martes, 25 de mayo de 2010

Cuando el rey don Fernando hizo poblar el alcázar de Malgrad - Un paseo por el Benavente de los siglos XII y XIII

Chronica Minora

La configuración del plano de Benavente en época de los reyes leoneses Fernando II y Alfonso IX estuvo determinada por dos factores básicos: las condiciones naturales del lugar de asentamiento y la existencia de un establecimiento anterior: el núcleo preurbano.

El emplazamiento, sobre un cerro y con un amplio dominio de las vegas de los ríos Esla y Órbigo, obedeció a una función defensiva. Un talud, abierto sobre el río Órbigo, protegía de forma natural todo el costado oeste de la aglomeración. Su situación privilegiada, junto a un curso de agua y en la confluencia de las más importante vías de comunicación de la región, explican la población y fortificación del lugar, al menos desde finales del siglo XI o principios del XII.
 Detalle de la portada sur de la iglesia de San Juan del Mercado

Apenas disponemos de información sobre la fisonomía de la villa antes del inicio de su proceso fundacional. Sea cual fuere su aspecto, la identificación de Malgrad con Benavente es una cuestión que debe considerarse definitivamente zanjada. El cambio de denominación debió hacerse efectivo en 1168, posiblemente mediante una concesión regia. Nos encontramos ante el uso de un nuevo topónimo, más atractivo, con un claro interés repoblador, hecho muy frecuente en la historia urbana medieval de la península. Conocemos casos similares que afectaron a otras villas repobladas durante esta época: Coyanza por Valencia de Don Juan, Erizana por Bayona, o Tuy por Buenaventura.

La morfología inicial del castro Malgrad debió consistir en el castillo, la fortificación, las dependencias y servicios anexos, y un contingente no muy numeroso de población. Los rasgos que definen y caracterizan a la incipiente villa son sus funciones militares y administrativas. La propia denominación como castrum o alcázar utilizada en los diplomas, parece arropar esta tesis. Este núcleo originario de la villa hay que situarlo -según la tradición local- en la parte más baja, en torno a los barrios de Santa Clara, San Andrés y San Francisco. No es posible concretar cual era su extensión en el plano urbano, lo cierto es que ya en 1161 la población contaba con un concilium y con varios cargos de gobierno como son el merino, los justicias y el tenente.

El impulso dado por la iniciativa regia a través de la concesión de la cartas forales de 1164 y 1167 se tradujo en un amplio desarrollo urbano, particularmente reconocible a partir de 1181. La expansión del plano estuvo sometida a las imposiciones de los accidentes naturales, concretamente a la existencia de un escarpe pronunciado -Los Cuestos- abierto sobre el río Órbigo. El grueso de los nuevos pobladores fueron levantando sus casas en la parte llana de la villa y en las laderas del cerro.
Detalle de la portada sur de la iglesia de San Juan del Mercado

Es posible que en un principio, como ocurrió en otras villas, la disposición de las nuevas calles y barrios viniera determinada por el lugar de procedencia de los nuevos vecinos. En cualquier caso, estos populatores se fueron asentando en núcleos de población diferenciados, organizados en torno a una iglesia a modo de pequeñas aldeas.

Algunas de estas "pueblas" estaban relativamente próximas entre sí, pero otras como el burgo de los judíos o la colación de Santa María de Ventosa se encontraban en el extrarradio. La construcción de una primitiva cerca hecha de tapial contribuyó a aglutinar las distintas pueblas. De esta forma, a mediados del siglo XIII, con el aumento del número de vecinos y la consiguiente cohesión de los núcleos iniciales, la ciudad adquirió una cierta unidad.

Los nuevos pobladores que acudieron a la villa siguiendo las indicaciones del monarca fueron edificando sus viviendas en torno a estas nuevas colaciones. La acción política del concejo trató de armonizar todos estos núcleos, otorgando la misma condición jurídica a los repobladores que se iban incorporando respecto a la población ya existente, siempre que se atuvieran a las condiciones establecidas en el fuero. Por tanto, a pesar de que el plano que ofrecía Benavente hacia 1230 no era en absoluto regular, no podemos hablar de una distribución anárquica, sino de un crecimiento dirigido o planificado desde el poder concejil.

La actividad constructiva durante el período objeto de nuestro estudio fue muy intensa. Al impulso inicial, patrocinado por la monarquía, hay que añadir la iniciativa de los propios vecinos, de la iglesia, de algunos miembros de la nobleza y particularmente de las órdenes militares. No deja de ser sintomático el hecho de que buena parte de las noticias relacionadas con la labor constructora se refieren a la edificación, consagración y dotación de nuevas iglesias, signo inequívoco del establecimiento de pobladores y de la creación de nuevas colaciones.

Detalle de la portada sur de la iglesia de San Juan del Mercado
La "puebla" de San Martín es un ejemplo particularmente ilustrativo de la mecánica del asentamiento. El templo de esta colación pertenecía a los vecinos y herederos de la parroquia. Por tanto, presumiblemente, fueron ellos mismos quienes iniciaron su construcción durante la repoblación de este sector de la ciudad. Cuando en 1188 los parroquianos donaron su iglesia a la Orden de Santiago lo hicieron bajo varias condiciones, entre ellas la culminación de las obras sicut in Benevento melior illa non sit excepto illas que ex lapidibus fectis construnctur, expresión que parece hacer alusión a la edificación, por estas fechas, de las iglesias románicas de Santa María del Azogue y San Juan del Mercado. La Orden de Santiago, a su vez, contrajo diversas obligaciones, entre ellas la de mantener un maestro de enseñanza para que instruyera a los hijos de los parroquianos y ayudar a aquellas personas que cayeran en la pobreza.

Otra muestra de iniciativa constructiva -y por tanto repobladora- patrocinada por una orden militar la encontramos en la iglesia de San Juan del Mercado. Su propietaria, doña Aldonza, hija de los condes Osorio y Teresa, había iniciado su fábrica en una fecha no determinada. En 1181 recurrió a la orden del Hospital de San Juan para asegurar la continuación de las obras, paralizadas debido al alto coste que suponía la construcción de una iglesia románica en piedra de sillar. Los hospitalarios se hicieron cargo de la iglesia y aseguraron su culminación a través de la asignación a la obra de bienes y rentas situados en aldeas del alfoz benaventano. De esta forma, de igual forma que ocurrió con San Martín con respecto a los caballeros santiaguistas, San Juan paso a formar parte del dominio de la Orden de San Juan.

A estos ejemplos podemos añadir el caso de la iglesia de San Salvador, edificada en el solar donde mas tarde se levantó el monasterio de Santa Clara, en la Calle Mayor (hoy calle Santa Clara). El templo fue edificado por Rodrigo Peláez y María Joanis, vecinos de Benavente pertenecientes a la colación de Santa María de Ventosa. El extracto conservado del documento recoge una curiosa declaración prestada por los propietarios en la que afirmaban que la iglesia, construida por ellos, se encontraba dentro de la jurisdicción del obispado de Oviedo, aunque los cálices, libros y ornamentos litúrgicos pertenecían al obispado de Astorga. Esta peculiar circunstancia puede explicarse por la confluencia de diferentes jurisdicciones eclesiásticas en el término del concejo. Debe destacarse en este caso cómo un matrimonio procedente de otra colación se hizo cargo de la construcción de una iglesia, posiblemente como inversión para captar parte de los diezmos o de los ingresos derivados del derecho de patronazgo.

