lunes, 8 de junio de 2009

Crónica menuda del año 1926 - Benavente, la villa zamorana, inaugura sus Escuelas

"Las nuevas escuelas"

En el año 1926 veía la luz la obra de Luis Bello “Viaje a las escuelas de España”. El libro, editado por Magisterio Español, fue impreso en los talleres madrileños de Tipografía Artística, en la calle de Cervantes. Como bien apunta Josefina Rojo Ovies, Luis Bello Trompeta (1872-1935) es, al igual que Ciro Bayo, Manuel Ciges Aparicio, José María Salaverría o Manuel Bueno, uno de los integrantes "menores" de la llamada Generación del 98. Su labor creadora nunca gozó del reconocimiento de otros miembros más ilustres de este colectivo, y por ello su obra es poco conocida. Nacido en Alba de Tormes, Bello colaboró habitualmente en "El Imparcial", "El Sol", los semanarios "España" y "La Esfera", la revista mensual "La Lectura", etc.

Los artículos que integran "Viaje a las escuelas de España" fueron publicados en "El Sol" durante el año 1922 bajo el título "Visita de escuelas". El éxito de estas crónicas le animó a recopilarlas en el año 1926 "tal y como salieron, sin enmienda apenas".

En su viaje por las tierras de Salamanca, Ávila y Zamora, Bello se dejo acompañar por Filiberto Villalobos y Fernando Íscar. El primero era entonces médico y Consejero delegado de la Caja Regional de Previsión Social. Posteriormente, como es bien sabido, Villalobos desempeñaría el cargo de Ministro de Educación durante los años de la II República. Íscar, por su parte, era Presidente de dicha Caja Regional de Previsión. Esta institución construyó en menos de dos años veintisiete escuelas en las tres provincias.

De su visita a Benavente dejó escritos los siguientes párrafos:

“Pero no es fácil adelantarse a imaginar lo que es la villa de Benavente, aun teniendo ya noticia de su genio comercial y trabajador. Desde que entramos en ella nos envuelve el trajín del mercado. Subimos por una plaza en cuesta la plaza de los Bueyes, porque allí compran y venden los ganados, hacia el Corrillo de San Nicolás y la Rúa. La calle de Toledo en día de verbena puede dar idea de lo que es un mercado en Benavente. Antes bajaban de Ponferrada y hasta de Galicia, en años malos, a surtirse de grano trigo y centeno, y se lo llevaban en cueros de cabra. Ahora el radio quizá sea más extenso, porque muchos pueblecitos de los contornos tienen mejores vías de comunicación. Desde los charros hasta los leoneses llegan al Ferial y se llevan su buen ganado, sus aperos de labor, sus objetos y utensilios surtidos por el comercio. Podía ser esto el movimiento pasajero de un día de feria; pero siguiendo calle arriba, hacia la iglesia de San Nicolás o San Juan del Mercado, veremos por todas partes un pueblo que trabaja. Los talleres están en marcha; los comerciantes van y vienen detrás del mostrador; en las fraguas se oye el martilleo sobre el yunque. Hay librerías. Bernabé Palenzuela tiene su taller de encuadernador. Muchos médicos, diez o doce; muchos abogados. Todo esto, en una villa que no llega a seis mil habitantes, demuestra gran vitalidad.

Había en Benavente unas escuelas nuevas. Dos salas enormes, construidas con el criterio de hace treinta años, donde los maestros enferman de la garganta sólo para hacerse oír. Estas salas podrían ser divididas y desdobladas. Pero ahora el Ayuntamiento ha encargado a la Junta salmantina otras escuelas, terminadas en un año, las más capaces, las mejores que hemos visto aquí, y cuyo coste, sin embargo, no alcanza a cien mil pesetas. Así estará servido el pueblo y podrá continuar su buena tradición. Enviemos, al llegar al término de su jurisdicción, un saludo a Villalobos y a Íscar. Con el saludo va nuestro deseo de que el Estado favorezca a los pueblos que sepan construirse sus escuelas con una pequeña subvención. ¿No subvenciona las casas baratas? Mucho menos se le pide, y con más justo título, para las escuelas”.

"Escuelas de Benavente (Zamora), tipo de las escuelas nuevas que está construyendo la Caja de Previsión de Salamanca"

"San Juan del Mercado"

También de este mismo año 1926 contamos con otra crónica referente al mismo asunto. Se trata de un artículo firmado por A. de Tormes y publicado en la revista “La Esfera”. Su título: “Benavente, la villa zamorana, inaugura sus escuelas”. Su contenido, muy similar en espíritu al anterior, nos acerca al debate erudito que durante la Dictadura de Primo de Rivera se suscitó en torno a la Educación. Se acompaña el artículo de un reportaje fotográfico con diversas imágenes de la Villa. El texto es el siguiente:

"Puede ser ilusión de nuestra excesiva buena voluntad; pero creemos firmemente que ha empezado en los pueblos de España un gran movimiento de progreso, y que ahora va a realizarse el avance, que tan necesario era, de la instrucción primaria. Benavente, la histórica y laboriosa villa zamorana, acaba de inaugurar sus nuevas escuelas nacionales, construidas para el Ayuntamiento por la Caja de Previsión de Salamanca, Ávila y Zamora. Muchos pueblos de esta región, y también de otras regiones españolas, acuerdan construir edificios escolares o incluyen en sus presupuestos municipales partidas que revelan su preocupación por la primera enseñanza. Es curioso e interesante el hecho de que facilite la construcción de escuelas el pequeño capital reunido por el retiro obrero. Los diez céntimos diarios que obreros y patronos dejan como un seguro para la vejez del trabajador han hecho durante estos dos últimos años más obra que el Estado. Esta iniciativa del Instituto de Previsión constituye una de las ideas más afortunadas y, desde luego, permite confiar en que un lustro bastará para transformar las escuelas de todos los pueblos españoles, si sus Concejos acuden a medios parecidos, ya que no en todas partes sea posible aplicar el mismo. La región de la alta Castilla, así como la leonesa, van a la cabeza en las estadísticas escolares. Benavente contaba ya con unas escuelas muy amplias y, sin embargo, ha levantado otras. No se conforma con sus prestigios históricos y comerciales, sino que quiere demostrar su vitalidad cuidando con cariño la instrucción de sus hijos. Sin llegar a ti Benavente, es difícil saber la fuerza de estas comarcas, que para la mayoría do los madrileños sólo son un recuerdo en las páginas de la Historia. De la villa zamorana apenas se sabe otra cosa sino que tiene un gran castillo, y que los benaventinos han sido siempre mercaderes de encajes de Almagro. Pero el gran castillo, magnífico e incomparable testimonio de la arquitectura entre guerrera y palatina de los siglos XV y XVI, está condenado a ruina definitiva. El abandono ha sido absoluto durante mucho tiempo. Queda la soberbia torre cuadrada con sus cubos y sus bellísimas balconadas, originales y únicas en este género de construcciones, más cuidadosas de la fortaleza que de la gracia. Pero el resto se ha hundido, y hasta las piedras van desapareciendo. El patio de armas es hoy como un gran hoyo, cercado todavía por algunas almenas, que milagrosamente se sostienen en pie. Los lienzos de muralla, partidos y rotos, han ido desprendiéndose y pulverizándose. Una de las torres, más pequeña que la del homenaje, tiene su utilidad convertida en depósito de agua. La villa de Benavente ha cuidado los jardines de la parte alta del castillo, poniendo de su parte todo lo posible para que aquello sea un rincón agradable y un mirador magnífico sobre el valle; pero sus fuerzas no llegan a impedir la ruina del baluarte de los Pimentel. Para esto hubiera sido preciso que un Estado previsor generoso cuidara lo que la nobleza abandona, unas voces por falta de medios y otras por falta de interés por sus propias glorias.

