martes, 27 de enero de 2009

Nacidos y bautizados en Benavente - El linaje Pimentel en el siglo XVI

Bóvedas de Santa María del Azogue de Benavente

Aunque el palacio-fortaleza de Benavente contaba con una capilla familiar propia, que fue además reiteradamente alabada por cronistas y viajeros, los condes de Benavente del siglo XVI prefirieron celebrar los bautizos de los nuevos miembros del linaje en la iglesia principal de la capital del condado: Santa María del Azogue. Esta práctica fue especialmente significativa durante el mandato del VI Conde, Antonio Pimentel (1530-1576).

El feliz acontecimiento se hacía así partícipe al común de los benaventanos y se oficiaría, según costumbre, con todo la pompa y el boato de la época. Así pues, los nacidos en la fortaleza, tanto los familiares de los condes como sus servidores y criados, fueron bautizados habitualmente en esta iglesia.

Conserva el Archivo Parroquial el "Libro de Bautizados" correspondiente a los años 1521-1634. Durante el siglo XVI son frecuentes las partidas bautismales de personas relacionadas directa o indirectamente con los Pimentel. Los textos están redactados, a diferencia del resto del libro, con un especial esmero caligráfico por los diferentes párrocos.

En 1536 fueron bautizados dos "moritos", traídos por el VI conde, Antonio Pimentel, de sus campañas contra Barbarroja en Túnez, a los que pusieron por nombre Pedro y Miguel. En efecto, en julio de 1535 la armada imperial de Carlos V, bajo el mando de Andrea Doria, andaba atareada en el norte de África. Tomó la plaza fuerte de la Goleta, punto estratégico de las rutas mediterráneas, y puso cerco a Túnez, donde permanecían varios miles de cautivos cristianos. La flota del corsario fue destruida y el Emperador hacía entrada triunfal en Túnez el 20 de julio de 1535. A continuación quedó establecido un protectorado español, mientras se iniciaban una serie de obras de fortificación.

Carlos participó en persona en la deseada cruzada contra el infiel a bordo de la galera Bastarda. Se hizo acompañar, además, del pintor flamenco Vermeyer sobre cuyos cartones se ejecutaron los tapices de Viena. La presencia del Conde de Benavente junto a Carlos V fue destacada por Gonzalo de Illescas:

"El Emperador tenía juntos ya en Barcelona ocho mil infantes y setecientos caballos de sus guardias ordinarias, que, conforme a la costumbre antigua, se pagan en estos reinos para su seguridad, sin otros algunos con que sirvieron los señores de Castilla. Estaban ansimesmo con Su Majestad otros muchos señores y caballeros, que no quisieron quedar ellos holgando y en sus casas, viendo ir a su rey en una demanda tan justa. Destos eran los duques de Alba y Nájera, el conde de Benavente, el marqués de Aguilar, el conde de Niebla, don Luis de Ávila, don Fadrique de Toledo, comendador mayor de Alcántara, y don Fadrique de Acuña, que después fue conde de Buendía, y otras muchas personas de calidad".

En 28 de enero 1551 el primogénito de la Casa fue bautizado en esta iglesia. Luis Alonso Pimentel Herrera y Enríquez, hijo del VI conde y de María Luisa Enríquez, había nacido el día de la Concepción del año anterior. Fue VII conde y IV duque de Benavente, VII conde de Mayorga y II conde de Villalón. Murió, sin embargo muy joven, y sin sucesores el día 8 de abril de 1576. El título pasó entonces a su hermano Juan Alonso Pimentel, VIII conde. Este sirvió con distinción a los reyes Felipe II y Felipe III, y fue sucesivamente capitán general y virrey del reino de Valencia, virrey de Nápoles, consejero del rey Felipe III y presidente de Italia. Casó dos veces y tuvo 8 hijos, que llegaron a ser todos varones insignes y eminentes, en las armas unos, otros en las letras.

En 1556 otro miembro de la familia recibió las aguas del bautismo en la pila de Santa María del Azogue. Se trató en este caso de Ana Pimentel, hija del conde Antonio Pimentel. En 1574 se puso el óleo a María Pimentel de Quiñones, hija de Catalina de Quiñones Pimentel y Juan de Quiñones Pimentel, condes de Luna.

Ataque a la Goleta, durante la Jornada de Tunez (1535)

Pila bautismal de Santa María del Azogue de Benavente

Pila bautismal de Santa María del Azogue de Benavente

La transcripción de las partidas de bautismo mencionadas es la siguiente:

Fol. 14. "Lunes veinte y quatro días de enero de este dicho año [1536], yo García Gonçález digo baptizé un morito que el conde envío de Tunez, al qual llamaron Pedro, fueron sus padrinos Lázaro de Santa María, herrador y Ana López".

Fol. 14. "Este dicho día yo, el sobredicho García Gonçález, baptizé otro morito que el conde embió como dicho es de Tunez, el cual se llamó Miguel, fueron sus padrinos su Suarez, moço de espuelas del conde don Antonio, y Agueda Morena, baptizáronse estos dichos moritos en esta iglesia de Nuestra Señora del Azogue en este año de Mill y Quinientos y treinta y seis años".

Fol. 41. Año de 1556 años (Fortaleza). "Miércoles día de la Circunçisión del señor del año sobredicho [1556], Martín Pérez cura de Nuestra Señora del Azogue baptizó una niña hija del yllustrísimo señor conde de Benavente don Antonio Pimentel, la qual se llamó Ana, fue su padrino el ylustrísmo señor don Luys Enrríquez, almirante de Castilla, y madrina doña Victoria de Quiñones, hija del conde de Luna, y por verdad Martín López".

Fol. 69v. "En ocho días de mayo año suso dicho [1574] se puso el óleo a doña María Pementel de Quiñones, hija de doña Catalina de Quiñones Pemintel y de don Juan de Quiñones Pemintel, condes de Luna, por que estaba baptizada en casa por nezesidad que se ofreçió en esta iglesia de Nuestra Señora del Azogue de esta villa, fueron sus padrinos don Luis Pementel, conde de Mayorga, y doña María Valdivieso madrina, siendo presente de cura Francisco González Díez de la dicha yglesia, púsole ese óleo Pedro de Valdivieso, administrador del hospital del conde. Por verdad lo firmé de mi nombre. Francisco González".

Fol. 34. "Día de Nuestra Señora de la Concepción del año pasado de çinquenta e uno naçió don Luys, hijo de los yllustrísimos señores don Antonio Pemintel y doña Luisa Enrríquez, baptizose a veynte e ocho de henero de mill e quinientos y çinquenta e dos años. Fueron padrinos el yllustrísimo señor don Luys Enrríquez, almirante de Castilla, y madrinas la señora doña María Pemintel, hija legítima de los dichos señores condes, y la señora doña María, hija bastarda del dicho señor conde. Baptizolo el liçenciado Martín Pérez, cura desta yglesia de nuestra Señora del Azogue, y firmolo de su nombre. Martín Pérez (Hay una rúbrica)".

