sábado, 20 de febrero de 2010

Liturgia y ceremonia en el Benavente del siglo XVII - Una ordenanza para que los vecinos vayan a las procesiones

Procesión de la Virgen del Carmen en los años 50

"Iten, que los veçinos de esta Villa vayan a las proçesiones que esta Villa haze, ansi por voto y devoçiones suyas salud del pueblo como por los temporales, y en otra qualquiera manera que sea, so pena de çien maravedis por cada vez que no lo hicieren, repartidos en la forma dicha".

Esta ordenanza es la más breve, con diferencia, de todas las recopiladas en el Libro de las Ordenanzas de la Villa de Benavente del siglo XVII. El códice fue felizmente recuperado para el Archivo Municipal en enero de 2006, como parte del legado testamentario del sacerdote e investigador Don Vidal Aguado Seisdedos. La ordenanza puede considerarse complementaria y aclaratoria de algún aspecto de otras anteriores, y originalmente formaría parte de un mismo cuerpo documental.

Se trata de una exhortación y un mandato para que los vecinos acudan a las procesiones celebradas en la villa, tanto las devocionales como las relacionadas con votos contraídos por el concejo. En la España del Barroco la espiritualidad sobrepasa el ámbito privado y debe ser exteriorizada según unas pautas predeterminadas. Frecuentemente se recurría a signos y manifestaciones religiosas externas en las que participaba, de una forma u otra, toda la comunidad cristiana.

Dado el gran número de parroquias, monasterios y cofradías existentes en el Benavente del seiscientos, es razonable pensar que serían múltiples y variados los desfiles y procesiones celebrados durante todo el año, aunque con mayor actividad, lógicamente, durante las fiestas litúrgicas locales y la Semana Santa. Existieron, no obstante, algunos precedentes destacados. Las noticias más antiguas sobre la celebración de procesiones en Benavente se remontan al siglo XIV.

En 1360 Diego Juan, arcediano de Benavente en la iglesia de Oviedo, otorga una escritura de fundación por la que manda decir dos misas cantadas y hacer dos procesiones en el martes primero después del día de Pentecostés en esta forma:

“La primera misa han de mandar decir y la han de oficiar las monjas de Santa Clara de dicha villa, haciendo su procesión de comunidad por el claustro acabada la misa, que se aplicará por el ánima de dicho fundador y por sus obligaciones. La segunda misa, que ha de seguirse a la del convento, la debe cantar el cabildo en el altar de Santa María de dicho convento, al que vendrán los sacerdotes reverendos de pellices, y en procesión con las cruces de las parroquias, y concluida la misa, que deberán aplicar por el alma de dicho arcediano, se saldrán en procecsión a la parroquia de San Andrés y cantarán su oración o responso sobre su sepultura. Para el cumplimiento de esta carga dejó dicho arcediano a las monjas treinta maravedís cada año, con su pitanza de dos carnes, pan y vino a su voluntad: y al cabildo sesenta maravedises del mismo modo, situados todos sobre dos casas y una bodega con sus cubas a la calle de la Judería, propias de dicho fundador que las dejó al capellán de la capellanía que fundó en San Andrés con la obligación de que pagase dicho situado”.

En 1577 se fecha un concierto para el pago de dos procesiones por parte de la villa que el Cabildo de San Vicente se obligaba a hacer en San Martín de julio y San Roque de agosto.

Nazareno en la plaza de la Madera (Foto Montse Pastor)

Procesión de la Virgen del Carmen en los años 50

Nuestra ordenanza muestra una preocupación particular del regimiento por la relajación de las costumbres y la consiguiente pérdida de realce de estos desfiles devotos. Pero no sólo los legos se mostraban reacios a participar en estas celebraciones, también los clérigos se resistían a hacerlo. En 1622 el licenciado Diego de la Hoz, provisor del Obispado de Astorga, tuvo que emitir un mandato instando a los párrocos de la comarca de la villa de Benavente a participar en la procesión y rezo del rosario que se hacía cada año en el día de San Marcos en el Hospital de los condes-duques de Benavente, porque algunos de ellos no querían cumplir con esta tradición.

Los oficiales del concejo acudían a estos ceremoniales normalmente acompañados por los miembros del cabildo, en riguroso orden y prelación marcado por el protocolo. A fin de cuentas, en estos desfiles se reproduce y se escenifica con toda solemnidad el orden social vigente, por lo que la competencia y la pugna por la adecuada colocación de las fuerzas vivas de la villa era un asunto no menor. Así, en 1678 se formaliza un acuerdo sobre precedencia y protocolo en el caso de la ubicación de los escribanos con el Cabildo de San Vicente para las procesiones.

Existían, además, otras procesiones que podemos considerar extraordinarias, relacionadas cono un suceso o una calamidad inesperada, y que nuestro texto identifica con los temporales y las inclemencias del tiempo. En estos casos, el concejo también se involucraba, consciente de que se trataba de una modalidad más de favorecer o fomentar el bien del común.

Pero de todas estas celebraciones las que alcanzaron mayor notoriedad y tradición fueron las relacionadas con la Virgen de a Vega, patrona de Benavente. Ya desde 1520 existe constancia en los libros de cuentas del concejo del voto, romería y función de la Vega, celebrado desde época no determinada en la ermita de Cimanes de la Vega. El regimiento acudía el lunes de Pascuilla al templo, acompañado con toda solemnidad por el Cabildo de San Vicente. Una descripción pormenorizada del periplo de estas comitivas aparece reseñada en un documento del siglo XVIII:

"Se salía desde la iglesia de Santa María del Azogue hasta el convento de Nuestra Señora de la Piedad de la Orden de San Jerónimo, extramuros de la villa, yendo todos en procesión, y desde allí, montando sin orden en sus caballerías o carruajes, los capitulares de la Corporación y los del Cabildo de San Vicente siguen el camino hasta una ermita pequeña, que hay antes de la de Nuestra Señora, donde, volviéndose a organizar procesionalmente, se acercan al santuario referido, donde terminada la misa, se tiene en la casa una comida decente para ambas comunidades".

No sabemos desde cuándo el concejo asumió este voto, pero seguramente nuestra ordenanza está relacionada con él, pues se hace mención expresa a procesiones relacionadas con votos. La amenaza de una sanción de 100 maravedís sería un incentivo más que suficiente para asegurar una asistencia de vecinos acorde con la importancia del acontecimiento. A pesar de ello, el voto de la Virgen de la Vega se fue convirtiendo en una carga para las maltrechas arcas municipales y su cumplimiento se fue relajando, entre otros motivos, debido a los temporales y a lo impracticable de los caminos. También a ello debió contribuir la dificultad para instar a los vecinos, con sanción o sin ella, a desplazarse a una aldea situada a varios kilómetros de distancia. Como consecuencia de todo ello, desde principios del siglo XVIII el concejo comienza a pedir la conmutación del voto por otros actos similares a realizar dentro de la villa.

