jueves, 21 de mayo de 2009

La mota de Castrogonzalo - Castillos y fortalezas en el alfoz de Benavente

Panorámica de Castrogonzalo, con vista de la ladera sur del cerro

El castillo de Benavente no fue el único castillo o fortificación existente dentro de su alfoz medieval. Dentro del dilatado territorio que conformó la Tierra del concejo existieron otras torres y fortificaciones menores que tuvieron su peso específico en las estructuras defensivas y militares del territorio. De algunas de ellas, solamente podemos constatar su existencia por puntuales menciones en las fuentes. Otras, en cambio, no cuentan con registro documental, pero como contrapartida ofrecen restos materiales de interés reconocibles sobre el terreno. La nómina de fortificaciones es bastante amplia y engloba ejemplos muy dispares: Granucillo de Vidriales, Ayóo de Vidriales, Castillo de Mira, Bretó, Castropepe, Mózar-Milles de la Polvorosa, San Miguel del Valle, Castrogonzalo, Manganeses de la Polvorosa, Camarzana, Castroferrol, Arrabalde, San Pedro de la Viña, etc.

En el caso de Castrogonzalo, el asentamiento más antiguo se localiza en la parte más alta de la población, en el llamado cerro de "El Castillo", donde se han recogido en superficie materiales cerámicos correspondientes a la I Edad del Hierro, con evidencias de abandono y de otro nivel originado por la ocupación medieval. Una excavación arqueológica de urgencia en este mismo lugar en 2016 reveló, además, estructuras de cabañas de la cultura de Soto de Medinilla.

El poblado, de considerables dimensiones a juzgar por la extensión del área, debía estar defendido naturalmente por su parte occidental por el brusco talud abierto sobre el río, mientras que el resto de los sectores, con una pendiente bastante más suave, facilitaría el acceso y obligaría a crear potentes defensas terreras artificiales. En el cerro hay un vértice geodésico sobre los 758 m. de altitud, mientras que el nivel del río está sobre los 705 m. Esta situación privilegiada proporcionaba un dominio visual de dos zonas geográficas bien diferenciadas: por una parte, el borde suroccidental de la Tierra de Campos, y por otra, la vega del Esla en su confluencia con el tramo final del río Cea. 

La aparición de Castrogonzalo en las fuentes, en la primera mitad del siglo X, está ligada de alguna manera a su papel militar. Es en este momento cuando en varios diplomas leoneses comenzamos a encontrar menciones a "Castro de Gundisalvo" y "Castrum Gundisalvo Iben Muza".

La separación política de León y Castilla a la muerte de Alfonso VII en 1157, hizo que las plazas militares más o menos próximas a la difusa línea fronteriza entre ambos reinos adquirieran un particular interés. La sucesión de fases de actividad militar y de paz, así como la falta de accidentes geográficos fácilmente reconocibles, hacen difícil concretar sobre el terreno las zonas que controlaba cada reino en Tierra de Campos. Castrogonzalo no se encontraba estrictamente en la frontera entre León y Castilla, pero sí en las tierras que podían ser objeto de litigio entre ambos reinos. 

Los posteriores tratados de paz y las complejas capitulaciones que dan vía libre al matrimonio de Alfonso IX con su sobrina Berenguela, hija del monarca Castellano, también tienen sus consecuencias para nuestra población. El enlace había tenido lugar en Valladolid en octubre de 1197, pero es en 1199 cuando se acuerda la entrega de una dote de treinta castillos leoneses con sus alfoces, entre ellos “Castrum Gonzalui”, que queda bajo la custodia del noble Nuño Rodríguez.

Algunos años después, en el tratado de Cabreros de 1206, Alfonso IX y Alfonso VIII llegan a un nuevo acuerdo para delimitar la frontera, concretar la soberanía sobre los castillos y dejar despejado el problema sucesorio en León a favor de Fernando, nieto del rey Castellano. El tratado resultó ventajoso para los intereses castellanos. Berenguela cedía Cabreros a su hijo y renunciaba a la tenencia de los castillos de las arras, entre ellos Castrogonzalo. En compensación la reina recibiría varias rentas, que fueron acrecentadas en 1207 con otras en Valencia, Castroverde, Castrogonzalo y otros lugares. Sin embargo, el rey leonés ocupó en 1212 por la fuerza la plaza junto con otras largamente demandadas, de la mano de Pedro Fernández el Castellano. 

En 1230, al unificarse definitivamente los dos reinos, Fernando III acordó en la Concordia de Benavente con sus hermanas Sancha y Dulce el pago de una generosa indemnización por los derechos sucesorios. Entre las garantías se pactó la entrega temporal de Castrogonzalo, junto con otras plazas leonesas.

En el siglo XV se acometieron importantes intervenciones en la Mota de Castrogonzalo. Las primeras noticias pueden remontarse al segundo conde de Benavente, pues consta la supresión del pago del pedido para compensar los servicios extraordinarios demandados en la construcción de una fortaleza. Una vez terminada, solamente se dieron 500 mrs. para reparar sus muros.

Pero las obras de refortificación de la Mota de Castrogonzalo mejor documentadas se desarrollaron en el año 1466, durante el mandato del IV conde de Benavente, Rodrigo Alfonso Pimentel (1451-1499). Una mirada rápida al contexto político del reino en torno a esta fecha pone de manifiesto que estos trabajos no fueron producto de un capricho del conde, o de una coyuntura estrictamente concejil o comarcal. Varios acontecimientos relevantes, y concatenados, se producían en el reino de Castilla en aquellos meses convulsos del reinado de Enrique IV (1454-1474).

La rivalidad mantenida en este tiempo entre Osorios y Pimenteles explica, junto con la delicada coyuntura política del reino, la iniciativa del conde en 1466 de realizar trabajos de refortificación en la Mota de Castrogonzalo. Su situación estratégica junto el paso del Esla, en los límites del condado y colindante con Fuentes de Ropel, antigua aldea del concejo de Benavente ahora en los dominios de los Osorio, muevió a las autoridades municipales a asegurar la plaza. Vital era también mantener y consolidar Castrogonzalo para evitar la pérdida de otro enclave no menos importante: San Miguel del Valle, auténtica cabeza de puente aislada ahora totalmente en las tierras hostiles de los Osorio.

No estamos ante la construcción de una fortaleza "ex novo", sino que se remozó o rehabilitó una edificación que ya había sufrido otras intervenciones anteriores. Los trabajos documentados debieron consistir fundamentalmente en levantar o reparar un recinto fortificado, al que se alude en varias ocasiones como “cortijo”. Este recinto contaba con una puerta principal de acceso defendida con un baluarte, y al menos "dos caramanchones" superpuestos a los muros. Uno sobre dicha puerta y otro "cabe la yglesia del Barrio de Arriba", que podemos identificar sin dificultad con el actual templo de San Miguel.

Además, a fin de hacer más pronunciado el desnivel entre el cerro y la ladera donde se asentaba la población, en diversos tramos se cavó o labró el talud. Aparecen así menciones a "peinar la cava", "peinar la Mota" o "peynar en la cuesta de la parte del río". Expresiones que deben interpretarse en su sentido literal de quitar parte de piedra o tierra de una roca o montaña escarpándola. El término “cava” tal vez aluda también a la construcción de un foso, aunque su uso concreto en varios pasajes del documento ofrece diversas interpretaciones.

La materia prima básica empleada en la construcción y restauración de la Mota de Castrogonzalo en el año 1466 fue el barro, destacando especialmente el tapial como modalidad constructiva, si bien en algunos tramos también se utilizó el adobe. Estamos pues ante un ejemplo clásico de fortificación terrera.

El tapial y el adobe han constituido desde la Prehistoria las técnicas constructivas tradicionales de las edificaciones populares de buena parte de las poblaciones de Castilla y León. Su empleo con fines defensivos en fortificaciones terreras es patente durante toda la Edad Media. Dado que el entorno no proporcionaba otros materiales más consistentes y duraderos, un buen número de murallas y castillos se hicieron con gruesas tapias. José Avelino Gutiérrez González documenta el empleo del tapial en los recintos de las cercas de Sahagún, Valderas, Valencia de Don Juan, Cabezón de Valderaduey, Mayorga, Benavente, Castroverde de Campos y Villafáfila entre los siglos XII y XIII. Gómez Moreno sugiere que ya en época de Fernando II se utilizó esta técnica para construir el primitivo perímetro amurallado de Benavente, obra a la que califica de “morisca”. Por su parte, Pascual Martínez Sopena evidencia la utilización generalizada de tapiales de barro en la construcción de cercas en las villas de Tierra de Campos, circunstancia que ha contribuido a que, con demasiada frecuencia, no se conserven restos visibles.

