martes, 19 de octubre de 2010

Retazos de pergamino viejo - El Beato de Osma y el monasterio de Carracedo

1. Mapa mundi del Beato de Osma (fol. 34v.-35r)

El llamado Beato de Osma es un valioso códice que recoge los célebres Comentarios al Apocalipsis atribuidos tradicionalmente al presbítero Beato de Liébana. Se custodia en el Museo Catedralicio y Diocesano de Burgo de Osma, instalado en dependencias del entorno del claustro. Es, indudablemente, la joya más preciada de la catedral.

Las medidas del libro son 360 x 255 mm. Consta de 166 folios escritos en letra visigótica a dos columnas de 43 líneas. Conserva 71 miniaturas, de entre las cuales la más difundida internacionalmente es la famosa representación del mapamundi a doble página en los folios 34v-35r.

Con el propósito de ilustrar la dispersión geográfica de los apóstoles por todo el ecumene, o mundo conocido en la Antigüedad, se incluyó en los Beatos un mapamundi derivado, en buena medida, del cartograma isidoriano. En él se mostraban las sortes apostolorum o lugares donde los discípulos de Jesús habían predicado. El reproducido en el códice de Osma es uno de los más completos que existen. Su forma es circular, con un Paraíso regado por cuatro ríos y el busto-retrato de los doce apóstoles. Cada uno de ellos está asentado sobre su presunto lugar de evangelización, acompañado de un rótulo identificativo.

La geografía de la Península Ibérica es especialmente detallada en la región de la "GALLECIA", sin duda recuerdo de la antigua provincia o circunscripción romana y altomedieval de la "Gallaecia". La figura de Santiago el Mayor, "S. Iacobs aps.", se asienta sobre un santuario en las proximidades de lo que se entiende es el faro de La Coruña, "Faro". Los ríos Miño, "F. Minneus", y Duero, "F. Durius", y el territorio de Asturias, "ASTURIAS", son otros de los referentes espaciales.

El manuscrito parece ser obra de varias manos. En el folio 138v. suscribe cierto clérigo de nombre Pedro: "Memento mei Petrus clericus scripsit", mientras que en folio 163, bajo la omega final, comparece un tal Martín o Martino: "Martini peccatoris mementote". Este último personaje se ha venido identificando con el iluminador, aunque sin mucho fundamento. La data se consigna en el folio 10v. "IN NOMINE DOMINI NOSTRI JESU CHRISTI INCIPIT LIBER APOCALIPSIN QUOD INTERPRETATUR REVELATIO CHRISTI. ERA MCXXIIII" (año 1086).

Nuestro Beato pertenece a la denominada Familia I de la tradición textual, al igual que ocurre con otros textos relacionados con él como el Beato de Lorvao -datado éste en 1189- o dos folios de un Beato de la segunda mitad del siglo XII conservados en el Archivo Histórico Provincial de León.

Sobre el lugar de producción y el paradero anterior de este singular códice existen muchas especulaciones. A finales del siglo XIII o principios del siglo XIV debía estar ya en Osma, pues en un inventario de libros y documentos de esta época se mencionan "unas ystorias eclesiasticas e un apocalipsis toledano". Igualmente, en el vuelto del folio 165 de nuestro manuscrito existe una anotación en letra de la segunda mitad del siglo XIII: "Apochalipsis est de armario Oxomensi. Si quis eum furatus fuerit vel alio modo de eo extraverit sine licentia conventus vel hc. totum deleverit anathema sit".


Detalle del Mapa mundi con la descripción de "GALLECIA"

 La mujer y el dragón (fol. 117v.)

A partir de los estudios de Shailor se ha propuesto últimamente el scriptorium del monasterio de los Santos Facundo y Primitivo de Sahagún como el responsable de su escritura e iluminación: "Hoy, sin embargo, es claro que su formato físico, escritura y ornamentación apuntan incontrovertiblemente al monasterio leonés de Sahagún como lugar de origen". Esta adjudicación ha sido también asumida, con algunas matizaciones, por John Willians, J. A. Fernández Flórez y Joaquín Yarza Luaces.

Sin embargo, en el folio 165r. nos topamos con el contenido de dos documentos directamente relacionados con el monasterio de Carracedo. Por una parte el fragmento final de una Bula de Inocencio III fechada a 22 de noviembre de 1203. Por otra, una carta, sin fecha, de Don Lope, obispo de Astorga (1190-1205), dirigida al abad y monjes de dicho monasterio: "Astoricensis ecclesie episcopo dilectis in Christo filiis abbati et fratribus de Carrazeto". Ambos diplomas están relacionados con la sujeción del monasterio berciano a la observancia del Císter y están recogidos en el llamado "Cartulario de Carracedo".

Carracedo durante la segunda mitad del siglo XII se había convertido en cabeza de una congregación con numerosas filiales en León, Galicia, Asturias y Zamora. Hacia 1203 esta congregación ingresará en la orden francesa del Císter a través de Citeaux, cambiando sus antiguos hábitos negros benedictinos por los blancos cistercienses, y mudando su anterior nombre de San Salvador por el de Santa María de Carracedo. De este momento se conserva abundante documentación, entre ellas varias cartas de Inocencio III fechadas en 1203. El primero de los textos copiados en el Beato de Osma es parte de un diploma bastante más amplio originalmente y que incluía la confirmación de todas las heredades del monasterio.

Diplomas de Carracedo copiados en el folio 165r.

A partir de la presencia de estas cartas se ha supuesto por algunos autores, como Ramsay o Neuss, su confección en el cenobio de la ribera del Cúa. Sin embargo, son varios los inconvenientes serios de índole histórica que plantea esta hipótesis. El monasterio de San Salvador Carracedo, fundado por Bermudo II en torno al año 990, pronto perdió pujanza tras la muerte del rey y atravesó un periodo de casi total oscuridad hasta su refundación en 1138 por Alfonso VII y su hermana doña Sancha. De todo ello es fiel testigo el registro de documentos del Índice o Cartulario de Carracedo. Estos pormenores parecen no haber sido tenidos en cuenta por los estudiosos del códice.

La última donación conocida al monasterio es de 995, y partir de entonces son muy raras las menciones en la documentación de la época. Yepes cita algún diploma de 1030 que indicaría su pervivencia, pero todo apunta a que la vida monástica o bien había desaparecido o languidecía. En 1094 unas heredades en Corullón se deslindan con "término de Carrazedo", según un diploma de la Catedral de Astorga.

Como han puesto de manifiesto José Antonio Balboa de Paz y Manuel Carriedo Tejedo, otros documentos coetáneos mencionan simplemente la existencia aquí de una villa, sin ninguna alusión a la comunidad de monjes. Tampoco contamos con datos fiables sobre posibles o supuestos abades, no habiendo más que especulaciones al respecto.

