martes, 20 de octubre de 2015

La Cruz de Peñalba - Alma del Bierzo en cuerpo de latón


Anverso de la Cruz de Peñalba

La Cruz de Peñalba es una de las muestras más interesantes de la orfebrería de la monarquía asturleonesa que hoy conservamos. Es, sin duda, una de las piezas más destacadas y visitadas de los ricos fondos del Museo de León y, por ello, disfruta desde 2007 de un espacio privilegiado para su exposición en las modernas y céntricas instalaciones del edificio Pallarés.
Como ocurre con otras piezas antiguas relevantes depositadas en los museos, cuenta con su particular historia, no exenta de sus luces y sus sombras. El debate permanente abierto en nuestro país sobre la propiedad, la custodia, la exhibición y el destino final de nuestro patrimonio mueble, en todas sus facetas: histórico, artístico, archivístico, etnográfico, etc., ha salpicado repetidamente a la presea. El asunto de fondo es, otra vez más, si los bienes de los museos nacionales y provinciales deben retornar, cual hijo pródigo, a sus respectivas patrias originarias.
Lejos de resolverse esta cuestión desde el sosiego, en los foros más adecuados, con planteamientos técnicos y la participación de los profesionales de la materia, ha saltado al ruedo de la actualidad mediática, cuando no del ruido mediático, y ha dado lugar a encendidas polémicas donde no faltan argumentos políticos, identitarios o, simplemente, sentimentales. 
Nuestra cruz pertenece al amplio repertorio del arte de los tesoros de las iglesias, donde se incluyen piezas de muy variada tipología y tradición. Su conocimiento nos acerca a los usos litúrgicos de la Iglesia hispana y, en definitiva, a la espiritualidad de los primeros siglos medievales. No obstante, su riqueza material es más aparente que real. A diferencia de otras joyas prerrománicas más solemnes, confeccionadas en oro, plata, marfil, nobles maderas o piedras preciosas, en este caso se eligió el latón: una aleación de cobre y cinc de color amarillo pálido, aunque susceptible de un brillo y pulimento similar al oro.
Su modesta apariencia y el hecho de no haber sido confeccionada con materiales preciosos le han relegado siempre a un papel secundario en los tratados de arte, a larga distancia de otras joyas altomedievales y de otras cruces consideradas mucho más sublimes y primigenias, como las visigodas de Guarrazar o Torredonjimeno, las asturianas de la Cámara Santa o la cruz de la catedral de Santiago de Compostela. Todas ellas son, o eran, de oro, plata y pedrería, de exquisita labor y gran belleza plástica.
Tal vez por todo ello nuestra cruz carece de un estudio mínimamente exhaustivo y las aportaciones existentes se limitan a breves reseñas en obras generales, o fichas en catálogos de exposiciones. Este sambenito de “hermana pobre” ha venido acompañando su existencia, pero a pesar de ello siempre ha tenido su hueco en la corta serie de cruces altomedievales del arte hispanocristiano conservadas en la actualidad.
Hay suficientes datos para afirmar que en el período de la monarquía asturiana, y posteriormente de su continuadora la monarquía leonesa, se produjo abundante y rica orfebrería. Las cartas de donación y dotación de iglesias y monasterios son bastante explícitas y orientadoras en este sentido. Sin embargo, al siglo XXI ha llegado un número de cruces muy restringido. Destrozadas hasta el absurdo las cruces asturianas, después del incalificable robo de agosto de 1977, y desaparecida la gallega en 1906, pocos ejemplos quedan hoy que podamos considerar completos y originales. En su estado actual, la Cruz de Peñalba presenta un aceptable estado de conservación, si bien una restauración historicista le ha conferido un aspecto que probablemente no tuvo en sus orígenes. Aún así, muestra un fascinante equilibrio entre sobriedad y elegancia.
Como ocurre con tantos otros exponentes destacados del patrimonio artístico español, fue Manuel Gómez Moreno quién primero describió la pieza con su rigor y clarividencia acostumbrados. Sus breves pero atinadas frases sentaron cátedra y proporcionaron las claves esenciales para su interpretación. No obstante, deben mencionarse algunas referencias anteriores y posteriores igualmente meritorias, muy importantes para conocer la trayectoria de la joya y profundizar en su estudio.

La historia de la pieza

Estamos ante una joya de conocimiento muy reciente, pues no se dispone de ninguna referencia a ella anterior a su llegada al Museo de León a finales del siglo XIX. A falta de un rastreo en los libros de fábrica de Peñalba y en los fondos del Archivo de la Catedral de Astorga, labor que no se ha podido realizar para este artículo, el estudio de la trayectoria de la pieza ha de basarse exclusivamente en las referencias bibliográficas.
La existencia de nuestra cruz pasó totalmente desapercibida a cuantos autores se ocuparon de Santiago de Peñalba durante los siglos XVI al XIX. En las obras de Morales, Sandoval, Yepes, Flórez, Quadrado o Giner de los Ríos no se hace la menor mención, a pesar de haber tratado, de una u otra forma, de la historia y el arte del monasterio berciano. En el caso de Ambrosio de Morales la falta de noticias tanto en sus “Antigüedades” como en su “Viage” es especialmente significativa pues el propósito de su “Viage” era, precisamente, el de identificar las reliquias, sepulcros, libros y objetos existentes en las iglesias y monasterios, y de hecho se ocupó largamente de describir y alabar las cruces de la Cámara Santa en su vista a Oviedo, así como alguna que otra joya berciana.
Uno de los primeros autores que se detiene en detallar algunas de las joyas y objetos litúrgicos existentes en Peñalba, ya en el siglo XIX, es el poeta y escritor berciano Enrique Gil y Carrasco. En una serie de artículos sobre la geografía del Bierzo publicados en la revista El Sol en 1843 recoge las impresiones de su estancia en la iglesia mozárabe:

“El vicario nos enseñó entre varias reliquias de San Genadio una especie de bolos con que el santo se entretenía en sus horas de recreo, la reja de hierro en que dormía en su cueva y una argolla del mismo metal que sin cesar traía rodeada al cuerpo; pero lo que más nos llamó la atención fue un cáliz de aquel tiempo, de extraña y tosca figura, con la patena exactamente ajustada a la boca y que alrededor tiene el nombre del donador”.

Son los conocidos como “cáliz y patena del abad Pelayo”, hoy en el Museo de Louvre, pero como vemos ninguna alusión a nuestra cruz.
En el último tercio del siglo XIX varios objetos de valor salieron de Peñalba, la mayoría con las bendiciones o la connivencia de las autoridades eclesiásticas de Astorga. El periplo seguido por estas piezas es rastreable solamente en algunos casos, pues las informaciones son confusas y todo quedó diluido en un gran oscurantismo. Como afirma Fermín López Costero, no podemos conocer con exactitud si todas estas joyas continuaron en la iglesia hasta su enajenación o fueron trasladadas en algún momento a Astorga para una mejor custodia. Además del cáliz y la patena, hay que anotar un copón de plata (que fue fundido en Astorga), una naveta de Limoges (desaparecida) y un pequeño crucifijo de cobre del siglo XIII (vendido).
Es Ramón Álvarez de la Braña quien primero describe la cruz en un artículo escrito en Ponferrada el 25 de septiembre de 1879. Para entonces la pieza ya no se encontraba en Peñalba, sino en el Museo de León. Ofrece también una primera lectura de la inscripción y atribuye su realización al rey Ramiro III de León (966-985):

“De ella [de la iglesia de Santiago de Peñalba] procede la cruz votiva de estilo bizantino, que posee el Museo Arqueológico Provincial de León y que le fue donada hace pocos meses por el Ilustrísimo Señor Obispo de Astorga. En los brazos de la misma hay la siguiente inscripción: In nomine domine nostri Jesu Christi ob onorem sancti Jacobi Apostoli Ranemirus rex ofert. ¿Con qué motivo importante ofreció D. Ramiro III a dicha iglesia objeto tan piadoso?”.

La noticia coincide con los escasos datos proporcionados por los inventarios del Museo de León donde, efectivamente, consta el ingreso en 1879 y la donación por el obispado de Astorga.
Ramón Álvarez de la Braña, perteneciente al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios y figura muy relevante del panorama cultural leonés de la época, no debió ser un simple espectador de esta operación. Aunque no disponemos de datos precisos, es muy probable que en su calidad de vocal y secretario de la entonces Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de León participara en las negociaciones o facilitara las gestiones necesarias para la entrega de la cruz. De hecho, en 1898, cuando el Estado se hace cargo del Museo de León, fue nombrado primer director del mismo. De sus desvelos por la adquisición de piezas para esta institución da cuenta Luis Rodríguez Seoane en 1894:

“Ni debe tampoco omitirse, que el rico Museo arqueológico, establecido en León e instalado en el magnífico edificio de San Marcos, es en gran parte debido a la valiosa cooperación del Sr. Álvarez de la Braña que [...] lo enriqueció con interesantes adquisiciones realizadas en varios puntos del territorio legionense. Puede de esta suerte admirar hoy el erudito viajero, en tan precioso museo, desde los más ricos ejemplares de la civilización visigótica y siglos posteriores de la Edad Media”.

El propio Álvarez de la Braña se atribuía en 1894 otras adquisiciones procedentes del Bierzo:

“En el salón del artesonado hay expuestos tres objetos de gran valor arqueológico: un Cristo de marfil, bizantino [...] y dos estatuas de madera que conservan restos de su estofado, pertenecientes al período de transición del románico al gótico [...] Fueron traídas al Museo por el autor de este artículo, procedentes de la románica iglesia de San Esteban de Corullón, en el Bierzo”.

A finales del siglo XIX era Peñalba de Santiago una pobre aldea de unas 20 casas perteneciente al partido judicial de Ponferrada. La vida monacal hacía siglos que se había extinguido, incorporándose como dignidad mesera de la catedral de Astorga desde finales del siglo XII o principios del siglo XIII. La iglesia, convertida en parroquia, era servida por un cura de ingreso y presentación del cabildo de Astorga. En las fechas en las que se enajenó la cruz ejercía como cura encargado de Peñalba el ecónomo de Montes de Valdueza, Hilario Lobo Cadierno. Madoz en su Diccionario calificaba sus caminos en 1849 como “malas veredas casi intransitables”.
Todas las fuentes apuntan a que la cruz fue llevada directamente de Peñalba al Museo a instancias del obispo de la diócesis, pero en la bibliografía no existen mayores detalles. Para confirmar este extremo habría que sondear el archivo parroquial y las actas capitulares de Astorga, donde tal vez pudieran hallarse informaciones complementarias.
En 1879 era obispo de Astorga Mariano Brezmes y Arredondo, que disfrutó de tal dignidad entre 1875 y 1885. Anteriormente había ocupado la sede de Guadix también como obispo (1866-1875). Nacido en 1805 en la localidad leonesa de Marne, obtuvo una canonjía en la catedral de León como penitenciario, fue rector del Seminario Conciliar de San Froilán y llegó a participar en el Concilio Vaticano I (1869-1970).
Algún autor ha sostenido que ya en 1866, siendo canónigo y, por tanto, antes incluso de la creación del Museo Provincial, habría llevado la Cruz de Peñalba a León, extremo que no he podido confirmar documentalmente. En ese año de 1866 era obispo de Astorga Fernando Argüelles Miranda, que ocupó la silla episcopal entre 1858 y 1870. A partir de esta fecha y hasta 1875 la sede asturicense estuvo vacante.
El ingreso de la Cruz de Peñalba en el museo de León dio paso a una serie de donaciones que junto con las del obispado de León, la Diputación, el Ayuntamiento de la capital, la Sociedad Económica de Amigos del País y un grupo de particulares, contribuyeron a engrosar las colecciones de un museo inaugurado en 1869 y permitieron así formar una muestra museográfica de vanguardia.
En 1894 Ramón Álvarez de la Braña volvió a ocuparse de la cruz berciana. A través de un artículo sobre el Museo de León, publicado en La ilustración española y americana, conocemos algunos detalles interesantes. La pieza ya presentaba las letras “alfa” y “omega” y, seguramente, la “restauración” de la nueva pedrería. El autor describe la situación de la joya en las instalaciones de San Marcos, en la misma sala en la que se exponían varios objetos de cerámica y oro procedentes de las excavaciones de Lancia:

“En el mismo lado del claustro [que el Salón del Artesonado] encuéntrase otra sala, de menor capacidad que la anterior, ocupada por gran número de objetos antiguos [...] de la época cristiana merece citarse una cruz votiva, de metal, con piedras talladas en el anverso, las letras alfa y omega pendientes de dos de sus brazos, y en el reverso la inscripción, de caracteres monacales, siguiente: [se copia el texto de la inscripción]”.

Álvarez de la Braña informa también en este artículo del paradero del cáliz de plata de Peñalba, lo que confirma su particular seguimiento de los objetos procedentes del tesoro de su iglesia y su preocupación por el trasiego de bienes artísticos entre los capitulares de Astorga:

“Con la dedicatoria de este santo [San Genadio], tuvo Santiago de Peñalva un cáliz de plata cincelado con labores en su pie, de mérito grande, el cual vino a mano de un señor capitular de Astorga, quien lo regaló al Cardenal Moreno. Dícesenos que por los herederos de este príncipe de la iglesia se vendió en París”.

Respecto a la cruz sigue atribuyéndola a Ramiro III y añade que es “muy parecida a la tan celebrada de los Ángeles que posee la catedral de Oviedo [...] Es muy probable que la ofrenda del monarca cristiano tuviese por objeto el recuerdo de alguna victoria alcanzada contra los musulmanes en las escabrosidades del país berciano”. Estos datos sugieren que los añadidos de la Cruz de Peñalba se hicieron tomando como base la tipología de su homóloga asturiana. La atribución a Ramiro III fue, en todo caso, con la que se exhibió en el Museo de León durante bastantes años. En publicaciones leonesas de 1913 y 1920 sigue nombrándose a este monarca leonés como donante.
Las fotografías antiguas existentes del interior del museo, en especial las del fotógrafo leonés Winocio Testera, son muy indicativas sobre el tipo de instalación diseñado para mostrar la cruz. Aparece expuesta sobre peana de madera y guarnecida en vitrina de cristal, en una de sus primitivas ubicaciones: la Sala del Museo o “del Tesoro” en San Marcos.
Manuel Gómez Moreno fue el primer autor que analizó con rigor la pieza, estableció las claves esenciales para su interpretación y fijó la cronología en el reinado de Ramiro II de León. Su fascinación por todo lo relacionado con el templo mozárabe de Santiago de Peñalba le llevó a ocuparse de la joya en varias ocasiones. Durante el bienio 1906-1908, con motivo de la elaboración del Catálogo monumental de la provincia de León, tuvo ocasión de estudiar y fotografiar buena parte de los fondos del Museo de León. Se ocupa nuevamente de ella en 1919 en sus Iglesias Mozárabes, donde además de las fotografías incluye un calco completo de la inscripción dedicatoria.
En el Instituto Gómez Moreno de la Fundación Rodríguez Acosta se conservan las notas manuscritas tomadas en el museo por el arqueólogo granadino. Incluyen fotografías, un calco de la inscripción y un dibujo a mano alzada de la orla cincelada. Como curiosidad cabe mencionar que en el comienzo de la descripción se habla de una “cruz de plata dorada”, pero luego tacha la palabra “plata” y sobre ella escribe “azófar”.
En 1929 la joya participó en una de las primeras exposiciones de las que se tiene constancia. En el Catálogo Histórico y Bibliográfico de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929-1930, figura bajo el número 215 con una reproducción fotográfica de la misma, acompañada de una breve ficha redactada en castellano y francés.
De la historia posterior de nuestra cruz hay que destacar algunas intervenciones de limpieza y restauración por parte de los conservadores del museo. En 1942, los archivos informan lacónicamente de una primera limpieza, curiosamente el mismo año de una relevante restauración de las cruces de la catedral de Oviedo. En 2002 los talleres del museo (E. Echevarría) realizaron una “limpieza, estabilización y eliminación de focos de acetato y oxidación y la presentación en un nuevo soporte expositivo”.
En 1993 se realizó una réplica facsímil a tamaño real con motivo de la exposición Orígenes, celebrada en Oviedo. En 1994 esta réplica viajó a Ponferrada para la muestra El Bierzo, piedra a piedra, organizada en la Casa de Cultura. Desde junio de 1997 se exhibe el facsímil de forma permanente en Ponferrada, en el Museo del Bierzo, en calidad de préstamo del Museo de León.
En la actualidad, desde 2007, la Cruz de Peñalba puede contemplarse en las modernas y céntricas instalaciones del Museo de León en el edificio Pallarés.
Desde el 14 de abril del año 2000, por aprobación del Pleno del Consejo Comarcal de El Bierzo, la Cruz de Peñalba fue incorporada como motivo principal en la bandera y escudo oficiales de la comarca, según diseño y estudio heráldico propuesto por el historiador Juan Antonio Balboa de Paz.
La Cruz de Pelba expuesta a las dependencias del Museo de León en el Convento de San Marcos
Una cruz de oro, ...de plata, ...de metal, ...de azófar, ...de latón