El libro de “Cuentas de las Cercas” del Archivo Municipal de Benavente proporciona información pormenoriza sobre los trabajos de preparación de tapiales y adobes en las obras de la Mota de Castrogonzalo. Para la fabricación de los tapiales era elemento fundamental las llamadas puertas de tapiar, estructuras de madera dispuestas formando cajones que se llenaban con tierra convenientemente humedecida y cohesionada. Para lograr esto último, era preciso apisonarla fuertemente con recios golpes de mazo, denominado comúnmente pisón. Se trata de una herramienta rematada en una arista, ligeramente chata para poder apretar bien la tierra contra las puertas. Las puertas estaban formadas por dos costales, que se sujetaban con sogas para asegurar su consistencia. Las hiladas siguientes de tapias se superponían a las ya construidas, apoyándose en agujas, estacas de madera que atravesaban el barro, de forma que una vez seco dejaban unas marcas muy características en las juntas. La tarea de armar las puertas, esto es de montar la estructura de madera en el tramo de la muralla que se iba a reconstruir o reparar, requería la colaboración de un carpintero. 

En cuanto al adobe, el sistema de fabricación también nos es bien conocido. Una vez obtenida la tierra apropiada, se cribaba minuciosamente para limpiarla de impurezas y se mezclaba con paja, A continuación, se le añadía agua y se pisaba de forma repetida para cohesionarla. El barro obtenido se volcaba sobre unos moldes rectangulares de madera: las adoberas o gradillas, retirándose el sobrante con un rasero para conseguir así una superficie lisa. Terminados estos trabajos, los adobes se dejaban secar al sol durante unos días, volteándoles de vez en cuando para que el sol y el viento actuaran sobre uno u otro costado. El adobe, aunque de apariencia más endeble y delicada, ofrecía ciertas ventajas sobre el tapial en las tareas constructivas, pues podía ser manipulado con mayor comodidad en las construcciones de altura, y era muy adecuado para la fabricación de arcos, bóvedas, cúpulas, etc. En Castrogonzalo, se utilizaron ladrillos de adobe en los caramanchones y en ciertos tramos de la cerca. Muy probablemente su disposición sería semejante a la que Gómez Moreno alcanzó a ver en la muralla de Benavente, dónde entre tapial y tapial mediaban hileras de adobes y lajas de piedra:

“El muro, aunque carcomido y deshecho en su mayor parte, a causa de su fragilidad, reconócese que era alto y con torrecillas cuadradas; entre tapial y tapial median hileras de adobes y lajas, y los trozos restaurados de mampostería conservan almenas con saeteras”.

No menos importante que la propia construcción de los muros, a base de tapiales y adobes, era el aprovisionamiento y acarreo de los materiales. La tierra necesaria para elaborar el barro la proporcionaban varios bueyes que araban el terreno destinado al efecto. Después, se servía a los tapiadores en talegas. El agua se conseguía en el río, y se subía al castro mediante recuas de asnos. También era necesario alquilar carros y carretas para trasportar la madera y la piedra.

Todos estos trabajos en la Mota fueron realizados por una auténtica legión de obreros que percibían su salario por día trabajado. El importe de los jornales era satisfecho por el mayordomo de las cercas, que anotaba minuciosamente en sus libros de cuentas el alquiler de las bestias de carga y las herramientas, la compra de materiales, los salarios pagados y, en ocasiones, el tramo o sector del cerro afectado por las obras. Lógicamente se establecen diferencias según la categoría y especialización de los obreros. Los carpinteros disfrutan de un salario sensiblemente mayor que alcanza los 25 mrs., y también hay una distinción en función de que las personas contratadas procedan de Benavente o sean de la propia aldea: “Este dicho día andovieron tres obreros de aquí, de Benavente, a traer agua con çinco asnos para aguar tierra en la dicha Mota para tapiar, a catorse mrs. a cada uno en que montan quarenta e dos mrs.”.

Respecto al montículo artificial, conocido popularmente en la localidad como “El Gurugú”, no hemos encontrado referencias concretas en esta documentación, tal vez por que su construcción pudo ser anterior en el tiempo. El término mota, empleado con frecuencia en las obras de 1466, parece referirse en sentido genérico al conjunto del cerro o castro, sin que se diferencie dentro de él esta segunda estructura. Este tipo de motas terreras artificiales parecen ser más propias de los siglos XII y XIII, especialmente durante el periodo de guerras fronterizas entre León y Castilla. Es en este momento cuando los avances tácticos dejan desfasados los viejos recintos castreños, que deben refortificarse para una mejor defensa del territorio.

En Castrogonzalo, en el extremo suroeste del poblado castreño, el más protegido por la mayor altura del escarpe, se construyó efectivamente una "mota" similar a otra reconocible en Bretó. Se aumentaba así el valor defensivo de la meseta, sobreelevada ya de por sí por los niveles antrópicos antiguos, incluidos los de la ocupación medieval anterior. La construcción del depósito de agua, la nivelación de tierras y la excavación de bodegas bajo ella, impiden en la actualidad reconocer el foso y las proporciones originales de este montículo.

Cerro del Castillo

Cerro del Castillo

Vista de la Calle del Castillo

Bodegas y "covarachos" excavados en las arcillas del cerro del castillo

Restos de la "Mota" de Castrogonzalo

Restos de la "Mota" de Castrogonzalo

Restos de la "Mota" de Castrogonzalo


jueves, 7 de mayo de 2009

Aquel invierno de 1909 - Las inundaciones en los Valles de Benavente

"Los vecinos de Santa Cristina de la Polvorosa, auxiliados por la Guardia Civil, desescombrando los solares que ocuparon sus destruidas viviendas".

Las peculiares características orográficas de la comarca de Benavente, junto con la confluencia en el entorno de los principales ríos de la región -Órbigo, Esla, Tera, Cea y sus respectivos afluentes- han hecho de esta encrucijada de caminos un factor destacado para explicar el poblamiento antiguo del territorio y su intenso aprovechamiento agrario. Las fértiles vegas de los Valles han constituido el principal motor de una economía basada desde las épocas más remotas en el sector agropecuario. El problema del paso de los numerosos ríos -sobre todo durante los meses invernales o en las épocas de las temibles crecidas tuvo como principal consecuencia la creación de una compleja red de puentes, pontones, barcas y vados.

Pero aquello que concede riqueza también puede, en un momento dado, arrebatarla. Una topografía extremadamente llana y la escasa, o nula, regulación de sus cuencas, favorecieron históricamente la presencia de inundaciones que, como auténticas plagas bíblicas, han venido castigando a sus pobladores, a veces, con serio peligro para vidas y haciendas.

Como se sabe, es la irregular distribución de las precipitaciones, tanto en el espacio como en el tiempo, la principal causa de las variaciones del régimen de los caudales. En los climas mediterráneos periódicamente los ríos sobrepasan su cauce ordinario y producen la inmersión de las zonas cercanas al cauce. En los Valles de Benavente, esta problemática ha tenido una incidencia contundente y cíclica, como queda reflejado en la documentación de archivo. Pero la crecida de los últimos días de diciembre de 1909 fue especial, y por ello ha quedado grabada en la memoria colectiva de estos pueblos como una de las más devastadoras.

La edición del lunes 27 de diciembre de 1909 del Heraldo de Zamora daba a conocer la noticia a cuatro columnas y con gran aparato tipográfico: “Desbordamiento de los ríos. Pueblos y campos arrasados por las aguas”. Ya en el cuerpo de la noticia se daba cuenta de los pormenores de la catástrofe, cuyo contenido se resume a continuación a partir de la edición de este día y de los ejemplares de las semanas siguientes.

El día 21 de diciembre, sobre las cinco de la tarde comenzó una lluvia torrencial, acompañada de fortísimo viento, de forma que el coche correo, que desde Puebla de Sanabria hacía la ruta hacia Benavente, tuvo que suspender la salida. Al día siguiente, al llegar el corresponsal del periódico a Colinas de Trasmonte, procedente de la Puebla, el cuadro que se ofrecía a su vista daba a entender que las inundaciones en aquella parte tenían la máxima gravedad. La carretera había sido preciso cortarla en varios tramos a fin de evitar la inundación del pueblo. Los vecinos de Santa Cristina de la Polvorosa se habían presentado en caravana huyendo del desastre, mientras las campanas de la iglesia no paraban de tocar. Muchos de ellos habían pasado la noche entera en el monte de la Cervilla.

El día 23 pudo, por fin, el coche correo continuar hacia Santa Cristina, pues el río había mermado su caudal. Las aguas inundaban todo el llano hasta dar vista a Benavente. El paso del puente era peligroso, todos las huertas estaban inundadas y gran parte del pueblo era un montón de ruinas. La línea telegráfica estaba cortada en varios puntos por la caída de los postes. La Guardia Civil de los puestos hasta Mombuey brillaba por su ausencia, pues en Colinas y Santa Cristina no había ninguna pareja, ninguna autoridad que organizase salvamentos, que repartiera trabajos o facilitara el paso del coche correo.

En la mañana del día 25 se organizó desde Benavente una expedición de autoridades para visitar la zona afectada. Previamente, un tren procedente de Zamora con personalidades de la capital fue recibido por las fuerzas vivas en la Estación de Benavente y en la fábrica de harinas La Sorribas, propiedad de Felipe González. Entre los expedicionarios estaba lo más granado de las élites locales y provinciales de la Restauración: el gobernador civil, Santos Arias de Miranda; el alcalde de Benavente, Augusto Alonso; los ingenieros Agustín Ruiz y Antonio Velao, Leopoldo Tordesillas, Ventura Madrigal, Felipe González, Cecilio Chacón y Antonio Cordero, sobrestantes; Avencio Guerra, Argimiro Gutiérrez, Luis Morán, Julio Ayuso y Carlos Calamita por el Heraldo de Zamora.