Partida de nacimiento de Luis Pimentel, VII Conde de Benavente (1551)

Escudo del VI Conde de Benavente, Antonio Pimentel, en Santa María del Azogue

jueves, 22 de enero de 2009

El Santuario de la Virgen de la Carballeda - La Cofradía de los "Falifos" de Rionegro del Puente

Vista general del santuario de la Virgen de la Carballeda

Los caminos que conducían a Sanabria desde Benavente seguían la margen izquierda del Tera, hasta Junquera, para atravesar más adelante el río Negro, a través de un puente en la localidad epónima. Desde aquí, la ruta continuaba a Mombuey, Cernadilla, Asturianos, Palacios, Remesal, Otero, La Puebla, hasta Requejo. El Tera se sorteaba también en el puente de Mózar, paso obligado para todos los vecinos de la merindad de Valverde, y de las aldeas de la margen derecha del río que acudiesen a la villa.

Varios de estos puntos de la ruta fueron, por razones obvias, lugares elegidos para la fundación de hospitales, albergues o cofradías, relacionados de una forma u otra con la atención a los transeúntes.

Uno de los puntos neurálgicos de las comunicaciones del norte de Zamora fue Rionegro del Puente, en la Carballeda. En sus inmediaciones se unía la mencionada vía del Tera, proveniente de Benavente con otra, más antigua aún, que atravesaba los valles de Tábara y Valverde, jalonada de monasterios de origen altomedieval como los de San Salvador de Tábara y San Pedro de Zamudia.

En 1032 se mencionaban ya los términos de Rionegro en una donación de particulares al monasterio de Santa Marta de Tera. En 1520 la villa se denomina “Rionegro de la Puente” y está bajo el dominio de los Losada, concretamente de Álvaro Pérez de Losada. En 1649 Felipe IV envía una carta a Enrique Enríquez Pimentel, V marqués de Távara, Capitán General de las fronteras de Portugal en Castilla la Vieja, sobre el dinero que se aplicará a la remonta de Puebla de Sanabria procedente del repartimiento para la reedificación del puente de Rionegro”.

A mediados del siglo XVIII la villa pertenecía al señorío del Marqués de Vianze. En la actualidad es una población con ayuntamiento propio, al que pertenecen además de Rionegro, las localidades de Santa Eulalia del Río Negro, Valleluengo y Villar de Farfón.

En este lugar surgió en la Edad Media un santuario relacionado con la atención a los peregrinos y viandantes. Según la leyenda, la Virgen se habría aparecido, sobre un roble o carballo a unos peregrinos jacobeos que intentaban vadear el desbordado río Negro, ordenándoles que tendieran sus capas a manera de embarcaciones. La intervención mariana se materializó en la erección de un templo, que aglutinó la devoción de un gran número de aldeas y lugares de la comarca.

La trayectoria de este santuario estuvo íntimamente ligada a la de la Cofradía de los Falifos o Farapos, que tenía por principal misión la de facilitar el tránsito y ofrecer albergue a los peregrinos, socorrer a enfermos y criar niños expósitos. Para ello construyó y reparó caminos y puentes, mantuvo hospitales y costeó amas de cría.

La notoriedad de esta hermandad está relacionada con el “falipo” o “farrapo”, esto es el mejor vestido que tuviese el cofrade, señalado por el interesado para su donación después de su muerte. Al fallecer, la prenda era entregada a la cofradía por los familiares del difunto y se subastaba en la festividad de la Virgen de la Carballeda.

Una versión ligeramente diferente de esta tradición nos suministraba Fernández Duro a finales del siglo XIX: "Llámase de los falijos ó de los farrapos esta imagen, porque los enfermos suelen ofrecerla las prendas de vestir que cubren la parte dolorida; prendas que no suelen ser muy valiosas atendiendo á la pobreza de los habitantes de la localidad". La cofradía sigue existiendo en la actualidad y celebra su fiesta el tercer domingo de septiembre. Además de la romería se celebra una novena y una feria.

El antiguo hospital, o Casa de la Virgen, es un edificio de planta trapezoidal, situado a pocos metros del Santuario. Fue construido inicialmente como hospital y albergue de peregrinos por la Cofradía de los Falifos. En los últimos 100 años ha sido también escuela y casa de comidas.

Así pues, uno de los cometidos principales de esta cofradía, fue la construcción, reparación y mantenimiento de los puentes en las regiones de Carballeda, Sanabria, Vidriales y Cabrera. Los cofrades en alguno de sus documentos afirmaban haber reparado hasta treinta y cinco puentes de piedra y madera en los pasos más peligrosos de estas vías. La cifra puede parecer un tanto exagerada, pero pone de manifiesto la importancia que se daba a estas construcciones para asegurar las comunicaciones de la región.

En un informe elevado al Consejo Real por D. Miguel de Manuel y Rodríguez, sustituto de secretario de la R.S. Económica de Amigos del País de la Corte, se habla de la existencia de esta hermandad desde tiempo inmemorial, habiendo sido ya aprobada por Clemente VI (1342 1352), y de que su origen parece encontrarse en que "por haberse congregado los párrocos de Carballeda, Sanabria, Vidriales y Cabrera, y eclesiásticos, alcaldes y procuradores de aquellos lugares, hicieron este establecimiento movidos de charidad para alvergue y socorro de peregrinos y para composición de caminos y puentes de que parece han construido hasta treinta y cinco de piedra y madera en los pasos peligrosos, lo que es muy natural atendiendo, por una parte, a lo farragoso y áspero de aquellas montañas, y por otra, a las frecuentes peregrinaciones y romerías en aquellos sitios, principalmente a Santiago".

En 1564 se despacha una provisión de Felipe II ordenando se envíen al Consejo Real relación y traslado de las cuentas de la ermita de Nuestra señora de Carballeda en Rionegro, parte de cuyas rentas se destinaban a la reparación de los puentes en los lugares de la jurisdicción de Rionegro y de Benavente, administradas dichas rentas por Álvaro Pérez de Losada.

Algunos autores se han mostrado escépticos respecto a la antigüedad de esta cofradía. Sin embargo, todo apunta a un origen efectivamente medieval, lo cual se acomoda con algunos restos antiguos existentes en el edificio y la propia imagen de la virgen titular.

De 1324 hay testimonio de una carta de hermandad entre los cofrades de Carballeda y los canónigos de Astorga. En 1446 el papa Eugenio IV despachaba una Litterae gratiosae, concediendo a todos los fieles cristianos que visiten el primer domingo de octubre el santuario, y ayuden con sus limosnas a las tareas de la cofradía allí fundada, la gracia de obtener cinco años y otros tantos cuarenta días de indulgencia, en el caso de que cumplan los requisitos canónicos pertinentes. Se anulan a continuación cualesquiera otras gracias concedidas anteriormente a dicha cofradía.

