martes, 26 de enero de 2010

Ab urbe condita - Una breve historia de Benavente

Excavaciones en el área de la Mota Vieja en el año 1998

Los valles de los ríos Esla, Órbigo y Tera fueron, desde los tiempos más remotos, objeto de un poblamiento intenso y continuado, lo que se tradujo en el desarrollo de una gran diversidad de asentamientos. Son muy numerosos los yacimientos arqueológicos identificados en la comarca de los Valles de Benavente, con culturas que cubren un amplio arco cronológico: el Paleolítico, la Edad de los Metales, la época romana, la Edad Media, etc. Todo ello pone de manifiesto las favorables condiciones naturales de este territorio desde la Antigüedad para el desarrollo de las actividades agrarias, y el papel fundamental de los ríos como ejes del desarrollo económico y las comunicaciones.

Las campañas de excavación arqueológica emprendidas en Benavente durante los años ochenta del pasado siglo evidenciaron la existencia en la parte alta de la ciudad de una ocupación defensiva correspondiente a la I Edad del Hierro. El yacimiento, situado en los denominados Cuestos de la Estación, se localizaba al oeste del casco urbano, delimitado por las calles La Sinoga, Mirador de la Sinoga y los Cuestos de la Estación. A estos trabajos hay que añadir otras intervenciones arqueológicas posteriores, efectuadas como consecuencia de las obras de consolidación de los Cuestos y la construcción de un aparcamiento subterráneo en la zona de la Mota Vieja. Estos últimos sondeos permitieron constatar una mayor extensión del asentamiento original, con lo que este primer poblado fortificado adquiriría unas dimensiones ya considerables.

No será hasta la plena Edad Media cuando volvamos a documentar un asentamiento de cierta entidad. Los primeros testimonios escritos se remontan a la segunda década del siglo XII, en torno al año 1115. En ellos la población recibe el nombre de «Malgrad», y es identificada indistintamente como villa, castro y fortaleza, lo que nos está hablando de un enclave militar con funciones jerarquizadoras del territorio. En este contexto nuestra villa se verá involucrada en el proceso de repoblación y organización de territorios emprendido por los monarcas leoneses a lo largo y ancho del reino.

La repoblación de “Malgrad” fue realizada por el rey leonés Fernando II, probablemente en el año 1164. En esta fecha se debió conceder un primer fuero del que se conocen sólo algunos detalles. Sin embargo, en 1167 el mismo monarca realizó una segunda puebla con una renovación del contenido del fuero. Esta segunda redacción, conocida popularmente como Carta Puebla, es la principal joya del Archivo Municipal. En este ordenamiento Fernando II confía las labores de organización y reparto de las heredades a un grupo selecto de 21 pobladores. Los máximos responsables de la empresa serán el conde de Urgel y el noble Fernando Rodríguez. Cualquier persona que viniera a vivir a la villa y construyera en ella una casa adquiría la condición de vecino y tenía, por tanto, derecho a participar en el reparto de tierras y heredades. Además, la vecindad significaba la exención del pago de diversos impuestos y el disfrute de otros privilegios.

A raíz de la intervención real, la antigua Malgrad pasó a tomar el nombre definitivo de Benavente (muy probablemente en alusión a los buenos vientos). Conoció a partir de entonces un período de gran expansión que le llevó a alcanzar notoriedad en el contexto político del reino. En 1181 celebró aquí Fernando II un importante concilium, que fue seguido por la convocatoria de cortes por Alfonso IX en 1202 y 1228. En 1230 se consuma en Benavente la unidad definitiva de los reinos de León y Castilla, a través del acuerdo establecido entre Fernando III y sus hermanas Sancha y Dulce.

Durante los siglos XII y XIII se levanta un primer castillo, se amplia el casco urbano, se rodea de una muralla y se edifican la mayoría de las parroquias e iglesias (entre ellas las románicas de San Juan del Mercado y Santa María del Azogue). En el siglo XIII varios monarcas castellanos, como Alfonso X y Sancho IV, contribuyeron al desarrollo de la villa a través de la concesión de privilegios y mercedes de diverso tipo. Alfonso X otorgó en 1254 una feria franca de 15 días en torno a las fiestas de Pascua de Resurrección, mientras que Sancho IV promovió en 1285 una nueva puebla a través de una carta con diversas franquicias.


Vista del Castillo y Parador desde el puente de la Ría

Iglesia de Santa María del Azogue de Benavente

Iglesia de Santa María del Azogue

Vista de la Plaza del Grano

En el siglo XIV, como ocurre con la gran mayoría de las poblaciones leonesas de su entorno, Benavente atravesó un período de crisis manifestada en una merma importante de su vecindario y su actividad económica. La necesidad de remediar estos y otros males impulsó al monarca Enrique II a la concesión de un privilegio en 1370 por el que eximía a la villa del pago de tributos durante diez años.

En 1374, dentro de un contexto general de expansión y fortalecimiento de los grandes linajes castellanos, Benavente fue entregado, a título de ducado, por Enrique II, a su hijo natural, don Fadrique. Don Fadrique fue fruto de las relaciones del rey con Beatriz Ponce de León y Aragón-Xérica. Es considerado uno de los llamados "epígonos Trastámaras", en la terminología acuñada por el profesor Luis Suárez Fernández. El fundador de la dinastía Trastámara tenía grandes planes para su bastardo, pues se proyectó su matrimonio con la infanta Beatriz, heredera de la corona portuguesa. Sin embargo, la citada unión no llegó a celebrarse y don Fadrique, acusado de todo tipo de delitos y desórdenes, acabó en desgracia dentro de la corte.

Durante este convulso período la villa sufrió en 1387 un cerco de dos meses por parte de las tropas angloportuguesas, encabezadas por el duque de Lancaster. En el origen de esta invasión estaba la antigua reclamación del trono castellano por parte de Juan de Gante, duque de Lancaster, casado con Constanza, hija del rey Pedro I de Castilla. Esta pretensión se vio fortalecida con la derrota castellana frente a Portugal en Aljubarrota (1385). El fracaso castellano fue aprovechado por el duque inglés para desembarcar en La Coruña, ocupar Santiago y emprender una gran ofensiva contra el reino castellano con la ayuda de las tropas portuguesas. El asedio de Benavente se prolongó durante los meses de abril y mayo de 1387. Aunque no consiguieron rendir la plaza, dejaron tras de sí un paisaje de ruina y desolación.

A la prisión y muerte de don Fadrique en 1394, siguió el inmediato despojo de sus bienes. El título del ducado de Benavente revertió a la corona, y a continuación la villa fue cedida a la reina Catalina de Lancaster, pero el proceso de señorialización era ya imparable. Catalina de Lancaster, reina consorte de Castilla por su matrimonio con el rey Enrique III, fue "señora" de Benavente durante un breve lapso de tiempo. Para los benaventanos, el señorío de la reina fue interpretado como una vuelta de hecho al realengo, después de los turbulentos años padecidos por la villa durante el dominio del duque don Fadrique. Como recordarían años después los propios benaventanos, con la reina "habíamos olvidado todos los males y tribulaciones que habíamos sufrido y pasado, lo cual por nuestros pecados nos duró muy breve tiempo".

En 1398 el rey Enrique III concedió la villa como cabeza de un extenso señorío a don Juan Alfonso Pimentel, noble de origen portugués afincado en Castilla después de la batalla de Aljubarrota. Se creaba así un importante condado, asociado a uno de los linajes más poderosos del reino, que habría de mantenerse hasta bien avanzado el siglo XIX.

