domingo, 15 de marzo de 2020

El sello medieval del Concejo de Benavente - La impronta de una leyenda

Sello de cera del Concejo de Benavente (anverso) - Copia en resina
Alfonso X el Sabio, en el Título XX, Ley I, de la Tercera Partida, bajo el epígrafe "De los sellos y de los selladores de la cancillería", dice a propósito del sello: "Sello es señal que el Rey o otro ome qualquier manda fazer en metal o en piedra para firmar sus cartas con él, e fue fallado antiguamente porque fuesse puesto en la carta como testigo de las cosas que son escritas en ella".

Según la definición de Ángel Riesco Terrero, se denomina sello pendiente al "sello colgado, unido al documento mediante cinta, cordón, tira de cuero, torzal de hilos [...], en uno o varios colores, sujeto a la plica o doblez inferior del mismo”. Su finalidad prioritaria era validativa, es decir, daba veracidad al contenido y a las firmas presentes en el documento. El sello, del latín "sigillum" es, en realidad, la impronta obtenida sobre un soporte por la presión de una matriz. La matriz es el instrumento que se utiliza para sellar, mientras que la impronta, resultado de la operación de sellar, es la huella dejada por la matriz sobre un soporte maleable, principalmente el plomo y la cera. A este respecto, contamos con la matriz del sello concejil de Cuéllar (Segovia), hoy en el Museo Arqueológico Nacional. Es la única de este tipo que, además de sus dos tablas, aún mantiene su tórculo o prensa original, lo que convierte a este conjunto en un referente de primer orden.

Se dedica este estudio a describir y glosar los pormenores del sello medieval del Concejo de Benavente, una auténtica joya sigilográfica en cera no suficientemente conocida y valorada hasta ahora. El ejemplar más significativo se custodia en el Archivo Diocesano de Astorga, donde permaneció prácticamente ignoto hasta los años 90 del pasado siglo. Estamos ante una pieza de una inusual riqueza iconográfica, con una meritoria ejecución técnica y con una meticulosidad en los detalles de sus figuras no vista en otros sellos municipales coetáneos. Igualmente, sus dos leyendas o inscripciones se apartan de las composiciones al uso en este tipo de soportes, para ofrecer un doble relato: por un lado, una particular visión del significado de la ciudad en el contexto del reino y, por otro, una alabanza al nombre de la villa y a su emplazamiento privilegiado.

La función de los sellos concejiles en la Edad Media

Durante la Edad Media la función primordial de los sellos concejiles era la de autentificar los documentos y los negocios jurídicos contenidos en él. En las villas de realengo tenían una doble garantía: la del concejo y la del rey, lo cual les convertía en “sellos públicos”, dada la autoridad que se les presuponía. Los particulares ruegan habitualmente al concejo, o a sus jueces, su aposición a negocios privados para los que buscan el refrendo de la institución concejil. Como hemos visto, en las Partidas de Alfonso X se habla de "firmar" las cartas, esto es, de "afirmar", de dar fuerza a los actos jurídicos.

Sin embargo, los sellos concejiles tenían otra función no menos importante en el imaginario medieval, como es la de proporcionar renombre y prestigio a una población. Junto con la seña, pendón o estandarte, su posesión y exhibición pública permitía singularizar a la villa para ser reconocida y diferenciada del resto. De esta forma, las principales ciudades llevaban a su sello sus elementos más representativos, los atributos de sus preciadas glorias, de los símbolos que hablaban de su lustre y de un pasado más o menos legendario. Si los sellos reales hispanos alcanzaron en el siglo XIII cierto esplendor en sus aspectos técnicos y artísticos, los concejos no fueron a la zaga, con ejemplares que revelan una notable destreza artística, y con motivos de una gran variedad que incluían vistas de ciudades, monumentos, objetos, figuras humanas, instituciones, etc. Muchos de los escudos de ciudades que hoy conocemos tienen sus antecedentes en alguna de las figuras de estas improntas.

La facultad para crear y usar el sello concejil era siempre consecuencia de una concesión regia, y ello aparece reflejado en los fueros y en los privilegios. Así, en 1266 Alfonso X otorgaba este derecho a la villa de Murcia: "Otrossí, les damos seello de dos tablas, et tenemos por bien que las tengan dos omnes bonos quales escogiere el conceio con consentimiento de aquel que estudiere y por nos, et que tenga el uno la una tabla et el otro la otra".

Esta precaución de las dos "tablas" venía a dificultar la utilización fraudulenta de los emblemas de la villa, pues sólo con la comparecencia de los dos "hombres buenos" se podía disponer de las dos partes de la matriz y, por tanto, del sello completo. Cuando se trataba de un ejemplar de una sola impronta, era costumbre guardarlo en un cofre o arca con varias llaves, bajo la custodia de al menos dos personas. De este mismo asunto ya se ocupó el Rey Sabio en el Título XX, Ley II, de la Tercera Partida:

"Canciller o notario, después que hubieren recibido los sellos de manos de rey deben mirar a quienes los dan que sellen las cartas; y esos son llamados selladores; y en las ciudades y en las villas, débelos poner el rey. Y decimos que deben ser hombres buenos y leales y de buena vida y sin mala codicia; y los de la cancillería del rey deben ser tantos cuantos entendiere el rey que serán menester para guardar las cartas que vayan derechas y sin yerro; y los de las ciudades y de las villas deben ser dos hombres buenos y leales en cada lugar, que aumenten el provecho de su tierra y sean sin bandería, y que tenga el uno, una tabla y el otro, la otra, porque más lealmente sellen las cartas y más sin engaño".

No todos los diplomas que pasaban por las plumas de los notarios y escribanos concejiles contaban con este distintivo. Solamente aquellas cartas más solemnes que emanaban directamente de la institución concejil gozaban de este añadido, o bien cuando era solicitado expresamente por una institución o un particular, previo pago de la correspondiente tasa. En el fuero de Soria hay varios epígrafes dedicados a esta cuestión. Los dos “hombres buenos” encargados de la custodia del sello cobraban cada año nueve maravedís por su labor, debiendo poner por su cuenta la cera y la cuerda para los diplomas propios de la villa, pero para las demás solicitudes se establecían unas tarifas: donaciones o ventas; un maravedí; testimonios de maestro en arte o ciencia: 18 dineros, etc.

En estos casos, la aposición del sello es indicada en alguna de las diligencias validatorias del final de texto, como una expresión significativa del poder municipal. El sello de cera se colgaba de la plica por medio de tiras de pergamino, correillas de cuero, trencillas de seda y lino, o cordones de cáñamo. A pesar de que el pergamino es un soporte escritorio bastante resistente, muchos de estos sellos se acabaron separando de su vínculo, dando lugar a la pérdida de unas improntas por naturaleza frágiles.

El sello del Concejo de Benavente: las improntas

Contamos en la actualidad con dos muestras de lo que fue el sello medieval de cera del Concejo de Benavente. Una se encuentra en el Archivo Histórico Nacional, en la Sección Sigilografía, y la otra en el Archivo Diocesano de Astorga.

El ejemplar madrileño es, en realidad, un fragmento pequeño y muy deteriorado, procedente del fondo documental del monasterio de Santa María de Nogales. En 1918 era incluido por Juan Menéndez Pidal con el número 257 de su Catálogo y descrito como: "Pequeño fragmento de un sello en cera, que debió de ser de gran módulo y de una sola impronta, pendiente por trencilla de lino de color avellanado, en copia, sin fecha, de un privilegio concedido en la era de 1296 años por el rey don Alfonso el Sabio, y por el cual liberta de merino a los moradores de Valdería y de Alixa. (Nogales, 10, R.). Un gran castillo debió de ocupar el campo del sello. En el fragmento que se conserva, vese la puerta central flanqueada por dos torres. En el vano de la puerta aparece una figurita".

Bastantes años más tarde, en 1974, Araceli Guglieri Navarro volvió a catalogarlo, esta vez con el número 258, y lo consideró como un sello de doble impronta. No obstante, no menciona ningún detalle sobre el reverso: "Fragmento pequeño de un sello de cera oscura. Parece que debió ser de gran módulo y de doble impronta circular. Un gran castillo debió ocupar el campo del sello. En el fragmento que se conserva se ve la puerta central flanqueada por dos torres. En el vano de la puerta aparece una figurita. Pende por trencilla de lino de color avellano, de una copia, sin fecha, dada por el Concejo de Benavente, de un privilegio del rey Alfonso X, por el que liberta de merino a los moradores de Valdería y de Alixa, y de todo subsidio de rey, martes diez e dos días andados del mes de marzo, en era de mille e doscientos e noventa e seis annos (A. 1258). Mº de Santa María de Nogales (Palencia) (sic)".

El documento en cuestión fue editado en el año 2001 por Gregoria Cavero Domínguez en la "Colección documental del monasterio de San Esteban de Nogales". Su signatura es AHN, Clero, carp. 949, doc. 13. Es un pergamino con signos de deterioro de 302 x 447 mm., más 38 mm. de plica. Según la editora, el sello del Concejo de Benavente está "desgastado e incompleto", y se encuentra en la Sección de Sigilografía 45/6, para su conservación. En su texto, en la “corroboratio”, hay una diligencia validatoria que anuncia a la aposición del sello:

"Et nos el conçeio de Benauente, visto el previlegio del Rey sobredicho e a Rogo de don Fernán Pérez Ponz, mandemos a Gonçalvo Miguéliz, público notario del rey en nuestra villa, que feziese ende al traslado, e nos por mayor fermedumvre mandemoslo seellar de nuestro siello colgado. Et yo Gongalvo Miguéliz notario público ya dicho a rrogo de don Fernán Pérez Ponz e por mandado del conceio de Benavente e por que vi el previlegio sobredicho fiz scrivir este traslado e fiz hy mío nomvre e mío signo (signo)".

La segunda impronta conservada procede, muy probablemente, de la misma matriz. Se encuentra actualmente en el Archivo Diocesano de Astorga. En este caso, estamos ante un notable ejemplar, con una conservación bastante satisfactoria en lo relativo a su tamaño original y representaciones iconográficas, pero con algunas pérdidas que afectan a partes de su leyenda en el anverso y el reverso. Se trata de un sello concejil circular de gran módulo (86 mm.) y doble impronta, confeccionado en cera prensada de color ocre oscuro.

No ha habido, hasta ahora, muchas aportaciones sobre el origen de este ejemplar astorgano. Parece ser que fue localizado e identificado por Augusto Quintana Prieto, canónigo archivero de la catedral. Es una pieza descabalada, guardada en una vitrina, y que hace años pude examinar personalmente gracias a la amabilidad del archivero José Manuel Sutil Pérez. Su presencia en Astorga hay que relacionarla con los pocos pergaminos medievales que conserva el archivo, pues el grueso de ellos desapareció en un incendio durante la Guerra de la Independencia. En concreto, debe pertenecer al fondo de la llamada Cámara Episcopal, en donde se conservan otros pergaminos con sellos pendientes, o con fragmentos de ellos.

La existencia de nuestro sello fue comunicada por don Augusto al sacerdote benaventano Vidal Aguado Seisdedos, quien realizó algunos dibujos y fotografías. En el año 1993 Aguado Sesidedos publicó un breve estudio sobre el sello, acompañado de dibujos del anverso y del reverso. Más tarde, en 1996, publicó en la obra "Privilegios reales de la villa de Benavente" las primeras fotografías tomadas directamente del original. Por estas mismas fechas, se elaboraron varias copias en resina, a tamaño real, a instancias de la Asociación de Amigos del Archivo Histórico Nacional; copias que se incorporaron a la colección de réplicas plásticas de sellos originales procedentes de diversos archivos. Su signatura es: AHN. Sigilografía, Imp. 2992. En 1998, el mismo Vidal Aguado redactó una ficha para el catálogo de la exposición "Más Vale Volando", con fotografías de la copia en resina y una propuesta de lectura de la leyenda del anverso y el reverso. Por último, con ocasión de las celebraciones del VIII Centenario de las Cortes de Benavente de 1202, la copia en resina volvió a exhibirse en dos exposiciones: “Dinero y moneda en un Concejo medieval” y “Regnum: Corona y Cortes en Benavente”. Las fichas catalográficas y los comentarios corrieron a cargo de su comisario: Eduardo Fuentes Ganzo.