La comitiva, no sin dificultades, alcanzó Santa Cristina de la Polvorosa, ocupada ya por multitud de habitantes de los pueblos limítrofes. Vecinos de Manganeses y Colinas, principalmente, prestaban auxilio a los damnificados. La mayoría de las casas se habían convertido en escombros, y sus moradores permanecían junto a ellas en busca de sus enseres.

Un número apreciable de cabezas de ganado yacían muertas en sus establos, mientas que al resto se las había llevado el río. La única vivienda que no parecía haber sufrido los efectos de la inundación era la de José Pernía, alcalde del pueblo. Don Leopoldo Tordesillas ofreció cobijar en fincas de su propiedad a una parte de los afectados, acordándose recoger a los restantes en el desamortizado convento de Santo Domingo de Benavente.

El gobernador provincial, Arias de Miranda, después de un reconocimiento del terreno, leyó a los presentes varios telegramas del ministro de la Gobernación en los que se manifestaba el propósito del Gobierno de "subvenir a las necesidades de los damnificados con socorros que aminoren la magnitud de la catástrofe".

Según relataba el maestro del pueblo, sobre las once de la noche del día 22 el río Órbigo comenzó a desbordarse un kilómetro más abajo de Manganeses de la Polvorosa. La manga que originó se extendió súbitamente sobre Santa Cristina, sorprendiendo al vecindario. Una parte huyó hacia el puente sobre el río, mientras que otros se acogieron en la dehesa de la Casa de la Patilla, en La Cervilla. La marea de las aguas alcanzó muchos kilómetros a la redonda, y éstas siguieron subiendo durante el día 23 hasta alcanzar un nivel de cuatro metros y veinte centímetros, según la escala que había en los pilares del puente. La avalancha atravesó el pueblo a una altura de dos metros y medio. Milagrosamente no se contabilizaron víctimas.

En febrero de 1910 se anunciaba en la prensa que 200 familias se disponían a ir a Madrid en busca de asilo benéfico y gestionar, mientras tanto, su marcha para América. Una comisión del Ayuntamiento de Santa Cristina visitó en marzo al gobernador provincial para pedirle “carta de socorro para trasladarse a Madrid e implorar la caridad pública para ellos y demás vecinos que han quedado sin albergue ni hacienda”.

El Gobierno Civil repartió en los meses siguientes 57.000 pts. entre los damnificados por las inundaciones de Benavente. De estas, 20.000 pts. correspondieron a Santa Cristina y 10.000 a Abraveses, como pueblos más afectados. Verdenosa, Redelga y Vecilla recibieron 8.500; 5.000 Fresno; 5.000 Santa Croya; 5.000 Villanueva de Azoague; 1.500 Benavente y 500 pts. Manganeses de la Polvorosa y Milles, respectivamente.

La noticia trascendió el ámbito local y provincial, y fue objeto de particular atención en los medios de comunicación nacionales. La edición de La Vanguardia del viernes, 31 de diciembre de 1909 se hacía eco de los acontecimientos: “En Abraveses (Zamora) el temporal destruyó 135 edificios, obligando a los vecinos a buscar albergue en los pueblos inmediatos. El gobernador ha propuesto al gobierno que se otorgue una recompensa al sargento de la Guardia Civil José Martín Rubio y a la fuerza a sus órdenes, por haber salvado la vida a muchos vecinos de Villanueva y Santa Cristina, con riesgo de la suya. Se elogió la conducta de muchos guardas de campo, por la parte tomada en el salvamento. Se ha acordado que se constituya en Zamora una Junta Provincial, presidida por el gobernador, para proceder al reparto de las cantidades giradas por el gobierno”.

Las inundaciones afectaron en aquellas fechas a buena parte de los afluentes del Duero, como destacaba otra publicación nacional: “Las persistentes lluvias que desde Noviembre último han venido descargando sobre la Península han tenido su desenlace natural: la inundación. La región más castigada ha sido esta vez Castilla la Vieja; el Duero y muchos de sus afluentes de ambas márgenes han tenido extraordinarias crecidas que han causado inmensos daños, especialmente en Zamora, Salamanca y Valladolid, donde han destruido puentes y edificios, entre ellos numerosos molinos harineros, y anegado los campos. En Salamanca las casas destruidas pasan de cuarenta. En Ciudad Rodrigo quedó completamente anegado el barrio del Arrabal del Puente que tuvo que ser desalojado, y la corriente se llevó centenares de cabezas de ganado. Las casas destruidas fueron allí más de cincuenta, pero otras muchas quedaron inhabitables, resultando trescientas familias sin albergue. El próximo puente de Siega Verde, inaugurado hacía pocos días, fue completamente destruido. En Valladolid el Pisuerga creció nueve metros”.

Vecinos de Santa Cristina de la Polvorosa en tareas de desescombro y limpieza

Grupo de autoridades, Guardia Civil y vecinos evaluando los daños en Santa Cristina de la Polvorosa

"Las Inundaciones en Villanueva de Azoague (Zamora). Algunos vecinos contemplando las ruinas de sus viviendas".

"Habitantes del pueblo de Santa Cristina de la Polvorosa procediendo a la cremación y enterramiento del ganado vacuno que pereció arrastrado por las aguas".

"La Guardia Civil en Abraveses de Tera, prodigando consuelos al vecindario. En este pueblo no quedó ni una sola casa en pie".

La crecida del río Tormes en 1909 a su paso por Salamanca

martes, 28 de abril de 2009

1521, y en abril para más señas - Una lágrima en la mejilla del Conde

"Ejecución de los comuneros de Castilla", por Antonio Gisbert Pérez (1860)

Uno de los rasgos definitorios de la alta política del linaje Pimentel a lo largo de su dilatada trayectoria, fue el de haber sabido siempre estar en lugar apropiado en el momento adecuado.

Los condes, como norma general, no salieron mal parados en cuantos procesos de crisis política o guerra civil se vieron involucrados. Su apoyo incondicional a la monarquía les reportó cuantiosos réditos, dentro del habitual sistema de concesión de mercedes a los partidarios y de confiscaciones a los desafectos. La coincidencia continua de este linaje con el bando vencedor en cada momento explica que la cuantía de villas, juros, mercedes, etc., se fuera incrementado de generación en generación.

Durante la llamada Guerra de las Comunidades de Castilla el emperador Carlos I tuvo en Alonso Pimentel, V Conde de Benavente (1499-1530), uno de sus apoyos más firmes. No sólo defendió invariablemente los intereses de la Corona durante el desarrollo del conflicto, sino que estuvo presente en la batalla final de Villalar, el 23 de abril de 1521, a la que acudió con gran hueste en apoyo de los Realistas. Junto a él se encontraban otros notables del reino, como recordaría el Conde de Haro:

"Pasose el conde de Benavente con su gente a tomar la una punta del lugar; el condestable se pasó delante de la batalla real, y yo con la vanguardia; y en haciendo la punta que hizo el conde de Benavente, rompí con la vanguardia por mitad de los escuadrones de los enemigos; y en los que quedaron a la mano derecha rompieron el condestable y el conde de Miranda y el comendador mayor de Castilla y los continos y los otros grandes y toda la otra gente que allí venía; y en los que quedaron a la mano izquierda rompió el conde de Benavente [...] Serían muertos y heridos obra de mil hombres, de los cuales mató muchos el artillería. Luego otro día, miércoles 24 abril, degollaron a Juan de Padilla y Juan Bravo y a Francisco Maldonado, allí en Villalar, y de allí vino a rendirse Valladolid, la cual se perdonó, aunque se exceptuaron a doce personas, y la misma orden se llevó en todas las otras ciudades".

A pesar del éxito evidente de aquella empresa para los intereses del linaje, el magnate benaventano no pudo evitar verse salpicado desagradablemente por los daños colaterales, en este caso con consecuencias trágicas.

Suele señalarse a Juan Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, capitanes respectivamente de las milicias de Toledo, Segovia y Salamanca, como los principales cabecillas del movimiento comunero. Como se sabe, los tres serían ejecutados tras juicio sumarísimo, el 24 de abril de 1521, pocas horas después de ser apresados en las campas de Villalar. Pero entre los derrotados de aquella célebre batalla se encontraban otros nobles y personajes distinguidos. Algunos corrieron mejor suerte y consiguieron, al menos momentáneamente, salvar sus vidas.

Entre ellos estaba el salmantino Pedro Maldonado Pimentel, al parecer primo de aquél Francisco Maldonado y, como su segundo apellido delata, perteneciente a la parentela del Conde de Benavente. Don Pedro tenía que haber sido ejecutado con sus compañeros de armas en aquella mañana de abril, pero la intervención del Conde permitió aplazar su proceso, al menos, hasta el regreso del Emperador.

