miércoles, 13 de enero de 2010

¡A tierra puto! - El conde de Benavente y la "Farsa de Ávila"

La Farsa de Ávila. "Atentado de Ávila, contra Enrique IV (1465)". Litografía a dos tintas; imagen 159 x 236 mm, en h. de 255 x 356 mm.  Inscripción en la parte superior de la imagen: "HISTORIA DE LA VILLA Y CORTE DE MADRID."
¡A tierra puto! gritaba, con rabia, el Conde de Benavente mientras derribaba y pisoteaba en el suelo la efigie del rey Enrique IV. Previamente, junto con lo más selecto de la nobleza castellana rebelde, había arrebatado a aquel pelele improvisado el cetro, uno de los símbolos del poder de la realeza. Estos graves y trascendentales hechos se producían al pie de las murallas de Ávila, ante la mirada atónita de los vecinos, un 5 de junio de 1465.
Una mirada rápida al contexto político del reino en torno a esta fecha pone de manifiesto que esta actitud no era producto de un arrebato del IV Conde de Benavente, Rodrigo Alfonso Pimentel (1451-1499). Varios acontecimientos relevantes, y concatenados, se producían en el reino de Castilla en aquellos meses convulsos del reinado de Enrique IV (1454-1474).
En 1462 nace Juana de Trastámara, hija de Enrique IV de Castilla y Juana de Portugal, que es nombrada inmediatamente heredera al trono. Pero, dado que el rey no había tenido descendencia de su anterior matrimonio con Blanca de Navarra y era tenido por impotente, corrió rápidamente el rumor en la Corte de que el verdadero padre de Juana era un poderoso noble llamado Beltrán de la Cueva, más tarde primer duque de Alburquerque y personaje de la máxima confianza del monarca.
Entre 1463 y 1468, algunos de los principales linajes de la alta nobleza protagonizan una rebelión contra Enrique IV. El irresistible ascenso político de Beltrán de la Cueva y de otros nobles advenedizos fue contemplado con desconfianza por los linajes de la vieja nobleza castellana. A ello hay que añadir la denuncia de la ilegitimidad de Juana, ante la sospecha de que el rey no podía consumar, supuestamente, sus matrimonios. Tal acusación era en su época, independientemente de su fundamento, una poderosa arma política.
Enrique IV de Castilla
El monarca, presionado y sin suficientes apoyos, reconoció como heredero a su medio hermano Alfonso, como exigían los desafectos. Pero tras la Sentencia arbitral de Medina del Campo (16 de enero de 1465), desfavorable a los intereses del monarca, Enrique IV da marcha atrás en los planes sucesorios y decide hacer frente a la rebelión.
Entre los linajes nobiliarios que desde un principio muestran su apoyo a Enrique IV se encuentran los Osorio, señores de Villalobos, cuya actitud tendrá inmediatamente su cumplida recompensa. El día 16 de julio de 1465 Enrique IV concedió la ciudad de Astorga con sus términos y jurisdicción a Álvaro Pérez Osorio, conde de Trastámara, señor de Villalobos y Castroverde y alférez mayor del Pendón de la Divisa, con el título de marqués.
El establecimiento del señorío sobre Astorga da lugar a la reacción inmediata de los condes de Benavente y Luna, alarmados por el fortalecimiento de su tradicional competidor, tanto en el territorio leonés como, a escala general, en la coyuntura político-militar. El 21 de octubre de 1465, desde Arévalo, el ahora proclamado rey Alfonso hace merced al conde de Benavente de los bienes que fueron de Diego de Losada, incautación que se justifica a por su deslealtad y por seguir el partido del destronado Enrique IV. Entre estos bienes se alude al señorío de la mitad de la villa y fortaleza de la Puebla de Sanabria, con todos sus términos y otros derechos que pertenecieron a los Losada.
El príncipe Alfonso aclamado como rey en Ávila [Grabado popular del siglo XIX coloreado]
Para el erudito benaventano Ledo del Pozo, siempre complaciente con las iniciativas de los Pimentel, el conde actuaba en estos acontecimientos instigado por Juan Pacheco, marqués de Villena, jefe de los amotinados y de otros grandes, atrayéndole con la promesa de matrimonio con su hija María Pacheco. El poderoso marqués de Villena, muy versado en las intrigas de la Corte, estaba descontento con el trato de favor de Enrique IV a sus rivales: los Mendoza y el valido Beltrán de la Cueva. Así que “tomó con ellos partido conteniendo la rebelión, que en nombre del rey D. Alonso mantenían en Castilla”.
Mientras Rodrigo Alfonso Pimentel celebraba sus bodas en Peñafiel en 1466 con la de Villena, el marqués de Astorga pasó a apoderarse de las villas y lugares del conde. Muchos pueblos pequeños y sin murallas no pudieron resistirse, “no así esta Villa de Benavente que rechazó con su acostumbrado valor al enemigo”.
Así pues, entre los conjurados figura desde un principio el conde de Benavente, que es señalado por los cronistas como uno de los cabecillas que en aquella peculiar ceremonia deponen en efigie al monarca y entronizan al infante Alfonso, también conocido como Alfonso XII de Castilla o Alfonso de Ávila, con apenas 11 años de edad. Es la llamada “Farsa de Ávila”, el 5 de junio de 1465.
Moneda acuñada por Enrique IV. Anverso: ENRICVS CUARTVS DEI GRA alrededor del rey sentado en el trono con espada en mano. Reverso: ENRICVS REX CASTELLE ET LEGIONIS alrededor de un cuartelado de castillos y leones. Tipo de moneda: ENRIQUE. Ceca: SEVILLA. Peso: 4.50 GR. Medida: 25 mm. Año de acuñación: 1454-1474 [maravedis.or].
Así describe el esperpéntico episodio el cronista Diego de Valera en su "Memorial de diversas hazañas":