Detalle de la portada sur de la iglesia de San Juan del Mercado
Contamos con otras noticias dispersas referentes a otras iglesias edificadas o documentadas en este período: Santa María de Ventosa, erigida en la colación del mismo nombre a las afueras de la villa, figura como uno de los bienes pertenecientes a la iglesia Compostelana en 1178. La iglesia de Santiago, situada en las inmediaciones del castillo, fue fundada en 1217 por el comendador de la orden de Santiago don Juan Massoco. De la iglesia más importante de la villa, Santa María del Azogue, no disponemos de documentación sobre su construcción o consagración, pero su fábrica románica es estilísticamente contemporánea de San Juan del Mercado, si es que no se construyeron bajo la misma iniciativa. El templo estaba ya en uso en 1230 según se evidencia en un pergamino de la catedral de Oviedo. San Miguel, situada muy cerca de la iglesia de San Salvador, debió ser uno de los templos más antiguos de la villa. En 1184 ya estaba construido y era el centro de la colación del mismo nombre. San Andrés, levantada como la anterior en la parte baja, a los pies del cerro, es conocida desde 1221 por tener en sus inmediaciones varias viñas propiedad del monasterio de Carracedo. La iglesia del Santo Sepulcro era "propia" del monasterio de Eslonza; en 1188 se encuentra ya noticia de su existencia. Santa María de Renueva o "Rúa Nova", mencionada en un documento del monasterio de Moreruela en 1278, se ha considerado hasta ahora como paradigma de la expansión urbana en la segunda mitad del siglo XIII. Sin embargo, su construcción debe retrasarse bastantes años, pues figura entre los bienes de la mesa episcopal de Astorga en 1228. Obviamente hay que incluirla dentro de este contexto general de asentamiento de pobladores y formación de nuevos barrios o colaciones.
Detalle de la portada sur de la iglesia de San Juan del Mercado
Como vemos la construcción y dotación de iglesias es el aspecto más significativo de la evolución del plano urbano dentro del período que nos hemos propuesto analizar. Aún siendo muy optimistas sobre el volumen total de población de la villa en estos años, el número de templos documentados resulta llamativamente alto: once en total. Esto hace suponer que el número de parroquianos correspondientes a cada iglesia no sería muy numeroso, pero también nos permite extraer otras conclusiones de interés. La principal es que la máxima extensión del plano urbano se había alcanzado ya entre finales del siglo XII y principios del XIII.

Las nuevas pueblas efectuadas con posterioridad no supusieron por tanto una expansión de este primer recinto delimitado por la muralla. El asentamiento de nuevos pobladores en la segunda mitad del siglo XIII como consecuencia de otras iniciativas pobladoras se hicieron a costa de los espacios no urbanizados o despoblados existentes entre cada una de las pueblas, o bien aprovechando las zonas ocupadas por huertos, pastos, eras o tierras de cultivo dentro de cada colación.

Véase también el siguiente artículo del autor disponible en PDF: R. GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, "Origen y formación de una villa de repoblación. Benavente durante los reinados de Fernando II y Alfonso IX", Studia Histórica. Studia Medieval, 15 (1997), pp. 105-138..

lunes, 3 de mayo de 2010

Poco trecho y mal camino - Una breve historia de Bretocino

Chronica Minora

El lugar de Bretocino se encuentra situado en un altozano sobre la margen derecha del río Esla, muy próximo a su confluencia con el Tera, a 710 m. sobre el nivel del mar. A partir de aquí, el río comienza a encajarse en el basamento paleozoico, transcurriendo prácticamente así hasta su desembocadura en el Duero y dejando en sus márgenes, en algunos tramos, varios niveles de terraza. Su término municipal linda al norte con el de Olmillos de Valverde y Milles de la Polvorosa, al este con el de Bretó y al sur con el de Faramontanos de Tábara.
Escudo de Bretocino
Los restos arqueológicos hallados en el término de Bretocino testifican la presencia humana en el Paleolítico Inferior. Industrias líticas compuestas por bifaces, triedros, hendidores, cantos tallados, raederas y otros, han sido halladas en los pagos de “El Cabezo”, “Corrales”, “Rozada” y “Peñalosa”, pertenecientes a la cultura denominada Achelense. Industrias similares las encontramos en Santa Marta de Tera, Villabrázaro y Benavente.

Con independencia de otras ocupaciones prehistóricas posteriores, el territorio cobró notoriedad en época romana, al estar próximo a Pretorium (identificado historiográficamente con Bretó), una de las mansiones de la calzada de Mérida a Astorga, conocida posteriormente como Vía de la Plata. Precisamente, de esta época se documentan varios yacimientos arqueológicos. En “Las Nogales” se han recogido diversos molinos de mano circulares y “ladrillos redondos”. En “Los Collados”, en la parte derecha de la carretera que desde Bretocino conduce a Olmillos de Valverde, se han hallado tégulas de “tipo decadente”, en palabras de Virgilio Sevillano.

Centrándonos en épocas más recientes, en las que existe ya un registro documental, el origen del actual núcleo de población remite al proceso de colonización altomedieval. En las fuentes hay referencias a topónimos como Breto, Bretelo, Breto Mayor y Breto Menor, que ponen de manifiesto la vinculación tradicional de ambas localidades, a pesar de la separación física que podía suponer el río Esla. No obstante, esta circunstancia quedaba solventada, quizás, por la existencia de un vado en el cauce, utilizado desde tiempo inmemorial, como paso de ganados y personas. La sabiduría popular ha perpetuado las dificultades de comunicación entre las dos localidades hermanas con el célebre dicho: "De Bretó a Bretocino, poco trecho y mal camino".
Vista general de la localidad desde el río (Foto cortesía de F. Gallego)
En 951 se menciona en un documento del monasterio de Sahagún la vía “de Breto que vadit a Morerola”. Una de las primeras menciones a ambas localidades la encontramos en el fuero otorgado por Alfonso VII en 1129 a la villa de Castrotorafe, en el que se incluyen a Breto y Bretelo como límites del alfoz del nuevo concejo. La División de Wamba, documento apócrifo de finales del siglo XI o principios del siglo XII, señala a Bretó como uno de los límites de la diócesis de Zamora. Según la versión que ofrece la Crónica de Alfonso X El Sabio: “Ell obispado de Numancia, esta es Çamora, tenga por Penna Gusendo fasta Tormes o son los bannos de Val de Rey que yazen sobrel, et dalli fasta en Duero, e de Villalal fasta Oter de Fumus assi como ua acerca de Rio Seco fasta Breto, e de Tauara fasta en Duero”.

A principios del siglo XIII Bretocino figura como un lugar en el que los reyes de León disponen de diversas heredades de realengo, bienes que acaban incorporándose al patrimonio del monasterio de Moreruela. Así, en 1214 Alfonso IX notifica a los concejos y alcaldes de Benavente y Villafáfila que dona al cenobio todo lo que tiene de su realengo en las heredades de Bretocino y Villafáfila. Este privilegio sería confirmado por los monarcas posteriores. El interés de la abadía cisterciense por este lugar se explica por la existencia de un importante conjunto de molinos en la ribera de Esla, que se extendían por los términos de Bretó y Bretocino.

