lunes, 21 de junio de 2010

En olor de santidad - Reliquias y monasterios en el norte de Zamora en la Edad Media

Infografía del Santiago peregrino de Santa Marta de Tera

Lipsanoteca de Santa Marta de Tera

Uno de los aspectos más peculiares de la religiosidad medieval, dado el alto grado de fanatismo alcanzado, fue el culto a las reliquias, indisolublemente ligado en los reinos peninsulares al culto a los santos. Dentro de ellos, eran los mártires de la Iglesia, por su condición de hijos ilustres de la comunidad cristiana, los que gozaron de una mayor veneración. La posesión de los despojos de alguno de ellos, aunque fuera en una mínima parte, era una garantía de prestigio para cualquier centro religioso y motivo de devoción y peregrinación por parte de cualquier visitante de los tesoros de los templos.

Las reliquias tenían por otra parte para los coetáneos reconocidas virtudes taumatúrgicas, no exentas de un cierto componente morboso y extravagante. Su simple contemplación o aproximación física proporcionaba un contacto más directo con la divinidad y garantizaba su influjo espiritual, siempre que se cumplieran unos ritos preestablecidos. También tenían esta misma condición milagrosa determinadas imágenes o representaciones de estos mismos santos veneradas en los santuarios.

Uno de los casos mejor documentados en nuestra región es el del monasterio de Santa Marta de Tera. Citado en las fuentes desde el año 979, había sido fundado a orillas del río Tera en honor de la patrona de Astorga, probablemente a principios del siglo X. Un documento de 1033 nos da a entender que se rendía culto aquí también al Salvador, Santa María, San Miguel Arcángel, Santiago, San Andrés y San Mateo. Algunos años después, en 1063, el monasterio fue donado solemnemente por Fernando I al obispo de Astorga, Ordoño, en recompensa y agradecimiento por haber traído a tierras cristianas unas de las reliquias más esperadas en el reino de León: las de Isidoro de Sevilla.

En relación con estas devociones hay que poner un conjunto de tres lipsanotecas o cajitas de madera para la custodia de reliquias. Dadas a conocer hace algunos años por Ángel Panizo, a su interés testimonial hay que añadir la información que proporcionan sobre la evolución del santoral hispano. Las cajitas se acompañan de sus correspondientes auténticas, donde se incluye la relación de reliquias depositadas.

Es en 1115 cuando comenzamos a tener evidencias de la llegada a este lugar de pauperes, a los que se hospeda en las dependencias monásticas. La noticia coincide precisamente con una alusión a la presencia del apóstol Santiago entre los santos objeto de veneración dentro de sus muros. Otro documento de 1122 nos sugiere que este culto al Apóstol estaba directamente relacionado con la custodia de alguna de sus reliquias, junto a las de la santa titular y las de otros santos no especificados. Flórez nos da a entender que los restos de la virgen y mártir fueron trasladados desde Astorga en algún momento hasta su monasterio de la ribera del Tera.

Pero es un diploma de Alfonso VII el que nos aporta una visión mucho más completa del tipo de actividades desarrolladas en este santuario. Su redacción arroja algunas dudas sobre su autenticidad debido a su peculiar estructura y su pobre nómina de confirmantes, pero ilustra perfectamente sobre el ambiente de fervor religioso existente por estos años.

En el largo preámbulo del documento, fechado en 1129, el monarca enumera los múltiples milagros obrados en el santuario por intercesión de la santa mártir, cuyo conocimiento motivó un probable viaje, tal vez en peregrinación, hasta las riberas del Tera aquejado de una grave enfermedad: ".. audiens magna miracula et multas virtutes, quas Deus fecit necnon et facit per virginem et martyrem suam beatissimam Martham quod in ecclesia sua reddit dominus caecis visum, surdis auditum, claudicantibus gressum, mancos curat, infirmos sanat, leprosos mundat, daemones ab oppresis corporibus fugat, et etiam ligatos a vinculis ferreis ubicumque fierint ligati liberat".

El párrafo recuerda en gran medida a las virtudes curativas atribuidas al apóstol Santiago en su santuario de Galicia. Respecto al poder curativo del Santo la tradición popular afirmaba que devolvía "la vista a los ciegos, oído a los sordos, palabras a los mudos, la vida a los muertos...". También tiene relación el relato con los numerosos milagros obrados por su intercesión en el Camino, recogidos por ejemplo en el Codex Calixtinus. Aunque el documento de Santa Marta no lo dice, las oraciones del monarca debieron surtir el efecto deseado, pues de otra forma no se explica la generosa dotación inserta a continuación: todo cuanto pudiera tener de realengo o de condado dentro de su coto, según fue fijado por su bisabuelo Fernando I.

Fundaciones monásticas en los Valles de Benavente (Siglos IX-XII)

Imagen de Santiago peregrino de Santa Marta de Tera

Tímpano de la iglesia de San Martín de Castañeda

Así pues, una buena parte de los peregrinos, bien en tránsito hacia otros centros o como destino final, acudían a este lugar con la esperanza de encontrar alivio o remedio a sus padecimientos, al amparo de las propiedades taumatúrgicas de las reliquias depositadas, contando además con el precedente y aval real digno de toda solvencia.

Pero no fue este el único caso de la región documentado de visita y veneración de reliquias en la Edad Media. Existieron otros muchos templos honrados con la posesión de despojos sagrados, relacionados de una forma u otra con las peregrinaciones. Veamos algunos ejemplos: En 952 con ocasión de un célebre juicio sobre la posesión de las pesquerías de Lago de Sanabria los testigos fueron llamados bajo juramento ante las reliquias de San Pedro y de otros santos depositadas en la iglesia fundada en San Pedro de Valdespino de Sanabria. Muy pocos autores han reparado en este breve pasaje, a pesar de ser un diploma muy conocido y citado, pero su contenido parece sugerir la existencia en Sanabria de un monasterio anterior a San Martín de Castañeda, dotado de especial devoción por los habitantes del valle.

En 1182 don Lope, freire del hospital de San Juan, entregaba al obispo de Oviedo la tercera parte de los diezmos de la iglesia de San Juan de Villafer, en el arcedianato de Benavente. La iglesia había sido construida por Suario, arcediano de Benavente, en fechas anteriores, dotándola de las inevitables reliquias. También parece que contaba con despojos de diversos santos el monasterio de San Miguel de Castroferronio, junto a los ríos Tera y Almucera, según un documento de 1015. En 1216 tuvo lugar la consagración de la iglesia de Mózar de Valverde por Pedro, obispo de Astorga. El epígrafe conmemorativo incluye la nómina de las reliquias depositadas, entre otras las de los santos Pablo, Ágata, Cecilia y Pedro.

Reliquias correspondientes a Santiago el Mayor se custodiaban en el monasterio de Moreruela, dedicado en un principio al apóstol peregrino antes de su reforma cisterciense. La colección diplomática de Moreruela recoge varios ejemplos de esta advocación hasta el año 1163. Pero los despojos venerados en el cenobio alcanzaban a otros ilustres representantes de la santidad. Ambrosio de Morales, ya en el siglo XVI, hizo una relación bastante detallada de los mismos:

"En el Retablo con dos rejas doradas colaterales al Santisimo Sacramento estan cerradas dos arcas de talla doradas, de tres quartas en largo, y media vara en alto con la tumba, en que estan muchas Reliquias. En la una está la mitad del Cuerpo de S. Froylan, que se lo dió la Iglesia de Leon de mucho tiempo atrás. Son los huesos cinco Canillas diversas, una espalda, y algunos espondiles y costillas: no hay mas Escritura ni testimonio que la tradicion de haber venido asi de unos en otros. Tienen también un gran paño, como media sabana, en que vinieron los huesos envueltos quando los trugeron de Leon: está toda labrada de Leones, y no parece muy antigua. Tienen un gran hueso de S. Blas con no mas testimonio de la tradicion, y que toda la tierra de tiempo muy antiguo tiene gran devocion con esta Reliquia. Todas las demas Reliquias son menudas".