Según el dictamen inicial, Francisco Maldonado no debía ser ejecutado sino encarcelado en Tordesillas. Sin embargo, como cuenta Sandoval, cuando los realistas conducían al salmantino, desnudo y maltratado, a la localidad vallisoletana se produjo un hecho insólito: "llegó el general de los dominicos y le dijo que los gobernadores mandaban volver a Francisco Maldonado para le degollar, porque el conde de Benavente había hablado con ellos pidiéndoles con eficacia que no degollasen a don Pedro Maldonado en su presencia, porque era su sobrino y lo ternía por afrenta. Y porque se había divulgado que habían de degollar al don Pedro, y ya no se hacía, habían acordado de degollar en su lugar a Francisco Maldonado".

En parecidos términos se expresa el cosmógrafo y cronista Alonso de Santa Cruz: "D. Pedro Pimentel, sobrino del Conde de Benavente y nieto del Doctor de Talavera, mancebo esforzado y dispuesto y muy de corazón comunero, y no fuese degollado con Juan de Padilla y Juan Bravo á causa que el Conde de Benavente, su tío, que se halló en aquella batalla, trabajó mucho por salvarle la vida".

De Pedro Maldonado sabemos que fue en primera instancia el encargado por la Junta en Salamanca de dirigir las milicias locales. Sin embargo, debido a su cercanía familiar a uno de los más firmes colaboradores del rey Carlos I, el Conde de Benavente, su liderazgo causaba algún recelo en los estamentos populares de la ciudad. Su primo, Francisco Maldonado, pasó a capitanearlas, aunque luego compartieron el mando.

En torno a la figura de Pedro Maldonado existe una gran confusión a la hora de fijar su filiación y genealogía. Pedro Mártir de Anglería (1457-1526), en carta al gran Canciller de 27 de abril de 1521 le supone nieto del Conde: "D. Pedro Maldonado por el padre, y Pimentel por la madre, que era otro Capitán de los de Salamanca, fue librado de la pena misma por la protección de su abuelo el Conde de Benavente: pero está bien guardado. Se le envió al Castillo de Simancas".

Sabemos, efectivamente, que Pedro Maldonado era hijo de Arias Maldonado y de Juana de Pimentel, propietarios de la Casa de las Conchas de Salamanca. De hecho, el motivo repetido de las veneras de su fachada que ha hecho mundialmente famoso este edificio estaría relacionado, según Julián Álvarez Villar, con el escudo familiar de los Pimentel. Su constructor fue el doctor don Rodrigo Maldonado de Talavera, regidor de Salamanca, catedrático, embajador de los Reyes Católicos y fundador de la capilla de Talavera.

La Casa de las Conchas fue reformada y redecorada precisamente con motivo del matrimonio de Arias Maldonado, hijo del fundador de la Casa, con doña Juana Pimentel. Desde esta época las armas de ambos linajes, Maldonados y Pimenteles, engalanan repetidamente diversos ambientes de la fachada y el patio.

Como hemos visto, Sandoval hace a este Pedro Maldonado sobrino de Alonso Pimentel, de lo que se deduciría que su madre, Juana, era hermana del Conde. Sin embargo, ninguna mujer de este nombre figura entre los vástagos de Rodrigo Alfonso Pimentel, IV Conde de Benavente (1451-1499). Por el contrario, los genealogistas han venido identificando a esta Juana como una de las hijas de Pedro Pimentel y Quiñones, hermano del IV Conde y padre del que sería, desde 1541, I Marqués de Tábara: Bernaldino Pimentel. De todo ello resultaría que Juana Pimentel, que ejerció algún tiempo como dama de honor de la Reina Católica, era prima carnal del Conde de Benavente y, por tanto, su hijo Pedro Maldonado Pimentel era, efectivamente, sobrino del mismo pero en segundo grado.

Una vez librado del cadalso, el Conde de Benavente debió pensar que con su influencia y sus buenos oficios conseguiría ablandar la voluntad del Emperador, y se permitió hacerse con la custodia del comunero salmantino.

Pero el protagonismo y el entusiasmo demostrados por Pedro Maldonado en la revuelta habían sido demasiado ostentosos como para dejarlos pasar por alto. El Conde perdió poco después la custodia, y el reo pasó el 20 de mayo de 1521 al castillo de Simancas. En agosto una orden formal de la Corte recomendaba al alcaide de Simancas que sometiera a vigilancia específica a su prisionero.

Los virreyes habían decidido, en ausencia del Rey, castigar a un número reducido de revoltosos. Una comisión de alcaldes de corte comenzó a elaborar listas con los más significativos comuneros y se encargó a las autoridades locales que colaboraran con informes y listas complementarias.

Entonces, don Alonso Pimentel debió ser consciente de lo extremadamente delicado de la situación. Con fecha 13 de diciembre envía una desesperada carta al rey pidiendo el perdón. Le informa de la disposición de Pedro Maldonado para servirle en la Guerra de Francia, y se queja de que su protegido no haya gozado del trato preferente otorgado a otros participantes destacados en la revuelta, cuyos nombres cita.

Para desgracia del noble salmantino, la suerte estaba echada. Apenas llegado a Castilla, en julio de 1522, se hizo patente que las intenciones del rey no iban precisamente en la dirección de otorgar una clemencia indiscriminada. Los procesos, lejos de remitir, se aceleran. En agosto de 1522 el Consejo Real juzga en Palencia a Pedro Maldonado, condenándole a muerte. El texto de la sentencia es el siguiente:

“En el pleyto que ante nos pende entre el licenciado Pedro Ruyz, fiscal de sus magestades acusante de la una parte e don Pedro Pimentel vezinos e regidor de la çibdad de Salamanca, capitan que fue de la comunidad de la dicha çibdad, reo confeso de la otra. Fallamos que el dicho liçenciado Pedro Ruyz provó bien e cumplidamente Por ende devemos condenar y condenamos al dicho don Pedro Pimentel en pena de los delitos y trayçiones cometydos contra su Magestad a pena de muerte natural la qual le sea dada de esta manera: que sea sacado de la carçel donde está preso en la villa de Simancas [en] caballo [o] en una mula, atados los pies y las manos con una cadena al pie, y sea traydo por las calles acostumbradas de la dicha villa, con boz de pregonero que publique sus delitos, y sea llevado a la plaça de la dicha villa, e allí le sea cortada la cabeça con un cuchillo de fierro y azero por manera que muera naturalmiente y le salga el ánima...”.

Como observa Joseph Pérez, hay algunas dudas sobre la fecha exacta de su ejecución. Martín Salas propone el 13 de agosto de 1522, mientras que algún documento de Simancas señala el 14 de agosto. El cumplimiento de la sentencia no fue muy diferente al descrito por Alonso de Santa Cruz para otros procuradores ajusticiados, también en estos mismo días, en Medina del Campo:

"...los cuales fueron sacados de la Mota y llevados á la cárcel pública, y de allí, encima de sendos asnos con sendas sogas á los pescuezos fueron llevados á la plaza y allí el verdugo les cortó las cabezas, viernes á medio día á 14 de Agosto, el cual acto puso mucho espanto á las que lo vieron y muy grandísimo temor á los que lo oyeron".

Un final ciertamente oscuro para un miembro tan brillante de una familia de universitarios. Como diría Manuel Giménez Fernández: "Degollado por haberse sentido más nieto de letrado que sobrino de Grande".

En 1523 se otorgaba un juro a favor de su madre, Juana Pimentel, de las tercias de pan y maravedís de la villa de Talavera, "partido que antes perteneció a don Pedro Maldonado, a quien le fueron confiscados, entre otros bienes, por los delitos que cometió en las alteraciones de las comunidades".

Una vez cumplida la sentencia, el cuerpo del joven comunero fue enterrado en la iglesia de Simancas. Allí permaneció hasta 1526, cuando su desconsolada madre obtuvo permiso del Consejo Real para trasladar sus restos con discreción a Salamanca. Fue enterrado en la capilla familiar del claustro de la Catedral Vieja.

La transcripción completa de la mencionada carta del Conde al Rey, hoy en el Archivo General de Simancas, es la siguiente:

Muy alto e muy poderoso Emperador, Rey e Señor.
Ya vuestra magestad sabe como don Pedro Maldonado está preso en Simancas desde el tiempo que fue tomado en Villalar. El conosçe muy bien el deserviçio que hizo a Vuestra Merced en tiempo de las Comunidades, e por esto desea emendarlo con todo serviçio en esto que se ofreçe de la guerra de Francia, e pues para ello no le falta voluntad a Vuestra Magestad suplica se haga con él lo que así se ha fecho con otros que han tenido la misma culpa y más, que es soltar sus personas e darles toda libertad para yr a servir a esas fronteras de Castilla a su costa, lo cual el quiere cumplir como ellos e mucho mejor que demás de hazerse lo que con muchos se ha fecho, especialmente con don Pero [...] y don Antonio de Quiñones e Quintanilla e su hijo y Gómez de Ávila e Suero del Águila, yo rescibiré muy señalada merçed en ello, e para esto mande Vuestra Alteza enbiar çedula y por ella beso las manos de Vuestra Magestad, que si yo no supiese que esta voluntad tiene don Pedro no ynportunaría a Vuestra Alteza por cosa de vuestro deserviçio, cuya vida e muy alto e muy poderosos estados Nuestro Señor acresçiente e prospere por largos tiempos.