Iglesia parroquial (Foto cortesía de F. Gallego)
En el siglo XIII el monasterio se fue haciendo con diversos derechos sobre la propiedad, a través de la compra o donación de los mismos a particulares. En 1243 un total de diez herederos venden a los monjes la parte que les correspondía en la presa de los molinos de “Peniellas”, en Bretocino. Como consecuencia de esta implantación creciente de la Orden Cisterciense en la localidad, se estableció una granja monástica, similar a otras muchas que poseía el cenobio en sus dominios del norte de Zamora, desde la que se administraba su patrimonio y las rentas inherentes. Esta granja se documenta al menos desde el año 1222, cuando se entregaba en prestimonio al deán de Astorga, don Pedro Suero.

Desde el punto de vista administrativo, Bretocino fue en la Edad Media una aldea perteneciente al alfoz del Concejo de Benavente, integrada en la Merindad de Riba de Tera, como consta, por ejemplo, en el libro de actas del concejo de 1434. Un año antes, se estableció su contribución al Pedido Real, que se fi jó en la cantidad de 980 mrs. Esta cantidad supone una de las más importantes satisfechas por los vecinos de las aldeas de la citada merindad, tan sólo por debajo de los lugares de Santa Croya y Melgar, lo cual nos da una idea de su pujanza demográfica y económica en el contexto del alfoz benaventano.
Río Esla desde el moderno puente (Foto cortesía de F. Gallego)
En 1398 se crea el Condado de Benavente, a través de la donación que hace el rey Enrique III al noble portugués don Juan Alfonso Pimentel. De esta forma, Bretocino queda integrado dentro de los dominios del señorío. Durante el siglo XV, la barca sobre el Esla se va a convertir en motivo de disputa frecuente entre el monasterio de Moreruela y el concejo de Benavente.

La existencia de barcas en manos privadas constituía, sin duda, una amenaza constante a la explotación de los derechos de paso del principal puente concejil de la comarca: el puente de Castrogonzalo. Además, al ser este un puente que exigía considerables recursos, dadas sus continuas reconstrucciones y reparaciones, las autoridades municipales no se podía permitir el lujo de soportar la competencia de estas embarcaciones extraconcejiles.

La barca de Bretocino tenía un interés particular para el monasterio pues, como ya se indicó anteriormente, en sus inmediaciones se encontraban un conjunto importante de molinos, pesquerías y el Priorato del Hoyo. En el siglo XIV ya hay constancia de la existencia de una barca en este lugar, que debía controlar el monasterio, aunque las heredades de su propiedad fueron entregadas en prestimonio al obispo de Astorga.

Portada principal de la iglesia
En 1434 el capítulo celebrado por los monjes en su monasterio aprobaba el trueque de las heredades que tenía dicho convento en Ferreras de Yuso, Manzanal, Cional, Folgoso, Nuez y las dehesas de Santa Cruz, a cambio de 15.000 mrs. de juro, de los 26.000 mrs. que tenía el conde de Benavente, situados en la alcabala del vino de Zamora y en la barca de Bretocino. Pocos días después, el conde Rodrigo Alfonso Pimentel otorgaba licencia al Concejo de Benavente para que entregara al monasterio de Moreruela la barca de Bretocino, prohibiendo a dicho concejo poner otras embarcaciones desde el término de Milles hasta el canal de la presa del Carrizal. Así mismo, permitía a los vasallos del conde ir a moler a las aceñas del Hoyo, pastar con sus animales, cortar hierba, sacar piedra de la cantera para reparar las aceñas y la pesquera y, por último, vender libremente el pescado obtenido.

Durante el siglo XVI, Bretocino continúa siendo un lugar de paso obligado, en el camino que conducía de Villafáfila a Benavente, tal y como revela Hernando de Colón en su “Cosmografía de España” (1517-1519): Villafafila es en tierra de campos e es villa de quinientos vecinos e esta en llano e tiene unas salinas e es de leña pobre e es de don Pedro Pimentel e fasta Benavente ay cuatro leguas e van por Brete dos leguas e media e por bretoçino media legua".

Como aldea del alfoz benaventano, Bretocino debía contribuir también en aquéllas obras de interés general para la comunidad. Una de ellas era la reparación de las murallas de Benavente. Trabajos que consistían en levantar tapiales en los sectores de la cerca que se encontraban en mal estado o se habían derruido. Así en 1655, dentro del contexto de la guerra con Portugal, que acabará a la postre con la independencia del país vecino en 1668, tuvo lugar una prestación de trabajo de todas las aldeas y lugares del concejo. A cada una de ellas se le asignó un sector de la muralla. En concreto, a nuestra localidad le correspondieron: “seis tapias a los dos marcos y rrecivimentos de la cantería que ssale a la Puerta de Santa Cruz a mano izquierda”.

Este documento tiene su interés, además, porque en esta ocasión Bretocino figura incluido dentro de la Merindad de Valverde, y no en la Merindad de Tera, como constaba en los repartimientos del siglo XV. En esta misma Merindad de Valverde continuaría en el siglo XVIII, como consta en la relación de lugares y aldeas que ofrece Berdum de Espinosa, en su obra “Derechos de los Condes de Benavente a la grandeza de primera clase”, publicada en Madrid en 1753, fol. 54.
Entrada al cementerio
Durante el siglo XIX varios diccionarios geográficos e históricos ofrecen estampas de las diversas localidades españolas. Sebastián Miñano y Bedoya en su “Diccionario Geográfico- Estadístico de España y Portugal”, a propósito de Bretocino recoge lo siguiente:

"Bretocino, L.S. de Esp., provincia de Valladolid, part. De Benavente, obisp. De Astorga. A.P., 58 vec., 232 habitantes, 1 parr., 1 pósito. Sit. en colinas suaves que dominan una vega, bañada por el río Esla, junto a su confl uencia con el Tera. Produce trigo, centeno y legumbres. Cont. 949 rs. 8 mrs. Derec. enag. 544 rs."

Por su parte, Pascual Madoz, en su conocido Diccionario, ofrece una interesante descripción de la situación de nuestra localidad a mediados del siglo XIX:

"Bretocino. Localidad con ayuntamiento en la provincia de Zamora (9 leguas) partido judicial de BENAVENTE (1 1/2), diócesis de Astorga (11), audiencia territorial y capitanía general de Valladolid (16): situado en un llano a 100 pasos del río Órbigo, con libre ventilación y clima sano. Tiene 42 casas de un sólo piso, muy reducidas y poco aseadas con su corral delantero cada una de ellas; iglesia parroquial (San Pablo), servida por un cura, contiguo a la cual está el cementerio y dos fuentes de agua perenne; pero sin uso. Confi na Norte Olmillos, Este Bretó, Sur la dehesa llamada Las Mangas, y Oeste Friera, todos a 1/2 hora de distancia. El terreno es de buena calidad y todo llano. A 200 pasos al sur del pueblo, se encuentra la indicada dehesa de Las Mangas, propiedad del conde de Benavente".

domingo, 25 de abril de 2010

Apud Beneventum in plena curia - Las Cortes de Benavente de 1202

Cortes de Benavente de 1202 (Archivo Diocesano de Zamora)

La "curia plena" de Benavente nos es conocida a partir de un texto fechado en esta villa el 11 de marzo de 1202, en el que se recoge un ordenamiento establecido por Alfonso IX en esta asamblea. Existen abundantes copias y ediciones del mismo, unas en latín y otras en romance, pero todas ellas remiten a dos documentos de la primera mitad del siglo XIII que incluyen estas disposiciones, ambos existentes actualmente en el Archivo de la Catedral de Zamora: una carta en pergamino y una copia del mismo, recogida en el Tumbo Negro de la catedral.