Así la imagen de la Virgen de la Vega pasa largas temporadas dentro de los muros de la villa, lo que provoca el recelo de los administradores de la ermita titular. En torno a 1754 se suscita un pleito sobre la restitución de la imagen de Nuestra Señora de la Vega a su ermita de Cimanes, que da lugar a una real provisión y a diligencias de notificación sobre la absolución de censuras a los capitulares de Benavente por el Vicario de San Millán. En 1757 se obtiene licencia de dicho vicario, a petición de la villa, para el traslado procesional de la imagen de Nuestra Señora de la Vega desde su ermita de Cimanes. En el expediente se incluye carta del ayuntamiento al párroco de Cimanes para que permita el cumplimiento del voto. En 1823, el ayuntamiento obtuvo autorización para permutar o trasladar la ofrenda a la ermita de la Soledad y realizar el voto de la villa en la iglesia de San Nicolás.

Ermita de Cimanes de la Vega (León)

Nuestra Señora de la Vega de Cimanes (Siglo XIII)

lunes, 8 de febrero de 2010

La ciudad derrotada - Memorias y esplendores de la villa de Castrotorafe

Ruinas del Castillo de Castrotorafe, según una ilustración de 1876

El despoblado de Castrotorafe se levanta sobre una pequeña meseta, en la orilla izquierda del Esla, vigilando un estratégico paso sobre este río. El terreno está incluido actualmente al pequeño municipio de San Cebrián de Castro, de tan sólo 363 habitantes, dentro de la comarca zamorana de la Tierra del Pan. El término municipal incluye el anejo de Fontanillas de Castro.

El acceso se realiza desde la Nacional 630, en plena Vía de la Plata, por una pista de tierra perpendicular a dicha carretera que arranca a unos dos kilómetros al sur de Fontanillas de Castro. El camino lleva al visitante directamente hacia los restos de una de sus antiguas puertas, en el frente este. El sistema defensivo aprovechaba una amplia meseta con brusca caída hacia el río y delimitada por dos pequeños barrancos que desaguan en éste.

Sobre el origen remoto de la población y la cronología del asentamiento, a falta de intervenciones arqueológicas sistemáticas, no existen más que conjeturas. Suele identificarse con el "Vico Aquario" romano, uno de los hitos recogidos en el Itinerario de Antonino. Ciertos hallazgos en superficie de materiales de cronología romana, o incluso anteriores, han venido a apuntalar esta hipótesis, aunque sin argumentos concluyentes.

La primera mención en las fuentes parece ser del año 1038, cuando se cita el territorio de "ad Torabe"o "Adtorabe", como próximo al monasterio de Moreruela, en una donación de la condesa Sancha, hija de los condes Munio Fernández y Elvira. El dato tiene su interés, pues pone manifiesto la existencia de un centro territorial de cierta entidad con poblaciones o aldeas dependientes, entre ellas Riego.

Es a partir de 1129 cuando Castrotorafe resurge con fuerza en el contexto del impulso repoblador desarrollado en el reino leonés. En este año Alfonso VII le concede el fuero de Zamora y le asigna un primer alfoz. Pero será su hijo, Fernando II, quien haga de este lugar un enclave destacado dentro del organigrama político del reino. Es a él a quien las crónicas atribuyen la repoblación de la villa: "este rey don Fernando pobló ... Castrotorafe en el obispado de Zamora.".

En 1176, Castrotorafe es entregada a los caballeros de Santiago por sede central de la Orden: "villam dictam Castro Toraf per terminus novinssimos et antiquos", y dos años después, en 1178, Pedro Fernández, Maestre de la Orden, le concede un nuevo fuero confirmado por el propio Fernando II.
En esta época debió construirse un primer recinto murado y, quizás, levantarse su famoso puente sobre el Esla, uno de los principales viaductos de la zona que proporcionaba acceso a los territorios zamoranos desde el noroeste y a Galicia por Portugal.

La defensa del puente y la guarda de su castillo aumentaron la notoriedad de este enclave a principios del siglo XIII, que fue objeto de sucesivas disputas entre Orden de Santiago, el obispado de Zamora, el Papa y las hijas del Alfonso IX, Sancha y Dulce. En 1202 Alfonso IX concedía a la catedral de Zamora el diezmo íntegro del portazgo para la reedificación del claustro de San Salvador y el de San Miguel, impuesto que estaría estrechamente vinculado, como ocurre en otros lugares, con la gestión y el control del puente.

En abril de 1222 el obispo zamorano alcanzaba un acuerdo con el maestre de la Orden referente a los diezmos del peaje y aceñas en este lugar. El maestre renunciaba a todos los derechos sobre el peaje y la mitad de la aceña de Figal, y el obispo renunciaba a todas sus pretensiones sobre los diezmos del peaje y las aceñas de Castrotorafe.

Las diferencias entre la mitra zamorana y la Orden de Santiago sobre el pago de portazgos y del “pasagium” en Castrotorafe por los vecinos de Manganeses de la Lampreana dieron lugar a una nueva concordia, firmada en 1229 por el obispo y el maestre. La Orden promete no exigirlos, pudiendo los dichos vecinos comprar y vender en Castrotorafe. Por estos mismos años diversas referencias documentales de la Catedral de Zamora, procedentes de mandas testamentarias, testimonian la actividad en el puente.

Para la construcción del viaducto se aprovechó un remanso del río, originado por la acción de "la violentísima curva que antes se desarrolla", en palabras de Gómez Moreno. El arqueólogo granadino sitúa su construcción a finales del siglo XII, señalando que constaba de doce o más arcos " ya hundidos, sobre pilas de corte poligonal contra la corriente y espolones a la parte contraria, con bien torpe criterio. Sus cimientos perseveran dentro del río, y otras cuatro pilas, hechas de sillería gruesa, surgen sobre peñas en la margen contraria". El imponente sistema de fortificaciones de la villa tuvo siempre muy en cuenta la defensa de esta infraestructura, pues desde el ángulo noroeste del castillo un muro descendía a modo de coracha hacia el río, donde se localizan los restos de una torre con espolón que serviría para el aprovisionamiento del agua y la vigilancia.