Los siglos XV y XVI son la época de mayor esplendor del condado de Benavente. La colaboración y el apoyo constante prestado por los condes a los reyes es recompensando con todo tipo de mercedes y derechos que aumentan sus posesiones. Fruto de todo ello es el mecenazgo y patrocinio ejercidos por los Pimentel sobre la villa. Se funda el Hospital de la Piedad para el socorro de pobres y peregrinos, se levanta una nueva fortaleza-palacio, alabada reiteradamente por viajeros y cronistas, y se establece un patronato sobre el monasterio de San Francisco, sede del panteón familiar.

En relación con la obra de evangelización en el territorio americano debe destacarse la figura de Fray Toribio de Benavente “Motolonía”, misionero franciscano que dedicó buena parte de su vida al conocimiento de la cultura y las tradiciones de la población indígena. Su vida se caracterizó por una gran sencillez, tanto interior como exterior. El término «motolinía», con el que también se le conocía, es un vocablo indígena alusivo a la pobreza en su forma de vestir. Fray Toribio dejó escritos diversos tratados de carácter histórico y etnográfico, destacando su “Historia de los Indios de la Nueva España”. Entre 1530 y 1531 participó en la fundación de la ciudad de Puebla de Zaragoza, también conocida como Puebla de los Ángeles (México).

Monumento a Fray Toribio de Motolinía

Casa del Cervato o de los Rodríguez

Durante el siglo XVII el panorama social y económico de la villa parece que se resintió en algunos aspectos. Desde el punto de vista demográfico se aprecia una caída prolongada del contingente de vecinos. Sólo hacia finales de siglo comienza a percibirse cierta recuperación. Las causas deben buscarse en las adversas circunstancias socioeconómicas generales que afectaron al país. Las actas municipales del concejo dejan ver algunos de sus síntomas: malas cosechas, subida de los precios, continúas levas de soldados, etc.

A partir de 1640 la villa se vio afectada por la rebelión de Portugal, cuyo desenlace desembocaría en la independencia del país vecino en 1668. Aunque los hechos de armas más destacados tuvieron lugar en los territorios rayanos, buena parte de ellos estaban bajo la jurisdicción señorial de los Pimentel, como La Puebla de Sanabria. Hasta Benavente llegaron las consecuencias de aquel conflicto. Así, el castillo fue un arsenal durante esta contienda. En la villa se formó un ejército bajo las órdenes del conde Juan Francisco Pimentel como capitán general y en la campaña de 1641 se empleó la artillería de bronce que había en la fortaleza.

A lo largo del siglo XVIII se dejan sentir los ecos de la Ilustración. Personajes relevantes de este emergente ambiente cultural son la condesa-duquesa Mª Josefa Pimentel (1752-1834), el erudito e historiador José Ledo del Pozo (1753-1788) y el obispo de Oviedo, Agustín González Pisador (1709-1791), que pasó largas temporadas en su palacete de la calle de la Rúa y fue enterrado en Santa María del Azogue. Los sectores más dinámicos de la vida local promueven la creación de la Sociedad Económica de Amigos del País de Benavente. Su finalidad principal era impulsar el desarrollo económico de la comarca.

En la etapa final del Antiguo Régimen, Benavente se vio involucrada en los enfrentamientos derivados de la Guerra de la Independencia. Entre diciembre de 1808 y enero de 1809 la villa fue ocupada, primero por el ejército inglés, al mando del General Moore, que se retiraba hacia La Coruña, e inmediatamente después por el grueso ejército francés al mando Napoleón, que iba en su persecución. La fortaleza fue saqueada e incendiada, y otros episodios no menos lamentables se produjeron en monasterios, hospitales y otros edificios.

El siglo XIX está muy determinado por los vaivenes de la política nacional y las consecuencias de la Desamortización. Los monasterios más afectados fueron los de San Francisco, Santo Domingo y San Jerónimo. En todos ellos se extinguió la vida conventual y sus fábricas iniciaron un lento pero inexorable declive hasta su total desaparición. Durante los últimos años del siglo se desarrollan las obras del ferrocarril Plasencia-Astorga, cuya inauguración oficial fue celebrada con gran entusiasmo popular el 21 de junio de 1896.

La siguiente centuria arranca con la demolición del castillo y la pérdida del recinto murado. En 1929 Alfonso XIII concede a Benavente el título de ciudad, iniciativa que, a pesar de su incuestionable valor testimonial, no tuvo demasiadas repercusiones en la vida social y económica. Durante los años 60 y 70, al hilo del Desarrollismo imperante, se pierde una parte significativa del patrimonio arquitectónico (iglesias de San Andrés, San Nicolás, Santa María de Renueva, y los monasterios de Sancti Spíritus, Santa Clara y San Bernardo).

A finales de este siglo asistimos a un nuevo impulso demográfico y un gran desarrollo espacial del casco urbano. Los elementos clave de este crecimiento deben buscarse ahora en la construcción de nuevas autovías, el Centro de Transportes y el papel de la ciudad como centro logístico y de comunicaciones, todo ello sin haber perdido en ningún momento su vocación de cabecera de la comarca y el peso tradicional de sus ferias y mercados.

Castillo y Parador de Benavente

miércoles, 13 de enero de 2010

¡A tierra puto! - El conde de Benavente y la "farsa de Ávila"

Infografía de la farsa de Ávila (1465)

¡A tierra puto! gritaba, con rabia, el conde de Benavente mientras derribaba y pisoteaba en el suelo la efigie del rey Enrique IV. Previamente, junto con lo más selecto de la nobleza castellana rebelde, había arrebatado a aquel pelele improvisado el cetro, uno de los símbolos del poder de la realeza. Estos graves y trascendentales hechos se producían al pie de las murallas de Ávila, ante la mirada atónita de los vecinos, un 5 de junio de 1465.

Una mirada rápida al contexto político del reino en torno a esta fecha pone de manifiesto que esta actitud no era producto de un arrebato de Rodrigo Alfonso Pimentel, IV conde de Benavente (1461-1499). Varios acontecimientos relevantes, y concatenados, se producían en el reino de Castilla en aquellos meses convulsos del reinado de Enrique IV (1454-1474).

En 1462 nace Juana de Trastámara, hija de Enrique IV de Castilla y Juana de Portugal, que es nombrada inmediatamente heredera al trono. Pero, dado que el rey no había tenido descendencia de su anterior matrimonio con Blanca de Navarra y era tenido por impotente, corrió rápidamente el rumor en la Corte de que el verdadero padre de Juana era un poderoso noble llamado Beltrán de la Cueva, más tarde primer duque de Alburquerque y personaje de la máxima confianza del monarca.

En 16 de mayo de este mismo año, pocas semanas después del nacimiento de Juana, el rey castellano enviaba una carta exhortando al conde de Benavente a que prestara juramento a la infanta. Por su interés reproducimos su contenido, siguiendo la transcripción publicada por José Ramón Tantín Usinas:

“Yo el Rey envío mucho saludar a vos don Rodrigo Pimentel, conde de Benavente, mi vasallo e del mi consejo, como aquel que amo e preçio e de quien fio. Bien sabedes o deudedes saber que segund derecho e leyes e fasañas destos mis Regnos, el fijo varón legítimo primogénito, que al Rey nasçe, es heredero e subçesor en los dichos Regnos, e non aviendo fijo varón, es heredera e subçesora la fija legítima primogénita, e por tal heredero e subçesor ha de ser tomado e resçebido e jurado por los Perlados e Grandes e otras personas de los dichos mis Regnos, lo qual siempre se usó e acostumbró así. E agora, como sabedes, a nuestro señor Dios plogo de me dar en la muy ilustre Reina doña Juana, mi muy cara e muy amada e legítima muger, a la muy ilustre princesa doña Juana, mi muy cara e muy amada fija primogénita, a la cual el infante don Alonso mi muy caro e muy amado hermano e los perlados e grandes e caualleros que en mi corte estaban e los procuradores de las çibdades e villas de mis Regnos, que por mi mandado aquí son venidos en esta villa de Madrid, a treinta días deste presente mes de mayo, todos unánimes, pública e solepnemente, reconociéndolo susodicho e conformándose con las dichas leyes de mis Regnos e fasañas e antigua costumbre dellos, desde agora para después en mis días la tomaron e reçebieron por su Reyna e Señora natural dellos e de guardar su vida e salud e honra e estado e que le serán leales e verdaderos e obedientes vasallos en todas las cosas, segund que mejor o más cumplidamente lo deben ser e fueron a mi e a los otros reyes mis antecesores de gloriosa memoria. Lo qual prometieron de guardar e conplir realmente e con efecto, non quedando de mi fijo varón legítimo, de legítimo matrimonio nascido, al tiempo que a nuestro señor Dios plaserá de me trasladar desta vida presente. E por guarda e seguridad de aquesto fisieron pleito e omenaje e juramento en deuida forma, segund más largo en el ynstrumento dello se contiene, el traslado del qual será mostrado, firmado del mi seqretario juso scripto. Fágouos lo saber porque es razón, e yo vos ruego e mando, sy serviçio e placer me deseades faser, que vos asymesmo prestedes e fagades a la dicha princesa mi muy cara e muy amada fija primogénita, el dicho juramento e pleito omenaje, segund que el dicho ynfante mi hermano e los dichos perlados e grandes e caualleros que aquí están e los dichos procuradores de mis Regnos lo fisieron, en lo qual faredes lo que deuedes e lo que segund derecho e leyes e fasañas e antigua costumbre de los dichos mis Regnos soys tenudo, e yo lo reçibiré en muy agradable e señalado plaser e serviçio. El testimonio de lo qual me enviad con Johan de Valle, mi vasallo, que sobre esto os envío. Dada en la villa de Madrid XVI días de mayo año de LXII. Yo el Rey. Por mandato del Rey, Alvar Gomes”.

Entre 1463 y 1468, algunos de los principales linajes de la alta nobleza protagonizan una rebelión contra Enrique IV. El irresistible ascenso político de Beltrán de la Cueva y de otros nobles advenedizos fue contemplado con desconfianza por los linajes de la vieja nobleza castellana. A ello hay que añadir la denuncia de la ilegitimidad de Juana, ante la sospecha de que el rey no podía consumar, supuestamente, sus matrimonios. Tal acusación era en su época, independientemente de su fundamento, una poderosa arma política.

El monarca, presionado y sin suficientes apoyos, reconoció como heredero a su medio hermano Alfonso, como exigían los desafectos. Pero tras la Sentencia arbitral de Medina del Campo (16 de enero de 1465), desfavorable a los intereses del monarca, Enrique IV da marcha atrás en los planes sucesorios y decide hacer frente a la rebelión.

Entre los linajes nobiliarios que desde un principio muestran su apoyo a Enrique IV se encuentran los Osorio, señores de Villalobos, cuya actitud tendrá inmediatamente su cumplida recompensa. El día 16 de julio de 1465 Enrique IV concedió la ciudad de Astorga con sus términos y jurisdicción a Álvaro Pérez Osorio, conde de Trastámara, señor de Villalobos y Castroverde y alférez mayor del Pendón de la Divisa, con el título de marqués.

El establecimiento del señorío sobre Astorga da lugar a la reacción inmediata de los condes de Benavente y Luna, alarmados por el fortalecimiento de su tradicional competidor, tanto en el territorio leonés como, a escala general, en la coyuntura político-militar. El 21 de octubre de 1465, desde Arévalo, el ahora proclamado rey Alfonso hace merced al conde de Benavente de los bienes que fueron de Diego de Losada, incautación que se justifica a por su deslealtad y por seguir el partido del destronado Enrique IV. Entre estos bienes se alude al señorío de la mitad de la villa y fortaleza de la Puebla de Sanabria, con todos sus términos y otros derechos que pertenecieron a los Losada.

La farsa de Ávila. "Atentado de Ávila, contra Enrique IV (1465)". Litografía a dos tintas; imagen 159 x 236 mm, en h. de 255 x 356 mm.  Inscripción en la parte superior de la imagen: "HISTORIA DE LA VILLA Y CORTE DE MADRID."

La familia de Rodrigo Alfonso Pimentel, IV conde de Benavente

Enrique IV de Castilla, según el manuscrito de Jörg von Ehingen (1455)

El príncipe Alfonso aclamado como rey en Ávila [Grabado popular del siglo XIX coloreado]

Para el erudito benaventano Ledo del Pozo, siempre complaciente con las iniciativas de los Pimentel, el conde actuaba en estos acontecimientos instigado por Juan Pacheco, marqués de Villena, jefe de los amotinados y de otros grandes, atrayéndole con la promesa de matrimonio con su hija María Pacheco. El poderoso marqués de Villena, muy versado en las intrigas de la Corte, estaba descontento con el trato de favor de Enrique IV a sus rivales: los Mendoza y el valido Beltrán de la Cueva. Así que “tomó con ellos partido conteniendo la rebelión, que en nombre del rey D. Alonso mantenían en Castilla”.

Mientras Rodrigo Alfonso Pimentel celebraba sus bodas en Peñafiel en 1466 con la de Villena, el marqués de Astorga pasó a apoderarse de las villas y lugares del conde. Muchos pueblos pequeños y sin murallas no pudieron resistirse, “no así esta Villa de Benavente que rechazó con su acostumbrado valor al enemigo”.

Así pues, entre los conjurados figura desde un principio el conde de Benavente, que es señalado por los cronistas como uno de los cabecillas que en aquella peculiar ceremonia deponen en efigie al monarca y entronizan al infante Alfonso, también conocido como Alfonso XII de Castilla o Alfonso de Ávila, con apenas 11 años de edad. Es la llamada “farsa de Ávila”, el 5 de junio de 1465.

Así describe el esperpéntico episodio el cronista Diego de Valera en su "Memorial de diversas hazañas":

"Los grandes del reino que en Ávila estaban con el príncipe don Alfonso determinaron de deponer al rey don Enrique de la corona y cetro real, y para lo poner en obra eran diversas opiniones, porque algunos decían que debía ser llamado e se debía hacer proceso contra él, otros decían que debía ser acusado ante el Santo Padre de herejía e de otros graves crímenes e delitos que se podrían ligeramente contra él probar [...]Ninguna cosa les parecía ser más conveniente, ni que más sabiamente se pudiese hacer que la privación del tirano, al cual fallecía vigor del corazón e prudencia e esfuerzo e todas las otras habilidades que a buen príncipe convienen. Ninguna otra cosa le quedaba, salvo nombre de rey, el cual quitado él era todo perdido, lo cual no era cosa nueva en los reinos de Castilla e de León, los nobles e pueblo de ellos elegir rey e deponello [...] Para lo cual, en un llano que está cerca del muro de la ciudad de Ávila se hizo un gran cadahalso [...] e allí se puso una silla real con todo el aparato acostumbrado de poner a los reyes, y en la silla una estatua, a la forma del rey don Enrique, con corona en la cabeza e cetro real en la mano, y en su presencia se leyeron muchas querellas que ante él fueron dadas de muy grandes excesos, crímenes e delitos [...] e allí se leyeron todos los agravios por él hechos en el reino, e las causas de su deposición, aunque con gran pesar y mucho contra su voluntad. Las cuales cosas así leídas, el arzobispo de Toledo, don Alonso Carrillo, subió en el cadahalso y quitóle la corona de la cabeza, como primado de Castilla, y el Marqués de Villena, don Juan Pacheco, le quitó el cetro real de la mano [...] y el conde de Plasencia, don Álvaro de Estúñiga, le quitó la espada, como Justicia Mayor de Castilla, y el Maestre de Alcántara, don Gome Solís [...] y el conde de Benavente, don Rodrigo Pimentel, y el Conde de Paredes, don Rodrigo Manrique, le quitaron todos los otros ornamentos reales y con los pies le derribaron del cadahalso en tierra y dijeron: «¡A tierra, puto!». Y a todo esto gemían y lloraban la gente que lo veían. E luego, incontinente el príncipe don Alfonso subió en el mismo lugar, donde por todos los grandes que ende estaban le fue besada la mano por rey y señor natural de estos reinos".