Los primeros autores que se ocuparon de la Cruz de Peñalba tuvieron algunas dudas sobre la materia prima empleada en su realización. Para Álvarez de la Braña se trataba de “una cruz de metal”, sin mayores precisiones. Gómez Moreno también tuvo sus vacilaciones y en una primera impresión la califica de “cruz de plata dorada”. En alguna ocasión se llegó a suponer que estaba realizada en oro, como recordaría en 1909 el propio erudito granadino: “mas no de oro como se ha dicho sino de azófar”. Recientemente Luis Grau ha puntualizado que el latón o el bronce sobredorado en zonas conforman el material básico.
Estas vacilaciones se justifican por el peculiar brillo y pulimento conseguido con el empleo del latón, muy similar al del oro, y con toda probabilidad intencionadamente buscado por los artífices. A falta de un análisis metalográfico que determine la exacta composición de la joya, conviene hacer algunas precisiones de carácter terminológico sobre la manufactura y la circulación del azófar o latón en la Edad Media.
Según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua la voz “azófar” es, efectivamente, equivalente a “latón”, esto es la “aleación procedente de cobre y cinc, de color amarillo pálido y susceptible de gran brillo y pulimento”. No obstante, existe también el vocablo más genérico “oricalco”, procedente del latín “orichalcum”, empleado para referirse indistintamente al cobre, bronce o latón.
Las aleaciones de zinc se han utilizado durante siglos. Piezas de latón datadas hacia el 1000-1500 a. C. se han encontrado en Canaán. Se sabe que la fabricación de latón era conocida por los romanos al menos desde el siglo I a. C. Plinio y Dioscórides describen la obtención de orichalcum por el procedimiento de calentar en un crisol una mezcla de cadmia (calamina) con cobre. El metal obtenido posteriormente era fundido o forjado para fabricar objetos. Es posible que algunos de los objetos romanos catalogados como de bronce en museos y colecciones arqueológicas sean, en realidad, de latón.
El vocablo castellano “latón” proviene del árabe latun. Por su parte “azófar” proviene del hispano-árabe: assófar < as-sufr “el cobre”, derivado a su vez de asfar “amarillo”. Felipe Maíllo ha precisado los pasos para llegar a la solución castellana, que serían: assufr > assofar > açofar > azófar. Según este autor es frecuente la identificación del azófar o cobre amarillo con el latón o el bronce. De hecho el léxico árabe carece de un vocablo específico para denominar el bronce. Aunque hoy el término azófar sea sinónimo de latón, en un principio estos vocablos eran tenidos por cuasi sinónimos. En árabe sufr equivale a cobre, mientras que el latón es, como hemos dicho, una aleación de cobre y cinc. Por todo ello “azófar” compitió tempranamente en la España medieval con el término “latón”, arabismo que acabó gozando de una mayor expansión.
Los artesanos y artífices hispanomusulmanes destacaron especialmente en la elaboración de objetos decorativos de bronce y latón, a menudo con aleaciones o baños parciales de oro y plata. Los artistas se entregaban a una profusa decoración incisa o cincelada: delicados motivos geométricos y vegetales, o las sempiternas inscripciones cúficas.
La proliferación de utensilios y ornamentos de este metal se justifica por sus favorables propiedades de cara a su manufactura. Se trata de un material fácilmente moldeable, con una temperatura de fusión inferior a la del hierro, el bronce y el cobre puro. El latón funde alrededor de 980º centígrados. Tiene buena maleabilidad y ductilidad. Presenta un excelente comportamiento y plasticidad en caliente y admite bien la deformación en frío, al menos cuando la aleación es rica en cobre.
En cuanto a su aspecto, la textura brillante y dorada del latón le confiere una especial belleza y tiene buena resistencia a la corrosión, sin que se precise ningún recubrimiento superficial. Tampoco se altera con los cambios de temperatura, ni se degrada con la luz.
El latón, a diferencia de otros metales considerados más nobles y valiosos, sirvió en los reinos peninsulares tanto para confeccionar objetos delicados y de alto valor añadido como para fabricar útiles y herramientas del menaje habitual de los hogares. Sánchez Albornoz, en su evocadora reconstrucción del León del siglo X, supone, apoyándose en textos diversos, la venta en el mercado de León de productos artesanales como trébedes, morteros, sartenes, cuencos y calderos, entre los que figurarían algunos de latón.
Cruces y objetos de latón para el mobiliario litúrgico de las iglesias también debieron ser comunes durante la época visigoda. Dentro del conjunto del llamado “tesorillo de Villafáfila”, y en relación con tres cruces patadas y recortadas sobre láminas de oro, se contabiliza un vástago de latón incompleto, de traza piriforme irregular, rematado en su extremo en botón, así como otros objetos de bronce. En opinión de Gómez Moreno, basado en los testimonios de los descubridores, esta pieza, “en unión de otras tres iguales formaba cruz”. Todo este conjunto se data en la segunda mitad del siglo VII.
La presencia de cruces de latón en la documentación medieval asturleonesa se constata desde muy antiguo. Así en la fundación de la iglesia de San Martín de Pontacre y Ferran, del año 853, el abad Pablo, el presbítero Juan y el clérigo Nuño dotaron el tesoro del templo con varias preseas, entre ellas “duas cruces de allaton”. Igualmente en una donación del abad Severo al monasterio de San Felix de Oca, del año 863, se entregaron “duas cruces, una de argenteo et altera de allatone”. En 1025 Gotina Núñez dio al monasterio de Sahagún tres cruces, de plata, latón y bronce: “I crux argentea de CCC solidos, alia crux de alatone, alia de heramine”. En este mismo documento se mencionan otros objetos, entre ellos una lucerna y un mortero de este metal.
Ya en el siglo XIII debe citarse una carta de la catedral de León. En 1290 Fernando Ruiz, obispo de León, recibe del deán don Alfonso Yáñez y del cabildo de la iglesia de León diversos ornamentos y objetos de culto, pertenecientes unos a la capilla vieja de los obispos y presentados los otros por el tesorero don Diego Yanes. Entre ellos: “una cruz de plata sobredorada con so pie de latón”.
Fuera de los ejemplos citados, las menciones específicas al latón en relación con el mobiliario litúrgico no son muy frecuentes en la documentación consultada. Es factible, no obstante, que algunos objetos de esta naturaleza estén englobados bajo otros conceptos más imprecisos o genéricos empleados por los escribas, como “aereus” o “aeratus”, en latín “de bronce” o “de cobre”. De Fuentes de Peñacorada procede una cruz de bronce, hoy el Museo Diocesano de León, con con una inscripción incompleta donde figura como donante un “famulus Dei Adefonsus...”. Para algunos el rey Alfonso III.
No fue la Cruz de Peñalba, desde luego, la única cruz preciosa o significativa existente en el territorio del Bierzo en los primeros siglos medievales. Tenemos noticia de la donación de joyas equiparables a otros monasterios de la comarca. Según un diploma del Tumbo Viejo de San Pedro de Montes, en 918 Ordoño II habría entregado a este cenobio, entre otros presentes, una “crucem argeteam similiter deauratam cum lapidis preciosis instructam”. Igualmente, el monasterio de los Santos Justo y Pastor de Compludo contó en algún momento con una “crucem argenteam similiter de aurata” debida a una donación, nada menos, que del rey visigodo Chindasvinto y su esposa Reciberga en 646. La crítica ha venido considerandos ambos documentos burdas falsificaciones, o al menos con evidencias de interpolación, pero esto no excluye que estas cruces efectivamente existieran y fueran atribuidas, con mayor o menor fortuna, a los mencionados monarcas.
En el famoso documento en el que San Genadio dota los monasterios de San Pedro de Montes, San Andrés de Montes, Santo Tomás y Santiago de Peñalba, y reparte entre todos ellos su biblioteca, asigna varias cruces de bronce. Al tesoro de San Pedro “calicem cum patena insuper evangelarium et coronas argenteas, signum, crucis et lucernas ex aere”. A San Andrés “vasa autem altaris, calicem argenteum cum patena et coronam, signum, crucem et lucernam aeream”. Curiosamente a Santiago de Peñalba no le asigna ninguna cruz, pero sí “in thesauro ecclesiae calicem, coronam et insuper evangeliare argenteum, lucernam et signum aereum”.
En el monasterio de Carracedo una cruz-relicario de plata llamó la atención de Ambrosio de Morales con ocasión de su “Viage”: “En una cruz de plata hay un poquito de Ligno Crucis: esta cruz tienen con gran veneración en el altar por sí en caxón de talla bien labrado”.
Como vemos, era habitual que los altares de las iglesias y monasterios hispanos contaran, no con una cruz, sino con varias cruces dentro de los objetos litúrgicos agrupados bajo el concepto de ministeria altaris. Con frecuencia los documentos señalan los metales con los que están confeccionadas y consignan algunos rasgos significativos de su decoración. La casuística es muy variada: cruces de oro, plata, bronce, marfil, hierro, bronce, cobre, latón, varias de ellas habitualmente doradas: “deauratam “, y con piedras adornándolas o pendientes: “gematas”,“cum lapidis preciosis instructam”, “pendilia”, etc. La riqueza, calidad y tamaño de estas joyas variaba lógicamente en función del rango social y económico de los donantes, pero también en relación con la naturaleza de la institución receptora y las diferentes funciones litúrgicas a las que estaban destinadas. De todas estas preseas, las más distinguidas y veneradas eran, por razones obvias, las entregadas por los miembros de la realeza.
Cuando los reyes Fernando I y Sancha dotaron espléndidamente la colegiata de San Isidoro de León el 22 de diciembre de 1063, entonces bajo la advocación de San Pelayo y San Juan Bautista, entregaron dos magníficas cruces: “... et crucem auream cum lapidibus conpertam, olouitream, et aliam eburneam in similitudine nostri redemptoris crucifixi”. Nada sabemos de la cruz de oro con piedras, que tal vez fuera griega como la de Peñalba, según la tradición hispanovisigoda. Pero se conserva en el Museo Arqueológico Nacional la otra: un extraordinario crucifijo de marfil, ricamente decorado, que es tenido por una de las primeras representaciones de Cristo fijado en la cruz dentro del arte hispánico.
En el monasterio de Samos existió hasta 1869, en que fue robada, una cruz ofrecida por el abad Brandila “et sociis eius” hacia 1061-1067. La tradición atribuía esta joya a una donación de Ordoño II de León (914-924), hijo de Alfonso III, “de feitura da que fixeron os anxos en Oviedo en tempos do rey don Alfonso o Casto”.