Las disposiciones de la curia plena de Benavente fueron consideradas, desde el punto de vista de los intereses patrimoniales de la catedral de Zamora, como privilegios para las heredades de abadengo La presencia de este pergamino en el archivo catedralicio tiene en este sentido una justificación evidente, pues efectivamente una gran parte de los parágrafos aluden al abadengo de una forma u otra, y cuando se regula la cuestión de la “quiebra” de la moneda y el tributo alternativo de la "moneta", que teóricamente tendría un carácter más universal, se incluye la exención expresa de esta gabela para los canónigos de las catedrales. Su misma catalogación como “privilegios para los que tenían heredades de abadengo” nos indica que el documento afectaba expresamente a los intereses de la institución zamorana.

Como ya fue glosado por diversos autores, su texto adopta la forma de un "iudicium", con una doble temática muy definida. Por un lado, el tratamiento de las heredades de abadengo, que por diversas circunstancias pasan a ser detentadas por milites u otros. Sobre este particular se concretan las atribuciones del rey y del abadengo en varias situaciones de tenencia: per capitulum, in prestimonium, o in pignus. En realidad, estas disposiciones atañen fundamentalmente a cesiones temporales de heredades de abadengo a los caballeros, una práctica cada vez más habitual en el período que nos ocupa, cuyo fin era garantizar un aprovechamiento satisfactorio de su patrimonio, evitando a la vez la intromisión de los concejos o de otros representantes de la propia nobleza. En este sentido debe entenderse la expresión ad tempus, como una cesión no definitiva, al igual que ocurre con la entrega en prestimonio. De igual forma, los miembros del clero, sean del abadengo o de las órdenes, pueden disponer de las heredades de los milites siempre que cumplan con el mismo fuero que satisfacen el resto de heredades de estos milites.

Como ya señaló García de Valdeavellano, en León y Castilla durante la Edad Media fueron muy frecuentes las concesiones de tierras en régimen de tenencia o disfrute, temporal o vitalicio, que se hacían con la finalidad de fomentar y mejorar el cultivo de la tierra cedida y de obtener a cambio una renta, censo o rendimiento económico. Este mismo autor resuelve que lo que se dispuso en Benavente fue que estas heredades tenidas en prestimonio debían estar sujetas al mismo fuero que las heredades propias y guardarse en ellas la justicia del rey.

El paulatino fortalecimiento del poder municipal tuvo como resultado una tendencia a que las instituciones señoriales, enclavadas dentro de los ámbitos jurisdiccionales de los concejos, cedieran de forma temporal sus propiedades a señores poderosos, preferentemente laicos, con el fin de contrarrestar la voracidad de la fiscalidad concejil. Por eso las disposiciones de las cortes de Benavente sobre este particular fueron interpretadas como privilegios para las heredades abadengo, ya que suponían una fórmula para ceder la administración una parte de su patrimonio a los caballeros, sin caer por ello dentro de la órbita del realengo.

El otro asunto tratado es el de la venta de la moneda. El monarca se compromete en no alterar o “quebrar” la ley de la moneda, sin previamente ofrecer su compra a las “gentes terrae”.

Las deliberaciones tienen como resultado, según sabemos por la data, el establecimiento de un tributo de un maravedí anual por un período de siete años para los territorios situados entre el Duero y el mar, admitiendo la exención de los canónigos de las catedrales, de los milites y de ciertas personas que trabajan para ellos en sus casas. Es decir, un impuesto resultado de un acuerdo de ambas partes, a cambio de la promesa de no envilecer la ley de la moneda. Además, se establece que los milites u “otros” no puedan beneficiarse económicamente de la recaudación de este tributo, ni de la fonsadera.

Precisamente en la catedral de Zamora existe un documento de Alfonso IX, sin fecha concreta, en el que el monarca ordena a Fernando Ramírez y a García Muñiz que no tomen los maravedís de la moneda a los clérigos del coro de la iglesia de San Salvador de Zamora. No sabemos si el diploma es anterior o posterior a 1202, pero es manifiesta la vinculación entre ambas actuaciones.

En su conjunto, las disposiciones de la curia plena de 1202 no constituyeron un asunto especialmente original o novedoso. Al menos en parte, recuerdan o reforman otros ordenamientos promulgados con anterioridad por el propio Alfonso IX o remiten genéricamente a actuaciones de antecesores suyos, lo cual nos lleva inevitablemente a la figura de Fernando II y a la posible existencia de otras asambleas homologables a esta de 1202, de las que no conservamos actas de sus decisiones.


Alfonso IX según una miniatura del Tumbo A de la Catedral de Santiago de Compostela

Símbolo regio del Reino de León (Tumbo A)

Vista del Castillo y Parador de Benavente desde el puente de la Ría

Esta es la impresión general que se obtiene de la lectura del documento, y así es reconocido por los propios jueces asistentes: “datum est iuditium inter me et ipsos ab electis iudicibus, sicut etiam iam fuerat iudicatum inter antecesores meos et suos”.

Así mismo, en el texto de 1202, al iniciar las disposiciones relativas a la venta de la moneda se recuerdan de nuevo anteriores actuaciones: “In ipsa curia etiam iudicatum fuit sicut etiam semper fuerat quod si rex de nouo uoluerit suam monetam mutare in aliam, uniuersi de suo regno equaliter recipere debent”.

Como afirma Procter, no hay pruebas de que la moneda se vendiese en ninguna asamblea anterior de la curia plena. La dificultad radica en que el término moneta puede interpretarse tanto en el sentido de la facultad o licencia para su fabricación, como en referencia al tributo alternativo a su no “quiebra” por el rey. No obstante, contamos con diversos diplomas de Alfonso IX en los que se está hablando claramente de un impuesto que se recauda con regularidad en el reino con anterioridad a 1202. Así pues, tanto las disposiciones relativas a las heredades de abadengo, como las concernientes a la venta de la moneda y su tributo alternativo parece ser que ya fueron objeto de una regulación anterior.

Por otra parte, es muy probable que en la curia plena de 1202 se discutieran otros asuntos complementarios que no fueron incorporados finalmente a las actas, o bien, por la razón que sea, no fueron copiados en la versión del pergamino que conservamos de la catedral de Zamora. Como hemos visto, en toda la reglamentación sobre la posesión temporal de las heredades de abadengo por los milites la cuestión de fondo es el trasvase de heredades entre el realengo y el abadengo. Una temática que contaba con una larga trayectoria en diversos concilios y asambleas políticas del reino de León.

Sin duda esta problemática tuvo que ser tenida en cuenta por los iudices a la hora de tomar sus decisiones. Pero, además, la misma data del diploma da cuenta de una forma muy poco ortodoxa sobre la venta de la moneda “gentibus terre a Dorio usque ad mare”. Este aspecto, debió regularse de una forma más concreta y específica, pero su desarrollo literal no fue recogido en el aparato dispositivo.

