real Academia de la Historia, donde uno de sus miembros, el aragonés Amando de Melón (1895-1977) redactó un informe favorable. Su texto sería aprobado en sesión del 8 de octubre de 1971 y publicado en el "Boletín de la Real Academia de la Historia", Tomo CLXX, Número III, Año 1973, pp. 605-608. Su contenido íntegro es el siguiente:

"El Pleno del Ayuntamiento de la ciudad de Benavente, de la provincia de Zamora, a base de la moción de su Alcalde, acuerda solicitar el tratamiento honorífico de “Excelentísimo".- Es obvio decir que tal distinción, en el caso de ser concedida, recaerá en honor de la ciudad, convertida en Excelentísima al ser regida por un Excelentísimo Ayuntamiento. Por eso las piezas formativas y anexas al Expediente tratan de enaltecer la ciudad en su significado, historia y monumentos.

Creo oportuno dos previas determinaciones. Primera, a la secular villa de Benavente se le otorga la categoría de ciudad hace poco más de cuatro decenios. Tal categoría figura por vez primera bajo la rúbrica correspondiente en el Censo del año 1930. En el sentir popular todavía no ha cuajado lo de ciudad, pues aún se dice: “Benavente, buena villa, pero mala gente”, y su natural réplica no menos mordaz: “El que lo dice miente, que si buena es la villa, mejor es la gente”.- Segunda, sólo a partir del año 1834, fecha inicio de la vigencia de nuestra división provincial, aparece Benavente como pertenencia de la provincia de Zamora. Antes, encabezando el Partido de su nombre, se integraba en la provincia do Valladolid. Con la anexión del Partido de Benavente, la del Partido de Sanabria, también vallisoletano, y la porción occidental de la suprimida provincia de Toro adquiere la de Zamora su actual facies y con área casi igual a la media de las provincias españolas.

La concesión a una ciudad de título o tratamiento honorífico debe ser en función de circunstancias excepcionales de gestión y vida actuales, o de notables hechos pasados. En los mejores y más indiscutibles casos se conjuntan ambas circunstancias, jugando a la vez en la concesión de distinciones los entes geográfico e histórico de una ciudad. Sea cualquiera la estima que merecen las distinciones honoríficas otorgadas a las entidades de población o al cuerpo edilicio que las refleja, mientras subsistan, no deben prodigarse alegremente o sin fundados motivos; sólo así, por otra parte, no podrán resentirse las entidades de población o Ayuntamientos que merecidamente las lograron.

Para justificar adecuada postura respecto a la petición de Benavente se hacen necesarias algunas referencias al ser de la ciudad misma en sus aspectos geográfico e histórico. Benavente sigue en importancia vital y cifra de habitantes a la capital de su provincia. Dentro del ámbito de ésta forma en el pequeño grupo de municipios ascendentes, y así sin hiato ninguno hasta el 1960. Es por demás expresivo con referencia a la demografía de la provincia de Zamora el dato siguiente: En el periodo intercensal 1961-1960 de sus 305 municipios disminuyen de población 264, más del 87 por 100. En el 13 por 100 restante se incluye Benavente. La villa y ciudad de Benavente desde el comienzo de siglo hasta el Censo en vigencia pasa de 4.959 habitantes a 11.779. Aumento que representa un 137 por 100; quiere esto decir que en el término de setenta años ha bastante más que duplicado su población. Este cuadro de felicidad demográfica sólo ha tenido una pequeña pausa en los años 1961-1965, en cuyo quinquenio se inicia el decaer de la cifra de habitantes de Benavente, crisis, por fortuna, salvada ampliamente en el segundo quinquenio del intercensal 1961-1970. El desarrollo gigante de Benavente, acusado al máximo entre los años 1941 a 1950, obedece al hacer pie en la ciudad la industria; al nacer de factorías de las más diferentes clases. Este hecho, como es natural, repercutió en el plano o el avance lineal de la ciudad a lo largo de las principales vías do acceso. Pero el buen sentido de sus habitantes, aliado con el de sus munícipes, ha servido para marginar, en adecuadas zonas, el dominio del hierro y cemento de pretenciosas construcciones, y para conservar la fisonomía típicamente castellana y austera del cogollo de la ciudad, con demostrado celo hacia las ruinosas murallas o cercas y enteros monumentos del pasado que aún conserva. Sin perjuicio del común telón de fondo delos poblados castellanos, Benavente, al decir de Archilla-Vigil, “es una síntesis armónica y extraña de húmedas y feraces huertas con añosos edificios románicos de sabor mudéjar y rural. Cabe pensar en un sello peculiar morisco que orientase, a la par, los antiguos regadíos medievales e impusiera su nota distintiva en las construcciones de ladrillo”.

Plaza Mayor y Ayuntamiento, según una postal de principios del siglo XX

Detalle del edificio antiguo del Ayuntamiento de Benavente

Detalle del edificio antiguo del Ayuntamiento de Benavente

Por lo que respecta a su pasado, más o menos remoto, puede recordarse lo que sigue.- Benavente, según Gómez Moreno, corresponde al lugar romano de Brigecium. Hay constancia de él en el “Itineraria Adnotata”, de Antonino Caracalla y en el sector sabiamente reconstruido por Miller del “Itineraria Picta”, de Castorius, llamada corrientemente “Taula Peutingeriana”. La antigua Benavente estaba cruzada por importante calzada romana, la que iba de Zaragoza a Astorga, la llamada por Fernández Casado “Vía Transversal del Duero”. Sus escalas entre los puntos inicial y terminal eran: Allabone (Alagón), Turiaso (Tarazona), Numancia, Uxama (Osma), Clunia (Coruña del Conde), Rauda (Roa), Palencia, Intercacia (Villalpando) y Brigecium (Benavente). En la Edad Media es muy probable que el desierto estratégico del Norte del Duero, consecuente a la invasión musulmana, afectó a Benavente y su extenso contorno. A la angustia de su casi abandono se une el tenso temor a las depredaciones de Almanzor, llevadas a cabo en sus bélicas incursiones por la zona NO de España.- Goza de gran bonanza Benavente en tiempo del monarca leonés Fernando II (1157-88). El que repuebla la villa; le da su fuero; comienza la cerca o murallas, y las iglesias de Santa María do Azoque y y San Juan del Mercado. Ambas iglesias, los monumentos más famosos de Benavente, “tomaron un poco” (Gómez Moreno) de la cisterciense de Moreruela. Fernando II celebró Cortes en Benavente, y aquí murió en el año 1188.- En tiempo de su sucesor, Alfonso IX (1188-1230), que tanto apetece residir en el Castillo-Alcázar de Benavente, continua la prosperidad de la villa, de nuevo favorecida por la celebración de Cortes en 1202. Al morir Alfonso IX deja el reino de León a sus hijas doña Sancha y doña Dulce. En Benavente se data y firma la concordia (1230) del mismo nombre, por la que las reinas doña Sancha y doña Dulce renuncian, mediante crecida indemnización, a la corona heredada, en favor del hermanastro don Fernando III de Castilla.- Enrique II de Trastamara cede Benavente con el titulo de ducado a su hijo bastardo don Fadrique. En los días del primer duque de Benavente la villa es sitiada por los portugueses; la plaza resistió durante más de dos meses el apretado cerco. La conducta heroica de los sitiados fue premiada por el rey Juan I con privilegio de exención de tributos; a la vez, funda el monasterio de Santa Clara dentro de sus muros. Por defección, don Fadrique fue apresado por orden de Enrique III y murió en la fortaleza de Almodóvar, junto a Córdoba.