Lo cierto es que las noticias sobre el claustro berciano se difuminan entre 1040 (fecha de la última donación conocida a favor de San Salvador), y el año 1130 (cuando se menciona el infantado de Carracedo). Entre ambas fechas una mención en 1126 nos presenta actuando en Carracedo una autoridad civil: “Petro Garcia, tenens Carrazeto”.

Sobre el diploma de 1040 tampoco hay total seguridad, pues hoy no se conserva y sólo Yepes alcanzó a glosar su contenido en el siglo XVII. Se trata de una donación por el obispo astorgano Sampiro de la villa de Sorribas en la que se cita un abad de nombre Esteban. En 1130 con motivo de la entrega por Alfonso VII a la iglesia de Santiago de la villa de Cacabelos, confirma, entre otros, la infantisa doña Sancha: “Ego infantissa domna Sancia ... confirmo et quicquid in prefata villa habeo pos partem de infantatico de Carracedo”. Esta noticia es anterior, en cualquier caso, al traslado de los monjes de Santa Marina de Valverde a San Salvador de Carracedo, al frente del abad Florencio, con el patrocinio de Alfonso VII, según sabemos por un diploma fechado el 17 de octubre de 1138.

Sala capitular de Carracedo

En tales circunstancias resulta muy remota la posibilidad de que en este lugar pudiera haberse compuesto en 1086 un códice de la envergadura y la calidad del conservado hoy en Burgo de Osma.

Otra cosa son las razones por las que las mencionadas escrituras fueron incorporadas al beato oxomense. En la descripción del códice hecha en 1929 por Timoteo Rojo Orcajo  hacía ya constar que el folio 165 fue puesto como guarda del manuscrito, es decir, no pertenecía orgánicamente a ningunos de los cuadernillos.

Si cotejamos los textos de dicho folio 165r con los documentos correspondientes del "Cartulario de Carracedo" resulta evidente que estamos ante una copia incompleta hecha en fechas cercanas a 1203 y que, por tanto,  faltarían al menos o uno dos folios más. Todo apunta que el folio es cuestión fue reaprovechado como guarda, desgajándole previamente de un bifolio o un cuadernillo con más páginas.

A partir de estas premisas las posibilidades se multiplican. Puede tratarse de un simple "pergamino viejo", uno de tantos, reutilizado en alguna reencuadernación del manuscrito en Osma o en cualquier otro lugar. Pero tampoco puede descartarse totalmente la estancia en los anaqueles de la biblioteca de Carracedo a partir de mediados del siglo XII.

Podría haber sido adquirido entonces por la recién renovada abadía, o haber recalado aquí desde cualquiera de los monasterios filiales de su orden, varios de ellos con historia conocida en la segunda mitad del siglo XI. Otra posibilidad es que estuviera prestado temporalmente para la realización de una copia. De hecho, el Beato de Lorvao parece ser una copia del códice de Burgo de Osma, o bien ambos textos proceden de un mismo arquetipo. Igualmente, los dos folios sueltos de un Beato procedente de Astorga, hoy en el Archivo Histórico Provincial de León, tienen alguna relación iconográfica y codicológica con los ejemplares de Osma y Lorvao.

Portada occidental de la iglesia del monasterio

Cuando Ambrosio de Morales visitó la biblioteca de Carracedo en el siglo XVI advirtió que una gran parte de sus ejemplares antiguos se habían enajenado: "Libros han tenido muchos, y hanlos dado para pergamino viejo: todavía quedan estos: Sancti Paterii Opus: ex operibus D. Gregorii. Berengarius in Apocalypsim. Un santoral muy bueno, que tiene al cabo la Historia de Paulo Diácono de Mérida, y también las Obras de Valerio, que fue Abad allí en el Vierzo, poco después de la perdición de España: y en Oviedo se ha dicho ya como había allí también sus obras".

Lo que es indudable es que en la segunda mitad del siglo XIII nuestro Beato ya pertenecía al capítulo de Burgo de Osma, según consta del texto copiado a la vuelta de ese mismo folio 165. Sabemos, además, que la catedral de Osma adquirió varios códices procedentes de la abadía navarra de Santa María de Fitero.

En cualquier caso, la catedral estaría interesada en adquirir un Beato, obra de un gran prestigio dedicada expresamente por el autor a un obispo suyo, Eterio de Osma, todo ello a pesar de que para entonces la letra visigótica estaba ya totalmente en desuso. Prueba de ello es la descripción inserta en el primer folio del códice: "Explicación del Apocalipsis por varios autores. Esta exposición es de S. Beato de Liébana, abad de Liébana (Cantabria) famoso por haber combatido juntamente con Eterio, discípulo de S. Beato, obispo de Osma, los errores de Félix (obispo de Urgel fue convencido de error y murió en 818) y Elipando (arzobispo de Toledo, que murió contumaz en 808)".

martes, 5 de octubre de 2010

Memorias del “Conventico” - El Priorato de San Salvador de Villaverde

Vista de la casa prioral, con restos de un sarcófago en primer plano

El valle de Vidriales es uno de los territorios del norte de Zamora que mayor interés despierta para el conocimiento del poblamiento medieval. A su conocido pasado romano y, muy probablemente, visigodo, hay que añadir un interesante episodio altomedieval en torno a los monasterios de Ageo y Castroferrol.

El presente artículo pretende ofrecer una aproximación un pequeño cenobio enclavado en el centro de este valle. Se trata del monasterio de San Salvador de Villaverde de Vidriales. Una fundación prácticamente olvidada hoy, pero que cuenta con una historia ciertamente azarosa y evocadora.

Su dominio patrimonial no debió sobrepasar más que ocasionalmente los contornos de este estrecho valle zamorano. Sin embargo, destacadas instituciones, como el monasterio de Sahagún, el francés de Cluny, o representantes de los más encumbrados linajes del reino, como los Pimentel, fijarán su atención sobre este pequeño centro de culto.

A diferencia de otros cenobios desaparecidos en épocas remotas, su localización no ofrece duda alguna, al haberse mantenido su actividad prácticamente hasta el siglo XX, y conservarse aún las ruinas de su pequeña iglesia, así como una parte significativa de sus dependencias.

El pago se encuentra en medio de los campos de cultivo que separan Santibáñez de Vidriales y San Pedro de la Viña, en término de este último pueblo, siendo conocido por los lugareños como “El Conventico”. El paraje describe una suave ladera hasta encontrase con el arroyo de La Almucera, principal curso fluvial colector de toda la comarca, con la Sierra de Carpurias al fondo dominando el horizonte. Se sitúa prácticamente en el centro del valle, muy próximo al antiguo campamento romano de Petavonium, en Rosinos de Vidriales. Estaría localizado, por tanto, junto a la calzada romana que unía Asturica Augusta con Bracara Augusta, una vía que durante Edad Media mantendría parte de su antigua vitalidad como eje de comunicaciones y camino de peregrinación.