Debería haber dentro de los monumentos declarados nacionales un orden de población; y en este caso, el castillo de Benavente sería, uno de los primeros. Pero este es el pasado. No es posible atenerse a él. El día de morcado acuden todos los pueblos del contorno a comprar y a vender. La plaza de la feria proporciona un espectáculo animadísimo, que sigue por la Rúa arriba y llega hasta la plazoleta de San Juan, donde se alza además del templo, que conserva muros románicos la escuela antigua relativamente antigua, pues debió de construirse hacia el año 80-. Pero, además todas las calles trabajan. Al pasar por tiendas y talleres se oye el martillo en el yunque, la sierra del carpintero, el motor en marcha...; todos los ruidos del trabajo en las ciudades. Estos son los pueblos que, naturalmente, se preocupan de la educación escolar. Los que no quieren que sus hijos vayan al mundo desarmados en una época en que el más fuerte es el que más sabe".

"Mercado en la Plaza de la Reina"

Revista "La Esfera" (1926)

lunes, 1 de junio de 2009

De villa realenga a cabeza de Condado - El proceso de señorialización de Benavente

Detalle del monumento al VI Centenario del Condado de Benavente (1398-1998

En el año 1400 los vecinos de Benavente enviaron un emotivo memorial al rey Enrique III. En él se exponía una extensa relación de agravios y desafueros perpetrados por Juan Alfonso Pimentel, primer titular del condado, en los apenas tres años transcurridos desde su toma de posesión de la villa.

En el texto, redactado con un perceptible resentimiento de fondo, se hace también una breve mirada hacia atrás, recordando la evolución seguida por el concejo desde su establecimiento, a mediados del siglo XII, hasta su incorporación al señorío de los Pimentel en 1398. Los vecinos añoraban y defendían con firmeza su pertenencia al realengo y se quejaban al monarca, fundamentalmente, de haber sido abandonados a su suerte, desoyéndose sus reiteradas peticiones en el sentido de que no se les "tirase" de la corona real. El sometimiento a la arbitrariedad señorial fue interpretado por los benaventanos como una afrenta a su independencia. Por ello, la mayor parte de sus quejas al monarca tenían como denominador común el evidente desprecio manifestado por el conde a sus fueros, usos y costumbres.

Efectivamente, el principal referente de la evolución de Benavente durante los siglos XII, XIII y XIV es precisamente su condición de villa de realengo. En este sentido, la colección de privilegios reales custodiada en el Archivo Municipal constituye una buena muestra de las estrechas relaciones mantenidas entre el concejo y la monarquía. Así pues, para comprender y valorar en su justa medida las transformaciones experimentadas en la tierra de Benavente a raíz de la llegada de los Pimentel al señorío a la ciudad, es preciso conocer, aunque sea de una forma somera, la trayectoria seguida por la villa durante estos siglos.

El impulso dado a la villa por la iniciativa regia a través de la concesión de las cartas forales de 1164 y 1167 se tradujo en un amplio desarrollo urbano, particularmente reconocible desde las dos últimas décadas del siglo XII. El grueso de los nuevos pobladores fueron levantando sus casas en la parte llana de la villa y en las laderas del cerro. La actividad constructiva durante los siglos XII y XIII fue muy intensa. Al impulso inicial, patrocinado por la monarquía, hay que añadir la iniciativa de los propios vecinos, de las instituciones eclesiásticas, de algunos miembros de la nobleza y particularmente de las órdenes militares. No deja de ser sintomático el hecho de que buena parte de las noticias relacionadas con la labor constructora se refieran a la edificación, consagración y dotación de nuevas iglesias, como las de San Martín, San Juan del Mercado o San Salvador, signo inequívoco del establecimiento de pobladores y de la creación de nuevas colaciones.

Ya en la segunda mitad del siglo XII se constata la existencia de parroquias, con su población correspondiente, tan distantes entre sí como Santa María de Ventosa, San Martín, San Miguel, San Juan del Mercado, o el Santo Sepulcro. En las primeras décadas del siglo XIII se documenta otro número importante de templos alcanzando en total la docena, lo cual nos sugiere un amplio desarrollo del plano urbano para esta época. 

Este panorama de perceptible prosperidad vino a truncarse al menos desde los últimos años del siglo XIII. A una coyuntura económica depresiva general inherente a la segunda mitad de la centuria en el reino de Castilla, hay que añadir otras circunstancias desfavorables que afectaron especialmente a Benavente y su tierra. Según diversas fuentes la ciudad se vio involucrada en los enfrentamientos protagonizados por el rey Alfonso X y su hijo, el infante don Sancho, por la cuestión sucesoria. El infante negoció con el concejo la adhesión de la villa a su causa obteniendo una respuesta positiva, pero todo apunta a que esto debió suponer un notable esfuerzo fiscal y militar por parte de los vecinos. En mayo de 1285, pocos meses después de su llegada al poder, Sancho IV otorgó un privilegio a la ciudad intentando poner remedio a la grave situación por la que atravesaba el concejo y concediendo diversas exenciones fiscales con el fin de asegurar su supervivencia: "porque nos fizieron entender que la villa era muy despoblada". 

El siglo XIV viene marcado por los efectos negativos de la crisis bajomedieval y por las luchas nobiliarias y banderizas en el seno del concejo. En otro orden de cosas, el tradicional concejo abierto que había regido los destinos de Benavente desde la época de la repoblación dio paso, a partir de 1345, al sistema del regimiento, en aplicación de la conocida reforma político-administrativa de Alfonso XI que buscaba un control más efectivo sobre las ciudades castellano-leonesas. Sin embargo, a partir de la segunda mitad de siglo la villa inició un lento pero firme proceso de señorialización, abandonando en varias ocasiones su pertenencia secular al realengo. 

El primer ensayo se produjo en 1374, año en que don Fadrique, hijo bastardo de Enrique II, recibió la ciudad a título de ducado en el marco de las llamadas mercedes enriqueñas. La donación debe inscribirse dentro de otra operación de mucho mayor calado político, cuya finalidad última era una posible unificación de los reinos de Castilla y Portugal. En este contexto, fueron diseñadas diversas alianzas matrimoniales en un intento de establecer nexos sólidos entre ambos reinos. El casamiento de don Fadrique con la infanta doña Beatriz, hija del rey portugués, fue uno de los hitos más destacados de esta estrategia. Se trata, sin embargo, de una etapa muy poco conocida de la historia de ciudad, debido a la escasez de documentación conservada sobre este periodo.

Para los benaventanos, la llegada del duque a la ciudad se tradujo en una etapa de abusos señoriales y exigencias fiscales desorbitadas, siendo considerado, a todos los efectos, como un malhechor feudal. Sin embargo, pese a todo, parece que don Fadrique, a diferencia de lo que haría más tarde el primer titular del condado de Benavente, mantuvo un relativo respeto hacia las instituciones y oficios concejiles.

Tras la derrota castellana en la batalla de Aljubarrota, Portugal decidió retomar la iniciativa bélica, afrontando la invasión del reino vecino. De esta forma en la primavera de 1387 un ejército mixto anglo-portugués, bajo el mando del duque de Lancaster, acampó ante los muros de Benavente sometiéndola a un violento asedio. Las consecuencias de este cerco para la villa fueron desastrosas, afectando no sólo al castillo y a las murallas, sino provocando también la destrucción total o parcial de diversas iglesias, algunos monasterios, viviendas en general y las tierras de cultivo. Muchos vecinos perdieron la mayor parte de sus bienes, circunstancia que afectó lógicamente al desarrollo social y económico del concejo. 

Después de la caída en desgracia del duque don Fadrique y de su ingreso en prisión a partir de 1394, Benavente volvió a estar de nuevo bajo la órbita señorial aunque muy vinculada a la corona real, esta vez en la persona de Catalina de Lancaster, mujer de Enrique III. Para los vecinos esta circunstancia fue interpretada como una vuelta, de hecho, al realengo. Al menos en su memorial, varias veces citado en esta exposición, se afirmaba que con el señorío de la reina habían conseguido olvidar todos los males sufridos en el pasado, aunque esta situación "por nuestros pecados nos duró muy breve tiempo". 

Así pues, con la donación de la villa por Enrique III el 17 de mayo de 1398 al noble portugués Juan Alfonso Pimentel, se venía a cerrar este proceso de señorialización iniciado en el año 1376, esta vez de una forma definitiva. A partir de entonces, tal y como los propios vecinos constataban en su misiva al monarca, nada volvió a ser igual. El nuevo conde tomó posesión solemne de su villa el 8 de julio de ese mismo año en el monasterio de San Francisco y a partir de ese mismo momento, haciendo uso de las atribuciones señoriales recogidas en la merced regia, comenzó a poner toda la maquinaria concejil a su servicio. 

