jueves, 29 de enero de 2026

Condiciones con las que se ha de hacer la torre de San Nicolás de esta villa de Benavente

Torre de la iglesia de San Nicolás de Benavente, a partir de una fotografía del año 1968

[s. XVII]

Condiciones que debe cumplir la obra y construcción de la torre de San Nicolás de la villa de Benavente (Zamora).

Archivo Histórico de la Nobleza, Osuna, C. 453, D. 51.
Copia simple

Condiziones con las quales, queriendo Nuestro Señor, se ha de hazer la torre de San Nicola de esta villa de Benavente.

[1] Es condición que el maestro que hiziere dicha obra ha de demoler el pedaço de torre antigua, para eligir de nuevo el çimiento y de dicha torre limpiar y apartar toda la piedra para su quenta.

[2] Es condizión que han de romper los çimientos hasta topar tierra firme, y dichos cimientos han de tener ocho pies de ancho hasta la superfiçie de la tierra, echándole buena mampostería y creçida con buena argamasa de cal y arena, y desde la superfiçie arriba ha de llevar lo que tiene la planta mostrado.

[3] Es condiçión que dicha torre se ha de eligir sobre quatro arcos contados sus quatro ángulos, conforme lo demuestra la planta y que la fachada prinçipal ha de ser de piedra labrada, y en el segundo cuerpo ha de llevar un óvalo calado para dar luz al coro y al lado que cae al meridiano y al otro al septentrión ha de llevar en cada uno su óvalo más pequeño como va demostrado.

[4] Es condición que hasta el segundo cuerpo ha de llevar en las esquina, así de un lado como del otro, unas pilastras de piedra labradas que sirvan de estribo y fortaleza a dicha torre, y los arcos prinçipales han de ser de piedra labrada y las esquinas y óvalos de la misma manera, y lo demás de los lados ha de ser de mampostería y ladrillo encajonado como va demostrado.

[5] Es condiçión que desde el primer cuerpo hasta el zielo del segundo se ha de hazer un arco que sirva de cerrar la demás obra antigua y haga coro; y por el suelo del coro pisadero otro de ladrillo.

[6] Es condiçión que sobre el arco que ha de zerrar la obra la yglesia y servir de çielo al coro se ha de eligir el lienço del cuerpo de las campanas.

[7] Es condiçión que dos arcos que están empezados en dicha yglesia se han de acabar para la pila el uno y otro para osario.

[8] Es condiçión que se [ha] de hazer la bóveda en continuaçión del tránsito de la yglesia hasta encima del óvalo principal del coro como está la antigua y blanquearla, y en el coro se ha de hazer un enrejado embalaustrado para su vista.

[9] Es condiçión que al eligimiento de los cuerpos se ha de dejar una deja que haga talas, un pie en cada una, y en el cuerpo postrero se ha de hazer un suelo pisadero de madera, echándole vigas de pina o álamo bien labradas, y esté enteblado ha de ser de sobradiles bien labrados y ajustados.

[10] Es condiçión que en el cuerpo de las campanas se han de hazer troneras como lo demuestra la planta y han de ser de piedra labrada y las quatro esquinas de dicho cuerpo de la misma manera.

[11] Es condiçión que después de aver echado la corneja del postrer cuerpo se ha de hazer un suelo de quadrado para eligir el chapitel y ha de ser en la conformidad que eso demuestra la traza y su cubierta de pizarra como el de la Soledad.

[12] Es condiçión que se ha de acabar dicha obra conforme la obra y las condiçiones lo demuestran y se ha de hazer una escalera al lado de la pila baptismal para el coro y campanas.

Esta obra con estas condiziones y quedándose el maestro con la piedra la ha puesto Pedro Amura en tres mil ducados, cuio original para en poder de Garço SS. de fábrica.

domingo, 25 de enero de 2026

El monasterio cisterciense de El Salvador de Benavente

Fachada del antiguo monasterio de San Salvador, o de San Bernardo, de Benavente

Los orígenes del monasterio cisterciense del Salvador, o de San Bernardo, de Benavente hay que buscarlos en un antiguo cenobio altomedieval fundado en la localidad de Santa Colomba de la Monjas, a unos cinco kilómetros. Tenemos noticias del mismo a partir del año 1092, cuando diversos documentos mencionan una fundación monástica dedicada a San Salvador, en el territorio de Polvorosa, junto al río Órbigo: “in loco Sancti Saluatoris in territorio de Puluurera, sito iuxta riuulo Orbeco”.