El templo actual fue construido probablemente en el siglo XV, pero con reformas y ampliaciones que alcanzan el siglo XVIII. Parece tener su origen en una pequeña capilla románica de la que se atisban algunos restos en la vieja sacristía.

El portal de entrada se cubre con armadura sencilla y abre en tres de sus frentes arcos de medio punto, doblados y con chaflanes. Dos nichos o "brizos" dispuestos en los muros eran utilizados como receptáculos para depositar los expósitos que la comunidad acogía. Unas cadenas cuelgan a la entrada del pórtico, en anuncio de redención de quien tiene cuentas con la justicia o, tal vez, testimonio de los lugares exentos de dominio señorial. 

El edificio presenta planta de tres naves, con una imponente torre de sillería, del siglo XVII, de más de veinte metros de altura, adosada al muro sur. La separación entre naves se hace mediante cuatro arcos, agudos y sobre pilares muy cortos, con dos semicolumnas adheridas.

La cubrición es toda ella del siglo XVI, salvo una parte de la nave central que recibió cúpula en el siglo XVIII. La capilla mayor se cubrió con bóveda estrellada, de terceletes y combados. Hay dos puertas laterales de arco semicircular moldurado de gran dovelaje.

De entre las tallas existentes en el interior destaca, sin duda, la de la Virgen de la Carballeda, presidiendo el retablo mayor, obra románica de mediados del siglo XIII. En época barroca fue objeto de una mutilación traumática, separando al Niño de la Madre, dotándole de nuevas extremidades y colocándole un armazón para aumentar artificialmente su volumen. Fue así reconvertida en una imagen vestidera, ocultando su alma románica primitiva. Viste túnica y manto, tocada con rostrillo y ceñida con corona. Su brazo izquierdo sujeta al Niño, igualmente vestido y coronado, y en la mano derecha sostiene un fruto o una flor.

Mención aparte merece el llamado "Tumbo". Se trata de un monumento de cinco metros de altura encargado por la Cofradía de los Falifos. Consta de cinco cubos superpuestos y decorados con diversos motivos. Está coronado por una alegoría de la muerte, simbolizada mediante un tétrico esqueleto. Fue tallado en madera de nogal en 1722 por Tomás Montesino. Antiguamente tenía ruedas y era sacado en procesión.

Albergue de peregrinos
Puerta principal del santuario
 Puerta lateral.

viernes, 16 de enero de 2009

Las Ordenanzas de la Villa de Benavente - Joya en pergamino del Archivo Municipal

Letra capital con filigrana

Se trata de un precioso códice de mediados del siglo XVII, confeccionado en pergamino y primorosamente manuscrito, en el que se recopilaron aquellos ordenamientos más importantes para el buen gobierno de la Villa. Se custodia desde en el Archivo Municipal desde enero de 2006, por donación al Ayuntamiento de los albaceas testamentarios del sacerdote benaventano Vidal Aguado Seisdedos. Anteriormente, desde 1960, estuvo depositado en el monasterio de la Encarnación de Madrid.

A su interés codicológico y paleográfico, se une su indiscutible valor histórico como fuente fundamental para el conocimiento de la trayectoria de nuestra Villa. A través de sus folios se pueden desentrañar los pormenores de la vida cotidiana del Benavente de los siglos XVI y XVII y acercarse a las inquietudes y quehaceres de sus vecinos.

El manuscrito presenta unas dimensiones de 321 mm x 226 mm y 25 mm de grosor. Consta de 50 folios en pergamino, de los cuales los 7 últimos están en blanco. La encuadernación, en piel, probablemente está reaprovechando las cubiertas de otro ejemplar anterior del siglo XVI. Las guardas fueron emborronadas con diferentes borradores de operaciones aritméticas, firmas y pruebas de pluma: “Don Francisco de Venave...”, “Por mandado del rrey nro. Señor”, “A honrra y gloria de Dios nuestro Señor y de la...”, “En la villa de Benabente a quatro días de el mes de junio de mill y seisciento”, etc.


El texto está primorosamente manuscrito a dos tintas con elegante letra minúscula del siglo XVII. Todas las caras escritas están enmarcadas por una orla bicolor rojinegra rectangular. El texto de las ordenanzas se cubrió en negro, aprovechando el rojo para las capitales, los encabezamientos y algunos adornos menores. También los “otrosí” utilizan esta misma tinta. La capital con que arranca el texto es la que mayor atención mereció del copista. Se trata de una “E” decorada con filigrana que sirve de inicio a la invocación cristiana: “En el nombre de la Santísima Trinidad”. La necesidad manifestada por el consistorio de fijar por escrito y con las debidas garantías formales el contenido de las ordenanzas benaventanas aparece recogida en el preámbulo del manuscrito. Allí se alude también a la norma observada durante generaciones de someter al visto bueno y la confirmación de los Condes los sucesivos ordenamientos elaborados por la institución concejil.

La situación de estos textos en el siglo XVII era muy desigual. Se trataba de ordenanzas dispersas, de irregular observancia, que en algunos casos habían sido superadas por otras disposiciones posteriores o bien resultaban obsoletas en su aplicación en determinados apartados. En todo caso, a los ojos de los regidores municipales eran “de letra muy antigua y tan viejo y roto el papel donde están escritas muchas de ellas que no se pueden leer ni entender y las más están divididas y separadas por ser haber hecho y ordenado en diferentes y diversas veces días y acuerdos”.

Así pues, en sesión del regimiento de 3 de enero de 1637 se acuerda recopilar todas las ordenanzas en vigor y que “reduzgan y agreguen todas las dichas hordenanças a un cuerpo y se saquen y escriban de buena y clara letra recopilando y enmendando las superfluas a breve y buen lenguage las que sean justas provechossas y necçessarias conforme a la disposición de estos tiempos y su neçessidad para que vean se cumplan y executen lean y entiendan como más convenga al bien de esta república y buen govierno de ella”. 

La persona designada para tal cometido fue el propio escribano del concejo, José García de Madrid, quien debía acudir al arca del archivo en busca de los textos originales. Su misión era recopilar, trasladar y enmendar su contenido, incorporando todas las aprobaciones y confirmaciones realizadas por los condes. Una vez terminada esta tarea, el texto final fue enviado al Consejo Real para su aprobación. De esta forma, en 1643 las nuevas ordenanzas fueron dadas a conocer a los benaventanos en el corrillo de San Nicolás por Alonso de Villamid, pregonero de la villa, “en altas e intelixibles voces y delante de muchas personas”. La nómina completa de ordenamientos recogidos en el manuscrito aparece en la tabla o índice que se ofrece al comienzo del mismo:

- Ordenanza que no se trabaje en días de fiestas ni se abran las tiendas.
- Ordenanza que vayan los vecinos a las procesiones.
- Ordenanza en razón de la limpieza de las calles.
- Ordenanza en razón del comprar frutas y mantenimientos.
- Ordenanza en razón de las pescas de los pescados de los ríos.
- Ordenanza de la manera que se han de vender los mantenimientos.
- Ordenanza en razón del pan cocido.
- Ordenanza tocante al pan en grano, linaza y harina.
- Ordenanza del vino. 
- Ordenanza del vinagre.
- Ordenanza que no se entre por uvas.
- Ordenanza que no se entre a cazar con perros en las viñas, ni coger en ellas mielgas ni bacillos.
- Ordenanza tocante a los ganados que andan por el campo.
- Ordenanza de los desahucios de las casas y otros muebles bienes raíces.