Sentencia y condena de Pedro Maldonado Pimentel en 1522 (Archivo Genera de Simancas)

Medallón de Carlos V en el palacio episcopal de Santa Marta de Tera (Zamora)

Carlos V en la batalla de Mühlber, por Tizano (1548)

Armas de los Maldonado y Pimentel en la Casa de las Conchas de Salamanca

Escudo de los Maldonado en el patio de la Casa de las Conchas de Salamanca

Manuel Picolo y López, "Batalla de Villalar", último tercio del siglo XIX


Doña María Pacheco de Padilla después de Villalar, por Vicente Borrás y Mompó (1881)

Francisco Maldonado, según una ilustración del siglo XIX

miércoles, 15 de abril de 2009

Santuarios marianos de la diócesis de Astorga en el norte de Zamora - Una aproximación histórica

La presencia de advocaciones marianas en el norte de Zamora, dentro del área de influencia de la diócesis de Astorga, es un hecho contrastado desde los primeros siglos medievales. Ya desde comienzos del siglo X, coincidiendo con las primeras noticias documentadas de estas comarcas, hay constancia de la existencia de iglesias, santuarios o incluso demarcaciones territoriales dedicadas a la memoria de la Virgen María.

Así, el pequeño valle regado por el arroyo Regato o Ahogaborricos, también citado en alguna ocasión en las fuentes como Merdavel o Merdivel, fue conocido desde el siglo X como Valle de Santa María, y en algún diploma de esta misma época se hace referencia a Santa María la Antigua, lo que nos evoca una remota iglesia, santuario o monasterio dedicado a la Virgen que, además, jerarquizaría y ordenaría política y espiritualmente todo el entorno.
Romería de Nuestra Señora del Valle en San Román del Valle (Foto: J.I. Martín Benito)

En el norte de Zamora, como ocurre con otras muchas regiones hispanas, las advocaciones marianas han sido históricamente un distintivo de la religiosidad popular. Así mismo, las fiestas y romerías en honor de la Virgen María alcanzaron desde la Edad Media un alto grado de universalidad y popularidad.

Por todo ello, resulta abrumador el número de iglesias, santuarios, ermitas, cofradías, capillas o imágenes dispersos por la geografía regional. Sería un esfuerzo arduo y, probablemente estéril, hacer un recuento aquí y ahora de todas estas manifestaciones. Es por ello por lo que nuestra atención se va a centrar específicamente en los santuarios, esto es en aquellos templos singulares en los que se venera, o se ha venerado, la imagen o reliquia de un santo de especial devoción, en este caso de María.

Cuando hablamos de santuarios marianos de la diócesis de Astorga en Zamora debe hacerse alguna precisión de carácter geográfico e histórico. Como se sabe, el norte de la provincia estuvo desde antiguo repartido entra las jurisdicciones de los obispados de Astorga, León, Oviedo y Zamora. En 1954 varias localidades de la jurisdicción asturicense pasaron a Zamora en virtud del decreto de la Sagrada Congregación Consistorial sobre modificación de límites, principalmente poblaciones de la orilla izquierda del Esla y de la zona de Villafáfila. Esto significa que algún santuario relevante y tradicionalmente astorgano, como el Santuario de la Virgen de los Montes Negros, en Bretó, hoy en día está fuera de nuestro ámbito de estudio. Igualmente, el área de Benavente perteneció desde la Edad Media a la iglesia de Oviedo, lo cual no impidió que alguna parroquia de la villa como Santa María de Renueva o Santa María de Ventosa estuvieran en algún momento bajo dependencia asturicense.

Santuario de Nuestra Señora del Campo en Rosinos de Vidriales (Foto: J.I. Martín Benito)

De esta forma, la demarcación geográfica de la Diócesis en la provincia de Zamora abarca en la actualidad una superficie de 3.526 kms2, un 30, 6 % de la extensión total. Integra dos arciprestazgos desde el año 2006 (Los Valles-Tábara y Sanabria-Carballeda), con un total de 227 comunidades parroquiales correspondientes a 220 poblaciones.

Dentro de este amplio territorio podemos establecer algunos rasgos comunes para caracterizar los principales centros marianos existentes:

En primer lugar debe destacarse que los santuarios más singulares han jerarquizado históricamente la devoción de los valles, comarcas y comunidades de aldea de este entorno. Algunos de ellos se sitúan estratégicamente en el centro de un valle o en el acceso al mismo, o bien coinciden con sus principales núcleos de población.

En la comarca de Sanabria debemos destacar al menos cinco santuarios:

- Virgen de los Remedios (Otero de Sanabria)
- Ntra. Sra. de la Alcobilla (Rábano de Sanabria)
- Ntra. Sra. de las Nieves (San Ciprián de Sanabria)
- Ntra. Sra. de Gracia (Vigo de Sanabria)
- Virgen de las Nieves o de la Tuiza (Chanos - Lubián)

En la Carballeda:
- Virgen de la Carballeda (Rionegro del Puente)
- Virgen de la Peregrina (Donado)
- Ntra. Sra. de la Ribera (Sejas de Sanabria)

En el Valle del Tera
- Virgen de las Encinas (Abraveses de Tera)
- Virgen del Agavanzal (Olleros de Tera)
- Virgen de la Vega (Vecilla de Trasmonte)
- Virgen de las Nieves (San Pedro de Ceque)

En el Valle de Valverde
- Virgen del Carmen (Navianos de Valverde)

En el Valle de Vidriales:
- Ntra. Sra. del Campo (Rosinos de Vidriales)

En el Valle de Santa María:
- Nuestra Señora del Valle (San Román del Valle)

En la Tierra de Tábara
- Iglesia de Santa María (Tábara)
Santuario de la Virgen del Carmen en Navianos de Valverde (Foto: J.I. Martín Benito)

En segundo lugar debe hacerse alguna referencia a la evolución cronológica. Lógicamente, en muy pocos casos contamos con datos fehacientes sobre el origen de estas devociones, y cuando nos remitimos a la tradición popular, ésta proporciona explicaciones habitualmente legendarias. La fábrica de estos templos puede aportar alguna información en este sentido, pues conservan en algunos casos estructuras románicas o góticas. Observamos, además, como varios de estos santuarios se erigieron en lugares especialmente significativos, están sacralizando castros prehistóricos o asentamientos romanos, perpetúan el recuerdo de despoblados o antiguas aldeas medievales, o remiten a monasterios extinguidos o primitivos lugares de culto.

Así Nuestra Señora del Campo, en Rosinos de Vidriales, se asienta al pie de los solares de Petavonium, un antiguo campamento romano, perfectamente documentado, en la Vía XVII que discurría de Asturica Agusta a Bracara Augusta. La Virgen de las Encinas de Abraveses de Tera responde a un típico asentamiento castreño, con el significativo topónimo de Casares y que ha proporcionado, además, diversos hallazgos arqueológicos. El Santuario de Nuestra Señora del Valle se corresponde con un monasterio del siglo XV de la Orden Tercera Franciscana, que a su vez podría ser heredero de otro monasterio o centro de culto altomedieval. De la devoción a la Virgen del Agavanzal no existen apenas noticias sobre su origen, pero sabemos que desde el siglo XIV contaba con gran predicamento en el valle del Tera, según consta en alguna manda testamentaria. La iglesia de Santa María de Tábara no es en la actualidad un santuario pero debió ser un lugar de culto destacado durante toda la Edad Media. Parece que el templo románico fue levantado sobre los restos del monasterio Tabarense, dedicado a San Salvador y fundado por San Froilán a fines del siglo IX. En este cenobio vivieron monjes entregados a la producción de códices miniados, entre los cuales destaca un famoso Beato, hoy en el Archivo Histórico Nacional.
Santuario de la Peregrina en Donado (Foto: J.I. Martín Benito)

Las propias imágenes de las vírgenes titulares de cada uno de estos santuarios también pueden proporcionar algunas matizaciones de índole cronológico. Varias de ellas se corresponden con tallas románicas o góticas, lo que las sitúa al menos entre los siglos XII y XV. Los ejemplares más antiguos son los de Abraveses de Tera, Rionegro del Puente, Rábano de Sanabria, Vecilla de Trasmonte y Vigo de Sanabria. Otras, sin duda, debieron ser también románicas o góticas en su origen, pero fueron sustituidas en época barroca por imágenes vestideras o de bastidor. En algún caso, como en Abraveses de Tera, se han conservado ambas tallas, habiendo quedado la más antigua relegada a un espacio secundario de la iglesia parroquial. En Rionegro del Puente la imagen titular de la Virgen de la Carballeda fue readaptada a las nuevas modas barrocas, con mutilaciones en la talla románica que la hacen prácticamente irreconocible. La Virgen original de Rosinos de Vidriales fue robada a finales de los años 60, siendo sustituida por una talla moderna inspirada en la antigua. Uno de los santuarios más tardíos y, por tanto, mejor documentados, es el de la Virgen de la Peregrina de Donado, en la Carballeda. Su imagen es una preciosa figura de marfil donada en 1789 por el dominico Manuel Obelar, natural de esta población y Vicario del Tonkín Oriental (Vietnam del Norte). El soberbio edificio, iniciado en 1817, no se concluyó hasta 1888.