Paseo de las murallas de Ávila, según una fotografía antigua

Puerta de San Vicente de Ávila, según una fotografía antigua

Moneda acuñada por Enrique IV. Anverso: ENRICVS CUARTVS DEI GRA alrededor del rey sentado en el trono con espada en mano. Reverso: ENRICVS REX CASTELLE ET LEGIONIS alrededor de un cuartelado de castillos y leones. Tipo de moneda: ENRIQUE. Ceca: SEVILLA. Peso: 4.50 GR. Medida: 25 mm. Año de acuñación: 1454-1474 [maravedis.or].

A los agravios denunciados por los nobles, añade Alonso de Palencia, el cronista enemigo del rey y portavoz de dicha liga: "las acusaciones de la obstinación con que se aumentaban los gravámenes de los pueblos y de la corrupción cada vez más escandalosa, y se vino a decretar la sentencia de destronamiento y la extrema necesidad a que obedecían los que iban a ejecutarlo".

Por su parte, Diego Enríquez del Castillo, cronista y capellán de Enrique IV, nos ha transmitido otro relato complementario de la deposición simbólica del rey:

“... mandaron hacer un cadahalso... en un gran llano, y encima del cadahalso pusieron una estatua asentada en una silla, que descían representar a la persona del Rey, la cual estaba cubierta de luto. Tenía en la cabeza una corona, y un estoque delante de sí, y estaba con un bastón en la mano. E así puesta en el campo, salieron todos aquestos ya nombrados acompañando al Príncipe Don Alonso hasta el cadahalso...Y entonces...mandaron leer una carta mas llena de vanidad que de cosas sustanciales, en que señaladamente acusaban al Rey de quatro cosas: Que por la primera, merescía perder la dignidad Real; y entonces llegó Don Alonso Carrillo, Arzobispo de Toledo, e le quitó la corona de la cabeza. Por la segunda, que merescía perder la administración de la justicia; así llegó Don Álvaro de Zúñiga, Conde de Plasencia, e le quitó el estoque que tenía delante. Por la tercera, que merescía perder la gobernación del Reyno; e así llegó Don Rodrigo Pimentel, Conde de Benavente, e le quitó el bastón que tenía en la mano. Por la quarta, que merescía perder el trono e asentamiento de Rey; e así llegó Don Diego López de Zúñiga, e derribó la estatua de la silla en que estaba, diciendo palabras furiosas e deshonestas”.

La revuelta se prolongará durante tres años más, hasta la muerte de Alfonso en 1468. No obstante, la cuestión sucesoria no quedará resuelta. Los partidarios de Alfonso prestarán ahora su apoyo a la hermanastra del rey, Isabel, en contra nuevamente de Juana la Beltraneja. Para entonces nuestro conde ya estaba practicando un doble juego, con apoyos puntuales a uno u otro bando en función de sus intereses patrimoniales. En este mismo año de 1468 Enrique e Isabel firman el Tratado de los Toros de Guisando, que pone fin provisionalmente al conflicto. Enrique consigue pacificar el reino al aceptar como heredera a Isabel, reservándose el derecho de supervisar y concertar su matrimonio.

Con todo, el conde benaventano no salió mal parado de este proceso de crisis política y guerra civil, dentro del habitual sistema de concesión de mercedes a los partidarios y de confiscaciones a los declarados rebeldes. La coincidencia continua de este conde con el bando vencedor en cada momento explica que la cuantía de villas, juros, etc., fuera mucho mayor que la de sus antecesores.

La farsa de Ávila, por Antonio Pérez Rubio (1881) Museo del Prado

Proclamación de Isabel I como reina, en Segovia el 13 de diciembre de 1374

Proclamación de Isabel I [Grabado popular del siglo XIX coloreado]

Isabel I de Castilla, según un anónimo flamenco de finales del siglo XV

martes, 15 de diciembre de 2009

Gloria in excelsis Deo - Dos tablas de Navidad en Castrogonzalo

En las catorce tablas  que se conservan actualmente en el retablo de Castrogonzalo podemos distinguir al menos dos ciclos temáticos que facilitan su lectura iconográfica. El primer ciclo tiene por tema principal aspectos diversos de la vida de la Virgen y la infancia de Cristo, mientras que el segundo se ocupa de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. El primer asunto se desarrolla en el primer cuerpo y en las dos tablas del lado izquierdo del segundo. Comprende: El Nacimiento de la Virgen, La Anunciación, La Visitación, La Natividad, La Adoración de los Magos y La Presentación en el Templo. No ocuparemos a continuación del estudio iconográfico y compositivo de las dos tablas de tema más estrictamente navideño: La natividad y La adoración de los Magos.

1. La natividad

Lucas es el único de los evangelistas que proporciona un relato completo y coherente de las circunstancias que rodean el nacimiento de Jesús. Pero nuestra tabla no recoge el momento concreto del nacimiento, sino la posterior adoración por sus progenitores, siguiendo la tradición de otros relatos no integrados en el corpus bíblico como los Evangelios Apócrifos y las Revelaciones de Santa Brígida. En esta última obra se señala que tras dar a luz María "flexis genibus", e inclinando la cabeza, con la manos juntas adoró al niño diciendo: "Bene Veneris, Deus meus, Dominus meus, Filius meus".

Tabla de la natividad

La escena representada en la tabla se ajusta fielmente a esta descripción, aunque incorporando otros detalles comunes a la iconografía al uso. Las figuras centrales son San José a la izquierda, caracterizado como un apacible anciano de barba cana con la cayada entre sus manos, la Virgen, arrodillada y con las manos juntas, y el Niño en el pesebre. Sirven de acompañamiento el asno y el buey, representados parcialmente para no restar protagonismo a la Sagrada Familia. Se mantiene aquí la divergente actitud tradicional de los dos animales: el buey con la cabeza inclinada hacia el niño en actitud de devota adoración, simbolizando a la Iglesia, y el asno, símbolo del pueblo judío, apartado y en ademán más indecoroso. Junto a esta escena principal coexiste otra en un segundo plano, teóricamente paralela, como es El Anuncio a los pastores, que sirve a la vez de fondo paisajístico para la tabla.

Un ángel portando filacterias se aparece a un pastor que cuida su rebaño en un paisaje montañoso convencional. Otros dos pastores se asoman tímidamente a la escena principal, estableciéndose así un nexo conceptual entre ambos ambientes. Uno de ellos tiene las manos juntas en actitud de adoración, el otro, menos reverente, simplemente observa con aire curioso los acontecimientos. Este último personaje está calcando a otro prácticamente idéntico existente en la tabla homónima de Santo Tomás Cantuariense de Toro, obra de Juan de Borgoña II.

El niño, centro de toda la composición, es presentado tendido sobre un improvisado lecho. Es la representación tradicional del pesebre, formado por varios sillares perfectamente escuadrados y unas pajas, recurso este que alude a la Piedra Angular o fundamento de la Iglesia. Junto al recién nacido se encuentran dos ángeles ápteros. En cambio, los tres ángeles que revolotean sobre el pesebre desplegando filacterias sí son alados. Los rasgos de todos ellos, de mofletes resaltados y piel sonrosada están ajustados al canon de belleza infantil del siglo XVI. Se trata este de un recurso narrativo muy presente en la Escuela de Toro, que aporta a las escenas una nota tierna y entrañable.