No conocemos con certeza el momento de la fundación de este monasterio, pero sí sabemos que a finales del siglo XI la propiedad del mismo estaba a repartida entre varios herederos. Entre ellos se citan a Pedro Bermúdez, Bermudo Peláez, Auro Dulce, Fernando Flainez y Mayor Núñez. Varias de estas porciones acabaron, como consecuencia de confiscaciones, en manos del rey Alfonso VI, quien las entregó en 1097 a la catedral de León.

El monasterio se asentaba sobre una antigua villa: la villa de "Santa Colomba de Polvoreda y Arcos", tal vez relacionada con varios yacimientos romanos próximos. Los diplomas de la época utilizan diversos referentes espaciales para localizar este enclave, siempre en la confluencia del Esla y el Órbigo: “quod est situm inter duos fluuios qui dicuntur Estula et Orbego, et dicitur illud monasterium ex uocabulo Sancti Saluatoris, in uilla que uocatur Sancta Columba de Poluorera et de Arcus”. El nombre de “Santa Colomba de Arcos” es el más habitual en estos documentos de finales del siglo XI.

A partir de entonces, la memoria de esta primera fundación se pierde. Parece que la vida monástica se extinguió, pues no volvemos a encontrar nuevas menciones. En 1116 el obispo Diego entrega a la catedral de León posesiones en este lugar, pero ya no se menciona ningún monasterio: "In Sancta Columba de Arcos, VIam partem que fuit de Pelagio Uellidiz, et totam racionem que fuit de Fernando Flainiz".

No será hasta 1181 cuando un grupo de familias realizan una donación para la fundación de un nuevo monasterio femenino bajo la Orden del Císter en este mismo emplazamiento: “in quorum honore ecclesia fundata est in uilla que Sancta Columba dicitur, territorio Puluurera secus fluuium Auruego”.

Esta segunda fundación vincula de forma clara el monasterio de Santa Colomba con la villa de Benavente. La aldea estaba dentro de los límites del alfoz del concejo, varios de sus fundadores están emparentados con familias de los primeros repobladores de la villa y en el propio documento encontramos la confirmación del concejo de Benavente, de su notario, de ocho de sus alcaldes y del concejo de Santa Colomba. Según una tradición antigua recogida por diversos autores, las primeras monjas cistercienses que pueblan el monasterio provenían de Gradefes. Sin embargo, fue con el monasterio de Moreruela con el que existió históricamente una relación de filiación.

A partir de 1581 se acomete la edificación en Benavente de un nuevo monasterio de la comunidad femenina cisterciense de San Salvador, hasta entonces enclavado en Santa Colomba de las Monjas. Este traslado fue consecuencia de varias negociaciones anteriores con el concejo de la villa y de la adquisición de terrenos junto a la iglesia de Santa María de Renueva, hasta entonces ocupados fundamentalmente por huertos. En mayo de 1581 se firma una concordia y aceptación por parte del cura, mayordomo y feligreses de Santa María de Renueva, quienes aceptan la instalación del nuevo monasterio junto a su parroquia. Las obras se prolongaron durante varios años, durante los cuales a instancias del conde de Benavente, las monjas fueron acogidas temporalmente en el Hospital de la Piedad.

Entre los documentos relacionados con este traslado hay también una petición al obispo de Oviedo del conde de Benavente, del concejo y regimiento de la villa, así como del cura y feligreses de Renueva, para que concediese licencia a la comunidad de poder celebrar los divinos oficios y la misa en dicha parroquia, pero quedando libre el cura y sus feligreses para realizar sus funciones como lo venían haciendo. Las religiosas disponían del coro alto y de una capilla cerrada con reja, junto al altar de Santa Lucía.