Maravedí de oro de Alfonso IX (Ceca de Salamanca?)

Mucho más difusa e inconcreta todavía resulta la noticia de la venta de la moneda en la Extremadura: “Similiter eodem anno, et tempore simili modo empta fuit moneta in tota Extrematura”. El sentido de la frase parece indicar que existió otra disposición específica relativa a la Extremadura, tampoco incluida en el pergamino. Tal vez fue promulgada en otro momento de la curia plena de Benavente, o en otra asamblea complementaria, no sabemos si anterior o posterior. Simplemente se afirma lacónicamente que se aprobó de igual modo y en el mismo año.

En base a todo lo argumentado, la conclusión principal que se obtiene es que el documento del archivo de la catedral de Zamora es un extracto, recopilación o reelaboración de algunas de los "iudicios" u ordenamientos promulgados en una curia plena celebrada en Benavente en marzo de 1202, quizás no todos. Seguramente se recogieron aquellos que resultaron de especial trascendencia para el reino, bien porque convenía en aquel momento confirmar determinadas actuaciones anteriores, o bien porque afectaban más directamente a los intereses de la iglesia en general y la sede zamorana más en particular.

De todo ello se redactó un diploma que, dados sus aspectos formales y contenido, todo invita a pensar que se trata de una copia, bien emanada de la cancillería regia o bien de una copia simple, pero que en ningún caso es el acta solemne de una curia regia. No obstante, en la medida que puede ser reflejo de otros textos perdidos merece ser analizado en todos sus extremos. Aún en el caso de que consideremos el texto de Zamora como expedido por la cancillería regia, parece obvio que se trataría de una copia ad hoc, solicitada por la catedral de Zamora, y por tanto mediatizada por el sujeto receptor, en cuanto que debieron de reproducirse aquellos preceptos de especial interés para el cabildo.

En fin, el pergamino de la catedral de Zamora, a pesar de ser uno de los textos más antiguos que conservamos correspondiente a esta época fundacional de las cortes en el reino de León, no constituye una excepción en relación con otros diplomas equiparables. Adolece de la mayoría de los defectos y dificultades ya glosadas para las asambleas de 1188 y 1208, lo cual no hace sino poner de manifiesto que nos encontramos en un momento de formación y cristalización de esta institución; en muchos sentidos, incluido entre ellos el de la práctica documental.


APÉNDICE DOCUMENTAL



1202, marzo, 11. Benavente
Alfonso IX celebra curia plena en Benavente, con la asistencia de obispos, vasallos "et multis de qualibet uilla regni mei".

Archivo de la Catedral de Zamora, leg. 8/23. Perg. 337 x 293 mm. Plica con dos orificios y restos de cinta de cuero. Buena conservación.

In nomine Domini nostri Ihesu Christi, amen. Quoniam ea que in presenti fiunt firma fore uolumus et inconcussa in posterum permanere. Idcirco ego Adefonsus, Dei gratia rex Legionis et /2 Gallecie, una cum uxore mea regina domna Berengaria et filio meo domno Fernando, per hoc scriptum notum facio uniuersis presentibus et futuris quod me, existente apud Beneuentum et presen /3 tibus episcopis et uassallis meis et multis de qualibet uilla regni mei in plena curia, tunc audita ratione tam partis mee quam militum et aliorum, datum est iuditium inter /4 me et ipsos ab electis iudicibus, sicut etiam iam fuerat iudicatum inter antecessores meos et suos: quod hereditas quam milites tenent de episcopatu uel abadengis uel aliis or /5 dinibus in uita sua per capitulum dum illam tenuerint debet habere illud forum et consuetudinem quam habent alie hereditates proprie ipsorum militum. Et si /6 ciuis uel burgensis aut aliquis alius qui non sit miles tenuerit aliquam hereditatem de episcopatu uel de alio ordine in uita sua per capitulum, debet de illa facere /7 tale forum quale facit de sua propria. Si uero isti uel illi aliter tenuerint ipsas hereditates de abadengis in prestimonium, uidelicet, ad tempus uel in pignus, debet cur /8 rere uox regix in illis sicut et in aliis abadengis. Item si aliquis de abadengo uel de ordine tenuerit hereditatem militis in pignus uel in prestimonium ad tempus, /9 faciat de ipsa tale forum quale faciunt alie hereditates militum. Si uero aliquis miles uel alius tenuerit hereditatem de abadengo uel de aliquo ordine siue /10 episcopatu in uita sua per capitulum et ita indignationem regis incurrerit quod de regno sit eiectus ab eo et exheredatus, illa redeat ad abadengum suum uel /11 episcopatum, ita tamen quod omnes fructus ipsius hereditatis rex habeat singulis annis usque ad mortem uel reconciliationem illius qui eiectus fuerit. In eadem etiam curia statutum /12 est et pro iudicio datum quod si aliquis clericus habuerit hereditatem de patrimonio suo uel de emptione, non debet reputari uel confiscari pro abadengo donec /13 illam ecclesie uel abadengo dederit libere et absolute. In ipsa curia etiam iudicatum fuit sicut etiam semper fuerat quod si rex de nouo uoluerit suam monetam /14 mutare in aliam, uniuersi de regno suo equaliter illa recipere debent. Si uero illam uoluerit uendere, gentes terre inuite illam non comparabunt, et si gentes /15 terre illam uoluerint comparare rex illam sibi non uendet nisi uoluerit. Si autem rex illam uoluerit uendere et gentes terre illam uoluerint comparare, uni /16 uersi de regno suo illam debent ei equaliter comparare nec debet de emptione ipsius monete aliquis excusari nisi canonicus cathedralis ecclesie et miles et casa /17 rius ipsius militis qui panem uel uinum eius collegerit et in eius palacio steterit. Si uero unus steterat in palatio militis et alter alibi panem uel uinum collegerit eius eligat /18 miles alterum ipsorum quem uoluerit excusatum habere et reliquos det partem suam in emptione monete sicut et ceteri. In ipsa etiam curia positum fuit et stabili iu /19 dicio firmatum quod rex nec militibus nec aliis tenetur facere partem de pecunia quam collegerit pro sua moneta nec de solaregis militum nec de aliis /20 nec etiam de aliqua fossadaria aut de peccunia quam colligat pro fossadaria.
Hec acta sunt et firmiter statuta apud Beneuentum in plena curia domini /21 regis Vº idus marcii. Era Mª CCª XLª, cum dominus rex uendidit suam monetam gentibus terre a Dorio usque ad mare pro VII annis, de singulis pro emp /22 cione ipsius singulos recipiens morabetinos. Similiter eodem anno et tempore et simili modo empta fuit moneta in tota Extrematura.

Dinero de vellón de Alfonso IX (Ceca de Santiago de Compostela)


martes, 13 de abril de 2010

Tierra de reyes y altas torres - La villa y fortaleza de Portillo (Valladolid)

Puerta de la villa de Portillo

La villa de Portillo se encuentra a unos 26 kilómetros al sureste de Valladolid, en la carretera que lleva a Cuéllar y Segovia. El municipio comprende actualmente los núcleos de Portillo y el Arrabal de Portillo. El primero, cercado de murallas y defendido por el castillo, domina un cerro que se asoma a la comarca vallisoletana de la Tierra de Pinares, mientras que el segundo, en la parte baja, se organiza en torno a la iglesia de San Juan Evangelista y el viejo camino de Valladolid a Cuéllar. La proximidad a la capital del Pisuerga ha dotado históricamente a este emplazamiento de una gran importancia estratégica.