Tabla o índice de las ordenanzas

Encuadernación del manuscrito

Motivo decorativo de uno de los folios

Como vemos se trata de un conjunto de disposiciones que intentan regular aspectos muy variados de la vida local, con una atención especial al abastecimiento de la villa, la protección de la producción agraria autóctona y la regulación de la actividad mercantil. Junto a estos asuntos aparecen otros que tienen que ver con el saneamiento urbano y la observancia de las buenas costumbres.

A continuación del traslado del corpus de ordenanzas benaventanas, el texto continúa con las aprobaciones y confirmaciones de las mismas por varios titulares del condado, lo cual nos proporciona cierta información sobre el momento en el que se fija alguno de estos textos. Se aportan confirmaciones de 1516, 1543, 1553, 1593 y 1624, por tanto correspondientes al V Conde, Alonso Pimentel (1499-1530), el VI Conde, Antonio Alfonso Pimentel (1530-1575), el VIII Conde, Juan Alfonso Pimentel (1576-1621), y el IX Conde, Antonio Alfonso Pimentel (1621-1633). Todas ellas siguen un estricto orden cronológico, pero no podemos afirmar que se corresponda con el orden seguido en la copia de las ordenanzas en el manuscrito. 

Por tanto, el grueso de la ordenanzas recopiladas en este manuscrito pertenecen al siglo XVI, aunque redactadas y confirmadas en diferentes momentos. Las inquietudes expresadas por los miembros del consistorio benaventano ponen de manifiesto que la labor del recopilador no se limitó a la transcripción y traslado de los textos al manuscrito que nos ocupa, sino que se sometió a una profunda revisión todo el corpus de ordenanzas existente, adaptándolas a las nuevas necesidades de la villa. Esto explica por qué el contenido de las mismas difiere de otros textos sueltos anteriores de la misma naturaleza conservados en el Archivo Municipal.

El origen de la creación del corpus jurídico de Benavente debe remitirse al fuero de la villa, otorgado en época de Fernando II. Durante los siglos XIII y XIV el concejo de la villa fue incorporando a su ordenamiento jurídico nuevas disposiciones de procedencia diversa. Por una parte están los privilegios reales otorgados a la villa que trataron de regular diversos aspectos de la vida local. Por otro lado, varias cartas emitidas por la cancillería regia, que sirvieron para dar rango legal a ciertas disposiciones concejiles. Es el caso, por ejemplo, de un privilegio otorgado por Alfonso XI en 1338, en el que se recuerda un “ordenamiento” o “postura” que el concejo había adoptado previamente para que no entrase en la villa vino foráneo o “de acarreo”, por cuanto la producción propia satisfacía plenamente el abastecimiento.

También existen iniciativas regias en el sentido contrario, es decir, preceptos de carácter puntual o coyuntural, principalmente fiscales, en los que se indica al concejo que no deben ser considerados “fuero ni costumbre” y que obedecen a una necesidad recaudatoria. Así, en 1277, Alfonso X notifica a la villa que la moneda que prometieron darle cada año como servicio “que no lo hayan por fuero, nin por costumbre, nin lo dien despues de nuestros dias, a otro rey que uenga despues de nos”.

Toda esta normativa fue formando un corpus legal, que acabó adoptando la forma de un libro, citado en las fuentes como “el libro del fuero”. Este no era un ejemplar cerrado, sino que en él se iban añadiendo nuevos preceptos y eliminándose las normas que quedaban superadas u obsoletas. Es el caso, por ejemplo, de la autonomía de jurisdicción con respecto a adelantados, merinos y otros oficiales del reino, concedida en 1311 por el rey Fernando IV.  En el diploma real se especifica al concejo que “porque esto sea meior guardado, damos e otorgamos gelo asi por fuero. Et mandamos que sea puesto en el libro del su fuero ualadero para sienpre, asi como ley de fuero”. 

Del siglo XV y primeras décadas del siglo XVI se conservan diversas ordenanzas sueltas sobre temas en parte coincidentes con los tratados en el manuscrito que nos ocupa. También custodia el Archivo Municipal varios manuscritos referentes a pleitos sostenidos por la institución concejil en los que se trasladan ordenamientos elaborados probablemente en la segunda mitad del siglo XV. Así identificamos, entre otras, ordenanzas sobre el vino “de fuera aparte”, la guarda de viñas y viñedos, la regulación de la trashumancia, la pesca, el portazgo, los pontazgos, la venta de paños, así como todas aquellas relacionadas con los rentas de la cercas y sus correspondientes arrendamientos. Sin embargo, el contenido literal de los textos, aunque responde a una misma problemática, es diferente, por lo que debemos concluir que la empresa afrontada por el consistorio no se basó en recuperar los viejos ordenamientos medievales, que sin duda eran conocidos, sino que se orientó hacia la normativa en vigor, toda ella elaborada ya durante el siglo XVI y primeras décadas del XVII.

Portada del libro "Ordenanzas de la Villa de Benavente" (2012)

ÍNDICE

Presentación de los autores.
Presentación de los albaceas de D. Vidal Aguado Seisdedos.
1. Estudio histórico.
1.1. El fuero de Benavente y los orígenes del derecho local.
1.2. Los ordenamientos municipales de los siglos XIII y XIV.
1.3. La incorporación de la villa al señorío.
1.4. Las ordenanzas concejiles en los siglos XV y XVI.
1.5. La villa de Benavente en el siglo XVII.
2. Análisis del manuscrito.
2.1. Descripción codicológica y estructura formal del manuscrito.
2.2. Comentario de las ordenanzas.
3. Transcripción.
3.1 Criterios de transcripción.
3.2. Transcripción del manuscrito.
4. Bibliografía.
5. Facsímil.

PRESENTACIÓN DE LOS AUTORES

Las ordenanzas municipales constituyen una fuente documental de gran interés histórico y antropológico, pues permiten acercarnos a los pormenores del funcionamiento de las sociedades tradicionales. Suelen ser la plasmación manuscrita de unos usos y costumbres de origen muy antiguo que, en la mayoría de los casos, pueden remontarse a los siglos medievales.