Tipología y decoración

La Cruz de Peñalba responde a un modelo muy extendido en época altomedieval como es el de la crux quadrata o cruz griega, también llamada cruz patada, compuesta de brazos trapezoidales, de la misma longitud y de ápices cóncavos, que convergen por su lado menor en un disco central. El disco central es en este caso doble, lo cual permite armar los cuatro brazos y dotar de consistencia a toda su estructura. Las dos chapas circulares se unen mediante ocho pequeños clavos, dos por cada brazo, de cabeza redondeada y remachados por la parte posterior del disco opuesto.
Sus medidas son 493 x 494 mm., con un espesor de las láminas de latón fundido de entre 3 y 5 mm. El medallón central tiene de diámetro entre 94 y 93 mm. Pesa en total 860 gramos. Es ligeramente mayor que la Cruz de los Ángeles (450 x 450 mm.) y la desaparecida Cruz de Santiago de Compostela (451 mm. de alto x 438 de ancho), y manifiestamente superior a la Cruz de Fuentes de Peñacorada (390 x 390 mm).
En el estado actual de conservación en el Museo de León, y sin entrar de momento en otras valoraciones sobre su aspecto original, la labor decorativa se circunscribe al cincelado de la cenefa, el burilado de la inscripción dedicatoria, el añadido de las letras “alfa y omega” y el engaste de la pedrería que cubre los cuatro brazos, los dos discos centrales y las letras apocalípticas. Para ordenar este programa decorativo se partió cuatro chapas trapezoidales de latón fundido, rematadas y reforzadas con una moldura perimetral en su anverso. Dicha moldura también está presente en la cara vista de ambos discos centrales.
La cenefa cincelada se extiende por el exterior de cada uno de los brazos de la cruz. Está enmarcada por dos listeles o finas líneas paralelas, a cuyo desarrollo se ciñe con rigor. La decoración se interrumpe bruscamente en la parte extrema del brazo inferior, donde se aprecian huellas de desgaste del metal y una deformación de la moldura. El desgaste puede deberse simplemente al antiguo soporte expositivo utilizado en las dependencias de San Marcos, pero la interrupción de la decoración hace pensar en algún tipo de dispositivo original para su sujeción o exposición, tal vez un vástago o astil para procesionarla o para su exhibición a los fieles, como se aprecia en algunas miniaturas altomedievales. También en el reverso del brazo inferior se tuvo en cuenta este soporte, pues la inscripción dedicatoria se aparta ligeramente del borde para dejar espacio libre. En todo caso, no sería una cruz concebida para ser colgada sobre el altar.
El labrado se realizó con cincel y martillo siguiendo un diseño previamente bosquejado sobre el metal. Al emplear planchas de latón de poco grosor, toda la labor del cincelador se acusa necesariamente en el lado posterior de la pieza, donde se aprecian los huecos en negativo del motivo. Es probable el empleo de pez, lacre u otros productos similares para fijar la lámina a un soporte y permitir un mayor control del cincel, tal y como han hecho tradicionalmente los orfebres con la decoración sobre cobre, plata y otros metales. En estos casos se calienta previamente la pez hasta que se derrite y se adhiere a la lámina.
El asunto decorativo consiste en un largo tallo ondulado, o serpenteante, en cuyo seno alberga una forma floral semejante a una palmeta o flor muy estilizada de sólo dos pétalos. El desarrollo de la cinta sigue un riguroso planteamiento rítmico y simétrico. Las palmetas se van alternando en la parte superior e inferior de cada una de las curvas. El aspecto del conjunto es muy similar al de otros motivos muy comunes en el arte romano y de los primeros siglos medievales como el trenzado de dos ramas o cabos formando roleos, asunto también presente en las orlas que decoran las páginas miniadas de los manuscritos Para Gómez Moreno estos tallos ondulados son “bizantino-andaluces”, y como “cruz bizantina” es presentada en sus obras, en definitiva una prueba más del mozarabismo de la pieza. El erudito granadino insistió en varias ocasiones en la raigambre califal de la decoración de Peñalba, con elementos decorativos (capiteles, modillones, alfiz y ventanas) de indudable estirpe andaluza.
El motivo decorativo se extiende a la cara vista del disco central, en el anverso de la cruz. Se aprecian aquí algunas peculiaridades que han suscitado algunas dudas sobre el correcto montaje de la cruz. Se ha supuesto que el disco medial se invirtió en algún momento, pues “se acusa su orla en repujado, igualmente que la de los brazos por su reverso”. Sin embargo, esta opinión no parece muy convincente por varias razones:
En primer lugar, el disco central en la cara que hoy está vista, en el anverso de la cruz, presenta la moldura perimetral rematada y vuelta hacia el espectador, al igual que ocurre con cada uno de los brazos. Por tanto, esta cara fue concebida desde un principio para ser expuesta.
En segundo lugar, el aspecto de la orla del disco, siendo el mismo motivo, es muy diferente a la huella que encontramos en el reverso de los brazos de la cruz. No parece que el metal esté rehundido o tenga un relieve acusado, como se observa con claridad en dichos brazos.
Por último, observando con detalle la técnica empleada para dibujar la orla en el disco se aprecian las mismas líneas en zigzag usadas para realizar la inscripción dedicatoria. Se trata de líneas minúsculas de cuidada factura. En su desarrollo forman ángulos alternativos, entrantes y salientes. Están grabadas con un instrumento muy preciso que no debería dejar huella en la cara contraria. Es un trabajo, desde luego, mucho más superficial y menos agresivo que el visto en los brazos, efectuado con un fino buril.
Por tanto, más que de un deficiente montaje hay que hablar de un cambio de técnica o de herramienta en la confección del motivo decorativo del disco. Tal vez el pequeño tamaño del disco y un menor grosor de la lámina aconsejaron no hacer uso de un profundo cincelado, evitando así perforar el latón y deteriorar la pieza.
Respecto a la pedrería y las letras “alfa” y “omega” pendientes, el análisis se complica enormemente al no contar con ningún dato sobre la situación original de la pieza, y no disponer de documentación alguna sobre la restauración de la misma.
Gómez Moreno ya dejó constancia en varias ocasiones de que la cruz estaba salpicada de chatones: “hoy enteramente nuevos”. En otra publicación afirmó que “fue restaurada con piedras falsas y letras pendientes”. Y en otro lugar añadió: “se deben a una mala restauración sus letras pendientes y los chatones con pedrería falsa”. El resto de autores no han hecho sino repetir esta valoración.
Dando por sentado que la intervención restauradora existió, y que Gómez Moreno debió conocer algunos pormenores de la misma, la cuestión principal es intentar determinar cuándo se produjo. Una segunda cuestión es si la Cruz de Peñalba tuvo pedrería en sus orígenes o en algún momento de su historia, o al menos reúne las condiciones necesarias para haberla tenido y, en caso afirmativo, intentar aportar alguna información complementaria sobre la base del estado actual de la pieza.
Cuando Ramón Álvarez de la Braña cita la cruz por primera vez en 1879 no menciona ningún detalle de la decoración o la pedrería. Simplemente la califica de “estilo bizantino” y transcribe la inscripción dedicatoria. Es en 1894 cuando este mismo autor describe la presea ya en el Museo de León y la presenta como “una cruz votiva, de metal, con piedras talladas en el anverso, las letras alfa y omega pendientes de dos de sus brazos”. 
No parece razonable una restauración anterior a su llegada al museo. Desde luego no en su trayectoria anterior en la iglesia de Santiago de Peñalba, y tampoco en una hipotética escala en Astorga. La intervención se hizo sobre la base de unos criterios historicistas y teniendo muy presente el modelo de la Cruz de los Ángeles de la catedral de Oviedo. A todo ello no debió ser ajeno Ramón Álvarez de la Braña, quien, recordemos, compara en sus escritos la joya berciana con la asturiana. 
Por tanto, dando por certeras las observaciones de Gómez Moreno, hay que suponer que la restauración tuvo lugar después de la entrega por el obispado de Astorga en 1879. No sabemos cómo se encontraba la pieza antes de estas fechas. Probablemente se le hizo un importante “lavado de cara”, previo a su exhibición en las salas del claustro de San Marcos de León. Para ello se siguieron unos criterios decimonónicos, discutibles sin duda, con la idea de presentar al público una joya que pudiera competir con sus hermanas mayores asturianas, o al menos recordar su estética.
Pero la Cruz de los Ángeles no tiene, ni tuvo, las letras apocalípticas, sino pendilia, de los que colgarían piedras preciosas como las de las cruces del tesoro de Guarrazar. El añadido de las letras “alfa” y “omega” en la joya berciana estaría basado en representaciones en piedra muy habituales del arte asturiano, en la miniatura medieval y, quizás, en los próximos relieves de la ermita de la Santa Cruz de Montes de Valdueza.
Los chatones, tal y como hoy se presentan, suman treinta piezas: seis en cada uno de los brazos distribuidos por parejas del mismo color, a los que hay que añadir cuatro más soldados en el disco central, una gran gema en el centro y otra algo menor en el reverso. El tamaño de las piedras de los brazos es similar al del ancho de la cenefa. En cada brazo de la cruz se incrustaron seis piedras, formando parejas del mismo color. Las más próximas a los discos son violetas y de forma oval, recordando amatistas. Las siguientes son verdes y de forma rectangular, evocando esmeraldas. Las de los extremos son azules y de tamaño ligeramente superior a las cuatro anteriores, sugiriendo zafiros. En el brazo inferior, donde pudo estar el astil, estas piedras son de un azul más claro.
La gran gema central del anverso es anaranjada, semeja una piedra de ámbar y se adivina en el centro de su talla una forma floral, o tal vez una cruz. La única piedra del reverso preside el medallón central y es de color violáceo.
Por último, en cada una de las letras se incrustaron ocho piedras más hasta sumar un total de 46 piezas. Se incluyeron aquí vidrios diminutos de tonalidades azules y rojas, a la manera de zafiros y rubíes. La unión entre las letras y la cruz se hizo a través de la soldadura de dos pequeños aros de metal, de los que actualmente penden sendas cadenas de cuatro eslabones. Todas las opiniones insisten en que se trata de letras añadidas, pero para Artemio Martínez Tejera “se conservan restos de los arcos fijos originales, signo inequívoco de su originaria disposición”.
Para Luis Grau todas estas piedras o pastas “no pueden ser originales tanto por el material (muy regular, sólo se han observado burbujas en el medallón ámbar), como por la técnica de talla (o moldeado), muy posterior a la fecha de realización de la cruz”.
El análisis de las fotografías antiguas puede contribuir a aclarar algunas de estas dudas, pero plantea nuevos y sorprendentes interrogantes. Las imágenes más antiguas disponibles son las reproducidas por Gómez Moreno en el Catálogo Monumental de León. La edición es de 1926, pero como es bien sabido el texto corresponde al trabajo realizado entre los años 1906-1908. La calidad y detalle no permiten hacer afirmaciones concluyentes, pero sí plantear varias reflexiones.
Aparece nuestra cruz sin las letras pendientes y con el aro de sujeción derecho roto o deformado. Pero lo más llamativo es que todas las piedras exteriores de cada uno de los brazos presentan una tonalidad blanca (la fotografía es en blanco y negro). Podrían corresponder con piedras transparentes, violáceas, o de cualquier tono similar, pero en ningún caso se acomodan con el azul oscuro exhibido en la actualidad. Además parece que faltan algunas piedras, si no todas, precisamente de esta zona exterior. En particular son más evidentes las ausencias en la zona inferior del brazo derecho y la izquierda del brazo superior. En su lugar se aprecian los engastes en hueco. Estas mismas fotografías fueron publicadas de nuevo en sus Iglesias Mozárabes, en 1919.
Las siguientes imágenes disponibles corresponden a la Guía Turística de León publicada en 1913. Aquí encontramos la cruz con el añadido de las letras “alfa” y “omega”, pero las piedras o engastes exteriores de los brazos siguen ofreciendo esa misma tonalidad blanquecina. Por último en el Catálogo Histórico y Bibliográfico de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929-1930, la fotografía ya ofrece un aspecto compatible con el actual, con la pedrería exterior de tonalidad oscura.
La explicación más razonable a estas anomalías, pero siempre provisional, es que las fotos utilizadas por Gómez Moreno y reproducidas en su catálogo son anteriores a algunas de las intervenciones restauradoras, pues debió de haber varias. Tal vez fueron tomadas con anterioridad al año 1894 en que Álvarez de la Braña describe la presea en el Museo de León. En foto publicada en 1913 la cruz ya habría sufrido el añadido de las letras, pero no la reposición total de la pedrería, como ya consta en 1929. Otra opción, no excluyente, es que las letras apocalípticas fueran retiradas para la instantánea manejada por Gómez Moreno, pero estas ya se habrían realizado.
Al ser tan dudosa la cuestión de la pedrería no es prudente hacer lecturas simbólicas sobre la distribución de las mismas o su significado desde la numerología antigua como se ha hecho con otras joyas relevantes. El anverso de la Cruz de los Ángeles está decorado con 48 piedras preciosas. Schlunk considera que este número no es casual. Siguiendo las observaciones de E. Schramm, señala que ya desde el tiempo de las grandes invasiones dominaba un esquema numérico riguroso, construido sobre el fundamento de la cifra doce.
En cualquier caso el artista original, o bien el autor de la restauración, fue bastante meticuloso y cuidadoso a la hora de acomodar las piedras y sus engastes sobre la cenefa, produciendo un efecto rítmico y respetando al máximo los motivos decorativos. La clave para saber si hay indicios de la existencia de una pedrería anterior es analizar con detalle el desarrollo de la cinta de tallos ondulados, tanto en su anverso como en su reverso.
En el reverso resulta evidente que la cenefa se interrumpe en la parte posterior en las zonas donde hay huellas de engastes. Pero esta circunstancia puede ser atribuida al efecto de la soldadura del chatón sobre la plancha de metal. El calentamiento y el fundido de la misma puede haber producido una pérdida de la decoración original.
En el anverso las piedras y sus engastes no permiten ver con claridad si la orla continúa o no debajo de ellas. Pero sí vemos como el autor de la greca dejó algunos espacios en blanco, y esto lo sabemos porque las palmetas se van alternando en la parte superior e inferior de cada una de las curvas, y al llegar al intervalo donde se encuentra la piedra se altera la secuencia para continuar a continuación de la misma.
Es decir, el autor original de la greca en el siglo X tuvo ya en cuenta la necesidad de dejar unos huecos en blanco, con toda probabilidad para soldar posteriormente los chatones. El engaste de las piedras se solía hacer mediante capsulas independiente soldadas sobre las láminas de fondo. Una vez soldados todos los engastes, se incrustaban las piedras preciosas, replegando sobre ellas el borde o pestañas de la cápsula. La prueba de que dichas cápsulas fueron soldadas sobre la plancha después de la realización de la greca es que en el reverso quedaron las huellas de la soldadura sobrepuestas a la decoración.
Cuando la cruz llegó a manos de los restauradores de León es muy probable que ya hubiera sido despojada de toda o parte de su pedrería original, pero debieron existir algunos restos o huellas de la misma, lo que determinó el procedimiento a seguir.
El deterioro y la pérdida total o parcial de la pedrería debieron ser un problema habitual en la historia de este tipo de cruces. Debe tenerse en cuenta que era muy frecuente su exhibición pública, su salida en procesión y darlas a besar a los fieles que acudían a venerarlas a los tesoros de iglesias y monasterios. Tanto en la Cruz de los Ángeles como en la Cruz de la Victoria se observan faltas y reposiciones de gemas en momentos diversos anteriores a su robo en 1977.
Faltas similares también existían, según se aprecia en fotografías anteriores a su desaparición en 1906, en la cruz donada por Alfonso III a la catedral de Santiago de Compostela. En este caso el espacio dejado por los engastes se correspondía con la forma de una cruz latina, debido a que durante el siglo XVIII la pieza tuvo sobrepuesto el llamado crucifijo de Ordoño II, hoy conservado en el tesoro de la basílica.


Calco de la inscripción según Gómez Moreno
La inscripción y su cronología

La Cruz de Peñalba cuenta con una inscripción solemne que da cuenta de la identidad del donante y su dedicación. El texto se reparte en el reverso, en los cuatro brazos de la cruz. Se grabó con buril utilizando brevísimas líneas en zigzag. La separación entre palabras se hace por triple interpunción y se incluyen dos cruces griegas al comienzo del primer brazo vertical y horizontal.
El texto debe leerse primero en sentido horizontal, de izquierda a derecha, y después en sentido vertical, de abajo a arriba. Arranca en el brazo izquierdo, continúa en el derecho, pasa al brazo inferior y se completa en el superior:

+ I NOMINE ⋮ DOMINI ⋮ NSI
IHV ⋮ XPI ⋮ OB ONOREM
+ SANCTI ⋮ IACOBI ⋮
APLOSTOLI ⋮ RANEMIRVS ⋮ REX ⋮ OFRT

Una vez resueltas las abreviaturas la inscripción queda de la siguiente manera:

+ I[N] NOMINE ⋮ DOMINI ⋮ N[O]S[TR]I
IH[ES]V ⋮ [CHRIST]I ⋮ OB ONOREM
+ SANCTI ⋮ IACOBI ⋮
APOSTOLI ⋮ RANEMIRVS ⋮ REX ⋮ OF[FE]RT