No se conocen con certeza cuáles son los orígenes de este monasterio. Su primera mención procede de un diploma de los fondos del monasterio de Sahagún del año 1100. Para entonces el cenobio está ya bajo el control de Alfonso VI, pero el documento nos informa que había pertenecido con anterioridad al conde Munio Fernández, tal vez su fundador, con lo que su historia conocida se remontaría al menos a la segunda mitad del siglo XI.

La fundación debió realizarse sobre una antigua villa o explotación agraria preexistente conocida como Villa Verde. Parece claro que desde sus orígenes el sostenimiento del lugar estuvo vinculado a la explotación de esta villa, en la que existía -no sabemos si también desde un principio- un contingente de campesinos dependientes.

En el mencionado documento del año 1100, Alfonso VI relata como disfrutando de la posesión del cenobio el conde Munio Fernández, pasó a manos del rey, según la costumbre del reino dada la “soberbia” del conde, que le hizo padecer destierro. Debió tratarse, por tanto, de una confiscación muy al uso en la época, fruto de la denominada ira regia. Munio Fernández no debe confundirse con otro magnate homónimo asiduo en los diplomas leoneses de finales del siglo X, y también inmerso en rebeliones contra la monarquía, en este caso contra la persona de Vermudo II. El Munio Fernández que nos ocupa debió ser un noble de menor entidad, pues ha dejado un escaso rastro documental. Estuvo casado con Aldonza Gómez, hija del conde Gómez Díaz y Teresa Peláez, y hermana de Elvira y Mayor Gómez, a quien su lauda sepulcral llama también cometissa. De este matrimonio conocemos a una hija: Elvira Muñiz.

Posteriormente, el rey entregó el monasterio a su esposa, la reina Berta, que se ocupó de su administración. Pero fallecida la reina y enterrada en el monasterio de Sahagún, al monarca lo entregó al gran cenobio benedictino, con quien le unía una estrecha vinculación. La donación incluía también una solemne disposición sobre la obligación de los nuevos propietarios de proporcionar recursos a trece pobres para mantener perpetuamente viva la memoria de Alfonso VI y de su difunta esposa.

Fallecido el monarca, la condesa doña Aldonza, viuda del conde Munio, reclamó sus derechos sobre el pequeño monasterio a la reina doña Urraca. La reina, a instancias del obispo de León que debió actuar de mediador, reconoció que su antecesor había sido mal informado y, considerando legítimas sus pretensiones, restituyó la posesión en fecha no concretada. Poco tiempo después, en 1112, la condesa decidió entregarlo, con todos sus derechos y pertenencias, al monasterio de Cluny y a su abad Poncio. Dadas las estrechas relaciones mantenidas entre Cluny y Sahagún a finales del siglo XI y principios del siglo XII, esta donación tiene más bien la apariencia de un compromiso que satisfaría a todas las partes implicadas en el asunto.

Con el tiempo Villaverde volvió de nuevo al control efectivo del monasterio de Sahagún, aunque no se cuenta con información sobre cuándo ni cómo. Es entonces cuando el cenobio debió adquirir la condición de priorato, uno más de la larga lista de filiaciones con que contaba el cenobio de la ribera del Cea. En cualquier caso, la vinculación entre Villaverde y Cluny debió mantenerse de alguna forma, bien fuera de una manera orgánica o puramente nominal, pues incluso en el siglo XVI se sigue denominado en los diplomas como San Salvador de Villaverde de Cluny.

Desde principios del siglo XV el monasterio de San Salvador de Vidriales comienza a entrar en la órbita de los Pimentel. En un principio, las relaciones se limitan a acuerdos o transacciones patrimoniales. Así por ejemplo, dos de los lugares del priorato: Sandín y Valleluengo, son objeto de un cambio entre el prior de Villaverde, fray Juan de Calzada y don Rodrigo Alfonso Pimentel, II Conde de Benavente, formalizado el 26 de marzo de 1428. A cambio el monasterio recibió una heredad de cinco yugadas en Bercianos de Vidriales, aldea de la jurisdicción de Benavente, de la cual se obtenían 35 cargas de pan.

Escalona atribuye a don Rodrigo Pimentel, conde de Benavente la entrega por Sahagún de la encomienda del priorato, justificándolo en las “turbaciones de Castilla”. Según este autor “este señor se levantó con él y sus haciendas y derechos que eran muy notables”. Isabel Beceiro supone que este Rodrigo debe corresponderse con el segundo titular del condado: Rodrigo Alfonso Pimentel, y no con el cuarto homónimo como pudiera darse a entender, pues dicha encomienda figura entre los bienes del tercer conde: Alfonso Pimentel. Los derechos del priorato incluían en este momento “el padronadgo a presentar en los beneficios de Minçereces e de Aguilar y Olmillos e de Santa Marina de Xamontes e de Santisteuan de Olmos que son en la dióçesis de Astorga e de otros beneficios e rentas eclesiásticas e siempre touo derecho de apresentar a ellos”.

Fundaciones monásticas en los Valles de Benavente (Siglos IX-XII)

Fachada principal de la casa prioral

Fachada principal de la casa prioral

Fachada trasera
Interior de la casa prioral

Capilla

Espadaña de la capilla

Vista de la casa prioral desde la parte trasera

Veleta sobre la espadaña

Entrada a la capilla

Interior de la capilla

Interior de la capilla

Una de las ventanas de la capilla

Restos de un sarcófago

Vista de la finca

Capilla

Las denuncias de abusos y usurpaciones motivaron el inicio de un largo pleito a instancias del monasterio de Sahagún desencadenado a partir de 1478. Las consecuencias de este proceso dieron un rumbo totalmente nuevo al destino del pequeño priorato.

Es 1510 cuando el papa Julio II nombra prior a Juan Pimentel, que además disfrutaba de la encomienda. Su apellido delata su emparentamiento con la familia condal, al parecer sobrino del V conde. Este noble tomó posesión del pequeño priorato el 3 de mayo de 1510 a través del clérigo Gonzalo de Magaz, su representante legal.

Pocos días después, el 8 de mayo de ese mismo año, el propio Juan Pimentel, ratificaba la posesión en un acto solemne celebrado en el monasterio de Nogales. Sin embargo, el monasterio de Sahagún no se dio por vencido y siguió pleiteando ante la curia romana en defensa de sus derechos.

Pero en 1525 se produjo una inflexión decisiva, que decantó definitivamente el asunto hacia los intereses condales. En esta fecha el papa Clemente VII anexionaba el priorato de Villaverde al Hospital de la Piedad de Benavente, recientemente fundado por el V Conde, Alfonso Pimentel y su mujer Ana de Hererra y de Velasco. Según se deduce del documento pontificio el V conde consiguió de su pariente, Juan Pimentel, que hiciese renuncia de la encomienda del mismo en manos del Papa Clemente VII y este a su vez, por súplica del conde, lo mandó agregar al Hospital de la Piedad. Esta unión llevaba consigo la obligación mantener en la iglesia prioral dos monjes o presbíteros seculares para atender el culto y las misas diarias.