La arquitectura en ruinas sirve para recrear un marco espacial de connotaciones legendarias. Responde, en todo caso, a modelos muy difundidos por la pintura flamenca. Parece que el objetivo principal de autor al componer la escena ha sido establecer un contraste entre la humildad y la pobreza de los personajes frente a esa arquitectura grandiosa, pero en una ruina decadente. En esta ambientación tan peculiar destacan, por el estudio de las calidades y los brillos, esas dos columnas abalaustradas doradas, réplicas de las talladas en el retablo, que sirven además de delimitación física a las tres figuras principales. La sensación de profundidad de todo el panel se consigue mediante la conjunción de estos elementos con la superposición de diversos planos escénicos.


Detalle de la tabla de "La natividad"

Detalle de la tabla de "La natividad"


2. La adoración de los Magos
 
La representación de los magos en número de tres y con edades diferentes, correspondientes de hecho a las tres edades de la vida: juventud, madurez y ancianidad, tiene un origen muy antiguo, que se remonta tradicionalmente a un texto atribuido a Beda. Esta misma fuente explica el significado de los dones tradicionales: el oro, por la realeza, el incienso por la divinidad; y la mirra por la humanidad. Los nombres de Gaspar, Melchor y Baltasar aparecen en el siglo IX en el Liber Pontificalis de Rávena. No obstante, las fuentes de inspiración utilizadas por los artistas para reflejar el acontecimiento son muy diversas, remontándose incluso al arte imperial y bizantino, pues en el Nuevo Testamento solamente el evangelio de Mateo recoge en unas breves líneas el acontecimiento:

La adoración de los Magos

“Al ver la estrella experimentaron una grandísima alegría. Entraron en la casa, y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron; abrieron sus tesoros y le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Luego, habiendo sido avisados en sueños que no volvieran a Herodes, regresaron a su país por otro camino”.

En nuestra tabla el autor no ha hecho uso del recurso frecuente de recrear escenas paralelas directamente relacionadas, como por ejemplo visiones del viaje de la comitiva. El planteamiento responde a una composición bastante simplificada. Los tres magos aparecen a la izquierda, ricamente ataviados, ofreciendo sus presentes a la Virgen. Sus rasgos responden no sólo a las tres edades sino que también se intenta establecer una diferenciación étnica en alusión a las tres partes del mundo; de hecho los Magos fueron adoptados como patronos por viajeros y peregrinos.

El más anciano se arrodilla ante el niño en actitud respetuosa de oración, mientras que los otros dos, más dinámicos, avanzan con gesto solemne hacia el pesebre portando sus ofrendas. La figura de San José es la gran ausente de la composición, siguiendo así una tradición muy cultivada en la iconografía cristiana. En otras representaciones aparece en un segundo plano o bien lo encontramos dormitando, como ocurre en la portada sur de la iglesia de San Juan del Mercado de Benavente.
María aparece sentada con el niño en su regazo. Agradece con su mano derecha los obsequios recibidos y sujeta delicadamente con la izquierda al pequeño, envuelto en pañales. La estrella de Belén preside la escena, pero apenas es destacada en la composición.

En otro orden de cosas, merece destacarse el detalle con el que el autor se recrea en los recipientes destinados a contener los presentes: el oro, el incienso y la mirra. Dos copas y un cofre, todos ellos de oro, remarcando el noble origen de los donantes y el simbolismo de los presentes. También demostró el autor su particular dominio técnico en el estudio de los ropajes, de sus pliegues, sus brillos y sombras, y los contrastes cromáticos, aspectos igualmente observables en otras tablas de este retablo.
La ambientación es fría e impersonal. Solamente las figuras del buey y el asno recuerdan vagamente el ambiente del establo descrito en los Evangelios, pues tanto el pilar central como el basamento que sirve de asiento a María remiten a una arquitectura renacentista en ruinas. El paisaje de fondo se ha simplificado notablemente en esta ocasión mediante la representación de un paraje montañoso y un cielo convencional con nubes ajustadas a líneas horizontales.

Detalle de la tabla de "La adoración de los Magos"

Detalle de la tabla de "La adoración de los Magos"

domingo, 29 de noviembre de 2009

De tapias y tapiales - La construcción de la cerca medieval de Benavente

Panera de tapial en Castrogonzalo

El tapial y el adobe han constituido desde la Prehistoria las técnicas constructivas tradicionales de las edificaciones populares de buena parte de Castilla y León. Su empleo con fines defensivos en fortificaciones terreras es patente durante toda la Edad Media. Dado que el entorno no proporcionaba otros materiales más consistentes y duraderos, un buen número de murallas y castillos se hicieron con gruesas tapias. Así, se documenta el empleo del tapial en los recintos de las cercas de Sahagún, Valderas, Valencia de Don Juan, Cabezón de Valderaduey, Mayorga, Benavente, Castroverde de Campos y Villafáfila entre los siglos XII y XIII. En general, se evidencia la utilización generalizada de tapiales de barro en la construcción de cercas en las villas de Tierra de Campos, circunstancia que ha contribuido a que, con demasiada frecuencia, no se conserven restos visibles.

Gracias a la información proporcionada por los libros de las Cuentas de las Cercas contamos con testimonios extraordinariamente ricos y minuciosos sobre labores relacionadas con la construcción, reparación y mantenimiento de la cerca de Benavente durante el siglo XV. Las técnicas empleadas poco distan de las utilizadas en la arquitectura popular hasta hace pocos años.

Para la fabricación de los tapiales era elemento fundamental las llamadas puertas de tapiar, estructuras de madera dispuestas formando cajones que se llenaban con tierra convenientemente humedecida y cohesionada. Para lograr esto último era preciso apisonarla fuertemente con recios golpes de mazo, denominado comúnmente pisón. Era esta una herramienta rematada en una arista ligeramente chata para poder apretar bien la tierra contra las puertas. Las puertas estaban formadas por dos costales, que se sujetaban con sogas para asegurar su consistencia. Las hiladas siguientes de tapias se superponían a las ya construidas, apoyándose en agujas, o estacas de madera que atravesaban el barro, de forma que una vez seco éste dejaban unas marcas visibles en las juntas.

Cuando la obra alcanzaba un cierto desarrollo vertical (la cerca medía unos cinco metros de altura) eran necesarias sogas y poleas para izar los materiales, y escaleras para los obreros: "Andovieron asy mesmo a tapiar en las puertas ocho obreros e dies obreros molliendo tierra e inchando las talegas e otro tirando por las poleas, a trese mrs. cada uno que monta dosientos e treinta e quatro mrs [...] mas unas escaleras que se quebraron en la dicha obra quando subian e desçendian el carpentero e obreros a la çerca, çinco mrs. que demando su duenno por ellas".La tarea de armar las puertas, esto es de montar la estructura de madera en el tramo de la muralla que se iba a reconstruir o reparar, requería la colaboración de un carpintero: "Jueves seguiente veynte e hun dias del dicho mes de mayo, andovo Gonçalo de Prado carpentero a aderesçar un par de puertas para tapiar en la dicha çerca asy mismo andovo labrando çiertos maderos para faser agujas e cadenas e costales que eran mester para las dichas puertas".