En 1398 el señorío de Benavente, como cabeza del condado del mismo nombre, pasa a don Alonso de Pimentel. Durante los años del IV conde, Rodrigo Alonso, alcanza Benavente su máximo esplendor. Rodrigo Alonso fue favorecido primero por Enriqne IV, que le nombró duque, y, después, por los Reyes Católicos, a quienes ayudó valerosamente. Por aquellos tiempos se anexiona al ducado Puebla de Sanabria y la Tierra de Carballeda. Continúa la prosperidad de Benavente con el quinto duque, el que hizo construir la torre denominada del Caracol, de la primera mitad del siglo XVI. El titulado Duque de Benavente era uno de la serie de los Grandes de España, creada por el emperador Carlos V como la más alta jerarquía nobiliaria.- En el avance de los siglos, la secular villa mantiene en pie entidad bastante para que en ella espejée, con más o menos intensidad, lo principal del acaecer de las pretéritas Castilla y España.- Por su importancia, no puede extrañar que en la josefina y frustrada División Prefectural de España (1810) figure Benavente como cabeza ds subprefectura, constituyendo, con las de Astorga y León, la prefectura de Astorga.

Por lo dicho, bien puede deducirse que la realidad geográfica de Benavente, aun siendo próspera, no presenta nada de singular en mérito o de posible extraordinaria estimación. Es uno de tantos lugares de Castilla con recientemente iniciada vida industrial, con vivencias abundantes, amorosamente cuidadas, de pretéritos días.

Más valen, en cambio, algunas circunstancias históricas en la pequeña ciudad en cuestión. Cabe escoger, entre aquellas, la concordia citada, la que hizo posible la pacífica y definitiva unión de Castilla y el reino leonés, que significa un primer paso importantísimo en la unificación de España, no conclusa basta el año 1512. Esto sólo, aun prescindiendo de otros valiosos hechos, basta para justificar la petición y deseo del Ayuntamiento de Benavente. Además, la concesión de tal honor puede servir de estímulo para aumentar hasta punto conveniente la tensión vital de la ciudad zamorana.
El que suscribe estima debe accederse a la petición motivadora de este informe, a la súplica del tratamiento de “Excelentísimo” al Ayuntamiento de la ciudad de Benavente. La Academia determinará, como siempre, lo más conveniente".

AMANDO DE MELÓN

Detalle del edificio antiguo del Ayuntamiento de Benavente

Detalle del edificio antiguo del Ayuntamiento de Benavente

Casa de los Rodríguez, actuales oficinas del Ayuntamiento

jueves, 13 de enero de 2011

Sol eclypsim patitur - Sobre la muerte del rey Fernando II de León en Benavente


Sepulcro tradicionalmente atribuido a Fernando II [Foto cedida por Dirk van der Eecken]

Muy pocas certezas tenemos sobre los últimos días del monarca leonés Fernando II (1137-1188). A diferencia de otros reyes medievales hispanos, las crónicas apenas proporcionan detalles sobre las causas y circunstancias concretas de su muerte. Las colecciones documentales tampoco ayudan en esta labor, pues solamente se ha conservado un puñado de diplomas reales correspondientes a las semanas anteriores o posteriores a este acontecimiento. Como señala su principal biógrafo, Julio González, dado que la cancillería real despachaba por aquellos años privilegios y donaciones con extraordinaria generosidad, es posible que buena parte de sus actos fueran anulados a la llegada al trono de su sucesor, Alfonso IX, y por tanto debieron perderse los diplomas, o bien el monarca se encontraba sumamente atareado o enfermo.

Esta ausencia de documentos ha sido suplida con no pocas elucubraciones respecto a la actividad de la familia real. A falta de datos contrastados, desde antiguo se propusieron, con más o menos fundamento, todo tipo de interpretaciones entre las que no faltan las conspiraciones y las intrigas palaciegas. Proponer una revisión crítica de las fuentes y discernir entre lo seguro y lo solamente probable son precisamente algunos de los objetivos principales de este artículo.

De las andanzas de la corte en la segunda mitad de 1187 -último año de la vida del rey pues moriría en el mes de enero del año siguiente- sabemos que el 8 de junio se encontraba Fernando en Benavente junto a su esposa Urraca López de Haro y su hijo Alfonso, de donde se desplazó a Salamanca el 13 de agosto y a León el 13 de septiembre.

En noviembre encontramos al rey en Santiago de Compostela despachando un privilegio el día 8 al monasterio de Moraime. Este documento, no recogido en la Regesta de Julio González, tiene especial interés pues otorga crédito al relato de la crónica de Alfonso X, en la versión de Florián de Ocampo, según el cual el rey leonés habría recalado en Benavente enfermo después de una peregrinación a la tumba del Apóstol: “E este rey don Ferrando [...] venie de romeria de Santiago e fino en la villa de Benavente”. Una versión ampliada de este acontecimiento fue recogida también por el erudito e historiador benaventano José Ledo del Pozo:

“... hasta que sintiéndose bastante achacoso, y que sus enfermedades le iban disponiendo a la muerte, ordenó prevenirse para este fatal golpe, pasando a visitar el cuerpo del Apóstol Santiago para el otoño de mil ciento ochenta y siete, a quien siempre había sido muy devoto y a quien había tenido favorable en todas sus batallas. Hechas por fin con devoción sus reverentes súplicas en aquella Santa Iglesia, dio la vuelta a Benavente para esperar en ella su última hora”.


Maravedí de oro de Fernando II
En Benavente debía estar la familia real en diciembre, pues el día 18 de ese mes Fernando, en unión de su hijo Alfonso y de su mujer Urraca López, “aconsejó” al concejo la enajenación de la villa de Escorriel: “Nos alcaldes et totum concilium Beneventi, pedites et milites, cum consilio et auctoritate regis domni Fernandi et filii sui regis domni Adefonsi et domne regine Urrache Luppi”.

El pergamino original, hasta hoy no publicado en su integridad, se conserva en el fondo Osuna de la Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional, pues la heredad de Escorriel acabó incorporándose en el señorío de los condes de Benavente. Desde el punto de vista diplomático no es propiamente un documento real, sino una carta de venta otorgada por el concejo de Benavente a Pedro de la Fuente y Raimundo del Poy, y por ello no cuenta con la suscripción del monarca. Aún así, nada se opone a su presencia física en este acto jurídico o en alguna actuación inmediatamente anterior. Ninguna otra carta sitúa al rey fuera de Benavente en el mes de diciembre de 1187.