La traducción podría ser: "En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, el rey Ramiro [la] ofrece en honor del apóstol Santiago".
La inscripción se asemeja bastante en su advocación y estructura a la primera parte del texto de la desaparecida Cruz de Santiago de Compostela: “OB HONOREM SANCTI IACOBI APOSTOLI / OFFERVNT FAMVLI DEI ADEFONSVS PRINCPES CVM CONJVGE SCEMENA REGINA ...”. También recuerda a la dedicación incompleta de la Cruz de Fuentes de Peñacorada, hoy en el Museo catedralicio-diocesano de León: “OB HONOREM SANCT MARIE COELI REGINA SANTORUM SPERATI ET MARINE OFERT FAMULUS DEI ADFON [...]”. Al margen del texto, las similitudes estilísticas y materiales con esta última presea son muy apreciables.
El tipo de escritura de la Cruz de Peñalba se corresponde con la llamada visigótico-mozárabe. Se empleó una escritura capital de formas cuadradas. Encontramos, por ejemplo, la “A” sin travesaño; la “O” de forma romboidal; la “T” con el conocido bucle a la izquierda en el trazo superior; la “C” de rasgos rectos; la “N” no lleva su trazo central completamente en diagonal, asemejándose a una “H” y la “R” tiene el segundo tramo recto algo más corto.
Tal vez por las limitaciones impuestas por el soporte material o por la poca pericia del autor, la inscripción no goza de la monumentalidad y solemnidad propias de otros textos equivalentes. El autor material se encontró con algunas dificultades para acomodar todo el texto a tan peculiar campo epigráfico. La tercera línea: “+ SANCTI ⋮ IACOBI ⋮”, es particularmente breve con el fin de dejar espacio libre para el astil o soporte. En la parte final de la inscripción, en el brazo derecho: “APLOSTOLI ⋮ RANEMIRVS ⋮ REX ⋮ OFRT”, el tamaño de letra se reduce ligeramente y las letras quedan excesivamente abigarradas, y aún así el “REX : OFRT” revela un notable hacinamiento y deformación de la grafía. En “RANEMIRVS” la “V” se inscribe en la R y en “APLOSTOLI” la “I” esta sobrepuesta a la “L”. El uso de la forma “APLOSTOLI” se explica, según Gómez Moreno, porque primeramente el grabador intentaría abreviar la palabra en “APLI”, según costumbre, resultando que al cabo le faltó espacio para el “OFFERT”.
Como vemos el texto es muy parco en detalles y deja varias opciones abiertas sobre la identidad del donante y su cronología. Simplemente se nos dice que la joya fue donada por un rey Ramiro a un templo o altar consagrado al apóstol Santiago. No se consigna referencia cronológica alguna.
En un principio la cruz fue atribuida al rey Ramiro III (966-985), y con esta identificación fue expuesta en el Museo de León hasta principios del siglo XX. Sin embargo, en la fragmentaria documentación conservada de Santiago de Peñalba no se encuentra ningún diploma relacionado con este monarca.
Es a partir de los estudios de Gómez Moreno cuando se vincula con Ramiro II (931-950) y se propone la fecha de 940 como la más probable, en base a cierto diploma de donación del monarca leonés al monasterio berciano. También se ha relacionado con las dádivas de este rey con ocasión de la victoria cristiana en la batalla de Simancas (939) y la supuesta institucionalización del voto de Santiago. Tras la desaparición de la cruz de Santiago de Compostela nuestra joya se habría convertido en el testimonio material más antiguo de los conocidos hasta ahora del culto y aprecio que los monarcas asturleoneses profesaron al Apóstol.
Pero lo cierto es que existen, no una, sino varias referencias cronológicas que vinculan directa o indirectamente el monasterio de Santiago de Peñalba con la figura del rey leonés Ramiro II. Corresponden a los años 937, 940 y 946, siendo las dos primeras las más firmes candidatas a ser consideradas como la fecha de la donación de la cruz.
El 9 de febrero de 937 el obispo de Astorga, Salomón, donó a Santiago de Peñalba la iglesia de Santa Colomba, próxima al arroyo Escamuz. La entrega contó con la iniciativa y la aquiescencia de Ramiro II, y la presencia de buena parte de la curia astorgana y los magantes laicos: “Sub ordinatione piisimi principis nostri supra memorati domni Ranemiri et cum consensu omnium clericorum sociorum meorum in supra dictam sedem degentium vitam sed et de omnem magnatorum laicorum urbem ipsam Astoricam continentium”.
La carta contiene además la suscripción del propio rey: “Ranemirus princeps hanc concessionem a nobis iussam et confirmatam”, de sus hijos de Ordoño y Sancho, del oficio palatino, de una nutrida representación de los obispos del reino, del obispo Julián de Sevilla, de abades y clérigos astorganos, y de una larga relación de antropónimos árabes, junto a otros nombres latinos arabizados.
Todo ello hace pensar a Manuel Carriedo Tejedo que en el territorio astorgano se estaba celebrando durante los primeros días de febrero de 937 una magna asamblea del palacio reunida por Ramiro II, en el transcurso de la cual se tramitarían diversos asuntos eclesiásticos, militares y civiles, y se procedería a la solemne recepción de embajadas extranjeras. En virtud de los nombres arabizados de algunos de los personajes presentes en las suscripciones Carriedo propone la presencia de al menos tres embajadores califales, y supone que la carta habría sido redactada en la ciudad de Astorga. Así lo cree también Quintana Prieto. Justiniano Rodríguez Fernández, en cambio, sostiene que toda la corte de Ramiro II viajó al Valle del Silencio para inaugurar la nueva iglesia.
El documento tiene también su interés porque en él el obispo Salomón hace una somera recapitulación de todo el proceso fundacional y constructivo de la iglesia y el monasterio de Peñalba desde que Genadio puso las bases para su fundación. No procede entrar a valorar ahora esta cuestión, pero sí conviene remarcar que en el año 937 el obispo astorgano daba por concluida la fábrica de la iglesia.
Estos datos casan perfectamente con el momento de consagración del templo, también en 937. La fecha ha sido recientemente conocida después de la limpieza y restauración de los paramentos del templo. Bajo sucesivas capas de pintura, aplicadas en distintos momentos, apareció un texto realizado por el doble procedimiento de incisión y perfilado. La inscripción recorre la imposta del ábside, bajo la bóveda gallonada. Parcialmente ilegible ha sido restituida de la siguiente manera: “[IN HONOREM S]A[NCT]I IACOB[I Z]EBE[DEI (...) CONSECRAT]AM EC[CLESI]AM (...) SANCTI TOR]CVAT[I] SANCTI ADRIANI [SA]NCTI VERISIMI SANCTE SA[...) TEMPO[RE...] SALOMONI A(ASTURICENSI) EPISCOPO DISCVRRENT[I] NOBIES CENTENA LXXVª P[OST] ERA”.
El conocimiento del año exacto de la consagración ha contribuido a despejar muchas dudas existentes sobre la historia del edificio y ha ratificado la unidad constructiva de toda su fábrica, fruto de un único impulso, en el que hay que incluir también el contraabside de función funeraria y las capillas laterales. A la vista de estos datos resulta bastante convincente la hipótesis de que la Cruz de Peñalba fuera donada en el año 937 por Ramiro II como parte de la dote del ajuar litúrgico, con ocasión de la consagración de la iglesia.
El segundo de los documentos se formalizó el 11 de abril de 940. El mismo rey entregaba a Peñalba la iglesia de San Martín del valle de Parada Cebraira, cercana a Astorga, que anteriormente había sido monasterio y que había poseído sus antecesores. Llama la atención, una vez más, la larga nómina de confirmantes, entre los que se incluyen los obispos acompañantes en la curia regia, dos condes, seis anacoretas y dieciséis abades de otros tantos monasterios existentes en la comarca del Bierzo. También estampó su firma el abad de Peñalba, Electífico: “Electificus abba loci ipsius testis”. A continuación se añaden diversos monjes procedentes, seguramente, de esos mismos monasterios. Quintana Prieto estimó que el documento se expidió en el propio monasterio de Peñalba, y que fue esta la ocasión elegida para ofrecer la cruz al tesoro de la iglesia.
Nuevamente encontramos a Ramiro II en una escritura de septiembre de 946 que le vincula con las tierras bercianas y un supuesto concilio celebrado en el Monte Irago “in confinio bergidense”. Asistieron el rey, el obispo Salomón y una nutrida representación de abades, presbíteros y diáconos. Conocemos tal reunión a través de una donación del monarca leonés al monasterio de Santa María de Tabladillo. Entre los confirmantes figura Fortis abba Sancti Iacobi. En estas mismas fechas concedió el monarca dos privilegios más. Uno al monasterio de San Andrés de Argutorio y otro al monasterio de Santa Cruz. La autenticidad de todos ellos resulta muy dudosa
Reverso de la Cruz de Peñalba
Sobre el simbolismo de la Cruz de Peñalba y su función litúrgica

A la hora de buscar paralelismos, precedentes e influencias de la Cruz de Peñalba debemos acudir en primer lugar, al menos por proximidad geográfica y cronológica, a aquella otra cruz de piedra existente hasta hace poco tiempo, junto a otras piezas diversas, en la fachada de la ermita de la Santa Cruz, en Montes de Valdueza.
Se trata de un bloque pétreo cuadrado de 280 x 280 mm., que muestra como único motivo la cruz griega flanqueada por las letras Alpha y Omega. La cruz representada es equilátera, patada, de ápices rectos que alcanzan los bordes de la moldura recuadrante, con un disco central del que parten sus cuatro brazos. De la parte central de los brazos horizontales cuelgan las citadas alfa y omega, la primera con su clásico travesaño en V. Se puede fechar en los años 940 ó 943, basándose en una inscripción desaparecida que acompañaba a este conjunto de relieves altomedievales.
La hechura de esta cruz de Montes de Valdueza es muy similar, aunque sin astil, a la que aparece repetidamente representada en la decoración exterior de la iglesia-palacio de Santa María del Naranco, así como en las bandas historiadas que acompañan alguno de los clípeos que engalanan el interior. Fuera del territorio asturiano, pero dentro del ámbito del reino asturleonés, existen también referentes de interés. De similares proporciones, labradas sobre bloques monolíticos y probablemente contemporáneas, son las dos procedentes de la capilla de San Adrián de Amiadoso, en Pazó (Allariz-Ourense), actualmente en el Museo Arqueológico Provincial.
Ambas piezas, la de latón y la de piedra, remiten a su vez, al modelo de cruz asturiana por antonomasia conservado en la Cámara Santa de la catedral de Oviedo.
La Cruz de los Ángeles o Cruz de Oviedo es una joya de oro con alma de madera de cerezo, pedrería fina y entalles y camafeos romanos reaprovechados, donada por Alfonso II a la basílica del Salvador de Oviedo en el año 808. Al mismo tiempo que se configuraba el reino astur, y Oviedo adquiría la condición de sedes regia, se creó un símbolo religioso, ideológico y político representativo de la incipiente monarquía. Fue este el papel representado por la donación a la catedral ovetense de una joya singular durante el reinado de Alfonso II.
Sin embargo, este tipo de cruces no se han de identificar como exclusivamente asturianas o de tradición asturiana, como frecuentemente se definen; pues ya con anterioridad se conocían y utilizaban en la escultura y en la orfebrería plenamente visigodas. Se trata de un motivo iconográfico muy habitual en el que deben incluirse los crismones, las cruces o anagramas con representaciones del lignum crucis -bien sean griegas o latinas- expuestas para su veneración pública en bloques o placas de piedra, pintadas en los muros, estampadas en ladrillos de barro o bien grabadas en medallones como el crismón de Quiroga. Frecuentemente aparecen sostenidas por vástago o astil inferior vertical, sobre peanas o andas.
Son asuntos herederos del más primitivo monograma griego o aspa de Cristo de tiempos paleocristianos. Su institucionalización como vexilum político-militar vinculado a la máxima autoridad del Estado se produce desde época de Constantino, continúa en las cruces visigodas y se traslada más tarde a la monarquía asturiana como símbolo del rito áulico y de las milicias cristianas. La inclusión de las letras alfa y omega, aleph y tau de los hebreos, remite al Apocalipsis de San Juan “yo soy alfa y omega, primero y último, principio y fin”.
La madera de la vera cruz era tenida por una reliquia con especiales virtudes taumatúrgicas, pues se consideraba que estaba hecha con el leño del árbol de la vida plantado en el Paraíso. Por eso la madre del emperador Constantino, Elena, la buscó con pasión en Jerusalén, pues se decía que era capaz de resucitar a los muertos. En varias representaciones de la iconografía cristiana se asocia la cruz con formas arbóreas. En Bamba (Valladolid) hace unos años fue hallado un tenante de altar altomedieval con una de sus caras decoradas con este asunto. Se trata de una cruz griega floreada con las letras apocalípticas que se liga mediante formas eslabonadas o amigdaloides con un árbol de la vida a guisa de palmera. Este uso como amuleto protector explica la aparición frecuente, tanto en la miniatura altomedieval como en la decoración de los templos y palacios hispanos, de fórmulas apotropaicas del tipo: “Hoc signo tuetur pius, hoc signo uincitur inimicus” o “Signum salutis pone Domine in domibus istis et non permittas introire...”.
El asunto sobrepasa la pura decoración arquitectónica o epigráfica y se manifiesta también en la miniatura altomedieval, siendo un tema representado insistentemente en los códices hispánicos. Nueve de los Beatos conservados en la actualidad llevan como frontispicio este signo singular.
José María Fernández Pajares, después de un análisis minucioso de la miniatura hispana llegó a la conclusión de que la forma de la cruz alfonsina tenía sus antecedentes en los periodos anteriores, pero la representación miniada de la “Cruz de Oviedo” imita y reproduce la joya del rey Casto y no viceversa, pues la riqueza y fama de la joya asturiana habría motivado su difusión por el territorio asturleonés.
El emblema de la cruz era conocido en el Bierzo como lábaro protector al menos desde el siglo VII. Así San Valerio invocaba la Cruz Victoriosa en uno de los pasajes de su “Autobiografía”. Se trata de un episodio sobrenatural ocurrido en la iglesia de San Feliz. Cuando intenta salir del templo un amenazador gigante-demonio bloquea la puerta de entrada. Es en este momento cuando señala en su frente el signo y pronuncia: “Ecce, inquio, crucem Domini mei iesu Christi, qui est uirtus et uictoria mea”. Sabemos también de la construcción en Montes de Valdueza de una iglesia consagrada a la Santa Cruz, San Pantaleón y otros mártires. La iniciativa partió de Saturnino, discípulo de San Fructuoso, y el templo fue consagrado por Aurelio, elegido como obispo de Astorga hacia el año 681.
La cruz fue un refrendo perenne del rito de consagración de las iglesias, uno de cuyos actos consistía, según el Liber Ordinum, en ungir con el signo de la cruz, la alfa y la omega, la entrada de las iglesias. Schlunk recalca su función ahuyentadora del Maligno, por lo que suelen representarse cruces en los pórticos, en las impostas de los arcos de triunfo o dentro del sanctuarium para apartar de ellos el inflo del Mal. Precisamente los recientes trabajos de restauración en Peñalba han sacado a la luz un conjunto de interesantes frescos que cubrían los paramentos interiores del templo. Tanto en el muro oriental de la capilla mayor como en el contraábside occidental se representaron sendas cruces teñidas de rojo, semejantes en este caso a la de la Victoria de Oviedo.
Otra cuestión de particular interés es la función litúrgica que desempeñó nuestra presea en la iglesia del Valle del Silencio. La Cruz de los Ángeles era una joya para servicio de altar: “altaris quimodo inde crux”, precisa la Historia Silense a principios del siglo XII. Su uso debió también ser procesional pues no tuvo originariamente astil, ni estuvo destinada a ser colgada. Pero además cumplía funciones de relicario, tenía un alma de madera y en los extremos de los cuatro brazos se aprecian pequeñas cajitas para el depósito de reliquias. El propio Alfonso II entregó parte de las joyas y camafeos del tesoro real para su confección, lo que la convirtió en un valioso objeto en sí misma.
La Cruz de Peñalba carece de alma de madera lo que hace imposible la ubicación de reliquias en su interior, no tiene fórmulas apotropaicas en su inscripción y tampoco emplea materiales preciosos, ni reutiliza entalles romanos.
Desde el punto de vista de los usos litúrgicos de la Iglesia hispana parece evidente asociar todas estas cruces a las tradicionales ofrendas a las iglesias, como acción de gracias o en las ceremonias de consagración, documentándose la costumbre de colgarlas desde antiguo o que de ellas cuelguen objetos. Por ello muchas de ellas presentan diversas soluciones técnicas: cadenillas, ganchos de suspensión, taladros para engarces, anillas soldadas, etc.
Cómo señala Gómez Moreno generalmente cada iglesia tenía varias: las unas, hechas de bronce o de latón, y otras, que se llevarían en las procesiones de los días solemnes, eran de oro o plata, dorada con frecuencia, y a veces con piedras preciosas adornándolas y aun otras pendientes; suele constar su peso, de 400 a 58 sueldos, y que eran fundidas.
Diversos testimonios documentales ponen de manifiesto el aprecio conferido a los objetos de los tesoros donados por los reyes, como testimonios de la tradición y de las señas de identidad del reino. Las frecuentes donaciones de piezas de este tipo recogidas en los diplomas acreditan la gran estima en que se tenían estos donaria, cuyo significado trascendía el de su propio valor material.El empleo de metales como el latón, la plata o el bronce dorados, lejos de devaluar su aprecio, aumentaba uno de los efectos más fascinantes para los fieles: la luz y el brillo. La Cruz de los Ángeles era tenida por una obra sobrenatural. La Historia Silense, escrita hacia 1115, atribuyó su confección a dos ángeles disfrazados de artífices u orfebres: “Duo angeli in figura peregrinorum fingentes se artifices esse”. El relato alude a uno de los efectos que producía la cruz a los visitantes del tesoro de la catedral: el brillo y el fulgor, como símbolo y metáfora visual. Como remarca Victor Nieto Alcaide este asunto inicia en la Alta Edad Media un itinerario cargado de significados religiosos y relacionado con la imagen del poder. El brillo se asocia con la idea de lo trascendente e inmaterial, suponiéndose por ello que la cruz fue hecha por divina y no humana aplicación: “Diuino non humano studio factam”.
Estas cruces disponían de un lugar señalado para su custodia en los templos hispánicos. En Peñalba la fábrica de la iglesia disponía desde sus orígenes dos capillas laterales. En la puerta de cámara septentrional de la iglesia de San Salvador de Valdedios se indica claramente que, allí, se pusieron los dones (donaria) que entregaron al templo los fundadores. Se trata de lo conocido en los textos como thesaurum o donarium. Es decir se indica que este lugar es donde guardan las ofrendas. Para Bango Torviso, este tipo de dependencias también debieron albergar las reliquias. En un concilio de Toledo se decía que los objetos de culto se guardaban en el sacrarium, y que el sacristán era el encargado de velar por la custodia de pallia vel linteamina, altaria vel utensilia Ecclesiae.

domingo, 4 de octubre de 2015

El origen de la Vicaría de San Millán, según un manuscrito de 1894

 Casa-palacio de la Vicaría de San Millán en la Rúa en el año 1989

El presente texto fue escrito por el Dr. Santos González y González, párroco de la iglesia de Santa María del Azogue. Era natural de Villalón de Campos. En 1881 era ecónomo de la iglesia del Salvador de Palat del Rey y tenía su domicilio en la calle Guzmán el Bueno de León. En 1882 tomó posesión como Vicario y Juez Eclesiástico de la Vicaría de Benavente. Sus años al frente de la Vicaría le animaron, como él mismo reconoce, a investigar los orígenes y la historia de esta institución. El manuscrito está fechado en Benavente el 19 de septiembre de 1894. Utilizamos para la transcripción la copia existente en el Archivo Diocesano de Zamora.