El convento de San Bernardo se vio seriamente afectado por la ocupación francesa durante la Guerra de la Independencia, al igual que ocurrió con otros conventos benaventanos. Sobre ello existen diversos testimonios, destacando el dejado por Fray Luis Solís:

“El día 31 de diciembre de 1808 se dispersó esta comunidad, abandonando el monasterio a causa de la irrupción de los franceses. Y como la fuga fue tan precipitada y no se encontraban caballerías ni carros de transporte, fue preciso abandonar toda la plata y alhajas de la comunidad, y hasta las particulares no pudieron salvar otra cosa que los vestidos puestos. Yo que escribo esto (Fr. Luis Solís) saqué de las manos de estos sacrílegos un copón con las sagradas formas”.

Durante el año 1976 se produjo el derribo definitivo del monasterio de San Bernardo. Los solares fueron ocupados por varios bloques de viviendas y la Estación de Autobuses. El 30 de noviembre de 1976 las monjas abandonaron el viejo edificio y se trasladaron a su nuevo convento de la carretera de Villanueva de Azoague.

Monasterio Cisterciense de El Salvador

Guion: Rafael González Rodríguez; Video: Fernando González Rodríguez

martes, 20 de enero de 2026

Julián Cachon González o el beneficio de la memoria (1930-2026)

Presentación del libro "Corrillos y gentes" de Julián Cachon González en la Feria del Libro de Benavente del año 2006

In memoriam

Hablar de Julián Cachón González (Benavente 1930) es hacer referencia a una parte destacable de nuestra memoria viva. Alcalde de nuestra villa entre 1967 y 1973, Procurador en Cortes por el Tercio Familiar de la provincia de Zamora (1967-1971) y Diputado Provincial por el Partido Judicial de Benavente (1967-1974), su destacada trayectoria pública y sus vivencias personales y familiares le han proporcionado un privilegiado conocimiento de los entresijos de la vida local benaventana. Fueron, en todo caso, años difíciles para el ejercicio de cualquier actividad pública, no digamos ya de la política, incluso para un modesto municipio “de provincias”. Años en los que resultaba arriesgado compaginar el servicio y la dedicación a los convecinos con una cierta independencia de las presiones y directrices del régimen.

Benavente vivía entonces las secuelas de la época del “Desarrollismo”, que había operado una profunda transformación de la sociedad española, aunque no exenta de sus contrastes y desequilibrios. Una localidad de pequeño tamaño, cabeza de una extensa comarca de orientación claramente agrícola y ganadera, comenzaba a ser ciudad y aspiraba, por tanto, a disfrutar de los servicios e infraestructuras inherentes a cualquier núcleo urbano. El paso de Julián Cachón por el consistorio coincidió con este momento crucial y, según confiesa, su labor se orientó desde el primer momento a poner las bases para hacer posible ese cambio. Lo cierto es que, a pesar de las menguadas arcas y no pocas zancadillas, los benaventanos pudieron asistir a una profunda transformación del entramado urbano. Se renovó el abastecimiento de aguas y la red de alcantarillado, la pavimentación de las calles se extendió a los barrios de la ciudad, se modernizó el alumbrado público, se inauguró el Parador de Turismo y se puso en marcha el Hospital Comarcal. En el capítulo cultural, debe destacarse la primera reedición de la Historia de Benavente de Ledo del Pozo y la puesta “a buen recaudo” de los pergaminos originales de los privilegios medievales de la villa.

Pero Julián Cachón hace mucho tiempo que está fuera de los ruedos de la política y ve las intrigas y miserias de la actualidad cotidiana desde la distancia que le proporciona su dilatada experiencia, desde los años vividos. Colaborador habitual desde hace más de un lustro en el semanario “La Voz de Benavente y los Valles”, el presente libro es una selección de algunos de sus artículos más destacados.

Aunque, probablemente, en su ánimo inicial no estaba proporcionar una antología acabada, con una unidad o lógica interna, lo cierto es que una vez recopilados todos estos testimonios se configura una estampa sistematizada y coherente de un Benavente que se remonta, al menos, a finales del siglo XIX. Porque la memoria de Julián Cachón va mucho más allá de sus años de actividad política, alcanzando el siglo XIX, pues convivió y departió largamente de joven con personajes, entonces de edad ya provecta, que conocieron aquellos vibrantes momentos y le transmitieron un legado que ahora el autor nos brinda, para perpetuar la memoria de un Benavente que ya no existe, pero que hace inteligible nuestro presente.