La villa perteneció desde la segunda mitad del siglo XV al señorío de los Condes de Benavente y posteriormente, tras la extinción del linaje en el siglo XIX, a la Casa de Osuna. Durante la Guerra de Secesión con Portugal el castillo albergó el archivo condal, trasladado desde la fortaleza de Benavente. En la actualidad el edificio es propiedad de la Universidad de Valladolid, por donación en 1946 del histólogo Pío del Río Hortega.

El 23 de septiembre de 1465 el infante Alfonso entregaba la plaza a Rodrigo Alfonso Pimentel, IV Conde de Benavente (1451-1499). La donación debe inscribirse en el contexto de la Guerra Civil castellana y las mercedes entregadas a los nobles más adictos la causa de Alfonso en la rebelión frente a su medio-hermano Enrique IV. La entrega incluía "todas las otras cosas pertenesçientes al señorío e jurisdiçión de la dicha villa de Portillo e los dichos sus términos e jurisdiçiones e de las terçias e otras cosas a mi perteneçientes en ello e en cada cosa e parte dello salvo de las alcavalas de las mis rentas e pedidos e monedas de oro e plata". Posteriormente, una vez que el noble benaventano se incorporó al bando realista, Enrique IV confirmó Portillo y en 1471 se escenificaba la toma de posesión de la villa.
La presencia de Portillo en las crónicas bajomedievales será una constante como consecuencia de las luchas nobiliarias del reinado de los últimos Trastámaras.

En el "Libro de las bienandanzas e fortunas", de Lope García de Salazar, encontramos en el libro XVIII el "Título de la prisión de los Condes de Alva e de Venavente e don Enrique e Suero de Quiñones e de sus fechos". Se narra aquí el apresamiento de Alfonso Pimentel, III Conde de Benavente (1440-1451), y otros caballeros en 1448 por los partidarios de don Álvaro de Luna. Fueron conducidos al castillo de Portillo, de donde consiguieron fugarse poco después descolgándose con cuerdas de los muros. Estos acontecimientos ocurrían un 18 de diciembre de 1448. El conde previamente había convencido al alcaide de la fortaleza, Diego de Ribera, de que era oportuno cambiar ahora de bando, pues el de don Álvaro estaba destinado inexorablemente a convertirse en perdedor:

"E algund poco tienpo enante d'esto ovieron vistas don Alonso Primentel, Conde de Venavente, e don Ferrando Álvarez, Conde de Alva, e don Enrique, hermano del almirante, e Suero de Quiñones con el rey don Juan e con el Prínçipe, su fijo, e con el Condestable entre Tordesillas e Toro, tantos por tantos, sobre seguridad. E estando en las vistas, salieron L de cavallo del Rey de una çelada e fueron presos todos quatro; e yoguiendo presos, salieron el Conde de Venavente del castillo de Portillo e don Enrique de Santestevan de Gormaz, colgándose con cuerdas.".

Sobre este particular existen diferentes versiones. Según se relata en la Crónica de Juan II, el ajedrez sirve como cortina de humo para facilitar la evasión del conde ya que consigue distraer al alcaide jugando con él hasta la llegada de sus partidarios: "é guiólos el portero hasta donde estaba el Conde jugando al axedrez con Diego de Ribera. El Conde había comenzado este juego é lo detenía, porque Diego de Ribera no anduviese por la fortaleza".

Vista general del Castillo de los Condes de Benavente

Fachada principal del Castillo

Puerta de acceso al Castillo

Entrada al Castillo

Escalera de acceso al pozo

Cámara de tiro

Igualmente en la Crónica de Enrique IV, escrita por Diego Enríquez del Castillo, se hace relación de las intrigas en las que se hallaba inmerso el IV Conde en relación con la rebelión contra el monarca castellano:

"Subcedió que el conde de Benavente hallándose avergonzado y confuso, por aver sido contra el Rey en las cosas pasados en su deservido, queriendo enmendar el yerro pasado, trató secretamente con él, suplicándole que lo quisiese perdonar e tomarlo por suyo; de que el Rey se fue muy contento. E como por entonces, sobre cierto tracto e conveniencia que hizo con el Alcaide de Portillo, ovo la fortaleza de su mano é apoderose de la villa, é así apoderado, suplicó al Rey que hiciera merced de ella, lo cual el Rey libremente hizo, e gela confirmó, por donde le pareció al Conde quedar en mayor obligación de lo servir en adelante [....] El Conde de Benavente deseando hacer algún servicio agradable al Rey, acaeció que pasando el Príncipe [el infante Don Alfonso] de Toledo para Arévalo, acompañándole el Arzobispo é los otros parciales que lo seguían, salvo el Marqués de Villena, que se avia quedado en su tierra, vinieron una noche a dormir a Portillo, donde el Conde los recibió muy bien é con mucho amor. El Príncipe fue aposentado en la fortaleza, y el Arzobispo e los otros caballeros en la villa. E luego otro día siguiente por la mañana, quando aquellos señores vinieron juntamente a la puerta de la fortaleza, y esperaban al Príncipe para partir, el Conde de Benavente envió a decir al Arzobispo que se fuese en buena hora, porque el Príncipe no avia de andar mas debaxo de su mando, ni andar cerca de él; de que el Arzobispo se sintió muy amenguado. Por manera que la enemiga entre él y el Conde estuvo grand tiempo arraigada".

En el siglo XVIII Portillo continuaba bajo la órbita de la familia Pimentel, como se reconocía en las Respuestas Generales del Catastro de la Ensenada: "este lugar es de señorío perteneciente a la casa de los Condes de Benavente, que pone justicias en ellas y las rentas que percibe son las alcabalas".
En 1751 la población de la villa y su arrabal comprendía 440 vecinos "entre buenos y malos". El casco urbano contaba con 350 casas habitables y 50 inhabitables o arruinadas. Había además un total de tres hospitales: "Hay dos hospitales en la villa, uno para hombres y otro para mujeres, y otro en el arrabal para hombres solos". Se menciona también un convento extramuros de la población que era de Agustinos Recoletos y se componía de hasta cuarenta religiosos.

La planta y la estructura general del castillo de Portillo responden a un tipo de fortificación que se ha venido en llamar de la Escuela de Valladolid. Estos castillos señoriales de la segunda mitad del siglo XV están inspirados en las reformas y ampliaciones de las fortalezas de Enrique IV y presentan unos rasgos muy definidos: planta cuadrada, torre del homenaje de grandes proporciones y distribución interior de carácter palacial.