TRANSCRIPCIÓN


1894, septiembre, 19. Benavente.

Breve relación de los orígenes de la Vicaría de San Millán

Archivo Diocesano de Zamora.

Cuando se trata de investigar el origen de esta Vicaría, dos son los puntos que deben estudiarse; porque no es lo mismo averiguar desde que época pertenece a la jurisdicción del Ilustrísimo Señor Obispo de Oviedo el territorio sujeto hoy a esta Vicaría o Tribunal Eclesiástico, que estudiar la época y causas que tuvo el referido señor Obispo, o el Consejo de Estado u otra autoridad superior para crear en el pueblo de San Millán un Vicario o Tribunal Eclesiástico, que estudiara en tantos y tan diversos asuntos como se contienen en el título del mismo, impreso al final de la Sinodal publicada por el Ilustrísimo Señor Pisador Obispo de Oviedo que falleció en esta villa en el año 1791, y acaso algunos más que le fueran cercenados en virtud de una Real Orden de 11 de enero de 1767; cuando ya el Vicario residía en Villademor de la Vega, pueblo el más inmediato al de San Millán.

Tan luego como en 18 de Noviembre de 1882 tomé posesión del honroso cargo de Vicario Juez Eclesiastico de esta villa y sus partidos, no perdí ocasión de preguntar a cuantas personas ilustradas creía podrían informarme sobre el origen de este Tribunal; y no habiendo podido satisfacer mis deseos las soluciones más o menos fundadas que tanto en esta localidad como fuera de ella, venía recogiendo, me resolví a registrar el Archivo de esta Vicaría, y después de haber empleado mucho tiempo en este penoso trabajo, sin resultado alguno, tomé rumbo distinto, acudí a otras fuentes y pude convencerme de la necesidad de estudiar por separado cada uno de los puntos o cuestiones que quedan enunciados.

I

Un siglo ha pasado desde que el Tribunal Eclesiástico se halla establecido en esta villa. Trasladado con su Archivo desde Villademor de la Vega y no han faltado en este tiempo hombres ilustres, eminentes en ciencias, hijos de Benavente entre los que se cuenta el Dr. D. José Ledo del Pozo escritor erudito que dejó escrita la única historia que de esta villa ha llegado a mis manos. No puedo menos de extrañar el profundo silencio que se nota en esta Historia sobre la Vicaría, a pesar de la importancia que tanto ésta como el Ilustre Señor Vicario tenía y a su vez daban a esta villa. No se diga que no tubo ocasión oportuna para ello ni halló medio de conceder un lugar, aunque fuese el último de su obra, a tan importante cuestión; cuando en el folio 216 se le otorgó a "la Mesa de piedra colocada casi al extremo del Jardín de los Condes en la que podían comer los Obispos de León, Astorga, Zamora y Oviedo sentado cada uno en su Obispado", fábula antigua que acaso pretende defender; así como el folio 308 asegura no sé con que fundamento que "la Iglesia de Santa María de Ventosa en las afueras de la villa" perteneció, antes del año 875 a la Diócesis de Astorga, y no a la de Oviedo, como sucedía con las demás parroquias de esta villa. Quien se hizo cargo de la fabulosa tradición de la Mesa situada en un punto tan especial, pudo muy bien haber consignado en su Historia aquella otra de lo que puede decirse "si non e vero, e ben trabato" de lo que más de un escritor se hace eco; a saber: "Se dice que estando en pleito el Obispo de León y el de Astorga sobre a cual de los dos pertenecía el territorio que constituye esta Vicaría se lo encargaron, hasta la terminación de el pleito, al Obispo de Oviedo, y como ninguno de aquellos, añaden otros, tubieron interés en continuar la causa, sigue indefinidamente el depósito". Dejando a un lado las causas que tanto el Doctor Sr. Ledo y otros no menos doctos, nacidos en esta villa, tubieron para no ocuparse de este asunto; yo nacido en Villalón de Campos en la provincia de Valladolid y Obispado de León, en prueba de mi gratitud iniciaré la cuestión y consignaré los datos que he podido recoger, a fin de que pluma mejor cortada que la mía terminé la cuestión con nuevos datos dando una solución satisfactoria.

¿Cuándo se adjudicó a la Diócesis de Oviedo el territorio de esta Vicaría? He aquí la primera cuestión que se intenta ventilar.

II

Dejando a un lado la enumeración de tantos y tan distintos pueblos que haciéndose dueños de esta o de aquella parte de España, allá en los primeros tiempos de nuestra historia y de las distintas divisiones o provincias que se hicieron de la Península en los primeros siglos de nuestra era, o sea de el cristianismo, es cierto que los Suevos se apoderaron de Galicia y Portugal; que los Vándalos se quedaron, parte en Andalucía y la otra parte hizo su asiento en Asturias. Gunderico su primer rey, puso su silla en Lugo, cerca de Oviedo, en cuyo punto de Lugo fundó en el año 417 con autorización del Papa Zósimo la silla Episcopal que como primer Obispo ocupó Vistremundo, quién extendió su jurisdicción hasta los últimos confines que señoriaban los Vándalos, es decir, parte de lo que en nuestros días (1894) corresponde a las Diócesis de León, Astorga, Lugo de Galicia, Orense, Mondoñedo y Burgos.

Corto tiempo gozaron los Vándalos de estos territorios, porque a instancia del Capitán Román se unieron a los que residían en Andalucía y pasaron sus gentes al Africa, con cuyo motivo distrageron sus fuerzas, y Hermerico Rey de los Suevos desde el año 411 se apoderó de aquellos. Infeccionados estos con los errores de Arrio no pensaron en arreglar los Obispados, cuyos límites se aumentaban y disminuían a merced de la fortuna de las armas, hasta que Theodomiro rey católico juntó un Concilio en Lugo de Galicia en el año 569 para señalar y fijar los correspondientes a cada Obispado. Los términos señalados al Obispado de Oviedo según Idacio, citado por Espinosa, arcediano de Oviedo, fueron los siguientes, entre los cuales se encuentra "Ventosa" a pesar de que (en) esta época pertenecía Benavente a la de Astorga, Ledo, fol. 308.

"Lugo quam in Asturis et Vandali edificavere, et Episcopatum in ea misere (quo numquam subdita fuit illa metropoli) teneat totas Asturias per Pyrineos montes, per omne litus Occeani maris usque Vizcajam, per messam uno Campo, Arbolio, Gordom, Albam usque ad illam harbolem de Quadros (Leon) Cojanza, (Ventosa) usque ad Ovetium, Lunan usque ad Privulium de Umaña, et usque ad Pyrineos montes, in Galeciam Luarcam Vallegangarcia, Morani, Zamoram, Totam Larriam usque ad flumen Mineum; Tota Lemos cum Minitio et Veumo et Laviniana et Zroyan usque ad flumen Sileum; Totam Lumian cum ecclesis de Petrajo, que edificate sunt, vid fuerint inter Arnonium flumen et Silum a termino montes Buron, et per quam hore usque ad feudum Anera et per ipsum discursum usque ad flumen Alvinum in Vega in Portelam de Venati et ecclesias de Salas intu Armonium et Silum, cum Ecclesis de Barrosa, Castella, Cojanza, Barbaneres, Avia et Avion, Asma, Comba, Avianeos sicut eam donavere nostre predunores et Vandali Reges".

Los Godos después de andar errantes por las costas Ballico, la Sarmacia y el Ponto, se juntan hasta treinta mil para combatir a los Romanos (Flórez clave XVI) Su Rey Alarico después de haberse apoderado de la Ciudad Señora del mundo en mejores tiempos vuelve sus ojos hacia España y su descendiente Leovigildo, hecha de Andalucía a los Griegos, mientras se celebra el citado concilio de Lugo, y a poco tiempo acabó con los Suevos en Galicia (576) Recaredo llamado el "Padre de la Patria" comenzó a reynar en el año 586 y a los tres años convocó el tercer Concilio de Toledo en el que firman ya dos Obispos de Lugo, a saber Basila y Nitigirio el uno de Galicia y el otro de Asturias. En este concilio o acaso en otro inmediato que hizo juntar el rey Wamba se trató de la división de Obispados y designación de sus límites habiendo sido aprobados los señalados para Asturias, Galicia y Portugal, los acordados con la aprobación del rey Theodomiro en el referido Concilio de Lugo de Galicia por más que no deja de existir alguna confusión en la enumeración de los mismos.

Rebeldes los Godos a la Iglesia no tardaron en ver lo que es el poder del Trono si éste se opone a la Silla. Niega Witiza la obediencia al Papa porque le oponía freno a sus brutales vicios, y como los pecados de estos son como los dolores de cabeza que afligen a todo el cuerpo; tomó el Cielo por ser escrita la venganza descargando sus iras contra el reyno. Desterrados los hijos de Witiza en Africa, y unidos los reveldes españoles a los conquistadores Sarracenos fácilmente se hicieron conquistadores los reveldes. Un diluvio de bárbaros inundarán la España; sepultado Don Rodrigo en el Guadalete se apoderan con facilidad del reyno que se halló sin cabeza y sin brazos después de perdida la batalla. Después de destruidas las ciudades y fugitivos los Obispos de nuestra patria, Lugo de Asturias recibió dentro de sus muros a los Obispos fugitivos por haber tenido esta ciudad la suerte de ser la última destruida por el poder de la media Luna; así como fue la primera en rehacerse no en el sitio que había ocupado y con su antiguo nombre, sino en Oviedo no muy distante de aquélla. Fundada ésta lo mismo que la Silla Episcopal por Don Fruela nieto de D. Pelayo, que comenzó a reynar en el año 757 y su hijo Don Alfonso el Casto (791) señalándola su antigua jurisdicción, o sean los límites que tenía al ser destruida por los Sarracenos.

Dio el Pontífice Juan VIII una Bula declaratoria del Obispado de Oviedo comprendiendo todo el terreno que hay de esta parte del Orbigo hasta donde afluye con el Esla quedando desde entonces año 875 (dos años después de un Concilio al que asistieron diez Obispos que según el Cardenal Aguirre se celebró en Oviedo) Benavente agregado a este Obispado (Historia Ecla. de la Igl.ª de Oviedo por Gil González tom. 3 pag. 509) La Bula escrita en pergamino tiene un grande sello de plomo, existe en el archivo de la Catedral de Oviedo y de ella he copiado lo siguiente a nuestro objeto.

"Statuimus etiam ut quascumque Ecclesias, monasteria, parroquias, Villas, hereditatis familias que sun quadraguinta annos possider illibate ac sine aliqua interructione perhenniter possiden: Preterea sicut ejus diocesis Impelayo Alfonsi mag... et Veremundi bone memoria regnante scriptas determinate conaritur et hic subscribitur, et hic integra possidenda omnino mandamus Cajanka scilicet in diretu ad Villam mannam ac suis flumen Stola ac tolam ipsam terram ac utruque parte fluminis usque ad cojankam ad transitu jam dicto flumine. Secus ipsum usque ad illum locum in quo predictum flumene ingreditur flumine Orbigo; per arbore de Quadros secus flumen Vernesga ex utruque parte flumini; tota terra de Alba et de Gordone et de Arbolio; ex allia vero parte per flumen humaña, paretes valdeordas usque ad arborum de quadros; ordine Luna, vadavia, laziana et inde per pirineos montes a flumine de ... Datum per manum Quirian cedodiae Cardinal en bibliotecarii Lateranii; XII Kal. Octub. anno Domini incarnatª octigentesimo quincuagesimo vigessimo primo. Pontificatus nostº domº Joannis PP. anno. IV".

No faltan otros documentos, además de los que dejamos trascritos que con toda claridad demuestran que el territorio que hoy forma la Vicaría perteneció al Obispado de Oviedo no sólo en el siglo VI y siguientes, sino también en el siglo X y por consiguiente sin interrucción alguna.
En el testamento de el Rey Alfonso 3º y su esposa Dª Xemena que se halla en el archivo gótico de la Catedral de Oviedo, he leído las palabras que voy a trascribir, en las que veremos que la Diócesis de Oviedo extendía su jurisdicción hasta el interior de los muros de la Ciudad del alevoso Vellido, o sea Zamora.

Jovis monti, dice el testamento, in mandatium Legionensis in arboleo monasteri Sancti Cipriani: territorio Cojanka, Villam quam dicunt Sancti Emilliani; quae ab antiqui vocabatur Sanctos medianos, ex integre per suos terminos Sancti Vicenti et Villamañan et per Zuares et per lagunam et per alliam partem per fluminum Stulam, cum sexigas, molinarias sicut ex ea Nos jurificavimus inter Castrum de Coyanza, ecclesias Salvatoris Sancta Maria ... concedimus etiam intra civitatem Zamoram Calnea, que construximus ibi ... in suburbio Zamora villam integram ... secus flumem Orbigo in Ordas monasterium Sancti Joannis Babtyª Die XIII Kalº Februari discurrente era DCCCCXIII anno felisita gloriosi regni mortii XXXVII que corresponde al año 951 de nuestra era.

También hemos hallado otra prueba de la verdad que veníamos demostrando de fecha posterior a las ya consignadas. Esta prueba me la suministró el testamento de D. Ramiro que se halla en mismo archivo; dice así:

"Item Zoris montes in territorio Cojanza secus stulam fluvium villas que sunt junta in simul Villademor, villa de avezo, villam de arpidio, villam de Margin, villam populaturam ab integro per suos terminos, per flumen stulam, per terminos Sancti Emiliani; per torale intra illam lumbam usque ad lagunam per zuares per Villamanam. Item inter Cojazam et vene sernam de Serenas multas ad magnas ad integram confirm ... Ramiriire filli Adefonsi VIII Kald. Octbe. DCCCCLXIII".

Como alguno de los pueblos que en los anteriores documentos se citan como pertenecientes a esta Diócesis de Oviedo corresponden en la actualidad a otras y particularmente a León con objeto de ver con claridad que aquellos pueblos y Villas le fueron adjudicados después de la fecha a que se refieren los transcritos documentos o sea al siglo X, pondré a continuación los límites señalados al Obispado de León por su restaurador Ordoño (850) Iº en los cuales no se citan algunos de aquellos. Dice así: Concede todo el territorio que media "per terminos Asturia, et inde per terminum de Zamora, quod est Castrum Gunzalvo Item Muza per terminum de Tauro, per terminum de Septem mancas ... per Dueñas Palentiam Cervera, Piedras negras, Liebana per pennas de illos juntos usque in termino jan dicto de Asturias Flórez España Sagr. tomo 34 página 435 y sigt. cuya cincunscrición fue confirmada por Orduño II como puede verse en el apéndice del mismo tomo.

Y como que es tan vago el decir per terminum de Zamora y de Tera puede suceder que al fijar con precisión los límites se originaran cuestiones y hubiese pleitos. ¿Pero cuándo? ¿En tiempo de que Obispos? Hic tempus, hic labor.

III

Expuestas hasta aquí las pruebas positivas en favor de la posesión en su consecuencia del Derecho que el Obispo de Oviedo tiene desde el reinado de Theodomiro (569) al territorio que constituye hoy la Vicaría de San Millán, creemos necesario examinar la opinión de los que aseguran que el Obispo de Oviedo adquirió en Depósito este territorio. "Se dice que estando en pleito el Obispo de León y el de Astorga (no sé porque no añadieron Zamora) sobre a cual de los dos pertenecía el territorio que constituye esta Vicaría, se la encargaron (¿quienes?) hasta la terminación del pleito al Obispo de Oviedo ... Sería necesario para que el se dice pudiera tener algún fundamento, aunque no fuera más que aparente, que señalaran la fecha de estos pleitos los Obispos que los promovieron, el tribunal que entendió en ellos y suponiendo que les fuera concedida la existencia de algunos pleitos y por consiguiente la fecha, Obispos que los ventilaron, lo mismo que el tribunal, era necesario más, el objeto que aquellos litigios se ventilaban.