En el Archivo Diocesano de Astorga se conservan en la actualidad dos documentos con grandes probabilidades de haber albergado el sello del Concejo de Benavente. Ambos pertenecen a la mencionada sección de la Cámara Episcopal, tienen la misma fecha y están relacionados entre sí. Tienen que ver con los hombres de behetría de Valcabado, vasallos del obispo de Astorga. Su texto fue editado por Gregoria Cavero Domínguez, César Álvarez Álvarez y José Antonio Martín Fuertes.

El primero es un pergamino de 380 x 380 mm., tiene plica de 65 mm, pero ha perdido completamente sus vínculos y sellos. El segundo es más grande, mide 500 x 500 mm. y, según sus editores, sobre la plica de 60 mm. conserva "la cuerda de la que pendería el sello, que se ha perdido, tal vez el del Concejo de Benavente, al que se hace referencia documental, o el del prelado asturicense". Efectivamente, en ambos documentos, fechados a 9 de febrero de 1279 en Valcabado, se inserta una diligencia muy similar del concejo benaventano:

"Et outrosy rogueymos al conceyo de Benauente que mandasse seellar este ynstrumento de sou siello, et nos el conceyo de Benauente, a ruego de don Melendo, obispo de Astorga e del conceyo de Valcauado tanbién de los que se dizen de la bienfeytría commo de los sos solariegos del obispo, feziemos seellar este ystrumento de nuestro siello pendiente en testimonio de verdat".

La cronología

Como señala Faustino Menéndez Pidal, los concejos españoles empezaron a dotarse de símbolos distintivos propios a finales del siglo XII y principios del siglo XIII, coincidiendo con el auge y expansión de la heráldica como sistema de comunicación visual. Los primeros ejemplares conocidos remiten a la época de Alfonso VII (1126-1157), gran impulsor de la heráldica en su reino. La impronta más antigua que se conserva de este rey es de 1146, en un privilegio de la catedral de Segovia. En Benavente, es a partir de la repoblación por Fernando II cuando podemos empezar rastrear las prácticas de los notarios y escribanos del concejo en ciertos diplomas coetáneos.

El primer documento original emanado del concejo benaventano que conservamos corresponde a la venta de la villa de Escorriel en el año 1187. Se custodia en el fondo de Osuna del Archivo de la Nobleza de Toledo. Los “alcaldes et totum concilium Beneventi, pedites et milites” venden la villa a Pedro de la Fuente y Raimundo del Poy, con el “consejo y la autoridad” de Fernando II. En él no hay referencias al uso de un sello, pero sí hay un "signum" con el que los alcaldes y los miembros del concejo dan su conformidad al acto jurídico: "Nos alcaldes et totum concilium Beneuenti hoc scriptum propris manibus roboramus et signum fieri iussimus". El pergamino fue escriturado por el notario Nunus, que aparece en otros diplomas como notario del concejo. El "signum" es una simple cruz inscrita en una orla polilobulada y con diversos adornos con motivos vegetales.

Respecto a la cronología de nuestro sello de cera, es habitual situarla genéricamente en el siglo XIII, pero es posible hacer algunas precisiones de interés. Parece ser que existió una versión anterior del sello, tal vez de carácter monofacial, en la que el motivo iconográfico principal era un león, signo inequívoco de la adscripción territorial de la villa al reino leonés. El asunto es relativamente frecuente. En los sellos de doble impronta era habitual el representar en el reverso el tipo heráldico propio del reino (castillo o león).

El león rampante aparece en los sellos de León, Alba de Tormes, Granadilla, Cáceres, Mérida, Badajoz, etc. El de Avilés subrayaba su raigambre leonesa al representar "en medio dél fegura de navío, e sobrel navío fegura de una cabeça de léon". Seis cabezas de León aparecen en el sello concejil de Salamanca, cuya huella encontramos en diplomas de la segunda mitad del siglo XIII, pero cuya fijación debió producirse durante el reinado de Alfonso IX. En uno de los acuerdos de la Hermandad creada en 1282 por los obispos, prelados, caballeros y concejos de León y Galicia, se habla de la confección de un sello propio con este mismo motivo es una de sus tablas: "E para guardar e cunplir todos los fechos desta hermandat fiçiemos un seyelo de dos tablas que son de tal señal: en la una tabla una figura de león e en la otra una figura de Santiago en su cauallo e una espada en la mano derecha e en la mano ezquierda vna senna e una cruz encima e por las sennales ueneras e las letras del seyello dicen asi: seyelo de la hermandat de los regnos de León e de Galicia, para seelar las cartas que ouieremos mester para fecho desta hermandat".

De este primer sello conocido de Benavente no se conservan restos materiales, pero hay alguna alusión a él en los documentos del Tumbo del monasterio de Carracedo. En una carta de venta de unas viñas en Cacabelos, en 1253, se menciona, por primera vez el sello concejil: "E porque estas cartas sean más firmes, rogamos a lo concielo, e a los alcaldes de Benavente que ponan in illa sou seelo pendente". Sabemos, a través de un interesante estudio de José Antonio Balboa de Paz, que ese sello efectivamente existió en el monasterio berciano, y que el autor del Tumbo incluyó la siguiente anotación: "tiénelo y obstenta un león".

En el caso de los ejemplares que han llegado a nuestros días, tanto el diploma de Nogales como los dos documentos mencionados de Astorga apuntan a un uso habitual durante el reinado de Alfonso X (1252-1284). La concesión del uso del sello al Concejo debió producirse a través de un privilegio real, que debe situarse próximo en el tiempo a otras concesiones de este mismo monarca custodiadas en el Archivo Municipal. Para el ejemplar conservado en el Archivo Diocesano de Astorga contamos una fecha concreta: el año 1279, mientras que el ejemplar del Archivo Histórico Nacional corresponde a un documento sin datación. En base a su contenido y a los personajes citados en el mismo debe ser próximo al año 1271, es decir ligeramente anterior.

La figura del notario público del Concejo de Benavente: Gonzalo Miguélez, también debe ser tenida en cuenta como referente cronológico. A él están unidas las dos improntas que conocemos y, muy probablemente, durante el desempeño de su labor se acometió la confección de la matriz. Hacia 1253 encontramos sus primeras apariciones en los diplomas, siempre dando fe pública a diversos actos jurídicos. Suele firmar como notario, notario público, notario público del concejo o notario del rey en la villa. Utiliza en sus escritos un "signum" muy característico. En 1265 un diploma del monasterio de Nogales nos informa de que se encontraba en la "hoste de Granada", por lo que dejó a Juan Martínez como "teniente" de su oficio. En 1281 escritura una carta para el monasterio de Moreruela, donde se alude, de nuevo, al sello concejil: "Et nos el conçeyo de Benavente sobredicho a rogo de frey Martino abbat e de Martin Gonçalvez sobredichos selemos estas cartas de nuestro seelo pendiente". Su última comparecencia la situamos hacia 1283 y corresponde a un documento de la Catedral de León.

En 1285 el Concejo de Benavente daba traslado a un privilegio de Sancho IV para el monasterio de Santo Domingo: "Et de la carta sobredicha [...] pediron a nos que le diésemos ende el trasllado seellado con nostro sielo colgado, et nos feziémoslo escrevir et diémosgelo seellado con nuestro siello". Según Raquel del Carmen Fernández Ruiz, el pergamino mantiene en la plica restos de un vínculo: una cinta de seda de color ocre de la que, por un sólo orificio, pendería un sello de cera no conservado.

Durante el siglo XIV encontramos aún menciones al uso del sello. En el Archivo Municipal de León hay un ejemplar del acta de la Hermandad de 1313, hecha por los concejos de León, Zamora, Astorga, Benavente y Mansilla con los infantes don Juan y don Felipe, y con don Pedro Ponz y don Juan Núñez, para la defensa de sus fueros, privilegios y libertades. Según Ricardo Chao Prieto, el cuaderno incluye una gran variedad sellos, por desgracia en mal estado de conservación. En la “corroboratio” del texto se alude a ellos: “E otrosy, nos los procuradores sobredichos posiemos en el nuestros seellos, los que los trayemos, de cera colgados, e los que los non trayemos posiemos en él nuestros nombres con nuestras manos. E por mayor firmedunbre rogamos a Vivián Páez, notario público del rey en Benaviente, que pusiese en el su signo”.

En una carta del Concejo de Benavente fechada en 1333 relativa a los moradores y "herederos" de Sitrama de Tera reconocemos la última alusión al sello que hemos podido documentar:

"E por que esto sea firme e non venga en dubda mandemos desto fazer dos cartas en un tenor, la una que tengamos nos el dicho conçejo, e la otra que tengan los del dicho llugar de Sietrama, e mandamos las seellen con nuestro seello de çera colgado. E por mayor firmedumbre rrogamos a Garçía Yuánez, escusador por Fernand Pérez repostero de la cámara de nuestro sennor el rrey e su notario público en Benauente, que les mandase así escreuir e los signase de so signo".

Este diploma se encuentra en el Archivo Municipal de Benavente. Es un pergamino de letra gótica de 234 x 284 mm. Tiene plica con varios orificios y una larga cinta que recuerda a la "trencilla de lino de color avellanado" descrita por Juan Menéndez Pidal para el ejemplar del Archivo Histórico Nacional. No podemos asegurar que procediera de la misma impronta, pues es bastante más tardío y era relativamente frecuente la renovación o el rediseño de los moldes a lo largo del tiempo.

A partir de la segunda mitad del siglo XIV el uso de los sellos de cera municipales entra en una fase de clara decadencia. En Benavente, este declive se debió ver acentuado con la caída de la villa bajo la órbita señorial. La pérdida de la condición realenga supuso una merma evidente de la autonomía del concejo y de su capacidad legal de actuación en todos los ámbitos. En 1374, dentro de un contexto general de expansión y fortalecimiento de los grandes linajes castellanos, Benavente fue entregada, a título de ducado, por Enrique II, a su hijo natural, don Fadrique. Este personaje usó su propio sello, del que se conserva una impronta en el Archivo Histórico Nacional. Pende de un documento de 1379 del monasterio de Nogales. Es un fragmento de cera roja, sobre masa de cera blanca, de 60 mm. de diámetro. En el centro hay un león rampante dentro de un círculo. Bordeando este círculo y hay una orla de doce lóbulos en los cuales alternan castillos y leones. La leyenda bordea el sello entre dos gráfilas: + SEELLO : DE : DON : FA[DR]IQUE : DUQUE : DE : BENAVENTE.

El anverso

El anverso responde al modelo de sello "monumental", es decir, aquellos que como figuras presentan un monumento característico o una vista de una población. Los asuntos más frecuentes eran los castillos, las murallas y los puentes. Es patente el interés de los concejos por mostrar con orgullo sus grandes obras de infraestructura, en la mayoría de los casos costeadas y sostenidas con sus propias arcas. A esta tipología debemos asignar también el sello de cera del Concejo de Zamora, donde se presenta una vista desde San Frontis, con dos grandes puentes sobre el Duero, las murallas, puertas, iglesias y palacios. Tanto en su apariencia, como en su tamaño (90 mm.) y cronología (año 1273), las similitudes son muy significativas.

En Benavente se da cabida a uno de sus elementos más emblemáticos, luego traspasado a su blasón heráldico: un puente de perfil alomado de cinco ojos, sobre ondas. Debe entenderse, en todo caso, como una estampa convencional y estereotipada del viaducto levantado sobre un brazo del Órbigo, a los pies de la villa y junto a la llamada Puerta de la Puente. Aparece documentado, al menos, desde el año 1215. Su construcción o reforma debe enmarcarse, por tanto, en la repoblación de la villa por Fernando II y Alfonso IX.

Sobre el puente, una representación simbólica de la villa, con sus muros, tejados, torres, campanarios y algún árbol, en alusión a sus huertos y jardines; todo ello bajo una composición estrictamente simétrica. El conjunto del caserío que se apiña dentro de la cerca se nos hace visible, sobre todo, por medio de sus tejados, en principio a dos aguas. El diseño recuerda a las vistas de ciudades representadas en las miniaturas de las "Cantigas" de Alfonso X el Sabio. En ellas aparecen frecuentemente palomas y otros pájaros posados sobre los árboles o sobre los tejados, como vemos también en nuestro sello.