La estancia del rey leonés en Benavente no era, ni mucho menos, un hecho casual en los movimientos de su corte, y ello independientemente de que este estuviera enfermo. Tanto Fernando II como su hijo, Alfonso IX, fueron monarcas en continua itinerancia. Aunque el centro político de referencia era siempre León, sede por derecho propio del solio, la estructura de la corte era muy rudimentaria y no existía un núcleo de poder centralizado. En sus innumerables desplazamientos a lo largo y ancho del reino los monarcas se apoyaron en monasterios, iglesias, residencias, castillos y palacios en tierras de Galicia, Asturias, León, Zamora y Salamanca.

El séquito debía ser bastante numeroso, sin duda superando largamente la centena de personas, pues los reyes se dejaban acompañar por miembros de su familia, los funcionarios de la casa real, los magnates de palacio y una buena representación de la nobleza, los altos cargos de la administración y de la Iglesia, en particular de los obispos. Si nos atenemos a las listas de confirmantes de los privilegios, se concluye que la nómina de magnates fluctuaba entre las 15 y 30 personas, pero todos ellos viajarían asistidos por su propio personal de servicio y su guardia privada.

Durante estos viajes se impartía justicia, se formalizaban negocios jurídicos o se concedían donaciones, fueros, mercedes y privilegios. Si la oportunidad del momento lo requería, se podía incluso reunir la "curia" o se celebraba un "concilium". Para lograr el buen funcionamiento de este peculiar aparato burocrático era necesario contar con buenas comunicaciones y una infraestructura adecuada repartida por las principales villas del reino. Los reyes disponían de palacios y residencias de su propiedad en varias villas y lugares, pero las más de las veces recurrían a los medios proporcionados por sus súbditos. Lo habitual era dormir pocas noches en un mismo lugar y cabalgar mucho hacia el siguiente destino. El peregrinar de la corte quedó perfectamente reflejado en las datas de los documentos de la cancillería.

Benavente fue uno de los hitos habituales de las rutas de Fernando II. A ello no fue ajena su privilegiada situación en un estratégico centro de comunicaciones del cuadrante noroeste peninsular y por ello fue residencia habitual durante períodos significativos de su reinado. Antes incluso de la repoblación de la villa encontramos ya diplomas reales fechados en el castrum de Malgrad. Pero será a partir de la concesión de los fueros de 1164 y 1167 cuando Benavente adquiera protagonismo en el reino. Las visitas se repiten con insistencia durante los años siguientes. En 1181 el rey reunió en la villa un concilium, en el que se ventilaron ciertos asuntos relacionados con las donaciones regias. En total, durante el reinado de Fernando II (1157-1188), se contabilizan 38 documentos reales fechados en Benavente.

En Benavente sitúa Lucas de Tuy uno de los pasajes de su “Miraculis Sancti Isiodori”. Refiere como estando el rey comiendo en la villa le llegó la noticia de que las huestes musulmanas tenían cercada Ciudad Rodrigo, acudiendo presto a su defensa. El texto del obispo de Tuy tiene el interés adicional de informar de que entre Benavente y León había entonces una jornada de camino, y que el rey tenía a su disposición un caballo para sus habituales desplazamientos.

Todo apunta a que la corte pasó las navidades de aquel año 1187 en Benavente, tal vez con el monarca ya gravemente enfermo. El último acto jurídico documentado de la cancillería regia se fecha en Benavente el 14 de enero de 1188. Ese día Fernando, con su mujer Urraca y su hijo Alfonso, donaba al obispo de Oviedo la tercia de las rentas de Avilés y de su puerto.

Miniatura de Fernando II en el Tumbo A de la Catedral de Santiago
La noticia de la muerte de Fernando II en Benavente fue recogida en el “Chronicon Mundi” de Lucas de Tuy y en la “Crónica de España” de Rodrigo Jiménez de Rada. Su testimonio fue tomado, casi al pie de la letra, por otros cronistas posteriores.

El tudense yerra en el cómputo de los años de su reinado, pues no fueron 51 sino 31. Informa además de su sepultura en la catedral de Santiago de Compostela, junto a los restos de su madre, la emperatriz Berenguela, y de su abuelo, el conde Raimundo de Borgoña:

“Caeterum rex Fernandus regni anno quinquagesimo primo feliciter consummato, obiit apud Beneventum et in ecclesia sancti Iacobi Apostoli circa tumulum matris suae, et avi sui comitis Reymundi sepultus est”.

Muy pocas variantes proporciona sobre este asunto Rodrigo Jiménez de Rada, salvo consignar adecuadamente los años del reinado:

“Caterum Rex Fernandus, annis triginta uno in regno feliciter consummatis, obiit Beneventi Era MCCXXVIII, et in Ecclesia beati Iacobi est sepultus iuxta avum suum Comitem Raimundum et Imperatricem Berengariam matrem suam”.

El franciscano Juan Gil, autor hacia 1283 de una Historia de Zamora, de una Historia de España y de numerosas biografías, también incluyó entre sus escritos una poco conocida semblanza de Alfonso IX. A propósito del padre de este rey leonés dice lo siguiente:

“Alfonso décimo, fue el tercero de los hijos del rey Fernando de León, el que murió en Benavente, en la era mil doscientos veintiocho; el abuelo de este Fernando fue el conde Raimundo. Alfonso sucedió a su padre Fernando en el reino de León y fue casi contemporáneo de Alfonso, el noble rey de Castilla que ganó la batalla de Úbeda”.

Por su parte, la “Crónica de España” de Alfonso X, según la versión de Florián de Ocampo, equivoca los años de reinado y la fecha de la defunción:

“E este rey don Ferrando fijo del enperador hermano del rey don Sancho de Castiella acabados ya con buena andança veynte e un años de su reynado venie de romeria de Santiago e fino en la villa de Benavente, e enterraonlo en la ygresia de Santiago de Galizia çerca de su abuelo el conde don Remon que yazie y e çerca la enpeletriz doña Berenguella su madre. Esto fue en la Era de mill e dozientos e veynte e ocho años, e andava el año de la encarnaçion de nuestro señor en mill e çiento e noventa años, e finco por heredero don Alfonso Ferrandez fijo deste rey don Ferrando y de la reyna doña Urraca fija del rey don Alfonso de Portogal”.

Los Anales Toledanos I son mucho más parcos en detalles:

“1188. Murió el Rey D. Ferrando, fillo del Emperador, Era MCCXXVI”.

Como vemos, ninguna de las crónicas mencionadas, las más próximas cronológicamente a los hechos, llegan a precisar el mes y el día del fallecimiento. Los días 21 ó 22 de enero han sido las fechas más utilizadas por cronistas e historiadores, probablemente basándose en los libros de aniversarios o en los obituarios de iglesias, catedrales y monasterios.