Nuestro castillo presenta efectivamente planta cuadrada defendida por cubos en los extremos. El doble recinto interior se fecha habitualmente en la segunda mitad del siglo XIV. Aloja una imponente torre del homenaje de 28 metros de altura, del siglo XV, que posee una estancia baja abovedada con arcos fajones ojivales. Por encima de ella se adivinan dos pisos más con forjados de madera, hoy perdidos, y una magnífica bóveda de crucería en la parte superior. La entrada principal a este recinto se hace a través de una portada de arco apuntado con garita defensiva semicircular. Al IV Conde de Benavente, Rodrigo Alfonso Pimentel, se atribuye la construcción de la barrera exterior artillera con sus fosos, el patio porticado y el famoso pozo de 32 metros de profundidad, rodeado de una escalera de caracol de 123 peldaños y salas subterráneas perimetrales.

La historia de la fortaleza no cuenta con hechos de armas especialmente destacados pero sí albergó ilustres personajes en sus mazmorras, entre ellos, como hemos visto, el propio conde benaventano, pues hizo funciones de cárcel en varias ocasiones. En 1444 estuvo aquí retenido Juan II. Pero su más famoso prisionero fue el condestable de Castilla, maestre de Santiago y valido del rey Juan II don Álvaro de Luna. Su caída en desgracia motivó su apresamiento en Burgos a comienzos de abril de 1453. De Burgos pasó al castillo de Portillo, donde se conserva una sala abovedada bajo la torre del homenaje que la tradición señala como su prisión.

El rey estaba en un mar de dudas sobre el castigo a aplicar a su antiguo hombre de confianza, pero sus consejeros entendieron, en palabras del cronista Pérez de Guzmán, que como don Álvaro “ha seydo usurpador de la corona Real, é ha tiranizado é robado vuestras rentas, que le sea cortada la cabeza é puesta en un clavo sobre un cadhalso ciertos días, porque sea exemplo á todos los Grandes de Vuestro Reyno”. En Portillo pasó el valido sus últimos días antes de ser decapitado en la plaza mayor de Valladolid el 2 de junio de 1453.

Otro de los aspectos célebres de la villa de Portillo son sus tradicionales encierros campo a través. Las fiestas de toros portillesas cuentas con una tradición de siglos, estando entre las más antiguas documentadas en España. El linaje Pimentel también fue promotor de alguno de estos festejos. En 1617, el parto de la Condesa de Mayorga, mujer del Conde de Benavente, señor de Portillo, fue motivo para la organización de diversas actividades festivas para las que se contrataron cómicos, se celebraron concursos de saltos con garrocha, hubo fuegos artificiales ("coetes") y toros.

Puerta con rastrillo

Escudo sobre el dintel de una puerta

Detalle de una de las ventanas

Detalle de una de las ventanas

Interior de la torre del homenaje

Patio de armas del Castillo

Detalle de uno de los pilares del patio de armas

Plazuela de Pimentel

Iglesia de Santa María la Mayor

lunes, 22 de marzo de 2010

Una torre alta y lapídea - Reseña histórica de la villa de Tábara en la Edad Media

Vista general de la iglesia de Santa María de Tábara

La villa de Tábara se sitúa en el centro-norte de la provincia de Zamora, a una altitud de 744 m. sobre el nivel del mar. La población sirve de centro  neurálgico a lo que geológicamente se conoce como Depresión de Tábara, junto a las estribaciones de la Sierra de la Culebra, y próxima a las sierras de las Cavernas y de las Carvas. Su estratégico emplazamiento y su condición reconocida de lugar de paso obligado para algunas de las más concurridas rutas del noroeste peninsular, han marcado de una forma determinante su trayectoria histórica.

Su historia documentada se remonta, cuando menos, a la Alta Edad Media, pues fue Tábara un importante enclave monástico de amplia resonancia en el Reino de León. El cenobio, dedicado a San Salvador, fue erigido muy probablemente sobre algún tipo de instalación anterior tardorromana o visigoda, pues de ella han perdurado algunos restos arqueológicos en la zona.

Según se relata en la Vida de San Froilán, breve texto hagiográfico recogido en la Biblia mozárabe de la catedral de León, el que sería más tarde obispo de León fundó aquí un monasterio a finales del siglo IX, siguiendo las indicaciones del rey Alfonso III. Esta misma fuente nos informa que el cenobio congregaba a una floreciente comunidad dúplice, formaba por seiscientos monjes de ambos sexos. La cifra es seguramente un tanto exagerada, pero pone de manifiesto lo ambicioso de la fundación inicial: "Aedificavit Taborense cenobium ubi congregavit utrarumque sexum centies servi animas Donimo servientium".

En la segunda mitad del siglo X hubo en las dependencias monásticas un célebre scriptorium donde se copiaron e iluminaron una serie de espléndidos Beatos, que han sido objeto de la atención de investigadores y expertos en codicología. Son éstos: el de Tábara (concluido en 968), comenzado por el pintor-calígrafo Magius y terminado por su discípulo Emeterius; el de Gerona, escrito por Sennior e iluminado por Emeterio y Ende en 975; y, muy probablemente, el denominado de San Miguel, obra también de Magius, a quien Emeterio califica de maestro.

En el último folio del Beato de Tábara (f. 167v.) se incorporó la mundialmente famosa miniatura de la torre del monasterio, con los monjes afanados en su interior a las tareas de la copia y confección de libros. En el colofón (f. 167r.) se describe esta torre como "alta y lapídea", y se lamenta el copista de las calamidades propias de su ingrata labor: "O turre tabarense alta et lapidea insuper prima teca ubi Emeterius tribusque mensis incurvior sedit et cum omni membra calamum conquassatus fuit". El códice se custodia actualmente en el Archivo Histórico Nacional bajo la signatura 1097B.

Relacionados directa o indirectamente con el Beato de Tábara existen otros códices custodiados en diversos archivos y bibliotecas nacionales y extranjeros, entre los que destacan, ya de una época posterior, los de Turín y Las Huelgas.

Del subsuelo del actual templo románico fueron exhumadas diversas piezas arqueológicas de mármol que han servido para contextualiazar y matizar las escasas noticias que poseemos sobre la trayectoria de este monasterio: basas, fustes, capiteles, fragmentos de un sarcófago, tenantes de altar, etc. Del siglo X contamos además con testimonios epigráficos de primera fila, entre ellos la posible lápida fundacional del cenobio, en la que se menciona al abad Arandisclo, y un fragmento de inscripción funeraria de atribución problemática.

Epígrafe fundacional del monasterio de San Salvador de Tábara por el abad Arandisclo

La historia de nuestro monasterio se interrumpe de forma brusca a finales del siglo X. La tradición erudita supone que habría sido presa de las campañas de Almanzor de hacia 988, de forma que Tábara habría corrido igual suerte que otros cenobios como Eslonza y Sahagún, destruidos por las aceifas musulmanas.

En la segunda mitad del siglo XI, la villa tabarense debía ser posesión de la infanta Elvira, hija del rey Alfonso VI, pues en su testamento, fechado el 11 de noviembre de 1099 en Tábara, deja ésta con otros bienes a su sobrina-nieta Sancha: "Et mando a mea nepta Sancia que crio Tauara et Bamba et Sancto Micael cum adiuntionius suis de Scalata". Esta infanta junto con su hermana Urraca habían recibido buena parte de los monasterios vinculados a la corona real, por lo que la posibilidad del mantenimiento en Tábara de cierta actividad monástica durante este período resulta no despreciable. Doña Sancha, hermana del emperador Alfonso VII, entregó a su vez, según el relato de la Crónica de Veinte Reyes, todo el Valle de Tábara a la Orden del Temple. La fecha exacta de esta cesión no se conoce, pero dado que su muerte se produjo en 1159 y que en 1129 figura Sancha como tenente de Tábara, resulta que la bailía templaria asentada en esta localidad fue una de las más antiguas del territorio de Castilla.