Que existieron pleitos en la antigüedad entre unos Obispos con otros, nadie puede ponerlo en duda pero que en estos pleitos se ventilara el derecho que cada una de las partes tenía al territorio que hoy forma esta Vicaría, y que fueron anteriores no sólo a los testamentos de D. Ramiro, D. Alfonso, o la bula del Pontífice Juan VIII: Recadero y Theodomiro que aprobaron los límites señalados por el Concilio de Lugo, tan lejos están que puedan exibirlos, que por hacer algo, se atreben a sacar de el polvo, en que yacían sepultados, los que existieron y se revolvieron en tiempo de el Papa Inocencio III o sea el siglo 12, cuando hacían ya cinco siglos, que el Obispo de Oviedo se hallaba en posesión de estos terrenos; cuyos pleitos no tubieron por objeto reclamar y defender el derecho que las partes litigantes pretendían tener a este territorio y por consiguiente haber motivado el tan decantado Depósito. Examinamos la época y objeto de los pleitos, que los defensores de esta opinión nos citan, y nos convenceremos más y más en la verdad que venimos anunciando.

Dos son los pleitos citados por los defensores del pretendido Depósito, uno del que trata la Decretal Cum super de sentencia et re judicata; y el otro que parece venir más en apoyo de su opinión, es el que trata la Decretal Olim vobis. Examinaremos la historia de las citadas decretales, y veremos que tanto éstas como algunas otras relacionadas con ellas, son posteriores a todos los documentos citados en el párrafo II, y que por consiguiente nada dicen en contra de la verdad contenida en los mismos; y segundo que estas decretales ni en ninguna otra, puesto que no las citan, se trata de esta cuestión, sino que se refieren a objetos muy distintos del que nos ocupa; la primera afirmación es palmaria, porque las citadas decretales fueron expedidas por el Papa Inocencio III que existió en el siglo XII. Veamos si la segunda es tan cierta como la primera.

El Obispo de Orense pretendió obligar a el Abad del Monasterio de Celanova a que asistiera a un Sínodo que había convocado. El Abad no sólo se negó a ello sino que también proibió a sus súditos. Priores de los Monasterios de San Pedro y Santa Colomba (o de Santa Comba como se lee en la línea última del decreto transcrito en el Concilio de Lugo). El Obispo fulminó excomunión contra el Abad, apeló éste a la silla Apostólica y con este motivo expidió Inocencio 3º el decreto que se halla entre las Decretales de Gregorio 9º, libro 3º, título 38 cap. 8. Cum dilecti fillii; y posteriormente la que se halla en el segundo libro título 27. Cum super controversia cap. 17. Perdida la apelación por el Abad, el Obispo de Oviedo Juan 2º viene en su defensa, acude al mismo Papa asegurando que el Monasterio de Celanoba en Galicia no pertenece a la Diócesis de Orense para obligarle a la asistencia que este Obispo pretende, sino a la jurisdicción del de Oviedo. Muy poderosas devieron ser las razones y pruebas expuestas por el de esta Diócesis cuando el referido Pontífice se vio en la precisión de expedir la segunda de las citadas Decretales capit. XVII con la cual impidió se pusiese en ejecución lo dispuesto en la primera. Yepes Histoª Benedictine año 93. folio 32 tomo 5 donde asegura haber leído esta histª en el Archivo de la Iglesia de Orense era 1239.

Fundado el Monasterio de Celanova, Orden de San Benito por S. Bernardo en el año 636 muy próximo ya que no se halle dentro del territorio conocido en la antigüedad lo mismo que en nuestros días con el nombre de Limia adjudicada a Oviedo en el decreto de el Concilio de Lugo, no se extraña el proceder de la Silla Apostólica. No terminó esta cuestión hasta que el Rey Don Alfonso de León en un Concilio celebrado en Salamanca en el año 1201 la arregló cediendo al Obispo de Oviedo el Monasterio de San Pedro de Telerga cuyo título llegó a ser dignidad de esta Yglesia y adjudicando al de Orense el de Celanova quod novum monasterium interpretatur. De lo dicho se infiere que el primer pleito citado por los defensores del famoso Depósito, prueba lo contrario de lo que pretenden. Veamos si del segundo pleito salen mejor parados.

V

El otro pleito que citan en su favor los defensores del Depósito (Alonso Marañón de Espinosa, año 1528) es el que se halla resuelto en la Decretal de Inocencio III "Olim vobis" de restitª spol. Lib. 2º Título 13 capt. 8. Para la inteligencia de esta Decretal se hace preciso llamar antecedentes que nos conduzcan al conocimiento del objeto y fin de la misma.

Cuyacio, uno de los más ilustres economistas refiere que hallándose el Obispo de Oviedo cargado y agobiado por tan grandes deudas como había contraído, el Rey de León pagó todos sus créditos y se incautó de las rentas de la mitra para reintegrarse del capital adelantado. No teniendo ya el Obispo congrua suficiente para vivir en Oviedo, se traslada a la Diócesis de Zamora (acaso, añado por mi cuenta, a ocupar los terrenos que le había concedido en Zamora D. Alfonso, como hemos visto, en cuyo caso viene esta historia a confirmar nuestra opinión) Después del algún tiempo el Zamorano entabló un interdicto restitutorio contra el de Oviedo, reclamando no sólo el terreno sino también los frutos que durante su estancia había percibido: reclamación que fue resuelta en la citada decretal, en la que se mandó suspender la restitución de los frutos, hasta que el de Oviedo percibiera los de su Obispado (Acaso perdiera este Obispo, con este motivo las tierras Zamoranas).

Por más que debemos confesar que Felix Cuyacio es uno de los más ilustres escritores en el derecho Pontificio, no puede negarse que como extranjero ignoraba las cuestiones de España, y fue demasiado crédulo para admitir en sus obras, tan dignas de aprecio, por otra parte, fábulas destituidas de todo fundamento. Prueba de la buena fe de este sabio escritor es la confesión que hace al asegurar que "había oído esta historia" cuya exactitud pone en duda con estas palabras "es un amigo suyo Español".
La verdad del hecho la hallamos expuesta con claridad tanto en la historia de España como en las Decretales.

En el año 1199 segundo de el Pontificado del Papa Inocencio 3º, dirijió este Pontífice su encíclica dirigida al Arzobispo de Santiago y todos los Obispos del Reino de León, que principia "Et si necesaria sit, ut sean dada veniant", de la que solo se halla in corpore juris, la parte dispositiva Libro 4º Tit. 20 cap. 5º, mas no la exposición de hechos; que precede al decreto, en la que el Papa hace la historia de el escándalo producido por el matrimonio contraído sin dispensa por D. Alfonso 9º de León con su prima Dª Berenguela hija de el Rey de Castilla. Con este motivo embía a Raynerio, varón digno de veneración por su ciencia y virtud como legado Apostólico, para que si con sus consejos no puede conseguir la separación de los cónyuges y poner término al escándalo, pronunciara sentencia de excomunión contra el Rey, y de entredicho contra el Reyno. Don Martín López Pisuerga, Arzobispo de Toledo, Tello, Obispo de Palencia en nombre del Rey de Castilla padre de Dª Berenguela y D. Pedro Obispo de Zamora en nombre del Rey de León, impetraron la dispensa del incesto y la legitimidad del matrimonio. Se niega a esto el Pontífice y después de esponer con estensión las razones en la referida carta de su negativa, termina imponiendo penas severísimas no sólo a los Reyes sino a todos los que cooperan a mantener la causa del escándalo. Lucas Tudense en --- era 1226, Mariana libº. 2º cap. 21 y 23 con otros muchos. Año I del pont. de Inoc. 3º 1198.

Ninguno de los Obispos del Reyno tubo valor de notificar al Rey las disposiciones Pontificias. Sólo el de Oviedo Juan 2º llebado del celo por la gloria de Dios hizo publicar la excomunión contra el Rey y hacer obedecer en su Diócesis el interdicto. Mal humorado el Rey por esta conducta le desterró de su Diócesis y obligado a residir fuera de su jurisdicción; ocupó dice el testo, "ocupavit partem Episcopatum Salamantino et Zamorensis quorum fines contigui sunt." Lib. 1º de las cartas de Inocencio 3º publicadas por Sirleso pag. 62.

Pasado algún tiempo, estos Obispos a quienes pertenecía el territorio ocupado por el de Oviedo a saber, Salamanca y Zamora, reclamaron ante el Papa la devolución de este territorio y de los frutos que el de Oviedo había de ellos percibido en todo el tiempo de su permanencia en ellos mismos. De admitir es que acaso ocupó el de Oviedo los pueblos pertenecientes a estos Obispados de Salamanca y Zamora por hallarse excomulgados sus Obispos, por no haber dado cumplimiento a las disposiciones pontificias contra los Reyes de León. Hernán dice con fecha XVI Kal de Mayo del primero de su Pontificado "Verum quoniam supradictus Cardinales en dictum Legionem se Regem et Astoriem, Salmantinum, Legion et Zamoram Episcopus excomuniationis sententiam promulgavit". Decía, puesto el interdicto a recobrar contra el de Oviedo Inocencio 3º dispone que éste entregara al de Zamora la parte ocupada de su Diócesis, y autorizó al Obispo de Palencia "ut similiter predictum Episcopum Oventen ad restitutionen partes diocesis Salamantina compellent".

Mas habiendo consultado el de Oviedo que desterrado de su Obispado y privado de sus frutos no podía pagar mientras no fuera restituido y puesto en posesión de los frutos de su propia Diócesis, el Papa promulgó la decretal que intentamos explicar, Olim vobis dedisse. Libro 2º Titº 13 cap. 18 de restitº sputª que los defensores del Depósito llaman fundamento de su opinión.

Ahora bien, los terrenos que el Pontífice dispone, en la citada decretal sean devueltos a sus respectivos Obispos. ¿son acaso, pueden ser los mismos que hoy forman la Vicaría de San Millán? Imposible, no sólo porque éstos pertenecieron desde el siglo 6º, como hemos visto, al Obispo de Oviedo, quién desterrado de su Diócesis, se vio en la necesidad de residir en puesto o terreno que no le pertenecía; y como aquél terreno no era suyo, ni se hallaba dentro de los límites, señalados desde la antigüedad a su jurisdicción, no es de extrañar sino que se halla fundada en justicia, como no podía menos, la disposición Pontificia, Olim vobis mandando devolber los terrenos ocupados y suspendiendo la restitución de frutos, por las razones que en esta Decretal se exponen.

Así es que los terrenos mandados devolver y por consiguiente reclamados por el de Zamora se hallaban situados en aquel puesto de su Diócesis que confina con la de Salamanca, "quorum finis contigui sunt" de los que el de Oviedo ocupó también algún terreno mandado también restituir en la misma decretal. Si esta Vicaría se hallase situada entre los dos Obispados de Salamanca y Zamora podía acaso dar lugar a la sospecha de que a pesar de las serias disposiciones Pontificias, el de Oviedo hubiera conservado contra toda razón y justicia los terrenos que de las dos citadas sillas ocupó en su destierro. Esto no podría llamarse depósito sería otro el nombre que merecería este acto. Pero como la Vicaría de San Millán no confina por parte alguna con la Diócesis de Zamora (aquí la fábula de la mesa) sino que entre esta y la Vicaría existe una parte no pequeña perteneciente a la de Astorga y para llegar a la de Salamanca hay necesidad de atravesar de Norte a Mediodía, además de los veinte kilómetros próximamente correspondientes a la de Astorga, toda la Diócesis de Zamora, por que la Vicaría se halla al Norte de parte del Obispado de Astorga, más al Norte del de Zamora y mucho más al Norte del de Salamanca, situada entre el Obispado de Astorga que la rodea por la parte del Oriente, Sur y Poniente y el de León por el del Norte, no puede decirse ni sospecharse que el terreno a que se refiere la Decretal Olim vobis lib. 3º título 8º capt. 18, sea el que hoy forma la Vicaría de San Millán.


VI

Pudieron haber existido otros pleitos que no se han servido citar los defensores del Depósito entre los Obispos de Oviedo y Zamora sobre mejor derecho a ciertos y determinados terrenos; pero nunca sobre los que forman la Vicaría, porque en este caso se hubiera dado ésta en depósito, no a una de las partes interesadas, sino a otro tercero.

Fundada la Diócesis de Zamora por D. Alfonso 6º poco antes de los acontecimientos referidos pudo muy bien suceder que esta nueva Diócesis reclamara algunas feligresía que el de Oviedo tenía en virtud de la cesión que le hiciera en su testamento Alfonso 3º. Concedimus etiam intra Civitatem Zamoram. Godma quo construximus ibi in suburbio Zamora villam integram ... testamento transcrito en el párrafo 2º. Feligresías y terrenos que no pertenecen hoy a Oviedo como otras muchas construidas en el referido testamento. Pero ¿cúando? ¿por qué Obispo? ¿en virtud de qué disposiciones dejaron de pertenecer al Obispado de Oviedo y se agregaron al de Zamora? No es esta la cuestión que nos hemos propuesto examinar.

Terminamos con la deducción de la legítima consecuencia de todo lo dicho. Que la Vicaría de San Millán perteneció desde el siglo 6º al Obispado de Oviedo en virtud de decretos Synodales aprobados por los Reyes, confirmados por el Papa y que nunca puede suspedrarse y menos asegurarse que la posesión de los terrenos que forman la Vicaría la haya adquirido en virtud de un Depósito judicial.

Benavente 19 septiembre de 1894. 
Dr. Santos González y González 
(Hay una rúbrica)

Presta examinar la segunda cuestión sentada en la introducción de esta disertación, a saber: ¿cuándo, en qué época se encomendó el Govierno de esta Vicaría a un Vicario, Juez Eclesiástico con tantas facultades como se le señalan en el título mandado expedir a su favor por el Real y Supremo Consejo del Rey en 13 de enero de 1767 y acaso algunas más que entonces le fueran cercenadas? En otros términos ¿En qué época se estableció el Tribunal Eclesiástico, independiente del de Oviedo, en la Vicaría?