Abundando en el tema, Yepes añade a esta relación fragmentos del Lignum Crucis, reliquias de San Benito y San Bernardo, y otros huesos no concretados pero de gran devoción popular, teniendo los monjes cistercienses el conjunto por la mayor riqueza y tesoro existente en la tierra.
El monasterio de Nogales fue otro alto en el camino para los peregrinos y los devotos de las reliquias. Nuevamente es Ambrosio de Morales quien, con cierto escepticismo, nos da cuenta de sus "tesoros" y de su poder de atracción para la religiosidad popular:

"Reliquias tienen muchas menudas: las mas principales son una Canilla de Santo Antonio de Egypto, metida en un brazo de plata. Los testimonios desta Reliquia son el antiguedad y riqueza del engaste: la tradicion que viene de muy lejos. Asimismo es grande, y muy antigua la veneración en que esta reliquia es tenida, y la devocion general de toda la tierra. El hueso es un palmo en largo, y está guardado siempre dentro de la Custodia del Santisimo Sacramento. Tienen una Canilla de Brazo quasi entera de S. Lorenzo, envuelta solamente en un tafetan, sin mas testimonio que una tradición antigua, que ha venido de unos en otros".

De San Martín de Castañeda, Morales afirma no contar con reliquias, ni libros, ni enterramiento real, por haberse quemado en tiempos pasados el monasterio. Si bien, posteriormente Yepes corrigió al célebre cronista cordobés, al menos en lo concerniente a los libros y documentos.

Así pues, las reliquias y todo el fanatismo que giraban en torno a ellas eran uno de las motivaciones esenciales para acudir en peregrinación a uno u otro monasterio, existiendo una relación proporcional entre la afluencia de visitantes y la cantidad y la calidad de los despojos atesorados. En la misma línea, también serían objeto de veneración los sepulcros correspondientes a miembros más destacados de la realeza y la alta nobleza, de los abades de los monasterios y de aquellos personajes de reconocidas virtudes espirituales a los ojos de los devotos.

Sala capitular del monasterio de Moreruela

Arquetas-relicarios procedentes del monasterio de Nogales

Lipsanoteca de Santa Marta de Tera

Lipsanoteca de Santa Marta de Tera

viernes, 4 de junio de 2010

Aguas para navíos de tres puentes - Una excursión al Lago de San Martín de Castañeda en 1847

Chronica Minora

En la revista "Semanario Pintoresco" se publicó en 1852, concretamente en su número 48 de 22 de noviembre, un largo artículo dedicado al Lago de Sanabria (Zamora). El relato, a medio camino entre la estampa costumbrista y la evocación poética, es la crónica de un viaje en la que se deja sentir con fuerza la impronta del romanticismo decimonónico. Al margen de su interés específicamente literario, el viaje proporciona algunas noticias relevantes sobre la situación del monasterio de San Martín de Castañeda en los años posteriores a su desamortización, así como una breve descripción de la Isla de las Moras y las ruinas del palacete-pescadero del Conde de Benavente. Acompaña al artículo un magnífico grabado del Lago de Sanabria, realizado a partir de un dibujo antiguo de los propios monjes cistercienses.

El texto viene firmado por "El Hijodalgo", quien dice ser originario de tierras cántabras y haber realizado su periplo por Sanabria en 1847. Se transcribe a continuación una versión extractada de su contenido:

"He viajado por tierras tan desconocidas cono las islas del mar Pacífico, y más dignas de curiosidad, todo sin salir de España. Esclavo de mi conciencia, hubiera creído faltar a los deberes que allí me llevaban, si me hubiese detenido a tomar una nota o bosquejar un monumento; hoy me lastimo, y aunque no me arrepiento, conozco hubiera sido también servir a mi patria. El que más ha perdido soy yo, y esto me consuela. Sólo me quedan recuerdos, y antes que una vida agitada acabe de borrarlos, quiero contar algo sobre el lago de San Martín de Castañeda.
Panorámica del Lago de Sanabria
El día de San Juan de 1847 salí de Doneé, pueblecito situado al pie de la sierra divisoria de los antiguos reinos de León y Galicia, despidiéndome de su hospitalario párroco, que es también el mejor cazador de la Sanabria, y aún do toda la provincia de Zamora. Mis compañeros de viaje eran, un antiguo oficial de caballería que había hecho la guerra contra Cabrera, y un licenciado de ejército de la misma procedencia, tan valiente como tuno, según más adelante pude conocer. Servíame éste de espolista, cocinero y ayuda de cámara, conduciendo en un rocín el arsenal heterogéneo, necesario en una comarca donde se hallan menos víveres y comodidad que en Sandwict o Taití.

Después de atravesar una sierra estéril , bajamos al hondo valle, donde el pueblecito de Trefacio ostenta una linda iglesia en medio de arbolados. Parece una cañada del Asia Menor, arrojada en medio de aquella tierra salvaje. Continuamos aún bastante tiempo subiendo y bajando cerros, por unos caminos que pudieran llamarse canales en seco. En vano, apoyándome sobre los estribos, alargaba mi ya bastante larga persona; nada veía más que las zarzas y espinos de ambos lados del camino. Su anchura correspondía a las demás cualidades, y un carro del país, que venia en dirección contraria, nos obligó a retroceder casi un cuarto de legua, para hallar un sitio donde, como si asaltáramos una barricada, pasamos por entre el carro y las zarzas, dejando en estas parte de la ropa, por trofeo del vencimiento.

Lo dí todo por bien empleado, porque a doblar la última loma se ofreció a mis ojos, de golpe, un espectáculo soberbio, y el más adecuado a mis gustos. Inmóvil sobre mi caballo, en lo alto del cerro, veía a mi derecha el convento y pueblo de San Martín de Castañeda; un edificio magnífico, en medio de las más ruines cabañas; a la izquierda un bosque intacto desde el diluvio; al frente una sierra, un peñasco, más bien gigantesco, sin un árbol, sin una mata; a mis pies el lago, tan claro y terso que la razón sola podía conocer que aquella masa, del azul más puro, era líquido y no cristal. Aunque la mañana estaba avanzada, el sol, que asomaba por detrás de la montaña, en cuya ladera está el convento, no alcanzaba a éste con sus rayos, y sumido en oscuridad relativa, parecía aun más misterioso y poético; en cambio, lo verde del bosque, el azul del lago y los blanquecinos peñascos de la sierra, brillaban en todo su sencillo, al par que grandioso esplendor [...]
Iglesia del monasterio de San Martín de Castañeda
Y apretando las espuelas llegamos al convento a la sazón que salia su antiguo prior, hoy párroco del pueblo. No sé que especie de masonería existe para los que han nacido entre montañas, que al momento se entienden si en ellas se encuentran. Son una especie de madre común que conoce a todos sus hijos, y en el modo de gozar estos de su regazo se reconocen también por hermanos. A muy pocas palabras que con el prior cambié, se nos franqueó la celda prioral y las provisiones de un fraile Bernardo; no digo más en su elogio. Satisfecha la hambre del viajero, el montañés volvió a sus instintos; y como durante el almuerzo se habló de una fuente muy rara, situada al otro lado del lago, en frente del convento, me propuse verla [...]