Todas estás imágenes son objeto de la devoción popular durante todo el año, pero es lógicamente durante el ciclo asociado a la festividad de la patrona cuando se concentran las celebraciones. Son las cofradías, fiestas, romerías y ferias vinculadas a cada uno de estos santuarios.

Existe algún otro elemento destacado que ha marcado profundamente el devenir de alguno de estos centros de culto. Nos estamos refiriendo al fenómeno de las peregrinaciones. No debe olvidarse que en el norte de Zamora confluían importantes de vías comunicación que a su vez enlazaban con las rutas jacobeas. Son varios los santuarios marianos de la comarca asociados de una forma u otra al culto al Apóstol, pero el más significativo es el de la Virgen de la Carballeda en Rionegro del Puente. Su historia, y la de la Cofradía de los Falifos propietaria del santuario, se relaciona con la construcción y reparación de puentes, arreglo de caminos, hospitales y la atención a pobres y peregrinos.

Este artículo es un extracto de la ponencia presentada en el Congreso "María, en la fe del Pueblo de Dios", organizado en Ponferrada por la Cátedra de la Facultad de Teololgía de la Universidad Pontificia de Salamanca los días 24 al 26 de abril de 2009.

martes, 31 de marzo de 2009

In vino veritas - Vinos y viñedos en el concejo de Benavente


La vendimia en el calendario agrícola de San Isidoro de León

Como ya sentenció Plinio el Viejo en su Historia Universal: in vino veritas, en el vino está la verdad o, visto desde otra perspectiva, la verdad se revela a quienes se dejan atrapar por su embrujo. La fascinación del hombre por el preciado néctar es tan antigua como los propios orígenes de la civilización. Su influjo se extiende universalmente por todos los pueblos y culturas. En torno al vino se ha forjado todo un universo de palabras para describir sabores y aromas, toda una liturgia para conservarlo y servirlo, y todo un arte para distinguir y apreciar sus calidades.

El cultivo de la vid en la región de Benavente y los Valles tiene un origen antiquísimo, estando atestiguado, al menos, desde la época de la colonización altomedieval. Ya en el siglo X son frecuentes las cartas de compra, venta, donación, permuta, etc., en las que el objeto de la transacción son viñas, bien de forma aislada, o bien formando parte de unidades de explotación más amplias: las heredades.

Desde el siglo XIV se pone de manifiesto una situación de autoabastecimiento en la villa en relación con la producción de vinos, circunstancia que conocemos mediante un privilegio otorgado por Alfonso XI en 1338 al concejo. Según informaba Alfonso Yáñez, vecino de la ciudad y canciller del infante don Enrique, en la villa había "grant pieça de vinnas e abondamiento de vino de uuestra cogecha para todo el anno".

Con este panorama, el concejo intentó a toda costa evitar la competencia de los caldos foráneos, elaborando unas ordenanzas proteccionistas. La principal preocupación era evitar la entrada del denominado vino de acarreo o de fuera aparte. Se fijaban también unas fechas límite para poder encubar el mosto autóctono en las bodegas de la villa. El plazo comprendía desde el día de la vendimia hasta la festividad de San Andrés. Sin embargo, estas ordenanzas, así como otras disposiciones posteriores relacionadas con la protección del viñedo, no debieron ser suficientes para evitar la presencia de vinos de otras regiones en la villa. Su condición de centro de intercambios de comarcas de diversa orientación económica debió favorecer la afluencia de caldos de diversa procedencia. Por otra parte, la observancia de las disposiciones concejiles pasaba por un férreo control de los accesos a la ciudad, y en particular una rigurosa vigilancia de la muralla y sus diferentes puertas. Esto no siempre era posible, y como muchas viviendas contaban con su propia bodega debía ser relativamente fácil eludir a los fieles del concejo.

Unas ordenanzas del siglo XV sobre el llamado vino de fuera aparte ponen de manifiesto la existencia de un floreciente comercio clandestino de vino, que utilizaba los arrabales y despoblados cercanos a la villa como base de operaciones. Para acabar de complicar la situación, la llegada de los Pimentel al señorío de la villa a partir de 1398 vino a suponer un nuevo agravio para la actividad vitivinícola benaventana, al menos en un principio. En un memorial enviado por el concejo en 1400 a Enrique III, los vecinos se quejaban de que el conde Juan Alfonso Pimentel "mientras el su vino se vende manda a los pregoneros de la villa que non apregonen otro vino commo el suyo, por lo qual rresçiben muy grande agravio, e lo vno por los non dar lugar para vender su vino, el otro por lo vender mucho mas caro".

En las Ordenanzas de la Villa de Benavente del siglo XVII se vuelve de nuevo sobre el viejo asunto del vino de fuera aparte, reiterando una vez más la prohibición de introducirlo en la villa, arrabales o alrededores. Además de la consiguiente multa al infractor, el vino, mosto, calda o uvas confiscados son expuestos públicamente en el Corrillo de San Nicolás. Los odres contenedores del preciado líquido deben ser apuñalados y la uva quemada en sus cestos.

En cuanto al vino admitido en la villa, esto es el procedente de la cosecha de los herederos poseedores de viñas autóctonas, debe respetar un calendario para poder ser vendimiado y encubado dentro de los muros de la ciudad. Se pretende así evitar la entrada de mostos no fiscalizados por el concejo, o bien el hacer pasar vino foráneo por el local. Dos eran los impuestos más importantes que gravaban los caldos benaventanos. Por una parte estaba la alcabala, impuesto de carácter real que suponía un 10 % del valor de las mercancías. En Benavente las alcabalas estaban en manos del Conde, y por tanto la alcabala del vino estaba también bajo su control. La otra gabela era la sisa, también cobrada en el acto mismo de la compraventa del producto, y que en nuestra ordenanza se describe como un derecho perteneciente a la Corona.

Según las citadas ordenanzas, en Benavente se comercializaban tres variedades de vino: tinto, blanco y aguapié. Respecto a los dos primeros no sabemos cuál de ellos era el más apreciado, aunque lo habitual en otras villas de la región era que el blanco alcanzara un mayor precio en los mercados. En cuanto al aguapié, se trataba de un vino de muy baja graduación y calidad que se obtenía echando agua en el orujo pisado y apurado en el lagar. Su precio era, obviamente, muy inferior al de los caldos de calidad, pero algunas veces se hacía pasar fraudulentamente por vino genuino, lo que explica un epígrafe de la ordenanza dedicado a este particular.

Privilegio de Alfonso XI al Concejo de Benavente sobre el vino de fuera aparte (1338)
   
Almacenes de vino de Juan Otero Colino en Benavente hacia 1914 (Foto cortesía de Bodegas Otero)

Las viñas constituían un cultivo predominante, junto con el cereal, en el terrazgo benaventano. La importancia del viñedo queda reflejada en sus continuas alusiones en la documentación municipal y en las cartas de compraventa. Por otra parte, muchas de las casas de los vecinos contaban con su bodega, lagares, cubas, tinas, vigas u otros instrumentos de vinificación, prueba evidente del grado de autoabastecimiento existente entre la población. Aunque los cultivos estaban distribuidos por todo el término, había ciertos pagos especializados por sus favorables condiciones edafológicas, como ocurría con las zonas del río Salado, San Lázaro, Valleoscuro, Valcarrero, el Camino de Astorga, o el Prado de las Viñas. Estas explotaciones estaban generalmente próximas a la red de caminos y relacionadas con antiguas aldeas y núcleos de población (Brive, San Lázaro, Azoague, etc.), herencia a su vez del antiguo poblamiento altomedieval. Todo ello favorecía el acceso a las tierras, la vigilancia y el transporte de un producto sumamente delicado y perecedero hacia los lagares y bodegas de la villa.

La producción de vino era tan apreciada y codiciada que los oficiales concejiles pusieron especial empeño en su protección y vigilancia. Cuando las circunstancias lo exigían, en época de maduración del fruto o de vendimia, los propios agricultores ponían guardas por turnos, que llegaban incluso a dormir en los bacillares. Muchos eran los enemigos que tenían las cepas: el ganado, los cazadores, los perros, los pájaros y, particularmente, los ladrones. El concejo benaventano venía legislando desde antiguo sobre la vigilancia de los viñedos. Así el Libro de Actas de 1434 incluye una Ordenanza del viñedo plantado cerca del río Salado, en el que, a su vez, se hace alusión a otras normas redactadas con anterioridad en la misma línea: "por cuanto el conçejo desta dicha villa tiene fecho ordenança de como se a de guardar los cotos de las viñas e panes desta dicha villa la qual sería qui largo de espeçificar".