Las protestas de Sahagún apenas consiguieron conmover la línea marcada por Roma. Finalmente en 1544 la curia romana pronuncia sentencia en la que se condena al monasterio de Sahagún a perpetuo silencio, y se declaran válidas las anexiones. El monasterio leonés se vio obligado a abonar 60 ducados y 4 florines de oro en concepto de costas del proceso. Por su parte, el hospital pagaba cada quince años, en compensación por dicha agregación, las contribuciones correspondientes a la Santa Sede. El Libro Becerro del Hospital de la Piedad de Benavente registra en su contabilidad los asientos correspondientes a estos dispendios. En el siglo XVIII la suma global, los llamados quindenios, ascendía a 2000 reales, más 460 reales en concepto de gastos de cobranza y desplazamiento.

La trayectoria de San Salvador de Villaverde corre desde entonces paralela a la del Hospital de la Piedad. Durante los siglos siguientes el priorato siguió ampliando su patrimonio en el valle de Vidriales. En el siglo XVIII sus rentas se extendían por los lugares de Jamontes, Micereces, Valderas, Requejo de la Polvorosa, Vecilla, Mózar, Burganes, Olmillos, Navianos, Aguilar, Abraveses, Sitrama, Colinas, Granucillo, Granucillino, Cunquilla, Bercianos, Tardemázar, Santibáñez de Vidriales, Calzada, Uña y Letrillas.

Sin embargo, la vida languidecía en el pequeño centro religioso. En 1752 se mencionan los dos capellanes que ejercen sus funciones en la “Casa del Priorato”: Pedro Mateos y José Castaño. A mediados del siglo XIX Madoz indica escuetamente que en él ejercían sus funciones únicamente dos sacerdotes nombrados por el conde de Benavente. Esta actividad, casi vegetativa, se vino manteniendo hasta bien entrado el siglo XX.

Los dos religiosos residían aquí con el único compromiso de atender sus obligaciones de culto, fundamentalmente misas, según una tradición secular reglamentada por los Condes de Benavente. Además oficiaban otros servicios religiosos requeridos ocasionalmente por los lugareños. La actividad debió extinguirse definitivamente cuando el Hospital de la Piedad de Benavente pasó a ser Asilo de Ancianos, si bien la fundación que administra sus bienes sigue conservando los derechos de propiedad de la finca en la que encuentra el priorato.

Fuente romana de San Pedro de la Viña

Detalle de la fuente romana

Detalle de la fuente romana

San Pedro de la Viña

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Santificarás las fiestas - Una ordenanza del concejo de Benavente del siglo XVII

Afueras de La Soledad

El texto que publicamos en este artículo corresponde a una de las "Ordenanzas de la Villa de Benavente del siglo XVII". Están recogidas en un manuscrito en pergamino custodiado en el Archivo Municipal. Pudiera parecer un asunto menor si no fuera por que existe un trasfondo económico que la dota de particular significado para el buen gobierno de la villa. Se trata de la prohibición del trabajo y la venta de mercancías en las fiestas de guardar. Podría tacharse igualmente de superflua e innecesaria, por ser una prohibición genérica observada secularmente por la iglesia cristiana. Son numerosos los textos legales que insisten desde la Edad Media en este punto, así como en las constituciones y los sínodos de naturaleza eclesiástica.

En Benavente el incumplimiento de la norma parece ser habitual a mediados del siglo XVII, con sus consiguientes consecuencias espirituales y temporales para los vecinos. La preocupación del consistorio insiste, lógicamente, en las segundas, con especial atención a la guarda y protección de la actividad comercial. Se prohíbe la venta de mercancías en las fiestas reconocidas por la Iglesia, en las fiestas locales y durante las procesiones. Igualmente se prohíbe cualquier actividad que pueda considerarse laboral, incluyendo el trabajo doméstico, traer agua, leña, labrar viñas, cultivar las tierras, etc.

Los vecinos sorprendidos en flagrante incumplimiento son sancionados pecuniariamente con una multa de 100 maravedís. Se revela así una constante a lo largo de los diferentes textos recopilados en este manuscrito: la desaparición de los castigos físicos tan comunes en los ordenamientos medievales y su sustitución por reparaciones económicas. Se trata de un claro indicio de los cambios experimentados en las costumbres y las mentalidades, y de una concepción del derecho mucho más acorde con los tiempos. Tampoco encontramos otras formas de remisión de la pena presentes en otros ordenamientos benaventanos anteriores, como era la exposición vergonzante del infractor y sus mercancías en el rollo, o alguno de los corrillos y plazas de la villa.

Como es habitual, el importe de la multa se reparte entre el denunciante y el concejo, siendo necesario algún testigo que confirme la conducta denunciada. En caso de impago se procede al embargo de una prenda, mientras que los vecinos insolventes deben cumplir tres días en la cárcel pública.

Pero detrás de la prohibición del trabajo en los días festivos existen otras motivaciones mucho más mundanas. Se trata, desde luego, de evitar la competencia desleal, especialmente entre los artesanos y comerciantes; de fomentar la asistencia a los oficios religiosos y a las celebraciones festivas de la comunidad; de controlar y ordenar el abastecimiento de la villa y, no menos importante, de garantizar la adecuada fiscalización del trato mercantil por parte de la institución concejil.

Lógicamente una norma tan genérica como ésta estaba sujeta a variadas excepciones y matizaciones. Por ejemplo, el consumo de pan y fruta fresca, cuya venta se permite los festivos después de misa mayor en la plaza de Santa María del Azogue. La carne debe venderse, en cambio, antes de la celebración de la misa, mientras que los taberneros deben esperar a la terminación del oficio religioso para abrir al público sus establecimientos. En Zamora, en sus Ordenanzas de las fiestas que se han de guardar, también se permitía la venta de ciertos productos de consumo diario: “porque las cosas de los mantenimientos corporales no se pueden escusar de vender en los dichos días”.

Iglesia de Santa María la Mayor

Puerta lateral de Santa María

Hospital de la Piedad

Curiosamente el agua, elemento de primera necesidad, no puede acarrearse en Benavente en festivos por los vecinos, tal vez para salvaguardar la actividad de los aguadores el resto de días. Quedan fuera de estas reglamentaciones los viajeros y caminantes, que pueden ser abastecidos sin ningún tipo de limitación en cualquier momento. El papel de la villa como encrucijada de caminos, y lugar de paso obligado en destacados flujos económicos y mercantiles, está por encima de cualquier restricción de carácter local.