Basándose en testimonios indirectos algunos autores han mantenido que a mediados del siglo XVI el puente se derrumbó definitivamente, no volviendo a reconstruirse. Quizás haya que retrasar al menos varias décadas esta circunstancia, puesto que en la visita a las encomiendas de Castrotorafe y Peñasuende de 1528 se menciona aquí una barca.

Este misma visita nos revela la existencia de una ermita dedicada a Santa Marina situada en las inmediaciones del río Esla, con lo que los paralelismos con respecto al puente de Castrogonzalo son más que evidentes: "Visitación de la hermita de Santa Marina çerca de la villa de Castrotorafe [...] Los dichos visitadores mandamos a Pedro de Constante, cura de Castro Torafe, que pues lleva la renta de la dicha hermita, que haga hazer dos esquinas de la dicha hermita, que están caydas hazia la parte del río, las quales haga de cal y canto, conforme a la pared que está echa".

En todo caso ya finales del siglo XV se evidencia un importante derrumbe del puente, cuyos pormenores remiten a una primera destrucción que podría remontarse incluso al siglo XIV y que pudo ser definitiva:

"Visytamos una puente que está baxo de la fortaleza en dicho Ryo, la cual está cayda, los arcos de ella, salvo tres que están sanos, y todos los pilares de los otros paresçen ençima del agua grand parte; fuemos ynformados que no saben sy se cayó o sy la derrocaron porque no ay memorya de onbres que dello se acuerden".

Se trata de la visita efectuada en 1494. Esta misma fuente nos informa de la importancia económica y estratégica que los Santiaguistas condecían a este paso: "Si dicha puente se hiziese, rentara esta dicha encomienda Çien mill mrs. Mas, en dende arriba, porque toda la gente que viene de Portugal a las feryas de Castilla vernya por ally que el portazgo rendyese mucho".

A partir de estas fechas las referencias a esta villa escasean en las colecciones diplomáticas, signo evidente de su pérdida de pujanza, a lo que debió contribuir de forma significativa la ruina del puente. En la actualidad, cuando el embalse tiene sus aguas bajas, se pueden apreciar todavía los arranques de sus pilas en el lecho del río.

El castillo, en ruinas, se localiza en el ángulo noroeste del recinto fortificado. Presenta una planta trapezoidal con un doble sistema defensivo. En primer término, una barrera artillera almenada con cuatro torres circulares en los ángulos y, en segunda instancia, un cuerpo principal aislado de planta similar, hoy prácticamente irreconocible.

En las Respuestas Generales del Catastro de la Ensenada, de 1751, se señala que "en este despoblado se actúa y se opera según lo que coge de territorio su cercado, que lo está todo del derredor de piedra amurallado, con sus cubos, y tiene cuatro puertas arqueadas por donde se entre en él, cada una con su nombre, y tiene de Levante a Poniente cuatrocientos pasos, y de Norte a Sur cuatrocientos y diez, de circunferencia medio cuarto de legua".

Se hace saber también que en el despoblado solamente habita una persona, pobre de solemnidad para más señas, y por tanto exento de contribuciones: "... hay con residencia en dicho despoblado solamente un santero o ermitaño, que cuida de la iglesia. Hay una casa, con habitación alta y baja, en la que reside dicho ermitaño. Está separada de la iglesia y sirve para hospedería de la gente que de muchas partes baja a visitar a la Santa Imagen, que en dicha iglesia está colocada y se intitula del Realengo. Cuya casa es propiedad de su Majestad".

Respecto al castillo se describe así: "Hay un castillo, con su vivienda alta y baja, que está inhabitable. Tiene su atalaya y barbacana, y es propia de los poseedores de la Encomienda de Castro, que hoy lo es el Marqués de Galiano (se refiere a Juan Pablo Galiano y Chinarca, I Marqués de Galiano desde 1746), Caballero del hábito de Santiago, Intendente del Real Sitio de San Ildefonso, y se dice que antiguamente residían en él ocho comendadores, y como hoy no lo ejecutan, está dicha castillo destruido y arruinado por abandono".

Vista de la cerca de Castrotorafe en su sector oeste

Restos del puente derruido sobre el Esla

Vista del Castillo de Castrotorafe desde uno de sus cubos

Entrada principal a la villa, con restos de una de las puertas de su muralla

Restos del Castillo de Castrotorafe

Restos de la iglesia de Castrotorafe

Tronera de artillería en el Castillo

martes, 26 de enero de 2010

Ab urbe condita - Una breve historia de Benavente

Excavaciones en el área de la Mota Vieja en el año 1998

Los valles de los ríos Esla, Órbigo y Tera fueron, desde los tiempos más remotos, objeto de un poblamiento intenso y continuado, lo que se tradujo en el desarrollo de una gran diversidad de asentamientos. Son muy numerosos los yacimientos arqueológicos identificados en la comarca de los Valles de Benavente, con culturas que cubren un amplio arco cronológico: el Paleolítico, la Edad de los Metales, la época romana, la Edad Media, etc. Todo ello pone de manifiesto las favorables condiciones naturales de este territorio desde la Antigüedad para el desarrollo de las actividades agrarias, y el papel fundamental de los ríos como ejes del desarrollo económico y las comunicaciones.

Las campañas de excavación arqueológica emprendidas en Benavente durante los años ochenta del pasado siglo evidenciaron la existencia en la parte alta de la ciudad de una ocupación defensiva correspondiente a la I Edad del Hierro. El yacimiento, situado en los denominados Cuestos de la Estación, se localizaba al oeste del casco urbano, delimitado por las calles La Sinoga, Mirador de la Sinoga y los Cuestos de la Estación. A estos trabajos hay que añadir otras intervenciones arqueológicas posteriores, efectuadas como consecuencia de las obras de consolidación de los Cuestos y la construcción de un aparcamiento subterráneo en la zona de la Mota Vieja. Estos últimos sondeos permitieron constatar una mayor extensión del asentamiento original, con lo que este primer poblado fortificado adquiriría unas dimensiones ya considerables.

No será hasta la plena Edad Media cuando volvamos a documentar un asentamiento de cierta entidad. Los primeros testimonios escritos se remontan a la segunda década del siglo XII, en torno al año 1115. En ellos la población recibe el nombre de «Malgrad», y es identificada indistintamente como villa, castro y fortaleza, lo que nos está hablando de un enclave militar con funciones jerarquizadoras del territorio. En este contexto nuestra villa se verá involucrada en el proceso de repoblación y organización de territorios emprendido por los monarcas leoneses a lo largo y ancho del reino.