En torno al río Salado se concentraban en el siglo XV un buen número explotaciones vitivinícolas, por lo que los vecinos y moradores en Brive, San Lázaro y Villanueva de Azoague, debían de poner especial cuidado en el cumplimiento del ordenamiento. Una nueva Ordenanza sobre la guarda del viñedo se redacta en 1470, dirigida a proteger el fruto de la vid, tanto de personas como de animales. Las penas son particularmente severas, pues aparte de la consiguiente multa se prevén castigos físicos: "que le den por esta villa çinquenta açotes", o la exposición a la vergüenza pública: "que esté en un çesto tres horas en la picota". Para el año 1497 contamos con unas Ordenanzas sobre guardas de viñas y cotos, que se den por condición a los arrendadores, que vienen a abundar en la misma problemática.

En las ordenanzas del siglo XVII el asunto central es el robo de uvas. Solía hacerse de noche, utilizando cestos y capas, aprovechando la menor vigilancia o la impunidad que proporcionaba la oscuridad. Los asaltantes utilizaban disfraces para no ser reconocidos y, con frecuencia, empleaban la violencia o las amenazas contra los vigilantes. La multa prevista para estos delincuentes era de 400 mrs. si el daño se producía a la luz del día y 800 mrs. si se realizaba con nocturnidad. Todo ello es fiel indicio del gran peso económico que se otorgaba a la producción y comercialización del vino en el concejo.

Viñedos en Castro Ventosa (Cacabelos)

martes, 24 de marzo de 2009

El Libro Becerro del VI Conde de Benavente - La contaduría de la casa Pimentel


Detalle de la placa del Libro Becerro del VI Conde de Benavente

El VI conde de Benavente

Antonio Alfonso Pimentel (1514-1575), VI Conde y III Duque de Benavente (1530-1575), fue hijo del V Conde, Alonso Pimentel, y de Ana Hernández de Velasco y Herrera. Nació en Benavente en 1514. Fue titular del condado de Benavente tras la muerte del primogénito de la familia, Rodrigo Pimentel, pues aunque éste llegó a ser V conde de Mayorga, nunca pudo gozar de la posesión del cetro de la casa. Según Fernández de Oviedo en sus “Batallas y Quinquagenas”, “este murió en edad de seys años”.

Antonio Alfonso Pimentel casó con Luisa Enríquez y Girón, hija de Fernando Enríquez, V Almirante de Castilla, y de María Girón. Fue uno de los nobles más destacados e influyentes del reinado de Carlos V, acompañando al emperador en algunos de sus viajes europeos. Participó activamente en 1535 en la campaña de Alemania y en la famosa expedición a Túnez contra Barbarroja. En 1554 su palacio-fortaleza de Benavente alojó durante varios días al entonces príncipe Felipe, futuro Felipe II. El relato de la estancia de la comitiva real en el palacio, y en otros espacios señoriales de recreo, tales como el Jardín y El Bosque, fue descrito con todo lujo de detalles por Andrés Muñoz. En 1567 fue nombrado virrey y capitán general del reino de Valencia, cargos que desempeñaría hasta 1571.

Durante el reinado de Felipe II mantuvo su vinculación y lealtad a la corona. Acompañó al monarca en 1548-1549 en su viaje a los Paíse Bajos, asistiendo a los numerosos festejos y agasajos que se realizaron al paso de la comitiva real. En 1565 formó parte del cortejo que llevó a la reina Isabel de Valois a Bayona.

Las crónicas describen a Antonio Pimentel como un personaje amante de las artes y las letras. Entre su cultivada corte de servidores cabe destacar a su secretario, Antonio de Torquemada, autor de diversas obras de gran difusión en su época como los "Colloquios satíricos" o el "Jardín de Flores curiosas".

Murió el conde en Valladolid, el 20 de febrero de 1575, "entre las diez y las once, antes de media noche". En su testamento expresaba su deseo de que "mi cuerpo sea sepultado en el monesterio de San Francisco de la mi villa de Benavente, en la capilla mayor donde están los cuerpos de los muy illustres señores don Alonso Pimentel y doña Ana de Velasco y de Herrera, su muger, conde y condesa de Benavente, mis padres, y del muy illustre señor conde don Rodrigo Alfonso Pimentel, mi abuelo, y de los otros mis señores anteçesores que en gloria sean, y que allí pongan y entierren mi cuerpo en la bóbeda del dicho enterramiento, a los pies de los dichos señores mis padres, llanamente, sin poner piedra ni tumba enzima".

Ledo del Pozo, en su "Historia de la nobilísima villa de Benavente, indica que sus hijos fueron los siguientes:

- Don Luis, VII conde.
- Don Juan Alfonso, VIII conde.
- Doña María, mujer de don Fadrique de Toledo, IV duque de Alba, conde de Salvatierra. Felipe II creó a doña María duquesa de Huéscar, por cuyo motivo han usado desde entonces este título las mujeres de los primogénitos de los duques de Alba.
- Doña Luisa, mujer de don Juan Álvarez de Toledo, V conde de Oropesa y Deleitosa.

Sin embargo, Domingo de Ascargorta en su "Origen de los Condes Duques de Benavente y su apellido Pimentel" recoge una descendencia  bastante más numerosa, con un total de 11 hijos:

- Don Luis Alfonso Pimentel, conde de Mayorga.
- Don Juan Alfonso Pimentel, conde de Luna.
- Don Alonso Pimentel.
- Don Pedro Pimentel.
- Don Jerónimo Pimentel.
- Don Francisco Pimentel.
- Don Antonio Pimentel.
- Don Fernando Pimentel.
- Doña Luisa Pimentel, que casó con don Juan Álvarez de Toledo, quinto conde de Oropesa.
- Doña María Pimentel, que casó con don Fadrique de Toledo, duque de Huesca (sic), primo segundo del duque de Alba.
- Doña Ana Pimentel, que murió doncella.

La familia de Antonio Alfonso Pimentel, VI conde de Benavente


El manuscrito

Este manuscrito proporciona una ingente la información sobre los estados del condado de Benavente a mediados del siglo XVI. Al margen de su indudable interés histórico y documental, constituye por sí mismo una auténtica joya bibliográfica. Presenta una encuadernación mudéjar de las denominadas "de cartera", compuesta de una cubierta de piel adornada de lacerías con cintas y ocho estrellas, también bordadas, con el mismo sistema. La parte interior fue forrada con badana, revelándose todas las puntadas de las lacerías.

La encuadernación en cartera, junto con los cueros repujados y los motivos platerescos son algunos de los elementos definidores de la encuadernación española del Renacimiento. La influencia mudéjar se manifiesta en la profusión de figuras geométricas, lacerías, cruces, manecillas de metal, así como por el uso de terciopelos y filigranas de oro y plata. Durante todo el siglo XVI persiste en la Península el estilo mudéjar en la encuadernación, que coexiste con otras corrientes artísticas foráneas. Los fundamentos de esta técnica de la cartera fueron establecidos por los guadamacileros en los siglos XIII y XIV. Las cubiertas de cartera nacieron para salvaguardar con mayores garantías los libros, siendo complementadas habitualmente con cierres basados en correas y hebillas. Uno de los focos principales de esta modalidad de encuadernación fue la ciudad de Toledo, donde los artesanos judíos y algunos clérigos revestían los libros siguiendo estas técnicas.

El estado general de conservación del manuscrito es muy aceptable, aunque a lo largo de su historia ha debido sufrir diversas alteraciones. Además, el libro fue sometido a una cuidada restauración en los años 1985 y 1986. En el siglo XVII era descrito de la siguiente manera: “...un libro de papel de marca mayor, dorados los cantos de las hojas, forrado en baqueta carmesí, pespuntada la cubierta con trencilla de seda cabellada, con una correa del mesmo cuero con un remate a la postre de plata en que está un escudo con cinco conchas a la mano derecha y dos castillos y un león a la izquierda”.

Sirve de cierre al ejemplar una correa central que envuelve la solapa y rodea toda la encuadernación. La correa está jalonada de veneras de plata, noble remache y refuerzo de cada uno de los orificios. Se completa el conjunto con una hebilla o pasador de plata y una placa del mismo metal, todo ello de genuina inspiración plateresca. Dada la calidad de la labor de platería, y de la documentación existente sobre la compra de diversos objetos de este metal por parte del VI conde a partir de 1530, la autoría de estas piezas se ha puesto en relación con la producción del platero Antonio de Arfe (ca.1505-1575).

La decoración del pasador o hebilla tiene una disposición simétrica, con una pareja de personajes tocados con casco y, sobre ellos, dos dragones o grifos con sus cabezas opuestas.

La placa es una pieza de gran belleza plástica. Por su tamaño y diseño sobrepasa con creces sus fines prácticos para convertirse en un elemento de ostentación y realce de todo el códice. Fue concebida como un auténtico ex libris, remate acorde con la distinción de su propietario y el valor otorgado a su contenido. De forma rectangular, con un apéndice triangular, está claveteada con sus correspondientes remaches en la parte posterior para fijarse a la correa. Tiene su reverso presidido por una concha muy estilizada, grabada con finas incisiones y rodeada por lambrequines. Hay que recordar que la concha o venera fue un motivo decorativo habitual, no sólo en el escudo de los Pimentel, sino en toda la iconografía y la edilicia asociada a la familia.