Así, en el denominado “Obituario 2" de San Isidoro de León se incorporó el “XII kalendas februarii” (21 de enero). Según revelan las características de la escritura de este manuscrito, la incorporación del registro de un fallecimiento tenía lugar inmediatamente después de conocerse el hecho:

“Obiit famulus Dei Fredenandus rex, Adefonsi imperatoris filius. Sub era Mª CCª XXVIª”.

En el “Kalendario antiguo” de la iglesia catedral del León la anotación lleva el óbito, según Risco, al 26 de enero. El texto es el siguiente:

“VII Kal. Febr. Obiit Rex Domnus Fernandus filius Adefonsi Imperatoris, qui Legionensi Ecclesie contulit Pennamiam. Era MCCXXVI”.

Tanto para San Isidoro como para la catedral del León, Fernando II formaba parte de los personajes de la familia real más cercanos a sus comunidades y especialmente benefactores de estas instituciones, tal y como ponen de relieve sus colecciones documentales.

Los últimos documentos expedidos por la cancillería remarcan la presencia junto al rey leonés del heredero, el príncipe Alfonso, y de la reina Urraca. El citado anteriormente del día 14 de enero de 1188 fue redactado en Benavente tan sólo una semana antes de su fallecimiento. Sin embargo, varios autores han defendido, sin mucha base documental, la ausencia de Alfonso en estas fechas, y sobre esta circunstancia se ha dado pie a todo tipo de especulaciones. Julio González, tal vez por no haber conocido el diploma en su integridad, llega a afirmar que ese 14 de enero el infante heredero no se encontraba presente, “sino el conde don Gómez de Trastamara y sobre todo los hermanos de la reina, don Diego López, honrado con la tenencia de Extremadura y Bierzo, y don García López, tenente de Luna y Arbolio”.

Detalle del sepulcro tradicionalmente atribuido a Fernando II [Foto cedida por Dirk van der Eecken] 
El príncipe Alfonso no era hijo de la reina Urraca López de Haro, tercera mujer del rey, sino de la infanta Urraca Alfonso, su primera esposa, hija del rey Alfonso Enríquez de Portugal y de Mafalda de Saboya. La historiografía atribuye a la reina consorte una conspiración para sentar en el solio a su hijo Sancho en perjuicio de Alfonso. Sus reivindicaciones estarían basadas en el hecho de que el primer matrimonio del rey fue anulado por el Papa Alejandro III en 1175. Los cónyuges eran primos segundos como nietos de dos hermanas, Urraca y Teresa, hijas del rey Alfonso VI. El rey se vio obligado a repudiar a su primera esposa y casó de nuevo, hacia 1178, con la noble Teresa Fernández de Traba. La portuguesa Urraca tuvo que recluirse, en plena juventud, en un monasterio de la Orden de San Juan. A partir de entonces desaparece de la esfera pública hasta que, una vez muerto Fernando II, volvemos a encontrarla en los diplomas reales al lado de su hijo ya convertido en rey.

Por tanto, a los ojos de los partidarios de Urraca López, el príncipe Alfonso sería hijo de una unión ilegítima. Perseguido por su madrastra en los últimos días del rey leonés, el joven heredero, de tan sólo 17 años, se habría visto obligado a abandonar la corte y buscar refugio en Portugal, donde de camino conoció la muerte de su padre.

El principal interés de Urraca López se centraría en preservar los lugares correspondientes a su dote matrimonial, sobretodo Aguilar y Monteagudo, y mantener a sus hermanos Rodrigo, Diego y García en el disfrute de altas responsabilidades en palacio. Su protagonismo en la corte, y por consiguiente la influencia castellana en el reino, adquirió especial trascendencia después de su matrimonio con Fernando II hacia el mes de mayo de 1187. Anteriormente, en 1183, había recibido de manos del rey toda la tierra de Villamor, la de Burón, Omaña y Vignao “pro bono seruicio quod mihi fecistis cum corpore, castellis et hominibus vestris”. Pero además, aprovechando la debilidad del rey hizo cuanto pudo por sentar a su hijo Sancho en el trono.

La versión más acabada de esta interpretación fue ya expuesta por Enrique Flórez en su “Reynas católicas”. En la semblanza de la tercera esposa del rey leonés, Flórez presenta a Urraca López de Haro como una mujer maquinadora y ambiciosa:

“El recelo de que el hijo de la primera muger no la miraba bien, no estaba mal fundado; porque Doña Urraca, impelida del amor de sus hijos, se portó con él de la primera como madrastra. Llegó a tanto la contradicción de la Reyna, que el Príncipe D. Alfonso no lo pudo sufrir, y resolvió irse a vivir con su avuelo a Portugal. En efecto ya iba a passar el río Tajo, quando le llegó la noticia de haver muerto su padre. Volviose al punto a León, y estando ya pacífico en el Reyno (concluidas las guerras que tuvo con el de Castilla, después de casar con su hija Doña Berenguela) resolvió quitar a la madrastra los Lugares que su padre la dio, y así lo llegó a efectuar después de mil disgustos”.

Pero los diplomas no dejaron huella de estos movimientos. Si esa conspiración realmente existió debió fraguarse en Benavente en los últimos días del año 1187 o producirse una vez muerto el monarca, pues hasta entonces los actos jurídicos se despachaban con total normalidad y con la familia real al completo. Es cierto que una vez muerto Fernando la madrastra Urraca desaparece del lado del nuevo rey, siendo reemplaza en las intitulaciones por su madre biológica. Igualmente los López de Haro son sustituidos en el disfrute de tenencias y cargos de la corte por nuevas personas de confianza de Alfonso. Pero todo esto puede inscribirse dentro de la discrecionalidad con la que los reyes nombraban y relegaban a sus personas afectas. Pocos años después volvemos a encontrar a Diego López y García López al frente de tenencias y oficios palatinos.

Una vez muerto el rey, se produciría a continuación, y con muy pocos días de intervalo, la ceremonia de la coronación del heredero. No contamos con ningún detalle sobre ello ni tampoco sobre el lugar elegido, pero debemos pensar en un ceremonial muy similar al descrito por las crónicas para otros reyes anteriores. En una venta a San Marcos de León, escriturada el 29 de enero de 1188, se consigna ya el gobierno efectivo del nuevo rey: “Regnante rege domno Adefonso Legione, Strematura, Gallecia et in Asturiis”. El primer diploma conocido de la cancillería de Alfonso IX está fechado en las inmediaciones de Ribadavia, cerca de Orense, el 14 de febrero de 1188. Este lugar, aunque próximo a la frontera portuguesa, no es ciertamente la forma más directa de llegar al reino vecino desde Benavente. Es evidente que existen importantes detalles de toda esta trama que se nos escapan por completo.

Sendos diplomas del monasterio de San Martín de Castañeda, fechados en el mes de febrero de 1188 sin concretar el día, dan a entender que todavía estaba muy presente el fallecimiento del rey leonés, tal vez porque se estaban celebrando las exequias, o al menos permanecía vigente el luto. “Rege Fernando obeunte et filius eius succedente” y “Facta carta Era MªCCªXXVIª mense februario ad obitum regis Fernando. Regente rege Ildefonso in Legione, Gallecia, Asturiis, Extremadura”. Otro documento más del año 1188, de este mismo monasterio, vuelve a referirse al acontecimiento: “Facta karta in era Mª CCª XXª VI anno quo mortuus est rex Fernandus et filius eius accepit regnum”.