¿Qué clase de obstáculos existen? Vadear el Tera por los cañales (me contestaron), cosa que algunos hacen, y seguir después la orilla del lago, hasta encontrar la fuente, cosa que nadie ha hecho. -Pues debe ser lo mas fácil.- Así parece desde aquí, me dijo el prior abriendo un balcón, desde el que todo el lago y sus márgenes se divisaban; pero aquellos montones de rocas que forman la orilla, le parece a V. fácil trepar por ellas, y ni posible es; aún es más temerario intentar cruzar por los matorrales que de entre ellas nacen, y suben por toda la pendiente hasta formar el bosque impenetrable; en cuanto a lobos y culebras, que tampoco faltan, es lo de menos.- Tiene V. razón, contesté, y fuera más prudente dormir la siesta en la poltrona prioral; pero he perseguido a las gamuzas en los picos de Sejos, y a los jabalíes en los montes de Palomera, con todos los obstáculos que V. me pinta, y uno además, algo más serio: la nieve. Así que... hasta la vuelta [...]

El río Tera en Ribadelago
Nada tenía esta de particular al pronto, pero después... después de gastar dos horas largas en la más fatigosa y arriesgada expedición que jamás emprendí, me volví cuando precisamente llegaba a pocos pasos de la maldita fuente. Tuve el trabajo y no la gloria. Así me sucede en todas mis empresas. Un tomo no bastaría para describir lo que sufrí, y aún hoy se me eriza el cabello al recordar cuando, dejándome deslizar por una roca, creyendo alcanzar otra con los pies, me faltó media vara, cuando ya mis brazos agarrotados no podían sostener el peso del cuerpo, ni volver atrás. A más de veinte pies me esperaba en la caída, no el lago, que eso fuera lo menos temible, sino una cama de peñas aguzadas en las formas más caprichosas. Con una resolución desesperada me dejé caer a plomo sobre la punta de la roca inferior, no más ancha que la palma de la mano, y logré sin mantener el equilibrio, hacer nuevo empuje para lanzarme a otra situada al costado, y muy pendiente, a la que me aferré como pude, destrozando las uñas para salvar lo demás. No se pueden describir cosas semejantes.

Volví al convento cabizbajo y mohino, y gracias a la suculenta comida preparada en mi ausencia, no me quedó de mi empresa sino la satisfacción de haberla intentado, y... algún escozor en las desolladuras. Debió, no obstante, conocer el bendito prior que la fuente me ocupaba todavía, y con aquella sorna que los hombres de experiencia gastan con los entusiastas, empezó a decir en voz melosa, que él “había ido a la fuente con más comodidad que en la carretela de mejores muelles, con un movimiento sosegado y blando, como el de... una lancha”. -Una lancha! Hablarais, santo varón, para mañana. ¿Una lancha? ¿Dónde está? ¿A quién hay que pedirla?- Ea, ya volvemos a las andadas; cachaza, cachaza, y todo se arreglará [...]

Ya no era cosa de reparar en pequeñeces, y nos lanzamos al Ponto, aunque precisamente entonces empece yo a temer, porque si siempre me ha parecido bien atreverme a lo que otro hombre se atreva, un borracho no es un hombre. Previne a los remeros que se dirigieran a una islita situada a la parte superior del lago; pero tantas islas, penínsulas, y aún nuevos mundos, tenían en su cabeza, que tan pronto íbamos a un lado como a otro. La Providencia debió ser la que a la isla nos condujo. Esta es muy pequeña; sólo tiene algunos arbustos, y las ruinas de una casita edificada por los condes de Benavente, antiguos dueños del lago. Si no temiera extenderme demasiado, contaría también la historia de la ruina y abandono de la casita; pero una noche tempestuosa, un lago cuyas aguas crecen y todo lo tragan menos una débil barquilla, y en ella una condesa en deshabillé, y un paje poco más o menos que en sus brazos la salvó, o la perdió, sobre lo que hay opiniones, son cosas más interesantes vistas que escritas.

Desde la isla nos dirigimos a la fuente, y cuando las cabezas de nuestros remeros, ya más frescas, iban disipando mis temores, una nueva circunstancia los reprodujo con más fuerza. Me tengo por buen nadador, y mirando las cosas por el último lado que siempre las miro, por el del egoísmo, me dije a mi mismo que en un fracaso podría llegar nadando a la orilla. Pensaba esto, cuando un ladrido me hizo volver la cabeza. Numancia se había quedado en la isla. Hice volver la lancha, y cuando faltaba poco para llegar, la perra se echó al lago nadando hacia nosotros: medio minuto tardaría en emparejar con la lancha; quiso subir y no pudo; al cogerla por el pescuezo conocí la causa, sintiendo en mi mano el agua más fría que jamás he palpado, y que es seguro no sufrirá un ser humano [...]
Lago de Sanabria 
Un fuerte olor, corno de huevos podridos, me dijo antes de llegar a la orilla, que la buscada fuente era de las sulfurosas. ¡Oh poder de una imaginación joven! me creí descubridor de un tesoro, y veía la humanidad podrida levantándome estatuas [...] El manantial que ví es tan escaso, que no pasará de una pulgada cúbica. En cambio tiene una agradable temperatura, como de agua tibia, y está sumamente cargado del principio sulfúrico. En dos segundos tiñe de negro una moneda de plata, y en la roca donde brota, a la altura de dos o tres varas sobre el nivel del lago, deja abundante sedimento blanco, parecido al hollín. Esta fuerte saturación paréceme que anuncia un gran depósito, que debe tener más desaguaderos a la inmediación, o bajo el nivel de las aguas del lago [...]

Volvimos a cruzar el lago por todo su ancho, y desembarcamos al pie del convento. Al ver el porrazo que el exoficial se dio por saltar más pronto a tierra, sin contar con el balance del bote, se me figuró ver a César en circunstancia parecida, diciendo a la tierra de África: "no te me irás; te tengo entre mis brazos". Ni volveré más al agua, debió añadir mi hombre en sus adentros, a juzgar por la mirada significativa que volvió al lago, al bote, y al cielo, por fin, en acción de gracias sin duda. ¡Con qué placer gozamos después de la cena, de la conversación del buen prior y de su tranquilo sueño! ¡Con qué sentimiento nos despedimos al día siguiente!

He sido un fiel narrador de lo que vi por mis ojos y toqué con mis manos. El plano del lago que ofrezco a mis lectores como objeto más curioso y antiguo que exacto, se debe a la bondad del prior Don F. C. (permítame poner sus iniciales en prueba de agradecimiento). Debió ser diseñado por algún religioso del convento, donde existía desde tiempo inmemorial. La escuela flamenca y el daguerreotipo nos tienen cansados de paisajes admirables y exactos; vaya pues uno raro. Si lo bautizara con el nombre de uno de aquellos grabadores alemanes de la Edad Media, se admiraría; no sé por qué se ha de tener en menos la obra de un fraile español reproducida por el señor N.