Mapa de los territorios de la Vicaría de San Millán en 1894

Detalle de casa-palacio de la Vicaría de San Millán en la  Rúa en el año1989

Agustín González Pisador, obispo de Oviedo

Escudo del obispo Pisador (1777)

viernes, 26 de junio de 2015

Mi última y postrera voluntad - Testamento y codicilo de José Ledo del Pozo

Primera página del testamento de José Ledo del Pozo
José Ledo del Pozo, autor de la “Historia de la nobilísima villa de Benavente”, formalizó su testamento en Carracedelo, jurisdicción de la villa de Ponferrada en el obispado de Astorga, el día 22 de noviembre de 1782. En aquel momento manifiesta encontrase sano y en plenas facultades. Vive en una casa propiedad de la parroquia, en compañía de su prima, doña María Ledo, quien atiende las labores del servicio de su residencia.
Dispone como primera voluntad enterrarse en la iglesia parroquial de San Esteban, donde disfrutaba de su beneficio curado. Allí existía un espacio de enterramiento reservado a los clérigos. A continuación se van desgranando distintas disposiciones relativas a la celebración de sus funerales, así como diferentes mandas de contenido fundamentalmente económico.
No consta la propiedad de bienes inmuebles, pero sí de un importante ajuar doméstico, mobiliario, aperos, ropa y libros. Además, varias personas tenían deudas contraídas con el testador, fruto de los préstamos que hacía a los feligreses y vecinos de la comarca, y que tenía minuciosamente registrados. Los préstamos los hacía en metálico o mediante la entrega de grano de su panera.
Sorprende que no haya en el testamento ninguna alusión a Benavente, su villa natal, ni tampoco manda alguna a sus iglesias y monasterios, aunque sí hay menciones a su padre, madre, hermanos y otros miembros de su familia. Instituye por único y universal heredero a su padre, don Antolín Ledo, y si este hubiese fallecido a todos sus hermanos. Su madre, Catalina Rodríguez, ya había fallecido, y su padre tenía otros hijos fruto de segundas nupcias.
Hay una cláusula curiosa relativa al destino de los libros de su biblioteca privada. Se establece que en caso de que alguno de sus hermanos tuviera la intención de cursar estudios recibiría una ayuda económica durante seis años. Los libros estarían a su disposición durante este tiempo, pero sin poder venderlos, pudiendo pasar luego a otro de los hermanos que iniciara estudios.
Según el inventario de bienes que se realizó a su muerte, Ledo del Pozo tenía 234 volúmenes en su librería, “los que no se les da precio por no saber el coste de ellos”. Sin duda, estos libros fueron la base fundamental para componer su “Historia de la nobilísima villa de Benavente”, y otras obras de las que hay constancia.
Entre los objetos diversos de este inventario, escriturado en 1788, también se anota una escopeta, dos pistolas y un reloj “de campana”, tasado en cuatrocientos reales, un artilugio poco habitual entre los enseres domésticos de las zonas rurales y reservado a los grupos sociales más distinguidos. Además, disponía de una bodega bien surtida de tinajas, cubas y cubetos de vino, y una panera con abundante grano, legumbres, lana, linaza, etc. En sus establos había “dos marranos de ceba”, “una mula de silla cerrada con sus pertrechos” y “una burra con su cría”. La relación de bienes se completa con los aperos agrícolas, mobiliario, la ropa personal, la ropa de cama, joyas, útiles de cocina, cubertería, cuadros, espejos y cortinas. El valor total de todo este inventario se estima en 31.877 reales.
El codicilo fue redactado seis años después, el 29 de agosto de 1788, también en Carracedelo. Entonces el erudito benaventano dice estar “henfermo con henfermedad que Dios nuestro Señor fue servido darme, aunque en mi sano y caval juicio”. Vive ahora en compañía de su hermana, doña Josefa Ledo, a quien deja 2.000 reales en reconocimiento a su dedicación. Tiene además varios criados a su servicio. A pesar de su enfermedad, puede firmar de su puño y letra al final del documento.
Ledo del Pozo moriría en este mismo año, cuando contaba solamente con 35 años de edad. Como señala la profesora Elena Hidalgo Muñoz, fue enterrado en la iglesia de San Esteban el 9 de noviembre de 1788.
El codicilo, como es habitual en este tipo de documentos, no altera los aspectos fundamentales de su testamento, pero clarifica ciertas cláusulas, modifica algunas de las asignaciones económicas y dispone misas suplementarias a celebrar en su memoria.
Llama la atención su cambio de parecer sobre el destino de la colección bibliográfica. Si en el testamento parecía tener un especial apego a sus libros y no desea su dispersión, ahora dispone la venta a su muerte sin más contemplaciones. Tal vez ninguno de sus hermanos llegó a estudiar, o cambiaron las circunstancias personales y familiares.
Sí muestra, en cambio, un especial interés por una obra suya pendiente de ser impresa en Madrid. Concretamente en los talleres de Isidoro Hernández Pacheco. Sobre esta cuestión deja algunas instrucciones muy precisas a sus herederos a fin de asegurar la finalización de este proyecto. A este respecto hay que señalar que su otra obra impresa conocida: “Apología del Rey Don Pedro de Castilla” salió del establecimiento de este impresor madrileño sin fecha de edición. Según Palau debió ser publicada hacia 1780. Sin embargo, sabemos que en 1783-1784 el autor pedía al Consejo Real licencia para su impresión. La licencia fue concedida el 7 de febrero de 1784. Incluye censura y certificado de la Real Academia de la Historia.
Todo apunta a que esta obra debió ser publicada a partir de este año 1388. El día 13 de julio de 1387, el secretario de Real Academia de la Historia "dio cuenta de un Memorial de don José Ledo del Pozo, Cura párroco del lugar de Carracedelo, en que solicita se nombre un Académico que, con acuerdo suyo, arregle  el Prólogo y correcciones de su obra, intitulada "Apología del Rey Don Pedro", con cuya condición le concedió el Consejo la licencia. Y teniéndose presente que la censura de ella estuvo á cargo de los Sres. Viera y Jovellanos, se nombraron para el desempeño de esta Comisión al segundo y al Sr. Flores (menor)".
En la documentación del Consejo Real encontramos referencias a otras dos obras suyas para las que también solicitó el preceptivo permiso: "Discurso político y moral sobre la nobleza, obligación y conducta de los nobles", en 1785 y "Oraciones retóricas", en 1785-1787. Mientras que la primera quedó sin resolver, de la segunda consta la licencia favorable concedida el 11 de agosto de 1787.
Se ofrece a continuación un extracto del testamento y codicilo de Ledo del Pozo, con algunos de sus pasajes más significativos. Se incluye también un breve pasaje del inventario. Estos documentos se encuentran en la Sección Protocolos del Archivo Histórico Provincial de León. Pertenecen a los protocolos del escribano de Ponferrada Manuel Gerónimo Suárez (Caja 2515, leg. 1721). Inventario: fol. 45-54v, testamento: fol. 58-64 y  codicilo: 66-70v. El testamento es una copia autentificada del registro del escribano de Ponferrada, Pedro Fuentes. En cambio, el codicilo es original y tiene la firma autógrafa de José Ledo del Pozo. Quiero agradecer particularmente a mi amigo y compañero el profesor Miguel José García González sus gestiones realizadas para la localización de estos textos.

TESTAMENTO

1782, noviembre, 22. Carracedelo.

En el nombre de la Sanctísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Sancto, tres personas distintas y un sólo Dios verdadero. Sépase que yo el Lizenciado Don Josef Sanctos Ledo, cura párroco del lugar de Carrazedelo, jurisdicción de la villa de Ponferrada, obispado de Astorga, hallándome al presente por favor de la Divina Misericordia sano y en mi natural juicio, creiendo como verdaderamanete creo, en todos los misterios que tiene, cree y confiesa nuestra Sancta Madre Yglesia Cathólica Romana, en cuia fee y creencia profeso vivir y morir, como cathólico y fiel christiano, y caso que subceda (lo que Dios no permita) que por alguna enfermedad de demencia, u otro accidente digese lo contario[...] en uso de mis derechos y teniendo presente la facultad que se concede a los hixos de familia para poder testar de los vienes quasi castrenses, y otros de esta clase, según la ley primera título octavo, la tercera título quarto del libro quinto de la Recopilación, siendo de esta calidad los que gozo, como adquiridos por el estado clerical, sin otro especial arbitrio que provenga de mis padres, dispongo y otorgo mi testamento, última y postrera voluntad en la manera siguiente:
Primeramente mando y encomiendo mi alma a Dios, nuestro Señor, que la crió y redimió con su preciosíssima sangre, y el cuerpo a la tierra de que fue tomando, el qual quando Dios sea servido sacarme de esta presente vida a la eterna, mando se entierre en la yglesia parroquial de San Esteban de este lugar, en la sepultura de los señores curas, y se dé a dicha yglesia un ornato sacerdotal, en caso que se tome otro de los más usados para mi mortaja correspondiente al estado.
Yten, que asistan a mi entierro y autos doce señores sacerdotes, bien sean seculares o bien regulares, a quienes se dará el estipendio acostumbrado, con el cargo de las misas, y si acaso subcediese acudir voluntariamente algunos sacerdotes seculares o regulares sobre el número de los doce llamados, es mi voluntad se dé a cada uno siete reales con el cargo de una misa y asistencia a mi entierro.
Yten, que se dé lo acostumbrado al señor cura a quien pertenezca mi entierro, con cargo de el responso anual sobre mi sepultura, y que el día de mi entierro se dé de comer a todos los señores sacerdotes que asistan a él, y a cada pobre de este lugar se dé una limosna, una bolla de dos libras y un quartillo de vino, y caldo de legumbres, excepto q los […] y porbres forasteros, que a estos se dará solamente una libra de pan a cada uno, y el caldo, con cargo de que todos rezen a coro un Padrenuestro y Avemaría por mi ánima a la puerta de casa.
Yten, mando se diga por mi alma trecientas misas y por cada una se dé la limosna de tres reales, con la condición que no se dilaten en zelebrarlas más de treinta días siguientes al de mi entierro, porque entonces es mi voluntad se restituía el estipendio a mis testamentarios para que dispongan lo que tengan por más conveniente sobre su conciencia.
Yten, mando a mi prima Doña María Ledo ocho mill reales de vellón, y una cama entera con dos colchones, y quatro sábanas buenas, en pago de sus salarios y buen servicio sin que se tome en quenta nada de lo recivido hasta entonces, ni se le registren sus baúles, cuia manda se entiende en el supuesto que se halle en mi servicio al tiempo de mi fallecimiento, y no viba ya separada.
Ytem, que si al tiempo de mi fallecimiento viviese Doña Manuela Rodríguez, que al presente es monxa en Sam Bernavé de Zamora, mando se la den cien ducados por una vez, por los muchos favores que la debo.
Declaro que todas las deudas que resulten de recibidos o notadas en el Libro de Caxa se tengan por ciertas, y las en que se hallen comprehendidos mis feligreses, mando no se les pida alguna que no pase de cien reales, y que en las que excediesen de esta cantidad se cobre el restos que exceda, y se les perdonen los cien reales.
Yten, mando se cobre y recoja todo el pan que tuviese prestado a mis feligreses, y que de mi panera se repartan después veinte cargas entre quarenta vecinos de los más necesitados a juicio prudente de mis testamentarios.
Yten que si acaso subdiese que al tiempo de mi fallecimiento se hallase dedicado algún hermano mío a los estudios, mando se le den seis mill reales repartidos en seis años, con condizión que estudie, y asimismo se le aplique toda la librería para su uso, sin que sea visto pueda venderla, sino que antes bien la ha de ir reservando para el siguiente que estudie de la familia, prefiriendo al más inmediato en parentesco.
Yten, mando que a cada uno de los criados que se hallasen en mi servicio al tiempo de mi fallecimiento se den dos cargas de pan sobre sus justos salarios, que se les abonarán por entero, con tal que mi servicio haian estado más de un año, pero si acaso subcediese no haver llegado a cumplirlo, en este caso, mando se les dé solamente por gracia media carga además de sus salarios.
Yten, mando que a cada uno de mis hermanos Francisco y Francisca, que quedaron de mi madre Doña Cathalina Rodríguez, difunta, se les den quatromill reales para ayuda de sus gastos, pero su subcediese haver muerto alguno de estos dos antes que yo fallezca es mi voluntad que entonces se den al que quedass seis mill reales.
Yten, mando que los testamentarios que fueren en virtud de este mi testamento se dé a cada uno una alhaja de mi casa, valor de trecientos reales a juicio prudente suio, por razón de trabajo y agradecimiento.
Que al clérigo o vicario que se hallare de mi orden en servicio de mi parrochia se le den trecientos reales sobre el estipendio justo en que estuviéremos convenidos.
Yten, declaro que por quanto hice concordia con Don Luis Gancedo, presvítero vecino que fue de la villa de Ponferrada, sobre la casa que havito en este lugar de Carrazedelo, mando se esté a lo que previene dicha escritura, que se hallará adjunta con los demás apeos de esta yglesia y apuntada en el fin de los libros de arriendo de ella, y que mediante haver satisfecho las cargas que allí se previenen y los quarenta reales annuales en los reparos precisos de ella, como se verá por la quentas que tengo tomadas, que no estén obligados mis herederos a pagar cosa alguna por razón de desperfectos, ni otra causa, mediante estar aceptada la casa con esta condición y no haverse gravado a los curas más que con los quarenta reales annuales por razón de renta para reparo.
Yten, que por quanto en los Libros de Fábrica y cofradías he procurado poner con toda claridad mis quentas, mando se obserbe en el de Fábrica lo prevenido desde el folio ciento veinte y seis, donde ser advierten las cantidades que tengo recividas de poder de los mayordomos, y desde el folio ciento treinta y uno satisfacción de ellas, donde se hallarán abonadas con toda claridad y orden, cuio método se observará en el de la Cofradía del Sanctíssimo Sacramento a los folios cinquenta y quatro, y ciento y uno, y en el de Nuestra Señora, a los folios quarenta y siete, y ciento y uno.
Yten, es mi voluntad que si alguno de mis herederos intentase poner pleito o demanda a los demás interesados sobre lo que dispongo y mando en este mi testamento, sea excluido inmediatamente de la parte de mi herencia que competir le pueda, y se aplique sin más informe a la parte ynteresada contra quien litigase.
Y para cumplir este mi testamento, mandas y legados en él contenidos, elijo y nombro por mis testamentarios y albaceas al vicario que fuere en esta mi parrochia al tiempo de mi fallecimiento y al señor cura más inmediato, a quienes pertenezca mi entierro por derecho de tal, a quienes y cada uno “in solidum” doy todo mi poder cumplido, el que de derecho  se requiere y es necesario, para que en lo más bien parado de mis bienes lo paguen y cumplan, y mando que hasta haverlo executado qualquiera de los dos, o entrambos se apoderen de todos, y los retengan, vendiéndolos en pública almoneda, o fuera de ella, como más bien les pareciere conveniente, sin que persona alguna se lo estorbe.
Yten, el remanente de todos mis bienes, derechos y acciones y futuras subcesiones elijo y nombro e instituio por mi único y universal heredero a Don Antolín Ledo, mi padre, y si este huviese fallescido antes que yo, declaro por mis herederos a todos mis hermanos, habidos en las primeras y segundas numpcias de el mencionado mi padre para que lo repartan entre sí igualmente, y los lleven y gozen con la bendición de Dios y la mía.
Y por este mi testamento reboco, anulo y doy por ninguno y de ningún valor, ni efecto otro qualquier testamento o testamentos, codicilo o codicilos, poderes para testa y otras últimas disposiciones que antes de este haya echo y otorgado por escrito, de palabra o en otra qualquiera manera, y aunque tengan cláusulas derogatorias, y que pidan especial mención para su derogación, porque sólo quiero que valga tan solamente este que al presente hago por mi testamento y codicilo y última y postrimera voluntad en la mejor forma y vía que haia lugar en derecho, el qual por firme assí lo otorgo ante el presente escrivano, en este lugar de Carrazedelo a veinte y dos de noviembre de mill setecientos ochenta y dos, siendo testigos Don Manuel de Pacios presvítero, Josef Manuel Menéndez de Jesús, y Francisco Fernández el Viexo, vecinos de él, el otorgante a quien yo el dicho escrivano doi fee conozco, y de que está sano, en pie, y en su cabal juicio, y entendimiento natural, lo firmó y firmé. Lizenciado Don Josef Ledo. Ante mí Pedro Fuentes.
Concuerda con su original que en mi poder, oficio y registro queda en sello quarto, a que me refiero y en fee de ello yo el dicho Pedro Fuentes escribano por Su Majestad y perpetuo del número de esta villa de Ponferrada y su jurisdicción lo signo y firmo en ella y estas siete foxas primera de el sello tercero y las de yntermedio papel común a veinte y quatro de noviembre de mil setecientos ochenta y dos. Pedro Fuentes (Hay una rúbrica).

CODICILO

1788, agosto, 29. Carracedelo.