Como ya señaló acertadamente Julio Valdeón, lo que realmente resultaba inasumible para una villa como Benavente, con una sólida organización concejil y una larga tradición de independencia, era aceptar ahora el señorío de un noble extranjero, sobre todo si éste se ejercía de una forma totalmente arbitraria. Será con el segundo titular del condado, Rodrigo Alfonso Pimentel, cuando el concejo renuncie por fin a todas sus quejas y demandas legales interpuestas contra Juan Alfonso y sus herederos por los abusos cometidos. Entre ellos se cita, a título anecdótico, la utilización de los pilares de piedra del puente de Castrogonzalo como materiales de construcción para su capilla del citado monasterio de San Francisco. El documento, escriturado en 1422, suponía en la práctica la aceptación definitiva del señorío de los Pimentel sobre la ciudad a cambio de una reducción significativa de su contribución fiscal y la aceptación tácita de la existencia de ciertos límites al poder señorial.

Escudo de Catalina de Lancaster en el claustro de Nuestra Señora de la Soterraña en Santa María la Real de Nieva

Escudo del V Conde de Benavente, Alonso Pimentel (1499-1530), en la iglesia de Santa María del Azogue

Escudo del V Conde de Benavente, Alonso Pimentel, en el Hospital de la Piedad


Banderolas con la leyenda "Más vale volando", procedentes del retablo de la Iglesia de San Miguel de Moreruela de Tábara (Zamora)

jueves, 21 de mayo de 2009

La mota de Castrogonzalo - Castillos y fortalezas en el alfoz de Benavente

Panorámica de Castrogonzalo, con vista de la ladera sur del cerro

El castillo de Benavente no fue el único castillo o fortificación existente dentro de su alfoz medieval. Dentro del dilatado territorio que conformó la Tierra del concejo existieron otras torres y fortificaciones menores que tuvieron su peso específico en las estructuras defensivas y militares del territorio. De algunas de ellas, solamente podemos constatar su existencia por puntuales menciones en las fuentes. Otras, en cambio, no cuentan con registro documental, pero como contrapartida ofrecen restos materiales de interés reconocibles sobre el terreno. La nómina de fortificaciones es bastante amplia y engloba ejemplos muy dispares: Granucillo de Vidriales, Ayóo de Vidriales, Castillo de Mira, Bretó, Castropepe, Mózar-Milles de la Polvorosa, San Miguel del Valle, Castrogonzalo, Manganeses de la Polvorosa, Camarzana, Castroferrol, Arrabalde, San Pedro de la Viña, etc.

En el caso de Castrogonzalo, el asentamiento más antiguo se localiza en la parte más alta de la población, en el llamado cerro de "El Castillo", donde se han recogido en superficie materiales cerámicos correspondientes a la I Edad del Hierro, con evidencias de abandono y de otro nivel originado por la ocupación medieval. Una excavación arqueológica de urgencia en este mismo lugar en 2016 reveló, además, estructuras de cabañas de la cultura de Soto de Medinilla.

El poblado, de considerables dimensiones a juzgar por la extensión del área, debía estar defendido naturalmente por su parte occidental por el brusco talud abierto sobre el río, mientras que el resto de los sectores, con una pendiente bastante más suave, facilitaría el acceso y obligaría a crear potentes defensas terreras artificiales. En el cerro hay un vértice geodésico sobre los 758 m. de altitud, mientras que el nivel del río está sobre los 705 m. Esta situación privilegiada proporcionaba un dominio visual de dos zonas geográficas bien diferenciadas: por una parte, el borde suroccidental de la Tierra de Campos, y por otra, la vega del Esla en su confluencia con el tramo final del río Cea. 

La aparición de Castrogonzalo en las fuentes, en la primera mitad del siglo X, está ligada de alguna manera a su papel militar. Es en este momento cuando en varios diplomas leoneses comenzamos a encontrar menciones a "Castro de Gundisalvo" y "Castrum Gundisalvo Iben Muza".

La separación política de León y Castilla a la muerte de Alfonso VII en 1157, hizo que las plazas militares más o menos próximas a la difusa línea fronteriza entre ambos reinos adquirieran un particular interés. La sucesión de fases de actividad militar y de paz, así como la falta de accidentes geográficos fácilmente reconocibles, hacen difícil concretar sobre el terreno las zonas que controlaba cada reino en Tierra de Campos. Castrogonzalo no se encontraba estrictamente en la frontera entre León y Castilla, pero sí en las tierras que podían ser objeto de litigio entre ambos reinos. 

Los posteriores tratados de paz y las complejas capitulaciones que dan vía libre al matrimonio de Alfonso IX con su sobrina Berenguela, hija del monarca Castellano, también tienen sus consecuencias para nuestra población. El enlace había tenido lugar en Valladolid en octubre de 1197, pero es en 1199 cuando se acuerda la entrega de una dote de treinta castillos leoneses con sus alfoces, entre ellos “Castrum Gonzalui”, que queda bajo la custodia del noble Nuño Rodríguez.

Algunos años después, en el tratado de Cabreros de 1206, Alfonso IX y Alfonso VIII llegan a un nuevo acuerdo para delimitar la frontera, concretar la soberanía sobre los castillos y dejar despejado el problema sucesorio en León a favor de Fernando, nieto del rey Castellano. El tratado resultó ventajoso para los intereses castellanos. Berenguela cedía Cabreros a su hijo y renunciaba a la tenencia de los castillos de las arras, entre ellos Castrogonzalo. En compensación la reina recibiría varias rentas, que fueron acrecentadas en 1207 con otras en Valencia, Castroverde, Castrogonzalo y otros lugares. Sin embargo, el rey leonés ocupó en 1212 por la fuerza la plaza junto con otras largamente demandadas, de la mano de Pedro Fernández el Castellano. 

En 1230, al unificarse definitivamente los dos reinos, Fernando III acordó en la Concordia de Benavente con sus hermanas Sancha y Dulce el pago de una generosa indemnización por los derechos sucesorios. Entre las garantías se pactó la entrega temporal de Castrogonzalo, junto con otras plazas leonesas.

En el siglo XV se acometieron importantes intervenciones en la Mota de Castrogonzalo. Las primeras noticias pueden remontarse al segundo conde de Benavente, pues consta la supresión del pago del pedido para compensar los servicios extraordinarios demandados en la construcción de una fortaleza. Una vez terminada, solamente se dieron 500 mrs. para reparar sus muros.

Pero las obras de refortificación de la Mota de Castrogonzalo mejor documentadas se desarrollaron en el año 1466, durante el mandato del IV conde de Benavente, Rodrigo Alfonso Pimentel (1451-1499). Una mirada rápida al contexto político del reino en torno a esta fecha pone de manifiesto que estos trabajos no fueron producto de un capricho del conde, o de una coyuntura estrictamente concejil o comarcal. Varios acontecimientos relevantes, y concatenados, se producían en el reino de Castilla en aquellos meses convulsos del reinado de Enrique IV (1454-1474).

La rivalidad mantenida en este tiempo entre Osorios y Pimenteles explica, junto con la delicada coyuntura política del reino, la iniciativa del conde en 1466 de realizar trabajos de refortificación en la Mota de Castrogonzalo. Su situación estratégica junto el paso del Esla, en los límites del condado y colindante con Fuentes de Ropel, antigua aldea del concejo de Benavente ahora en los dominios de los Osorio, muevió a las autoridades municipales a asegurar la plaza. Vital era también mantener y consolidar Castrogonzalo para evitar la pérdida de otro enclave no menos importante: San Miguel del Valle, auténtica cabeza de puente aislada ahora totalmente en las tierras hostiles de los Osorio.