La muralla se levanta sobre sillares perfectamente escuadrados. Tiene almenas rematadas con merlones, en punta de lanza, y ostenta cuatro torres de dos alturas, dos flanqueando la puerta y otra dos en los laterales. En el interior, otras dos torres más altas representar las iglesias y sus campanarios. Sus ventanales son góticos y en la culminación de sus tejados se aprecian cruces. Tanto los muros como el puente exhiben saeteras, vanos trifoliados y aliviaderos ojivales

Diversos personajes, uno sobre cabalgadura, cruzan de derecha a izquierda el puente y se dirigen hacia la puerta principal, ascendiendo por una pendiente. Varias de estas personas portan bastones, zurrones y hatillos con objetos, y están acompañadas de animales. Algunos de ellos son bestias de carga, pero otros por su tamaño deben ser perros, tal vez en alusión a la condición de pastores de sus amos o a la actividad de la caza.

En el siglo XIII los caminos por lo que se podían rodar carros debían serían escasos, así que el tráfico de mercancías se hacía a lomo de acémilas. Los fueros diferenciaban entre las "bestias de siella" y "bestias de albarda". La alabarda era el aparejo esencial de las bestias de carga. Su forma era alta y larga, provista de ataharre. Un caballo, mulo o burro, con su alabarda, parece ascender por la pendiente en la parte izquierda del puente, seguido de un arriero sujetando el correaje.

Bajo el arco de entrada, una figura especialmente destacada recibe a toda esta concurrencia. Es un hombre a pie, provisto de una vara, que guarda las puertas de las murallas de la población. Este personaje ha sido identificado con el portero o el recaudador del portazgo. De hecho, el puente de piedra de Benavente fue conocido en algún momento como “puente del portazgo”. Figuras similares encontramos en el sello plúmbeo de Alfonso X, a la puerta de su castillo, o en los ejemplares de León y Tafalla. Puede tratarse simplemente de representar al portero desempeñando sus funciones, pero también podría ser el propio rey, pues se aprecia ropa talar y una especie de corona sobre su cabeza. En una de las monedas acuñadas por Fernando II, posiblemente en Salamanca, se identifica un puente con una corona sobre el mismo. En ambos casos se trataría de una alusión simbólica de la pertenencia al realengo, y de la protección de la monarquía sobre la villa.

La leyenda del anverso se desarrolla entre gráfilas cordonadas. La inscripción, en letras capitales, está incompleta y ha dado lugar a diferentes interpretaciones. El texto conservado en el anverso es el siguiente:

(...)ET : VILLA : BONIS : CVCTIS : REGNV : (...) NIS

La restitución y traducción propuesta en su día por Vidal Aguado Seisdedos fue:

REGNV (M : BO-) NIS : (MVLTIS : EMIN-) ET : VILLA : BONIS : CVNCTIS:
(El reino destaca por muchos bienes; la villa por todos los bienes)

La lectura de Aguado Seisdedos plantea algunos problemas. En primer lugar, está el de la misma orientación del sello. En prácticamente todos los sellos concejiles y reales la inscripción parte de una cruz, roseta, estrella o símbolo diferenciador que se sitúa en la parte superior. A partir de aquí, como en las monedas, debe leerse en el sentido de las agujas del reloj. En nuestro caso, la mencionada cruz debía estar en una de las partes perdidas, justamente en donde se desgajó de la tira o cuerda que unía el sello por su parte superior al pergamino. Según las fotografías del propio Aguado, la primera palabra legible no sería “REGNV”, sino “(...)ET”. La leyenda está en latín y todas sus palabras están separas por una interpunción. Por regla general, la orla no suele contar con suficiente espacio para desarrollar la leyenda y obliga a incluir una o varias palabras de forma abreviada.

Sea como fuere, la leyenda del anverso pudiera hacer alusión a que de todas las partes o términos del reino se llevan bienes hacia la villa. Por ello, las figuras del sello nos presentan una ciudad próspera, con un grupo de viandantes, con animales y cabalgaduras, que acuden a la puerta de su muralla a llevar sus productos y mercancías: “bonis cunctis”.

Hay que recordar que Benavente contaba en aquella época con su mercado semanal y con su feria anual. El mercado era el lugar donde se intercambiaban los productos del alfoz y del centro urbano. Desempeñaba un papel esencial en la economía de la ciudad. Fernando II ya había concedido algunas exenciones para los habitantes del alfoz que acudían a la villa con sus productos. Estas cuestiones debieron estar reguladas en el primitivo fuero, pero en carta de 1181 el rey prescribía: "Por lo demás, todo el que habitare en Benavente, en estos términos y alfoces, no dé portazgo de cosa alguna suya que llevare consigo, ni pague terrazgo de caza alguna que consigo conduzca".

Fue Alfonso X quien en 1254 concedió al Concejo el derecho de hacer feria una vez al año en la villa, tres semanas después de la Pascua de Resurrección durante quince días. En el privilegio añadía: "et mando que todos aquellos que hy venir quisieren que vengan, salvos e seguros por todo mío regno e por todo mío sennorío con todas sus cosas". No solo se recibía a los campesinos de los alrededores y a los mercaderes de las aglomeraciones vecinas, sino que llegaban a las puertas de las murallas caravanas, convoyes de acémilas o mercaderes solitarios venidos de lejos, incluso de Al-Ándalus. Esa es la imagen que se nos quiere transmitir con el grupo de caminantes, acémilas y cabalgaduras llegando “salvos y seguros” a las puertas de la ciudad, y bien aprovisionados de todo tipo de mercadurías. A mediados del siglo XIII, Benavente era ya una importante encrucijada del noroeste de la Península, donde morían o nacían los caminos de Galicia, Asturias, el valle del Duero y Extremadura.

El reverso

Las figuras del reverso se acomodan más al tipo de sello denominado "parlante". Se trata de composiciones sigilares que incluyen alguna figura o pieza, cuya denominación alude y designa al titular que representan, o al nombre mismo de la ciudad. Revelan una preocupación por buscar una explicación a los nombres, cosas o construcciones que formaban parte de su vida cotidiana. Permiten así interpretar gráficamente el contenido, a veces con una imaginación e ingenuidad conmovedoras. En nuestro sello se presenta a cuatro ángeles trompeteros, dispuestos en aspa y soplando sobre un núcleo central formado por tres discos concéntricos. Son ángeles alados, tienen los carrillos hinchados, el cabello erizado y se asientan sobre nubes.

Respecto a la leyenda, el texto conservado en el reverso es el siguiente:

(...)T : TRAD : VENT (...) DANT : SIC : BENAVENT(...) (A...)

La restitución y traducción propuesta en su día por Vidal Aguado Seisdedos fue:

VENTI : (FECVN-) DANT : SIC : BENAVENT-(I : VILL-) A : (REFER-) TIRA (TUR)
(Los vientos fecundan y así la villa está rebosante).

Eduardo Fuentes Ganzo ofreció la siguiente variación en el catálogo “Dinero y moneda en un concejo medieval”:

SIG(ILVUM) : BENAVENT(VM : VILL)A T: TRA : VENTI : (FECVN) DANT :
(Sello de la villa de Benavente, fecundada por los cuatro vientos)

De nuevo, en la lectura de Aguado Seisdedos encontramos una dificultad con el punto de partida para la correcta interpretación de la inscripción. Según sabemos por la matriz del sello de Cuéllar, y por otras, las dos tablas se unían por vástagos encajados en las orejas perforadas, garantizando así que las dos caras del sello resultante quedaran correctamente orientadas. En este caso, la lógica invita a situar los cuatro ángeles en aspa, con su cabeza y cabellos en su posición natural, colocados verticalmente. De esta manera, la primera palabra sería ilegible y acabaría con la letra "T". En la propuesta de lectura de Eduardo Fuentes Ganzo el principal inconveniente viene dado por la palabra “SIGILVM”, que parece inviable, pues en esa parte de leyenda leemos claramente “SIC”. En todo caso, no deja de ser llamativo que no encontremos en el anverso o el reverso las palabras “sigillum” o “concilii” claramente destacadas. En este aspecto, las dos leyendas se apartan de la práctica habitual en los municipios del área de Castilla y León.

Tanto en el mundo clásico como en la cultura cristiana existió una diferenciación entre los vientos favorables y desfavorables. Los vientos podían ser benefactores o destructores. Desde antiguo se consideró que los vientos eran variados y, a veces, mixtos en sus efectos. Tuvieron diferentes denominaciones, pero todos ellos se agrupaban en cuatro principales, distribuidos según los cuatro puntos cardinales. La mitología griega identificó al viento con el dios Eolo y sus subordinados. En el cristianismo se hace de los vientos unos mensajeros divinos, con lo cual se les asocia habitualmente con los ángeles.

En varios textos bíblicos la misión de estos ángeles, provistos de tubas, odres o trompetas, es la de contener o frenar los vientos, según recoge la visión apocalíptica de Juan: "Después de esto vi a cuatro ángeles en pie sobre los cuatro ángulos de la tierra, que detenían los cuatro vientos de la tierra, para que no soplase viento alguno sobre la tierra, ni sobre el mar ni sobre ningún árbol" (Apocalipsis, 7, 1-3). Estos cuatro ángeles trompeteros evocan también el texto de Mateo: "Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro" (Mateo, 24,31).

Subyace en toda está simbología una concepción antigua del espacio: el cosmos se sostiene sobre cuatro ángeles que tienen como principal misión regular los cuatro vientos para evitar catástrofes, o bien para provocarlas. Representaciones de estas visiones las encontramos en las miniaturas de los Beatos. En el Beato de Gerona reconocemos a los cuatro ángeles con trompetas frenando los vientos en los cuatro ángulos del folio 135r. A la misma tipología responde el ángel de la tercera trompeta del Beato de Tábara en su folio 98v., pero ilustrando un pasaje distinto del Apocalipsis: la tercera trompeta. En las copias del siglo XII de estos manuscritos, como en el Beato de Manchester, se sigue manteniendo esta iconografía. Pero los cuatro vientos actuando sobre la villa pueden tener también una segunda lectura como representaciones metafóricas diversas, como pueden ser el número naturalezas, el de pueblas, distritos o comarcas que lo conforman, linajes, alcaldes, el de unidades de que se compusiera la hueste, etc.

Parece claro que los asuntos iconográficos del reverso y su leyenda deben interpretarse como una alegoría del nombre de la ciudad, y una referencia a su emplazamiento privilegiado. Los concejos medievales adoptaron en sus sellos y emblemas alguno de estos motivos "parlantes": La villa de Estella exhibía una gran estrella; Olite ilustraba su nombre con un olivo con sus hojas y aceitunas; Cifuentes, con su multitud de fuentes (centum fontes); Medina de Pomar, con un magnífico manzano o pomar cuajado de fruta; Teruel, con un toro pasante; Carrión de los Condes, con un carro o carreta sin yunta; Escalona, con una gran escala o escalera de mano, etc. No siempre estas identificaciones tenían una rigurosa justificación histórica o etimológica, pero acabaron por imponerse y volvemos a encontrarlas en las figuras de la heráldica municipal.

Sabemos por la documentación de la cancillería de Fernando II que en los últimos meses del año 1168 se produjo la mutación oficial de la denominación del antiguo castro de "Malgrad" por el nuevo "Benaventum". Sin duda, el nombre de "Malgrad" tenía para todos unas connotaciones negativas, poco acordes con un nuevo concejo que pretendía atraer pobladores. A esta iniciativa no debió ser ajeno el propio rey leonés, que también fomentó la repoblación, el cambio de denominación y, en su caso, el traslado de emplazamiento de otras villas. Fue el caso de Tuy, que sufrió un traslado de sus habitantes y recibió durante algún tiempo el nombre de "Bonanventurum". Otros reyes posteriores intentaron fomentar el dinamismo de las nuevas villas con topónimos eufónicos, agradables al oído y siempre con trasuntos positivos. En Asturias, la antigua Maliayo tomo el nombre de Villaviciosa, en alusión a una villa próspera y abundante en sus recursos. A la vista de lo transmitido en las figuras de nuestro sello, debemos traducir el "Benaventum" de los diplomas de los siglos XII y XIII por "buenos vientos".