No es frecuente la especificación de las dimensiones que deben tener estos tapiales, pero en alguna ocasión se nos da este dato. Cuando esto ocurre la unidad de medida utilizada es la tapia o tapial. El Diccionario de Autoridades otorga a la tapia una extensión de 50 pies cuadrados. Analizando los restos que todavía podemos ver en multitud de construcciones populares de la comarca, y contando con opiniones autorizadas sobre la equivalencia de esta unidad de medida en la Edad Media, parece razonable tomar como valor aproximado dos metros de largo por uno de alto. Estas serían también la medidas de las puertas de tapiar. Respecto a la anchura del muro, ésta podía ser variable, por lo que no es factible hacer apreciaciones.

Plano del Benavente histórico

Puertas de tapiar en el Museo Etnográfico de Mansilla de las Mulas (León)

En cuanto al adobe, el sistema de fabricación también nos es bien conocido. Una vez obtenida la tierra, se cribaba minuciosamente para limpiarla de piedras e impurezas y se mezclaba con paja, después se le añadía agua y se pisaba para cohesionarla. El barro obtenido se volcaba sobre unos moldes rectangulares de madera, las adoberas o gradillas, retirándose el sobrante con un rasero para conseguir así una superficie lisa. Terminado el trabajo, los adobes se dejaban secar al sol durante unos días, volteándoles de vez en cuando para que el sol y el viento actuaran sobre uno u otro costado.

Hay que destacar que el adobe ofrecía ciertas ventajas sobre el tapial, pues podía ser manipulado con mayor comodidad en las construcciones de altura, y era muy adecuado para la fabricación de arcos, bóvedas, cúpulas, etc. En Benavente, se utilizaron ladrillos de adobe para reparar ciertos tramos de la muralla y, sobre todo, para la construcción de las almenas. Aunque lo normal era que el concejo contratara obreros para hacer los adobes, tampoco faltan ejemplos en los que se compran a particulares: "... e despues de esto compre de Juan de Manganeses e de Alvaro Repollo e Andres setenta quartas de adobes para la dicha çerca, a çinco brancas la quarta, que son çiento e sesenta e çinco mrs."

Los trabajos de reconstrucción y reparación de la cerca eran realizados por una auténtica legión de obreros que percibían su salario por día trabajado. El importe de los jornales era satisfecho por el mayordomo de las cercas, que anotaba minuciosamente el número de jornaleros empleados, el alquiler de las herramientas, los salarios pagados, y el tramo de la muralla afectado por las obras. El jornal correspondía siempre al trabajo de un día completo. Cuando, por cualquier circunstancia, no se alcanzaba el tiempo estipulado se reducía de una forma más o menos proporcional: "En sabado dies e syete dias de dicho mes de mayo andovieron quatro obreros a mollir tierra para el caramanchon de la puerta de Santa Crus, e por que este dicho dia llovio e non pudieron conplir sus jornales se dieron a cada uno syete mrs. e medio, que son treynta mrs.".

Puertas de tapiar

Trabajos de construcción de tapiales

A partir del registro documental de estos trabajos es posible conocer algunos detalles sobre estas obras de mantenimiento. A modo de ejemplo, transcribimos el siguiente párrafo relativo a la construcción de almenas:

"Martes quinse dias de junio andodieron a faser almenas en la çerca de la Puerta del Rio estos que se siguen: Tres çapateros que andodieron a faser las dichas almenas quarenta mrs. Quinse ommes que los servian el vino por nueve mrs. e el otro por seis mrs. e los otros a ocho mrs. cada uno, que son çiento e dies e ocho mrs. Çinco asnos que andodieron a traer barro e adobos a quatro mrs. e medio que son veynte e dos mrs. e medio. Costo una soga para las poleas. De alquiler de quatro ferradas de dos dias quatro mrs. Costo paja de la moger de Lope Garcia. Que son por todos çiento e noventa e dos mrs."

La cerca medieval de Benavente contaba con varias torres de flanqueo, al parecer de planta cuadrada, que protegían tanto las puertas como aquellos tramos considerados vitales para la defensa de la villa. Cuando Gómez Moreno recorrió el perímetro de la cerca, a principios del siglo XIX, todavía pudo identificar restos de su fábrica: "El muro, aunque carcomido y deshecho en su mayor parte, a causa de su fragilidad, reconócese que era alto y con torrecillas cuadradas; entre tapial y tapial median hileras de adobes y lajas, y los trozos restaurados de mampostería conservan almenas con saeteras".

En relación con las mencionadas torres, los libros de Cuentas de las Cercas utilizan indistintamente el nombre de caramanchón para referirse a este tipo de construcciones o bien a las estructuras que se superponían a las mismas. En otros casos, se habla de cubos, torres y torreones. En un memorial enviado por el concejo de Benavente a Enrique III, en 1400, se alude a la construcción de caramanchones por mandato de Juan I, durante el asedio a la villa por el duque de Lancaster:

"Otrosy, sennor, sepa la vuestra merçed que queriendo e auiendo veluntad el conde e los que con él biuen de rreparar e adereçar la çerca desta villa para vuestro seruiçio que non han dexado madera en os caramanchones quel rey don Johan, vuestro padre que Dios de santo parayso, mando faser e rreparar en esta villa al tienpo que los ingreses e auersario de Portogal venieron a esta villa, los quales non serán fechos por çient e çinquenta mill marauedís e eso mesmo ha fecho a la madera de los puentes desta villa por que se proveen e mantyenen los moradores en ella".

El Diccionario Crítico-Etimológico define el caramanchón como una fortificación superpuesta a un edificio. Otra acepción del termino es la de construcción supletoria en la parte alta de un edificio. Esta voz actualmente está en desuso, utilizándose en su lugar la forma camaranchón. Se plantean algunas dudas entre considerarlas como edificaciones superpuestas a los cubos, o identificarlas con las propias torres de flanqueo. La mayor parte de estas construcciones protegían las puertas de acceso a la villa. Documentamos caramanchones en las puertas de Astorga, San Andrés, Santa Cruz y Puerta de la Puente. Además existían otros en algunos tramos concretos de la cerca, por ejemplo en el Barrio Falcón, y en los de Santa Catalina, San Martín y San Pedro. Junto a estos, nos topamos con otros de difícil localización: el caramanchón de las Casas del Secreto, y otro tras del Lagar de Diego Triguero.

Herramientas de albañilería

Litografías de J. de Villanueva, Arte de albañilería o instrucciones para jóvenes, Madrid, 1827.


domingo, 15 de noviembre de 2009

¡Hasta las ruinas perecieron! - La iglesia de Santo Tomás de Castrogonzalo

Fachada norte de la iglesia de Santo Tomás en 1990

En uno de los pasajes más célebres del poema épico “La Farsalia”, cuenta Lucano el asombro de Julio César durante su visita a los solares donde estuvo la sojuzgada, y luego destruida, ciudad de Troya. El gran poeta hispanorromano, cordobés para más señas, hace exclamar a César: "etiam periere ruinae", ¡hasta las ruinas han perecido! Hoy se hace uso de esta máxima para expresar la consternación por una desolación total, un sentimiento muy apropiado para el caso que nos ocupa. Si bien el derribo de la iglesia de Santo Tomás ocurrió hace ya bastantes años, sus ecos en la memoria colectiva de los vecinos no deberían apagarse nunca.

La existencia de dos parroquias en Castrogonzalo y, por consiguiente, de dos barrios diferenciados, con personalidad propia, -el de Arriba y el de Abajo-, es un aspecto indisolublemente ligado a la historia de una localidad cuyos orígenes remiten al proceso de colonización altomedieval. Ya desde 1157 contamos con referencias que revelan la existencia de al menos un templo en la villa dependiente de la mitra astorgana, aunque sin poder precisar exactamente su número. En esta fecha, la infanta doña Elvira, hija natural de Alfonso VI y Jimena Muñoz, donaba a la catedral de Astorga sus posesiones y derechos en todas sus iglesias de la diócesis, mencionando las villas de Bretó, Castropepe, Castrogonzalo, Lagunadalga, Saludes, Maire, y las situadas en Sanabria, en Ribera y en el Bierzo.