Los estertores del caciquismo decimonónico, las intrigas electorales de la Restauración, el protagonismo de una burguesía ya decadente que se aferra a sus glorias pasadas, la dictadura de Primo de Rivera, los años convulsos de la II República y la Guerra Civil, las penurias de la Postguerra, los años sesenta y setenta, el desarrollo económico y el desembarco de los tecnócratas. Todos estos momentos significativos de nuestra historia reciente tienen su fiel reflejo en la vida cotidiana benaventana, y emergen del olvido a través de este rosario de artículos.

El autor hace gala de una memoria prodigiosa, casi fotográfica, y no precisamente selectiva. Es capaz de recordar en toda su frescura nombres, fechas, precios, edificios, iglesias, monasterios, calles, plazas, pero sobre todo ambientes. Reconstruye con precisión genealogías, familias, trayectorias humanas, negocios, oficios y beneficios, triunfos y fracasos. Una fauna que sabe situar en su paisaje natural, en su contexto histórico, en la coyuntura nacional, y aún en la internacional. Nos presenta unos finos retratos de personajes y acontecimientos cotidianos que parecen revivir en su pluma con clarividencia. A ello se añade un estilo literario personal e intransferible, de gran fluidez y que sabe separar el grano de la paja. Todo ello aliñado por pinceladas irónicas y costumbristas, que invitan a concluir que no hay nada nuevo bajo el Sol, y obstinadamente se repiten la mismas virtudes y defectos con que nos adornamos todos los mortales.

En su relato, aunque quedan patentes las diferencias de clase entre los benaventanos de entonces y el abismo entre prosperidad y miseria, no se dejan entrever apriorismos sociales. Julián nunca ha tenido prejuicios para tratar con todas las personas que le brindaron su amistad o simplemente su tiempo. Por eso, en estas estampas encontramos radiografiado todo el panorama social: los terratenientes, la burguesía comercial y de negocios, los políticos locales y regionales de la época, el “servicio doméstico”, los agricultores, los artesanos, el proletariado, hasta los personajes populares de la calle.

No podrá juzgarse esta aportación como si la obra de un historiador se tratara, y mucho menos aplicársele el rigor academicista. El libro de Cachón no es un libro de historia, sino de vivencias; es en sí mismo una fuente de primera mano. Sus comentarios y reflexiones personales sobre el ayer y el hoy se podrán compartir o no, pero se ponen sobre la mesa con honestidad. Su narración resulta especialmente interesante si tenemos en cuenta que la mayor parte de las figuras y paisajes que trae a colación los conoció personalmente.

Porque, como se anuncia en el epígrafe que preside este prólogo, Julián goza del beneficio de la memoria. Se ha pateado de arriba abajo la geografía benaventana. Conoció por razones familiares, laborales, y por otros muchos motivos, los principales pagos de su contorno, en particular sus últimas dehesas, reductos postreros del esplendor de los Condes de Benavente: El Tamaral, El Bosque, Ceginas, Mosteruelo, Malucanes, La Montaña, Brive, Socastro, etc. Es un testigo de excepción de las transformaciones de la villa y comparte, como otros muchos de nosotros, el pesar por el ensañamiento con nuestro patrimonio histórico-arquitectónico. Conserva, a modo de reliquias, viejas fotos y postales, pruebas de cargo de ese expolio inmisericorde. De hecho, no menos interesante que el texto es el repertorio fotográfico que acompaña a cada uno de sus artículos, con varios testimonios gráficos absolutamente inéditos, procedentes de su álbum familiar o cortesía de diferentes personas; Imágenes que nos sumergen directamente en los ambientes de aquel polifacético Benavente, ya irrepetible e irrecuperable.

Agradezco al autor su amable invitación para prologar el libro que el lector tiene entre sus manos. Supongo que el reconocimiento a una tarea cuyo único mérito ha sido el de recuperar y seleccionar los textos y rebuscar entre viejas fotos, en algún caso con leves correcciones de estilo a las que Julián se ha sometido disciplinadamente. Es cierto que la labor técnica y de maquetación no ha sido pequeña, teniendo en cuenta que el autor ha sido ajeno a los avances de la informática y es fiel a la tradición manuscrita y mecanográfica. Por ello sería injusto no reconocer la colaboración constante de “La Voz de Benavente y los Valles” para llevar a buen puerto esta empresa. Quizás mi única contribución ha sido mi convencimiento de que tal cúmulo de vivencias no podía perderse, o quedar relegado a los oscuros anaqueles de una hemeroteca, y debían ofrecerse bajo la forma de un libro. En cualquier caso, me ha regalado con su amistad y he podido compartir con él entrañables mañanas de otoño e invierno para intercambiar impresiones sobre los pormenores de este libro, pero también para hacerme partícipe de sus inquietudes y de sus reflexiones sobre el ayer y el hoy de nuestra villa.