No estamos ante la construcción de una fortaleza "ex novo", sino que se remozó o rehabilitó una edificación que ya había sufrido otras intervenciones anteriores. Los trabajos documentados debieron consistir fundamentalmente en levantar o reparar un recinto fortificado, al que se alude en varias ocasiones como “cortijo”. Este recinto contaba con una puerta principal de acceso defendida con un baluarte, y al menos "dos caramanchones" superpuestos a los muros. Uno sobre dicha puerta y otro "cabe la yglesia del Barrio de Arriba", que podemos identificar sin dificultad con el actual templo de San Miguel.

Además, a fin de hacer más pronunciado el desnivel entre el cerro y la ladera donde se asentaba la población, en diversos tramos se cavó o labró el talud. Aparecen así menciones a "peinar la cava", "peinar la Mota" o "peynar en la cuesta de la parte del río". Expresiones que deben interpretarse en su sentido literal de quitar parte de piedra o tierra de una roca o montaña escarpándola. El término “cava” tal vez aluda también a la construcción de un foso, aunque su uso concreto en varios pasajes del documento ofrece diversas interpretaciones.

La materia prima básica empleada en la construcción y restauración de la Mota de Castrogonzalo en el año 1466 fue el barro, destacando especialmente el tapial como modalidad constructiva, si bien en algunos tramos también se utilizó el adobe. Estamos pues ante un ejemplo clásico de fortificación terrera.

El tapial y el adobe han constituido desde la Prehistoria las técnicas constructivas tradicionales de las edificaciones populares de buena parte de las poblaciones de Castilla y León. Su empleo con fines defensivos en fortificaciones terreras es patente durante toda la Edad Media. Dado que el entorno no proporcionaba otros materiales más consistentes y duraderos, un buen número de murallas y castillos se hicieron con gruesas tapias. José Avelino Gutiérrez González documenta el empleo del tapial en los recintos de las cercas de Sahagún, Valderas, Valencia de Don Juan, Cabezón de Valderaduey, Mayorga, Benavente, Castroverde de Campos y Villafáfila entre los siglos XII y XIII. Gómez Moreno sugiere que ya en época de Fernando II se utilizó esta técnica para construir el primitivo perímetro amurallado de Benavente, obra a la que califica de “morisca”. Por su parte, Pascual Martínez Sopena evidencia la utilización generalizada de tapiales de barro en la construcción de cercas en las villas de Tierra de Campos, circunstancia que ha contribuido a que, con demasiada frecuencia, no se conserven restos visibles.

El libro de “Cuentas de las Cercas” del Archivo Municipal de Benavente proporciona información pormenoriza sobre los trabajos de preparación de tapiales y adobes en las obras de la Mota de Castrogonzalo. Para la fabricación de los tapiales era elemento fundamental las llamadas puertas de tapiar, estructuras de madera dispuestas formando cajones que se llenaban con tierra convenientemente humedecida y cohesionada. Para lograr esto último, era preciso apisonarla fuertemente con recios golpes de mazo, denominado comúnmente pisón. Se trata de una herramienta rematada en una arista, ligeramente chata para poder apretar bien la tierra contra las puertas. Las puertas estaban formadas por dos costales, que se sujetaban con sogas para asegurar su consistencia. Las hiladas siguientes de tapias se superponían a las ya construidas, apoyándose en agujas, estacas de madera que atravesaban el barro, de forma que una vez seco dejaban unas marcas muy características en las juntas. La tarea de armar las puertas, esto es de montar la estructura de madera en el tramo de la muralla que se iba a reconstruir o reparar, requería la colaboración de un carpintero. 

En cuanto al adobe, el sistema de fabricación también nos es bien conocido. Una vez obtenida la tierra apropiada, se cribaba minuciosamente para limpiarla de impurezas y se mezclaba con paja, A continuación, se le añadía agua y se pisaba de forma repetida para cohesionarla. El barro obtenido se volcaba sobre unos moldes rectangulares de madera: las adoberas o gradillas, retirándose el sobrante con un rasero para conseguir así una superficie lisa. Terminados estos trabajos, los adobes se dejaban secar al sol durante unos días, volteándoles de vez en cuando para que el sol y el viento actuaran sobre uno u otro costado. El adobe, aunque de apariencia más endeble y delicada, ofrecía ciertas ventajas sobre el tapial en las tareas constructivas, pues podía ser manipulado con mayor comodidad en las construcciones de altura, y era muy adecuado para la fabricación de arcos, bóvedas, cúpulas, etc. En Castrogonzalo, se utilizaron ladrillos de adobe en los caramanchones y en ciertos tramos de la cerca. Muy probablemente su disposición sería semejante a la que Gómez Moreno alcanzó a ver en la muralla de Benavente, dónde entre tapial y tapial mediaban hileras de adobes y lajas de piedra:

“El muro, aunque carcomido y deshecho en su mayor parte, a causa de su fragilidad, reconócese que era alto y con torrecillas cuadradas; entre tapial y tapial median hileras de adobes y lajas, y los trozos restaurados de mampostería conservan almenas con saeteras”.

No menos importante que la propia construcción de los muros, a base de tapiales y adobes, era el aprovisionamiento y acarreo de los materiales. La tierra necesaria para elaborar el barro la proporcionaban varios bueyes que araban el terreno destinado al efecto. Después, se servía a los tapiadores en talegas. El agua se conseguía en el río, y se subía al castro mediante recuas de asnos. También era necesario alquilar carros y carretas para trasportar la madera y la piedra.

Todos estos trabajos en la Mota fueron realizados por una auténtica legión de obreros que percibían su salario por día trabajado. El importe de los jornales era satisfecho por el mayordomo de las cercas, que anotaba minuciosamente en sus libros de cuentas el alquiler de las bestias de carga y las herramientas, la compra de materiales, los salarios pagados y, en ocasiones, el tramo o sector del cerro afectado por las obras. Lógicamente se establecen diferencias según la categoría y especialización de los obreros. Los carpinteros disfrutan de un salario sensiblemente mayor que alcanza los 25 mrs., y también hay una distinción en función de que las personas contratadas procedan de Benavente o sean de la propia aldea: “Este dicho día andovieron tres obreros de aquí, de Benavente, a traer agua con çinco asnos para aguar tierra en la dicha Mota para tapiar, a catorse mrs. a cada uno en que montan quarenta e dos mrs.”.

Respecto al montículo artificial, conocido popularmente en la localidad como “El Gurugú”, no hemos encontrado referencias concretas en esta documentación, tal vez por que su construcción pudo ser anterior en el tiempo. El término mota, empleado con frecuencia en las obras de 1466, parece referirse en sentido genérico al conjunto del cerro o castro, sin que se diferencie dentro de él esta segunda estructura. Este tipo de motas terreras artificiales parecen ser más propias de los siglos XII y XIII, especialmente durante el periodo de guerras fronterizas entre León y Castilla. Es en este momento cuando los avances tácticos dejan desfasados los viejos recintos castreños, que deben refortificarse para una mejor defensa del territorio.

En Castrogonzalo, en el extremo suroeste del poblado castreño, el más protegido por la mayor altura del escarpe, se construyó efectivamente una "mota" similar a otra reconocible en Bretó. Se aumentaba así el valor defensivo de la meseta, sobreelevada ya de por sí por los niveles antrópicos antiguos, incluidos los de la ocupación medieval anterior. La construcción del depósito de agua, la nivelación de tierras y la excavación de bodegas bajo ella, impiden en la actualidad reconocer el foso y las proporciones originales de este montículo.

Cerro del Castillo

Cerro del Castillo

Vista de la Calle del Castillo

Bodegas y "covarachos" excavados en las arcillas del cerro del castillo

Restos de la "Mota" de Castrogonzalo

Restos de la "Mota" de Castrogonzalo

Restos de la "Mota" de Castrogonzalo


jueves, 7 de mayo de 2009

Aquel invierno de 1909 - Las inundaciones en los Valles de Benavente

"Los vecinos de Santa Cristina de la Polvorosa, auxiliados por la Guardia Civil, desescombrando los solares que ocuparon sus destruidas viviendas".