Se considera el viento como un símbolo de la mutabilidad y la versatilidad. En este sentido, es un poder temible, incontrolable y ciego. Pero el viento puede ser también equiparado a soplo o hálito, en cuyo caso adquiere valores de energía creadora y consciente. Esa es, desde luego, la interpretación que hacían los benaventanos de mediados del siglo XIII, y así quisieron perpetuarlo en la memoria colectiva, a través de la alegoría de los cuatro ángeles que siembran o distribuyen los vientos favorables sobre la villa.

BIBLIOGRAFÍA

ADRADOS VILLAR, E., “Los fondos sigilográficos del Archivo Histórico Nacional”, De sellos y blasones: miscelánea científica, Madrid, 2012, pp. 11-28.; AGUADO SEISDEDOS, V., "El sitio de Benavente por el duque de Lancaster y el rey João I de Portugal", Brigecio. Revista de Estudios de Benavente y sus Tierras, 3 (1993), pp. 155-173; BALBOA DE PAZ, J.A., "Sellos en el Cartulario de Carracedo", Bierzo (2002), pp. 5-23; CAVERO DOMÍNGUEZ, G., Colección documental del monasterio de San Esteban de Nogales (1149-1498), León, 2001; CAVERO DOMÍNGUEZ, G., ÁLVAREZ ÁLVAREZ, C., y MARTÍN FUERTES, J. A., Colección documental del archivo diocesano de Astorga, León, 2001; FERNÁNDEZ DURO, C., “Sello del Concejo de Zamora en el siglo XIII”, Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, Vol. 2, Nº 17 (1894), pp. 111-112; FUENTES GANZO, E., Dinero y moneda en un concejo medieval: En el umbral del euro (1202-2002), Benavente, 2001; GAUTIER-DALCHÉ, J., Historia Urbana de León y Castilla en la Edad Media (siglos IX-XIII), Madrid, 1979; GÓMEZ MORENO, M., “Sellos céreos salmantinos”, RABM, X (1904), pp. 52-55; GONZÁLEZ, J., “Los sellos concejiles de España en la Edad Media”, Hispania, 20 (1945), pp. 339-384; GUGLIERI NAVARRO, A., Catálogo de sellos de la Sección de Sigilografía del Archivo Histórico Nacional, 3 vols., Madrid, 1974; MARTÍNEZ SOPENA, P., AGUADO SEISDEDOS, V. y GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, R., Privilegios reales de la villa de Benavente (Siglos XII-XIV), Salamanca, 1996; MENÉNDEZ PIDAL, F., Los sellos en nuestra Historia, Madrid, 2018; MENÉNDEZ PIDAL, G., La España del siglo XIII leída en imágenes, Madrid, 1986; MENÉNDEZ PIDAL, J., Catálogo. Sellos españoles de la Edad Media, Madrid, 1918; REVILLA, F., Diccionario de iconografía y simbología, Madrid, 1995; RIESCO TERRERO, A., Introducción a la Sigilografía, Madrid, 1978; RUIZ DE LA PEÑA, J.I., "La Hermandad leonesa de 1313", León medieval: doce estudios, León, 1978, pp. 139-164; TAMAYO, A., Archivística, diplomática y sigilografía, Madrid, 1996; V.V. A.A., Alfonso IX y su época. Pro utilitate regni mei, La Coruña. 2008; VV. AA., Fueros y cartas pueblas de Castilla y León. El derecho de un pueblo, Salamanca, 1992; VV. AA., Más vale volando. Por el Condado de Benavente, Catálogo de la exposición, Benavente, 1998; VV. AA., Regnum: Corona y Cortes en Benavente (1202-2002), Benavente, 2002.
"Signum" de los alcaldes y el concejo de Benavente en un documento del año 1187 (Archivo de la Nobleza de Toledo)
"Signum" del notario Gonzalo Miguélez en un documento del año 1278 (Archivo del monasterio de Santa Clara de Benavente)
Sello de cera del Concejo de Benavente (reverso) - Copia en resina
El Sello de Benavente, según Vidal Aguado Seisdedos - Anverso
El Sello de Benavente, según Vidal Aguado Seisdedos - Reverso
Fotografía del fragmento del sello existente en el Archivo Histórico Nacional en el Catálogo de Juan Menéndez Pidal (1921)
Pergamino del Archivo Histórico Nacional con el fragmento del sello del Concejo. Catálogo "Corona y Cortes en Benavente"
Sello del Concejo de Benavente. Fotografía de Vidal Aguado Seisdedos (anverso)

Sello del Concejo de Benavente. Fotografía de Vidal Aguado Seisdedos (Reverso)
Los cuatro ángeles sobre sobre los cuatro ángulos de la Tierra. Beato de Manchester (Siglo XII)
Acuerdo del año 1333 del Concejo de Benavente sobre los herederos de Sitrama de Tera. Se aprecia la cinta trenzada de la que pendería el sello de cera del Concejo. (Archivo Municipal de Benavente)
Sello de cera del Concejo de Zamora. Año 1273. (Archivo de la Catedral de Zamora). Catálogo "Alfonso IX y su época".
Matriz del sello concejil de Cuéllar (Segovia), con su prensa o tórculo y sus dos tablas. Siglo XIII. (Museo Arqueológico Nacional). Catálogo "Fueros y cartas pueblas de Castilla y León"
Alfonso X entrega un privilegio, doblado y con su sello pendiente. Miniatura de las Cantigas de Santa María

miércoles, 26 de febrero de 2020

El ajedrez de Peñalba - Tras las huellas de San Genadio

Piezas de ajedrez procedentes de la iglesia de Santiago de Peñalba (León)
"Segunt cuenta en las estorias antiguas, en India la mayor hobo un rey que amaba muchos los sabios [...] E destos habíe tres [...] el uno dicíe que más valíe seso que ventura [...] el otro decíe que más valíe ventura que seso [...] el tercero [...] que era meior qui pudiese vevir tomando de lo uno e de lo al". El rey les pide pruebas de lo que decían, el primero trajo el ajedrez, el segundo los dados, y el tercero sus tableros con sus tablas y sus dados. Con este hermoso relato ilustraba Alfonso X su visión particular sobre el origen de estos juegos.
Es bien sabido que la Península Ibérica fue una de las vías primigenias de penetración del ajedrez en Occidente. Inicialmente, a través de Al-Andalus y, a continuación, con la mediación de los reinos cristianos del norte. Los fluidos intercambios comerciales y culturales favorecieron la expansión de un juego que acabó convirtiéndose en una ciencia.
Aunque se suele señalar la India y el siglo VI como las coordenadas espacio-temporales del origen del ajedrez, las primeras referencias documentales a la práctica o conocimiento del juego en Occidente son netamente hispanas. Así en un testamento fechado el 28 de julio de 1008 en Tuixent (Lérida), el conde Armengol de Urgel I, legaba su ajedrez al convento de San Egidio: "...et ad Sancti Aegidici coenobio ipsa schacos ad ipsa opera de Ecclesia" (...y al cenobio de San Egidio dono aquellos mis trebejos de ajedrez para las obras de la Iglesia). Se cree que este monasterio debe identificarse con el de Sant Gilles, cerca de Nimes, una de las posesiones de los condados catalanes en aquella época. Se le atribuye al conde Armengol una gran inquietud cultural, y la defensa de una política aperturista hacia Europa. De hecho, realizó varios viajes a Roma y fomentó las peregrinaciones hacia Santiago de Compostela y Le Puy.
A partir del siglo XI, encontramos algunas referencias a ajedrecistas andalusíes en las crónicas árabes, que anteceden a un cierto esplendor literario sobre esta disciplina entre los siglos XII y XIII. Sirva como ejemplo la legendaria derrota del rey leonés Alfonso VI en un tablero de ajedrez frente al visir de Córdoba, Ibn Ammar. El desenlace de esta partida habría obligado al rey cristiano a retirar sus tropas del cerco de la ciudad.
Es durante el siglo XIII cuando el “scacis ludere” alcanza la categoría de una ciencia en los reinos hispanos. Un arte supremo que ocupa a nobles, clérigos y hasta reyes. Alfonso X el Sabio compila el famoso códice: "Juegos diversos de axedrez, dados, y tablas con sus explicaciones, ordenados por mandado del rey don Alonso el Sabio". El preciado manuscrito, hoy en la biblioteca de El Escorial, está fechado, según consta en su “explicit”, en Sevilla en 1283, un año antes de la muerte del monarca.
De la afición a este juego entre los miembros de la alta nobleza existen algunas referencias en las crónicas medievales. Según se relata en la “Crónica de Juan II”, el ajedrez sirve como cortina de humo para facilitar la fuga en 1448 de Alonso Pimentel, III conde de Benavente, de su prisión en el castillo de Portillo (Valladolid). El conde consiguió distraer al alcaide de la fortaleza jugando con él hasta la llegada de sus partidarios a rescatarle: "é guiólos el portero hasta donde estaba el Conde jugando al axedrez con Diego de Ribera. El Conde había comenzado este juego é lo detenía, porque Diego de Ribera no anduviese por la fortaleza".
Una aportación también hispana al ajedrez, aunque más tardía, es el tratado de Ruy López de Segura: "Libro de la invención liberal y arte del juego del axedrez, muy útil y provechosa, assí para los que de nuevo quisieren deprender a jugarlo, como para los que lo saben jugar". Fue editado en Alcalá de Henares en 1561. El nombre de este ilustre ajedrecista está ligado a la denominada "apertura española" o "apertura Ruy López". En general, se considera que con esta apertura se concede a las piezas blancas una ventaja ligera y duradera. En la portada de su tratado se declara "clérigo, vezino de la villa de Çafra". Se le consideró el mejor jugador de su época. Esta información la confirma Sebastián de Covarrubias en su "Tesoro de la lengua castellana", donde en la voz "Zafra", entre otras cosas, dice: "Otra Zafra hay en Extremadura, donde hubo un muchacho que, siendo de muy poca edad, era tan gran jugador de ajedrez, que todos le reconocían la ventaja, y quedó el nombre del niño de Zafra".
La evolución de las reglas del juego de los 64 escaques, de la fisonomía y significado de sus piezas, y de su nomenclatura han sido glosadas en numerosas ocasiones por historiadores y ajedrecistas. Parece ser que hasta mediados del siglo XIII no se enfrentan en los tableros, en un principio de casillas monocromas, piezas blancas y piezas negras, sino piezas blancas y rojas. En el Museo de León se exhibe un magnífico tablero de madera taraceada, con incrustaciones de hueso, procedente del Palacio de los Condes de Luna. Su elaboración, en base a los emblemas heráldicos que cobija, debe situarse en el siglo XV.

Miniatura del Libro del Ajedrez de Alfonso X
Miniatura correspondiente al denominado "Gran Ajédrez" en la obra de Alfonso X. El tablero consta de 144 casillas y cada jugador dispone de 24 piezas.