Si analizamos con perspectiva histórica estos textos podemos cubrir más de cinco siglos del pasado de nuestras ciudades, al menos hasta el final del Antiguo Régimen. Pero buscando sus antecedentes podemos remontarnos incluso a los fueros, y a la propia configuración de las villas y concejos hispanos. De hecho, en la actualidad, las ordenanzas siguen siendo la expresión normativa más característica de los poderes municipales.

En el caso del Concejo de Benavente, los regidores conservaron celosamente estos textos durante siglos. Al menos aquellos cuyas disposiciones continuaban en vigor, pues eran los garantes de sus prerrogativas, y hacían uso de los mismos cuando alguna de sus atribuciones se veía comprometida por agentes internos o externos.

La feliz recuperación del manuscrito de las Ordenanzas de la Villa de Benavente del siglo XVII, fruto de las pesquisas de D. Vidal Aguado Seisdedos, y su posterior incorporación al Archivo Municipal, gracias a las gestiones de sus albaceas testamentarios, nos ha proporcionado una excelente oportunidad para acometer un estudio que creemos puede ser de gran interés, tanto para los investigadores como para el gran público.

Se trata de un precioso códice de mediados del siglo XVII, confeccionado en pergamino y primorosamente manuscrito, en el que se recopilaron aquellos ordenamientos más importantes para el buen gobierno de la Villa. A su interés codicológico y paleográfico, se une su indiscutible valor histórico como fuente de primera mano para el conocimiento de la trayectoria municipal. A través de sus folios se pueden desentrañar los pormenores de la vida cotidiana del Benavente de los siglos XVI y XVII y acercarse a las inquietudes y quehaceres de sus vecinos.

En suma, estamos ante un conjunto de disposiciones que intentan regular aspectos muy variados de la vida local, con una atención especial al abastecimiento urbano, la protección de la producción agraria autóctona y la regulación de la actividad mercantil. Junto a estos asuntos aparecen otros que tienen que ver con el saneamiento y la observancia de las buenas costumbres.

Con la edición que ahora presentamos el Centro de Estudios Benaventanos “Ledo del Pozo” pretende la difusión y la puesta al alcance de todos de esta preciada joya diplomática. Estamos seguros de que la publicación de las Ordenanzas de la Villa de Benavente será del pleno agrado de todos los lectores.

Quedan, por último, los agradecimientos, que nunca nos cansaremos de hacer públicos aunque resulten reiterativos. Agradecimientos a la colaboración y el mecenazgo constante que reciben las actividades de nuestro Centro por parte del Excelentísimo Ayuntamiento de Benavente, Caja España - Caja Duero y la Diputación de Zamora.

Ordenanzas de la villa de Benavente (siglo XVII). Edición y estudio de Rafael González Rodríguez y José Ignacio Martín Benito. 136 pp + 43 f. Cartoné, tela con sobrecubierta. 2012. ISBN: 978.84938160-6-3.

jueves, 8 de enero de 2009

El vino, preciado botín - Las bodegas del monasterio de San Francisco de Benavente en la Guerra de la Independencia

Saqueo de Madrid por las tropas francesas, según un grabado del siglo XIX

Desde el comienzo de la retirada del ejército de Moore el desorden y la indisciplina hicieron mella en la tropa. Esto se debió a las marchas forzadas, a las deficiencias en el avituallamiento, al mal tiempo, al deplorable estado de los caminos y, sobre todo, a la sensación de derrota por una retirada absurda y ultrajante para muchos. Añádase a todo ello la imposibilidad de medirse con el enemigo en campo abierto.

La huida de los ingleses de Benavente fue tan precipitada, que tuvieron que dejar en los hospitales a sus enfermos y heridos. Para evitar que los franceses utilizaran los suministros quemaron sus almacenes y efectos, y mataron todos los caballos heridos o cansados que les embarazaban. Los benaventanos, y luego los franceses, quedaron horrorizados al encontrar varios centenares de caballos muertos a tiros de pistola esparcidos por el campo.

El propio Napoleón, encolerizado por su frenética persecución, se haría eco de la situación: "Los ingleses no sólo han cortado los puentes, sino que incluso han hecho saltar los arcos con minas, conducta bárbara e inusual en la guerra, y que deja al país en una ruina. Tienen también horrorizado al país. Se han llevado todo, bueyes, colchones, mantas y han maltratado y golpeado a todo el mundo. No hay mejor calmante para España que enviar allí un ejército inglés".

El recibimiento que recibió el ejército inglés en Benavente entre los días 26 y 29 de diciembre de 1808 fue tan frío como el propio tiempo reinante. Los benaventanos fueron pronto conscientes de lo delicado de la situación: los británicos estaban en realidad sólo de paso. Se retirarían en breve abandonándolos a su suerte, lo cual significaba la inmediata ocupación por el grueso del ejército napoleónico y las temidas represalias.

A la llegada de la vanguardia inglesa, el día 26 de diciembre, la primera preocupación de buena parte de la tropa no era otra que encontrar alcohol. Esta fue una peculiar práctica insistentemente repetida en todas las localidades de la ruta. Como no siempre contaban con dinero para adquirirlo, algunos soldados se arrancaron los botones de sus casacas con la esperanza de hacerlos pasar por dinero inglés. Pero otros pasaron directamente a la acción, y se afanaron en localizar las bodegas de la villa y saquearlas.

Arrastraron los toneles a la calle y los acribillaron a tiros de mosquete a fin de agujerear la madera y poder saborear el caldo. En su ímpetu varios de estos toneles acabaron rodando por las calles, se hicieron pedazos y el vino se derramó en busca de las alcantarillas. Los soldados, desesperados por su afán de escapar de los padecimientos sufridos mediante la embriaguez, llegaron a recoger el preciado líquido en sus gorros reglamentarios y a beberlo mezclado con barro y todo tipo de inmundicias. Como diría Ford, algunos años más tarde, los vinos hispanos "fueron más fatales para los soldados de Moore que los sables franceses".