Las peculiares características orográficas de la comarca de Benavente, junto con la confluencia en el entorno de los principales ríos de la región -Órbigo, Esla, Tera, Cea y sus respectivos afluentes- han hecho de esta encrucijada de caminos un factor destacado para explicar el poblamiento antiguo del territorio y su intenso aprovechamiento agrario. Las fértiles vegas de los Valles han constituido el principal motor de una economía basada desde las épocas más remotas en el sector agropecuario. El problema del paso de los numerosos ríos -sobre todo durante los meses invernales o en las épocas de las temibles crecidas tuvo como principal consecuencia la creación de una compleja red de puentes, pontones, barcas y vados.

Pero aquello que concede riqueza también puede, en un momento dado, arrebatarla. Una topografía extremadamente llana y la escasa, o nula, regulación de sus cuencas, favorecieron históricamente la presencia de inundaciones que, como auténticas plagas bíblicas, han venido castigando a sus pobladores, a veces, con serio peligro para vidas y haciendas.

Como se sabe, es la irregular distribución de las precipitaciones, tanto en el espacio como en el tiempo, la principal causa de las variaciones del régimen de los caudales. En los climas mediterráneos periódicamente los ríos sobrepasan su cauce ordinario y producen la inmersión de las zonas cercanas al cauce. En los Valles de Benavente, esta problemática ha tenido una incidencia contundente y cíclica, como queda reflejado en la documentación de archivo. Pero la crecida de los últimos días de diciembre de 1909 fue especial, y por ello ha quedado grabada en la memoria colectiva de estos pueblos como una de las más devastadoras.

La edición del lunes 27 de diciembre de 1909 del Heraldo de Zamora daba a conocer la noticia a cuatro columnas y con gran aparato tipográfico: “Desbordamiento de los ríos. Pueblos y campos arrasados por las aguas”. Ya en el cuerpo de la noticia se daba cuenta de los pormenores de la catástrofe, cuyo contenido se resume a continuación a partir de la edición de este día y de los ejemplares de las semanas siguientes.

El día 21 de diciembre, sobre las cinco de la tarde comenzó una lluvia torrencial, acompañada de fortísimo viento, de forma que el coche correo, que desde Puebla de Sanabria hacía la ruta hacia Benavente, tuvo que suspender la salida. Al día siguiente, al llegar el corresponsal del periódico a Colinas de Trasmonte, procedente de la Puebla, el cuadro que se ofrecía a su vista daba a entender que las inundaciones en aquella parte tenían la máxima gravedad. La carretera había sido preciso cortarla en varios tramos a fin de evitar la inundación del pueblo. Los vecinos de Santa Cristina de la Polvorosa se habían presentado en caravana huyendo del desastre, mientras las campanas de la iglesia no paraban de tocar. Muchos de ellos habían pasado la noche entera en el monte de la Cervilla.

El día 23 pudo, por fin, el coche correo continuar hacia Santa Cristina, pues el río había mermado su caudal. Las aguas inundaban todo el llano hasta dar vista a Benavente. El paso del puente era peligroso, todos las huertas estaban inundadas y gran parte del pueblo era un montón de ruinas. La línea telegráfica estaba cortada en varios puntos por la caída de los postes. La Guardia Civil de los puestos hasta Mombuey brillaba por su ausencia, pues en Colinas y Santa Cristina no había ninguna pareja, ninguna autoridad que organizase salvamentos, que repartiera trabajos o facilitara el paso del coche correo.

En la mañana del día 25 se organizó desde Benavente una expedición de autoridades para visitar la zona afectada. Previamente, un tren procedente de Zamora con personalidades de la capital fue recibido por las fuerzas vivas en la Estación de Benavente y en la fábrica de harinas La Sorribas, propiedad de Felipe González. Entre los expedicionarios estaba lo más granado de las élites locales y provinciales de la Restauración: el gobernador civil, Santos Arias de Miranda; el alcalde de Benavente, Augusto Alonso; los ingenieros Agustín Ruiz y Antonio Velao, Leopoldo Tordesillas, Ventura Madrigal, Felipe González, Cecilio Chacón y Antonio Cordero, sobrestantes; Avencio Guerra, Argimiro Gutiérrez, Luis Morán, Julio Ayuso y Carlos Calamita por el Heraldo de Zamora.

La comitiva, no sin dificultades, alcanzó Santa Cristina de la Polvorosa, ocupada ya por multitud de habitantes de los pueblos limítrofes. Vecinos de Manganeses y Colinas, principalmente, prestaban auxilio a los damnificados. La mayoría de las casas se habían convertido en escombros, y sus moradores permanecían junto a ellas en busca de sus enseres.

Un número apreciable de cabezas de ganado yacían muertas en sus establos, mientas que al resto se las había llevado el río. La única vivienda que no parecía haber sufrido los efectos de la inundación era la de José Pernía, alcalde del pueblo. Don Leopoldo Tordesillas ofreció cobijar en fincas de su propiedad a una parte de los afectados, acordándose recoger a los restantes en el desamortizado convento de Santo Domingo de Benavente.

El gobernador provincial, Arias de Miranda, después de un reconocimiento del terreno, leyó a los presentes varios telegramas del ministro de la Gobernación en los que se manifestaba el propósito del Gobierno de "subvenir a las necesidades de los damnificados con socorros que aminoren la magnitud de la catástrofe".

Según relataba el maestro del pueblo, sobre las once de la noche del día 22 el río Órbigo comenzó a desbordarse un kilómetro más abajo de Manganeses de la Polvorosa. La manga que originó se extendió súbitamente sobre Santa Cristina, sorprendiendo al vecindario. Una parte huyó hacia el puente sobre el río, mientras que otros se acogieron en la dehesa de la Casa de la Patilla, en La Cervilla. La marea de las aguas alcanzó muchos kilómetros a la redonda, y éstas siguieron subiendo durante el día 23 hasta alcanzar un nivel de cuatro metros y veinte centímetros, según la escala que había en los pilares del puente. La avalancha atravesó el pueblo a una altura de dos metros y medio. Milagrosamente no se contabilizaron víctimas.

En febrero de 1910 se anunciaba en la prensa que 200 familias se disponían a ir a Madrid en busca de asilo benéfico y gestionar, mientras tanto, su marcha para América. Una comisión del Ayuntamiento de Santa Cristina visitó en marzo al gobernador provincial para pedirle “carta de socorro para trasladarse a Madrid e implorar la caridad pública para ellos y demás vecinos que han quedado sin albergue ni hacienda”.

El Gobierno Civil repartió en los meses siguientes 57.000 pts. entre los damnificados por las inundaciones de Benavente. De estas, 20.000 pts. correspondieron a Santa Cristina y 10.000 a Abraveses, como pueblos más afectados. Verdenosa, Redelga y Vecilla recibieron 8.500; 5.000 Fresno; 5.000 Santa Croya; 5.000 Villanueva de Azoague; 1.500 Benavente y 500 pts. Manganeses de la Polvorosa y Milles, respectivamente.

La noticia trascendió el ámbito local y provincial, y fue objeto de particular atención en los medios de comunicación nacionales. La edición de La Vanguardia del viernes, 31 de diciembre de 1909 se hacía eco de los acontecimientos: “En Abraveses (Zamora) el temporal destruyó 135 edificios, obligando a los vecinos a buscar albergue en los pueblos inmediatos. El gobernador ha propuesto al gobierno que se otorgue una recompensa al sargento de la Guardia Civil José Martín Rubio y a la fuerza a sus órdenes, por haber salvado la vida a muchos vecinos de Villanueva y Santa Cristina, con riesgo de la suya. Se elogió la conducta de muchos guardas de campo, por la parte tomada en el salvamento. Se ha acordado que se constituya en Zamora una Junta Provincial, presidida por el gobernador, para proceder al reparto de las cantidades giradas por el gobierno”.

Las inundaciones afectaron en aquellas fechas a buena parte de los afluentes del Duero, como destacaba otra publicación nacional: “Las persistentes lluvias que desde Noviembre último han venido descargando sobre la Península han tenido su desenlace natural: la inundación. La región más castigada ha sido esta vez Castilla la Vieja; el Duero y muchos de sus afluentes de ambas márgenes han tenido extraordinarias crecidas que han causado inmensos daños, especialmente en Zamora, Salamanca y Valladolid, donde han destruido puentes y edificios, entre ellos numerosos molinos harineros, y anegado los campos. En Salamanca las casas destruidas pasan de cuarenta. En Ciudad Rodrigo quedó completamente anegado el barrio del Arrabal del Puente que tuvo que ser desalojado, y la corriente se llevó centenares de cabezas de ganado. Las casas destruidas fueron allí más de cincuenta, pero otras muchas quedaron inhabitables, resultando trescientas familias sin albergue. El próximo puente de Siega Verde, inaugurado hacía pocos días, fue completamente destruido. En Valladolid el Pisuerga creció nueve metros”.