Tablero de Ajedrez procedente del palacio de los Condes de Luna (Museo de León) [S. XV] 
Entre los ejemplares más lujosos y codiciados estaban aquellos confeccionados por los artesanos musulmanes en cristal de roca y marfil. Las piezas de marfil se coloreaban o se doraban, pigmentos que en la mayor parte de los casos se han acabado perdiendo. Por otra parte el marfil no siempre es estrictamente blanco en su tono natural, depende del veteado original del colmillo, así como de otros factores.
Objetos de marfil bajo todo tipo de formas y tamaños se conservaron en los más selectos tesoros medievales, junto con piezas de orfebrería, piedras y metales preciosos. El marfil era un material tan raro y codiciado como el propio oro o las piedras preciosas. A su carácter excepcional y legendario hay que añadir sus presuntas virtudes medicinales o como talismán, tal y como se describen en diversos tratados.
Los tesoros de las iglesias comienzan a exhibir figuras de ajedrez antes incluso de que la práctica del noble juego estuviera extendida por Occidente. Estas piezas pudieron ser concebidas en algún momento como parte integrante de un juego completo. Pero cuando se atesoran y exponen solemnemente forman ya parte de los relicarios asociados a los cultos más diversos.
La presencia de piezas de ajedrez en los tesoros de iglesias, catedrales y monasterios no es, por tanto, nada extraño en los siglos medievales. Como reliquias eran veneradas en Saint Denis unas piezas de marfil pertenecientes, presuntamente, a Carlomagno. Estas figuras habrían sido un regalo del Califa abasí Harun-el Rachid que reinó en Bagdad (789-809), personaje de leyenda y héroe de varios cuentos de Las mil y una noches.
La piezas de Peñalba han sido atribuidas por la tradición a los objetos y reliquias relacionados con la figura de San Genadio, y "que bien pudieron alcanzarle" en palabras de Gómez Moreno. Según otras opiniones tales piezas corresponderían a una suerte de prácticas adivinatorias llamadas "sortes sacerdotarum" e identifican al dueño de tales con el obispo-abad Salomón, y no con San Genadio. Los devotos las consideraron pertenecientes a un ajedrez, con el que el santo se entretenía en los momentos de ocio, jugando con sus compañeros de retiro espiritual. En la tradición popular fueron conocidas estas piezas como "bolos de San Genadio", pues por su tamaño reducido recordaban al juego tradicional berciano, creyendo que para tal fin eran utilizadas  por los monjes de Peñalba.
José María Luengo Martínez señalaba en 1961 que se conservaban en una de las sacristías y las describe como "cuatro fichas de marfil, que dicen pertenecieron a S. Genadio, y cabe en lo posible, a juzgar por su estilo. Son un peón, un alfil y dos roques -roto uno de ellos-, que se adornan con tres rayitas paralelas verticales y tangentes y radios en las caras superiores". 
En la misma línea del ajedrez de Peñalba están las tres piezas de cristal de roca de San Millán de la Cogolla o las ocho figuras (una torre, dos alfiles, dos caballos y tres peones) del llamado Ajedrez de San Rosendo. Estas últimas fueron primorosamente confeccionadas en cristal de roca fatimí y proceden del "tesoro" de San Miguel de Celanova, hoy en el museo de la Catedral de Orense. Las piezas fueron extraídas, al parecer, del primitivo sepulcro del santo gallego existente en Celanova hasta la segunda mitad del siglo XVII.
Los cuatro marfiles se conservaban hasta hace unos años en una de las sacristías de Peñalaba, pero en la actualidad, por motivos de seguridad, se custodian en Ponferrada. Pueden ser identificados con un peón, un alfil y dos roques —roto uno de ellos—, que se adornan con tres rayitas paralelas verticales y sendos grupitos de cinco círculos tangentes y radios en las caras superiores. El propio Gómez Moreno hizo a principios del siglo XX una primera descripción las mismas: "Dos son grandes, de caras rectangulares y formando como cóncavo por arriba, como unas supuestas de Carlomagno, y llevan circulitos grabados; las otras dos cilíndricas, rematando en semiesfera, con una o dos protuberancias por un lado y doblando la segunda pieza en tamaño a su compañera".
Para conocer algún detalle más sobre la fabricación de las piezas del ajedrez podemos recurrir, una vez más, a la producción libraria de Alfonso X. Jesús Montoya Martínez nos describe así una de la miniaturas del "Libro del ajedrez":

"Es una miniatura de las llamadas complejas pues se compone det res partes, cobijadas cada una por un arco trilobulado: la parte central la ocupa el ajedrez con su figuras, delimitado en su parte inferior
y superior (para una interpretación de relieve, los lados derecho e izquierdo) por sendas láminas de taracea. Bajo el arco de la izquierda, el maestro taracerero dispone, acompañándose de un escoplo, las cuadrículas negras en sus respectivos lugares; sobre el banco de carpintero reposan dos utensilios; en el arco opuesto un ebanista realiza los “trebeios” que exhibe, blancos y negros, en sendas lejas mientras él redondea una de ellas ayudado de un torno movido por un pie y con una serreta".
Dibujo y decoración de las piezas de ajedrez de Peñalba, según José María Luengo
Como se hacen los "trebeios" y el tablero de ajedrez, según el ms. J, T, 6, de El Escorial, f.2,

domingo, 9 de febrero de 2020

Aquellos Quintos de Castrogonzalo del año 1946

El Quinto Luis Fernández González en 1946
La fiesta de los Quintos del año 1946 se celebró en Castrogonzalo (Zamora) el 17 de enero. En aquella época, la fecha correspondía invariablemente a la festividad de San Antón o San Antonio Abad, independientemente del día de la semana en que cayera. En este caso, fue un jueves, día de mercado en Benavente. La mañana amaneció muy fría, con los tejados parcialmente blancos por la helada y con fuertes rachas de viento. En alguna de las fotos que acompañan a este artículo vemos a las mujeres tapadas con toquillas y mantones. Por la noche se echó a nevar.

Tradicionalmente, los “Quintos” eran los jóvenes de una localidad que al cumplir la mayoría de edad eran llamados a hacer el servicio militar. Antes de ello, debían acudir a sus ayuntamientos respectivos para ser registrados, tallados y pasar el preceptivo reconocimiento médico. En muchos lugares de España en torno a esta práctica surgió una arraigada tradición festiva, que incluía diversas celebraciones. En el año 1946 había en Castrogonzalo siete Quintos que cumplían los 20 años reglamentarios:

Ángel Fernández Centeno
Luis Fernández González
Miguel García (Lupicinio)
Gabriel García Marbán
Felicísimo Gestoso Hernández
Argimiro Gestoso Mayor
Ceferino Iturriagagoitia Martínez

De estos siete mozos, Felicísimo Gestoso, que trabajaba como pastor en la próxima finca de Rubiales (Fuentes de Ropel), no participó en la fiesta. Por su parte, Ceferino Iturriagagoitia no corrió las cintas, aunque sí estuvo en el resto de las celebraciones. Por último, hubo otro mozo originario de Villafáfila que a última hora fue invitado a correr las cintas.

La misa tuvo lugar a las 12:00 en la desaparecida iglesia del Barrio de Abajo: Santo Tomás. Era la única parroquia existente, pues la otra iglesia de San Miguel estaba cerrada al culto desde hacía tiempo. Castrogonzalo pertenecía entonces a la diócesis de Astorga, al igual que Castropepe, Villafáfila y algún otro pueblo de la zona de Campos. El párroco oficiante fue don Crescenciano, originario de Villarrín de Campos. Vivía, en compañía de su hermana, en la Casa Rectoral del pueblo, propiedad del obispado. Hoy es un solar sin edificar situado en la esquina entre la Calle del Río y la Ronda de la Iglesia.

La misa se celebraba según el rito preconciliar, es decir, anterior al Concilio Vaticano II. Se cantaba en latín y con el cura de espaldas a los fieles. Las mujeres debían acudir al templo portando el velo al entrar y los hombres con la cabeza descubierta. No había costumbre entonces de hacer la procesión con el santo por las calles del pueblo, ni había comitiva de autoridades o charangas. La talla de San Antón se bajaba de su pedestal y se colocaba, con sus andas correspondientes, en un lugar preferencial junto al altar de la iglesia. La misa era pagada directamente por los Quintos, pues el Ayuntamiento no intervenía, ni en los preparativos ni en los gastos de esta fiesta. El alcalde en aquellos años era Emiliano Campo Pastor, a quien recuerda hoy el pueblo con una calle con su nombre: el antiguo Camino del Medio.

El traje de Quinto al uso era algo más simple que el actual. Los mozos vestían chaquetilla de paño negro, camisa blanca, pantalón corto de pana, “leggins” y botas o zapatos. No llevaban capa, ni sombrero. En algunos casos el traje se adornaba con un mantón de Manila enrollado en la cintura. Complemento indispensable era un punzón de madera, adornado con pequeñas tiras de colores, que se empleaba para sacar las cintas del cajón en la carrera.

Las cintas se anudaban directamente al cuello y no tenían, como ahora, dibujos o inscripciones. Lo habitual era hacerse con docena y media de cintas, que luego eran repartidas entre los familiares y las mozas del pueblo al finalizar la carrera. Era costumbre ir en comitiva el día antes de San Antón a Benavente a comprar las cintas, las anillas y los cohetes. En esta ocasión fueron los Quintos en un carro tirado por vacas y acompañados por algunas de las mozas del pueblo.

Los caballos pertenecían, en muchos casos, a las propias familias de los Quintos o eran prestados por vecinos o amigos. Los caballos se enjaezaban con espejos en los cabezales, trenzas, cintas en el rabo y otros adornos. En las monturas solían ponerse mantas o alfombras para amparar mejor al jinete en la carrera y evitar que saliera despedido en caso de renuncia o frenazo del animal.

El lugar de encuentro de los mozos con sus cabalgaduras fue la Plaza de Laguna, en el Barrio de Arriba. Esto ocurría a primera hora de la tarde, cuando el frío ya empezaba a apretar. Los cinco Quintos dieron un paseo a caballo a lo largo de la plaza, observados de cerca por los escasos vecinos que se atrevían a salir a la puerta. Como en muchos otros pueblos de la comarca, Castrogonzalo contaba en esas fechas con esta masa artificial de agua que servía de abrevadero para el ganado y las caballerías. A falta de una red de abastecimiento de aguas, la Laguna permitía contar con este recurso durante prácticamente todo el año, y evitaba tener que bajar al río para dar de beber a los animales. Precisamente, de este año 1946 es la publicación en el BOE del decreto de 28 de junio por el que se autorizaba al Ministro de Obras Públicas la celebración de la subasta de las "obras de abastecimiento de aguas" de la localidad, con un montante de 168.218 pesetas, a abonar en dos anualidades.

Contamos con una hermosa fotografía de la Laguna tomada por Dolores Fernández González en enero de 1945, coincidiendo con la fiesta de los Quintos del año anterior. En primer término, vemos el reflejo de la iglesia de San Miguel sobre la masa de agua helada, en un día de una gran nevada. Se aprecia también la casa, hoy ya derruida, donde la maestra doña Dolores, impartía clases particulares a los parvulitos antes de ir a la escuela del pueblo.

La carrera de cintas tenía lugar en el Camino del Pico Naval. Cuando la “hoja” de esa parte del pueblo estaba cultivada, se trasladaba la carrera, siguiendo este mismo camino, hacía al otro lado de la carretera de Palencia. Se ponían dos postes a ambos lados del camino para colgar el cajón con las cintas. El cajón se encargó aquel año a un carpintero local: Sinibaldo García, que era padre de unos de los Quintos: Miguel García. Su taller se encontraba en la entrada de la Calle del Florín, también conocida como Calle Larga. Al igual que hoy, una de las cintas era la del premio, pero no tenía ninguna característica o color especial. Simplemente, era elegida de común acuerdo entre las disponibles. El cajón no solía reutilizarse en los siguientes años, pues estaba extendida la costumbre entre los mozos de destruirlo al acabar la carrera.

Debido a las inclemencias del tiempo, llegó un momento en la carrera en la que los Quintos se quedaron literalmente solos. Los pocos vecinos y familiares que acudieron acabaron refugiándose junto a las paredes y tapias de las últimas casas del pueblo. Los mozos tuvieron que ponerse papeles de periódico dentro de sus ropas de gala para poder soportar las bajas temperaturas.

Las celebraciones fueron amenizadas por una charanga procedente de Abraveses de Tera. Estaba compuesta únicamente por dos músicos: uno tocaba la dulzaina y el otro acompañaba al tambor. Esta misma charanga ya había actuado el año anterior en la fiesta del Señor. Los mozos fueron unas semanas antes a la localidad de Villaveza del Agua, donde estaban tocando, para ajustar el precio durante los dos días de fiesta de los Quintos. Los “casados” de Castrogonzalo negociaron por su cuenta con los músicos un tercer día, en que debían tocar durante el baile de la tarde y la noche. Los bailes tenían lugar en la Plaza Mayor, y por la noche en el salón del bar de Victoriano Vecino. Por tanto, en total hubo tres días de celebraciones (17, 18 y 19 de enero de 1946).