El Centro de Estudios Benaventanos “Ledo del Pozo” se congratula al incluir este nuevo título editorial en su catálogo. Culmina así una estrecha relación con el autor que se remonta a bastantes años atrás. Fiel y asiduo seguidor de nuestras actividades, en 1996 fue uno de los artífices necesarios en la edición de los Privilegios Reales de la Villa de Benavente, siendo entonces presidente del Círculo de Benavente, popularmente conocido como “El Casino”. Su colaboración desinteresada ha sido también crucial para afrontar publicaciones como Recopilación fotográfica sobre el patrimonio histórico-artístico de Benavente (1991), El Castillo de Benavente (1998) o la exposición y el catálogo de Más vale volando(1998), con motivo del VI Centenario de la creación del Condado de Benavente.

Para concluir, y ofrecer al lector un titular de lo que va a encontrar en las páginas que continúan estas líneas, no puedo por menos que parafrasear al propio autor en uno de sus artículos: ¿Pensaron que íbamos a hablar de política? Es más bello, sublime, poético, hablar de vidas, hechos y gentes. Historia.

RAFAEL GONZÁLEZ RODRÍGUEZ

domingo, 4 de enero de 2026

Testamento de María Josefa Alfonso Pimentel (1752-1834), XV condesa y XII duquesa de Benavente

Retrato de María Josefa Alfonso Pimentel, por Goya (1785) 

1818, febrero, 27. Madrid.

Testamento de María Josefa Alfonso Pimentel, condesa-duquesa de Benavente.

Archivo Histórico de la Nobleza, Osuna, C. 442, D. 134.
Traslado del testamento y de la memoria de última voluntad (Madrid, 14-XII-1830) otorgados por María Josefa Alfonso Pimentel, condesa-duquesa de Benavente. Incluye autos de visita con la certificación del cumplimiento de las mandas testamentarias otorgadas.

En el nombre de Dios todopoderoso, Amén. Yo Doña María Josefa Alfonso Pimentel, Téllez, Girón, Diego López de Zúñiga, Sotomayor, Borja, Ponce de León, Carroz y Centelles, Benavides, Mendoza, Fernández de Velasco, Herrera, Enríquez de Guzmán, Vigil de Quiñones, Enríquez de Cabrera, Pérez de Guzmán el Bueno, Maza, Ladrón de Lizana, Carroz y Arborea; Condesa Duquesa de Benavente, Duquesa de Béjar, de Gandía, de Arcos, de Plasencia, de Monteagudo, y de Mandas, Condesa de Mayorga, de Velalcázar, de Oliva, de Baylen, de Casares, de Osilo y de Coquina, Marquesa de Lombay, de Jabalquinto, de Zahara, de Marquini y de Terranova, Princesa de Esquilace y de Anglona, Señora de las Encontradas de Curaduría, Sihurga, Barbargia Ololay, Barbargia Sehulo y Villa de Sicci en el Reyno de Cerdeña; primera voz del estamento o brazo militar en el mismo reyno; Duquesa viuda de Osuna, Dama noble de la Real Orden de la Reyna María Luisa, natural y vecina de esta Corte; hija legítima y de legítimo matrimonio de los Excelentísimos Señores Don Francisco de Borja Alfonso Pimentel y Borja, Conde Duque de Benavente, Conde de Alba de Aliste, Duque de Medina de Rioseco, etc., y de Doña María Faustina Téllez Girón, Pérez de Guzmán el Bueno, ya difunto; hallándome buena y en mi entero y cabal juicio, memoria y entendimiento natural, creyendo y confesando, como firmemente creo y confieso, el alto e inefable misterio de la Beatísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, y en todos los demás misterios y sacramentos que tiene, cree y confiesa nuestra Santa Madre la Yglesia Católica, Apostólica, Romana, en cuya verdadera fe y crehencias he vivido, vivo y pretendo vivir y morir como fiel católica cristiana; tomando por mi intercesora y abogada a María Santísima madre de Dios y señora nuestra, al Santo Ángel de mi guarda, a mi santo abuelo San Franciso de Borja, lo de mi nombre y devoción, y demás de la corte celestial para que impetren de nuestro Señor Redemptor Jesucristo, que por los infinitos méritos de su preciosísima sangre, vida, pasión y muerte me perdone todas mis culpas y lleve mi alma a gozar de su beatífica presencia; y temerosa de la muerte que es natural a todas las criaturas vivientes y dudosa su hora, deseando estar prevenida para quando llegue me halle con la debida disposición testamentaria, por el presente otorgo que hago y ordeno mi testamento en la forma siguiente:

Primeramente, encomiendo mi alma a Dios, nuestro Señor, que la crio de la nada y redimió con su preciosa sangre, y mando el cuerpo a la tierra de que fue formado, el cual hecho cadáver es mi voluntad no se amortaje, ni le toque persona alguna hasta pasar veinte y cuatro horas desde que se crea haber yo muerto naturalmente, a no ser que manifieste señales indudables de corrupción en cuyo caso, y no antes, se amortajará vistiéndole el hábito llamado de Nuestra Señora del Pilar, que es morado, con una medalla de dicha santa imagen o el pilar sol; y así amortajado se pondrá de cuerpo presente o depositará en la Real iglesia de San Felipe Neri de esta villa, si lo permiten las órdenes del Gobierno, por espacio de otras veinte y cuatro horas, sin darle sepultura hasta que hayan pasado cuarenta y ocho de mi fallecimiento; a menos que antes se hayan manifestado las citadas señales de corrupción, pues en estos casos cesa el motivo de las referidas prevenciones, y será sepultado en el sitio y lugar que esté dispuesto por el Gobierno, o prevenga yo en lo subcesivo a los Excelentísimos Señores Testamentarios que adelante nombraré, dejando al arbitrio de los mismo el modo y forma de mi entierro, el que dispondrán ser sin pompa ni vanidad.

Mando se celebren por mi alma quatro mil misas repartidas en mis quatro estados con la limosna de cinco reales vellón cada una, o lo que prevenga en mi memoria.

Lego por una vez para la conservación de los Santos Lugares de Jerusalén, redempción de cautivos cristianos, Reales Hospitales General y Pasión de esta Corte, viudas de militares muertos en campaña y demás mandas forzosas un mil y quinientos reales vellón, que se distribuirán entre ellas por iguales partes; con lo que las separo de todo derecho y acción que puedan pretender a mis bienes.

Declaro que me hallo en el estado de viuda del Excelentísimo Señor Don Pedro Alcántara, Téllez, Girón y Pacheco, Duque de Osuna, Conde de Ureña, etc., con quien estuve casada legítimamente; de cuyo matrimonio tuvimos diez hijos, de los quales fallecieron en la infancia los señores Don José María, Don Ramón María, Don Pedro de Alcántara Ramón, Doña Micaela María y don Ramón Manuel Yisidro; y también ha fallecido últimamente la Excelentísima Señora Doña Josefa Manuela, que se hallaba casada con el Excelentísimo Señor Marqués de Camarasa; y viven los excelentísimos señores Don Francisco de Borja Bruno, Duque de Osuna, casado con la Excelentísima Señora Doña Francisca Baufont, Condesa de Baufont, Don Pedro de Alcántara, Príncipe de Anglona, casado con la Excelentísima Señora doña María del Rosario Fernández de Santillán y Valdivia, Doña Joaquina María del Pilar, casada con el Excelentísimo Señor Marqués de Santa Cruz, y Doña Manuela Ysidra, casada con el Excelentísimo Señor Duque de Abrantes y Linares.