Vecinos de Santa Cristina de la Polvorosa en tareas de desescombro y limpieza

Grupo de autoridades, Guardia Civil y vecinos evaluando los daños en Santa Cristina de la Polvorosa

"Las Inundaciones en Villanueva de Azoague (Zamora). Algunos vecinos contemplando las ruinas de sus viviendas".

"Habitantes del pueblo de Santa Cristina de la Polvorosa procediendo a la cremación y enterramiento del ganado vacuno que pereció arrastrado por las aguas".

"La Guardia Civil en Abraveses de Tera, prodigando consuelos al vecindario. En este pueblo no quedó ni una sola casa en pie".

La crecida del río Tormes en 1909 a su paso por Salamanca

martes, 28 de abril de 2009

1521, y en abril para más señas - Una lágrima en la mejilla del Conde

"Ejecución de los comuneros de Castilla", por Antonio Gisbert Pérez (1860)

Uno de los rasgos definitorios de la alta política del linaje Pimentel a lo largo de su dilatada trayectoria, fue el de haber sabido siempre estar en lugar apropiado en el momento adecuado.

Los condes, como norma general, no salieron mal parados en cuantos procesos de crisis política o guerra civil se vieron involucrados. Su apoyo incondicional a la monarquía les reportó cuantiosos réditos, dentro del habitual sistema de concesión de mercedes a los partidarios y de confiscaciones a los desafectos. La coincidencia continua de este linaje con el bando vencedor en cada momento explica que la cuantía de villas, juros, mercedes, etc., se fuera incrementado de generación en generación.

Durante la llamada Guerra de las Comunidades de Castilla el emperador Carlos I tuvo en Alonso Pimentel, V Conde de Benavente (1499-1530), uno de sus apoyos más firmes. No sólo defendió invariablemente los intereses de la Corona durante el desarrollo del conflicto, sino que estuvo presente en la batalla final de Villalar, el 23 de abril de 1521, a la que acudió con gran hueste en apoyo de los Realistas. Junto a él se encontraban otros notables del reino, como recordaría el Conde de Haro:

"Pasose el conde de Benavente con su gente a tomar la una punta del lugar; el condestable se pasó delante de la batalla real, y yo con la vanguardia; y en haciendo la punta que hizo el conde de Benavente, rompí con la vanguardia por mitad de los escuadrones de los enemigos; y en los que quedaron a la mano derecha rompieron el condestable y el conde de Miranda y el comendador mayor de Castilla y los continos y los otros grandes y toda la otra gente que allí venía; y en los que quedaron a la mano izquierda rompió el conde de Benavente [...] Serían muertos y heridos obra de mil hombres, de los cuales mató muchos el artillería. Luego otro día, miércoles 24 abril, degollaron a Juan de Padilla y Juan Bravo y a Francisco Maldonado, allí en Villalar, y de allí vino a rendirse Valladolid, la cual se perdonó, aunque se exceptuaron a doce personas, y la misma orden se llevó en todas las otras ciudades".

A pesar del éxito evidente de aquella empresa para los intereses del linaje, el magnate benaventano no pudo evitar verse salpicado desagradablemente por los daños colaterales, en este caso con consecuencias trágicas.

Suele señalarse a Juan Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, capitanes respectivamente de las milicias de Toledo, Segovia y Salamanca, como los principales cabecillas del movimiento comunero. Como se sabe, los tres serían ejecutados tras juicio sumarísimo, el 24 de abril de 1521, pocas horas después de ser apresados en las campas de Villalar. Pero entre los derrotados de aquella célebre batalla se encontraban otros nobles y personajes distinguidos. Algunos corrieron mejor suerte y consiguieron, al menos momentáneamente, salvar sus vidas.

Entre ellos estaba el salmantino Pedro Maldonado Pimentel, al parecer primo de aquél Francisco Maldonado y, como su segundo apellido delata, perteneciente a la parentela del Conde de Benavente. Don Pedro tenía que haber sido ejecutado con sus compañeros de armas en aquella mañana de abril, pero la intervención del Conde permitió aplazar su proceso, al menos, hasta el regreso del Emperador.

Según el dictamen inicial, Francisco Maldonado no debía ser ejecutado sino encarcelado en Tordesillas. Sin embargo, como cuenta Sandoval, cuando los realistas conducían al salmantino, desnudo y maltratado, a la localidad vallisoletana se produjo un hecho insólito: "llegó el general de los dominicos y le dijo que los gobernadores mandaban volver a Francisco Maldonado para le degollar, porque el conde de Benavente había hablado con ellos pidiéndoles con eficacia que no degollasen a don Pedro Maldonado en su presencia, porque era su sobrino y lo ternía por afrenta. Y porque se había divulgado que habían de degollar al don Pedro, y ya no se hacía, habían acordado de degollar en su lugar a Francisco Maldonado".

En parecidos términos se expresa el cosmógrafo y cronista Alonso de Santa Cruz: "D. Pedro Pimentel, sobrino del Conde de Benavente y nieto del Doctor de Talavera, mancebo esforzado y dispuesto y muy de corazón comunero, y no fuese degollado con Juan de Padilla y Juan Bravo á causa que el Conde de Benavente, su tío, que se halló en aquella batalla, trabajó mucho por salvarle la vida".

De Pedro Maldonado sabemos que fue en primera instancia el encargado por la Junta en Salamanca de dirigir las milicias locales. Sin embargo, debido a su cercanía familiar a uno de los más firmes colaboradores del rey Carlos I, el Conde de Benavente, su liderazgo causaba algún recelo en los estamentos populares de la ciudad. Su primo, Francisco Maldonado, pasó a capitanearlas, aunque luego compartieron el mando.

En torno a la figura de Pedro Maldonado existe una gran confusión a la hora de fijar su filiación y genealogía. Pedro Mártir de Anglería (1457-1526), en carta al gran Canciller de 27 de abril de 1521 le supone nieto del Conde: "D. Pedro Maldonado por el padre, y Pimentel por la madre, que era otro Capitán de los de Salamanca, fue librado de la pena misma por la protección de su abuelo el Conde de Benavente: pero está bien guardado. Se le envió al Castillo de Simancas".

Sabemos, efectivamente, que Pedro Maldonado era hijo de Arias Maldonado y de Juana de Pimentel, propietarios de la Casa de las Conchas de Salamanca. De hecho, el motivo repetido de las veneras de su fachada que ha hecho mundialmente famoso este edificio estaría relacionado, según Julián Álvarez Villar, con el escudo familiar de los Pimentel. Su constructor fue el doctor don Rodrigo Maldonado de Talavera, regidor de Salamanca, catedrático, embajador de los Reyes Católicos y fundador de la capilla de Talavera.

La Casa de las Conchas fue reformada y redecorada precisamente con motivo del matrimonio de Arias Maldonado, hijo del fundador de la Casa, con doña Juana Pimentel. Desde esta época las armas de ambos linajes, Maldonados y Pimenteles, engalanan repetidamente diversos ambientes de la fachada y el patio.

Como hemos visto, Sandoval hace a este Pedro Maldonado sobrino de Alonso Pimentel, de lo que se deduciría que su madre, Juana, era hermana del Conde. Sin embargo, ninguna mujer de este nombre figura entre los vástagos de Rodrigo Alfonso Pimentel, IV Conde de Benavente (1451-1499). Por el contrario, los genealogistas han venido identificando a esta Juana como una de las hijas de Pedro Pimentel y Quiñones, hermano del IV Conde y padre del que sería, desde 1541, I Marqués de Tábara: Bernaldino Pimentel. De todo ello resultaría que Juana Pimentel, que ejerció algún tiempo como dama de honor de la Reina Católica, era prima carnal del Conde de Benavente y, por tanto, su hijo Pedro Maldonado Pimentel era, efectivamente, sobrino del mismo pero en segundo grado.