Plano del Lago de Sanabria según grabado del "Semanario Pintoresco" [1847]
Para concluir, y en obsequio de los hombres metódicos que se fijan en lo positivo, diré que el lago de San Martín de Castañeda está entre las sierras que dividen las provincias de Orense, Lugo y Zamora; en territorio de la última, y tres leguas al N. E. de la Puebla de Sanabria. Tiene media legua de largo y un cuarto de ancho, poco más o menos. Admitiría navíos de tres puentes, hasta atravesar a las orillas; tal es su profundidad. Fue propiedad de los condes de Benavente, que le cambiaron al convento por los pastos do la sierra inmediata. En la era de libertad y ventura se vendió por mil duros, en papel, por supuesto. El convento también se ha vendido en poco mas, o acaso menos, de lo que costaría el hierro de sus balcones. A nadie inculpo; me lamento sólo. Ahí tenéis lo positivo, dejadme lo ideal".

EL HIJODALGO

martes, 25 de mayo de 2010

Cuando el rey don Fernando hizo poblar el alcázar de Malgrad - Un paseo por el Benavente de los siglos XII y XIII

Chronica Minora

La configuración del plano de Benavente en época de los reyes leoneses Fernando II y Alfonso IX estuvo determinada por dos factores básicos: las condiciones naturales del lugar de asentamiento y la existencia de un establecimiento anterior: el núcleo preurbano.

El emplazamiento, sobre un cerro y con un amplio dominio de las vegas de los ríos Esla y Órbigo, obedeció a una función defensiva. Un talud, abierto sobre el río Órbigo, protegía de forma natural todo el costado oeste de la aglomeración. Su situación privilegiada, junto a un curso de agua y en la confluencia de las más importante vías de comunicación de la región, explican la población y fortificación del lugar, al menos desde finales del siglo XI o principios del XII.
 Detalle de la portada sur de la iglesia de San Juan del Mercado

Apenas disponemos de información sobre la fisonomía de la villa antes del inicio de su proceso fundacional. Sea cual fuere su aspecto, la identificación de Malgrad con Benavente es una cuestión que debe considerarse definitivamente zanjada. El cambio de denominación debió hacerse efectivo en 1168, posiblemente mediante una concesión regia. Nos encontramos ante el uso de un nuevo topónimo, más atractivo, con un claro interés repoblador, hecho muy frecuente en la historia urbana medieval de la península. Conocemos casos similares que afectaron a otras villas repobladas durante esta época: Coyanza por Valencia de Don Juan, Erizana por Bayona, o Tuy por Buenaventura.

La morfología inicial del castro Malgrad debió consistir en el castillo, la fortificación, las dependencias y servicios anexos, y un contingente no muy numeroso de población. Los rasgos que definen y caracterizan a la incipiente villa son sus funciones militares y administrativas. La propia denominación como castrum o alcázar utilizada en los diplomas, parece arropar esta tesis. Este núcleo originario de la villa hay que situarlo -según la tradición local- en la parte más baja, en torno a los barrios de Santa Clara, San Andrés y San Francisco. No es posible concretar cual era su extensión en el plano urbano, lo cierto es que ya en 1161 la población contaba con un concilium y con varios cargos de gobierno como son el merino, los justicias y el tenente.

El impulso dado por la iniciativa regia a través de la concesión de la cartas forales de 1164 y 1167 se tradujo en un amplio desarrollo urbano, particularmente reconocible a partir de 1181. La expansión del plano estuvo sometida a las imposiciones de los accidentes naturales, concretamente a la existencia de un escarpe pronunciado -Los Cuestos- abierto sobre el río Órbigo. El grueso de los nuevos pobladores fueron levantando sus casas en la parte llana de la villa y en las laderas del cerro.
Detalle de la portada sur de la iglesia de San Juan del Mercado

Es posible que en un principio, como ocurrió en otras villas, la disposición de las nuevas calles y barrios viniera determinada por el lugar de procedencia de los nuevos vecinos. En cualquier caso, estos populatores se fueron asentando en núcleos de población diferenciados, organizados en torno a una iglesia a modo de pequeñas aldeas.

Algunas de estas "pueblas" estaban relativamente próximas entre sí, pero otras como el burgo de los judíos o la colación de Santa María de Ventosa se encontraban en el extrarradio. La construcción de una primitiva cerca hecha de tapial contribuyó a aglutinar las distintas pueblas. De esta forma, a mediados del siglo XIII, con el aumento del número de vecinos y la consiguiente cohesión de los núcleos iniciales, la ciudad adquirió una cierta unidad.

Los nuevos pobladores que acudieron a la villa siguiendo las indicaciones del monarca fueron edificando sus viviendas en torno a estas nuevas colaciones. La acción política del concejo trató de armonizar todos estos núcleos, otorgando la misma condición jurídica a los repobladores que se iban incorporando respecto a la población ya existente, siempre que se atuvieran a las condiciones establecidas en el fuero. Por tanto, a pesar de que el plano que ofrecía Benavente hacia 1230 no era en absoluto regular, no podemos hablar de una distribución anárquica, sino de un crecimiento dirigido o planificado desde el poder concejil.

La actividad constructiva durante el período objeto de nuestro estudio fue muy intensa. Al impulso inicial, patrocinado por la monarquía, hay que añadir la iniciativa de los propios vecinos, de la iglesia, de algunos miembros de la nobleza y particularmente de las órdenes militares. No deja de ser sintomático el hecho de que buena parte de las noticias relacionadas con la labor constructora se refieren a la edificación, consagración y dotación de nuevas iglesias, signo inequívoco del establecimiento de pobladores y de la creación de nuevas colaciones.

Detalle de la portada sur de la iglesia de San Juan del Mercado
La "puebla" de San Martín es un ejemplo particularmente ilustrativo de la mecánica del asentamiento. El templo de esta colación pertenecía a los vecinos y herederos de la parroquia. Por tanto, presumiblemente, fueron ellos mismos quienes iniciaron su construcción durante la repoblación de este sector de la ciudad. Cuando en 1188 los parroquianos donaron su iglesia a la Orden de Santiago lo hicieron bajo varias condiciones, entre ellas la culminación de las obras sicut in Benevento melior illa non sit excepto illas que ex lapidibus fectis construnctur, expresión que parece hacer alusión a la edificación, por estas fechas, de las iglesias románicas de Santa María del Azogue y San Juan del Mercado. La Orden de Santiago, a su vez, contrajo diversas obligaciones, entre ellas la de mantener un maestro de enseñanza para que instruyera a los hijos de los parroquianos y ayudar a aquellas personas que cayeran en la pobreza.

Otra muestra de iniciativa constructiva -y por tanto repobladora- patrocinada por una orden militar la encontramos en la iglesia de San Juan del Mercado. Su propietaria, doña Aldonza, hija de los condes Osorio y Teresa, había iniciado su fábrica en una fecha no determinada. En 1181 recurrió a la orden del Hospital de San Juan para asegurar la continuación de las obras, paralizadas debido al alto coste que suponía la construcción de una iglesia románica en piedra de sillar. Los hospitalarios se hicieron cargo de la iglesia y aseguraron su culminación a través de la asignación a la obra de bienes y rentas situados en aldeas del alfoz benaventano. De esta forma, de igual forma que ocurrió con San Martín con respecto a los caballeros santiaguistas, San Juan paso a formar parte del dominio de la Orden de San Juan.