De los siete Quintos mencionados en este artículo, solamente cuatro acabarían haciendo el servicio militar. El resto fue eximido después de alegar diferentes motivos. En el año 1946 la “quinta” era llamada a filas en el mes de marzo. A partir de entonces debían afrontar un largo servicio militar que se prolongaría durante dos años y medio, hasta el mes de septiembre de 1948.
Los Quintos de 1946 en la Plaza de la Laguna. Al fondo la iglesia de San Miguel

Los Quintos de 1946 en la plaza de la Laguna

Los Quitos de 1946 antes de ir a la carrera de cintas

Punzón de madera de nogal utilizado en la carrera de cintas de 1946, 2012 y 2018

La Plaza de la Laguna y la iglesia de San Miguel en enero de 1945
Interior de la iglesia de Santo Tomás de Castrogonzalo hacia los años 40 [Fototeca del Patrimonio Histórico]

El Quinto Alberto Núñez Tapioles hacia el año 1957
Subasta del abastecimiento de aguas  de Castrogonzalo (BOE de 1946)
Detalle de la imagen de San Antonio Abad en la iglesia de San Miguel de Castrogonzalo

domingo, 2 de febrero de 2020

Un privilegio de Fernando II al monasterio de Carracedo

Portadaa de la Sala capitular del monasterio de Santa María de Carracedo
1159, marzo, 27. Villafranca.

Fernando II concede al monasterio de Santa María de Carracedo la décima parte de las rentas que le corresponden en Villafranca.

ADMS, Privilegio rodado. Orig. Perg., 455 x 260 mm., escritura carolina; bien conservado.

Reg. J. GONZÁLEZ, Regesta de Fernando II, Madrid, 1943, p. 356; Ms. Memorias de Carracedo, BRAH, ms. G-1.084. Da la fecha 1157, que no corresponde al segundo año de la muerte de Alfonso VII. Reproducción fotográfica en V. FERNÁNDEZ VÁZQUEZ, El señorío y marquesado de Villafranca del Bierzo a través de la documentación del Archivo Ducal de Medina Sidonia, León, 2007, doc. 1.

(Christus, alfa et omega). In nomine unius deitatis et inseparabilis Trinitatis, que a fidelibus colitur et adoratur. Quanto diuitiis et possessionibus abundantis quisque uidetur affluere, tanto amplius de suis muneribus Deum debet honorare et ecclesiis et earum ministris, ueris Dei cultoribus, eorum que possidet decimas dare et aliqua beneficia impendere. Hanc igitur rex ego Fernanudus, Dei gratia Legionis rex, intelligens et intelligendo complere satagens textum et scriptum firmissimum et in perpetuum ualiturum faciendo omnium reddituum Uille France qui ad regem ius pertinent uel pertinere debent decimam dono ecclesie Sancte Marie de Carrazedo et tibi abbati eiusdem ecclesie Gundisaluus et uniuerso eiusdem loci conuentui atque successoribus uestris et in perpetuum concedo ob remedium anime mee et parentum meorum.
Si quis igitur huius mei uoluntarii facti uiolator contra hanc mee donationis paginam aliquo temeritatis ausu ueniere temptauerit offensam Dei cum indignatione mea incurrat et  per tanto excessu uobis uel uocem uestram pulsantibus centum libras auri componat.
Facta carta in Uilla Franca VI kalendas aprilis, sub era M C LXL VII. Anno IIº quo obiit in Portu de Muradal famosissimus hyspaniarum imperator dominus Adefonsus et cepit regnare inclitus eius filius predictus rex Fernandus in Legione, Gallecia et Asturiis.
Ego Fernandus, Dei gratia Legionis Rex, hoc scriptum quod fieri iussi propia mano roboro et confirmo.
(Signo rodado) + SIGNVM FERNANDI REGIS LEGIONENSIS.
(1ª Col.) Martinus Dei gratia Conpostellanus archiepiscopus conf. Petrus Minduniensis episcopus conf. Petrus Ouetensis episcopus conf. Iohannes Legionensis episcopus conf. Fernandus Astoricensis episcopus conf. Stephanus Cemorensis episcopus. conf. Iohannes Lucensis episcopus. Petrus Auriensis episcopus conf. Ysisdorus Tudensis episcopus conf. Ordonius Salamantinus episcopus conf.
(2ª Col.) Comes Poncius conf. Comes Petrus conf. Comes Ramirus conf. Comes Gunzaluus conf. Albarus Ruderici conf. Menendus Bregancia signifer regis conf. Fernandus Guteriz maiordomus regis conf.
(Línea inferior) Ego Petrus dictus infantinus, notarius regis per manum domini Ferdinandi curialis archidiaconi et regis cancellarii, scripsi et conf.

ADMS, Perg. orig., 260 x 455 mm. Fotografía cortesía de Vicente Fernández Vázquez

1190. Villafranca.

Privilegio de Alfonso IX al monasterio de Carracedo.

(Christus) In nomine domini nostri Ihesu Christi amen. Catholici regis est ea que ab auis et antecessoribuis suis sanctis et religiosis locis

domingo, 26 de enero de 2020

Tres privilegios reales del fondo documental del monasterio de San Martín de Castañeda

Detalle del tímpano y la portada de la iglesia de San Martín de Castañeda
Se ofrece en este trabajo la transcripción completa de tres diplomas procedentes de los fondos documentales del monasterio de San Martín de Castañeda. Se trata de tres pergaminos en los que se recogen otros tantos privilegios reales correspondientes a Fernando II, Alfonso IX y Sancho IV. Los dos primeros son documentos originales, expedidos por las respectivas cancillerías regias, mientras que el tercero nos ha sido transmitido a través de un traslado notarial realizado en fechas muy próximas a la redacción del diploma original. Ninguno de los tres los he visto publicados anteriormente.
Cuando hablamos de la documentación medieval del monasterio de San Martín de Castañeda no nos estamos refiriendo a un fondo uniforme. Se trata, por el contario, de un conjunto extraordinariamente disperso, objeto de múltiples avatares y en parte perdido. Precisamente por ello todavía es posible localizar ocasionalmente material inédito de indudable interés.
Cuando Ambrosio de Morales visita la abadía a mediados del siglo XVI hace observar que “por haberse quemado el monesterio no tiene escrituras más antiguas ni tienen reliquias, ni libros, ni enterramiento real, ni hacen sufragios particulares”. No obstante, el editor de la obra en el siglo XVIII, el padre Flórez, corrige y hace notar cómo en la “Corónica” de este mismo autor, se afirmaba que perseveraban algunos libros. Posteriormente Yepes tuvo conocimiento de algunos de los documentos más antiguos de su archivo y añade que “Ambrosio de Morales, o no estuvo en este monasterio viendo los papeles, o si los vio no le mostraron todos los originales, porque ello es cierto que hay muchos que están publicando”. Se refería el erudito benedictino al Padre Bernardo de Villalpando, que por entonces estaba recopilando materiales sobre la historia del monasterio.
En la actualidad, la mayor parte de la colección de pergaminos medievales se custodia en la Sección Clero del Archivo Histórico Nacional, recogida en siete carpetas. Varias de estas escrituras siguen inéditas, lo cual debería animar a la edición de una colección documental que con criterios rigurosos aborde todo el material disperso existente.
En este mismo archivo se conserva también el llamado “Tumbo de el Real Monasterio de San Martín de Castañeda”, voluminoso manuscrito de 777 folios compuesto en 1714-1715 por Fray Antonio de Lara. Aunque su interés puede parecer menor por no reproducir “in extenso” el grueso de los documentos, resulta valioso complemento de otros testimonios documentales y, en ocasiones, extracta o alude a diplomas perdidos. Parece ser que para su confección se utilizó como referente un becerro o tumbo anterior, fechado en 1652, del que el autor extractó y trasladó aquellos textos que le parecieron dignos de memoria. La elaboración de este último manuscrito desaparecido coincidió en el tiempo con un reconocimiento y apeo de todo el patrimonio monástico. En él “estaban abundante y puntualmente tomadas todas las razones de las fundaciones y donaciones como todos los demás instrumentos que tenía el monasterio y se habían anotado todas las cosas dignas de memoria”.
También del Archivo Histórico Nacional, pero custodiados en la Sección Nobleza instalada hace pocos años en Toledo, existen espigados entre los fondos de la casa de Osuna diversos documentos procedentes originariamente del archivo monástico. Se trata de diplomas utilizados por los Pimentel, condes de Benavente, como garantes de los bienes que fueron adquiriendo en Sanabria. Entre ellos se encuentran varios privilegios reales conservados en sus pergaminos originales.
En la Biblioteca Nacional, en la Sección de Manuscritos, se conserva el Ms. 18382, también conocido como Becerro o Tumbo de San Martín de Castañeda. Estamos ante una obra clave para conocer la trayectoria del cenobio sanabrés desde su aparición en las fuentes en las primeras décadas del siglo X hasta mediados del siglo XIII. Su anterior propietario fue el erudito, arabista y bibliógrafo Pascual Gayangos, cuyos libros ingresaron en la Biblioteca Nacional por compra en 1899. Al margen de su indudable interés codicológico y paleográfico, se transcriben en los 76 folios de este cartulario, de la segunda mitad del siglo XIII, 174 documentos completos, incluyéndose entre ellos varios de los pergaminos existentes en el Archivo Histórico Nacional, y así como otras escrituras cuyos originales se han perdido. El Ms. 18382 es en realidad un volumen misceláneo, en cuya encuadernación se reunieron distintas unidades codicológicas de diferentes épocas. De hecho, los folios de pergamino utilizados en su confección tienen dimensiones que no casan. También se cosieron al ejemplar dos documentos originales.
En el Archivo Histórico Provincial de Zamora existe una carpeta con siete pergaminos que abarcan los siglos XIII al XV. La “Sección de Pergaminos” del archivo zamorano es en realidad una colección facticia, integrada por los diplomas en pergamino y papel más antiguos expurgados de legajos procedentes de la Desamortización. Originariamente pertenecieron al fondo general “Sección de Desamortización” trasladado en 1972 desde la Delegación Provincial de Hacienda.
La parte más significativa del fondo medieval de San Martín de Castañeda fue publicada por Ángel Rodríguez González. Su edición del “Tumbo de San Martín de Castañeda” continúa siendo una fuente fundamental, de la que han bebido los historiadores que de una u otra forma se han acercado al cocimiento de este cenobio en particular, y de las tierras sanabresas en general. A la transcripción del “Tumbo”, propiamente dicho, añadió en un apéndice otro grupo de documentos, en su mayor parte pergaminos procedentes de Archivo Histórico Nacional, así como alguna otra copia libraria de la Biblioteca Nacional.
El contenido de todo este corpus fue objeto de una minuciosa revisión crítica por Augusto Quintana Prieto, corrigiendo fechas, topónimos, antropónimos y enmendando errores de transcripción. En este trabajo, publicado en la extinta revista “Archivos Leoneses”, el archivero astorgano aportó nuevos diplomas existentes en el Archivo Diocesano de Astorga, principalmente del llamado fondo de la “Cámara episcopal”, del “Cartulario del monasterio de Carracedo” y de un cuaderno del siglo XVIII en el que se recoge un largo proceso judicial sostenido a mediados del siglo XIII por la mitra asturicense contra la abadía sanabresa.
Al margen de la documentación citada hasta el momento, varias son las aportaciones realizadas en los últimos años. En primer lugar debe ser reconocida la labor del Padre Miguel Fernández de Prada, que en 1998 publicó una historia del monasterio de San Martín de Castañeda. En esta monografía da un repaso minucioso a la documentación monástica, revisando las transcripciones y regestos de los tumbos y ofreciendo algunos testimonios documentales inéditos. De hecho, en su obra se incluye la traducción de dos de los privilegios que se presentan en este artículo, pero sin ofrecer la versión original latina.
También ha habido algunas novedades aportadas por historiadores portugueses. Belarmino Afonso dio a conocer hace pocos años un grupo de ocho diplomas referentes a propiedades del monasterio en tierras de Braganza. Este pequeño grupo de escrituras “descarriadas” constituye un significativo testimonio de la dispersión de los fondos monásticos y de las peripecias que han podido padecer. De hecho, como desvelaba Lauro Anta en un trabajo sobre la abadía sanabresa en el siglo X, parece ser que existe incluso documentación en manos privadas.
Por último, quien suscribe estás líneas dedicó un trabajo anterior a editar y glosar uno de los pergaminos del Archivo Histórico Provincial de Zamora. Concretamente una donación del siglo XV referente a la “Casa del Lago”, levantada por IV Conde de Benavente, Rodrigo Alfonso Pimentel, y cedida en 1491 al cenobio sanabrés.