Una vez librado del cadalso, el Conde de Benavente debió pensar que con su influencia y sus buenos oficios conseguiría ablandar la voluntad del Emperador, y se permitió hacerse con la custodia del comunero salmantino.

Pero el protagonismo y el entusiasmo demostrados por Pedro Maldonado en la revuelta habían sido demasiado ostentosos como para dejarlos pasar por alto. El Conde perdió poco después la custodia, y el reo pasó el 20 de mayo de 1521 al castillo de Simancas. En agosto una orden formal de la Corte recomendaba al alcaide de Simancas que sometiera a vigilancia específica a su prisionero.

Los virreyes habían decidido, en ausencia del Rey, castigar a un número reducido de revoltosos. Una comisión de alcaldes de corte comenzó a elaborar listas con los más significativos comuneros y se encargó a las autoridades locales que colaboraran con informes y listas complementarias.

Entonces, don Alonso Pimentel debió ser consciente de lo extremadamente delicado de la situación. Con fecha 13 de diciembre envía una desesperada carta al rey pidiendo el perdón. Le informa de la disposición de Pedro Maldonado para servirle en la Guerra de Francia, y se queja de que su protegido no haya gozado del trato preferente otorgado a otros participantes destacados en la revuelta, cuyos nombres cita.

Para desgracia del noble salmantino, la suerte estaba echada. Apenas llegado a Castilla, en julio de 1522, se hizo patente que las intenciones del rey no iban precisamente en la dirección de otorgar una clemencia indiscriminada. Los procesos, lejos de remitir, se aceleran. En agosto de 1522 el Consejo Real juzga en Palencia a Pedro Maldonado, condenándole a muerte. El texto de la sentencia es el siguiente:

“En el pleyto que ante nos pende entre el licenciado Pedro Ruyz, fiscal de sus magestades acusante de la una parte e don Pedro Pimentel vezinos e regidor de la çibdad de Salamanca, capitan que fue de la comunidad de la dicha çibdad, reo confeso de la otra. Fallamos que el dicho liçenciado Pedro Ruyz provó bien e cumplidamente Por ende devemos condenar y condenamos al dicho don Pedro Pimentel en pena de los delitos y trayçiones cometydos contra su Magestad a pena de muerte natural la qual le sea dada de esta manera: que sea sacado de la carçel donde está preso en la villa de Simancas [en] caballo [o] en una mula, atados los pies y las manos con una cadena al pie, y sea traydo por las calles acostumbradas de la dicha villa, con boz de pregonero que publique sus delitos, y sea llevado a la plaça de la dicha villa, e allí le sea cortada la cabeça con un cuchillo de fierro y azero por manera que muera naturalmiente y le salga el ánima...”.

Como observa Joseph Pérez, hay algunas dudas sobre la fecha exacta de su ejecución. Martín Salas propone el 13 de agosto de 1522, mientras que algún documento de Simancas señala el 14 de agosto. El cumplimiento de la sentencia no fue muy diferente al descrito por Alonso de Santa Cruz para otros procuradores ajusticiados, también en estos mismo días, en Medina del Campo:

"...los cuales fueron sacados de la Mota y llevados á la cárcel pública, y de allí, encima de sendos asnos con sendas sogas á los pescuezos fueron llevados á la plaza y allí el verdugo les cortó las cabezas, viernes á medio día á 14 de Agosto, el cual acto puso mucho espanto á las que lo vieron y muy grandísimo temor á los que lo oyeron".

Un final ciertamente oscuro para un miembro tan brillante de una familia de universitarios. Como diría Manuel Giménez Fernández: "Degollado por haberse sentido más nieto de letrado que sobrino de Grande".

En 1523 se otorgaba un juro a favor de su madre, Juana Pimentel, de las tercias de pan y maravedís de la villa de Talavera, "partido que antes perteneció a don Pedro Maldonado, a quien le fueron confiscados, entre otros bienes, por los delitos que cometió en las alteraciones de las comunidades".

Una vez cumplida la sentencia, el cuerpo del joven comunero fue enterrado en la iglesia de Simancas. Allí permaneció hasta 1526, cuando su desconsolada madre obtuvo permiso del Consejo Real para trasladar sus restos con discreción a Salamanca. Fue enterrado en la capilla familiar del claustro de la Catedral Vieja.

La transcripción completa de la mencionada carta del Conde al Rey, hoy en el Archivo General de Simancas, es la siguiente:

Muy alto e muy poderoso Emperador, Rey e Señor.
Ya vuestra magestad sabe como don Pedro Maldonado está preso en Simancas desde el tiempo que fue tomado en Villalar. El conosçe muy bien el deserviçio que hizo a Vuestra Merced en tiempo de las Comunidades, e por esto desea emendarlo con todo serviçio en esto que se ofreçe de la guerra de Francia, e pues para ello no le falta voluntad a Vuestra Magestad suplica se haga con él lo que así se ha fecho con otros que han tenido la misma culpa y más, que es soltar sus personas e darles toda libertad para yr a servir a esas fronteras de Castilla a su costa, lo cual el quiere cumplir como ellos e mucho mejor que demás de hazerse lo que con muchos se ha fecho, especialmente con don Pero [...] y don Antonio de Quiñones e Quintanilla e su hijo y Gómez de Ávila e Suero del Águila, yo rescibiré muy señalada merçed en ello, e para esto mande Vuestra Alteza enbiar çedula y por ella beso las manos de Vuestra Magestad, que si yo no supiese que esta voluntad tiene don Pedro no ynportunaría a Vuestra Alteza por cosa de vuestro deserviçio, cuya vida e muy alto e muy poderosos estados Nuestro Señor acresçiente e prospere por largos tiempos.

Sentencia y condena de Pedro Maldonado Pimentel en 1522 (Archivo Genera de Simancas)

Medallón de Carlos V en el palacio episcopal de Santa Marta de Tera (Zamora)

Carlos V en la batalla de Mühlber, por Tizano (1548)

Armas de los Maldonado y Pimentel en la Casa de las Conchas de Salamanca

Escudo de los Maldonado en el patio de la Casa de las Conchas de Salamanca

Manuel Picolo y López, "Batalla de Villalar", último tercio del siglo XIX


Doña María Pacheco de Padilla después de Villalar, por Vicente Borrás y Mompó (1881)

Francisco Maldonado, según una ilustración del siglo XIX

miércoles, 15 de abril de 2009

Santuarios marianos de la diócesis de Astorga en el norte de Zamora - Una aproximación histórica

La presencia de advocaciones marianas en el norte de Zamora, dentro del área de influencia de la diócesis de Astorga, es un hecho contrastado desde los primeros siglos medievales. Ya desde comienzos del siglo X, coincidiendo con las primeras noticias documentadas de estas comarcas, hay constancia de la existencia de iglesias, santuarios o incluso demarcaciones territoriales dedicadas a la memoria de la Virgen María.

Así, el pequeño valle regado por el arroyo Regato o Ahogaborricos, también citado en alguna ocasión en las fuentes como Merdavel o Merdivel, fue conocido desde el siglo X como Valle de Santa María, y en algún diploma de esta misma época se hace referencia a Santa María la Antigua, lo que nos evoca una remota iglesia, santuario o monasterio dedicado a la Virgen que, además, jerarquizaría y ordenaría política y espiritualmente todo el entorno.
Romería de Nuestra Señora del Valle en San Román del Valle (Foto: J.I. Martín Benito)

En el norte de Zamora, como ocurre con otras muchas regiones hispanas, las advocaciones marianas han sido históricamente un distintivo de la religiosidad popular. Así mismo, las fiestas y romerías en honor de la Virgen María alcanzaron desde la Edad Media un alto grado de universalidad y popularidad.