A estos ejemplos podemos añadir el caso de la iglesia de San Salvador, edificada en el solar donde mas tarde se levantó el monasterio de Santa Clara, en la Calle Mayor (hoy calle Santa Clara). El templo fue edificado por Rodrigo Peláez y María Joanis, vecinos de Benavente pertenecientes a la colación de Santa María de Ventosa. El extracto conservado del documento recoge una curiosa declaración prestada por los propietarios en la que afirmaban que la iglesia, construida por ellos, se encontraba dentro de la jurisdicción del obispado de Oviedo, aunque los cálices, libros y ornamentos litúrgicos pertenecían al obispado de Astorga. Esta peculiar circunstancia puede explicarse por la confluencia de diferentes jurisdicciones eclesiásticas en el término del concejo. Debe destacarse en este caso cómo un matrimonio procedente de otra colación se hizo cargo de la construcción de una iglesia, posiblemente como inversión para captar parte de los diezmos o de los ingresos derivados del derecho de patronazgo.

Detalle de la portada sur de la iglesia de San Juan del Mercado
Contamos con otras noticias dispersas referentes a otras iglesias edificadas o documentadas en este período: Santa María de Ventosa, erigida en la colación del mismo nombre a las afueras de la villa, figura como uno de los bienes pertenecientes a la iglesia Compostelana en 1178. La iglesia de Santiago, situada en las inmediaciones del castillo, fue fundada en 1217 por el comendador de la orden de Santiago don Juan Massoco. De la iglesia más importante de la villa, Santa María del Azogue, no disponemos de documentación sobre su construcción o consagración, pero su fábrica románica es estilísticamente contemporánea de San Juan del Mercado, si es que no se construyeron bajo la misma iniciativa. El templo estaba ya en uso en 1230 según se evidencia en un pergamino de la catedral de Oviedo. San Miguel, situada muy cerca de la iglesia de San Salvador, debió ser uno de los templos más antiguos de la villa. En 1184 ya estaba construido y era el centro de la colación del mismo nombre. San Andrés, levantada como la anterior en la parte baja, a los pies del cerro, es conocida desde 1221 por tener en sus inmediaciones varias viñas propiedad del monasterio de Carracedo. La iglesia del Santo Sepulcro era "propia" del monasterio de Eslonza; en 1188 se encuentra ya noticia de su existencia. Santa María de Renueva o "Rúa Nova", mencionada en un documento del monasterio de Moreruela en 1278, se ha considerado hasta ahora como paradigma de la expansión urbana en la segunda mitad del siglo XIII. Sin embargo, su construcción debe retrasarse bastantes años, pues figura entre los bienes de la mesa episcopal de Astorga en 1228. Obviamente hay que incluirla dentro de este contexto general de asentamiento de pobladores y formación de nuevos barrios o colaciones.
Detalle de la portada sur de la iglesia de San Juan del Mercado
Como vemos la construcción y dotación de iglesias es el aspecto más significativo de la evolución del plano urbano dentro del período que nos hemos propuesto analizar. Aún siendo muy optimistas sobre el volumen total de población de la villa en estos años, el número de templos documentados resulta llamativamente alto: once en total. Esto hace suponer que el número de parroquianos correspondientes a cada iglesia no sería muy numeroso, pero también nos permite extraer otras conclusiones de interés. La principal es que la máxima extensión del plano urbano se había alcanzado ya entre finales del siglo XII y principios del XIII.

Las nuevas pueblas efectuadas con posterioridad no supusieron por tanto una expansión de este primer recinto delimitado por la muralla. El asentamiento de nuevos pobladores en la segunda mitad del siglo XIII como consecuencia de otras iniciativas pobladoras se hicieron a costa de los espacios no urbanizados o despoblados existentes entre cada una de las pueblas, o bien aprovechando las zonas ocupadas por huertos, pastos, eras o tierras de cultivo dentro de cada colación.

Véase también el siguiente artículo del autor disponible en PDF: R. GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, "Origen y formación de una villa de repoblación. Benavente durante los reinados de Fernando II y Alfonso IX", Studia Histórica. Studia Medieval, 15 (1997), pp. 105-138..

lunes, 3 de mayo de 2010

Poco trecho y mal camino - Una breve historia de Bretocino

Chronica Minora

El lugar de Bretocino se encuentra situado en un altozano sobre la margen derecha del río Esla, muy próximo a su confluencia con el Tera, a 710 m. sobre el nivel del mar. A partir de aquí, el río comienza a encajarse en el basamento paleozoico, transcurriendo prácticamente así hasta su desembocadura en el Duero y dejando en sus márgenes, en algunos tramos, varios niveles de terraza. Su término municipal linda al norte con el de Olmillos de Valverde y Milles de la Polvorosa, al este con el de Bretó y al sur con el de Faramontanos de Tábara.
Escudo de Bretocino
Los restos arqueológicos hallados en el término de Bretocino testifican la presencia humana en el Paleolítico Inferior. Industrias líticas compuestas por bifaces, triedros, hendidores, cantos tallados, raederas y otros, han sido halladas en los pagos de “El Cabezo”, “Corrales”, “Rozada” y “Peñalosa”, pertenecientes a la cultura denominada Achelense. Industrias similares las encontramos en Santa Marta de Tera, Villabrázaro y Benavente.

Con independencia de otras ocupaciones prehistóricas posteriores, el territorio cobró notoriedad en época romana, al estar próximo a Pretorium (identificado historiográficamente con Bretó), una de las mansiones de la calzada de Mérida a Astorga, conocida posteriormente como Vía de la Plata. Precisamente, de esta época se documentan varios yacimientos arqueológicos. En “Las Nogales” se han recogido diversos molinos de mano circulares y “ladrillos redondos”. En “Los Collados”, en la parte derecha de la carretera que desde Bretocino conduce a Olmillos de Valverde, se han hallado tégulas de “tipo decadente”, en palabras de Virgilio Sevillano.

Centrándonos en épocas más recientes, en las que existe ya un registro documental, el origen del actual núcleo de población remite al proceso de colonización altomedieval. En las fuentes hay referencias a topónimos como Breto, Bretelo, Breto Mayor y Breto Menor, que ponen de manifiesto la vinculación tradicional de ambas localidades, a pesar de la separación física que podía suponer el río Esla. No obstante, esta circunstancia quedaba solventada, quizás, por la existencia de un vado en el cauce, utilizado desde tiempo inmemorial, como paso de ganados y personas. La sabiduría popular ha perpetuado las dificultades de comunicación entre las dos localidades hermanas con el célebre dicho: "De Bretó a Bretocino, poco trecho y mal camino".
Vista general de la localidad desde el río (Foto cortesía de F. Gallego)
En 951 se menciona en un documento del monasterio de Sahagún la vía “de Breto que vadit a Morerola”. Una de las primeras menciones a ambas localidades la encontramos en el fuero otorgado por Alfonso VII en 1129 a la villa de Castrotorafe, en el que se incluyen a Breto y Bretelo como límites del alfoz del nuevo concejo. La División de Wamba, documento apócrifo de finales del siglo XI o principios del siglo XII, señala a Bretó como uno de los límites de la diócesis de Zamora. Según la versión que ofrece la Crónica de Alfonso X El Sabio: “Ell obispado de Numancia, esta es Çamora, tenga por Penna Gusendo fasta Tormes o son los bannos de Val de Rey que yazen sobrel, et dalli fasta en Duero, e de Villalal fasta Oter de Fumus assi como ua acerca de Rio Seco fasta Breto, e de Tauara fasta en Duero”.