Si entre mis papeles, o en poder de mi confesor, se encontrare alguna memoria o memorias con fecha posterior a la de este testamento, que estén escritas o firmadas por mí, y contengan variaciones de lo que aquí dispuesto, declaraciones, mandas, legados, aclaraciones, prevenciones u otras cosas concernientes a mi última voluntad, quiero y mando se tengan y estimen por parte integral de este testamento, y se protocolicen con él en los registros del presente escribano, sin necesidad de mandato judicial, que su contenido se observe exactamente sin tergiversación alguna, como si aquí fuera especificado, y que a los verdaderos interesados se les den las copias y testimonios que pidan de lo que les corresponda, pues así es mi voluntad; pero si no estuvieren escritas o firmadas por mí no hagan fe judicial ni extrajudicialmente.

Para cumplir todo lo pío que contiene este testamento, y demás que contenga la memoria o memorias citadas, caso de dejarlas, nombro por mis albaceas y testamentarios a mis hijos los Excelentísimos Señores Don Francisco de Borja Bruno, Duque de Osuna y Don Pedro Alcántara, Príncipe de Anglona; al Excelentísimo Señor Don Manuel de la Peña, Marqués de Bondad Real; a todos los quales pido encarecidamente cuiden de que se cumpla esta mi disposición testamentaria con la mayor brevedad, literalmente y sin interpretarla, pues para ello y demás que conviniese les doy a todos juntos mi poder cumplido, con toda la extensión que para cada caso se estime necesaria, y les prorrogo más tiempo necesiten sin limitación.

Después de cumplido y pagado todo lo contenido en este testamento, y que contenga la memoria o memorias referidas caso de dejarlas, en el remanente que quedare de todos mis bienes muebles, raíces, derechos y acciones presentes y futuros, instituyo y nombro por mis únicos y universales herederos a los expresados mis hijos los excelentísimos señores Don Francisco de Borja Bruno, Duque de Osuna, Don Pedro Alcántara, Príncipe de Anglona, Doña Joaquina María del Pilar, Marquesa de Santa Cruz, y Doña Manuela Ysidra Téllez Girón Alfonso Pimentel, Duquesa de Abrantes y Linares; y a mis nietos los hijos de la Excelentísima Señora Doña Josefa Manuela, Marquesa de Camarasa, también mi hija que en paz descanse, para que los hayan, lleven y hereden por su orden y grado según su representación y lo dispuesto por las leyes de estos Reynos con la bendición de Dios y la mía, y les pido me encomienden a su Divina Magestad.

Y por el presente revoco y anulo, doy por nulos y de ningún valor ni efecto todos los testamentos, poderes para hacerlos, cobdicilos y demás disposiciones testamentarias que antes de ahora haya otorgado y formalizado por escrito, de palabra o en otra forma, para que ninguna valga, ni haga fe judicial ni extrajudicialmente, excepto este testamento que quiero se tenga y estime por tal, como igualmente la memoria o memorias mencionadas si se hallaren escritas o firmadas de mi mano, a las que doy el mismo valor que si aquí se hallaren insertas, y mando que todo su contenido se observe y cumpla como mi última deliberada voluntad en la vía y forma que más haya lugar en derecho.

Así lo otorgo ante el presente escribano de Su Majestad en esta villa y Corte de Madrid a veinte y siete de febrero de mil ochocientos diez y ocho, siendo testigos el Excelentísimo Señor Don Manuel de la Peña, Don Miguel de la Herrán Terán, Don Manuel Blanco de Alba, el licenciado Don Antonio Ruiz de Alcalá y Don Miguel Sánchez Ciudad, vecinos de esta Corte; y la Excelentísima Señora otorgante, a quien yo el escribano doy fe conozco, lo firmó. La Condesa Duquesa de Benavente. Ante mí, Feliciano García Sancha. Feliciano García Sancha escribano de Su Majestad del Ylustre Colegio de esta Corte, notario de los reynos, presente fui, y el registro queda en papel del sello cuarto, donde se halla notada esta copia, que doy en el del tercero, y el intermedio del mismo quarto. Está signado: Feliciano García Sancha.