El texto íntegro de la ordenanza es el siguiente:

Ordenança que no se trabaje en dias de fiesta ni se abran las tiendas

Primeramente se ordena y manda que por algunas personas, vecinos de esta Villa, no temiendo a Dios nuestro Señor y en peligro de sus animas y conciencias, haçen y mandan haçer en sus cassas y fuera de ellas algunas obras y labores en los dias santos del Domingo Pasqual y otras fiestas que nuestra Sancta Madre la Yglesia manda guardar, y venden sus mercadurias en que se da mucho escandalo y ocassion de peccado, que ninguna persona haga ni mande hacer a sus hijos, criados, ni otras personas que tengan en sus cassas obra ni labor alguna, ni traer agua, ni leña, ni labrar viñas, ni tierras, ni otras ningunas obras, ni labores de las que son prohibidas por la Yglesia en ninguno de los dias de Domingo, ni de nuestra Señora la Virgen Santisima, Pasquas, ni otras fiestas que sean de guardar de precepto de la Yglesia, constitucion de este obispado o por voto de esta Villa, ni en tiempo de sus processiones.

So pena que el que lo contrario hiziere incurra y sea castigado en pena de cien maravedis, la metad para el que lo denunçiare y acusare y la otra mitad para los gastos y propios de esta Villa, y no haviendo denunçiador, o siendo persona del regimiento o que tenga cargo de justicia, la pena toda sea para los gastos y propios de esta Villa por las quales puedan sacar y tomar prendas al culpado, y vaste para su prueba un testigo que lo declare y dos y diga sus juramentos y declaraçion de la parte, siendo citados el acussado o acussados y la dicha prenda se le venda y remate a tercero dia de como se le saque y se haga pago de la dicha pena y costas brevemente sin otra forma de juiçio, y si el tal acusado y culpado fuere persona que no tenga de que pagar y no se le hallare prenda que este presso tres dias con sus noches en la carcel publica de esta Villa y no sea suelto de ella hasta ser cumplido el dicho tiempo salbo si antes pagare los dichos çien maravedis de la dicha pena y la dicha pena se entiende aunque en una cassa se topen trabajando mas personas quel dueño de ella.

Iten, que en los dichos dias ni en ninguno dellos, ninguno de los tenderos de esta Villa sea osado de abrir sus tiendas ni vender ningunas mercadurias so la dicha pena, esçepto que el pan coçido y fruta se pueda vender despues de la missa mayor en la yglesia mayor de Nuestra Señora del Açogue desta Villa.
Iten, que ningun carnicero ni tablajero pueda mandar ni consienta pessar carne ninguna en los dias de fiesta de guardar, desde que se tañe a missa mayor en la dicha yglesia de Nuestra Señora de el Açogue para adelante, so pena de que cada tablajero o carniçero que la pessare y el obligado que lo hiçiere o lo mandare o consintiere pessar incurra en pena de çien maravedis, aplicados la mitad para los dichos propios y gastos de esta Villa y la otra mitad para el denunçiador y acussador. Y so la dicha pena no puedan tanpoco pessarla el dia antes, sino fuere despues de que se tañere a visperas en la dicha yglesia mayor de Nuestra Señora del Azogue, y en quanto a los caminantes se les pueda dar y pessar la dicha carne en qualquiera tiempo y hora de las dichas fiestas como sea en sus cassas de los tales carniçeros.

Iten, que ninguno de los dichos dias de fiesta las personas que vendieren vino en esta Villa ninguna dellas no ponga en su taverna pendon ni messas con manteles para comer ni consientan coma alli ninguna persona hasta que salgan de missa mayor en la dicha yglesia de Nuestra Señora del Azogue, o donde la tal persona tuviere su taverna y fuere feligres, y a los caminantes se les pueda dar vino en los dichos dias a qualquiera hora, y los que contra lo suso dicho fueren pagaran de pena otros cien maravedis repartidos en la forma dicha.

Iten, que no traygan ni manden traer a sus criados ni otra persona alguna en ninguno de los dias de fiesta ninguna agua para sus cassas, so pena que por cada vez sean castigados en pena de sesenta maravedis y perdimiento de los cantaros y vassija en que la llebaren, aplicado en la forma dicha.

Paseos de la Mota Alta

Afueras de Benavente

Detalle de la Plaza Mayor y el Ayuntamiento

lunes, 21 de junio de 2010

En olor de santidad - Reliquias y monasterios en el norte de Zamora en la Edad Media

Infografía del Santiago peregrino de Santa Marta de Tera

Lipsanoteca de Santa Marta de Tera

Uno de los aspectos más peculiares de la religiosidad medieval, dado el alto grado de fanatismo alcanzado, fue el culto a las reliquias, indisolublemente ligado en los reinos peninsulares al culto a los santos. Dentro de ellos, eran los mártires de la Iglesia, por su condición de hijos ilustres de la comunidad cristiana, los que gozaron de una mayor veneración. La posesión de los despojos de alguno de ellos, aunque fuera en una mínima parte, era una garantía de prestigio para cualquier centro religioso y motivo de devoción y peregrinación por parte de cualquier visitante de los tesoros de los templos.

Las reliquias tenían por otra parte para los coetáneos reconocidas virtudes taumatúrgicas, no exentas de un cierto componente morboso y extravagante. Su simple contemplación o aproximación física proporcionaba un contacto más directo con la divinidad y garantizaba su influjo espiritual, siempre que se cumplieran unos ritos preestablecidos. También tenían esta misma condición milagrosa determinadas imágenes o representaciones de estos mismos santos veneradas en los santuarios.

Uno de los casos mejor documentados en nuestra región es el del monasterio de Santa Marta de Tera. Citado en las fuentes desde el año 979, había sido fundado a orillas del río Tera en honor de la patrona de Astorga, probablemente a principios del siglo X. Un documento de 1033 nos da a entender que se rendía culto aquí también al Salvador, Santa María, San Miguel Arcángel, Santiago, San Andrés y San Mateo. Algunos años después, en 1063, el monasterio fue donado solemnemente por Fernando I al obispo de Astorga, Ordoño, en recompensa y agradecimiento por haber traído a tierras cristianas unas de las reliquias más esperadas en el reino de León: las de Isidoro de Sevilla.

En relación con estas devociones hay que poner un conjunto de tres lipsanotecas o cajitas de madera para la custodia de reliquias. Dadas a conocer hace algunos años por Ángel Panizo, a su interés testimonial hay que añadir la información que proporcionan sobre la evolución del santoral hispano. Las cajitas se acompañan de sus correspondientes auténticas, donde se incluye la relación de reliquias depositadas.

Es en 1115 cuando comenzamos a tener evidencias de la llegada a este lugar de pauperes, a los que se hospeda en las dependencias monásticas. La noticia coincide precisamente con una alusión a la presencia del apóstol Santiago entre los santos objeto de veneración dentro de sus muros. Otro documento de 1122 nos sugiere que este culto al Apóstol estaba directamente relacionado con la custodia de alguna de sus reliquias, junto a las de la santa titular y las de otros santos no especificados. Flórez nos da a entender que los restos de la virgen y mártir fueron trasladados desde Astorga en algún momento hasta su monasterio de la ribera del Tera.