A principios del siglo XIII Bretocino figura como un lugar en el que los reyes de León disponen de diversas heredades de realengo, bienes que acaban incorporándose al patrimonio del monasterio de Moreruela. Así, en 1214 Alfonso IX notifica a los concejos y alcaldes de Benavente y Villafáfila que dona al cenobio todo lo que tiene de su realengo en las heredades de Bretocino y Villafáfila. Este privilegio sería confirmado por los monarcas posteriores. El interés de la abadía cisterciense por este lugar se explica por la existencia de un importante conjunto de molinos en la ribera de Esla, que se extendían por los términos de Bretó y Bretocino.

Iglesia parroquial (Foto cortesía de F. Gallego)
En el siglo XIII el monasterio se fue haciendo con diversos derechos sobre la propiedad, a través de la compra o donación de los mismos a particulares. En 1243 un total de diez herederos venden a los monjes la parte que les correspondía en la presa de los molinos de “Peniellas”, en Bretocino. Como consecuencia de esta implantación creciente de la Orden Cisterciense en la localidad, se estableció una granja monástica, similar a otras muchas que poseía el cenobio en sus dominios del norte de Zamora, desde la que se administraba su patrimonio y las rentas inherentes. Esta granja se documenta al menos desde el año 1222, cuando se entregaba en prestimonio al deán de Astorga, don Pedro Suero.

Desde el punto de vista administrativo, Bretocino fue en la Edad Media una aldea perteneciente al alfoz del Concejo de Benavente, integrada en la Merindad de Riba de Tera, como consta, por ejemplo, en el libro de actas del concejo de 1434. Un año antes, se estableció su contribución al Pedido Real, que se fi jó en la cantidad de 980 mrs. Esta cantidad supone una de las más importantes satisfechas por los vecinos de las aldeas de la citada merindad, tan sólo por debajo de los lugares de Santa Croya y Melgar, lo cual nos da una idea de su pujanza demográfica y económica en el contexto del alfoz benaventano.
Río Esla desde el moderno puente (Foto cortesía de F. Gallego)
En 1398 se crea el Condado de Benavente, a través de la donación que hace el rey Enrique III al noble portugués don Juan Alfonso Pimentel. De esta forma, Bretocino queda integrado dentro de los dominios del señorío. Durante el siglo XV, la barca sobre el Esla se va a convertir en motivo de disputa frecuente entre el monasterio de Moreruela y el concejo de Benavente.

La existencia de barcas en manos privadas constituía, sin duda, una amenaza constante a la explotación de los derechos de paso del principal puente concejil de la comarca: el puente de Castrogonzalo. Además, al ser este un puente que exigía considerables recursos, dadas sus continuas reconstrucciones y reparaciones, las autoridades municipales no se podía permitir el lujo de soportar la competencia de estas embarcaciones extraconcejiles.

La barca de Bretocino tenía un interés particular para el monasterio pues, como ya se indicó anteriormente, en sus inmediaciones se encontraban un conjunto importante de molinos, pesquerías y el Priorato del Hoyo. En el siglo XIV ya hay constancia de la existencia de una barca en este lugar, que debía controlar el monasterio, aunque las heredades de su propiedad fueron entregadas en prestimonio al obispo de Astorga.

Portada principal de la iglesia
En 1434 el capítulo celebrado por los monjes en su monasterio aprobaba el trueque de las heredades que tenía dicho convento en Ferreras de Yuso, Manzanal, Cional, Folgoso, Nuez y las dehesas de Santa Cruz, a cambio de 15.000 mrs. de juro, de los 26.000 mrs. que tenía el conde de Benavente, situados en la alcabala del vino de Zamora y en la barca de Bretocino. Pocos días después, el conde Rodrigo Alfonso Pimentel otorgaba licencia al Concejo de Benavente para que entregara al monasterio de Moreruela la barca de Bretocino, prohibiendo a dicho concejo poner otras embarcaciones desde el término de Milles hasta el canal de la presa del Carrizal. Así mismo, permitía a los vasallos del conde ir a moler a las aceñas del Hoyo, pastar con sus animales, cortar hierba, sacar piedra de la cantera para reparar las aceñas y la pesquera y, por último, vender libremente el pescado obtenido.

Durante el siglo XVI, Bretocino continúa siendo un lugar de paso obligado, en el camino que conducía de Villafáfila a Benavente, tal y como revela Hernando de Colón en su “Cosmografía de España” (1517-1519): Villafafila es en tierra de campos e es villa de quinientos vecinos e esta en llano e tiene unas salinas e es de leña pobre e es de don Pedro Pimentel e fasta Benavente ay cuatro leguas e van por Brete dos leguas e media e por bretoçino media legua".

Como aldea del alfoz benaventano, Bretocino debía contribuir también en aquéllas obras de interés general para la comunidad. Una de ellas era la reparación de las murallas de Benavente. Trabajos que consistían en levantar tapiales en los sectores de la cerca que se encontraban en mal estado o se habían derruido. Así en 1655, dentro del contexto de la guerra con Portugal, que acabará a la postre con la independencia del país vecino en 1668, tuvo lugar una prestación de trabajo de todas las aldeas y lugares del concejo. A cada una de ellas se le asignó un sector de la muralla. En concreto, a nuestra localidad le correspondieron: “seis tapias a los dos marcos y rrecivimentos de la cantería que ssale a la Puerta de Santa Cruz a mano izquierda”.

Este documento tiene su interés, además, porque en esta ocasión Bretocino figura incluido dentro de la Merindad de Valverde, y no en la Merindad de Tera, como constaba en los repartimientos del siglo XV. En esta misma Merindad de Valverde continuaría en el siglo XVIII, como consta en la relación de lugares y aldeas que ofrece Berdum de Espinosa, en su obra “Derechos de los Condes de Benavente a la grandeza de primera clase”, publicada en Madrid en 1753, fol. 54.
Entrada al cementerio
Durante el siglo XIX varios diccionarios geográficos e históricos ofrecen estampas de las diversas localidades españolas. Sebastián Miñano y Bedoya en su “Diccionario Geográfico- Estadístico de España y Portugal”, a propósito de Bretocino recoge lo siguiente:

"Bretocino, L.S. de Esp., provincia de Valladolid, part. De Benavente, obisp. De Astorga. A.P., 58 vec., 232 habitantes, 1 parr., 1 pósito. Sit. en colinas suaves que dominan una vega, bañada por el río Esla, junto a su confl uencia con el Tera. Produce trigo, centeno y legumbres. Cont. 949 rs. 8 mrs. Derec. enag. 544 rs."