La repoblación de “Malgrad” fue realizada por el rey leonés Fernando II, probablemente en el año 1164. En esta fecha se debió conceder un primer fuero del que se conocen sólo algunos detalles. Sin embargo, en 1167 el mismo monarca realizó una segunda puebla con una renovación del contenido del fuero. Esta segunda redacción, conocida popularmente como Carta Puebla, es la principal joya del Archivo Municipal. En este ordenamiento Fernando II confía las labores de organización y reparto de las heredades a un grupo selecto de 21 pobladores. Los máximos responsables de la empresa serán el conde de Urgel y el noble Fernando Rodríguez. Cualquier persona que viniera a vivir a la villa y construyera en ella una casa adquiría la condición de vecino y tenía, por tanto, derecho a participar en el reparto de tierras y heredades. Además, la vecindad significaba la exención del pago de diversos impuestos y el disfrute de otros privilegios.

A raíz de la intervención real, la antigua Malgrad pasó a tomar el nombre definitivo de Benavente (muy probablemente en alusión a los buenos vientos). Conoció a partir de entonces un período de gran expansión que le llevó a alcanzar notoriedad en el contexto político del reino. En 1181 celebró aquí Fernando II un importante concilium, que fue seguido por la convocatoria de cortes por Alfonso IX en 1202 y 1228. En 1230 se consuma en Benavente la unidad definitiva de los reinos de León y Castilla, a través del acuerdo establecido entre Fernando III y sus hermanas Sancha y Dulce.

Durante los siglos XII y XIII se levanta un primer castillo, se amplia el casco urbano, se rodea de una muralla y se edifican la mayoría de las parroquias e iglesias (entre ellas las románicas de San Juan del Mercado y Santa María del Azogue). En el siglo XIII varios monarcas castellanos, como Alfonso X y Sancho IV, contribuyeron al desarrollo de la villa a través de la concesión de privilegios y mercedes de diverso tipo. Alfonso X otorgó en 1254 una feria franca de 15 días en torno a las fiestas de Pascua de Resurrección, mientras que Sancho IV promovió en 1285 una nueva puebla a través de una carta con diversas franquicias.


Vista del Castillo y Parador desde el puente de la Ría

Iglesia de Santa María del Azogue de Benavente

Iglesia de Santa María del Azogue

Vista de la Plaza del Grano

En el siglo XIV, como ocurre con la gran mayoría de las poblaciones leonesas de su entorno, Benavente atravesó un período de crisis manifestada en una merma importante de su vecindario y su actividad económica. La necesidad de remediar estos y otros males impulsó al monarca Enrique II a la concesión de un privilegio en 1370 por el que eximía a la villa del pago de tributos durante diez años.

En 1374, dentro de un contexto general de expansión y fortalecimiento de los grandes linajes castellanos, Benavente fue entregado, a título de ducado, por Enrique II, a su hijo natural, don Fadrique. Don Fadrique fue fruto de las relaciones del rey con Beatriz Ponce de León y Aragón-Xérica. Es considerado uno de los llamados "epígonos Trastámaras", en la terminología acuñada por el profesor Luis Suárez Fernández. El fundador de la dinastía Trastámara tenía grandes planes para su bastardo, pues se proyectó su matrimonio con la infanta Beatriz, heredera de la corona portuguesa. Sin embargo, la citada unión no llegó a celebrarse y don Fadrique, acusado de todo tipo de delitos y desórdenes, acabó en desgracia dentro de la corte.

Durante este convulso período la villa sufrió en 1387 un cerco de dos meses por parte de las tropas angloportuguesas, encabezadas por el duque de Lancaster. En el origen de esta invasión estaba la antigua reclamación del trono castellano por parte de Juan de Gante, duque de Lancaster, casado con Constanza, hija del rey Pedro I de Castilla. Esta pretensión se vio fortalecida con la derrota castellana frente a Portugal en Aljubarrota (1385). El fracaso castellano fue aprovechado por el duque inglés para desembarcar en La Coruña, ocupar Santiago y emprender una gran ofensiva contra el reino castellano con la ayuda de las tropas portuguesas. El asedio de Benavente se prolongó durante los meses de abril y mayo de 1387. Aunque no consiguieron rendir la plaza, dejaron tras de sí un paisaje de ruina y desolación.

A la prisión y muerte de don Fadrique en 1394, siguió el inmediato despojo de sus bienes. El título del ducado de Benavente revertió a la corona, y a continuación la villa fue cedida a la reina Catalina de Lancaster, pero el proceso de señorialización era ya imparable. Catalina de Lancaster, reina consorte de Castilla por su matrimonio con el rey Enrique III, fue "señora" de Benavente durante un breve lapso de tiempo. Para los benaventanos, el señorío de la reina fue interpretado como una vuelta de hecho al realengo, después de los turbulentos años padecidos por la villa durante el dominio del duque don Fadrique. Como recordarían años después los propios benaventanos, con la reina "habíamos olvidado todos los males y tribulaciones que habíamos sufrido y pasado, lo cual por nuestros pecados nos duró muy breve tiempo".

En 1398 el rey Enrique III concedió la villa como cabeza de un extenso señorío a don Juan Alfonso Pimentel, noble de origen portugués afincado en Castilla después de la batalla de Aljubarrota. Se creaba así un importante condado, asociado a uno de los linajes más poderosos del reino, que habría de mantenerse hasta bien avanzado el siglo XIX.

Los siglos XV y XVI son la época de mayor esplendor del condado de Benavente. La colaboración y el apoyo constante prestado por los condes a los reyes es recompensando con todo tipo de mercedes y derechos que aumentan sus posesiones. Fruto de todo ello es el mecenazgo y patrocinio ejercidos por los Pimentel sobre la villa. Se funda el Hospital de la Piedad para el socorro de pobres y peregrinos, se levanta una nueva fortaleza-palacio, alabada reiteradamente por viajeros y cronistas, y se establece un patronato sobre el monasterio de San Francisco, sede del panteón familiar.

En relación con la obra de evangelización en el territorio americano debe destacarse la figura de Fray Toribio de Benavente “Motolonía”, misionero franciscano que dedicó buena parte de su vida al conocimiento de la cultura y las tradiciones de la población indígena. Su vida se caracterizó por una gran sencillez, tanto interior como exterior. El término «motolinía», con el que también se le conocía, es un vocablo indígena alusivo a la pobreza en su forma de vestir. Fray Toribio dejó escritos diversos tratados de carácter histórico y etnográfico, destacando su “Historia de los Indios de la Nueva España”. Entre 1530 y 1531 participó en la fundación de la ciudad de Puebla de Zaragoza, también conocida como Puebla de los Ángeles (México).