Pero es un diploma de Alfonso VII el que nos aporta una visión mucho más completa del tipo de actividades desarrolladas en este santuario. Su redacción arroja algunas dudas sobre su autenticidad debido a su peculiar estructura y su pobre nómina de confirmantes, pero ilustra perfectamente sobre el ambiente de fervor religioso existente por estos años.

En el largo preámbulo del documento, fechado en 1129, el monarca enumera los múltiples milagros obrados en el santuario por intercesión de la santa mártir, cuyo conocimiento motivó un probable viaje, tal vez en peregrinación, hasta las riberas del Tera aquejado de una grave enfermedad: ".. audiens magna miracula et multas virtutes, quas Deus fecit necnon et facit per virginem et martyrem suam beatissimam Martham quod in ecclesia sua reddit dominus caecis visum, surdis auditum, claudicantibus gressum, mancos curat, infirmos sanat, leprosos mundat, daemones ab oppresis corporibus fugat, et etiam ligatos a vinculis ferreis ubicumque fierint ligati liberat".

El párrafo recuerda en gran medida a las virtudes curativas atribuidas al apóstol Santiago en su santuario de Galicia. Respecto al poder curativo del Santo la tradición popular afirmaba que devolvía "la vista a los ciegos, oído a los sordos, palabras a los mudos, la vida a los muertos...". También tiene relación el relato con los numerosos milagros obrados por su intercesión en el Camino, recogidos por ejemplo en el Codex Calixtinus. Aunque el documento de Santa Marta no lo dice, las oraciones del monarca debieron surtir el efecto deseado, pues de otra forma no se explica la generosa dotación inserta a continuación: todo cuanto pudiera tener de realengo o de condado dentro de su coto, según fue fijado por su bisabuelo Fernando I.

Fundaciones monásticas en los Valles de Benavente (Siglos IX-XII)

Imagen de Santiago peregrino de Santa Marta de Tera

Tímpano de la iglesia de San Martín de Castañeda

Así pues, una buena parte de los peregrinos, bien en tránsito hacia otros centros o como destino final, acudían a este lugar con la esperanza de encontrar alivio o remedio a sus padecimientos, al amparo de las propiedades taumatúrgicas de las reliquias depositadas, contando además con el precedente y aval real digno de toda solvencia.

Pero no fue este el único caso de la región documentado de visita y veneración de reliquias en la Edad Media. Existieron otros muchos templos honrados con la posesión de despojos sagrados, relacionados de una forma u otra con las peregrinaciones. Veamos algunos ejemplos: En 952 con ocasión de un célebre juicio sobre la posesión de las pesquerías de Lago de Sanabria los testigos fueron llamados bajo juramento ante las reliquias de San Pedro y de otros santos depositadas en la iglesia fundada en San Pedro de Valdespino de Sanabria. Muy pocos autores han reparado en este breve pasaje, a pesar de ser un diploma muy conocido y citado, pero su contenido parece sugerir la existencia en Sanabria de un monasterio anterior a San Martín de Castañeda, dotado de especial devoción por los habitantes del valle.

En 1182 don Lope, freire del hospital de San Juan, entregaba al obispo de Oviedo la tercera parte de los diezmos de la iglesia de San Juan de Villafer, en el arcedianato de Benavente. La iglesia había sido construida por Suario, arcediano de Benavente, en fechas anteriores, dotándola de las inevitables reliquias. También parece que contaba con despojos de diversos santos el monasterio de San Miguel de Castroferronio, junto a los ríos Tera y Almucera, según un documento de 1015. En 1216 tuvo lugar la consagración de la iglesia de Mózar de Valverde por Pedro, obispo de Astorga. El epígrafe conmemorativo incluye la nómina de las reliquias depositadas, entre otras las de los santos Pablo, Ágata, Cecilia y Pedro.

Reliquias correspondientes a Santiago el Mayor se custodiaban en el monasterio de Moreruela, dedicado en un principio al apóstol peregrino antes de su reforma cisterciense. La colección diplomática de Moreruela recoge varios ejemplos de esta advocación hasta el año 1163. Pero los despojos venerados en el cenobio alcanzaban a otros ilustres representantes de la santidad. Ambrosio de Morales, ya en el siglo XVI, hizo una relación bastante detallada de los mismos:

"En el Retablo con dos rejas doradas colaterales al Santisimo Sacramento estan cerradas dos arcas de talla doradas, de tres quartas en largo, y media vara en alto con la tumba, en que estan muchas Reliquias. En la una está la mitad del Cuerpo de S. Froylan, que se lo dió la Iglesia de Leon de mucho tiempo atrás. Son los huesos cinco Canillas diversas, una espalda, y algunos espondiles y costillas: no hay mas Escritura ni testimonio que la tradicion de haber venido asi de unos en otros. Tienen también un gran paño, como media sabana, en que vinieron los huesos envueltos quando los trugeron de Leon: está toda labrada de Leones, y no parece muy antigua. Tienen un gran hueso de S. Blas con no mas testimonio de la tradicion, y que toda la tierra de tiempo muy antiguo tiene gran devocion con esta Reliquia. Todas las demas Reliquias son menudas".

Abundando en el tema, Yepes añade a esta relación fragmentos del Lignum Crucis, reliquias de San Benito y San Bernardo, y otros huesos no concretados pero de gran devoción popular, teniendo los monjes cistercienses el conjunto por la mayor riqueza y tesoro existente en la tierra.
El monasterio de Nogales fue otro alto en el camino para los peregrinos y los devotos de las reliquias. Nuevamente es Ambrosio de Morales quien, con cierto escepticismo, nos da cuenta de sus "tesoros" y de su poder de atracción para la religiosidad popular:

"Reliquias tienen muchas menudas: las mas principales son una Canilla de Santo Antonio de Egypto, metida en un brazo de plata. Los testimonios desta Reliquia son el antiguedad y riqueza del engaste: la tradicion que viene de muy lejos. Asimismo es grande, y muy antigua la veneración en que esta reliquia es tenida, y la devocion general de toda la tierra. El hueso es un palmo en largo, y está guardado siempre dentro de la Custodia del Santisimo Sacramento. Tienen una Canilla de Brazo quasi entera de S. Lorenzo, envuelta solamente en un tafetan, sin mas testimonio que una tradición antigua, que ha venido de unos en otros".

De San Martín de Castañeda, Morales afirma no contar con reliquias, ni libros, ni enterramiento real, por haberse quemado en tiempos pasados el monasterio. Si bien, posteriormente Yepes corrigió al célebre cronista cordobés, al menos en lo concerniente a los libros y documentos.