Por su parte, Pascual Madoz, en su conocido Diccionario, ofrece una interesante descripción de la situación de nuestra localidad a mediados del siglo XIX:

"Bretocino. Localidad con ayuntamiento en la provincia de Zamora (9 leguas) partido judicial de BENAVENTE (1 1/2), diócesis de Astorga (11), audiencia territorial y capitanía general de Valladolid (16): situado en un llano a 100 pasos del río Órbigo, con libre ventilación y clima sano. Tiene 42 casas de un sólo piso, muy reducidas y poco aseadas con su corral delantero cada una de ellas; iglesia parroquial (San Pablo), servida por un cura, contiguo a la cual está el cementerio y dos fuentes de agua perenne; pero sin uso. Confi na Norte Olmillos, Este Bretó, Sur la dehesa llamada Las Mangas, y Oeste Friera, todos a 1/2 hora de distancia. El terreno es de buena calidad y todo llano. A 200 pasos al sur del pueblo, se encuentra la indicada dehesa de Las Mangas, propiedad del conde de Benavente".

domingo, 25 de abril de 2010

Apud Beneventum in plena curia - Las Cortes de Benavente de 1202

Cortes de Benavente de 1202 (Archivo Diocesano de Zamora)

La "curia plena" de Benavente nos es conocida a partir de un texto fechado en esta villa el 11 de marzo de 1202, en el que se recoge un ordenamiento establecido por Alfonso IX en esta asamblea. Existen abundantes copias y ediciones del mismo, unas en latín y otras en romance, pero todas ellas remiten a dos documentos de la primera mitad del siglo XIII que incluyen estas disposiciones, ambos existentes actualmente en el Archivo de la Catedral de Zamora: una carta en pergamino y una copia del mismo, recogida en el Tumbo Negro de la catedral.

Las disposiciones de la curia plena de Benavente fueron consideradas, desde el punto de vista de los intereses patrimoniales de la catedral de Zamora, como privilegios para las heredades de abadengo La presencia de este pergamino en el archivo catedralicio tiene en este sentido una justificación evidente, pues efectivamente una gran parte de los parágrafos aluden al abadengo de una forma u otra, y cuando se regula la cuestión de la “quiebra” de la moneda y el tributo alternativo de la "moneta", que teóricamente tendría un carácter más universal, se incluye la exención expresa de esta gabela para los canónigos de las catedrales. Su misma catalogación como “privilegios para los que tenían heredades de abadengo” nos indica que el documento afectaba expresamente a los intereses de la institución zamorana.

Como ya fue glosado por diversos autores, su texto adopta la forma de un "iudicium", con una doble temática muy definida. Por un lado, el tratamiento de las heredades de abadengo, que por diversas circunstancias pasan a ser detentadas por milites u otros. Sobre este particular se concretan las atribuciones del rey y del abadengo en varias situaciones de tenencia: per capitulum, in prestimonium, o in pignus. En realidad, estas disposiciones atañen fundamentalmente a cesiones temporales de heredades de abadengo a los caballeros, una práctica cada vez más habitual en el período que nos ocupa, cuyo fin era garantizar un aprovechamiento satisfactorio de su patrimonio, evitando a la vez la intromisión de los concejos o de otros representantes de la propia nobleza. En este sentido debe entenderse la expresión ad tempus, como una cesión no definitiva, al igual que ocurre con la entrega en prestimonio. De igual forma, los miembros del clero, sean del abadengo o de las órdenes, pueden disponer de las heredades de los milites siempre que cumplan con el mismo fuero que satisfacen el resto de heredades de estos milites.

Como ya señaló García de Valdeavellano, en León y Castilla durante la Edad Media fueron muy frecuentes las concesiones de tierras en régimen de tenencia o disfrute, temporal o vitalicio, que se hacían con la finalidad de fomentar y mejorar el cultivo de la tierra cedida y de obtener a cambio una renta, censo o rendimiento económico. Este mismo autor resuelve que lo que se dispuso en Benavente fue que estas heredades tenidas en prestimonio debían estar sujetas al mismo fuero que las heredades propias y guardarse en ellas la justicia del rey.

El paulatino fortalecimiento del poder municipal tuvo como resultado una tendencia a que las instituciones señoriales, enclavadas dentro de los ámbitos jurisdiccionales de los concejos, cedieran de forma temporal sus propiedades a señores poderosos, preferentemente laicos, con el fin de contrarrestar la voracidad de la fiscalidad concejil. Por eso las disposiciones de las cortes de Benavente sobre este particular fueron interpretadas como privilegios para las heredades abadengo, ya que suponían una fórmula para ceder la administración una parte de su patrimonio a los caballeros, sin caer por ello dentro de la órbita del realengo.

El otro asunto tratado es el de la venta de la moneda. El monarca se compromete en no alterar o “quebrar” la ley de la moneda, sin previamente ofrecer su compra a las “gentes terrae”.

Las deliberaciones tienen como resultado, según sabemos por la data, el establecimiento de un tributo de un maravedí anual por un período de siete años para los territorios situados entre el Duero y el mar, admitiendo la exención de los canónigos de las catedrales, de los milites y de ciertas personas que trabajan para ellos en sus casas. Es decir, un impuesto resultado de un acuerdo de ambas partes, a cambio de la promesa de no envilecer la ley de la moneda. Además, se establece que los milites u “otros” no puedan beneficiarse económicamente de la recaudación de este tributo, ni de la fonsadera.

Precisamente en la catedral de Zamora existe un documento de Alfonso IX, sin fecha concreta, en el que el monarca ordena a Fernando Ramírez y a García Muñiz que no tomen los maravedís de la moneda a los clérigos del coro de la iglesia de San Salvador de Zamora. No sabemos si el diploma es anterior o posterior a 1202, pero es manifiesta la vinculación entre ambas actuaciones.

En su conjunto, las disposiciones de la curia plena de 1202 no constituyeron un asunto especialmente original o novedoso. Al menos en parte, recuerdan o reforman otros ordenamientos promulgados con anterioridad por el propio Alfonso IX o remiten genéricamente a actuaciones de antecesores suyos, lo cual nos lleva inevitablemente a la figura de Fernando II y a la posible existencia de otras asambleas homologables a esta de 1202, de las que no conservamos actas de sus decisiones.


Alfonso IX según una miniatura del Tumbo A de la Catedral de Santiago de Compostela

Símbolo regio del Reino de León (Tumbo A)

Vista del Castillo y Parador de Benavente desde el puente de la Ría

Esta es la impresión general que se obtiene de la lectura del documento, y así es reconocido por los propios jueces asistentes: “datum est iuditium inter me et ipsos ab electis iudicibus, sicut etiam iam fuerat iudicatum inter antecesores meos et suos”.

Así mismo, en el texto de 1202, al iniciar las disposiciones relativas a la venta de la moneda se recuerdan de nuevo anteriores actuaciones: “In ipsa curia etiam iudicatum fuit sicut etiam semper fuerat quod si rex de nouo uoluerit suam monetam mutare in aliam, uniuersi de suo regno equaliter recipere debent”.

Como afirma Procter, no hay pruebas de que la moneda se vendiese en ninguna asamblea anterior de la curia plena. La dificultad radica en que el término moneta puede interpretarse tanto en el sentido de la facultad o licencia para su fabricación, como en referencia al tributo alternativo a su no “quiebra” por el rey. No obstante, contamos con diversos diplomas de Alfonso IX en los que se está hablando claramente de un impuesto que se recauda con regularidad en el reino con anterioridad a 1202. Así pues, tanto las disposiciones relativas a las heredades de abadengo, como las concernientes a la venta de la moneda y su tributo alternativo parece ser que ya fueron objeto de una regulación anterior.

Por otra parte, es muy probable que en la curia plena de 1202 se discutieran otros asuntos complementarios que no fueron incorporados finalmente a las actas, o bien, por la razón que sea, no fueron copiados en la versión del pergamino que conservamos de la catedral de Zamora. Como hemos visto, en toda la reglamentación sobre la posesión temporal de las heredades de abadengo por los milites la cuestión de fondo es el trasvase de heredades entre el realengo y el abadengo. Una temática que contaba con una larga trayectoria en diversos concilios y asambleas políticas del reino de León.