En su anverso lleva por motivos principales las cinco veneras del linaje Pimentel, a la izquierda, y las armas de los Enríquez, almirantes de Castilla, a la derecha. Estos asuntos están enmarcados por una moldura de finos listeles y una delicada cenefa a base de roleos y flores. En la parte inferior, rodeado de cortinajes, hay un medallón de talla renacentista. Cobija el tondo un personaje de reminiscencias clásicas, una representación alegórica del sexto titular de la casa de Benavente, Antonio Pimentel, bajo la efigie de Hércules o Heracles tocado de la piel del león de Nemea.

Según el relato de la mitología clásica, el primero de los doce trabajos de Heracles fue matar al león de Nemea y despojarle de su piel. El fiero animal había estado aterrorizando los alrededores, y tenía una piel tan gruesa que resultaba impenetrable a las armas. Heracles intentó en vano desollar al león. Por fin Atenea, disfrazada de vieja bruja, ayudó a Heracles al advertir que las mejores herramientas para cortar la piel eran las propias garras del león. De esta forma, gracias a la intervención de Atenea, consiguió el héroe la piel del león, que desde entonces vistió a modo de armadura. Durante la Edad Media y el Renacimiento el mito de Hércules se convirtió en un exponente de las virtudes asociadas a los miembros de la nobleza.

Libro Becerro del VI Conde de Benavente (1545)

La vinculación entre el hijo de Zeus y Alcmena, y la iconografía de la casa condal de Benavente es bien conocida. Según recoge Antonio de Torquemada en su descripción del Jardín del Conde estaba “a la entrada de él un gran patio, que en las paredes de él estaban pintados los trabajos de Hércules con algunas historias del Rey David”. Igualmente, una cabeza de un joven Hércules con la piel del león de Nemea se conserva en el Monasterio de Santa Clara, muy probablemente de la misma procedencia y de cronología romana.

Nuestro manuscrito es una fuente de tipo hacendístico de carácter sistemático. Es un completo inventario de los derechos, rentas y bienes pertenecientes a los condes de Benavente en las villas, aldeas y lugares de su jurisdicción. Como muchos de estos derechos estaban asociados a la participación fiscal en las rentas del Concejo de Benavente se copiaron in extenso las ordenanzas municipales correspondientes. Por todo ello el valor histórico de todo este corpus documental es muy apreciable.

El núcleo central del texto fue redactado en torno al año 1545, bajo el mandato, como se ha dicho, del VI Conde, pero con posterioridad se fueron añadiendo anotaciones con otros derechos complementarios, donde no faltan rectificaciones y aclaraciones. En total el libro se compone de 468 folios, aunque de ellos solamente los 357 primeros están escritos. 451 folios están foliados y los 17 últimos sin foliar. Sus medidas son 420 x 295 mm. Su primer folio lleva el siguiente encabezamiento: "Libro Bezerro. Su formación. Año de 1545".

Complemento y ayuda muy recomendable para manejar el ejemplar es el denominado "Índice del libro Becerro". Se trata de un pequeño cuadernillo suelto de 425 x 150 mm., encuadernado en piel, en el que se recogen los distintos pueblos y lugares por orden alfabético, con la indicación del número de folio donde se encuentran.

En los folios 345-348 hay un auto de 21 de marzo de 1670 que se inserta bajo el título: "Antigüedad y authoridad que tiene este Libro Becerro". En él se consigna la confección del libro en 1545 bajo el mandato de Antonio Pimentel y Luisa Enríquez. Pare ser que en este año de 1670 la Contaduría del Conde sometió este manuscrito a una profunda revisión, pues se trataba del instrumento fundamental para la justificación y recaudo de las rentas señoriales. Fruto de todo ello es una extensa diligencia de autentificación, avalada por el testimonio de varios testigos. Entre los firmantes aparece Domingo de Ascargorta. Este personaje es el autor de una obra, aún inédita, denominada "Origen de los Exmos Señores Condes Duques de Benavente y de su apellido Pimentel", manuscrito de 1656.

A partir de 1771, tras el matrimonio de la XV condesa-duquesa de Benavente, María Josefa Pimentel, con Pedro de Alcántara Téllez-Girón, IX duque de Osuna, se extingue el linaje Pimentel y todos sus títulos y propiedades fueron incorporados al patrimonio de esta importante familia noble española. A mediados del siglo XIX, con la quiebra de la Casa de Osuna y el desmantelamiento del patrimonio señorial, se produce la venta y subasta de sus bienes muebles e inmuebles. De esta forma, una parte importante de las propiedades originarias de los Pimentel en la provincia de Zamora, más de 9.000 hectáreas en total, fueron adquiridas, en los años 1869 y 1870, por Fernando Fernández Casariego. Debió ser en este momento cuando el “Libro Becerro del VI Conde de Benavente” pasó al patrimonio familiar de este hidalgo asturiano, muy probablemente formando parte de la documentación probatoria.

Después de diversos avatares la mayor parte de la documentación que guardaban los Pimentel en su palacio-fortaleza y en las casas de la Contaduría de Benavente acabó recalando en la Sección Osuna del Archivo Histórico Nacional. Desde 1993 estos fondos se custodian en la Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional, con sede en la ciudad de Toledo. Conserva este archivo toledano, aparte de una notable colección de legajos y documentos, varios libros de ingresos, rentas y arrendamientos de los Pimentel. Destaca por su antigüedad el denominado “Libro Becerro del Conde don Alonso Pimentel” (AHN, Osuna, leg. 444) correspondiente al III Conde de Benavente, Alonso Pimentel (1440-1459). Este manuscrito, por su estructura y contenido, puede considerarse un antecedente y, en cierta medida, modelo del ejemplar que ahora comentamos.

Como curiosidad debe señalarse que en los dos primeros folios de nuestro Libro Becerro existen ciertas anotaciones de interés relacionadas con la historia de Benavente. No parecen guardar relación con el resto del libro, pues están hechas con letra del siglo XVIII. En una de ellas se recoge cómo el 12 de mayo de 1738 se quemó el reloj de Benavente. En otra hay noticia del "Terremoto de Lisboa" y sus secuelas en la ciudad el 1 de noviembre de 1755. Otra nos relata un gran incendio en la calle de la Rúa, en 1560, quemándose cincuenta y cinco casas, cincuenta correspondientes a la parroquia de San Nicolás y cinco a la de Santa María del Azogue.

Detalle del tondo o medallón con la efigie de Hércules tocado con la piel del león de Nemea

Escudo del VI Conde de Benavente en Santa María del Azogue

El tenor de la anotación del folio 345 es el siguiente:

"En la villa de Benavente a veinte y un días del mes de marzo de mil y seiscientos y setenta años. La contaduría mayor de los estados del Excelentísimo Señor Conde-Duque de Benavente Don Antonio Alfonso Pimentel, mi Señor dijo que por cuanto entre los papeles que hay en esta contaduría mayor esta un libro de papel de marca mayor, dorados los cantos de las hojas, forrado en baqueta carmesí, pespuntada la cubierta con trencilla de seda cabellada, con una correa del mesmo cuero con un remate a la postre de plata en que está un escudo con cinco conchas a la mano derecha y dos castillos y un león a la izquierda, que las primeras son las armas principales de los señores de la Casa de Benavente y las segundas de los Enríquez, almirantes de Castilla, y en la otra cubierta está también una hebilla de plata donde entra y pende la dicha correa, el cual está numerado de nú­meros de guarísmo hasta el folio cuatrocientos y cincuenta y uno, y todas las dichas hojas en todo o en parte están escritas, y las demás que se siguen al dicho número están al presente por numerar, y en las hojas escritas están asentadas las villas y lugares que son, y antiguamente fueron, de este estado en hojas de por sí y lo que cada una paga de la renta cada año a su Excelencia con toda distinción y claridad, que tiene por nombre Libro Becerro y, según parece por lo que está escrito en las hoja trescientos y treinta y una, se escribió el año de mil y quinientos y cuarenta y cinco, en tiempo que vivían los Excelentísimos Señores Condes Don Antonio Pimentel, primero de este nombre, y la Excelentísima Señora Doña Luisa Enríquez, su mujer, por el cual desde que se reformó hasta el presente tiempo se han hecho las rentas y dado a los renteros los requerimientos para cobrar lo que cada uno toca, y siempre que sea ofrecido consultar algunas partidas de las que están escritas y sentadas en dicho libro y presentarlas en juicio sea dado y dé entera fe y crédito a él y a ellas.
Y para que en todo tiempo conste de la antigüedad y autoridad que tiene y ha tenido dicho libro, mandaron se reciba información de los testi­gos más ancianos y de mayor crédito que haya en esta villa y su tierra de lo que saben y han visto del crédito que se debe dar al dicho libro que pide y extraiga ante sus mercedes para proveer [...] Juan Antonio Silvestre, Alejandro de Acosta y Tovar, Domingo de Ascargorta, Don Andrés del Abaurre, ante mí Juan Crespo".

Anotación en el folio 345r.

Anotación en el folio 345v.