Así pues, las reliquias y todo el fanatismo que giraban en torno a ellas eran uno de las motivaciones esenciales para acudir en peregrinación a uno u otro monasterio, existiendo una relación proporcional entre la afluencia de visitantes y la cantidad y la calidad de los despojos atesorados. En la misma línea, también serían objeto de veneración los sepulcros correspondientes a miembros más destacados de la realeza y la alta nobleza, de los abades de los monasterios y de aquellos personajes de reconocidas virtudes espirituales a los ojos de los devotos.

Sala capitular del monasterio de Moreruela

Arquetas-relicarios procedentes del monasterio de Nogales

Lipsanoteca de Santa Marta de Tera

Lipsanoteca de Santa Marta de Tera

viernes, 4 de junio de 2010

Aguas para navíos de tres puentes - Una excursión al Lago de San Martín de Castañeda en 1847

Chronica Minora

En la revista "Semanario Pintoresco" se publicó en 1852, concretamente en su número 48 de 22 de noviembre, un largo artículo dedicado al Lago de Sanabria (Zamora). El relato, a medio camino entre la estampa costumbrista y la evocación poética, es la crónica de un viaje en la que se deja sentir con fuerza la impronta del romanticismo decimonónico. Al margen de su interés específicamente literario, el viaje proporciona algunas noticias relevantes sobre la situación del monasterio de San Martín de Castañeda en los años posteriores a su desamortización, así como una breve descripción de la Isla de las Moras y las ruinas del palacete-pescadero del Conde de Benavente. Acompaña al artículo un magnífico grabado del Lago de Sanabria, realizado a partir de un dibujo antiguo de los propios monjes cistercienses.

El texto viene firmado por "El Hijodalgo", quien dice ser originario de tierras cántabras y haber realizado su periplo por Sanabria en 1847. Se transcribe a continuación una versión extractada de su contenido:

"He viajado por tierras tan desconocidas cono las islas del mar Pacífico, y más dignas de curiosidad, todo sin salir de España. Esclavo de mi conciencia, hubiera creído faltar a los deberes que allí me llevaban, si me hubiese detenido a tomar una nota o bosquejar un monumento; hoy me lastimo, y aunque no me arrepiento, conozco hubiera sido también servir a mi patria. El que más ha perdido soy yo, y esto me consuela. Sólo me quedan recuerdos, y antes que una vida agitada acabe de borrarlos, quiero contar algo sobre el lago de San Martín de Castañeda.
Panorámica del Lago de Sanabria
El día de San Juan de 1847 salí de Doneé, pueblecito situado al pie de la sierra divisoria de los antiguos reinos de León y Galicia, despidiéndome de su hospitalario párroco, que es también el mejor cazador de la Sanabria, y aún do toda la provincia de Zamora. Mis compañeros de viaje eran, un antiguo oficial de caballería que había hecho la guerra contra Cabrera, y un licenciado de ejército de la misma procedencia, tan valiente como tuno, según más adelante pude conocer. Servíame éste de espolista, cocinero y ayuda de cámara, conduciendo en un rocín el arsenal heterogéneo, necesario en una comarca donde se hallan menos víveres y comodidad que en Sandwict o Taití.

Después de atravesar una sierra estéril , bajamos al hondo valle, donde el pueblecito de Trefacio ostenta una linda iglesia en medio de arbolados. Parece una cañada del Asia Menor, arrojada en medio de aquella tierra salvaje. Continuamos aún bastante tiempo subiendo y bajando cerros, por unos caminos que pudieran llamarse canales en seco. En vano, apoyándome sobre los estribos, alargaba mi ya bastante larga persona; nada veía más que las zarzas y espinos de ambos lados del camino. Su anchura correspondía a las demás cualidades, y un carro del país, que venia en dirección contraria, nos obligó a retroceder casi un cuarto de legua, para hallar un sitio donde, como si asaltáramos una barricada, pasamos por entre el carro y las zarzas, dejando en estas parte de la ropa, por trofeo del vencimiento.

Lo dí todo por bien empleado, porque a doblar la última loma se ofreció a mis ojos, de golpe, un espectáculo soberbio, y el más adecuado a mis gustos. Inmóvil sobre mi caballo, en lo alto del cerro, veía a mi derecha el convento y pueblo de San Martín de Castañeda; un edificio magnífico, en medio de las más ruines cabañas; a la izquierda un bosque intacto desde el diluvio; al frente una sierra, un peñasco, más bien gigantesco, sin un árbol, sin una mata; a mis pies el lago, tan claro y terso que la razón sola podía conocer que aquella masa, del azul más puro, era líquido y no cristal. Aunque la mañana estaba avanzada, el sol, que asomaba por detrás de la montaña, en cuya ladera está el convento, no alcanzaba a éste con sus rayos, y sumido en oscuridad relativa, parecía aun más misterioso y poético; en cambio, lo verde del bosque, el azul del lago y los blanquecinos peñascos de la sierra, brillaban en todo su sencillo, al par que grandioso esplendor [...]
Iglesia del monasterio de San Martín de Castañeda
Y apretando las espuelas llegamos al convento a la sazón que salia su antiguo prior, hoy párroco del pueblo. No sé que especie de masonería existe para los que han nacido entre montañas, que al momento se entienden si en ellas se encuentran. Son una especie de madre común que conoce a todos sus hijos, y en el modo de gozar estos de su regazo se reconocen también por hermanos. A muy pocas palabras que con el prior cambié, se nos franqueó la celda prioral y las provisiones de un fraile Bernardo; no digo más en su elogio. Satisfecha la hambre del viajero, el montañés volvió a sus instintos; y como durante el almuerzo se habló de una fuente muy rara, situada al otro lado del lago, en frente del convento, me propuse verla [...]

¿Qué clase de obstáculos existen? Vadear el Tera por los cañales (me contestaron), cosa que algunos hacen, y seguir después la orilla del lago, hasta encontrar la fuente, cosa que nadie ha hecho. -Pues debe ser lo mas fácil.- Así parece desde aquí, me dijo el prior abriendo un balcón, desde el que todo el lago y sus márgenes se divisaban; pero aquellos montones de rocas que forman la orilla, le parece a V. fácil trepar por ellas, y ni posible es; aún es más temerario intentar cruzar por los matorrales que de entre ellas nacen, y suben por toda la pendiente hasta formar el bosque impenetrable; en cuanto a lobos y culebras, que tampoco faltan, es lo de menos.- Tiene V. razón, contesté, y fuera más prudente dormir la siesta en la poltrona prioral; pero he perseguido a las gamuzas en los picos de Sejos, y a los jabalíes en los montes de Palomera, con todos los obstáculos que V. me pinta, y uno además, algo más serio: la nieve. Así que... hasta la vuelta [...]