1. Donación de Fernando II de 1167

El primer documento transcrito es un privilegio rodado de Fernando II por el que dona a Pedro Remesal y su mujer Mayor Pérez diversas heredades pertenecientes al realengo que tiene el monarca en Sanabria, indicando sus términos. Procede del fondo de pergaminos del monasterio existente en el Archivo Histórico Nacional. Su estado de conservación es bastante deficiente debido a manchas generalizadas de humedad que han diluido y aclarado las tintas y hacen poco legibles algunas partes concretas. Las zonas más afectadas son el signo rodado, las columnas de confirmantes y alguna línea del dispositivo.
La categoría de lo donado parece referirse a aquellos bienes de titularidad real que puedan hallarse en el perímetro de un amplio territorio que se especifica:“illo rengalengo quod habeo in Senabria in circuitu Otero de Lila et de Sancta Marta de Remesal et de Sancto Stephano et de Outero Superiori, Loygildul et de ipsos casares de Ferrarios et de [tres] ipsos condados quos ibi habeo et de ipso casal de Faylldo et quantum habeo in Palacio et in Tabulazas et quantum mei pertinet in Uime et in Riu [...]”.
Contamos con muy pocos referentes para fijar con garantías la categoría social y la trayectoria pública de la figura de Pedro Remesal. Su apellido delata que estamos ante un miembro de la aristocracia local, cuyas actuaciones no dejaron mayores huellas en la cancillería regia, ni en las nóminas de notables del reino que frecuentan la documentación de la época. No obstante, parece que tuvo su peso específico en las comarcas de Sanabria y Carballeda donde debió ser un personaje de reconocido prestigio social. Pedro Remesal aparece mencionado entre el grupo de boni homines que participaron en la delimitación y amojonamiento de Asturianos hacia 1152. Esta villa había sido donada anteriormente por Alfonso VII a Pedro Cristiano. En la relación de terminatores se le cita como Petro Remesal de Vime, tras el citado Pedro Cristiano, Rodrigo Pérez, señor de Sanabria y Carballeda y Pedro Iohanni, portarius de Alfonso VII. Por tanto sería oriundo de Vime de Sanabria, donde seguramente tendría una parte significativa de su patrimonio. En 1160 confirma la donación de la villa de Riohonor al monasterio de San Martín de Castañeda. Finalmente en 1165 confirma otro documento de donación de Mayor Díaz y su hijo Diego Suárez de un casal en Trefacio.
A esta relación habría que añadir una más que probable donación o venta del realengo recibido en 1167 al monasterio, de lo cual no contamos con prueba documental, pero sí de ciertas referencias. Así lo transmite el autor del Libro-Tumbo de 1714-175: “Era de 1205, que es el año de 1167, el rey Don Fernando hizo donación a Pedro de Remesal y a su mujer Mayor Pérez de todo lo que tenía en la Villa de Trabazas y dicho Pedro de Remesal la donó y vendió a este monasterio con otras heredades y bienes en otros lugares. Comienza In nomine Domini Ihesu Christi. Facta quae pagina etc. Está original en el casón de Asturianos, núm. 21".
El privilegio rodado de Fernando II, al margen de otras consideraciones diplomáticas en las que no procede entrar ahora, ofrece un interesante sincronismo: Eo tempore quando supradictus rex Fernadus expugnauit et ce[pit] Alua de Alist. La noticia tiene su trascendencia, pues revela la incorporación de este castillo al dominio leonés en época de Fernando II, después de algún episodio de las frecuentes escaramuzas en la difusa frontera con el vecino reino de Portugal. También resulta novedoso poder constatar la ocupación de la fortaleza de Alba de Aliste en época de Fernando II, algunas décadas antes de su reaparición en las crónicas y en los documentos tal y como se conocía hasta ahora.
Las primeras referencias a la fortificación de este cerro rocoso, enclavado dominando el río Aliste y la vía que desde Castrotorafe conduce a Portugal, proceden de mediados del siglo X, aunque probablemente haya que retrotraerse al reinado de Alfonso III para situar la revitalización de este antiguo recinto castreño. En 960 un diploma de Sahagún menciona Alba Castello con ocasión de una donación de Sancho I de la villa de Pensum y dos viñas en el valle de Sancte Crucis, territorio de Zamora. Según Manuel Gómez Ríos en 1189 se documentan los primeros tenentes: García López y Pedro Fernández de Castro “El Castellano”. Este mismo autor considera que es en el contexto de las guerras entre León y Portugal cuando Fernando II levantó la parte del castillo de Alba de Aliste que los especialistas -entre ellos Gómez Moreno- asignan al siglo XII.
Pero la fortaleza alistana adquirió especial protagonismo a partir del reinado de Alfonso IX en el contexto de las guerras fronterizas entre León y Castilla. Tanto en su matrimonio con Teresa de Portugal como, posteriormente, con Berenguela de Castilla, Alba de Aliste se incluye como garantía de fidelidad y prueba de alianza entre ambos reinos. Posteriormente el rey leonés cedió la plaza a los templarios, que la mantuvieron en su poder hasta la extinción de la Orden y la incautación de sus bienes.
Fernández de Prada sugiere que Pedro de Remesal pudo participar de forma destacada en la conquista de Alba de Aliste a los portugueses. Lo cierto es que la donación no aporta información alguna en este sentido y sólo ofrece la rutinaria fórmula: “Et hoc facio pro remedio anime mee et parentum meorum et pro seruicio quod mei fecistis”. Expresión que, en principio, solamente nos informa de una recompensa genérica del monarca por los servicios prestados.

2. Privilegio de Alfonso IX de 1195

El segundo documento está fechado en “Palacios de Turgi” a 4 de septiembre de 1195. Al igual que el anterior, estamos ante un original en pergamino procedente de las carpetas del Archivo Histórico Nacional. Su estado de conservación es algo deficiente, debido fundamentalmente a dos rotos que se extienden por los márgenes derecho e inferior, afectando a parte de la plica. Como consecuencia de estos desperfectos algunas frases del documento se han perdido.
Se trata de una carta de franqueza e inmunidad otorgada por Alfonso IX para todas las heredades que posea San Martín de Castañeda en cualquier parte del reino. El privilegio también incluye la prohibición de intromisión de los merinos en las propiedades monásticas. El texto remite a privilegios anteriores de Alfonso VII y Fernando II, por lo que tiene un carácter confirmatorio. Como es una protección muy genérica e imprecisa no es posible saber si el monarca leonés se está refiriendo a escrituras concretas de estos monarcas que puedan conservarse aún en los archivos monásticos.
De Alfonso VII se conservan varias donaciones, entre ellas la propia entrega del monasterio con todos sus términos y pertenencias a Pedro Cristiano en 1150: “ut habeatis eum in illa dignitate atque libertate in qua notum est hominibus esse a diebus Ueremudi regis et regis Ordonii usque ad presens”. Fernando II, por su parte, entregó al cenobio bienes en Santa Cruz de Casoyo, San Ciprián, Trefacio, Villa Ofilo. Pero ninguno de estos documentos tiene clausulas específicas equiparables a las que se recogen en el privilegio de Alfonso IX.
Es posible que el interés del monasterio por blindar en este momento los bienes monásticos esté en relación con el fortalecimiento de la tenencia de Sanabria y la consolidación de su concejo, pasos previos que anticipan la creación de la “Puebla” y la concesión de los fueros. Desde este emergente enclave, perteneciente al realengo, la actuación de los agentes regios y concejiles podía suponer una amenaza a la hasta ahora acomodada situación de la abadía en el valle de Sanabria.
La figura del tenente de Sanabria aparece consignada con relativa frecuencia en los diplomas de Alfonso VII, Fernando II y Alfonso IX. De hecho, el conde Fernando confirma nuestro diploma como tenente de Lemos, Limia, Extremadura, Sanabria y Robreda. En 1189 el “concilium Senaurie” otorga su asentimiento a una donación al monasterio, documento en el que también se consigna un merino como personaje destacado. Recordemos también que Alfonso IX concedió fueros a los “pobladores” de Sanabria en 1220, fecha que se ha venido presentado como comienzo de su repoblación, pero que no debe excluir otras iniciativas anteriores. El texto de este fuero se conoce a través de una confirmación de Alfonso X de 1263, en la que el monarca castellano introduce algunas aclaraciones y correcciones. La villa adquiere aquí la calificación de “puebla nueva” en contraposición a las otras “pueblas antiguas” del reino, pero sus cláusulas nos presentan un concejo ya organizado, con su alfoz, con sus magistraturas municipales en pleno funcionamiento y un “mayor mercado que es fecho una vez a la sedmana en Senabria”. Por tanto, es más que probable que en los meses o años anteriores se tomaran desde la corona otras medidas tendentes al afianzamiento de la villa no bien conocidas.
Al margen del pergamino que se edita ahora, Alfonso IX concedió otros privilegios al monasterio de San Martín de Castañeda. Alguno de ellos puede contextualizarse en esta misma dinámica de la protección y confirmación de los bienes monásticos contra cualquier injerencia, particularmente de los agentes de las nuevas villas. Así, de 1210 hay una carta notificando al concejo y a los alcaldes de Benavente la entrega a Castañeda de todo lo que pertenece a la voz regia en la villa de Asturianos, en Carballeda, territorio de Benavente. El monarca prohíbe la entrada de ningún agente extraño en sus términos: “... quidquid ad regiam pertinet vocem in villa que dicitur Asturianos, que [est] in Carvalleda et in termino de Benevento. Et incauto dicto monasterio ipsam villam cum suis terminis et divisionibus ubicumque potuerint inveniri ut ab hac die nullus sit ausus intrare ibi pro alique re”. Otra carta de julio de 1214 fue redactada por la cancillería regia para confirmar la donación del villar “desierto” de Calabor. Este lugar había sido concedido previamente por Alfonso VII a Pedro Rodríguez de Sanabria, pasando en 1168 al patrimonio monástico por donación de sus propietarios. En 1215 el monarca leonés donó o confirmó al monasterio en la posesión de la villa de Casoyo, con sus divisiones y términos antiguos.