Por todo ello, resulta abrumador el número de iglesias, santuarios, ermitas, cofradías, capillas o imágenes dispersos por la geografía regional. Sería un esfuerzo arduo y, probablemente estéril, hacer un recuento aquí y ahora de todas estas manifestaciones. Es por ello por lo que nuestra atención se va a centrar específicamente en los santuarios, esto es en aquellos templos singulares en los que se venera, o se ha venerado, la imagen o reliquia de un santo de especial devoción, en este caso de María.

Cuando hablamos de santuarios marianos de la diócesis de Astorga en Zamora debe hacerse alguna precisión de carácter geográfico e histórico. Como se sabe, el norte de la provincia estuvo desde antiguo repartido entra las jurisdicciones de los obispados de Astorga, León, Oviedo y Zamora. En 1954 varias localidades de la jurisdicción asturicense pasaron a Zamora en virtud del decreto de la Sagrada Congregación Consistorial sobre modificación de límites, principalmente poblaciones de la orilla izquierda del Esla y de la zona de Villafáfila. Esto significa que algún santuario relevante y tradicionalmente astorgano, como el Santuario de la Virgen de los Montes Negros, en Bretó, hoy en día está fuera de nuestro ámbito de estudio. Igualmente, el área de Benavente perteneció desde la Edad Media a la iglesia de Oviedo, lo cual no impidió que alguna parroquia de la villa como Santa María de Renueva o Santa María de Ventosa estuvieran en algún momento bajo dependencia asturicense.

Santuario de Nuestra Señora del Campo en Rosinos de Vidriales (Foto: J.I. Martín Benito)

De esta forma, la demarcación geográfica de la Diócesis en la provincia de Zamora abarca en la actualidad una superficie de 3.526 kms2, un 30, 6 % de la extensión total. Integra dos arciprestazgos desde el año 2006 (Los Valles-Tábara y Sanabria-Carballeda), con un total de 227 comunidades parroquiales correspondientes a 220 poblaciones.

Dentro de este amplio territorio podemos establecer algunos rasgos comunes para caracterizar los principales centros marianos existentes:

En primer lugar debe destacarse que los santuarios más singulares han jerarquizado históricamente la devoción de los valles, comarcas y comunidades de aldea de este entorno. Algunos de ellos se sitúan estratégicamente en el centro de un valle o en el acceso al mismo, o bien coinciden con sus principales núcleos de población.

En la comarca de Sanabria debemos destacar al menos cinco santuarios:

- Virgen de los Remedios (Otero de Sanabria)
- Ntra. Sra. de la Alcobilla (Rábano de Sanabria)
- Ntra. Sra. de las Nieves (San Ciprián de Sanabria)
- Ntra. Sra. de Gracia (Vigo de Sanabria)
- Virgen de las Nieves o de la Tuiza (Chanos - Lubián)

En la Carballeda:
- Virgen de la Carballeda (Rionegro del Puente)
- Virgen de la Peregrina (Donado)
- Ntra. Sra. de la Ribera (Sejas de Sanabria)

En el Valle del Tera
- Virgen de las Encinas (Abraveses de Tera)
- Virgen del Agavanzal (Olleros de Tera)
- Virgen de la Vega (Vecilla de Trasmonte)
- Virgen de las Nieves (San Pedro de Ceque)

En el Valle de Valverde
- Virgen del Carmen (Navianos de Valverde)

En el Valle de Vidriales:
- Ntra. Sra. del Campo (Rosinos de Vidriales)

En el Valle de Santa María:
- Nuestra Señora del Valle (San Román del Valle)

En la Tierra de Tábara
- Iglesia de Santa María (Tábara)
Santuario de la Virgen del Carmen en Navianos de Valverde (Foto: J.I. Martín Benito)

En segundo lugar debe hacerse alguna referencia a la evolución cronológica. Lógicamente, en muy pocos casos contamos con datos fehacientes sobre el origen de estas devociones, y cuando nos remitimos a la tradición popular, ésta proporciona explicaciones habitualmente legendarias. La fábrica de estos templos puede aportar alguna información en este sentido, pues conservan en algunos casos estructuras románicas o góticas. Observamos, además, como varios de estos santuarios se erigieron en lugares especialmente significativos, están sacralizando castros prehistóricos o asentamientos romanos, perpetúan el recuerdo de despoblados o antiguas aldeas medievales, o remiten a monasterios extinguidos o primitivos lugares de culto.

Así Nuestra Señora del Campo, en Rosinos de Vidriales, se asienta al pie de los solares de Petavonium, un antiguo campamento romano, perfectamente documentado, en la Vía XVII que discurría de Asturica Agusta a Bracara Augusta. La Virgen de las Encinas de Abraveses de Tera responde a un típico asentamiento castreño, con el significativo topónimo de Casares y que ha proporcionado, además, diversos hallazgos arqueológicos. El Santuario de Nuestra Señora del Valle se corresponde con un monasterio del siglo XV de la Orden Tercera Franciscana, que a su vez podría ser heredero de otro monasterio o centro de culto altomedieval. De la devoción a la Virgen del Agavanzal no existen apenas noticias sobre su origen, pero sabemos que desde el siglo XIV contaba con gran predicamento en el valle del Tera, según consta en alguna manda testamentaria. La iglesia de Santa María de Tábara no es en la actualidad un santuario pero debió ser un lugar de culto destacado durante toda la Edad Media. Parece que el templo románico fue levantado sobre los restos del monasterio Tabarense, dedicado a San Salvador y fundado por San Froilán a fines del siglo IX. En este cenobio vivieron monjes entregados a la producción de códices miniados, entre los cuales destaca un famoso Beato, hoy en el Archivo Histórico Nacional.
Santuario de la Peregrina en Donado (Foto: J.I. Martín Benito)

Las propias imágenes de las vírgenes titulares de cada uno de estos santuarios también pueden proporcionar algunas matizaciones de índole cronológico. Varias de ellas se corresponden con tallas románicas o góticas, lo que las sitúa al menos entre los siglos XII y XV. Los ejemplares más antiguos son los de Abraveses de Tera, Rionegro del Puente, Rábano de Sanabria, Vecilla de Trasmonte y Vigo de Sanabria. Otras, sin duda, debieron ser también románicas o góticas en su origen, pero fueron sustituidas en época barroca por imágenes vestideras o de bastidor. En algún caso, como en Abraveses de Tera, se han conservado ambas tallas, habiendo quedado la más antigua relegada a un espacio secundario de la iglesia parroquial. En Rionegro del Puente la imagen titular de la Virgen de la Carballeda fue readaptada a las nuevas modas barrocas, con mutilaciones en la talla románica que la hacen prácticamente irreconocible. La Virgen original de Rosinos de Vidriales fue robada a finales de los años 60, siendo sustituida por una talla moderna inspirada en la antigua. Uno de los santuarios más tardíos y, por tanto, mejor documentados, es el de la Virgen de la Peregrina de Donado, en la Carballeda. Su imagen es una preciosa figura de marfil donada en 1789 por el dominico Manuel Obelar, natural de esta población y Vicario del Tonkín Oriental (Vietnam del Norte). El soberbio edificio, iniciado en 1817, no se concluyó hasta 1888.

Todas estás imágenes son objeto de la devoción popular durante todo el año, pero es lógicamente durante el ciclo asociado a la festividad de la patrona cuando se concentran las celebraciones. Son las cofradías, fiestas, romerías y ferias vinculadas a cada uno de estos santuarios.

Existe algún otro elemento destacado que ha marcado profundamente el devenir de alguno de estos centros de culto. Nos estamos refiriendo al fenómeno de las peregrinaciones. No debe olvidarse que en el norte de Zamora confluían importantes de vías comunicación que a su vez enlazaban con las rutas jacobeas. Son varios los santuarios marianos de la comarca asociados de una forma u otra al culto al Apóstol, pero el más significativo es el de la Virgen de la Carballeda en Rionegro del Puente. Su historia, y la de la Cofradía de los Falifos propietaria del santuario, se relaciona con la construcción y reparación de puentes, arreglo de caminos, hospitales y la atención a pobres y peregrinos.

Este artículo es un extracto de la ponencia presentada en el Congreso "María, en la fe del Pueblo de Dios", organizado en Ponferrada por la Cátedra de la Facultad de Teololgía de la Universidad Pontificia de Salamanca los días 24 al 26 de abril de 2009.