Monumento a Fray Toribio de Motolinía

Casa del Cervato o de los Rodríguez

Durante el siglo XVII el panorama social y económico de la villa parece que se resintió en algunos aspectos. Desde el punto de vista demográfico se aprecia una caída prolongada del contingente de vecinos. Sólo hacia finales de siglo comienza a percibirse cierta recuperación. Las causas deben buscarse en las adversas circunstancias socioeconómicas generales que afectaron al país. Las actas municipales del concejo dejan ver algunos de sus síntomas: malas cosechas, subida de los precios, continúas levas de soldados, etc.

A partir de 1640 la villa se vio afectada por la rebelión de Portugal, cuyo desenlace desembocaría en la independencia del país vecino en 1668. Aunque los hechos de armas más destacados tuvieron lugar en los territorios rayanos, buena parte de ellos estaban bajo la jurisdicción señorial de los Pimentel, como La Puebla de Sanabria. Hasta Benavente llegaron las consecuencias de aquel conflicto. Así, el castillo fue un arsenal durante esta contienda. En la villa se formó un ejército bajo las órdenes del conde Juan Francisco Pimentel como capitán general y en la campaña de 1641 se empleó la artillería de bronce que había en la fortaleza.

A lo largo del siglo XVIII se dejan sentir los ecos de la Ilustración. Personajes relevantes de este emergente ambiente cultural son la condesa-duquesa Mª Josefa Pimentel (1752-1834), el erudito e historiador José Ledo del Pozo (1753-1788) y el obispo de Oviedo, Agustín González Pisador (1709-1791), que pasó largas temporadas en su palacete de la calle de la Rúa y fue enterrado en Santa María del Azogue. Los sectores más dinámicos de la vida local promueven la creación de la Sociedad Económica de Amigos del País de Benavente. Su finalidad principal era impulsar el desarrollo económico de la comarca.

En la etapa final del Antiguo Régimen, Benavente se vio involucrada en los enfrentamientos derivados de la Guerra de la Independencia. Entre diciembre de 1808 y enero de 1809 la villa fue ocupada, primero por el ejército inglés, al mando del General Moore, que se retiraba hacia La Coruña, e inmediatamente después por el grueso ejército francés al mando Napoleón, que iba en su persecución. La fortaleza fue saqueada e incendiada, y otros episodios no menos lamentables se produjeron en monasterios, hospitales y otros edificios.

El siglo XIX está muy determinado por los vaivenes de la política nacional y las consecuencias de la Desamortización. Los monasterios más afectados fueron los de San Francisco, Santo Domingo y San Jerónimo. En todos ellos se extinguió la vida conventual y sus fábricas iniciaron un lento pero inexorable declive hasta su total desaparición. Durante los últimos años del siglo se desarrollan las obras del ferrocarril Plasencia-Astorga, cuya inauguración oficial fue celebrada con gran entusiasmo popular el 21 de junio de 1896.

La siguiente centuria arranca con la demolición del castillo y la pérdida del recinto murado. En 1929 Alfonso XIII concede a Benavente el título de ciudad, iniciativa que, a pesar de su incuestionable valor testimonial, no tuvo demasiadas repercusiones en la vida social y económica. Durante los años 60 y 70, al hilo del Desarrollismo imperante, se pierde una parte significativa del patrimonio arquitectónico (iglesias de San Andrés, San Nicolás, Santa María de Renueva, y los monasterios de Sancti Spíritus, Santa Clara y San Bernardo).

A finales de este siglo asistimos a un nuevo impulso demográfico y un gran desarrollo espacial del casco urbano. Los elementos clave de este crecimiento deben buscarse ahora en la construcción de nuevas autovías, el Centro de Transportes y el papel de la ciudad como centro logístico y de comunicaciones, todo ello sin haber perdido en ningún momento su vocación de cabecera de la comarca y el peso tradicional de sus ferias y mercados.

Castillo y Parador de Benavente

miércoles, 13 de enero de 2010

¡A tierra puto! - El conde de Benavente y la "farsa de Ávila"

Infografía de la farsa de Ávila (1465)

¡A tierra puto! gritaba, con rabia, el conde de Benavente mientras derribaba y pisoteaba en el suelo la efigie del rey Enrique IV. Previamente, junto con lo más selecto de la nobleza castellana rebelde, había arrebatado a aquel pelele improvisado el cetro, uno de los símbolos del poder de la realeza. Estos graves y trascendentales hechos se producían al pie de las murallas de Ávila, ante la mirada atónita de los vecinos, un 5 de junio de 1465.

Una mirada rápida al contexto político del reino en torno a esta fecha pone de manifiesto que esta actitud no era producto de un arrebato de Rodrigo Alfonso Pimentel, IV conde de Benavente (1461-1499). Varios acontecimientos relevantes, y concatenados, se producían en el reino de Castilla en aquellos meses convulsos del reinado de Enrique IV (1454-1474).

En 1462 nace Juana de Trastámara, hija de Enrique IV de Castilla y Juana de Portugal, que es nombrada inmediatamente heredera al trono. Pero, dado que el rey no había tenido descendencia de su anterior matrimonio con Blanca de Navarra y era tenido por impotente, corrió rápidamente el rumor en la Corte de que el verdadero padre de Juana era un poderoso noble llamado Beltrán de la Cueva, más tarde primer duque de Alburquerque y personaje de la máxima confianza del monarca.

En 16 de mayo de este mismo año, pocas semanas después del nacimiento de Juana, el rey castellano enviaba una carta exhortando al conde de Benavente a que prestara juramento a la infanta. Por su interés reproducimos su contenido, siguiendo la transcripción publicada por José Ramón Tantín Usinas:

“Yo el Rey envío mucho saludar a vos don Rodrigo Pimentel, conde de Benavente, mi vasallo e del mi consejo, como aquel que amo e preçio e de quien fio. Bien sabedes o deudedes saber que segund derecho e leyes e fasañas destos mis Regnos, el fijo varón legítimo primogénito, que al Rey nasçe, es heredero e subçesor en los dichos Regnos, e non aviendo fijo varón, es heredera e subçesora la fija legítima primogénita, e por tal heredero e subçesor ha de ser tomado e resçebido e jurado por los Perlados e Grandes e otras personas de los dichos mis Regnos, lo qual siempre se usó e acostumbró así. E agora, como sabedes, a nuestro señor Dios plogo de me dar en la muy ilustre Reina doña Juana, mi muy cara e muy amada e legítima muger, a la muy ilustre princesa doña Juana, mi muy cara e muy amada fija primogénita, a la cual el infante don Alonso mi muy caro e muy amado hermano e los perlados e grandes e caualleros que en mi corte estaban e los procuradores de las çibdades e villas de mis Regnos, que por mi mandado aquí son venidos en esta villa de Madrid, a treinta días deste presente mes de mayo, todos unánimes, pública e solepnemente, reconociéndolo susodicho e conformándose con las dichas leyes de mis Regnos e fasañas e antigua costumbre dellos, desde agora para después en mis días la tomaron e reçebieron por su Reyna e Señora natural dellos e de guardar su vida e salud e honra e estado e que le serán leales e verdaderos e obedientes vasallos en todas las cosas, segund que mejor o más cumplidamente lo deben ser e fueron a mi e a los otros reyes mis antecesores de gloriosa memoria. Lo qual prometieron de guardar e conplir realmente e con efecto, non quedando de mi fijo varón legítimo, de legítimo matrimonio nascido, al tiempo que a nuestro señor Dios plaserá de me trasladar desta vida presente. E por guarda e seguridad de aquesto fisieron pleito e omenaje e juramento en deuida forma, segund más largo en el ynstrumento dello se contiene, el traslado del qual será mostrado, firmado del mi seqretario juso scripto. Fágouos lo saber porque es razón, e yo vos ruego e mando, sy serviçio e placer me deseades faser, que vos asymesmo prestedes e fagades a la dicha princesa mi muy cara e muy amada fija primogénita, el dicho juramento e pleito omenaje, segund que el dicho ynfante mi hermano e los dichos perlados e grandes e caualleros que aquí están e los dichos procuradores de mis Regnos lo fisieron, en lo qual faredes lo que deuedes e lo que segund derecho e leyes e fasañas e antigua costumbre de los dichos mis Regnos soys tenudo, e yo lo reçibiré en muy agradable e señalado plaser e serviçio. El testimonio de lo qual me enviad con Johan de Valle, mi vasallo, que sobre esto os envío. Dada en la villa de Madrid XVI días de mayo año de LXII. Yo el Rey. Por mandato del Rey, Alvar Gomes”.

Entre 1463 y 1468, algunos de los principales linajes de la alta nobleza protagonizan una rebelión contra Enrique IV. El irresistible ascenso político de Beltrán de la Cueva y de otros nobles advenedizos fue contemplado con desconfianza por los linajes de la vieja nobleza castellana. A ello hay que añadir la denuncia de la ilegitimidad de Juana, ante la sospecha de que el rey no podía consumar, supuestamente, sus matrimonios. Tal acusación era en su época, independientemente de su fundamento, una poderosa arma política.

El monarca, presionado y sin suficientes apoyos, reconoció como heredero a su medio hermano Alfonso, como exigían los desafectos. Pero tras la Sentencia arbitral de Medina del Campo (16 de enero de 1465), desfavorable a los intereses del monarca, Enrique IV da marcha atrás en los planes sucesorios y decide hacer frente a la rebelión.

Entre los linajes nobiliarios que desde un principio muestran su apoyo a Enrique IV se encuentran los Osorio, señores de Villalobos, cuya actitud tendrá inmediatamente su cumplida recompensa. El día 16 de julio de 1465 Enrique IV concedió la ciudad de Astorga con sus términos y jurisdicción a Álvaro Pérez Osorio, conde de Trastámara, señor de Villalobos y Castroverde y alférez mayor del Pendón de la Divisa, con el título de marqués.

El establecimiento del señorío sobre Astorga da lugar a la reacción inmediata de los condes de Benavente y Luna, alarmados por el fortalecimiento de su tradicional competidor, tanto en el territorio leonés como, a escala general, en la coyuntura político-militar. El 21 de octubre de 1465, desde Arévalo, el ahora proclamado rey Alfonso hace merced al conde de Benavente de los bienes que fueron de Diego de Losada, incautación que se justifica a por su deslealtad y por seguir el partido del destronado Enrique IV. Entre estos bienes se alude al señorío de la mitad de la villa y fortaleza de la Puebla de Sanabria, con todos sus términos y otros derechos que pertenecieron a los Losada.

La farsa de Ávila. "Atentado de Ávila, contra Enrique IV (1465)". Litografía a dos tintas; imagen 159 x 236 mm, en h. de 255 x 356 mm.  Inscripción en la parte superior de la imagen: "HISTORIA DE LA VILLA Y CORTE DE MADRID."

La familia de Rodrigo Alfonso Pimentel, IV conde de Benavente

Enrique IV de Castilla, según el manuscrito de Jörg von Ehingen (1455)

El príncipe Alfonso aclamado como rey en Ávila [Grabado popular del siglo XIX coloreado]

Para el erudito benaventano Ledo del Pozo, siempre complaciente con las iniciativas de los Pimentel, el conde actuaba en estos acontecimientos instigado por Juan Pacheco, marqués de Villena, jefe de los amotinados y de otros grandes, atrayéndole con la promesa de matrimonio con su hija María Pacheco. El poderoso marqués de Villena, muy versado en las intrigas de la Corte, estaba descontento con el trato de favor de Enrique IV a sus rivales: los Mendoza y el valido Beltrán de la Cueva. Así que “tomó con ellos partido conteniendo la rebelión, que en nombre del rey D. Alonso mantenían en Castilla”.

Mientras Rodrigo Alfonso Pimentel celebraba sus bodas en Peñafiel en 1466 con la de Villena, el marqués de Astorga pasó a apoderarse de las villas y lugares del conde. Muchos pueblos pequeños y sin murallas no pudieron resistirse, “no así esta Villa de Benavente que rechazó con su acostumbrado valor al enemigo”.

Así pues, entre los conjurados figura desde un principio el conde de Benavente, que es señalado por los cronistas como uno de los cabecillas que en aquella peculiar ceremonia deponen en efigie al monarca y entronizan al infante Alfonso, también conocido como Alfonso XII de Castilla o Alfonso de Ávila, con apenas 11 años de edad. Es la llamada “farsa de Ávila”, el 5 de junio de 1465.