La muerte del rey daría lugar al despliegue de toda la parafernalia tradicional: las muestras públicas de dolor y los cantos luctuosos. En el imaginario medieval el monarca debía ser universalmente llorado por sus súbditos. Es el fenómeno de la muerte como herramienta de propaganda política utilizada por cronistas o poetas. La ocasión era propicia para la composición de poemas y elogios fúnebres. Conserva la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia un planctus dedicado a nuestro rey inserto en un códice de mediados del siglo XIII. Su origen debe buscarse, tal vez, en el propio círculo áulico. Está escrito en el usual canto monódico latino y tiene por título “In obitum Ferdinandi, Regis Legionensis”. Comienza con los versos “Sol eclipsim patitur ex mortis objectu” (El Sol sufre un eclipse ante la contrariedad de la muerte).

La elección de la catedral de Santiago como lugar de enterramiento responde a un deseo inequívoco manifestado públicamente por el monarca de crear junto a la tumba del Apóstol un nuevo panteón real. Indicios de ello encontramos ya en 1180, cuando Fernando II, con el consejo de su curia reunida en Benavente, confirma a la iglesia de Santiago las donaciones anteriores y la cancillería, capellanía y sepultura reales, tanto para él como para sus sucesores: “Confirmo et concedo ipsi aecclesiae cancellariam, capellaniam et sepulturam meam et sucessorurum meorum”. Para la sede gallega este privilegio supondría una considerable inyección económica, pues al margen del prestigio inherente a la presencia del panteón real, la sepultura de los reyes significaba también la asignación de cuantiosas mandas piadosas para su mantenimiento y asegurarse durante años la realización de prácticas litúrgicas para su descanso y memoria. Serviría, además, para atraer nuevas donaciones y peticiones de enterramiento por parte de otros personajes ilustres.

Estas decisiones no deben sorprender pues el rey leonés mantenía una especial vinculación con las tierras gallegas. Santiago rivalizaba desde hacía tiempo con León como los dos principales centros de la monarquía leonesa, especialmente desde la elevación de aquella a arzobispado en 1120 por el papa Calixto II. Allí había pasado sus años de juventud, educado en el círculo del magnate Fernando Pérez de Traba, y allí contaba con sus apoyos políticos más sólidos. En Santiago encontramos con relativa frecuencia a la corte, unas veces por exigencias políticas, pero también indudablemente por motivaciones religiosas. Igualmente debe tenerse en cuenta el impulso dado por la Corona a la construcción de la basílica, el mecenazgo sobre el maestro Mateo y su impronta sobre el Pórtico de la Gloria, aunque el rey no llegaría a ver la colocación de sus dinteles en abril de 1188. En fin, bajo la advocación del Apóstol fue puesta la milicia de los “fratres de Cáceres”, esto es la Orden de Santiago.
Epitafio de Fernando II, según Gil González Dávila

AQUI YAZE EL REY DON FERNANDO EL
SEGVNDO DE LEON, HIJO SEGVNDO DEL
EMPERADOR DON ALONSO RAMON, Y
DE LA EMPERATRIZ DOÑA BERENGVELA,
SV PRIMERA MVGER: FALLECIO EN LA
VILLA DE BENAVENTE ERA 1226. Y MAN-
DO SEPVLTARSE EN ESTA CAPILLA,
JVNTO A SV ABVELO EL CONDE DON
RAMON DE BORGOÑA, Y SV MADRE LA
EMPERATRIZ DOÑA BERENGVELA.

La intención de enterrarse en Santiago no parece que implicara un deseo consciente de relegar el panteón de San Isidoro de León a un papel secundario. Según la distribución de las sepulturas descrita por Ambrosio de Morales y Prudencio de Sandoval, allí estaba enterrada su hermanastra la infanta Estefanía, hija de Alfonso VII, y allí se sepultaría su segunda esposa, Teresa Fernández de Traba, muerta a resultas de un parto en 1180, y al menos dos de sus hijos, los infantes García y Fernando. Por otra parte su padre Alfonso VII ya había roto la tradición familiar al enterrarse en Toledo.

Fernando II continuó haciendo importante dádivas a San Isidoro después de haber elegido sepultura en Santiago. Entre 1181 y 1187 se contabilizan hasta ocho privilegios reales en el archivo isidoriano. En realidad, el monarca leonés dotó rica y reiteradamente todas aquellas iglesias que albergaban la sepultura de sus antepasados. Esta circunstancia une San Isidoro con las catedrales de Santiago, León, Oviedo y, con el traslado de los restos de Ramiro III desde Destriana a Astorga. En todas ellas se ha reconocido la existencia de una importante actividad constructiva.

Pero tras la muerte del rey en Benavente, los planes no debieron llevarse a cabo según lo previsto. El 4 de mayo de 1188 su hijo Alfonso IX relataba desde Zamora como a pesar del deseo inequívoco manifestado por su padre de recibir sepultura en Santiago, personas no identificadas se habían apoderado con violencia del cuerpo para enterrarlo en otro lugar. Alfonso tuvo que intervenir para no quebrantar la última voluntad de su progenitor:

“Inter quos ipse progenitor noster in necessitatibus suis et triumphis expertus sepius eiusdem Apostoli presidia miraculosa, et eius accclesiae plurimum adiutus obsequiis liberalitate regia larguis eam ditavit et extulit oblationibus; et ad ultimum in eodem loco corpori suo eligens sepulturam, ei commendauit animam in aeterna retributione Domino presentandam, quem dum uixerat sibi et regno patronum elegerat. Quidam, tamen, presumptione temeraria magis quam ratione inducti, per uiolentiam corpus eius rapientes alibi condiderant, sed nos, attendentes quod nec ultima eiusque tam rationabilis fuerat uoluntas mutanda aessaet, nec orationum sibi tollenda beneficia, que celebriora apud predicti Apostoli aecclesiam quotidie exhibentur, optatam sibi restitui fecimus sepulturam et impetrauimus, auxiliante Domino et gloriosissimo eius Apostolo, quid in eius ecclesia, quia iuxta ipsius Apostoli tumbam, sub honore regio et debita reuerentia sepeliretur, exoptantes super omnia promereri ut idipsum nobis diuina clementia dignetur concedere quod ad extremi iudicii diem de loco illo apostolico corpore in ultima resurrectione sub eiusdem Apostoli presentemur intercessione”.

Se ha visto siempre en este episodio la mano oculta de la reina Urraca López de Haro, madrastra de Alfonso IX, quien habría actuado movida por un último intento -fallido a la postre- de preservar los derechos al trono de su hijo Sancho. Ese lugar donde se ocultó temporalmente el cuerpo del rey sería León, tal vez San Isidoro, bajo la custodia de los canónigos, con la cercanía de la reina, la protección proporcionada por los López de Haro y el bando castellano infiltrado entre los miembros de la antigua curia de Fernando II. Si el cuerpo se llevaba a Santiago la suerte del reino estaría ligada a la voluntad de su todopoderoso arzobispo, Pedro Suárez de Deza, y la nobleza gallega, abiertamente partidarios de Alfonso IX.