En el nombre de Dios. Amén.
Sepase como yo Don Josef Ledo, cura párrocho de el lugar de Carrazedelo, obispado de Astorga, hallándome a el presente henfermo con henfermedad que Dios nuestro Señor fue servido darme, aunque en mi sano y caval juicio, creiendo como firmemente creo en todos los misterios que tiene y cre nuestra Santa Madre Yglesia Romana otorgo este mi codicilio mediante tener hecho mi testamento por ante Pedro Fuentes, escrivano del número de esta villa de Ponferrada en el año de mil setezientos ochenta y dos, y el que quiero que valga en todo y por todo eszetuando en aquella cosas que se enmendan y se añadieran en este mi codizilio que son las siguientes.
Primeramente que además de los sazerdotes llamados para mi entierro en mi testamento se llame expecialmente a la comunidad de Caveza de Alta, a quien se dará lo acostumbrado.
Yten que de la limosna que se manda dar a los pobres en el día de mi entierro se revaje el cuartillo de vino y en compensa se bistan a doze pobres que han de asistir nombradas [...] a mi entierro, según el juicio de mis testamentarios.
Yten mando que a las misas que ban señaladas en mi testamento se añadirán otras [...] zientas por mis obligaciones de las quales doszientas se darán a los frailes de Caveza de Alta, con la premisa condizión que han de ser todas las primeras que digan.
Yten, mando que además de la manda que hago a mi prima Doña Mariana Ledo en mi testamento, la qual quiero que valga en todo y sobre todo, se la dé además otra cama entera con dos colchones y otras cuatro sávanas buenas, de suerte que sean dos camas con las condiziones sobredichas [...]
Yten, mando que se paguen los dineros que fueren necesarios para conpletar la ympresión de una obra que es hella pendiente en poder de Don Yisidoro Hernández Pacheco, impresor de Madrid, y para lo qual tiene rezividos siete mil quinientos reales como resultara de las quentas que sobre este particular [...]
Yten, revoco la manda que hago en el testamento para el hermano que se hallase dedicado a los estudios y es mi voluntad que nada sirva y mando que la librería pueda venderse libre.
[...]
Yten, mando que a mi criada Ysabel García se done todo cuanto tubiere rezivido, y que además se la den dos cargas de pan que puso en mi panera y otras dos de la darán a parte, y además se la dará una cama a estilo de aldea, con sávanas de estopa y dos mantas, una arca de las mías y dos quintales de legumbre por los buenos servicios que me ha echo, y además se la dará una caldera mediana, una sartén y un cazo.
Yten, mando a mi criado Eugenio se le abone entero el salario de el año y además si quisiere [...] y además se quede con media carga de pan para aiuda de mantenerse.
Yten, mando que a mi criada que fue María García se la perdone todo lo que tubiere rezivido, y mando que además se la dé una carga de pan.
Yten, mando que las alajas que mando dar a mi vicario a de ser con la condizión que zele por estas mis cosas siendo yo fallezido.
Yten, mando que nada se pida de cuanto tubiere dado a mi tío Don Lorenzo Ledo y qualquiera de mis parientes.
Yten, mando que se den dos mill reales a mi hermana Doña Josefa Ledo que está en mi compañía los que forzosamente se abrán de reservar para su acomodo, y para cumplir este mi codicilio añado a los albazeas nombrados en mi testamento al señor Don Manuel Corral cura que es de San Martín, a quienes doy todo mi poder para que sin cargo de ynbentario ni fianza retengan todos mis bienes con intervenzión y asistencia de mi prima Doña Mariana Ledo asta que se cumplan todas las mandas que se hallan comprendidas en este mi testamento (digo) codicilio y en el mi testamento y en el ynterín mando que nada se entregue a ninguno de mis herederos.
Yten declaro que la manda que azía en mi testamento a favor de mis hermanos Don Francisco y Doña Francisca, se entienda solo porción a favor a favor de mi hermano Don Francisco, a quien se dará la cantidad de quatro mil reales, y por este mi codicilio quiero que se arregle dicho mi testamento, los quales quiero que valgan en quanto en este mi codizilio no se halle derogado.
Y para que este sea firme por no haber escribano en este lugar lo otorgo ante los testigos que se darán abajo a veinte y nuebe días de el mes de agosto de mill setezientos ochenta y ocho, siendo testigos Don Manuel Antonio de Pacios, presbítero, Josef Menéndez de Jesús, Eusebio García, Damián Tidal y Santiago Fernández, todos vecinos de este dicho lugar y los firmo junto con los testigos que saven. (Hay varias firmas, entre ellas la de Don Josef Ledo).

INVENTARIO

Primeramente en la sala principal se hallaron
Una mesa redonda con su carpeta de esparragón encarnado en cien reales. 100
Más trece tavoretes forrados de badana en cuatrozientos veinte y nuebe reales. 429
Más una silla poltrona en cinquenta y quatro reales. 054
Más tres silletas de color chocolate en doze reales. 012
Más otra silleta de lo mismo en quatro reales. 004
Más quatro láminas de vidriera en ochenta reales. 080
Más dos quadros negros en ocho reales. 008
Más dos láminas doradas de cobre en treinta y dos reales. 032
Más siete láminas chicas con media caña y otra con la ymagen de un Christo también con media caña, en veinte y quatro reales. 024
Más un espejo en ocho reales. 008
Más nuebe cortinas de lana y cinco baras en cien reales. 100
Se halló en la alcoba delantera dos láminas o medias cañas de papel en ocho reales. 008
Más una tarima de cama con su cordel en ocho reales. 008
Más un jergón de estopa en veinte y siete reales. 027 

martes, 16 de junio de 2015

Un puente ancho y seguro - El Puente del Jardín de Benavente

Arco del antiguo Puente del Jardín de Benavente

Dentro del alfoz medieval del concejo de Benavente el puente más importante era, sin duda, el de Castrogonzalo, sobre el río Esla, y esto se debía tanto a su tráfico como a su repercusión económica y su interés estratégico. Sin embargo, en los términos más próximos a la villa había otro puente de piedra especialmente emblemático. Estaba situado sobre un brazo del Órbigo, y de él queda aún un arco en pie junto a la antigua carretera de Orense y la vía del ferrocarril. Fue conocido como el Puente de Piedra, del Portazgo y Puente del Jardín. Esta última denominación se debe a que unía la villa y la fortaleza con el famoso jardín monumental que los condes erigieron en sus proximidades. En época contemporánea se alude también a esta construcción como el Puente del cauce de los Molinos o el Puente de la Ría de don Felipe.

Este puente debe ser uno de los más antiguos de propiedad concejil, pues aparece documentado al menos desde el año 1215. Su construcción o reforma debe enmarcarse, por tanto, en la repoblación de la villa por Fernando II y Alfonso IX.

Muy posiblemente, una estampa alegórica y estereotipada del mismo es la que ofrece el sello concejil del siglo XIII, conservado en el Archivo Diocesano de Astorga y que nos muestra un puente ojival de cinco ojos. El cauce del río Órbigo ha debido sufrir en este entorno grandes variaciones a lo largo de la historia. En el siglo XIV el río se dividía en dos partes, dejando en medio la isla de Valmonio, controlada en parte por el monasterio de San Martín de Castañeda.

Un brazo, la llamada "madre vieja" del Órbigo, cruzaba por el puente de piedra a los pies de la villa y junto a la Puerta de la Puente. El otro lo hacía bajo un puente de madera, llamado puente de la Huerga, junto a Velilla, donde existía también una iglesia o ermita dedicada a Santiago. Velilla es hoy un despoblado situado entre Santa Cristina y Benavente, junto a él la toponimia menor recoge una vereda de Santiago, recuerdo sin duda de la mencionada iglesia dedicada al apóstol.

Este territorio próximo al río tenía además un alto interés estratégico, puesto que marcaba la frontera entre las jurisdicciones de las diócesis de Oviedo y Astorga. En el siglo XIV ambos obispos pleiteaban por el control de Valmonio. En la documentación de la Catedral de Astorga existen extractos de dos diplomas que recogen esta problemática:

"Memorial del echo del pleyto que siguió el obispo de Astorga con el de Oviedo sobre el término de Valmonio, que es la isla que haze el río Órvigo dividiéndose en dos partes, que la una passa por devajo del puente de piedra inmediato a la villa de Benavente y la otra por devajo de una puente de madera que llamarían la puente de la Vuerga, en cuia isla estava o está la iglesia de Santiago de Villiella, que es del obispado de Astorga, en cuyo memorial no se relaziona decisión".

"Despacho monitorio expedido por don Estevan Ferrera deán y Juan Yáñez canónigo en dicha santa iglesia de Astorga provisoress y vicarios generales deste obispado por el señor obispo don Juan de Oviedo y más personas eclesiásticas que de hecho y contra derecho del obispo de Astorga se havían entrado en su territorio y en él administrado jurisdicción episcopal. En primero de Junio Era 1374 (año 1336). En esse despacho se dice que los términos de esse obispado de una parte llegan hasta la puente de piedra que está a la puerta de la villa de Benavente y hasta el río que passa por devajo de ella, y desde dicha puente como se va para Valmonio y que todo este sitio Valmonio esta incluso en esse obispado".

En el siglo XV se alude en los libros de actas municipales al "Puente de Piedra", que era reparado de forma periódica al igual que se hacía con el resto de puentes de propiedad concejil: "Este dicho día acordaron que Martín Liuiano, mayordomo de los propios, vaya a ver las puentes e Ruy Gomes, procurador, con él e con el escriuano de conçejo e las repare de todo lo que obieren menester, así xancas como de rama e çespede e ajara, e así mesmo la puente de piedra que le echen sus cuadernos de piedra e en medio enbetumado de cuyos e arenas, en manera que sean reparadas en el verano antes quel inuierno venga, e si fuere menester dar la puente de piedra e destajo para el reparo suso dicho, que Roy Gomes lo pueda faser con el dicho escriuano, e así mesmo que faga çiertas tapias a la dicha puente de piedra que son menester". La anotación corresponde al Libro de Actas del concejo de 1470.

Otra de las denominaciones de este viaducto era la de Puente del Portazgo. En una carta de venta a favor del concejo de Benavente del prado de Valmonio, en 1514, hay una aclaración hecha por el archivero del concejo: "Este es el prado que llaman Ventossa, que empieza desde la puente que llaman del Portazgo, y ba por entre el río y la guerta que a la sazón goza Alonso de Fonseca, alcalde mayor de los estados de su excelencia".

En 1481 se escritura una carta de truque entre el IV conde, Rodrigo Alfonso Pimente, y Alfonso de los Ríos, su contador y vecino de la villa de Benavente, de una heredad de paz llevar que el dicho contador tenía "cerca del puente de dicha villa, donde dicen Valmonio [...] para hacer en ella un bosque de liebres, que es donde está hoy la Montaña".

En 1554, cuando el infante don Carlos y su padre, el futuro Felipe II, visitaron Benavente, este puente era ya paso obligado para acceder al Jardín del Conde de Benavente. Una vez cruzado el mismo, los visitantes se encontraron con una calle poblada de grandes álamos, tal y como lo describe Andrés Muñoz: "Y salidos de una pontezuela de cantería para ir al jardín, entraron por una calle toda de la una parte y de la otra poblada de los más poderosos y altos álamos que se han visto, tantos y tan altos que van al cielo, y tan espesos, que en lo alto d´ellos todos juntos hacen un arco de sus mesmas ramas, sin ser artificialmente hecho, que con cuanto sol en todo el día y entonces había, por maravilla daba en ninguna de la gente".

En el "Diccionario Histórico Geográfico" de Tomás López, hay una breve alusión a nuestro puente al describir el emplazamiento de la villa de Benavente: "cuyas aguas bañan sus cimientos y muelen dichos molinos; y es una gran porción del río Tera (es el Órbigo evidentemente), sobre las que, e inmediato a dicha villa y a su Mediodía, hay un puente de piedra ancho y seguro".

Según el "Diccionario" de Madoz, este puente tenía siete arcos de piedra a mediados del siglo XIX, sirviendo de enlace con los molinos de Sorribas, a la derecha y los de Ventosa, a la izquierda. De ambos hay constancia desde finales del siglo XII y principios del XIII. El párrafo del diccionario de Madoz proporciona una visión general sobre el estado de estas infraestructuras a mediados del siglo XIX. "En el Órbigo se ven también las barcas de Bretocino y Vecilla de la Polvorosa que igualmente que las del Esla dan paso para Sanabria. En Manganeses hay un puente de madera, otro en Santa Cristina, de la misma materia, los dos muy capaces y seguros; y al pie de las cárcavas de Benavente, otro de 7 ojos de piedra, que facilita el paso a los molinos de Sorribas que están a la derecha y a los de Ventosa que están a la izquierda".

En otro apartado de este "Diccionario" se vuelve a mencionar de la siguiente manera: "Más abajo de este molino, a tres cuartas partes de la distancia que media entre el Portillo del Río y la Puerta del Puente, hay un puente de mampostería con siete ojos de piedra de grano muy bien construidos y conservados, el cual sirve para facilitar el paso por el caño del molino que se divide en dos ramales reuniéndose a poca distancia".

El nombre del Puente de Jardín comienza a generalizarse en el siglo XVI, cuando el Jardín del Conde adquiere fama y notoriedad. En el Libro Becerro del VI Conde, de 1545, se describen, con todo detalle, los términos inmediatos al Puente:

"Tiene el Conde nuestro señor a la Puerta del Río al cabo de la Puente de Piedra un xardín y bosque y huerta todo çercado. Comiença la calle por donde entran a él junto a la dicha Puente de Piedra camino de Santa Cristina, y entrando por la primera puerta del jardín tiene su casa el xardinero y desde la casa del dicho xardinero ay una calle que llega hasta entrar en el dicho xardín toda de chopos que abrá en ella mil y quinientos chopos, y al cabo de la dicha calle está la casa del dicho xardín la qual así mesmo está çercada con dos xardines que están dentro de ella y un estanque grande de agua corriente en el qual hay barbos peces, tienen los dichos xardines muchos árboles de frutas y un parral junto a dicho estanque y junto a la dicha casa del dicho jardín hay una huerta con su casa para el hortelano en la qual ay muchos árboles y hortaliça, y a la otra parte del dicho xardín ay un bosque de mucha arboleda así de frutas como de madera de álamos y ençinas".

"Para el estanque y xardín se saca un caño de agua de la molinera de Sorribas por el qual paga el Conde lo que se le echa por repartimiento por una rueda de las que contribuye en la molinera de Ventosa". "Arriéndase cada año por del Conde la fruta del bosque y huerta del Xardín por que la fruta de dentro del dicho Xardín con el parral queda para su excelencia". "Y tiene el conde una tierra tras las tapias del dicho Xardín que se siembra cada año que se siembra cada año (sic) que hace de senmbradura tras cargas de pan que linda con ...". "Tiene su excelencia a la entrada del dicho Xardín junto de la puente de piedra un prado que se dice de la Guadaña que tiene su puerta a la entrada del el qual está junto a las tapias del dicho jardín y linda con el río que pasa por la dicha puente y con el dicho xardín, este prado de la Guadaña era de la villa y el conde lo compró".

Pilar Chías Navarro y Tomás Abad Balboa en su estudio sobre los puentes de la provincia de Zamora describen de la siguiente manera los restos hoy visibles del viaducto:

"Se trata de los restos de un puente antiguo, que consisten en una bóveda de cañón de 10m de luz, y en el arranque de una segunda bóveda, así como de otros fragmentos sueltos. De la primera apenas subsiste la embocadura de sillería, muy cuidadosamente tallada, y cuyas dovelas tienen una longitud de 0,65 m. Por la altura que posee el trasdós de la bóveda sobre el cauce, que alcanza los 3,85 m., cabe deducir que el perfil era alomado, y que debió contar con unos accesos en rampa, y posiblemente con bóvedas de distintas luces. Es la actualidad es visible el trasdós de la bóveda, que ha sido recientemente rejuntado con mortero de cemento para evitar el avance del deterioro. Conserva también restos de los cantos que rellenaban sus riñones. La anchura del tablero debió ser de 4,60 m., a juzgar por la bóveda conservada".

A esta descripción conviene añadir que en una reciente visita pudimos constatar la existencia de marcas de cantero en varios de los sillares del puente, tanto en la embocadura como en la bóveda. Estos signos vendrían a confirma la cronología que proponemos para la construcción de esta infraestructura, probablemente de finales del siglo XII o principios del siglo XIII.

La decadencia y ruina de nuestro puente debió ser paralela al auge de la nueva carretera hacia Galicia construida en el último cuarto del siglo XIX. Esta obra originó la construcción de un nuevo puente metálico en Benavente, el Puente de Hierro, que acabaría por reemplazar a la vieja fábrica medieval. El primer proyecto de este nuevo puente se remonta a 1874, aunque tres años más tarde se realizaría un modificado.

La Puerta de la Puente y el Puente del Jardín, según un dibujo de Richard Ford (1832)

El Puente del Jardín en una postal de 1969