Así describe el esperpéntico episodio el cronista Diego de Valera en su "Memorial de diversas hazañas":

"Los grandes del reino que en Ávila estaban con el príncipe don Alfonso determinaron de deponer al rey don Enrique de la corona y cetro real, y para lo poner en obra eran diversas opiniones, porque algunos decían que debía ser llamado e se debía hacer proceso contra él, otros decían que debía ser acusado ante el Santo Padre de herejía e de otros graves crímenes e delitos que se podrían ligeramente contra él probar [...]Ninguna cosa les parecía ser más conveniente, ni que más sabiamente se pudiese hacer que la privación del tirano, al cual fallecía vigor del corazón e prudencia e esfuerzo e todas las otras habilidades que a buen príncipe convienen. Ninguna otra cosa le quedaba, salvo nombre de rey, el cual quitado él era todo perdido, lo cual no era cosa nueva en los reinos de Castilla e de León, los nobles e pueblo de ellos elegir rey e deponello [...] Para lo cual, en un llano que está cerca del muro de la ciudad de Ávila se hizo un gran cadahalso [...] e allí se puso una silla real con todo el aparato acostumbrado de poner a los reyes, y en la silla una estatua, a la forma del rey don Enrique, con corona en la cabeza e cetro real en la mano, y en su presencia se leyeron muchas querellas que ante él fueron dadas de muy grandes excesos, crímenes e delitos [...] e allí se leyeron todos los agravios por él hechos en el reino, e las causas de su deposición, aunque con gran pesar y mucho contra su voluntad. Las cuales cosas así leídas, el arzobispo de Toledo, don Alonso Carrillo, subió en el cadahalso y quitóle la corona de la cabeza, como primado de Castilla, y el Marqués de Villena, don Juan Pacheco, le quitó el cetro real de la mano [...] y el conde de Plasencia, don Álvaro de Estúñiga, le quitó la espada, como Justicia Mayor de Castilla, y el Maestre de Alcántara, don Gome Solís [...] y el conde de Benavente, don Rodrigo Pimentel, y el Conde de Paredes, don Rodrigo Manrique, le quitaron todos los otros ornamentos reales y con los pies le derribaron del cadahalso en tierra y dijeron: «¡A tierra, puto!». Y a todo esto gemían y lloraban la gente que lo veían. E luego, incontinente el príncipe don Alfonso subió en el mismo lugar, donde por todos los grandes que ende estaban le fue besada la mano por rey y señor natural de estos reinos".

Paseo de las murallas de Ávila, según una fotografía antigua

Puerta de San Vicente de Ávila, según una fotografía antigua

Moneda acuñada por Enrique IV. Anverso: ENRICVS CUARTVS DEI GRA alrededor del rey sentado en el trono con espada en mano. Reverso: ENRICVS REX CASTELLE ET LEGIONIS alrededor de un cuartelado de castillos y leones. Tipo de moneda: ENRIQUE. Ceca: SEVILLA. Peso: 4.50 GR. Medida: 25 mm. Año de acuñación: 1454-1474 [maravedis.or].

A los agravios denunciados por los nobles, añade Alonso de Palencia, el cronista enemigo del rey y portavoz de dicha liga: "las acusaciones de la obstinación con que se aumentaban los gravámenes de los pueblos y de la corrupción cada vez más escandalosa, y se vino a decretar la sentencia de destronamiento y la extrema necesidad a que obedecían los que iban a ejecutarlo".

Por su parte, Diego Enríquez del Castillo, cronista y capellán de Enrique IV, nos ha transmitido otro relato complementario de la deposición simbólica del rey:

“... mandaron hacer un cadahalso... en un gran llano, y encima del cadahalso pusieron una estatua asentada en una silla, que descían representar a la persona del Rey, la cual estaba cubierta de luto. Tenía en la cabeza una corona, y un estoque delante de sí, y estaba con un bastón en la mano. E así puesta en el campo, salieron todos aquestos ya nombrados acompañando al Príncipe Don Alonso hasta el cadahalso...Y entonces...mandaron leer una carta mas llena de vanidad que de cosas sustanciales, en que señaladamente acusaban al Rey de quatro cosas: Que por la primera, merescía perder la dignidad Real; y entonces llegó Don Alonso Carrillo, Arzobispo de Toledo, e le quitó la corona de la cabeza. Por la segunda, que merescía perder la administración de la justicia; así llegó Don Álvaro de Zúñiga, Conde de Plasencia, e le quitó el estoque que tenía delante. Por la tercera, que merescía perder la gobernación del Reyno; e así llegó Don Rodrigo Pimentel, Conde de Benavente, e le quitó el bastón que tenía en la mano. Por la quarta, que merescía perder el trono e asentamiento de Rey; e así llegó Don Diego López de Zúñiga, e derribó la estatua de la silla en que estaba, diciendo palabras furiosas e deshonestas”.

La revuelta se prolongará durante tres años más, hasta la muerte de Alfonso en 1468. No obstante, la cuestión sucesoria no quedará resuelta. Los partidarios de Alfonso prestarán ahora su apoyo a la hermanastra del rey, Isabel, en contra nuevamente de Juana la Beltraneja. Para entonces nuestro conde ya estaba practicando un doble juego, con apoyos puntuales a uno u otro bando en función de sus intereses patrimoniales. En este mismo año de 1468 Enrique e Isabel firman el Tratado de los Toros de Guisando, que pone fin provisionalmente al conflicto. Enrique consigue pacificar el reino al aceptar como heredera a Isabel, reservándose el derecho de supervisar y concertar su matrimonio.

Con todo, el conde benaventano no salió mal parado de este proceso de crisis política y guerra civil, dentro del habitual sistema de concesión de mercedes a los partidarios y de confiscaciones a los declarados rebeldes. La coincidencia continua de este conde con el bando vencedor en cada momento explica que la cuantía de villas, juros, etc., fuera mucho mayor que la de sus antecesores.

La farsa de Ávila, por Antonio Pérez Rubio (1881) Museo del Prado

Proclamación de Isabel I como reina, en Segovia el 13 de diciembre de 1374

Proclamación de Isabel I [Grabado popular del siglo XIX coloreado]

Isabel I de Castilla, según un anónimo flamenco de finales del siglo XV

martes, 15 de diciembre de 2009

Gloria in excelsis Deo - Dos tablas de Navidad en Castrogonzalo

En las catorce tablas  que se conservan actualmente en el retablo de Castrogonzalo podemos distinguir al menos dos ciclos temáticos que facilitan su lectura iconográfica. El primer ciclo tiene por tema principal aspectos diversos de la vida de la Virgen y la infancia de Cristo, mientras que el segundo se ocupa de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. El primer asunto se desarrolla en el primer cuerpo y en las dos tablas del lado izquierdo del segundo. Comprende: El Nacimiento de la Virgen, La Anunciación, La Visitación, La Natividad, La Adoración de los Magos y La Presentación en el Templo. No ocuparemos a continuación del estudio iconográfico y compositivo de las dos tablas de tema más estrictamente navideño: La natividad y La adoración de los Magos.