En cualquier caso, esta conspiración tuvo muy poco recorrido, pues se limitó necesariamente en el tiempo entre el 21 de enero de 1188, fecha de la muerte de Fernando II, y el 4 de mayo de ese mismo año, cuando ya se nos informa de que está sepultado con todos los honores en la catedral Santiago de Compostela junto a su madre, la reina Berenguela muerta en 1149, y a su abuelo, Raimundo de Borgoña, fallecido en 1107, esposo de la reina Urraca I.

El rastro de Alfonso IX en sus primeros días de reinado nos muestra un viaje desde Galicia hacia las tierras del sur del reino: el 14 de febrero en Burgo de Francelos de Ribadavia, 23 de marzo en Villafranca, 27 de abril en Benavente, 29 y 30 de abril en Toro y 4 de mayo en Zamora. Probablemente alguno de estos hitos tenga que ver de alguna manera con la recuperación del cuerpo de su padre y su traslado a Santiago.

El primitivo panteón de los reyes de la catedral compostelana se construyó en un espacio del brazo norte del crucero, en la conocida como capilla de San Lorenzo. En 1211 Alfonso IX entregaba el diezmo de las marcas que se le pagaban en Compostela para dotar a un presbítero que habría de celebrar una misa diaria en el altar de esta capilla recientemente construida: “in loco ubi pater meus rex domnus Fernandus, bone memorie, sepultus est altare in honorem Sancti Laurencii construxistis et statuistis ut pro animabus imperatoris, aui mei, et iam dicti patris mei, necnon parentum et auorurn meorum”. A pesar de las referencias documentales, muy poco sabemos sobe la configuración de este ámbito funerario, ni como se compartimentaba dentro del extremo del crucero.

Aquí se mantuvieron los sepulcros reales hasta que como consecuencia de una remodelación del siglo XVI, en tiempos de Carlos I, se trasladaron a su actual emplazamiento, la llamada Capilla de las Reliquias, junto a la nave sur. Cuando Ambrosio de Morales visitó la catedral en 1572 ya se había producido ese traslado. El cronista de Felipe II advirtió la falta de títulos identificativos y, por tanto, contribuyó a aumentar las reservas hoy existentes sobre sus correspondencias:

“Los Reyes que están enterrados en esta Santa Iglesia tuvieron capilla en el crucero al lado del Evangelio, detrás la puerta alta del crucero, que sale a las casas del Arzobispo; mas porque ocupaba y afeaba allí la Iglesia, y tampoco no era lugar muy honroso, el Emperador, que está en el Cielo, dio licencia que se pasasen a la capilla del Cabildo, que llaman agora de los Reyes. Todos están en sus tumbas de piedra altas, que en la otra capilla tenían repartidos a los lados del altar por este orden. Al lado del Evangelio el Rey Don Fernando de León, hijo del Emperador Don Alonso, y hermano de Don Sancho el Deseado. Cabe él está su hijo el Rey Don Alonso de León, padre del Rey Don Fernando el Santo. Las sepulturas no tienen títulos ningunos, mas entiendese ser de los Reyes ya dichos, por haberse entendido y conservado así por tradición de unos en otros”.

Hacia 1625-1630 el Panteón Real fue reformado, convirtiéndose en la actual Capilla de las Reliquias. Tiene acceso desde el vestíbulo de la nave sur por una puerta de arco mixtilíneo de sabor salmantino. Sobre ella campean las armas del linaje de los Fonseca y una calavera en la clave. Es este un espacio abovedado con influencias del gótico francés, presidido originariamente por un magnífico retablo manierista, hoy prácticamente perdido. Debió ser en este momento cuando se añadieron a cada uno de los monumentos nuevos epitafios, pero con argumentos no bien conocidos. Gil González Dávila transcribió todos los epígrafes, entre ellos el de Fernando II, en su “Teatro eclesiástico de las iglesias metropolitanas y catedrales de los reynos de las dos Castillas”, publicado en 1640:

AQUI YAZE EL REY DON FERNANDO EL
SEGVNDO DE LEON, HIJO SEGVNDO DEL
EMPERADOR DON ALONSO RAMON, Y
DE LA EMPERATRIZ DOÑA BERENGVELA,
SV PRIMERA MVGER: FALLECIO EN LA
VILLA DE BENAVENTE ERA 1226. Y MAN-
DO SEPVLTARSE EN ESTA CAPILLA,
JVNTO A SV ABVELO EL CONDE DON
RAMON DE BORGOÑA, Y SV MADRE LA
EMPERATRIZ DOÑA BERENGVELA.

El trasiego de los cuerpos de los reyes por los distintos espacios de la basílica debió dejar su huella en los monumentos funerarios. López Ferreiro dice a propósito de la imagen tradicionalmente identificada con Fernando II: “Esta estatua debió sufrir en el transcurso del tiempo graves mutilaciones. La cabeza es una restauración harto moderna y muy poco disimulada”.

Con estos epitafios de nuevo cuño, pintados sobre la piedra, y las correspondientes atribuciones permanecieron los sepulcros reales hasta el pasado siglo XX. En la actualidad unas pequeñas cartelas metálicas informan escuetamente a los visitantes sobre su identidad. Pero no han faltado propuestas de modificación de la jerarquía y prioridad cronológica de las efigies sepulcrales compostelanas. Serafín Moralejo Álvarez, basándose en criterios fundamentalmente estilísticos, propuso una revisión de la correspondencia tradicional entre sepulcros y monarcas, de forma que la escultura del yacente atribuida a Fernando II correspondería en realidad a Alfonso IX, y viceversa.

Moralejo sostenía que la apariencia más arcaica del bulto de Fernando II no era más que una regresión dentro de una “tendencia a aplastar el bulto, a potenciar el grafismo preciosista y las orlas decorativas, y a vaciar los rostros de su contenido individual”. Esta pieza, junto con la de la reina doña Berenguela, serían de una fecha próxima a 1240, y por tanto cercanas a la muerte de Alfonso IX en 1230.

En cambio, el sepulcro atribuido hasta ahora a Alfonso IX sería más próximo a los mejores momentos creativos del taller de Mateo, en particular dentro de la influencia de las figuras del Pórtico de la Gloria, pero sobre todo de las que decoraron el primitivo coro pétreo. Destaca por el vigoroso naturalismo de miembros y vestiduras, y responde con mayor fidelidad a la figura del Alfonso IX a caballo retratada en el Tumbo A de la catedral de Santiago. Así pues podría fecharse entre 1210 y 1215, coincidiendo con una reorganización del Panteón real de la que se dan algunos detalles en el documento citado en 1211. Esta reforma sería la que llegó hasta el siglo XVI, antes del traslado a su actual emplazamiento en la Capilla de las Reliquias.