La colegiata de Santa María de Arbás, situada en la vertiente sur del puerto de Pajares, fue una institución religiosa que parece que tuvo una gran presencia en Castrogonzalo, y en otras poblaciones de Tierra de Campos, en la primera mitad del siglo XIII. Controlaba los derechos de paso sobre el puente y también llegó a percibir rentas en las iglesias de la villa. En 1225, Alfonso IX concedía a esta colegiata cuantos derechos le pertenecían en las dos iglesias de Castrogonzalo. En principio, nada podemos saber sobre la advocación de cada una de ellas en esta época, pero dada la permanencia en el tiempo de estas dedicaciones en la mayor parte de las poblaciones, podemos suponer su identificación con las tradicionales: Santo Tomás y San Miguel.

Tendremos que esperar hasta 1361 para encontrar una mención expresa a la iglesia de Santo Tomás. En este año, unos vecinos de Castrogonzalo, Bartolomé Martínez y María García, su mujer, reciben dos tierras del monasterio de Santa Clara de Benavente con la condición de plantar allí unas viñas. Las fincas se encontraban en unos majuelos, donde existían también unas viñas pertenecientes a la iglesia de Santo Tomás.

Analizar hoy las características arquitectónicas y artísticas de esta iglesia resulta una tarea harto compleja, ante la desaparición total del objeto de estudio. Para ello, es preciso partir de las escasas fotografías disponibles, recopilar la documentación de archivo y remitirse a los testimonios de los autores que citan en algún momento algún rasgo destacado del templo.

Así, el corresponsal del "Diccionario de Madoz" describe Santo Tomás a mediados del siglo XIX como un edificio "del orden gótico; sus paredes y torre de piedra de cantería y las bóvedas de ladrillo por arista; tiene una sola nave con 150 pies geométricos de largo, 110 de ancho y 62 de altura hasta la bóveda; cuenta cinco altares que nada ofrecen de particular, y celebra dos festividades, una el 21 de diciembre y otra el 16 de agosto en conmemoración de San Roque, patrono del pueblo". Como vemos, en esos cinco altares el retablo del siglo XVI no merece la más mínima consideración de este autor.

Por el contrario, Gómez Moreno apenas se ocupa de la iglesia en su "Catalogo monumental de la provincia de Zamora", pero sí dedica unas líneas a comentar las tablas y las esculturas de su retablo. Elogia las pinturas, pero no tanto las tallas, pues solamente considera la imagen de San Juan Bautista como de verdadero mérito. De la iglesia apenas sentencia que "es moderna y en forma de cruz".

En la misma línea, David de las Heras afirma que “la iglesia es de estilo renacimiento con forma de cruz latina. Su titular es Santo Tomás Apóstol, cuya imagen está en el retablo mayor”. Entre las esculturas, destaca un crucifijo grande del siglo XIV; una imagen de San Sebastián, gótica del XV; otra de la Inmaculada, del siglo XVI; una de San José, y otra de San Roque, ambas del siglo XVII.

Del análisis de las fotografías antiguas recopiladas se deduce que, aunque la planta y estructura general del templo puede responder, efectivamente, al siglo XVI, durante el siglo XVIII se acometieron importantes reformas que le dieron su aspecto final. Sabemos por una breve anotación recogida en los libros de fábrica, y citada por José Muñoz Miñambres, que en 1798 se construyó la capilla mayor y el crucero. Según este autor, Santo Tomás era la iglesia más antigua de los dos barrios de la localidad. En su casco parroquial estaba el alcalde de hijodalgos, siendo la de San Miguel más moderna y en su casco jurisdiccional estaba el alcalde del estado general. También era de Santo Tomás de donde salían las procesiones interparroquiales del Domingo de Ramos y de la festividad del Corpus Christi.

El templo contaba con una única nave y presentaba un crucero saliente que daba a su planta forma de cruz latina. Los muros de su cabecera y de los brazos del crucero eran rectos, y añadía a los pies una gran espadaña, con dos cuerpos de vanos para acoger las campanas. Su fábrica, fruto de diversas fases constructivas, alternaba el tapial, el ladrillo y la sillería. La cubierta era a dos aguas sobre armazón de madera. El crucero se cubría con cúpula semiesférica de factura simple y la nave con bóveda de medio punto con lunetos. La edificación tuvo problemas tradicionalmente de estabilidad por su endeble cimentación y la mala calidad del terreno. El cuerpo inferior de la espadaña fue reparado y reforzado en diversas ocasiones, y a mediados de los años setenta se adosó una galería cubierta al muro sur, con la intención de contrarrestar los empujes de la nave.

En cualquier caso, existió en este mismo emplazamiento otro templo anterior de época medieval, sin poder precisar más detalles sobre sus características y cronología. Testimonio de ello es una estela discoidea de carácter funerario, reaprovechada en la cimentación y recuperada durante los trabajos de desescombro. Se puede fechar, según ejemplos similares, en torno a los siglos XII-XIII. En este momento medieval debe inscribirse también un gran Cristo crucificado en madera policromada, hoy conservado en la iglesia de San Miguel. Aunque de aspecto románico, su factura resulta es algo arcaizante, debiendo llevarse su realización a un momento bien avanzado del siglo XIV.

Durante el siglo XVII hay constancia de varios pagos para la realización de obras artísticas de diversa naturaleza. En esta época en el templo había al menos tres capillas: la de la Natividad de Nuestra Señora, la de San Martín y la de San Juan Bautista. De esta última, debe proceder una meritoria imagen del santo, del siglo XVI, que preside actualmente la calle central del retablo en San Miguel.

En 1604, en los libros parroquiales se ordena "que se pinte en la Iglesia Parroquial, en el paño frontero a la puerta principal, una figura de San Cristóbal muy grande, conforme muestra estar pintada ya". La anterior, aunque de cronología indefinida, debía estar en la línea del gran fresco existente en el lado sur del crucero de la iglesia de Santa María del Azogue de Benavente, o a los ejemplos de la Catedral de León, la iglesia de San Marcos de Salamanca y la colegiata de Toro.

Hay también menciones de diferentes intervenciones en la capilla mayor y en los altares colaterales, pero no se especifica hasta qué punto el retablo principal se vio involucrado en alguna de ellas. Así, sabemos que en 1640 se limpió el altar mayor, o que por estos años se doró la caja del Santísimo.

A principios del siglo XVII se suscitó un pleito en torno a la legítima posesión del beneficio curado de nuestra iglesia. Los condes de Benavente fueron adquiriendo a lo largo del tiempo el derecho de presentación en la mayor parte de las parroquias de las tierras de su señorío. En el caso de Santo Tomás de Castrogonzalo, este derecho pertenecía desde antiguo a los parroquianos y feligreses. Sin embargo, una vez que quedó vacante el curato de Santo Tomás, el VIII conde de Benavente, Juan Alfonso Pimentel, hizo valer su influencia para proponer a un familiar suyo: Fernando Pimentel, clérigo de menores de la diócesis de Oviedo. Así, en 1617 se confirma la sentencia de Cristóbal de Vera, arcediano del Páramo, por la que otorga, a instancia de Juan Alfonso Pimentel de Herrera, a Fernando Pimentel "el beneficio simple y ración sita en la iglesia de Santo Tomé del lugar de Castrogonzalo de esta diócesis de Astorga".