Sin duda esta problemática tuvo que ser tenida en cuenta por los iudices a la hora de tomar sus decisiones. Pero, además, la misma data del diploma da cuenta de una forma muy poco ortodoxa sobre la venta de la moneda “gentibus terre a Dorio usque ad mare”. Este aspecto, debió regularse de una forma más concreta y específica, pero su desarrollo literal no fue recogido en el aparato dispositivo.

Maravedí de oro de Alfonso IX (Ceca de Salamanca?)

Mucho más difusa e inconcreta todavía resulta la noticia de la venta de la moneda en la Extremadura: “Similiter eodem anno, et tempore simili modo empta fuit moneta in tota Extrematura”. El sentido de la frase parece indicar que existió otra disposición específica relativa a la Extremadura, tampoco incluida en el pergamino. Tal vez fue promulgada en otro momento de la curia plena de Benavente, o en otra asamblea complementaria, no sabemos si anterior o posterior. Simplemente se afirma lacónicamente que se aprobó de igual modo y en el mismo año.

En base a todo lo argumentado, la conclusión principal que se obtiene es que el documento del archivo de la catedral de Zamora es un extracto, recopilación o reelaboración de algunas de los "iudicios" u ordenamientos promulgados en una curia plena celebrada en Benavente en marzo de 1202, quizás no todos. Seguramente se recogieron aquellos que resultaron de especial trascendencia para el reino, bien porque convenía en aquel momento confirmar determinadas actuaciones anteriores, o bien porque afectaban más directamente a los intereses de la iglesia en general y la sede zamorana más en particular.

De todo ello se redactó un diploma que, dados sus aspectos formales y contenido, todo invita a pensar que se trata de una copia, bien emanada de la cancillería regia o bien de una copia simple, pero que en ningún caso es el acta solemne de una curia regia. No obstante, en la medida que puede ser reflejo de otros textos perdidos merece ser analizado en todos sus extremos. Aún en el caso de que consideremos el texto de Zamora como expedido por la cancillería regia, parece obvio que se trataría de una copia ad hoc, solicitada por la catedral de Zamora, y por tanto mediatizada por el sujeto receptor, en cuanto que debieron de reproducirse aquellos preceptos de especial interés para el cabildo.

En fin, el pergamino de la catedral de Zamora, a pesar de ser uno de los textos más antiguos que conservamos correspondiente a esta época fundacional de las cortes en el reino de León, no constituye una excepción en relación con otros diplomas equiparables. Adolece de la mayoría de los defectos y dificultades ya glosadas para las asambleas de 1188 y 1208, lo cual no hace sino poner de manifiesto que nos encontramos en un momento de formación y cristalización de esta institución; en muchos sentidos, incluido entre ellos el de la práctica documental.


APÉNDICE DOCUMENTAL



1202, marzo, 11. Benavente
Alfonso IX celebra curia plena en Benavente, con la asistencia de obispos, vasallos "et multis de qualibet uilla regni mei".

Archivo de la Catedral de Zamora, leg. 8/23. Perg. 337 x 293 mm. Plica con dos orificios y restos de cinta de cuero. Buena conservación.

In nomine Domini nostri Ihesu Christi, amen. Quoniam ea que in presenti fiunt firma fore uolumus et inconcussa in posterum permanere. Idcirco ego Adefonsus, Dei gratia rex Legionis et /2 Gallecie, una cum uxore mea regina domna Berengaria et filio meo domno Fernando, per hoc scriptum notum facio uniuersis presentibus et futuris quod me, existente apud Beneuentum et presen /3 tibus episcopis et uassallis meis et multis de qualibet uilla regni mei in plena curia, tunc audita ratione tam partis mee quam militum et aliorum, datum est iuditium inter /4 me et ipsos ab electis iudicibus, sicut etiam iam fuerat iudicatum inter antecessores meos et suos: quod hereditas quam milites tenent de episcopatu uel abadengis uel aliis or /5 dinibus in uita sua per capitulum dum illam tenuerint debet habere illud forum et consuetudinem quam habent alie hereditates proprie ipsorum militum. Et si /6 ciuis uel burgensis aut aliquis alius qui non sit miles tenuerit aliquam hereditatem de episcopatu uel de alio ordine in uita sua per capitulum, debet de illa facere /7 tale forum quale facit de sua propria. Si uero isti uel illi aliter tenuerint ipsas hereditates de abadengis in prestimonium, uidelicet, ad tempus uel in pignus, debet cur /8 rere uox regix in illis sicut et in aliis abadengis. Item si aliquis de abadengo uel de ordine tenuerit hereditatem militis in pignus uel in prestimonium ad tempus, /9 faciat de ipsa tale forum quale faciunt alie hereditates militum. Si uero aliquis miles uel alius tenuerit hereditatem de abadengo uel de aliquo ordine siue /10 episcopatu in uita sua per capitulum et ita indignationem regis incurrerit quod de regno sit eiectus ab eo et exheredatus, illa redeat ad abadengum suum uel /11 episcopatum, ita tamen quod omnes fructus ipsius hereditatis rex habeat singulis annis usque ad mortem uel reconciliationem illius qui eiectus fuerit. In eadem etiam curia statutum /12 est et pro iudicio datum quod si aliquis clericus habuerit hereditatem de patrimonio suo uel de emptione, non debet reputari uel confiscari pro abadengo donec /13 illam ecclesie uel abadengo dederit libere et absolute. In ipsa curia etiam iudicatum fuit sicut etiam semper fuerat quod si rex de nouo uoluerit suam monetam /14 mutare in aliam, uniuersi de regno suo equaliter illa recipere debent. Si uero illam uoluerit uendere, gentes terre inuite illam non comparabunt, et si gentes /15 terre illam uoluerint comparare rex illam sibi non uendet nisi uoluerit. Si autem rex illam uoluerit uendere et gentes terre illam uoluerint comparare, uni /16 uersi de regno suo illam debent ei equaliter comparare nec debet de emptione ipsius monete aliquis excusari nisi canonicus cathedralis ecclesie et miles et casa /17 rius ipsius militis qui panem uel uinum eius collegerit et in eius palacio steterit. Si uero unus steterat in palatio militis et alter alibi panem uel uinum collegerit eius eligat /18 miles alterum ipsorum quem uoluerit excusatum habere et reliquos det partem suam in emptione monete sicut et ceteri. In ipsa etiam curia positum fuit et stabili iu /19 dicio firmatum quod rex nec militibus nec aliis tenetur facere partem de pecunia quam collegerit pro sua moneta nec de solaregis militum nec de aliis /20 nec etiam de aliqua fossadaria aut de peccunia quam colligat pro fossadaria.
Hec acta sunt et firmiter statuta apud Beneuentum in plena curia domini /21 regis Vº idus marcii. Era Mª CCª XLª, cum dominus rex uendidit suam monetam gentibus terre a Dorio usque ad mare pro VII annis, de singulis pro emp /22 cione ipsius singulos recipiens morabetinos. Similiter eodem anno et tempore et simili modo empta fuit moneta in tota Extrematura.

Dinero de vellón de Alfonso IX (Ceca de Santiago de Compostela)