Ambos bultos sepulcrales constituyen una novedosa evolución hacia el goticismo con respecto al modelo de enterramiento real y de miembros de la nobleza. Son yacijas de piedra lisas sobre las que se encuentra la estatua yacente del rey ataviado con túnica, rico manto orlado y ceñida la frente con corona real de pedrería. Su cabeza reposa sobre almohada. Se nos muestra con cabello acaracolado y la barba bien perfilada. El brazo derecho se sitúa a la altura de su cabeza, mientras que su mano izquierda, provista de anillo, se acomoda sobre el vientre. Como corresponde a un rey caballero y guerrero, sus calzas están provistas de espuelas.

Son cuerpos abandonados a la inercia del sueño, no estatuas recostadas como gran parte de las efigies sepulcrales medievales. Los difuntos aparecen ligeramente vueltos con su cabeza hacia el espectador, llevándose una mano, con un extremo del manto, a la mejilla y el otro extremo a la mano sobre el vientre. Su actitud es durmiente, como ocurre con otros asuntos de la iconografía románica (Salomón, José, María en la Natividad, etc.), pero no aplicados hasta ahora a contextos funerarios.

Esta escenografía es de alguna manera una plasmación en imágenes de los versos del bello planctus compuesto en el óbito de Fernando II. El rey duerme, en la esperanza de su vuelta a la vida: “dum mors in vitam vertitur”. Para Manuel Núñez Rodríguez es este un aspecto que recorre todo el pensamiento medieval. El rey no muere, puesto que la vida de un monarca es la de un pueblo y éste no puede vivir sin rey. De ahí la verbalización de su rostro con el gesto del sueño en el lecho que honra su memoria.

jueves, 16 de diciembre de 2010

La mirada del hombre alado - Mateo en la portada sur de San Juan del Mercado de Benavente

Mateo evangelista en San Juan del Mercado de Benavente

No siempre resulta fácil explicar por qué una obra de arte es particularmente querida o merece un tratamiento privilegiado desde la óptica del crítico o el historiador. Quizás sea una simple valoración subjetiva, fruto de una primera impresión, de la formación previa recibida o de las vivencias personales que acaban lastrando al espectador. En cualquier caso, es muy recomendable, de vez en cuando, comentar una obra apartando a un lado los academicismos y dejándose llevar por el puro goce estético.

Con este espíritu se propone ahora un acercamiento a una de las esculturas que adornan la portada sur de la iglesia de San Juan del Mercado de Benavente, concretamente la imagen del evangelista Mateo. Se encuentra en la mocheta derecha que soporta el dintel de la puerta y el tímpano. Sin duda, la figura mejor resuelta, desde el punto de vista plástico y técnico, de todo el conjunto escultórico de la Adoración de los Reyes.

Cuando nos enfrentamos con una obra románica, siempre concebida en clave religiosa, no sólo debemos desentrañar su iconografía y adoptar el punto de vista de su artífice. También es preciso situarse en el escenario de un espectador de los siglos XI al XIII.

Como ya advirtió San Bernardo en su célebre “Apología a Guillermo de Saint Thierry”, a través de las imágenes se podía aleccionar a los ignorantes y conseguir una mayor devoción de los feligreses. Pero a pesar de esta condición de la portadas románicas de “Biblias en piedra”, no siempre contamos con todas las claves para descifrar el mensaje que se quiere transmitir, seguramente porque se suelen entremezclar los textos canónicos, con las hagiografías, los Evangelios apócrifos, otras tradiciones de la Iglesia e incluso relatos profanos.

Comparece aquí nuestro evangelista Mateo bajo una de las apariencias más socorridas de su iconografía al uso: la del hombre alado. Fue San Jerónimo quien fijó con precisión el simbolismo particular de cada uno de los evangelistas, asignando a Mateo el ángel que tenía el rostro de hombre, símbolo de la inteligencia, en alusión a que en el comienzo de su evangelio reconstruye la genealogía humana de Cristo.

Mateo es identificado en los evangelios sinópticos como Leví, hijo de Alfeo, publicano y recaudador de impuestos en Cafarnaúm (Mateo 9:9, Marcos 2:14, Lucas 5:27-29). Según el testimonio del propio evangelista “Jesús, al irse de allí, vio a un hombre llamado Mateo en su puesto de cobrador de impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. Mateo se levantó y lo siguió…” (Mt. 9, 9). Así en la representación del tetramorfos del Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, Mateo, en lugar de escribir su evangelio apoyándose en su símbolo parlante, como hacen sus tres compañeros, lo hace aparentemente sobre un cofre, en alusión probablemente a su antiguo oficio.




Como uno de los evangelistas, San Mateo es representado de manera genérica con túnica y portando un libro o un rollo escrito. Pero en la interpretación literal de la visión de Ezequiel su símbolo específico es el hombre, un mero rostro humano, no un ángel: “El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo era semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre; y el cuarto era semejante a un águila volando”. (Ez. 1.5-10; 10.14). Así en el Pórtico del Paraíso de la sede orensana encontramos la estatua-columna de Mateo bajo su apariencia específícamente humana, con su evangelio abierto, pero sin alas. En cambio, el Mateo del tetramorfos de la puerta sur de Santa María del Azogue de Benavente despliega sus alas aparatosamente.

La escultura de la portada de San Juan presenta un aceptable estado de conservación. Se aprecian algunas pérdidas en la nariz, que está rota, los labios, y ciertos dedos, tanto de la mano derecha como de la mano izquierda. En cualquier caso, su aspecto es mucho más saludable, desde luego, que otras figuras peor tratadas por el tiempo, como la serie estatuaria que puebla los derrames de las jambas.

Los últimos trabajos de restauración han permito recuperar algunos restos de la policromía y la reparación o reposición de los morteros de rejuntado. Los colores son perceptibles, por ejemplo, en el iris del ojo izquierdo, las manos, las alas y la propia mocheta. Los tonos empleados fueron el rojo, azul, verde claro y amarillo, pero es el rojo el más identificable en la actualidad. Es evidente que el Sol del Mediodía es el principal responsable de la perdida de la pigmentación, pues las zonas más protegidas de la luz y la intemperie han ralentizado notablemente el deterioro natural de la piedra.

En la restauración del templo por Ferrant se modificó la cubierta de la portada y se hizo un recrecido del paramento en la zona superior del arco ojival. Estas modificaciones han permitido subsanar las posibles filtraciones del agua de lluvia desde la cubierta. La degradación principal ha consistido en la pérdida de la policromía y en la rotura de la piedra por laminación, con la acumulación de depósitos blancos tanto en su interior como en el exterior.

La figura aparece de medio cuerpo, surgiendo de entre las nubes. Su cabeza es redondeada, bien proporcionada en relación al cuerpo y de largo cuello. El rostro joven, imberbe, de ojos prominentes, mentón saliente, cejas marcadas y nariz recta. Su pelo, de bucles acaracolados, resulta algo sofisticado, pero está primorosamente trabajado con el cincel. La forma de resolver la cabellera recuerda notablemente a la del Profeta Daniel de la catedral compostelana.