3. Privilegio de Sancho IV de 1286

El tercer documento está fechado en Benavente a 15 de febrero de 1286. A diferencia de los dos diplomas anteriores, en este caso nos encontramos ante un traslado autorizado y autentificado por Domingo Miguélez, notario de Sanabria, a petición de Esteban, abad del monasterio. El documento pertenece a la Sección Pergaminos del Archivo Histórico Provincial de Zamora. Su estado de conservación es bastante bueno.
Se trata de un privilegio de Sancho IV por el que confirma y renueva al monasterio de San Martín de Castañeda anteriores privilegios reales en los que se prohibía cortar leña y pacer a los ganados dentro de una dehesa que estaba en el coto de dicho monasterio, en la Sierra de Suspicaz.
La Sierra o Monte de Suspicaz (Sispiaco, Sespacio o Sospacio son otras denominaciones utilizadas en los diplomas) está íntimamente ligada a los orígenes del monasterio de San Martín. Ya en el siglo X aparece identificada para situar la topografía de la fundación monástica: "in cuius honore monasterio fundatum esse dinoscitur in locum situm subtum mons Suspiazo, iuxta mare lacum, in confinio urbis Senabrie”. Todavía en el siglo XII se sigue utilizando como referente espacial: “et iacet illum monasterium in Senauria inter illum montem de Sispiaco et illum lacum”. Su aprovechamiento ganadero debió ser una constante durante toda la Edad Media, no solamente para la cabaña propia del cenobio, sino también para otros rebaños, tanto autóctonos como foráneos, pues era la meta de una importante ruta de trashumancia que recorría todo el norte de la actual provincia de Zamora. La afluencia de ganados debió experimentar un crecimiento constante por la escasez de pastos veraniegos en los territorios vecinos y los rigores de la aridez estival en las llanuras más próximas de Tierra de Campos. Pero es en el siglo XV cuando adquiere una mayor notoriedad a consecuencia de una orden del IV Conde de Benavente que en torno a 1480 obligaba a todos los rebaños de la jurisdicción de Benavente y Mayorga a utilizar durante el verano los pastos de su dominio en Suspiazo y en la Vega del Tera, desde San Bernábé -11 de junio- a septiembre.
El documento de Sancho IV va dirigido “a quales quier que sean juyzes e entregadores por mi daqui adelante de los pastores e de los ganados que van paçer a la Sierra de Sespiaço, e a los pastores de las cabannas”. El texto remite a quejas anteriores dirigidas a Alfonso X por la invasión de los pastizales, y a privilegios de Alfonso IX y Fernando II que habían garantizado durante años los términos de la dehesa monástica de la Sierra de Suspiazo. A partir de un amojonamiento efectuado en 1570 sabemos que dicha sierra lindaba con los términos de Villanueva de la Sierra, Las Hedradas, Chanos, Lubián, Padornelo, Requejo, San Martín de Terroso, Santa Colomba, Cabreros, Avedillo, Sotillo, Ribadelago, con la sierra de Porto y con los lugares de Bajacoba, Pías y El Bollo. Esto es, abarcaba la Gamoneda y la mayor parte de la Sierra Segundera.
Durante los siglos XII y XIII fue evidente el apoyo real a los grandes ganados trashumantes leoneses. Un buen número de monasterios, catedrales, concejos y particulares se hicieron con privilegios de exención que garantizaban la libertad de desplazamiento de sus cabañas, y aseguraban también los derechos de pasto. Estas libertades eran muy amplias y genéricas y podían dar lugar a conflictos de intereses con los legítimos propietarios de los términos por los que circulaba el ganado. De hecho, con frecuencia las actuaciones de los monarcas eran contradictorias y daban lugar a iniciativas difíciles de conciliar: la protección de los montes y la libertad de circulación ganadera. La creación en 1273 del Honrado Concejo de la Mesta por Alfonso X fue una fórmula decisiva para garantizar el amparo regio y ofrecer la debida protección a los largos desplazamientos anuales.
Según se desprende de diversas concesiones reales, las cabezas de ganado podían pastar en cualquier lugar que no fuera huerto, viña, “prado cerrado o de guadaña”, o tierra de cereal, lo mismo que hacían los rebaños del monarca. Del mismo modo se les permitía deambular sin oposición por cañadas y puertos de montaña y podían abrevar en los ríos o arroyos por donde pasaran. Sus privilegios también incluyen la exención de tributos, portazgos, montazgos, rodas, asadura, castellería, y el llamado “servicio de ganados”. No obstante, para esta época son aún escasos los datos disponibles sobre los itinerarios seguidos, las cañadas utilizadas y los lugares de pastoreo elegidos, tanto en verano como en invierno.
Diversos testimonios confirman los destacados intereses ganaderos del monasterio de San Martín de Castañeda, tanto en Sanabria como en otras partes del reino. Así en 1289 Sancho IV renueva la protección y exime del pago de tributos al cenobio por sus ganados: “mandé que las vacas e todos los otros su ganados que andassen e paçiessen por todos los logares que andauan e paçien los mios, e que ninguno non fuesse osado de ge los montadgar nin enbargar a ellos nin a los sus ommes, que con ellos anduuiessen, nin de los faser fuerza nin tuerto nin mal alguno”. Además, a petición de los monjes, fija la cuantía total de cabezas exentas que comprende 800 vacas, 1.000 ovejas y 4 yeguas. El documento fue confirmado posteriormente por Fernando IV. El dato puede compararse con otro equivalente recogido en una carta de exención otorgada por el mismo rey castellano al monasterio de Nogales en 1293: 1.500 cabezas de ganado vacuno, 1.600 de lanar, 500 de cabrío y 100 de caballar.
1167-03-04 AHN 3563-17 Castañeda - Fernando II
1167, marzo, 4.

Fernando II, junto con su mujer Urraca, donan a Pedro Remesal y su mujer Mayor Pérez diversas heredades pertenecientes al realengo que el monarca tiene en Sanabria, indicando sus términos, por el servicio que le hizo.

AHN, Clero, Carp. 3563, 17. Perg. orig., 470 x 320 mm.

(Chrismon) In nomine Domini nostri Ihesu Christi amen. Facta que pagine non traduntur facile a mentibus elabuntur. Eapropter ego Fernandus, Dei gratia Hyspaniarum rex, una cum uxore mea regina domna Urracha facio scriptura donacionis tibi Petro Remesal et uxori tue Maior Petri de illo rengalengo quod habeo in Senabria in circuitu Otero de Lila et de Sancta Marta de Remesal et de Sancto Stephano et de Outero Superiori, Loygildul et de ipsos casares de Ferrarios et de [tres] ipsos condados quos ibi habeo et de ipso casal de Faylldo et quantum habeo in Palacio et in Tabulazas et quantum mei pertinet in Uime et in Riu [...]. Ista omnia do ab integro cum omnibus suis directuris, terminis et pertinenciis ut habeatis semper hereditario iure, uendatis, donetis, conmutetis et genus uestrum per uos semper. Et hoc facio pro remedio anime mee et parentum meorum et pro seruicio quod mei fecistis.
Si autem aliquis de meo uel de alieno genere contra hoc meum factum uenerit iram Dei omnipotentis et regiam indignationem incurrat et regie parti mille morabetinos conponat et quod inuaserit uobis in quadruplum reddat et hoc scriptum semper maneat firmum.
Facta carta IIIº nonas marcii, era Mª CCª Vª. Eo tempore quando supradictus rex Fernadus expugnauit et ce[pit] Alua de Alist. Regnante ipso rege domino Fernando cum regina domna Urracha Legione, Gallecia, Asturiis, Extramadura.
Ego rex dominus Fernandus et uxore mea regina donna Urracha hoc scriptum quod fieri uolimus propio robore.
(Signo Rodado) SIGNVM REGIS [DOMNUS?] FERNANDI
(1ª Col.) Petrus Compostellane ecclesie archiepiscopus conf. Iohannes Lucensis episcopus conf. Fernandus Astoricensis episcopus conf. Gundisaluus Ovetensis episcopus conf. Iohannes Legionensis episcopus conf. Stephanus zamorensis episcopus conf. Petrus Salamantinus episcopus conf.
(2ª Col.) Comes Poncius de Minerua maiordomus regis conf. Comes Ramirus conf. Comes Petrus conf. Ramirus Poncii signifer regis conf. Fernandus Poncii dominans in Senabria conf. Don April conf. Fernandus Roderici conf.
(A la izquierda del signo rodado) Petrus de Pons regis notarius conf.

1195-09-05 AHN 3564-13 Castañeda - Alfonso IX
1195, septiembre, 4. Palacios de Turgi.

Alfonso IX confirma al monasterio de San Martín de Castañeda las libertades y fueros que tenía de tiempos de Alfonso VII y Fernando II, prohibiendo que los merinos causen mal alguno a dicho cenobio o a sus heredades.

AHN, Clero, Carp. 3564, 13. Perg. Orig. 310 x 255 mm.

(Chrismon) In Dei nomine. Ego Adefonsus, Dei gratia rex Legionis et Gallecie, concedo et confirmo totis hereditatibus monasterii Sancti Martini de Castaneira illam libertatem et illos foros quos habuerint in tempore imperatoris, aui mei, et postmodum in tempore patris mei regis domni Fernandi, ut deinceps nullus meirinus aut alius eiusdem monasterio malum aliquod faciat uel contrarium in herediate aliqua predicti monasterii ubicumque sit in regno meo ipsam hereditas seu aliqua uiolenciam et ut omnes hereditates monasterii memorati ubicumque fuerint in regno meo sint libere et quiete et ab omni uiolencia in [roto] Hoc autem facio ob remedium anime mee et animarum patris mei e auorum meorum et quia in orationibus [et bonis que in predicto monasterio] Deo iugiter exhibentur partem, eo largiente, desirero promereri.
Si quis igitur tam de meo genere quam de alieno hanc cartam in aliquo tentauerit uiolare et in aliqua hereditate sepe dicti monasterii aliquod malum seu uiolenciam ausus fuerit facere iram Dei et maledictionem habeat et regiam indignationem incurrat, et si quid inuaserit in duplum restituat et pro ausu temerario regie parti et monasterio mile morabetinos persoluat. Carta et in suo robore perpetuo permanente.
Facta karta in Palaciis de Turgi pridie nonas septenbris. Era Mª CCª XXXª III. Regnante rege domno Adefonso Legione, Gallecie, Asturiis et Extrematura. Ego rex domnus Adefonsus hanc cartam confirmo.
(Signo con león pasante sin rueda).
(1ª Col.) Petrus tercio Compostellano archiepiscopo. Manrico Legionensi episcopo. Iohanne Ouetensi episcopo. Lupo Astoricensi episcopo. Martino Cemorensi episcopo.
(2ª col.) Comite Gumiz tenente Transtamarem. Comite Fernando Lemos et Limiam, Extrematuram, Senabriam et Reuredam. Comite Froila Asturias et Bergidum. Fernando Garsie regis maiordomo. Laurencius Suerii reg[is signifero]
(Línea inferior) Froila regis notarius scripsit. Petrus Uele cancellario.
1286-02-15 AHPZA Carp. 8-5 Castañeda - Sancho IV
1286, febrero, 15. Benavente.

Sancho IV confirma y renueva al monasterio de San Martín de Castañeda anteriores privilegios reales por los que se prohibía cortar leña y pacer a los ganados dentro de una dehesa que estaba en el coto de dicho monasterio, en la Sierra de Sespiazo.

AHPZa, Pergaminos, Carp. 8,5. Perg. 261 x 136 mm. Traslado hecho por Domingo Miguélez, notario de Sanabria, a petición del abad don Esteban en 21 de junio de 1286.

Don Sancho por la gracia de Dios rey de Castiella, de Leon, de Toledo, de Gallizia, de Seuilla, de Cordoua, de Murçia, de Jahen e del Algarbe. A quales quier que sean juyzes e entregadores por mi daqui adelante de los pastores e de los ganados que van paçer a la Sierra de Sespiaço, e a los pastores de las cabannas, salut e gracia. Frey Esteuan, abbat de Sant Martin de Castañeda, por si e por su conuentu, me mostro una carta del rrey don Alfonso, mio padre, en que dezie que se le enuiaran querellar el abbat que era a la sazon e el conuentu sobredicho, que ellos han una defesa que iaz dentro en el coto del monesterio, en que crian madera pora las cosas que an mester, e que en tiempo del rrey don Alfonso, su auelo, e del rrey don Fernando, su padre, e en el suyo, que fue esta defesa anparada e defendida que nenguno non entraua hy a paçer nin ha cortar, e desto que han priuillegio del enperador e confirmado de los otros rreyes que depues fueron, et en que mandaua el rrey, mi padre, que les non cortasen nin paçiesen hy, [e] agora querelloseme que ay algunos pastores que les entran en esta defesa a cortar e a paçer e que les fazen hy otros males, et en esto que les pasan contra los priuillegios e cartas que han en esta razon, non guardando nin temiendo la pena que se en ellos contien, et esto non tiengo yo por bien, por que uos mando que non consintades a los pastores que entren a cortar nin a paçer en la sua defesa sobredicha, nin les fagan hy otro mal nin otro danno, e aquellos que fallardes que hy entran peyndraldos por la pena que se contien en el su priuillegio e guardalda pora fazer della lo que yo mandar, et non fagades end al, sino quanto danno e menoscabo el monesterio recebise por culpa de uos de lo uuestro ge lo faria pechar doblado. La carta leyda dagela.
Dada en Benauente XV dias de febrero, era de mill e CCC e XXIIII annos.
Don Martin obispo de Calahorra e notario de la Andaluzia la mandou fazer por mandado del rey. You Bartolome Esteuanez la fiz escriuir. Obispo de la Calaforra Pedro Rodriguez.