Memoria

Yo Doña María Josefa Alfonso Pimentel Téllez Girón, Condesa Duquesa de Benavente, Duquesa de Béjar, Arcos y Gandía; digo que en veinte y siete de febrero del año de mil ochocientos diez y ocho otorgué antes el escribano de Su Majestad Don Feliciano García Sancha mi testamento, en el que por una de sus cláusulas declaré que si entre mis papeles o en poder de mi confesor u otra persona se encontrare alguna memoria o memorias escritas de mi puño o firmadas por mí en que se contuviesen algunas variaciones o declaraciones de los dispuesto en el dicho testamento, y qualesquiera mandas o legados u otras cosas concernientes a mi última voluntad, quería y mandaba se tuviere por parte integral de él, como tal se protocolizase en los registros del mismo escribano, sin necesidad de precepto judicial. Y ahora consiguiente a las referidas cláusulas, y en uso de las facultades que por ella me reservé paso a entender la citada memoria en la forma siguiente:

Usando del derecho que me concede la ley para disponer del tercio, y remanente del quinto de mis bienes libres, dejo mejoradas a mis hijas Doña Francisca Girón y Pimentel, Marquesa de Santa Cruz, y a Doña Manuela, Duquesa de Abrantes, y mando que del líquido de estos capitales se forme un solo, dando dos partes a mi hija Doña Joaquina, y la tercera a mi hija Doña Manuela.

A mi hijo Don Pedro Alcántara Téllez Girón y Pimentel le dejo por una vez ciento veinte [mil] reales, y que elija de las pinturas que tengo la que más le guste.

A cada una de mis hijas, a sus maridos, y nietos de ambos señores se les dará en señal del tierno cariño que les profeso lo que consta de la nota que va incluida a esta memoria.

Mi entierro quiero que sea en San Ysidro del Campo, y es mi voluntad no haya lujo en él y que no haya recibo de duelo ni ninguna etiqueta de las de fórmula que solo sirven para satisfacer el amor propio, estando yo bien persuadida que mis hijos y demás de mi familia me conservarán su memoria y me encomendarán a Dios para que me perdone las faltas que he cometido durante mi vida.

Ruego y pido a mi nieto y heredero Don Pedro Girón y Beaufont, Duque de Osuna, que siguiendo el ejemplo de sus mayores no desampare a los criados que me sirven, según su mérito, clase y años que están en la casa, y particularmente a Doña María Vicenta Ruiz de Alcalá le pido la continúe el sueldo que goza, y se la dará lo que la memoria señalada en la lista de estas alhajas.

A la Ynclusa dejo veinte mil reales por una vez.

A las criadas que me están sirviendo cuando yo fallezca se les dará toda mi ropa blanca, y vestidos, y tres mil reales a cada uno.

Madrid, catorce de diciembre de mil ochocientos treinta. La Condesa Duquesa de Benavente.

Pedimento

El Marqués de Santa Cruz, Grande de España de primera clase, ante Vuestra Señoría como mejor proceda, digo: que por fallecimiento de la Excelentísima Señora Condesa Duquesa de Benavente acaecido en esta Corte en cinco del presente bajo el testamento que otorgó en veinte y siete de febrero de mil ochocientos diez y ocho, ante el escribano real del colegio de esta Corte Don Feliciano de Sancha, cuya copia original presento, como uno de los testamentarios que hay actualmente en esta Corte; el que prefiere que en caso de que quedare alguna memoria escrita de su puño y letra se tuviese por parte del expresado testamento y se protocolizase con este, y habiéndose encontrado entre sus papeles la que hizo en catorce de diciembre de mil ochocientos treinta que también presento para ello. A Vuestra Señoría suplico que habiendo por presentadas las copias originales de dicho testamento, y la expresada memoria, se sirva mandar que esta se una a aquel, teniéndose por parte integral de él, observándose y guardándose su contenido, y protocolizándose poniendo la nota correspondiente en el original, y hecho se den las copias necesarias que se pidieren por los interesados, pues así es justicia que pido. El Marqués de Santa Cruz.

Auto

Por presentado el estamento y memoria que citan; téngase la última parte íntegra de aquel, llevándose a puro y debido efecto su contenido, protocolizándose ambos documentos en el registro de escritura pública del corriente año del escribano de Su Majestad Don Feliciano García Sancha, conforme se previene en ellos por quienes se darán a los señores ynteresados los testimonios que le fueren pedidos. El Señor Don Pedro Balsera del Consejo de Su Majestad Teniente de Corregidor en Madrid lo mandó a diez de octubre de mil ochocientos treinta y cuatro. Balsera. Antonio Sanz y Barea.