Armones de artillería abandonados en la retirada de Moore, según Vernet

Un oficial inglés da muerte a su caballo, según Vernet

Caballos abandonados en la retirada de Moore, según Vernet 

La siguiente anécdota, relacionada con las bodegas del monasterio de San Francisco de Benavente, procede de las memorias de Robert Blakeney. Durante la Campaña de La Coruña, Blakeney sirvió en el Primer Batallón del 28º Regimiento, unidad que formaba parte de la Brigada de Disney, dentro de la División de Reserva de Edward Paget. Llegó a alcanzar el grado de capitán y al acabar la guerra hispana se retiró a la isla griega de Zante, donde decidió redactar sus memorias militares. Fueron publicadas en Londres, en 1899, bajo el título: "A boy in the Peninsular War. The services, adventures and experiences of Robert Blakeney subaltern in the 28th Regiment an autobiography edited by J. Sturgis". Su testimonio fue recogido recientemente por CH. Summerville, a quien seguimos en la traducción:

"Después de la destrucción del puente de Castrogonzalo, llegó el 52º Regimiento a Benavente. A pesar del desfallecimiento padecido por el agua y el frío, los hombres no conseguían encontrar ni tan sólo una pinta de vino, ya fuera por caridad o dinero, inclusive por la mera humanidad que en las circunstancias en que nos encontrábamos hubiese movido a la mayoría de los hombres a realizar un acto caritativo de generosidad. Tras las repetitivas súplicas que buscaban conmover los sentimientos y los obstinados rechazos obtenidos, el teniente Love recibió a un sargento de su compañía que le informó que, en una de las casas pertenecientes al convento en el que se alojaban, había descubierto una pared que parecía haber sido tapiada recientemente, por lo que se podía colegir que escondía algo de vino. Love decidió abordar a los frailes a los que rogó le concedieran algo de vino para sus hombres, ofreciendo pronto pago del mismo. El grande y rechoncho abad insistía en negar por toda una larga lista de santos, que en aquella casa hubiese una sola gota de vino. Love, en aquel entonces un hombre muy joven, no era alguien que se rindiera fácilmente.De modo que, tras hacer un reconocimiento del lugar se hizo amarrar en una cuerda y descendió a través de una suerte de tragaluz al interior de la casa siguiendo las indicaciones dadas por el sargento: según le había explicado, se trataba de una pared recientemente tapiada que había podido observar a través de una grieta en una puerta con numerosos candados. Una vez que tocó suelo, la cuerda volvió a ser izada y descendieron de este modo otros dos hombres de la compañía. La fortuna quiso que encontraran un tronco de buen tamaño, que atado con unas cuerdas hizo las veces de ariete con el cual, tras cuatro o cinco embates bien dirigidos lograron derribar aquella pared recientemente levantada. Una vez que consiguieron pasar del otro lado a través de la brecha abierta, se encontraron con el mismísimo sanctorum de Baco: allí había suficiente vino para repartir generosamente a cada miembro de la compañía. El brioso caldo estaba en el interior de una gran cuba y cuando comenzaron a extraerlo ordenadamente para dárselo a los soldados que tiritaban en sus uniformes empapados, apareció el rechoncho religioso a través de una trampilla y pidió en forma risueña que le concedieran un último trago antes de que acabaron con todo.

A lo cual respondió uno de los hombres: ¡Por Júpiter! Cuando el vino era aún suyo se comportaba como un condenado tacaño. Pero ahora que es nuestro, ¡le enseñaremos cómo funciona la hospitalidad británica y le daremos un buen trago! Y diciendo esto, agarró al rollizo sacerdote y le hundió la cabeza dentro de la cuba. De no haber sido por Love y por varios otros oficiales que llegaban en ese momento a la bodega, aquel franciscano devoto de Baco probablemente habría corrido la misma suerte que George, duque de Clarence , excepto en que este vino no era un Malmsey".

San Francisco de Benavente a finales del siglo XIX

Restos del monasterio de San Francisco de Benavente

Restos de la bodega de San Francisco de Benavente

Restos de la bodega de San Francisco de Benavente

jueves, 18 de diciembre de 2008

El expolio e incendio del Castillo de Benavente - Memorias de la Guerra de la Independencia

El castillo de Benavente, según fotografía de Charles Clifford (1854)

El paso de los ejércitos británico e inglés por Benavente en el invierno de 1808-1809 dejó unas secuelas imborrables, tanto en el imaginario colectivo como el patrimonio artístico y arquitectónico. Fueron las tropas del general Moore, en su precipitada retirada hacia La Coruña, las que primero recalaron en la villa, dando rienda suelta a sus instintos más primarios.

La falta de colaboración, la indiferencia o el desprecio de la población civil, así como los efectos de la desesperación, el hambre y la embriaguez movieron a unos soldados famélicos y agotados a abandonar el orden y la disciplina, y entregarse al pillaje y la destrucción. El mismo Moore hace alusión en sus cartas a un comportamiento ejemplar hasta entonces, que se ve repentinamente empañado por los atropellos cometidos por la columna que a través de Valderas se dirigía a Benavente. 

El día 27 de diciembre se hace pública desde Benavente una orden general advirtiendo a los oficiales que no se tolerarán nuevas muestras de desobediencia a las normas, aunque en parte se intentan disculpar por la nula cooperación ofrecida por la población civil. James Carrick Moore también intentará explicar meses después -que no justificar- la pésima imagen ofrecida por la tropa, que causaba graves perjuicios a un país al que habían sido enviados teóricamente a proteger. A los argumentos esgrimidos por su hermano, añadirá la poca atención prestada por las autoridades españolas y también un cierto desconcierto, dentro de los mandos militares, por unos movimientos y unas operaciones que no se acaban de entender. De hecho, la última parte de la orden general va dirigida específicamente a amonestar a los oficiales que han criticado abiertamente las decisiones tomadas por Moore.

A pesar de los esfuerzos de los oficiales por evitar, en la medida de lo posible, el afán de destrucción de la tropa, las estancias del antiguo castillo fueron objeto de un expolio inmisericorde. James Wilmot Ormsby, capellán del Estado Mayor británico, narraba así su impotencia:

“...¡oh!, ¡cómo partía el corazón observar cómo todo lo que era combustible lo tomaba la soldadesca (pues aquí estaban acuartelados dos regimientos), se encendían hogueras junto a las maravillosas paredes, y se amontonaban como basura pinturas de elevado precio, y se las destinaba a las llamas”.

En parecidos términos se expresaba el teniente Augustus Schaumann:

"Bayonetas y clavos de donde había colgados sus morrales y cartucheras, se repartían ahora por las grietas de esas valiosas columnas o en las paredes hermosamente decoradas. En la gran chimenea de mármol, ardía un enorme fuego alimentado con los pedazos a los que habían reducido los muebles, magníficas antigüedades doradas o laboriosamente talladas. Lo mismo ocurría en el patio, donde las paredes habían quedado ennegrecidas por el hollín. Sobre estas fogatas habían colocado las cacerolas del regimiento. Las mujeres de los soldados lavaban sus cosas y las colgaban donde les parecía. Buena parte de lo que había fue destruido sin ningún miramiento y se registró hasta la última esquina en busca de algún botín".

El mismo Schaumann admite que buena parte de estos atropellos se realizaban por venganza, ante un país al que habían venido "engañados" por los españoles y les había dejado en la estacada, colocándoles en una situación peligrosa en la que ya no cabía sino una huida ignominiosa". La lectura positiva de esta crónica de la desolación en el castillo de Benavente, a juicio de este mismo militar, era que al menos se ejercía la venganza "sólo" con los bienes muebles e inmuebles y no en los habitantes del país.