Entre las capillas y fundaciones pías establecidas en la parroquia debe destacarse una fundación para dotar huérfanos. La casa de huérfanos había sido establecida por el clérigo Paulo de Cepeda. Uno de sus principales benefactores fue Martín de Cepeda, descendiente de la familia de los Cepedas de Fuentes de Ropel. En Santo Tomás de Castrogonzalo, los Cepeda contaban con una capilla fundada originariamente por Gaspar de Cepeda y su hermano, Pedro. Esta institución fue complementaria de otras obras piadosas promovidas por Gaspar de Cepeda, entre las que destaca la capilla del Santísimo Cristo de la Indias, con sede en la iglesia de San Pedro de Fuentes de Ropel. Este importante militar ropelano del siglo XVI participó en la conquista de los territorios de Honduras y El Salvador.

El templo atravesó un momento particularmente delicado en los días inmediatos al 29 de diciembre de 1808, cuando las tropas francesas ocuparon el pueblo y utilizaron la iglesia como establo para sus caballerías. Los acontecimientos se inscriben en la ofensiva de Napoleón en el invierno de ese mismo año contra el ejército británico de Moore, que se replegaba en dirección a La Coruña. Según el testimonio de su cura párroco, Isidro González Feliz, los franceses irrumpieron en la iglesia e hicieron varias hogueras en su interior: "destrozaron las puertas del Sagrario y alguna otra pieza de retablos, sin dejar en salvo los cajones de la sacristía y el archivo de papeles [...] Últimamente se perdieron dos cálices de plata, un incensario, dos vinajeras con su platillos y las olieras de dicha especie, lo restante que dejaron fue por haberlo custodiado en sitio secreto que los demás. Como el fuego y el humo eran fuertes destrozaron las vidrieras para que saliera desluciendo las bóvedas". La ausencia hoy de las puertas del sagrario, muy probablemente decoradas con relieves en madera policromada como el resto del retablo, es fiel testigo de estos acontecimientos.

Una de las últimas obras de calado documentadas en la fábrica de Santo Tomás se produjo a principios del siglo XX, en época del párroco Agapito Galende. Se trató en esta ocasión de la espadaña, adosada a los pies, cuya  estructuro debió ser totalmente renovada. De este feliz acontecimiento se hizo eco la prensa local: “En Castrogonzalo (Benavente) se ha solemnizado la fiesta del Rosario inaugurando la torre de la iglesia. Hubo misa solmene, con sermón que predicó el párroco don Agapito Galende; disparo de bombas y cohetes, banda de música, corrida de vacas y bailes populares; terminando con una sesión de gramófono con que el virtuoso sacerdote que regenta aquella parroquia, obsequió a sus feligreses”.

El comienzo del final de la historia de esta iglesia, no exenta de su correspondiente controversia, debe situarse a principios de los años ochenta, momento en el que el progresivo deterioro del templo comenzó a sembrar la inquietud entre los vecinos. Curiosamente, el 20 de mayo de 1981 la entonces Dirección General de Bellas Artes, Archivos y Bibliotecas había incoado un expediente para la declaración del edificio como "monumento histórico-artístico". Una iniciativa encaminada principalmente a proporcionar protección al retablo del siglo XVI. Fue este un expediente nunca resuelto, y que aún hoy inexplicablemente continúa abierto, según los registros de la Consejería de Cultura, Turismo y Deporte de la Junta de Castilla y León. Los pormenores de esta “crónica de una muerte anunciada” invitan a hacer una reflexión, una vez más, sobre la precaria situación en la que todavía hoy se encuentra el patrimonio histórico-artístico de buena parte de los núcleos rurales de Castilla y León.

Los desfavorables augurios formulados por vecinos y parroquianos tuvieron su confirmación, punto por punto, en los meses siguientes. El culto tuvo que interrumpirse definitivamente en la iglesia ante el desplome de parte del techo y la proliferación de grietas en muros, bóvedas y cúpula. La espadaña también amenazaba ruina, a pesar de los refuerzos introducidos en su estructura en varias ocasiones. De esta forma, Castrogonzalo perdía temporalmente sus dos iglesias, dado que el otro templo: San Miguel, hacía ya bastantes años que estaba fuera de servicio, utilizándose eventualmente como panera por unos particulares. Las celebraciones religiosas fueron trasladadas a un local municipal, acondicionado al efecto para cumplir las funciones de altar improvisado.

Durante el año 1983 se acometieron diversas obras de reforma en la iglesia de San Miguel a cargo del Obispado de Zamora. El edificio venía utilizándose como panera desde hacía años, por lo que hubo que cambiar los solados, enfoscar los muros y pintar las paredes para adecentar el interior. También se renovaron los muros exteriores y se añadieron diversos paramentos de ladrillo. Este lavado de cara permitió volver a utilizar la iglesia para el culto. Fue este el momento en el que se acometió el traslado y restauración del retablo a cargo de la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Castilla y León, trabajos que se prolongaron durante varios meses de los años 1985 y 1986.

Mientras se rehabilitaba San Miguel, el abandono y el consiguiente proceso de deterioro de Santo Tomás continuaron imparables durante los años siguientes. La incoación del expediente para su declaración cómo BIC sorprendentemente no surtió ningún efecto práctico. En la resolución de 1981 se hacía saber al Ayuntamiento “que todas las obras que hayan de realizarse en el monumento cuya declaración se pretende, o en su entorno propio, no podrán llevarse a cabo sin aprobación previa del proyecto correspondiente por esta Dirección General". Sin embargo, en el mes de marzo de 1992 el templo se derribaba definitivamente, sin que el asunto ocasionará mucho ruido mediático ni impacto en la opinión pública.

Hoy nada queda del antiguo edificio, salvo el solar donde estuvo levantado. La finca se ha convertido en un descampado sin urbanizar donde prolifera la maleza y se acumulan los escombros. Sin embargo, aún se reconocen algunos vestigios de sus cimientos y las escaleras de hormigón de acceso al pórtico. Todo ello sería más que suficiente para convertir este espacio en una plaza e intentar recuperar la planta y la memoria de la iglesia con una adecuada señalización y cartelería.

La iglesia de Santo Tomás tenía bajo su jurisdicción parroquial una ermita distante de la población bajo la advocación de Santa Marina. Estuvo situada junto al río Esla y el puente de piedra, donde aún hoy existe un pago que recuerda su nombre. Sus orígenes son medievales, pues en el siglo XIII hay constancia de la celebración de una feria franca en el puente en torno a la festividad de la virgen y mártir. En el entorno del puente y la ermita existía una alberguería, relacionada con la labor asistencial a los viajeros y peregrinos que circulaban por este paso del río. 

En el siglo XVII la ermita de Santa Marina estaba prácticamente en ruinas. En los libros de fábrica de Santo Tomás se dice que “en ella se recogen los ganados y cabalgaduras, así como personas de mal vivir. Y aunque se le ha puesto llave y puerta en ella, la arrancan y quitan y profanan”. Por ello se manda que “en el término de un mes se ponga una puerta con cerradura fuerte de manera que sea muy segura y libre de los inconvenientes se haga la obra y no haciéndolo, el señor cura y el mayordomo de la iglesia la destejen y quiten de ella la madera y todo se ponga en cobro para reparo de la iglesia del lugar. El despojo de piedra se lleve para la calzada de la iglesia, que se ha de hacer junto a la torre”.

Según documenta José Muñoz Miñambres, el año 1624 se trajo la teja y la piedra de la ermita de Santa Marina, y su imagen se llevó a la iglesia y se colocó en un altar lateral.

Plano de la iglesia de Santo Tomás, según Rafael González Rodríguez

Vista de la capilla mayor con el retablo del siglo XVI

Fachada norte de la iglesia de Santo Tomás de Castrogonzalo

Espadaña y campanario de la iglesia de Santo Tomás de Castrogonzalo