miércoles, 28 de mayo de 2008

Un grito desde el Valle del Silencio - Un año después del robo en la ermita de Santa Cruz de Montes de Valdueza (León)

Crónica de la Desolación

Cuenta Valerio del Bierzo en su "Replicatio sermonum a prima conversione" que entre los eremitas y anacoretas que eligieron en el siglo VII las agrestes tierras del Valle del Silencio como lugar de retiro y oración se encontraba cierto Saturnino, discípulo suyo, que procedente de lejanas tierras, habría edificado en Montes de Valdueza, en uno de los rincones en los que se retiraba el mismísimo San Fructuoso -junto a una cruz de madera-, un pequeño oratorio dedicado a la Santa Cruz, San Pantaleón y otros mártires. El modesto santuario, consagrado por el obispo de Astorga, Aurelio, se erigió encaramado sobre la roca, al pie del precipicio que se abría sobre el valle del río Oza. Posteriormente el propio anacoreta le añadió un pequeña celda para vivienda suya.



Tras la muerte de Valerio, hacia 695, la historia de nuestra ermita se desvanece por completo, engullida por los confusos acontecimientos relacionados con la invasión musulmana y unos decenios posteriores de total opacidad documental.
Casi dos siglos después, Genadio, emulando al creador de la Tebaida Leonesa y gran patriarca del monacato berciano, recuperó la vida monástica en aquellos valles y restauró algunas de las viejas fundaciones visigodas. Se levanta de nuevo así, a finales del siglo IX, el antigo monasterio "Rufianense", conocido a partir de ahora como San Pedro de Montes, que habría de alcanzar una gran expansión y notoriedad a lo largo de la Edad Media. Es en este mismo momento, o quizás muy poco después, cuando se devuelve a la vida la inmediata ermita de Santa Cruz, como constaba por un epígrafe fechado en 905 que hacía referencia a su dedicación múltiple.
Nuestra humilde ermita debió derribarse y rehacerse de nuevo en varias ocasiones a lo largo de su azarosa historia, modificando incluso ligeramente su ubicación original. En 1609 parece que aún perseveraba parte de su antigua disposición que alcanzo a ver Sandoval: "fundada sobre un risco que cae dos tiros de arcabuz de San Pedro, sobre el río Oza ... como parece en una piedra que está en la pequeña lumbrera que tiene encima del altar, que está con letras bien formadas romanas"1, y la copia errando en la fecha.



Una de las últimas intervenciones documentada, que debió otorgarle además su actual aspecto, se fecha en 1723. Su fábrica fue reconstruida más abajo de la anterior y junto al camino. El edificio, tal y como hoy se presenta al visitante, tiene más de arquitectura popular que de monumentalidad religiosa. Se trata de un edifico de planta rectangular construido con grosera mampostería de lajas negruzcas y una cubierta de pizarra a dos aguas. En su interior un pequeño retablo con una cabeza de serpiente pretende recordar la leyenda de aquel gigantesco reptil que aterrorizaba estos valles y que fue vencido por la intervención de San Fructuoso. En su fachada principal, por encima del cargadero que protege la única puerta de acceso, fueron recolocadas un total de cinco piezas altomedievales de procedencia topográfica incierta, pero que perpetuaban la memoria de un lugar de culto de orígenes visigodos. A la inscripción dedicatoria ya mencionada, se unían un bajo relieve de 280 x 280 mm. con la cruz griega asturleonesa flanqueada por el Alpha y la Omega, dos pilastrillas de caliza blanca, trozos de impostas o frisos de un posible cancel visigodo con decoración geométrica a base de círculos intersecados enlazados con cuadrados inscritos y tallos, a biseles, y restos de una ventana ajimezada, en concreto un dintel monolítico de 420 mm. de largo decorado por con dos arquillos incompletos, rebordeados y enmarcados por un alfiz, en cuya parte superior exhibía una inscripción alusiva a la Santa Cruz: "AECE SANCTE CRUCIS", que signficaría "Ecce (signum) sanctae crucis". Hübner transcribe "AEC[CLESI]E S[AN]C[T]E CRUCIS, y lo mismo leyó Quadrado. Según Gómez Moreno, los fondos de la cruz y las letras de la inscripción están teñidos de rojo, siguiendo los modelos de los relieves de San Miguel de Escalada. Resulta tentador relacionar esta cruz apocalíptica, emblema constante de la monarquía asturiana, y más tarde de la asturleonesa, con aquella que regaló Ordoño II a Peñalba y que se conserva en el Museo de León. Su hechura es muy similar, aunque sin astil, a la que aparece repetidamente representada en la decoración exterior de la iglesia-palacio de Santa María del Naranco, así como en las bandas historiadas que acompaña alguno de los clípeos que engalanan el interior.
La estampa que ha venido ofreciendo nuestra ermita hasta ahora cambió radicalmente en la tarde del pasado domingo 4 de marzo de 2007. El epígrafe dedicatorio del siglo X (no es visigodo como se incide reiteradamente en los medios de comunicación) ha desaparecido, coincidiendo curiosamente con el anuncio de que esta pieza había sido seleccionada para la exposición "Las Edades del Hombre", a celebrar en Ponferrada durante el presente año. En esa misma aciaga tarde-noche fueron extraídas, a instancias del rector de la basílica de la Encina, el resto de piezas y trasladadas con urgencia a Ponferrada, según algún testimonio a dependencias de dicha basílica y con el argumento de evitar males mayores. A la mañana siguiente los vecinos pudieron comprobar estupefactos que todo el conjunto había sido extraído precipitadamente, dejando un enorme hueco en la fachada, sostenido sólo por dos puntales de madera y con numerosas piedras caídas al pie de la puerta de entrada. Desde luego, no parece que -independientemente de la buena voluntad y la validez de las razones argumentadas- las condiciones de extracción de los relieves hayan sido las más ortodoxas. Se da la circunstancia de que en 1990 esta conjunto de piezas también habían sido elegidas para la otra de las muestras de las "Edades del Hombre" celebrada en Burgos. En aquella ocasión la oposición de los vecinos y del anterior párroco frustró la tentativa, pero una fotografía de las mismas acabó incorporándose al catálogo acompañada de una ficha redactada por Antonio Viñaño González, entonces archivero bibliotecario de la Real Colegiata de San Isidoro de León. Este mismo autor ofrecía unas medidas ligeramente diferentes a las establecidas por Gómez Moreno (420 x 190 x 170).