Sin embargo, el incendio final del edificio, el que originó su destrucción total, debió producirse a partir del 7 de enero de 1809, ya con la ciudad bajo control francés. Fernández Brime precisa que el luctuoso suceso tuvo lugar "pocos días después" del incendio del monasterio de San Francisco, ocurrido el día 6 de enero.

El Conde de Toreno, intentando exculpar al ejército inglés de toda responsabilidad, señala: "Censuró agriamente el general inglés la conducta de sus soldados; más de poco sirvió. Prosiguieron sus desmanes, y en Benavente devastaron el palacio de los condes-duques del mismo nombre, notable por su antigüedad y extensión; mas no fue entonces cuando se quemó, según algunos han afirmado. Nos consta, por información judicial que de ello se hizo, que sólo el 7 de enero apareció incendiado, durando el fuego muchos días, sin que se pudiese cortar".

Cuando acabó la guerra, en 1814, la condesa María Josefa Pimentel dio orden de trasladar a su palacio madrileño de la Alameda de Osuna, todos los mármoles, columnas y piezas "de mérito particular" que se pudieran recuperar. Según las averiguaciones realizadas a instancia de la condesa-duquesa, y los testimonios de diversos testigos, se supo que "la noche del día diez y siete de henero del año de mil ochocientos y nueve se incendió y abrasó el castillo o fortaleza en donde existía la expresada contaduría, perdiéndose quanto en ella havía".

Respecto a la duración del incendió y los intentos de sofocarlo un testigo afirmaba: "cuyo incendio tubo principio en la misma oficina y sitio inmediato, motivo por el qual ni se pudo cortar, ni dejó de estar ardiendo todo el edificio por espacio de quince días, haviéndose reducido a cenizas; sin que hubiesen podido recoger cosas algunas; pues aunque la tropa salió de ella, luego que tomó cuerpo el fuego, ya no fue posible cortarlo".

Según la documentación publicada por Mercedes Simal, hacia los años 1837-1841 el duque de Osuna promovió nuevas gestiones para recuperar algunos objetos. Deseaba averiguar "... si en el castillo se conservan todavía algunas paredes exteriores en buen estado, columnas, escaleras, ventanas, almenas, torres a las que pueda sacarme algún dibujo exacto [...] si cree usted que en la destrucción y quema pudieron quedar sepultadas algunas armaduras u otras cosas que merecieron conservarse".

Como vemos, el interés del duque se centraba en la antigua armería, una de las glorias más celebradas por viajeros y cronistas. Se acometieron incluso algunas excavaciones entre los escombros en busca de alguna pieza aprovechable, pero con muy escaso éxito:

"... después de realizar la pequeña escabación de un estremo de la armería de esta Fortaleza, viendo no se encontraba ningún fragmento de las vestiduras que allí existieron antiguamente; en fuerza de diligencia he podio proporcionar una alavarda de yerro completa de las mismas que allí huvo y otro morrión de distinta figura que la de los dos que di conocimiento".

Acompañando a los ejércitos inglés y francés, llegaron a Benavente ingenieros, cartógrafos, dibujantes y artistas. De algunos de ellos conservamos impagables testimonios gráficos que, con mayor o menor fortuna, dejaron constancia de la situación del castillo en estos vibrantes momentos. Deben destacarse, de entre ellos, las imágenes recogidas por Bradford, Bacler d´Albe y Porter.

William Bradford fue capellán de brigada del ejército del general Moore en España. Entre 1809 y 1813 se publicó en Londres su obra "Sketches of the Country, Character, and Costume in Portugal and Spain". Su libro incluye vistas de ciudades, paisajes y tipos con trajes militares y populares. Bradford estuvo en Benavente a finales de 1808 y fue testigo del saqueo de la fortaleza, dejando constancia gráfica con una vista del castillo desde Poniente.
 
Albert Louis Bacler d´Albe (1761-1824), militar, cartógrafo y artista francés, es sobre todo conocido por sus cuadros de batalla, retratos y por sus cartas geográficas y litografías. De su estancia en Benavente en 1808 nos dejó una curiosa litografía del castillo. La representación resulta poco fidedigna y con elementos gratuitos, como el paisaje urbano de fondo. Tal vez la estampa se recreó más tarde sobre rápidos bosquejos tomados al natural.
 
Robert Ker Porter fue viajero, diplomático, explorador y pintor. En 1804 trabajaba como artista en la corte del Zar. De su estancia en Benavente en 1808-1809 conservamos un carboncillo coloreado, con uno de los últimos testimonios gráficos más conmovedoramente románticos sobre el castillo antes del incendio. Su emotivo relato fue publicado poco después en "Letters from Portugal and Spain Written during the March of the British Troops under Sir John Moore", Londres, 1809.

El Castillo de Benavente, según litografía de Bacler d´Albe (1809)

El Castillo de Benavente, según litografía de William Bradford (1808)

El Castillo de Benavente, según Robert Ker Porter (1808)

El Castillo de Benavente, según dibujo de Richard Ford (1832)

 El Castillo de Benavente, según E. Varela y Kraskouski (1848)

Ruinas del Castillo, según fotografía anónima de finales del siglo XIX

Puerta de Santiago a finales del siglo XIX

Restos del Castillo de la Mota, según una postal de principios del siglo XX

El Castillo de Benavente, según una fotografía de hacia 1920

Torreón y Cuestos de la Mota, según fotografía de Pablo Testera

El torreón del Caracol, según una postal de los años 60

Vistas del Castillo de Benavente en 1574 y 1900, según pintura de Pedro Sánchez Lago (1902)

El Castillo de Benavente en 1540, según pintura de Pedro Sánchez Lago

Ruinas del Castillo de Benavente, según pintura de Pedro Sánchez Lago (1900)

lunes, 8 de diciembre de 2008

Una herida en la memoria - El santuario de Nuestra Señora de San Román del Valle

Vista del santuario de San Román del Valle desde "La verde"

San Román del Valle es un pequeño núcleo de población, hoy anejo al municipio de Villabrázaro, situado en una suave pendiente descendente hacia la Vega. Su antigua iglesia parroquial, dedicada al santo homónimo del pueblo, se encuentra en ruinas, reemplazada en sus funciones por una construcción moderna de nulo interés.

Según las Respuestas Generales del Catastro de la Ensenada en el siglo XVIII sus límites eran: "al Levante con raya del lugar de San Cristóbal, al Poniente y Sur con la del de Villabrázaro, y al Norte con raya del lugar de Paladinos". A mediado del siglo XIX contaba con 44 casas, escuelas de primeras letras y una ermita dedicada a Santa Bárbara, tal y como se consigna en el Diccionario de Madoz.

El paisaje de sus típicas bodegas horadadas en la arcilla ya fue glosado por el viajero inglés Richard Ford a mediados del siglo XIX: "en San Román de la Valle se excavan en las colinas de tierra blanda bodegas, cuyo contenido fue más fatal para las tropas de Moore que ningún enemigo, pero Baco ha sido siempre más temible para nuestros valientes soldados que Marte".