1. La natividad

Lucas es el único de los evangelistas que proporciona un relato completo y coherente de las circunstancias que rodean el nacimiento de Jesús. Pero nuestra tabla no recoge el momento concreto del nacimiento, sino la posterior adoración por sus progenitores, siguiendo la tradición de otros relatos no integrados en el corpus bíblico como los Evangelios Apócrifos y las Revelaciones de Santa Brígida. En esta última obra se señala que tras dar a luz María "flexis genibus", e inclinando la cabeza, con la manos juntas adoró al niño diciendo: "Bene Veneris, Deus meus, Dominus meus, Filius meus".

Tabla de la natividad

La escena representada en la tabla se ajusta fielmente a esta descripción, aunque incorporando otros detalles comunes a la iconografía al uso. Las figuras centrales son San José a la izquierda, caracterizado como un apacible anciano de barba cana con la cayada entre sus manos, la Virgen, arrodillada y con las manos juntas, y el Niño en el pesebre. Sirven de acompañamiento el asno y el buey, representados parcialmente para no restar protagonismo a la Sagrada Familia. Se mantiene aquí la divergente actitud tradicional de los dos animales: el buey con la cabeza inclinada hacia el niño en actitud de devota adoración, simbolizando a la Iglesia, y el asno, símbolo del pueblo judío, apartado y en ademán más indecoroso. Junto a esta escena principal coexiste otra en un segundo plano, teóricamente paralela, como es El Anuncio a los pastores, que sirve a la vez de fondo paisajístico para la tabla.

Un ángel portando filacterias se aparece a un pastor que cuida su rebaño en un paisaje montañoso convencional. Otros dos pastores se asoman tímidamente a la escena principal, estableciéndose así un nexo conceptual entre ambos ambientes. Uno de ellos tiene las manos juntas en actitud de adoración, el otro, menos reverente, simplemente observa con aire curioso los acontecimientos. Este último personaje está calcando a otro prácticamente idéntico existente en la tabla homónima de Santo Tomás Cantuariense de Toro, obra de Juan de Borgoña II.

El niño, centro de toda la composición, es presentado tendido sobre un improvisado lecho. Es la representación tradicional del pesebre, formado por varios sillares perfectamente escuadrados y unas pajas, recurso este que alude a la Piedra Angular o fundamento de la Iglesia. Junto al recién nacido se encuentran dos ángeles ápteros. En cambio, los tres ángeles que revolotean sobre el pesebre desplegando filacterias sí son alados. Los rasgos de todos ellos, de mofletes resaltados y piel sonrosada están ajustados al canon de belleza infantil del siglo XVI. Se trata este de un recurso narrativo muy presente en la Escuela de Toro, que aporta a las escenas una nota tierna y entrañable.

La arquitectura en ruinas sirve para recrear un marco espacial de connotaciones legendarias. Responde, en todo caso, a modelos muy difundidos por la pintura flamenca. Parece que el objetivo principal de autor al componer la escena ha sido establecer un contraste entre la humildad y la pobreza de los personajes frente a esa arquitectura grandiosa, pero en una ruina decadente. En esta ambientación tan peculiar destacan, por el estudio de las calidades y los brillos, esas dos columnas abalaustradas doradas, réplicas de las talladas en el retablo, que sirven además de delimitación física a las tres figuras principales. La sensación de profundidad de todo el panel se consigue mediante la conjunción de estos elementos con la superposición de diversos planos escénicos.


Detalle de la tabla de "La natividad"

Detalle de la tabla de "La natividad"


2. La adoración de los Magos
 
La representación de los magos en número de tres y con edades diferentes, correspondientes de hecho a las tres edades de la vida: juventud, madurez y ancianidad, tiene un origen muy antiguo, que se remonta tradicionalmente a un texto atribuido a Beda. Esta misma fuente explica el significado de los dones tradicionales: el oro, por la realeza, el incienso por la divinidad; y la mirra por la humanidad. Los nombres de Gaspar, Melchor y Baltasar aparecen en el siglo IX en el Liber Pontificalis de Rávena. No obstante, las fuentes de inspiración utilizadas por los artistas para reflejar el acontecimiento son muy diversas, remontándose incluso al arte imperial y bizantino, pues en el Nuevo Testamento solamente el evangelio de Mateo recoge en unas breves líneas el acontecimiento:

La adoración de los Magos

“Al ver la estrella experimentaron una grandísima alegría. Entraron en la casa, y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron; abrieron sus tesoros y le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Luego, habiendo sido avisados en sueños que no volvieran a Herodes, regresaron a su país por otro camino”.

En nuestra tabla el autor no ha hecho uso del recurso frecuente de recrear escenas paralelas directamente relacionadas, como por ejemplo visiones del viaje de la comitiva. El planteamiento responde a una composición bastante simplificada. Los tres magos aparecen a la izquierda, ricamente ataviados, ofreciendo sus presentes a la Virgen. Sus rasgos responden no sólo a las tres edades sino que también se intenta establecer una diferenciación étnica en alusión a las tres partes del mundo; de hecho los Magos fueron adoptados como patronos por viajeros y peregrinos.

El más anciano se arrodilla ante el niño en actitud respetuosa de oración, mientras que los otros dos, más dinámicos, avanzan con gesto solemne hacia el pesebre portando sus ofrendas. La figura de San José es la gran ausente de la composición, siguiendo así una tradición muy cultivada en la iconografía cristiana. En otras representaciones aparece en un segundo plano o bien lo encontramos dormitando, como ocurre en la portada sur de la iglesia de San Juan del Mercado de Benavente.
María aparece sentada con el niño en su regazo. Agradece con su mano derecha los obsequios recibidos y sujeta delicadamente con la izquierda al pequeño, envuelto en pañales. La estrella de Belén preside la escena, pero apenas es destacada en la composición.

En otro orden de cosas, merece destacarse el detalle con el que el autor se recrea en los recipientes destinados a contener los presentes: el oro, el incienso y la mirra. Dos copas y un cofre, todos ellos de oro, remarcando el noble origen de los donantes y el simbolismo de los presentes. También demostró el autor su particular dominio técnico en el estudio de los ropajes, de sus pliegues, sus brillos y sombras, y los contrastes cromáticos, aspectos igualmente observables en otras tablas de este retablo.
La ambientación es fría e impersonal. Solamente las figuras del buey y el asno recuerdan vagamente el ambiente del establo descrito en los Evangelios, pues tanto el pilar central como el basamento que sirve de asiento a María remiten a una arquitectura renacentista en ruinas. El paisaje de fondo se ha simplificado notablemente en esta ocasión mediante la representación de un paraje montañoso y un cielo convencional con nubes ajustadas a líneas horizontales.

Detalle de la tabla de "La adoración de los Magos"

Detalle de la tabla de "La adoración de los Magos"