La pieza desaparecida era un pequeño tablero rectangular de granito (410 x 180 x 70 mm.), que hacía las veces de una de las jambas de la improvisada ventana ciega, creada a partir de los aludidos disecta membra altomedievales. En su origen pudo haber desempeñado las funciones de minúscula mesa de altar. El campo epigráfico aparecía rehundido y rebordeado por una gruesa moldura rectangular. El texto, resueltas las abreviaturas, se distribuía en siete líneas: "IN HONO/RE SANCTE CRU/CIS, SANCTE MA/RIE, SANCTI IOHANNIS / BAPTISTE, SANCTI IA/COBI, SANCTI MATEI, / SANCTI CLEMENTIS". En el canto derecho, el único visible al espectador, se añadía la data: ERA DCCCCXIII KALS DCBS. Gómez Moreno dudaba en su lectura entre asignarle las tres últimas cifras de la fecha a la Era o al día de las kalendas, esto es 940 o 943, concluyendo que la segunda opción era la más recomendable por no existir punto delante y caer en domingo el día consignado, por tanto Era 943 y año 905. Hübner aun admitiendo esto equivocó la fecha, por no estimar la L pendiente de X, y puso Era 913. Podría continuar la inscripción en el resto de los cantos, ocultos a la vista, lo cual confirmaría su funcionalidad como mesa de altar. En cualquier caso, el "ductus" de las capitales empleadas por el lapicida recuerda al de sus hermanas gemelas de la ventana ajimezada y del epígrafe conmemorativo de la reedificación de San Pedro de Montes por Genadio del año 919, que todavía se puede admirar junto a la puerta románica que comunicaba la iglesia con el arruinado claustro reglar.
En este mismo blog se ha venido denunciado de forma reiterada la situación de abandono que padece desde hace tiempo la pequeña población de Montes de Valdueza y la desprotección total en que se encontraba esta ermita, a merced de expoliadores o simplemente de iconoclastas. Ninguna medida de seguridad protegía estos valiosos bajorrelives, que estaban literalmente al alcance de la mano, que es lo mismo que decir de la piqueta, el cincel o el martillo.
Pero este episodio no es más que el penúltimo capítulo de un auténtico momento crítico que vienen atravesando algunos de los nombres más señeros de nuestro patrimonio. Es el caso del robo de otros bajorrelieves altomedievales en Quintanilla de las Viñas (Burgos), la rotura de una de las columnas del ábside de Santiago de Peñalba, el desplome de un ara y el hundimiento de parte del suelo en San Miguel de Escalada, la situación de abandono y deterioro del Santuario de la Peregrina de Sahagún, por no hablar de la situación que padece desde hace años la catedral de León, con el desplome de varias de sus gárgolas medievales como testigo más llamativo de un abandono estructural. No estamos hablando de bienes menores, sino de exponentes de primera fila que figuran con letras de oro en cualquier manual de Historia del Arte y que, por otra parte, bien que se publicitan a bombo y platillo con fines turísticos o propagandísticos por las mismas instituciones que los abandonan a su suerte, no ocupándose de su protección y conservación.
Imágenes: 1. Estado actual de la fachada de la ermita; 2. Los relieves antes de la extracción y 3. Epígrafe desaparecido.

2 comentarios:

Jose miguel ugartetxea crespo dijo...

Que pais...asi nos va... interesante articulo. OjalA éstas cosas serian hechos aislados pero si alguien quiere puede encontrar noticias así por doquier.

Rafael González Rodríguez dijo...

Muchas gracias por visitar mi Blog y leer mis artículos. Rafael González Rodríguez.