Al sur de la localidad, al pie de un cerro de escasa altitud se hallan, dominando todo el Valle, las ruinas del monasterio-santuario de Nuestra Señora: El Convento. El templo fue históricamente el principal centro espiritual del llamado Valle de Santa María, atravesado por el arroyo Regato o Ahogaborricos, también citado en alguna ocasión en las fuentes medievales como Merdaveldo o Merdivel.

Este no fue el único centro de culto destacado de esta pequeña cuenca fluvial. En el pueblo actual de San Adrián del Valle, dentro del Partido Judicial de la Bañeza y fronterizo con la provincia de Zamora, existió desde la Alta Edad Media un importante monasterio dedicado a los mártires Adrián y Natalia. Su primera mención se remonta al año 922, y su vida cenobítica debió mantenerse hasta mediados del siglo XII en que aparece incorporado a la catedral de Astorga. Ya desde el siglo X toda esta zona es identificada como Valle de Santa María, y algún diploma de esta misma época cita a Santa María la Antigua, lo que es indicio seguro de la existencia de un remoto santuario o monasterio dedicado a la Virgen que jerarquizaría y ordenaría política y espiritualmente todo el entorno.

La vinculación de nuestro santuario con los franciscanos se remonta a principios del siglo XV. En 1403 el papa Benedicto XIII comisionaba al abad del monasterio berciano de Carracedo para que aprobara, en su nombre, la donación que había hecho el obispo de Astorga de la iglesia de Santa María del Valle a los frailes de la Orden Tercera de San Francisco. A partir de entonces los frailes tercerones serían los celosos custodios de los edificios conventuales, mientras que la familia Pimentel, señores de la aldea, ejercía el patronato. A mediados del siglo XVIII la comunidad contaba con 22 religiosos, un sacristán, dos cocineros, un mozo de mulas y una lavandera.

La parte más antigua de su fábrica se corresponde con la cabecera del templo, que debió alzarse a partir del siglo XIV. Su presbiterio presenta planta cuadrada, con gruesos paredones construidos con mampostería, ladrillo y barro. Se accede al mismo a través de un arco toral de ancha ojiva, con molduras de bocelones cortados en ladrillo que se prolongan a los pilares en que se apoyan. Cubría este espacio una magnífica armadura morisca ochavada de unos 8 metros de lado, con pechinas de lazo ataujerado de ocho y veinte.

A este núcleo original se agregó en el siglo XVIII una amplia nave de cinco de tramos cubierta con bóveda de cañón y lunetos, hoy totalmente perdida. Hacia Poniente se construyó también en esta centuria la fachada principal, flanqueada a su izquierda por una esbelta torre coronada de chapitel y la entrada al monasterio, sin duda lo mejor conservado hoy de todo el conjunto. Esta monumental portada barroca guardaba algunas similitudes en su estructura y ornamentación con la fachada del desaparecido monasterio de San Francisco de Benavente, levantada a mediados del siglo XVIII sobre planos de Joseph González Taboada.

Sobre la cima del cerro próximo, destaca una emotiva cruz recortada sobre un bloque de pizarra: "La Verde", tal vez testimonio de un enterramiento privilegiado o un crucero más -muy modesto, eso sí- de los muchos que jalonan los lugares de culto de la comarca.



Hueco dejado por la armadura morisca

Armadura ochavada instalada en el Parador de Turismo de Benavente

Desde el siglo XV el santuario sirvió de panteón para una rama familiar de los Pimentel, señores de Benavente. La capilla funeraria fue erigida por Juan Rodríguez Pimentel, muerto en 1443 e hijo del I conde, Juan Alfonso Pimentel, y Teresa Álvarez de la Somoza. Originalmente se encontraba en el lado de la Epístola del templo, y constaba al menos de tres sarcófagos esculpidos en piedra, exponentes de la mejor escultura funeraria de finales del gótico. La identificación de los fundadores del panteón y la reconstrucción de su árbol genealógico han sido desvelados recientemente por Manuel Fernández del Hoyo.

Los sepulcros monumentales se atribuyen al maestro responsable del enterramiento de Don Diego Anaya, obispo de Salamanca y arzobispo de Sevilla, fallecido en 1437. Los tres sarcófagos fueron trasladados seguramente con las reformas del siglo XVIII, y empotrados en el muro sur de la nave de la iglesia, guarnecidos bajos sus correspondientes arcosolios.

El comienzo del ocaso de esta fundación arranca con la Desamortización de 1835, que finiquita sus propiedades, rentas y derechos, y pone fin a la vida cenobítica. Fue suprimido en marzo de 1836. En el inventario de bienes de 30 de abril de 1836 se dice que su biblioteca contaba entonces con "340 libros viejos despreciables sin forro los más".

A partir de entonces, las dependencias monásticas fueron presa fácil de la ruina y la desolación, reducidas hoy a algunos paredones al norte del santuario a punto de sucumbir definitivamente. Aún así, en la iglesia se continuaron celebrando los oficios religiosos y las romerías anuales hasta bien avanzado el siglo XX. Sin embargo, el abandono y el deterioro de los edificios monacales acabó arrastrando al templo, sin que se pusiera remedio alguno para evitarlo.

En 1963, ante la amenaza de ruina, se trasladaron las tres urnas funerarias de los miembros del linaje Pimentel al Museo de los Caminos de Astorga. A principios de los años setenta se desmontó la armadura morisca que cubría el presbiterio. La pieza fue comprada por el Ministerio de Información y Turismo al obispado de Astorga por 700.000 pesetas de las de entonces, e instalada, con alguna adaptación traumática, en el Torreón del Caracol de Benavente. Sirvió así de postrero ornato al nuevo Parador de Turismo, inaugurado el 8 de mayo de 1972.

El santuario de San Román del Valle acoge durante el segundo Domingo de Mayo la romería en honor a la Virgen del Valle, a la que acudían solemnemente con sus pendones los siete municipios zamoranos de San Román, Villabrázaro, Paladinos, La Torre, Pobladura, Maire y Fresno y los leoneses de San Adrián y Audanzas. Los devotos de estas localidades formaron desde tiempo ignoto una cofradía que algunas ocasiones se reunió también en la ermita del Santo Cristo de la Torre del Valle.

También el Concejo de Benavente participaba de estas celebraciones. En 1505 ordena la asistencia a la fiesta del monasterio de Santa María del Valle y se convoca a los pueblos para que procesionalmente asistan a la fiesta del Corpus.

El 29 de junio de 1983 se incoa el expediente para la declaración del monumento como BIC (Bien de Interés de Cultural). 25 años después, a pesar de las gestiones hechas desde diversas instancias, el expediente sigue durmiendo el "Sueño de los Justos". En cambio, para la suerte de estas vetustas ruinas el sueño ha tornado en pesadilla.