"Los grandes del reino que en Ávila estaban con el príncipe don Alfonso determinaron de deponer al rey don Enrique de la corona y cetro real, y para lo poner en obra eran diversas opiniones, porque algunos decían que debía ser llamado e se debía hacer proceso contra él, otros decían que debía ser acusado ante el Santo Padre de herejía e de otros graves crímenes e delitos que se podrían ligeramente contra él probar [...]Ninguna cosa les parecía ser más conveniente, ni que más sabiamente se pudiese hacer que la privación del tirano, al cual fallecía vigor del corazón e prudencia e esfuerzo e todas las otras habilidades que a buen príncipe convienen. Ninguna otra cosa le quedaba, salvo nombre de rey, el cual quitado él era todo perdido, lo cual no era cosa nueva en los reinos de Castilla e de León, los nobles e pueblo de ellos elegir rey e deponello [...] Para lo cual, en un llano que está cerca del muro de la ciudad de Ávila se hizo un gran cadahalso [...] e allí se puso una silla real con todo el aparato acostumbrado de poner a los reyes, y en la silla una estatua, a la forma del rey don Enrique, con corona en la cabeza e cetro real en la mano, y en su presencia se leyeron muchas querellas que ante él fueron dadas de muy grandes excesos, crímenes e delitos [...] e allí se leyeron todos los agravios por él hechos en el reino, e las causas de su deposición, aunque con gran pesar y mucho contra su voluntad. Las cuales cosas así leídas, el arzobispo de Toledo, don Alonso Carrillo, subió en el cadahalso y quitóle la corona de la cabeza, como primado de Castilla, y el Marqués de Villena, don Juan Pacheco, le quitó el cetro real de la mano [...] y el conde de Plasencia, don Álvaro de Estúñiga, le quitó la espada, como Justicia Mayor de Castilla, y el Maestre de Alcántara, don Gome Solís [...] y el conde de Benavente, don Rodrigo Pimentel, y el Conde de Paredes, don Rodrigo Manrique, le quitaron todos los otros ornamentos reales y con los pies le derribaron del cadahalso en tierra y dijeron: «¡A tierra, puto!». Y a todo esto gemían y lloraban la gente que lo veían. E luego, incontinente el príncipe don Alfonso subió en el mismo lugar, donde por todos los grandes que ende estaban le fue besada la mano por rey y señor natural de estos reinos".
Murallas de Ávila
A los agravios denunciados por los nobles, añade Alonso de Palencia, el cronista enemigo del rey y portavoz de dicha liga: "las acusaciones de la obstinación con que se aumentaban los gravámenes de los pueblos y de la corrupción cada vez más escandalosa, y se vino a decretar la sentencia de destronamiento y la extrema necesidad a que obedecían los que iban a ejecutarlo".
Por su parte, Diego Enríquez del Castillo, cronista y capellán de Enrique IV, nos ha transmitido otro relato complementario de la deposición simbólica del rey:
“... mandaron hacer un cadahalso... en un gran llano, y encima del cadahalso pusieron una estatua asentada en una silla, que descían representar a la persona del Rey, la cual estaba cubierta de luto. Tenía en la cabeza una corona, y un estoque delante de sí, y estaba con un bastón en la mano. E así puesta en el campo, salieron todos aquestos ya nombrados acompañando al Príncipe Don Alonso hasta el cadahalso...Y entonces...mandaron leer una carta mas llena de vanidad que de cosas sustanciales, en que señaladamente acusaban al Rey de quatro cosas: Que por la primera, merescía perder la dignidad Real; y entonces llegó Don Alonso Carrillo, Arzobispo de Toledo, e le quitó la corona de la cabeza. Por la segunda, que merescía perder la administración de la justicia; así llegó Don Álvaro de Zúñiga, Conde de Plasencia, e le quitó el estoque que tenía delante. Por la tercera, que merescía perder la gobernación del Reyno; e así llegó Don Rodrigo Pimentel, Conde de Benavente, e le quitó el bastón que tenía en la mano. Por la quarta, que merescía perder el trono e asentamiento de Rey; e así llegó Don Diego López de Zúñiga, e derribó la estatua de la silla en que estaba, diciendo palabras furiosas e deshonestas”.

Isabel I de Castilla, según un anónimo flamenco de finales del siglo XV
La revuelta se prolongará durante tres años más, hasta la muerte de Alfonso en 1468. No obstante, la cuestión sucesoria no quedará resuelta. Los partidarios de Alfonso prestarán ahora su apoyo a la hermanastra del rey, Isabel, en contra nuevamente de Juana la Beltraneja. Para entonces nuestro conde ya estaba practicando un doble juego, con apoyos puntuales a uno u otro bando en función de sus intereses patrimoniales. En este mismo año de 1468 Enrique e Isabel firman el Tratado de los Toros de Guisando, que pone fin provisionalmente al conflicto. Enrique consigue pacificar el reino al aceptar como heredera a Isabel, reservándose el derecho de supervisar y concertar su matrimonio.
Con todo, el conde benaventano no salió mal parado de este proceso de crisis política y guerra civil, dentro del habitual sistema de concesión de mercedes a los partidarios y de confiscaciones a los declarados rebeldes. La coincidencia continua de este conde con el bando vencedor en cada momento explica que la cuantía de villas, juros, etc., fuera mucho mayor que la de sus antecesores.