El río Tera en Ribadelago
Nada tenía esta de particular al pronto, pero después... después de gastar dos horas largas en la más fatigosa y arriesgada expedición que jamás emprendí, me volví cuando precisamente llegaba a pocos pasos de la maldita fuente. Tuve el trabajo y no la gloria. Así me sucede en todas mis empresas. Un tomo no bastaría para describir lo que sufrí, y aún hoy se me eriza el cabello al recordar cuando, dejándome deslizar por una roca, creyendo alcanzar otra con los pies, me faltó media vara, cuando ya mis brazos agarrotados no podían sostener el peso del cuerpo, ni volver atrás. A más de veinte pies me esperaba en la caída, no el lago, que eso fuera lo menos temible, sino una cama de peñas aguzadas en las formas más caprichosas. Con una resolución desesperada me dejé caer a plomo sobre la punta de la roca inferior, no más ancha que la palma de la mano, y logré sin mantener el equilibrio, hacer nuevo empuje para lanzarme a otra situada al costado, y muy pendiente, a la que me aferré como pude, destrozando las uñas para salvar lo demás. No se pueden describir cosas semejantes.

Volví al convento cabizbajo y mohino, y gracias a la suculenta comida preparada en mi ausencia, no me quedó de mi empresa sino la satisfacción de haberla intentado, y... algún escozor en las desolladuras. Debió, no obstante, conocer el bendito prior que la fuente me ocupaba todavía, y con aquella sorna que los hombres de experiencia gastan con los entusiastas, empezó a decir en voz melosa, que él “había ido a la fuente con más comodidad que en la carretela de mejores muelles, con un movimiento sosegado y blando, como el de... una lancha”. -Una lancha! Hablarais, santo varón, para mañana. ¿Una lancha? ¿Dónde está? ¿A quién hay que pedirla?- Ea, ya volvemos a las andadas; cachaza, cachaza, y todo se arreglará [...]

Ya no era cosa de reparar en pequeñeces, y nos lanzamos al Ponto, aunque precisamente entonces empece yo a temer, porque si siempre me ha parecido bien atreverme a lo que otro hombre se atreva, un borracho no es un hombre. Previne a los remeros que se dirigieran a una islita situada a la parte superior del lago; pero tantas islas, penínsulas, y aún nuevos mundos, tenían en su cabeza, que tan pronto íbamos a un lado como a otro. La Providencia debió ser la que a la isla nos condujo. Esta es muy pequeña; sólo tiene algunos arbustos, y las ruinas de una casita edificada por los condes de Benavente, antiguos dueños del lago. Si no temiera extenderme demasiado, contaría también la historia de la ruina y abandono de la casita; pero una noche tempestuosa, un lago cuyas aguas crecen y todo lo tragan menos una débil barquilla, y en ella una condesa en deshabillé, y un paje poco más o menos que en sus brazos la salvó, o la perdió, sobre lo que hay opiniones, son cosas más interesantes vistas que escritas.

Desde la isla nos dirigimos a la fuente, y cuando las cabezas de nuestros remeros, ya más frescas, iban disipando mis temores, una nueva circunstancia los reprodujo con más fuerza. Me tengo por buen nadador, y mirando las cosas por el último lado que siempre las miro, por el del egoísmo, me dije a mi mismo que en un fracaso podría llegar nadando a la orilla. Pensaba esto, cuando un ladrido me hizo volver la cabeza. Numancia se había quedado en la isla. Hice volver la lancha, y cuando faltaba poco para llegar, la perra se echó al lago nadando hacia nosotros: medio minuto tardaría en emparejar con la lancha; quiso subir y no pudo; al cogerla por el pescuezo conocí la causa, sintiendo en mi mano el agua más fría que jamás he palpado, y que es seguro no sufrirá un ser humano [...]
Lago de Sanabria 
Un fuerte olor, corno de huevos podridos, me dijo antes de llegar a la orilla, que la buscada fuente era de las sulfurosas. ¡Oh poder de una imaginación joven! me creí descubridor de un tesoro, y veía la humanidad podrida levantándome estatuas [...] El manantial que ví es tan escaso, que no pasará de una pulgada cúbica. En cambio tiene una agradable temperatura, como de agua tibia, y está sumamente cargado del principio sulfúrico. En dos segundos tiñe de negro una moneda de plata, y en la roca donde brota, a la altura de dos o tres varas sobre el nivel del lago, deja abundante sedimento blanco, parecido al hollín. Esta fuerte saturación paréceme que anuncia un gran depósito, que debe tener más desaguaderos a la inmediación, o bajo el nivel de las aguas del lago [...]

Volvimos a cruzar el lago por todo su ancho, y desembarcamos al pie del convento. Al ver el porrazo que el exoficial se dio por saltar más pronto a tierra, sin contar con el balance del bote, se me figuró ver a César en circunstancia parecida, diciendo a la tierra de África: "no te me irás; te tengo entre mis brazos". Ni volveré más al agua, debió añadir mi hombre en sus adentros, a juzgar por la mirada significativa que volvió al lago, al bote, y al cielo, por fin, en acción de gracias sin duda. ¡Con qué placer gozamos después de la cena, de la conversación del buen prior y de su tranquilo sueño! ¡Con qué sentimiento nos despedimos al día siguiente!

He sido un fiel narrador de lo que vi por mis ojos y toqué con mis manos. El plano del lago que ofrezco a mis lectores como objeto más curioso y antiguo que exacto, se debe a la bondad del prior Don F. C. (permítame poner sus iniciales en prueba de agradecimiento). Debió ser diseñado por algún religioso del convento, donde existía desde tiempo inmemorial. La escuela flamenca y el daguerreotipo nos tienen cansados de paisajes admirables y exactos; vaya pues uno raro. Si lo bautizara con el nombre de uno de aquellos grabadores alemanes de la Edad Media, se admiraría; no sé por qué se ha de tener en menos la obra de un fraile español reproducida por el señor N.

Plano del Lago de Sanabria según grabado del "Semanario Pintoresco" [1847]
Para concluir, y en obsequio de los hombres metódicos que se fijan en lo positivo, diré que el lago de San Martín de Castañeda está entre las sierras que dividen las provincias de Orense, Lugo y Zamora; en territorio de la última, y tres leguas al N. E. de la Puebla de Sanabria. Tiene media legua de largo y un cuarto de ancho, poco más o menos. Admitiría navíos de tres puentes, hasta atravesar a las orillas; tal es su profundidad. Fue propiedad de los condes de Benavente, que le cambiaron al convento por los pastos do la sierra inmediata. En la era de libertad y ventura se vendió por mil duros, en papel, por supuesto. El convento también se ha vendido en poco mas, o acaso menos, de lo que costaría el hierro de sus balcones. A nadie inculpo; me lamento sólo. Ahí tenéis lo positivo, dejadme lo ideal".

EL HIJODALGO