Sobre los restos del viejo cenobio altomedieval en la segunda mitad del siglo XII se levantó una nueva iglesia románica, cuya consagración tuvo lugar en 1137 por el obispo Roberto de Astorga, de lo que da fe un epígrafe situado junto a la puerta meridional.

La División de Wamba, documento apócrifo de principios del siglo XII, señala a Tábara como uno de los límites de la diócesis de Zamora: "El obispado de Numancia, esta es Çamora, tenga por Penna Gusendo fasta Tormes o son los bannos de Val de Rey que yazen sobrel, et dalli fasta en Duero, e de Villalal fasta Oter de Fumus assi como ua acerca de Rio Seco fasta Breto, e de Tauara fasta en Duero".

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción

La presencia de los caballeros templarios en el valle generó conflictos sobre los derechos episcopales con el obispo de Astorga. En 1208 el papa Inocencio III comisiona a tres dignidades de Palencia para entender en el pleito que mantenía el obispo de la diócesis asturicense contra los templarios, pues éstos se negaban a que el prelado administrara el sacramento de la confirmación en las iglesias que ellos tenían en Tábara. La sentencia fue favorable al obispo de Astorga, pero los templarios no la cumplieron. Por eso, en 1211 el papa comisionó al obispo de León, al abad de San Isidoro y al arcediano legionense Pedro Cipriániz para que obligaran a los templarios a cumplir la sentencia. Dos años más tarde, el 18 de abril las disputas quedaron dirimidas con el establecimiento de un convenio entre don Pedro, obispo de Astorga y el maestre del Temple, Pedro Alvítiz.

La documentación correspondiente al proceso contra la Orden pone de manifiesto que Tábara y Carbajales tenían en 1310 un mismo comendador: frey Gómez Pérez. Junto a él se mencionan otros diez templarios más que según parece convivían en el castillo de Alba. De ello se deduce que las encomiendas de Tábara y Carbajales formaban uno de los grupos más numerosos de freires de la orden, sólo superado por los residentes en Faro. Suprimida la Orden del Temple en 1312, Tábara debió pasar a la Corona, al igual que ocurrió con otras villas, caso de Villalpando.

El pasado templario de Tábara, a pesar de la profunda huella dejada en la villa, se perdería en la nebulosa de los tiempos y entraría en el ámbito de la leyenda. Todavía a finales del siglo XV los vecinos recordaban vagamente algunos pormenores de esta etapa, según se relata en el testimonio de ciertos testigos en un pleito: “Oyó desir que bivían allí en Tábara, en la Madalena, que es en medio de Tábara e Foramontanos, unos frayles templarios e que por sodomyticos perdieron a Tábara e Alcañiças e a toda la tierra de Tábara”.

Escudo del linaje Pimentel - Enríquez sobre la puerta del Palacio del Marquesado de Tábara

En septiembre 1371 el rey Enrique II de Trastamara dona Tábara a su vasallo Gómez Pérez de Valderrábano, junto con las villas de Alba de Aliste, Mombuey, Alcañices y Ayóo, que también habían pertenecido a los caballeros templarios:

"Nos el rey, por faser bien e merçed a vos Gómez Pérez de Valderrábano, nuestro vasallo, por muchos serviçios e bonos que nos avedes fecho e fazedes cada día, damos vos por juro de heredad para vos e para vuestros fijos e para todos aquellos que de vos venieren: Mombuey, e Alcañyzas, e Távara, e Ayo, con todas sus pertenençias, segund que siempre las ovyeran fasta aquí, e sobre esto mandamos a don Gómez, arzobispo de Toledo, nuestro chançeller mayor, e a los notarios, e contadores, e a los que están a la tabla de los nuestros sellos, e a cada uno dellos, que vos den e libren e sellen todas las merçedes e previlejos conplidos e firmes e fuertes, los que menestrer oviéredes en esta razón".

El señorío, denominado también "Tierra Vieja de Tábara", comprendía además de la villa, los lugares de Faramontanos, Ferreras de Arirba, Litos, Moreruela, Pozuelo, Riofrío, Santa Eulalia y San Martín. En 1471 se integraron en el señorío los lugares de Sesnández, Escober, Casar y Moratones. Ya en el siglo XVI se le añadieron Ferreruela (1510) y Abejera (1541). A mediados del siglo XV la villa pertenecía a los Almansa, cuyo dominio se extendía también a Alcañices y Mombuey. Este es el origen del señorío de Tábara que, con el tiempo, llegó a manos de una rama de la familia Pimentel.
En 1497 fundó mayorazgo sobre esta villa don Pedro Pimentel Vigil de Quiñones, hijo del III Conde de Benavente, don Alfonso Pimentel. Un hijo de don Pedro y de doña Inés Enríquez, don Bernardino Pimentel y Enríquez recibió de Carlos V en 1541 el título de Marqués de Tábara. Al año siguiente el marqués y su esposa Dª Constanza Osorio compraron a la Corona el señorío de Villafáfila que hasta el año anterior había pertenecido a la Orden de Santiago. Los Pimentel trataron de emular en la villa una corte aristocrática del Renacimiento; construyeron su casa-palacio, con portada plateresca, restos de la cual permanecen aún en la actual plaza mayor, donde campean los escudos familiares. Tras la residencia, el Jardín –con estanque incluido- y más allá, hacia el sureste, el Bosque, espacios éstos para el recreo y la caza, al igual de los que disfrutaban sus parientes en Benavente. Pero también, al igual que éstos, residían principalmente en Valladolid, en donde tenían su palacio principal.

La implantación del régimen señorial generó tensiones y disputas entre el señor y los vasallos. Se quejaban éstos de que no podían nombrar sus propios concejos, así como a las limitaciones de explotación de los recursos naturales, incluso los que consideraban de carácter concejil. La villa y sus lugares elevaron a la Corona sendas denuncias en 1528 y 1551 de lo que consideraban eran abusos señoriales. Las tensiones trataron de dirimirse en 1561 por el establecimiento de una concordia y fuero perpetuo. Por ella se reconocían ciertos aprovechamientos y libertades para los lugares de la Tierra Vieja, esto es los de antiguo origen, en tanto que en los lugares poblados de nuevo los aprovechamientos quedaban reservados al señor.

El marquesado se extendía, además de la villa tabarense, a los lugares de Moreruela de Tábara, Faramontanos, San Martín de Tábara, Santa Eulalia, Litos, Escober, Ferreras de Arriba, Ferreruela... Su titular, el marqués de Tábara, gozaba aún del derecho de presentación en las iglesias del marquesado a mediados del siglo XIX.

Casa- Palacio del Marquesado de Tábara

Epígrafe en uno de los sillares del exterior de la iglesia de Santa María

Entrada a la torre de la iglesia de Santa María

* Este texto fue escrito en colaboración con José Ignacio Martín Benito. Forma parte, con algunas variantes, de la reseña histórica presentada para la propuesta de escudo de la villa de Tábara.