La boca insinúa una media sonrisa, apenas perceptible, y parcialmente velada por los desperfectos de la piedra. La posición altiva de su cabeza, ligeramente girada hacia su izquierda, enfatiza el efecto de mirar fijamente al espectador y le otorga un aire sereno, pero grato y amable.

El gesto del hombre alado es natural y dinámico, con una lograda sensación de movimiento, muy alejado del hieratismo y la frontalidad de otros personajes de esta misma portada. Logra zafarse de las rigideces del limitado marco arquitectónico y sugiere el diálogo con el observador.

Por el contrario, el tratamiento de las alas es absolutamente simétrico y denota arcaísmo. Los detalles de las plumas están resueltos con un motivo decorativo de retícula geométrica. Viste túnica de pliegues gruesos, paralelos y volumétricos. La caída natural de las telas proporciona elegantes efectos de luces y sombras. La indumentaria muestra amplias mangas, que caen bajo la muñeca describiendo anillos concéntricos y formas cónicas. La forma de perfilar el escote recuerda a los característicos escotes de embudo de frente plano, presentes en la serie estatuaria del Pórtico de la Gloria.

Las manos son grandes, de dedos largos y desgarbados, pero muy expresivos. Sostiene con su mano izquierda, por bajo, su principal atributo: el libro abierto, mientras con el dedo índice de la mano derecha muestra al espectador su nombre y las primeras palabras de su evangelio:

MATEVSLIB[ER]
GEN[ER]ACIONIS


La genealogía de Jesús ocupa los primeros versículos del primer capítulo del evangelio de San Mateo, de hecho, es este precisamente su inicio: “Liber generationis Jesu Christi filii David, filii Abraham”. (Libro de la Generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham). Mateo afronta el relato de la vida de Jesús presentando su linaje familiar.

Dado que la llegada de un Mesías había sido un tema recurrente de diversas profecías formuladas en el Antiguo testamento, nuestro evangelista pretende demostrar que Jesús de Nazaret fue, efectivamente, aquel de quien Moisés y los profetas dieron testimonio. Como el Mesías tenía que proceder necesariamente de la descendencia de Abrahán (Gén. 22:18; Gál. 3:16), el padre de la nación judía, y de David, fundador del linaje real (Isa. 9:6-7; 11:1; Hech. 2:29-30), Mateo cree demostrar con su genealogía que Jesús es descendiente de tan ilustres personajes.

Los antiguos exégetas de los textos bíblicos, como Agustín de Hipona, creyeron tradicionalmente que este libro fue el primero en escribirse de los Evangelios sinópticos y, por eso, siempre se antepuso a los otros tres en las ediciones del Nuevo Testamento. Sostenían que Mateo escribió el Evangelio en Palestina poco antes de la destrucción del Templo de Jerusalén, en el 70 d.C., y lo habría hecho en hebreo o arameo en atención a los judíos convertidos al cristianismo. Hoy en día la mayoría de los expertos no sólo dudan de estos asertos, sino que cuestionan la autoría del propio Mateo.

En definitiva, por la factura técnica y el ritmo compositivo estamos ante la pieza más recomendable de toda la portada. Revela el virtuosismo de un maestro, pero también el respaldo de un taller. Son notables las diferencias de calidad y estilo observables entre las distintas figuras de esta portada, sin duda consecuencia de la participación de varias manos, pero también, posiblemente, reflejo de varios momentos de realización.

Nada sabemos sobre la autoría, ni de las circunstancias históricas que rodearon su confección. La identificación que se ha hecho alguna vez con el “Magister Giraldo” del fuero de Benavente de 1167, o con el epitafio de cierto “Giral Aime” existente en esta misma portada, no pasa de ser una sugerente hipótesis.

Por su naturalismo, su riqueza formal, el alargamiento de los cánones, la levísima sonrisa y los pliegues cuidados, nuestro hombre alado se aproxima a las formas protogóticas del último cuarto del siglo XII y comienzos de la centuria siguiente.

Es el llamado arte del 1200, un estilo de notable proyección en los territorios de Galicia y León, que en el aspecto escultórico tantas veces se ha relacionado con la escuela del maestro Mateo y todas sus secuelas repartidas por el noroeste de la Península. Sus fuentes de inspiración y los paralelos existentes son muy variados. Se ha destacado su ascendiente borgoñón, de Saint-Denis y Chartres; influencias de Italia, probablemente, de Provenza, de Saint Gilles-du-Gard, así como destellos del arte islámico y e hispanocristiano.

Pero el maestro Mateo -de quien en todo caso existen muy pocas certezas- no es más que la cabeza visible de una generación de escultores y arquitectos de gran calidad. Son los protagonistas de una notable renovación de las concepciones estilísticas e iconográficas del arte románico, bien sea para ornar construcciones de nueva planta, bien sea para embellecer otras heredadas de épocas anteriores.

Establecer las filiaciones estilísticas y cronológicas entre los principales centros de producción artística del Reino de León y los centros secundarios de ámbito más rural es tarea ardua y compleja. Que las obras consideradas más sublimes y modélicas, aquellas incorporadas a la edilicia más representativa del reino, influyeron en los canteros y escultores de los talleres locales es evidente. Pero identificar con precisión dónde se encuentra el original y dónde comienza la copia, o la imitación, es una empresa tan arriesgada como estéril, entre otras cosas porque nos faltan piezas del puzle y obras estilísticamente similares pueden ser ramas de un tronco común.

En Benavente es esta una época de notable impulso constructivo y de sugerentes iniciativas artísticas. Se corresponde con los reinados de Fernando II (1157-1188) y Alfonso IX (1188-1230). Dos reyes leoneses, padre e hijo, que tanto influyeron en la repoblación de la nueva villa, en la configuración urbana y en la proyección sobre su alfoz. En el corto período que abarca los años 1181-1230 tenemos noticias de la edificación de un buen número de parroquias en la villa, pero de todas ellas solamente han llegado a nuestros días dos: Santa María del Azogue y San Juan del Mercado.

Las dos únicas referencias cronológicas seguras sobre la edificación de la iglesia de San Juan del Mercado proceden de los años 1181 y 1182. Se trata, por un lado, de un documento por el que doña Aldonza, hija del conde Osorio y la condesa Teresa, cede a la Orden de San Juan los derechos sobre la iglesia en construcción y, por otro, una breve inscripción grabada en el zócalo del pasillo que comunica la Capilla Mayor con el ábside norte: ERA MCCXX KALS A. (Era 1220, calendas de abril o agosto).

Por estos mismos años la suscripción en alguna carta benaventana de cierto “Fernandus Martini presbiter Sancti Ihoannis” podría indicar que la iglesia estaba ya en uso. Más tardía y problemática, con respecto a la situación real del templo, es la noticia de un documento fechado en Benavente en 1211 "in atrio domus Hospitalis de Benavento".